Historia y Política en El fin de la locura de Jorge Volpi

Jorge Moreno Pinaud

Pontificia Universidad Católica de Chile
jfmoreno@puc.cl


 

   
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El fin de la locura constituye un texto que en un extenso periodo que va desde mayo de 1968 hasta la caída del muro de Berlín configura el devenir de una actuación política que intentaba forzar las complejidades del sistema para la transformación revolucionaria de la sociedad. Dentro de diversos textos, entre ellos, escritos ensayísticos, periodísticos, confesiones, etc. el texto de Volpi proyecta una narración donde los movimientos revolucionarios, estudiantiles, la crítica, la izquierda política forman una producción histórica que determinó las políticas mundiales y que creó un extenso circuito teórico que formó las subjetividades de miles de personas. Produjo una forma de hacer y de participar en política que después de la caída de la Unión Soviética se convirtió en un completo fracaso.

De esta manera, entre estas múltiples líneas argumentales el texto de Volpi se erige como la posibilidad de reconstruir la memoria de un fracaso, pero también la memoria de un individuo, Aníbal Quevedo, que se articula en torno a formas metanarrativas que posibilitan la comprensión del texto en torno a este dialogo. Con esto, la memoria de Aníbal se construye de acuerdo a una memoria histórica individual de una política que, en definitiva, es la historia de una locura.

De ahí que El fin de la locura intente desarticular las preconcebidas reflexiones en torno a esta locura y fracaso de esa izquierda y se interne en las determinaciones personales que tal política produjo y en qué sentido la utopía revolucionaria solo permitió la entrada de una violencia mal calculada; es decir, Volpi “interroga a la cultura sobre la base del sufrimiento y la miseria [...] Se ha dado la tarea de desarticular y racionalizar cualquier residuo de visión heredera del Romanticismo que todavía pudiéramos conservar respecto a la cultura” (Urroz, 2000: 4). En ese sentido, la novela puede ser concebida como un ensayo que, quizás por eso la bibliografía crítica con la que Volpi finaliza su texto, determina los puntos vacíos de una política de la esquizofrenia, en donde la realidad funciona con una objetivación clínica que formula una narrativa total.

Así, la utopía de la izquierda para Volpi es una caracterización romántica de la cultura, en la cual el hombre puede construir con su voluntad la historia y cambiarla: “como él, yo también he querido oponerme a los poderosos, desafiar las normas, someter mi cuerpo a los estragos del dolor, gozar en medio de las tinieblas, trascender los límites, rozar la lucidez al hundirme en la desmesura de la sinrazón” (441). El héroe romántico, en su locura, se lanza al mundo a personificar su subjetividad en los otros, a desarrollar sus manías en la realidad: los revolucionarios fueron los últimos románticos, los últimos héroes de una utopía muerta.

De esta manera, la historización de la locura en la novela comienza con el despertar de Aníbal Quevedo en el París de mayo del 68, en donde se interna dentro de una multitud estudiantil que cree en el comienzo de una revolución. Para Aníbal estos jóvenes constituyen un misterio y no simpatiza con el movimiento, sin embargo, después de participar en una protesta junto a Claire, la eterna revolucionara que jamás compartirá el amor que Quevedo siente por ella, comienza a tomar en consideración a los estudiantes: “no poseían ninguna esperanza y acaso por ello representaban la única esperanza posible. Poco a poco, sin apenas darme cuenta, mi simpatía hacia ellos se acrecentó” (101). Este es el comienzo de la actuación política de Quevedo, que lo llevara desde las barricadas parisinas a entrevistarse con los guerrilleros de Chiapas, de conocer a Lacan, Barthes y a Foucault, de psicoanalizar a Castro y a Salinas de Gortari y que, finalmente, terminara suicidándose en medio de escándalos de corrupción y descrédito intelectual y político.

En cierta medida, la historización de la vida de Quevedo compone una narración de la caída de los socialismos reales, en medio de corrupción y violencia, caracterizando este periodo como una formulación teórica de una especie de locura que determinó la actuación política de todas aquellas personas: “Lacan entendió que la psicosis no representa un mero desapego de lo real, una evasión o una fuga sin sentido, como aseguraban sus maestros, sino que los delirios constituían una manera de interpretar el mundo tan creativa y lógica como el arte” (39). La locura no tan solo tenía una lógica que determina sus posibilidades de actuar en la realidad, también tiene una edad: la juventud. Estas es la perspectiva conservadora social y cultural del texto de Volpi: “las consecuencias de la contemplación de lo real a la luz de la perspectiva adolescente son novedosas. En la novela joven se representa un mundo inestable. Una resta permanente configura la realidad… Es decir, la presentación de la realidad consiste en buena medida en una derogación de lo previamente instituido” (Goic, 1980: 276). Esta es la otra forma de comprender la novela: la política de izquierda formula un mundo con fuerzas juveniles, con una concepción de la realidad adolescente que pretende el cambio derribando lo anteriormente construido, la de avanzar sin transar, sin reformismos.

La locura, la juventud, se convirtió en una manera de entender el sistema político y económico que se intentaba derribar por medio de la violencia y la revolución, esto es, en la perspectiva ideológica de una esquizofrenia juvenil que propiciaba la interpretación de un mundo que no deseaban comprender. Con ello, el realismo político liberal se convierte en una estrategia que el propio Volpi y Quevedo hace suya: “no me he vendido, pero hay demasiados cabos sueltos... debo actuar con prudencia. Ya no son los mismos tiempos de antes, Claire, cuando éramos jóvenes y creíamos en la revolución. Ahora, para seguir adelante y preservar nuestra lucha, debemos ser realistas” (462). La política liberal del realismo constituye una manera de maduración y de sentenciar la locura con el enfrentamiento de una realidad que sobrepasa la mera voluntad de cambiarlo, por lo mismo la izquierda actual necesita de ese apoyo conservador y liberal: es una forma de maduración, de adultez política.

Por ello la configuración dentro de la novela de un espacio crítico en el cual Volpi establece la unión entre juventud, locura, revolución, política e izquierda. En la adultez política las personas lograran entender que la sociedad es un lugar donde las transformaciones surgen dentro del mismo sistema y por medio de la individualización: “la posición ideológica de Volpi se acerca a la de un humanista liberal que piensa que es la conciencia de los individuos lo que determina el ser social y no como quería Marx, el ser social que determina la conciencia” (Zapata, 2003). De esta manera, la novela mostrara que el ser social no puede determinar su actuación en la realidad, sin perjudicar las individualidades: no puede pensar en una transformación del mundo si con ello construye una locura que acabe con los individuos.

Con esto, la lucha de clases dentro del texto se reidifica para convertirse en una lucha sin sentido, paralizada dentro de una paranoia que convierte a las personas en mero objetos de una construcción social, en subterfugios para animar la violencia y el resentimiento. Así lo experimenta Quevedo tras encontrarse con un burgués y que sin ningún motivo lo golpea: “Descargué mi rencor en las vísceras de ese miserable. Por fin ponía en práctica las lecciones de esos meses: los ricos y los poderosos eran simples verdugos encubiertos” (142). Con ello, la lucha de clases se atomiza en el simple golpe de Quevedo a un hombre de negocios: su política revolucionaria se dirige a caracterizar a un grupo político hegemónico atomizándolo en un simple burgués.

Por esto, la simple humillación a un individuo coloca el texto en una especie de realismo socialista en el cual la trama de la novela se convierte, por una parte, en la denigración total de una clase dirigente encubierta en el poder y, por otra, en la exaltación de la clase proletaria: la polarización política de una juventud que busca acabar con sus padres: “su lucha es absurda- me amonestó-. Es evidente que usted no sabe lo que dice, doctor Quevedo. Lo único que busca, como esos muchachos, es otro amo” (127). La destrucción de un poder siempre conlleva la instauración de otro: “todos los absolutos producen traidores” (Herrera, 2004) y estos traidores son quienes no solo propician un cambio de poder, sino aquellos que se integran a él porque, en definitiva, jamás desearon cambiarlo. Aníbal Quevedo se verá trastornado por una política que él jamás busco, se vio en ella, como muchos, y la continuó sin lograr encontrar nunca una práctica consecuente con sus ideas o con su locura de juventud.

La locura convierte la política en una lucha desesperada por sustituir los cargos del poder sin pensar en destruir los circuitos de ese poder dentro de la sociedad, lo que propicia una sublimación de los deseos de justicia de los desposeídos por una violencia descontrolada: “Pierre no diferenciaba el activismo político del simple bandidaje: sus caprichos se confundían con los deseos de justicia de los oprimidos” (167). Lo social no puede traspasar los límites que otorga la individualidad, la justicia no se puede ejercer sin considerar a las personas.

Por otra parte, la locura de la izquierda se manifiesta en una comprensión libresca mal interpretada y registrada en la realidad. La locura se complejiza cuando la crítica teórica se convierte en una practica esquizofrénica de la escritura, en una construcción del lenguaje que sobrepasa su propia inteligibilidad; en donde unos teóricos que desmienten y desdibujan todas las naturalizaciones conceptuales de la modernidad se ven restringidos a una simplificación biográfica de sus manifestaciones teóricas. Lacan, Althusser, Foucault configuran un panorama teórico destinado a transformar la producción de subjetividades y radizalizar los comportamientos sociales; sin embargo, dentro de la novela sus escritos se difuminan por una recepción y practica que no contempló las condicionantes socio-culturales en las cuales se insertaron: “¿cómo es posible que se atreva a afirmar algo semejante a partir de la mera lectura de nuestros libros? El pobre no entiende nada: los textos solo hablan de otros textos” (280).

Esta distorsión fomentó una locura en toda Hispanoamérica, ya que la lucha contra la opresión se llevó a cabo simplificando y trasponiendo unas teorías europeas que no determinaban la realidad de América: “después de estos años de aprendizaje en Francia, llegó el momento de completar tu camino. Como cualquier héroe, debías regresar a Ítaca para poner en práctica tus conocimientos, tu saber” (320); por esto la demencia construyó una política irreal, una utopía simplista de una realidad heterogénea y de difícil comprensión. Los otros llegaron de Europa como nuevos conquistadores que con su saber creyeron poder descubrir un nuevo mundo, pero se encontraron con uno muy viejo y ese saber no sirvió para poder cambiarlo.

Esto conlleva una metáfora quijotesca, en la cual el libro comienza a ejercer una autonomía respecto a la realidad, en donde los revolucionarios se convierten en tales por el hecho de leer a unos teóricos dementes: “muchos de los hombres y mujeres que participaron en los movimientos radicales izquierdistas a lo largo de toda esa época tenían algo de caballeros andantes que, en vez de enloquecer con las novelas de caballerías, lo hacían leyendo textos marxistas, maoístas o los de ciertos grandes pensadores franceses” (Volpi, 2003). Con ello, la política de los libros contribuyó a configurar una locura perdida dentro de los imaginarios sociales que desestabilizaron las mentes juveniles, por lo que fomentó una proyección en la realidad que desestimaba lo que realmente estaba sucediendo, la particularidad de los movimientos sociales se perdió dentro de esta simplificación libresca y juvenil.

Esta simplificación política y teórica que Volpi atribuye a los revolucionarios construyó una codificación de las prácticas sociales que dentro de los movimientos políticos constituyó una asimilación, apropiación del otro que, supuestamente, debía ser salvado. Mayo del 68 como movimiento social, solo fue un movimiento pequeño-burgués estudiantil que nunca, hasta la entrada del partido comunista y de algunos sindicatos, fue una practica colectiva y popular: si la lucha era la transformación de la realidad, solo podía hacerlo el único agente político popular en ese momento y que ya estaba en retirada: el proletariado industrial.

Por lo mismo, la izquierda revolucionaria nunca pudo hacerse de una práctica popular, ya que cierto esteticismo político, es decir, ver en los obreros, los campesinos, los trabajadores, una especie de nuevo hombre, puro, no domesticado, pero esto jamás fue cierto: los intelectuales, los revolucionarios nunca llegaron a una política cotidiana de estas clases sociales, con lo cual sus políticas se convirtieron en simple utopía: “[los intelectuales] debían liberar a los otros de las trabas que les impedían pensar y actuar; mientras tanto, mientras esa conciencia nueva no se impusiera sobre sus portadores futuros, hablaron en nombre de ellos. Creyeron poseer verdades que debían ser transmitidas…, impuestas sobre el error” (Sarlo, 1996: 175).

Esta apropiación del otro esta profundamente ligado a cierto elitismo cultural que desliga a los agentes políticos de toda posibilidad de creación. Esto se ve en el momento que Aníbal Quevedo comienza a transformarse, por un tiempo, en crítico de arte: toda su política de redención para los pobres comienza a traducirse en un alejamiento cultural hacia ellos, ya que no son capaces de entender el arte burgués, ¿en qué sentido pueden percibir el cambio político que deben realizar para redimirse del poder que los oprime si no entienden el arte?:

lo peor es que Josefa no está sola: sus opiniones son compartidas, hélas!, por miles de personas como ellas. La gente común. ¿Acaso el populacho entendió en su tiempo al Bosco, a Van Gogh, a Picasso? ¿Es el público quien debe decidir el valor de una obra de arte? Como la pobreza, la ignorancia es un mal endémico que debe ser erradicado; por ello, mi tarea como crítico de arte consiste en permanecer en la vanguardia. Es decir: listo para ser el primero en disparar (266).

Así como Aníbal decide ser la vanguardia de la crítica, también se creyó la vanguardia política de los pobres, de los trabajadores, pero su elitismo cultural se traslucía dentro de su práctica política: “fueron intelectuales, y creyeron que el arte tenía algo que decir a la sociedad: eco sonoro de la época, embajadores de la belleza ante las masas” (Ídem: 176). De este modo, la locura estuvo en que para cambiar el mundo necesariamente se debe cambiar uno, porque sino se construye una cadena de poderes y exclusiones que imposibilitan cambios reales.

Esto se hace patente en la novela cuando Aníbal Quevedo y con él un grupo de intelectuales deciden aclarar la muerte/asesinato de Tomás Lorenzo en Chiapas. En esta búsqueda se encuentran con el hermano, quien los increpa del siguiente modo: “ustedes son los peores: viene unos días, se pasean entre nosotros presumiendo su bondad, creen que lo entienden todo y se largan muy satisfechos” (367). El tema de la locura se presenta como el problema de la representación política, ya que los revolucionarios, los intelectuales, la izquierda pensaron y creyeron que podían hablar por otros, solucionar los problemas, pero en definitiva se encontraron que no sabían nada, que sus conocimientos no servían para modificar la realidad. Esta política de la representación esta patente en Aníbal cuando se encuentra con el universitario que decide convertirse en campesino: “ellos no saben el poder que tiene su lengua. Tú puedes ayudarlos a transmitirlo, tú puede hablar por ellos” (385) le sugiere Aníbal a este universitario. Así, el hablar por otros se transfigura en una locura, porque ellos tienen voz, saben sus problemas y cómo solucionarlos, por ello, la representación se convierte en una esquizofrenia por ser otros, hablar como otros: esto lleva a una perdida de identidad.

Así, El fin de la locura constituye un texto que configura un espacio crítico de la izquierda revolucionaria e intenta indagar en los puntos que llevaron a su fracaso político. Por otra parte, intenta mostrar las formas en que esta política proyectó la locura de sus teóricos, activistas y de cualquier persona que fue llevada a tomar la utopía romántica en serio: “impulsados por mis escritos, cientos de jóvenes tramaron la revolución en todo el orbe, combatieron sin tregua para establecer una sociedad más justa, arriesgaron sus vidas- y sus almas- para cumplir los designios de un demente” (358). La locura presenta una formación juvenil en la política que esta determinada por la demencia de algunos adultos. Locura, demencia, teoría, izquierda constituyen un entramado novelístico característico de una narrativa que intenta mostrar la juventud y su envejecimiento por medio de distintas formas y modos. Esta precariedad de lo real fundamentó lo político y lo teórico de un grupo de personas que intentaron modificar la realidad y que Volpi, en una crítica liberal, intenta esclarecer en su novela para expresar el fin de una utopía, pero no su final.

 

Bibliografía

Corpus

Volpi, Jorge. El fin de la locura. Barcelona: Seix Barral, 2003.

Textos críticos

Goic, Cedomil. “Generación de 1972” en Historia de la novela hispanoamericana. Valparaíso: Ediciones universitarias, 1980.

Herrera; Adriana. “El pensamiento osado de Jorge Volpi” en
http://www.philly.com/mld/elnuevo/entertainment/visual_arts/7763939.htm. 2004

Sarlo, Beatriz. “Intelectuales” en Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Buenos Aires: Ariel, 1996.

Urroz, Eloy. La silenciosa herejía: forma y contrautopía en las novelas de Jorge Volpi. México D.F.: Aldus, 2000.

Volpi, Jorge. “Política y literatura” en
http://canales.elcorreodigital.com/auladecultura/volpi.html, 2003

Zapata, Roger. “La pobreza de la filosofía como material novelesco: El fin de la locura de Jorge Volpi” en
http://www.ncsu.edu/project/acontracorriente/fall_04/Zapata.pdf

 

© Jorge Moreno Pinaud 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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