El estatuto ficcional del narrador-testigo
como estrategia discursiva
en el libro VII de Historia General del Perú

Chrystian Zegarra *


 

   
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Como toda obra de vasto alcance, la Historia General del Perú del Inca Garcilaso de la Vega conforma un conglomerado de propuestas y visiones. Esto se manifiesta claramente en su afán por ser una revisión y reescritura de un voluminoso corpus de crónicas precedentes. El objetivo del presente ensayo es analizar las relaciones que se establecen, a nivel del discurso narrativo, entre el narrador y la materia narrada en el libro VII de la segunda parte de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso. Con este propósito nos interesa subrayar, en primer lugar, los pasajes en los cuales el narrador de la historia se construye a sí mismo como protagonista de los hechos y, en una segunda instancia, las implicancias que esta estrategia trae consigo.

Uno de los temas de interés que pueden delimitarse a partir de la monumental obra del Inca es la dicotomía -un tanto problemática desde el punto de vista de las definiciones y niveles discursivos-, entre historia y autobiografía. Así, para una parte significativa de la crítica, la Historia General no es más que la narración en clave autobiográfica de Garcilaso y su afán por revalorar la figura de su padre después de los sucesos militares de las guerras civiles peruanas. Algunos críticos sostienen que la motivación principal que lleva al Inca a escribir su texto está condicionada por su calidad de mestizo que reclama en España la restauración de privilegios por ser hijo de uno de los conquistadores del nuevo mundo. Como es de conocimiento, estos derechos le fueron negados por el cargo de “traidor” que pesaba sobre su padre, a raíz de los sucesos de la batalla de Huarina, donde acaeció el episodio sumamente difundido de la ayuda que éste brindó a Gonzalo Pizarro al proporcionarle un caballo en medio de la acción bélica. Así, González Echevarría enfatiza la idea que, básicamente, la segunda parte de los Comentarios sea leída como relación -en el sentido de discurso de carácter legal que se dirige a una autoridad-. Para él, el texto del Inca sería una especie de alegato esgrimido ante la Corona española en busca de limpiar y reivindicar la imagen deteriorada de su padre:

The Historia General del Perú is an oblique biography of Sebastián Garcilaso de la Vega and an even more indirect autobiography of Garcilaso de la Vega, el Inca, the narrator. The book is a relación in the guise of a historia; the history of the conquest of Peru is the framing narrative, but the focus of the overall, broad picture is blurred, while the marginal figure of Sebastián, in a corner, appears in sharp relief, but if observed closely, one can also see the contour of Garcilaso’s own profile. (80; énfasis suyo)

Según lo que se desprende de esta cita, una de las motivaciones centrales que operaron como catalizador en el proyecto escritural del Inca es el episodio de Huarina, en el cual Garcilaso pone de manifiesto todo un juego de ansiedades reivindicativas. Eso dicho, en un agudo artículo, que sirve de respuesta a la tesis esbozada por González Echevarría, José Durand advierte que el Inca es consciente del proyecto general de su escritura, en términos de planificación de un programa determinado-, desde una fase temprana, desde la época de los Diálogos de Amor o la Florida del Inca. Afirma Durand que en los Diálogos, Garcilaso menciona a la Florida, y también a una obra que tenía pensada escribir acerca de los incas. Sin embargo, en estos libros “las guerras civiles ni se aluden” (217). El Inca manifiesta su voluntad de contar la historia de la genealogía de la cultura incaica acabando con la ejecución del último soberano. Pero no menciona el tema de la conquista del Perú como materia de algún trabajo venidero. Por esto, si bien es cierto que no se debe restar importancia a la reivindicación de la figura del padre en la historia narrada por Garcilaso, afirmar que es el detonante que lo lleva a escribir su versión de la historia del Perú, es una aseveración que necesita ser matizada para esclarecer los sugerentes alcances de la misma. En palabras de Durand: “Aunque Huarina importa mucho, los temas de esa Historia son variadísimos, y los dos primeros libros poco o nada tienen que ver con el asunto. En cuanto a la estructura de la obra, no olvidemos que termina con sucesos relativos a los incas (Tupa Amaru, etc.), anudando así el conjunto de ambas partes” (216).

En este punto consideramos pertinente esquematizar el vínculo textual entre el enunciador y el universo narrado. Este deslinde será de utilidad para señalar la manera como la voz narrativa se erige a sí misma, en segmentos importantes del libro VII, como personaje. Para este propósito es de suma utilidad lo planteado por José A. Rodríguez Garrido acerca de la identidad del narrador en la obra del Inca. Según este crítico, la segunda parte de los Comentarios Reales se constituye en un texto de carácter argumentativo. Esto implica que se debe hacer una distinción entre el sujeto histórico que produce el discurso desde una situación concreta (el Inca Garcilaso en tanto entidad histórica), y la voz construida al interior del texto a quien él llama “enunciador”. Las relaciones que se establecen entre ambas instancias son de reciprocidad ya que el receptor de la obra tiende a identificar a la voz del enunciador con la del escritor -el historiador en este caso-. Más aún, esta asociación es necesaria, ya que “de lo contrario el texto argumentativo se percibiría como falaz o hipócrita” (“La identidad” 375). Dentro de este planteamiento es posible dividir, al menos, tres instancias enunciativas en la Historia General del Perú. La primera de ellas sería la voz que sirve como eje del discurso histórico y que manifiesta su voluntad narrativa desde las primeras líneas del “Prólogo”: “Por tres razones, entre otras, señores y hermanos míos escribí la primera y escribo la segunda parte de los Comentarios Reales desos reinos del Perú” (21). Esta es la misma voz que coteja fuentes de historiadores y cronistas previos para construir su propio universo discursivo (sobre este punto comentaremos más adelante lo planteado por Rodríguez Garrido). Un segundo nivel del enunciador se produce cuando la voz narrativa se presenta a sí misma como testigo de los eventos narrados. Son innumerables los pasajes de la Historia General en los cuales el enunciador, generalmente con el fin de autorizar sus afirmaciones recurre a fórmulas del tipo: ‘yo conocí a X’, ‘yo estuve presente en tal ocasión’ o ‘tal evento me lo contó X’ -las citas, arbitrarias, sirven sólo a fines didácticos-. Cabe afirmar que esta segunda forma enunciativa se produce generalmente para desautorizar alguna fuente citada previamente (Gomara, Zárate o El Palentino), y para poner en relieve su propia versión de los hechos en tanto espectador o testigo privilegiado de los mismos. Esto se entiende mejor al considerar el papel de Garcilaso como historiador que escribe a partir de su propia vivencia en el nuevo mundo, y no simplemente “de oídas” como lo hacen sus predecesores escribiendo desde España -con excepción de Zárate a quien el Inca respeta más-. sin haber conocido el escenario donde sucedió la materia de sus crónicas:

Yo soy hijo de aquella ciudad, y assimismo lo soy de todo aquel Imperio, y me pesa mucho de que sin culpa dellos ni ofensa de la Majestad Real condenen por traidores, o a lo menos hagan sospechosos della, a los que ganaron un Imperio tan grande y tan rico que ha enriquecido a todo el mundo, como atrás queda largamente probado. Yo protesto, como cristiano, de decir verdad sin pasión ni afición alguna; y en lo que Diego Hernández anduviere en la verdad del hecho le alegaré; y en lo que anduviere oscuro y equívoco, le declararé, y no seré tan largo como él, por huir de impertinencias. (VII: I, 95; énfasis nuestro)

Habiendo referido a los dos primeros niveles de enunciación, propondremos una tercera instancia que es la que más nos interesa discutir. En este nivel el narrador-testigo se convierte en personaje, ficcionalizándose como parte de su propia historia. Garcilaso, de esta manera, se convierte en uno más de los elementos que conforman el vasto tramado narrativo de la Historia General, participando de manera activa de los sucesos históricos. El desdoblamiento del Inca en personaje de sí mismo ha sido notado por Enrique Pupo-Walker:

Es necesario señalar que los amplios espacios imaginarios hacen posible que en los Comentarios el Inca desempeñe el doble papel de relator y sujeto. La suya es de esa manera una función que le desdobla en creador y personaje; y que le permite comportarse al mismo tiempo como ente imaginario y protagonista de la historia. Garcilaso al contemplarse de ese modo, crea a la vez el texto y la persona que sirve como eje al proceso narrativo. (103; subrayado suyo)

Eso dicho, es necesario afirmar que las tres estancias enunciativas se presentan interconectadas entre sí, al punto que coexisten en determinados pasajes del texto. Retomando la propuesta de Rodríguez Garrido -la diferencia entre enunciador y ente histórico-, diremos que al interior de la figura del primer término se producen las subdivisiones ya anotadas, actuando cada una de acuerdo a la funcionalidad que el autor le otorga en secuencias concretas de la obra. Además, con el fin de analizar la función que cumple el narrador-protagonista es dable revisar algunas consideraciones previas esbozadas por Rodríguez Garrido en un trabajo acerca del manejo de las fuentes históricas por el Inca en el transcurrir del proceso de escritura. En este sentido nos interesa la idea de legitimación del discurso a partir de la cita de fuentes de los cronistas. Según Rodríguez Garrido el principal efecto de citar trabajos ajenos es la descontextualización de lo citado con el objetivo de recontextualizarlo en el propio texto (96). De esta manera el fragmento ajeno adquiere una nueva dimensión cuando el nuevo autor se apodera de él para hacerlo significar lo que éste desea de acuerdo a sus intenciones. El ejemplo más categórico de este punto es el pasaje donde el Inca discute la temática establecida canónicamente por las fuentes históricas acerca del episodio de Huarina. Después de citar las versiones de los tres cronistas (Gomara, Zárate, El Palentino), Garcilaso da su propia versión de los hechos, la cual se establece como más fidedigna y verosímil dada su condición de autor con acceso a fuentes primarias (testigos que le cuentan cómo sucedieron en realidad los eventos). El objetivo de toda esta larga elaboración textual en base a citas de otros autores no es otro que refutar lo dicho por ellos y asentar, de esta manera, una autoridad sobre la materia narrada que proviene de la posición, cualitativamente superior, de testigo. O del acceso a relatos orales de primera mano. Afirma Rodríguez Garrido:

Con todo, podemos concluir que al seleccionar y aprobar lo dicho por los otros, más aún al comentarlo y rectificarlo, Garcilaso se arroga la función de autoridad en la construcción del discurso sobre la historia del Perú. La aparente humildad que implica la cesión de la palabra es en verdad estrategia mediante la cual se instala la autoridad del enunciador de los Comentarios. […] De esta manera, los Comentarios reales se convierten en una enorme empresa verbal dedicada a la construcción de un discurso histórico, que es el discurso de todos y ya no sólo el de los historiadores españoles, bajo la dirección de quien por sus orígenes y por su biografía se siente autorizado para ello. (“Las citas” 114)

Tomando como referencia lo afirmado arriba nos enfocaremos en algunos pasajes del libro VII de la Historia General en los cuales la transformación del enunciador en protagonista -el tercer nivel de nuestro esquema-, sirve para crear en el lector la imagen autoritativa del narrador. El motivo de centrarse en este libro radica en que constituye el preludio al desenlace de la historia. Así, Carmela Zanelli argumenta que ya no hay lugar para una gran revolución después del fracaso político de Gonzalo Pizarro y su promesa de “articular una sociedad mestiza con sus propios valores, […] la sociedad transicional que hizo posible la existencia del propio autor y su niñez en el Cuzco” (“La dimensión trágica” 352). El proyecto escritural de los dos últimos libros tiene, a nuestro juicio, una doble direccionalidad: reivindicar la figura del padre (claramente evidenciado en la oración fúnebre del libro VIII) y terminar de manera cíclica con la historia de los incas narrando la rebelión y ejecución de Túpac Amaru I, el último rey de la dinastía. Ahora bien, el libro VII narra un único suceso histórico: la rebelión de Francisco Hernández Girón ante el reparto de tierras después de la rebelión de las Charcas. Podríamos resumir los eventos descritos en este libro remitiéndonos a dos -sin excluir que hayan más- oposiciones dicotómicas que están en juego. La primera es la diferencia sustancial entre vecinos y soldados. Se realza el primer término por razones de abolengo y, por otra parte, se menosprecia el segundo ligándolo con motivaciones de ambición. La segunda antinomia, y quizá el eje del libro, es la que se estructura en torno a los conceptos de lealtad y traición. Toda la materia narrativa del libro VII es un largo compendio de historias de traidores, en las cuales los soldados no dudan en pasarse de un bando a otro de acuerdo a su propia conveniencia. Así, el retrato que nos ofrece el Inca de Hernández Girón es el de un hombre preso por la inseguridad ante el temor de ser traicionado en el momento menos esperado, incluso es presa del temor que suscitan sus oficiales más cercanos.

Dentro de este marco general veamos algunos pasajes relevantes. Después de producirse el asalto de Hernández Girón a la casa del corregidor del Cuzco, el padre de Garcilaso, junto con un grupo de “vecinos”, trata de persuadir a este último para que escape del lugar y vaya a la plaza a anunciar que se ha producido la revuelta y así reducirla sin que llegue a mayores. La respuesta del corregidor es una negativa que refleja un acto claro de cobardía:

Mi padre y Diego de los Ríos y Vasco de Guevara y dos caballeros hermanos, […] entraron por la puerta que el corregidor entró, y yo con ellos; […] Garcilaso, mi señor, salió, perdida toda su esperanza, y al pie de la escalera se quitó los pantuflos que llevava calzados, y quedó en plantillas de borceguíes, como havía jugado las alcancías. Subió al tejado, y yo en pos del. Subieron luego la escalera y la llevaron por el tejado adelante y la echaron en la casa de Juan de Figueroa, y a ella bajaron todos, y yo con ellos. (VII: II, 98; el énfasis es nuestro)

La posición del narrador-protagonista es privilegiada ya que no sólo comparte el escenario de los hechos -afirmando su autoridad-, sino que añade una dimensión ética al momento histórico: él participa, sigue al grupo de hombres leales a la corona que dan la espalda a los ideales ambiciosos de Hernández Girón. Incluyéndose dentro del grupo de hombres honestos, el narrador-testigo realza su superioridad ética y también, de paso, exime a Sebastián Garcilaso de cualquier argumento que se pudiera esgrimir en su contra. Su papel de observador de primera mano, como artificio retórico, es irrefutable: “It is as a witness that Garcilaso inserts himself in the narrative and tells his autobiography” (González Echevarría 82). No sólo como testigo, sino más bien como participante de una historia que en el fondo también le pertenece en tanto vivencia y recuerdo. Garcilaso se ve a sí mismo en su relato como elemento clave que permite la “huida” de su padre y del pequeño grupo de vecinos del espacio conflictuado de la rebelión, donde la lucha por el poder significaba sólo el beneficio personal. La ficcionalización del enunciador tiene un importante rol simbólico, ya que es el joven Garcilaso quien prepara la salida del padre del Cuzco sirviendo de centinela. Además, en un nivel mayor, su propia narración se constituye como una fuente autorizada de los hechos ante la cual nadie puede debatir diciendo que el padre tuvo algo que ver en esta revuelta: “Yo fui aprisa al mandado, y cuando volví, halle que mi padre y sus dos parientes […] se habían ido y rodeado mucha tierra y malos pasos por no pasar por la puerta de Tomás Vásquez” (VII: II, 99). De esta forma, el padre de Garcilaso desaparece de la historia de manera repentina en este punto, afirmándose únicamente que va hacia Lima para unirse a las fuerzas de la Corona. Sin embargo, aparece una vez terminada la rebelión para ser nombrado corregidor del Cuzco: “Y que Garcilaso de la Vega fuese corregidor y gobernador de la ciudad del Cuzco” (VII: XXX, 180).

Como mencionamos líneas arriba, uno de los ejes sobre los que se construye el libro VII es el binarismo entre lealtad y traición. En este sentido, uno de los pasajes más significativos es cuando Garcilaso, en el capítulo XII, inserta el relato de “la lealtad de un caballo que yo conocí” (VII: XII, 128). Sin embargo, esta digresión no está del todo desconectada de la historia narrada, ya que el caballo referido pertenece a uno de los oficiales del ejército real que huye después del ataque de Hernández Girón en Uillacori. Es más, la anécdota es observada por el Inca “desde el corredorcillo de las casas de Garcilaso de la Vega, mi señor” (VII, XII, 129). Por esto, a partir de la visión del protagonista-testigo, el espacio de la casa del padre se convierte en una especie de lugar simbólico donde no puede haber lugar para la traición.

Sin embargo, dentro del nivel que presenta al enunciador como actuante, encontramos un evento importante que parece contradecir los sucesos de la historia misma. Nos referimos al pasaje en el cual el joven Garcilaso ayuda al ejército real a instalarse en el Cuzco: “Allí estuvieron seguros toda la noche, con sus centinelas puestas por las calles que ivan a dar a la casa. Y yo estuve con ellos, y hice tres o cuatro recaudos a casas donde me embiavan sus dueños., y en esto gaste la noche” (VII: XXIII, 161). Dijimos arriba que en la historia se menciona que el padre de Garcilaso sale del Cuzco en dirección a Lima y de allí desaparece por un tramo considerable del relato; pero cuando Garcilaso narra el regreso de Pero Hernández el leal a la casa de su padre, encontramos a Sebastián Garcilaso presente. Este pasaje es narrado seguidamente del referido líneas arriba (la ayuda de Garcilaso a las tropas reales):

El día siguiente, estando yo en un corredor de la casa de mi padre, a las tres de la tarde, vi entrar por la puerta de la calle a Pero Hernández el leal, en su caballo Pajarillo, y, sin hablarle, entre corriendo al aposento de Garcilaso, mi señor, a darle la buena nueva; el cual salió a prisa y abrazó a Pero Hernández, con grandísimo regocijo de ambos. (VII: XXIII, 161-162)

Notamos, entonces, que en determinados momentos la voz del enunciador contradice o evidencia algunas oposiciones con la materia de la historia. No podemos afirmar que es una clara voluntad del Inca de hacer prevalecer la presencia del padre en instancias cruciales -el regreso de Pero Hernández significa la vuelta del personaje leal al espacio paterno, libre de cualquier conjetura-; sino más bien que la identidad que el enunciador se ha construido a partir de su posición de testigo relega, por momentos, a un segundo plano los hechos concretos de la historia, poniendo en relieve el estatuto simbólico de los mismos. Al ser estos hechos los que el Inca vivió con mayor intensidad, su recuerdo prevalece en el acto de escritura, dejando de lado la verosimilitud de su propia narración. José Anadón afirma al respecto:

It is a known phenomenon that childhood memories, and even those from youth, become embedded in people’s minds much more easily than recent ones. In Garcilaso, such abundant autobiographical recollections, voiced by so many friendly people close to him, Indians and Spaniards alike, appear to be familiar and daily affairs. They emerge and are depicted in his writings with the simplicity of spontaneous occurrences and the vigorous impulse of nature. (154)

De esta manera, la autoridad que construye la voz narrativa a partir de su papel de testigo y protagonista del relato, además de estar sometida a las inexactitudes señaladas arriba, también está sujeta a la visión transformada del Inca cuando intenta narrar su historia. Existe una distancia de más de cinco décadas desde los hechos y su escritura. En todo este lapso temporal debemos considerar los años dedicados por el Inca a su formación humanista, el inmenso caudal de conocimiento de autores y libros clásicos que tuvo a mano al momento de escribir. Este fenómeno produce que la visión del joven-testigo se vea mediatizada por el filtro del hombre mayor poseedor de un amplio bagaje cultural. Así, cuando Garcilaso polemiza con El Palentino acerca de la descripción del ejército real y toda su maquinaria de guerra, deberíamos preguntarnos si esa es la imagen del recuerdo del narrador-testigo o -más bien- la de un hombre que, a la distancia y después de todo lo leído, puede componer una descripción más sofisticada de la escena. El texto ilustra el pasaje así: “Y para que se sepa como la llevaban [la artillería], lo diremos aquí, que aquel día que entraron en el Cuzco yo me hallé en la plaza, y los vi entrar desde el primero hasta el postrero” (VII: XXIV, 162; énfasis nuestro); desacreditando a la otra fuente: “por lo cual se puede entender que lo que el Palentino dice […] fue más por afeitar, componer y hermosear su historia que no porque paso así, sino como lo hemos dicho” (VII: XXIV, 163). Sin embargo, la representación de las fuerzas reales, con detalles precisos de emplazamiento de los hombres y de las armas, escapa -a nuestro juicio- la percepción de un joven de catorce o quince años sin mayor bagaje erudito.

En síntesis, podemos concluir que la voz narrativa -o el enunciador- de Historia General del Perú se presenta como un complejo tramado de relaciones e interrelaciones que, en algunas circunstancias, adquieren mayor relevancia que la materia narrada. Si Carmela Zanelli enfatiza el carácter trágico de la historia y la búsqueda del Inca por sintetizar su ascendencia india y española en la figura conciliadora de la Virgen María, a quien dedica la segunda parte de sus Comentarios (“Virgin Mary” 68); también podría proponerse una vertiente trágica, aunque de otro tipo, al interior de la voz narrativa del enunciador la que, a través de las distintas instancias que la componen, plantea una constante búsqueda de su propia identidad. Para esto se sirve, como ya vimos, de su posición de testigo y participante de algunos sucesos claves que son narrados en el curso de la historia. Sin embargo, más que un sujeto homogéneo y reconciliado con su propia problemática, lo que el narrador propone es un sujeto en camino de ser constituido. El enunciador se presenta como un producto bicultural edificado a partir del discurso textual, donde el hecho de pertenecer a dos mundos en pugna por un verdadero acercamiento queda como propuesta de diálogo irresuelto y abierto al lector contemporáneo. Garcilaso es el primer escritor del hemisferio occidental que se alimenta de las raíces de dos culturas en apariencia irreconciliables. Pensamos que la mayor fuerza de su legado consiste en la urgencia por establecer lazos, puentes, conexiones entre ambas. La gran empresa de Historia General del Perú cierra el círculo iniciado anteriormente por los Comentarios Reales: concientizar a los lectores acerca de esta doble naturaleza. Así, al interior de la gran maquinaria retórica desplegada por el Inca, sobresale el esquema correlacional que caracteriza a los reyes españoles del siglo XVI como descendientes del paradigma Godo, y la misma visión vinculándola a la imagen de los incas en Garcilaso. Efraín Kristal es quien ha propuesto esta intresante conexión con trasfondo conciliador: “In sixteenth-century historical works, the Spanish royalty is portrayed as descending from the Goths, a pagan and idolatrous people who had converted to Christianity” (113). Los rasgos de ascendencia cristiana manifiestos en la imaginería de los incas apoya esta hipótesis. Por esto, al interior del tramado argumentativo de la Historia y de los Comentarios se plantea el imperativo de búsqueda de autenticidad y legitimidad señalado como prioridad por los niveles discursivos del enunciador. El sujeto escindido entre universos en conflicto, entre arenas divergentes cuya proximidad se hace palpable en la obra narrativa nos devuelve el fiel reflejo de nuestra vivencia latinoamericana.

 

Obras citadas

Anadón, José. “History as autobiography in Garcilaso Inca”. Garcilaso Inca de la Vega. An American humanist. Ed. José Anadón. Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1998. 149-163.

Durand, José. “En torno a la prosa del Inca Garcilaso”. Nuevo texto critico 1.2 (1988).

Garcilaso de la Vega, Inca. Historia General del Perú. Ed. Angel Rosenblat. Buenos Aires: Emecé, 1944.

González Echevarría, Roberto. Myth and Archive. A theory of Latin American narrative. Cambridge; New York: Cambridge University Press, 1990.

Kristal, Efraín. “Goths and Turks and the representation of pagans and infidels in Garcilaso and Ercilla”. Garcilaso Inca de la Vega. An American humanist. 110-125.

Pupo-Walker, Enrique. Historia, creación y profecía en los textos del Inca Garcilaso de la Vega. Madrid: Ediciones J. Porrúa Turanzas, 1982.

Rodríguez Garrido, José A. “Las citas de los cronistas españoles como recurso argumentativo en la segunda parte de los Comentarios Reales”. Lexis 17.1 (1993): 93-114.

———. “La identidad del enunciador en los Comentarios reales”. Revista Iberoamericana 61.172-173 (Jul-Dic 1995): 371-383.

Zanelli, Carmela. “The Virgin Mary and the possibility of conciliation of distinctive cultural traditions in the General History of Peru”. Garcilaso Inca de la Vega. An American humanist.59-70.

———. “La dimensión trágica de la historia: El caso de Gonzalo Pizarro en la Historia General del Perú del Inca Garcilaso de la Vega”. La cultura literaria en la América virreinal. Ed. José Pascual Buxó. México: UNAM, 1996. 351-360.

 

*Chrystian Zegarra nació en Trujillo del Perú, en 1971. Estudió Literatura hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue miembro del grupo poético «Inmanencia» con quienes publicó dos libros colectivos: Inmanencia (Lima, 1998) y Regreso a Ourobórea (Lima, 1999). Junto con los otros integrantes del grupo participó en el evento «Junio de Poesía» celebrado en la Ciudad de México el año 2000. En marzo del 2004 publicó El otro desierto. Actualmente realiza un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Californa en Los Ángeles.

 

© Chrystian Zegarra 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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