Metaforizar el porvenir

Rafael Fauquié

Profesor titular jubilado Universidad Simón Bolívar (Venezuela)


 

   
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Nuestra época es llamada "postmoderna". El nombre se populariza. Se lo utiliza tal vez demasiado. Hoy todo es postmoderno. Existen actitudes y comportamientos postmodernos, valores postmodernos, modas postmodernas, arte postmoderno, sensibilidad postmoderna. La postmodernidad en lo cultural ha impuesto una serie de signos. Se habla, así, de una escritura postmoderna propensa al aforismo y a la improvisación. Se habla de un desinterés postmoderno hacia el tema del porvenir... Como todo lo que se nombra en exceso, el calificativo corre el riesgo de perder todo sentido en medio del abuso generalizado. Además, como concepto, lo postmoderno es profundamente contradictorio. O indefinible. Cada quién puede terminar por interpretarlo a su manera. Son, así, llamados postmodernos tanto los mejores como los peores signos de nuestro tiempo. Postmoderno es, a la vez, lo expectante y lo desalentador, lo receloso y lo asertivo, lo genésico y lo final. Ante la contradictoria variedad del término, debemos decidirnos, cada quién en nuestra propia escogencia, sobre la versión a utilizar. Personalmente, prefiero no hablar de postmodernidad sino de modernidad agotada, de encrucijada, de tiempo de transición, de fin de milenio... Términos que terminan refiriéndose, de una u otra manera, a lo mismo: incertidumbre, expectativa, perplejidad, cambio.

La modernidad agotada nos dice que poseemos los recursos para convertir nuestro mundo en algo definitivamente superior a lo que él es ahora o para transformarlo en un inhabitable muladar. La modernidad agotada dice que ciertas reglas de juego de la historia deberán cambiar definitivamente y que todos los hombres, todos los pueblos, todas las culturas, deberemos aprender a escucharnos y a entendernos si queremos sobrevivir dentro de un mundo cada vez más pequeño y vulnerable. La modernidad agotada dice que el tiempo es el principal desafío para el ser humano que por milenios ha sido protagonista único dentro de nuestro planeta (y que podrá seguir siéndolo siempre y cuando su protagonismo cambie y se modifiquen su prepotencia y sus excesos). La modernidad agotada dice que los países que conquistaron la modernidad no son los únicos países del planeta, ni tampoco los mejores ni los más felices; que hay otros pueblos, otras culturas, otras memorias, otras experiencias que deberían ser mejor escuchados y mejor conocidos. La modernidad agotada dice que ha llegado la hora de que el ser humano descubra nuevas mitologías para poder nombrar un tiempo que sea su hechura, su posibilidad, su mejor conquista. De hecho, la única posibilidad de conquista que permanece abierta a los hombres es la del tiempo; no más la de espacios vírgenes (que ya no quedan); ni tampoco la de espacios pertenecientes a naciones más débiles (que, de acuerdo a una nueva ética de la modernidad agotada, ya no podrían ser conquistados), sino la conquista del tiempo: el tiempo que nos pertenece a todos, el tiempo al que todos, como seres humanos, tenemos derecho.

Las mitologías son metaforizaciones colectivas con que las sociedades dibujan los rostros del tiempo. El nuestro ha creado mitologías que evocan lo transicional, que aluden a límites que presagian nuevos límites o que apuntan hacia el final de todos los límites. Año 2000: reaparece el simbolismo de las cifras, regresan viejos terrores similares a los que la humanidad conoció con la llegada del primer milenio de la cristiandad. Como nunca antes, los hombres nos sabemos efímeros y nos sabemos mortales. Por ello construimos mitologías de sobrevivientes que metaforizan, a la vez, el desaliento o la esperanza; metaforizaciones de la cercanía de lo final o de la posibilidad de cambios necesarios, del inicio de una nueva realidad o del final de todas las realidades, del apocalipsis posible o de la utopía posible, de la incineración de todo o del reverdecer de todo... Metaforizaciones contradictorias en las que se entremezclan titanismo, escepticismo y expectativa. Titanismo que es apuesta a un porvenir convertido en ficticia regeneración de los mutilados tentáculos de la modernidad. Escepticismo que habla desde la inercia en un tiempo devastado que, muerto, continúa aún de pie. Expectativa que se expresa en la voz histórica de pueblos que no conocieron ni el agotamiento ni la culpa; pueblos que ignoraron también las grandilocuentes ambiciones de una épica devastadora y excesiva. Titanismo, escepticismo y expectativa: tres metaforizaciones posibles para interpretar el hoy y el mañana. Dos de ellas, las primeras, corresponden, sobre todo, a Occidente; la última, la expectativa, a los espacios marginales de Occidente: esas superficies periféricas de la modernidad que fueron, de muchas maneras también, sus víctimas.

Los Estados Unidos encarnan la primera de las metaforizaciones temporales: la de un presente contemplado, más que como agotamiento, como principio; opción y camino interminablemente abiertos. Los Estados Unidos potenciaron la modernidad. La potenciaron pero no la crearon. Fueron sus herederos, no sus hacedores. Ahora, los Estados Unidos siguen apostando al avance interminable, a la acumulación, al dominio. Se asumen todavía como la punta de lanza de la civilización occidental. Han tomado el relevo de sus cercanos parientes europeos y escriben nuevas variantes de un optimismo histórico apoyado en sus particulares ambiciones. Repiten el viejo error de los imperialismos: confundir sus propios intereses con los intereses de la humanidad, pretender que su propia verdad sea la verdad de todos. Perdura en ellos una confianza que posterga el escepticismo que desde hace décadas embarga a los europeos. Continúa en ellos la creencia de tiempos y superficies por dominar; percepciones que conservan intactos viejos hábitos: de posesión, de compra, de acumulación. Sin embargo, la confianza norteamericana irá desvaneciéndose a medida que nuestro planeta, cada vez más depauperado, niegue a todos la posibilidad de seguir atesorando y devorando espacios, excedentes, materias primas...

Europa encarnaría la otra metáfora del presente occidental: la del desaliento, la que describe la contemporaneidad como un paisaje yermo poblado sólo por espejismos. La modernidad fue un legado europeo, esencialmente inglés y francés, y sus ya agotados patrones parecieran producir imaginarios que se regodean en el nihilismo, un nihilismo cercano a la desilusión de demasiadas miradas que perciben en torno suyo la sequedad de un tiempo dilapidado y la vastedad de muchas superficies clausuradas.

Metaforización del desaliento: más allá del titanismo, más allá de tendencias que aún sueñan con acumular recetas de felicidad, la modernidad, como modelo, está agotada para todos: europeos y norteamericanos. La "postmodernidad" es vista como lo que sucede a lo ya terminado, continuación a lo consumido. Nuestro fin del milenio es percibido como punto de partida: hacia la nada final o hacia la novedad absoluta. La nada es el apocalipsis, la destrucción, la consunción, la desaparición; muerte de lo demasiado repetido, desvanecimiento de lo agotado, rostro de lo calcinado y saturado por el exceso. La nada es, también, la trágica secuela de una violencia planetaria que se multiplica en todas las metástasis imaginables; violencia de lo masivamente deshumanizado, violencia de la miseria en medio de la abundancia, violencia del sufrimiento y la injusticia entre generalizadas complicidades. Dos imágenes, pues, de un mismo presagio apocalíptico: el aburrimiento infinito, el cansancio ante lo reiteradamente inútil, de un lado; la violencia, estridente, absurda, irracional, del otro.

Ante la pesadilla del apocalipsis, queda abierta la otra opción: la de la novedad, la del cambio en nuestros destinos, la del renacimiento a partir de nuevos modos de convivencia entre los hombres y las naciones. Frente a las confianzas norteamericanas y las desconfianzas europeas, y, sobre todo, frente a la incertidumbre generalizada de todos, existe la posibilidad de una metaforización que no sea ni la del titanismo devastador ni la del desaliento. Una metaforización del porvenir concebido como escenario de lo nuevo. Una mitología de la historia construida a partir de un sentido de convivencia, más que de lucha; de fraternidad, más que de conflicto; de amor, más que de poder. Una mitología capaz de reconocer en las tradiciones de cualquier cultura, experiencias de las que todos los pueblos podrían aprender.

"El sentimiento de orgullo ya no está del lado de la riqueza —dice Baudrillard en su libro La ilusión del fin— está del lado de la miseria, de aquéllos que, felizmente para ellos, no tienen que arrepentirse de nada". Orgullo de los protagonistas de una historia carente de culpas, fuerza del imaginario de pueblos colocados aparte de una historia destructiva que hicieron otros. Orgullo y creatividad posible de un tiempo pasado convertido en imago: posibilidad y potencialidad a partir de experiencias, memorias, fantasías, ilusiones... Lezama Lima describió la imago como el rostro histórico, como el símbolo del tiempo y de la voluntad de tiempo de los pueblos. Imago latinoamericana serían la novedad y la originalidad. Pero hay dos formas posibles de entender lo nuevo: como moda o como verdad, como simulacro o como realidad, como autenticidad o como farsa. En la América Latina, lo novedoso formó siempre parte de nuestros imaginarios y de nuestras experiencias. Lo nuevo nunca fue entre nosotros fetiche, sino, por el contrario, búsqueda y transgresión; posibilidad creadora de lo espermático, de lo heréticamente adánico. Más allá de los paradigmas o los fantasmas de la modernidad, el Nuevo Mundo conoció siempre de cerca la imagen o el sueño de la auténtica novedad.

Una de las peculiaridades culturales de la América latina ha sido la gran diferencia que distingue la existencia colectiva vivida de la existencia colectiva deseable. Los latinoamericanos nunca pareciéramos haber establecido grandes separaciones entre las cosas y los sentimientos que nos inspiran las cosas, entre nuestros destinos y el imaginario de nuestros destinos. ¿Anhelo de tiempo que es rechazo a nuestro tiempo? ¿Ilusión de futuro que es conflicto con el presente?. Los latinoamericanos necesitamos creer en lo posible porque nunca nos satisfizo lo real. Necesitamos imaginar lo mejor porque hemos conocido lo peor. Creer en el porvenir es, para nosotros, creer en nuestra posibilidad de construirlo; creer en lo nuevo es creer en lo necesariamente mejor.

Espacios culturales: imaginarios de posibilidades, dibujo de voluntades, rituales de memorias. De un lado, Occidente y sus contradictorios rasgos históricos: titanismo devorador o agotamiento, trasnochada hambre de conquista o suma de hastíos, remedo de viejas confianzas o acumulación de todos los arrepentimientos. Del otro lado, el numeroso Tercer Mundo: complejo espacio abarrotado por naciones que todavía no han sido protagonistas de la historia universal y que tampoco han escrito aún su tiempo ni, tampoco, han consumido el tiempo: el suyo o el de los otros. Y, dentro de este Tercer Mundo, América Latina: imaginario de ilusiones, espacio de voluntades, totalidad de voces, cúmulo de experiencias. ¿Existe una comunidad latinoamericana nítidamente definible? Definitivamente sí. Por encima de las diferencias naturales entre las naciones que componen nuestro continente, existe una homogeneidad cultural que justifica este propósito mío de hacer dialogar una imago latinoamericana —imago de vencidos, voz de derrotas y de frustraciones; pero, también, voz de ilusiones y esperanzas, voz de expectativas y de convicciones de tiempo— con una imago de vencedores —voz de los conquistadores y los despojadores de antaño, rostro de los engreídos sumadores de los últimos siglos del tiempo de la humanidad.

Espacios culturales de nuestro tiempo: memorias e ilusiones en conflicto, superficies encontradas, lugares forzados al encuentro dentro de un mundo cada vez más y más pequeño. El diálogo es la única solución a la convivencia en un planeta achicado. Diálogo entre Occidente y el resto del mundo, diálogo de todos los pasados, de todas las memorias y de todas las ilusiones; pero, sobre todo, diálogo para tratar de descifrar el signo del tiempo futuro. El pasado pertenece a la memoria de cada pueblo y de cada cultura, pero el futuro -supervivencia o apocalipsis- será el mismo para todos. Hoy, definitivamente, la modernidad ha concluido; queda abierto para los hombres el desafío de mantener o de recuperar una ilusión de novedad; de metaforizar el camino hacia el porvenir como posibilidad, como superación de lo agotado, como vitalidad de lo inerte. Nuestro presente es el momento de lo posible irguiéndose por sobre lo caduco, el de lo necesario naciendo a partir de lo clausurado. ¿Quizá, después de todo, de lo que se trata es de entender que los tiempos hablan interminablemente y que nada está nunca ni del todo olvidado ni del todo muerto? ¿Que lo impredecible nos arroja, como único recurso de supervivencia, en brazos de lo utópico?

 

[El presente texto corresponde al primer capítulo de la obra Arrogante último esplendor (Caracas, editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar, 1998)]

 

© Rafael Fauquié 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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