Visiones de la Patagonia en escritores de lengua inglesa:
de Falkner a Theroux

David Lagmanovich

Universidad Nacional de Tucumán


 

   
Localice en este documento

 

Los relatos de viajes son una forma de ponerse en contacto con el mundo, y aun de apropiarse de él. Los incidentes del camino se transforman en esa sucesión de hormigas de tinta que llamamos letras; la impresión de un poblado, o la descripción de una costumbre local, pueden ocupar el espacio de un párrafo; un paraje es una página o poco más; un capítulo da cuenta de toda una comarca, y el libro íntegro avanza hasta ocupar la totalidad del territorio. Quizá ese texto comience en un país lejano; quizá el viajero vuelva a su país al final de su viaje, rescatado para la civilización como Robinson Crusoe o engrillado como Álvar Núñez Cabeza de Vaca; tal vez en sus viajes haya adquirido riquezas, pero también es posible que regrese en la más absoluta miseria. En todos los casos, algo que antes no tenía nombre ahora lo tiene; unos seres humanos cuya existencia apenas se sospechaba muestran su perfil a la luz del día o en medio de las sombras del atardecer; un territorio comienza a ocupar en los mapas lo que antes era espacio en blanco. El relato de viajes -especialmente el de los viajes de exploración, pero todos lo son en alguna medida- ha tomado posesión de una porción de nuestro universo. La letra, flor de la civilización, ha triunfado sobre la naturaleza primigenia y salvaje, la que parece haberse mantenido fiel a los primeros días de la Creación.

Ese triunfo de la letra se sigue verificando en la mayor parte de los viajes, por habituales que éstos parezcan. Quien va a Praga o a Bogotá sin haber leído sobre esas ciudades cree estar descubriéndolo todo, pero inevitablemente habrá aspectos de esas realidades que le estarán vedados. En cambio, el que antes de visitar Praga o Bogotá ha conocido los relatos de viajeros que le han precedido, ve en esas ciudades lo aparente y también otras cosas; es decir, no sólo ve esos lugares sino que además los interpreta.

Así pasa con la Patagonia. Hoy sabemos o creemos saber lo que es, incluso quienes no vivimos en esta zona. Ingenuamente podríamos preguntarnos: ¿acaso hay algún misterio? La Patagonia es un área de alrededor de medio millón de kilómetros cuadrados situada en el sur de la Argentina (aunque también hay una Patagonia chilena, que la completa). Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego son sus divisiones políticas. Sabemos que en 1520 Hernando de Magallanes navegó a lo largo de sus costas y pasó del Océano Atlántico al que él llamó Pacífico, por el estrecho que hoy lleva el nombre del navegante. No ignoramos que, básicamente, la Patagonia está constituida por tierras llanas, semiáridas, salvo en donde existe abundante irrigación creada por la mano del hombre; tierras que van subiendo en forma de grandes terrazas o mesetas, desde la costa atlántica hasta el pie de los Andes. Sabemos de sus lagos, de las colonias galesas, de “la trochita”, de sus explotaciones y cultivos, y admiramos sus manzanas y más sus vinos. Nadie desconoce el nombre de sus ciudades principales: Neuquén, Viedma, Trelew, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia, Río Gallegos, Río Grande, Ushuaia, y ese Bariloche que para muchos es sinónimo de vacaciones de fin de curso o de luna de miel, de truchas deliciosas o de los primeros tropiezos de un improbable esquiador.

Pero la Patagonia fue también, durante bastante tiempo, un territorio misterioso, necesitado de exploración, de descripción, en suma de escritura. La soberanía de los sucesivos gobiernos de Buenos Aires, más al sur de Carmen de Patagones, fue más teórica que real. Poco a poco, la labor de exploradores, de misioneros, de capitanes, de mercaderes, de científicos, fue llevando al conocimiento que hoy poseemos, y proporcionó los datos necesarios para que aquellas soledades inenarrables se convirtieran en tierras aptas para la civilización.

En ese proceso, los textos en lengua inglesa estuvieron presentes al menos desde el siglo XVIII en adelante. Por eso quisiera echar un vistazo a un manojo de esos libros [1], lo que me llevará a evocar los nombres y las visiones de Thomas Falkner en aquel siglo, de Charles Darwin y William Henry Hudson en el XIX, y de dos escritores del siglo XX, a saber Bruce Chatwin y Paul Theroux. Sólo el último es estadounidense, y todos ellos escribieron en inglés. La nómina es, por cierto, limitada y acaso insuficiente: pero sólo pretende trazar los primeros rasgos de un itinerario. Además, es evidente que cada uno de estos escritos merece un estudio más detenido que el que podemos ofrecer en este momento.

 

Un cronista del siglo XVIII: Falkner

El inglés Thomas Falkner nació en Manchester en 1702, en una familia a la que no eran ajenas la medicina y las ciencias naturales. Después de terminar sus estudios, a los 26 años, se empleó en un barco dedicado al tráfico de esclavos y así llegó a Buenos Aires (1730); después de nuevos estudios bajo el signo de San Ignacio de Loyola, se ordenó sacerdote, dentro de la Compañía de Jesús, en 1739. Hasta la expulsión de los jesuitas en 1767 permaneció en lo que es hoy la Argentina, donde sirvió como misionero, realizó numerosas exploraciones y acopió gran cantidad de información sobre los indígenas, la flora, la fauna y los accidentes naturales del territorio.

De regreso en Inglaterra, donde había de morir en su ciudad natal en 1784, publicó en Londres su obra A Description of Patagonia, and the Adjoining Parts of South America, “Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur” (en ambos casos, doy títulos que abrevian la extensa fraseología de la época). El libro apareció en 1774, o sea, cuando Falkner contaba ya con 72 años de edad. Incluye un mapa que actualizaba el conocimiento geográfico de la época; tiene también un largo prefacio firmado por un escritor, William Combe, quien conoció tanto al autor como el texto en su etapa manuscrita. En cuanto a nosotros, la obra fue publicada en español por primera vez en 1910, en traducción de Samuel Lafone Quevedo, por la Universidad Nacional de La Plata, y hay ediciones posteriores. [2]

Para tratarse de una obra que propone una descripción de la Patagonia, el lector moderno puede sorprenderse al leer las palabras iniciales del capítulo I: “La jurisdicción de la ciudad de Santiago del Estero, en la provincia de Tucumán, es llana, seca y medanosa” (91). Es que en realidad la parte más específica para nuestra lectura comienza en el capítulo III, titulado “Sigue la descripción del país de los indios, con sus valles, serranías, ríos, etc.; Tierra del Fuego e islas Falkland” [nombradas siempre Malvinas en las ediciones argentinas de la obra]. Falkner describe los accidentes naturales y las tribus indígenas que pueblan los territorios al sur de Buenos Aires, unos conocidos directamente y otros a través de relatos de viajeros o de los propios naturales. Descripciones tales como las del río Negro, o Cholehechel (sic, Choele-Choel), o la del lago Nahuelhuapi, nos ubican en la geografía que nos interesa; y en porciones posteriores del capítulo se describen la isla grande de Tierra del Fuego y también las islas Malvinas.

Las descripciones reflejan lo que llamo una “visión taxonómica”: como botánico o zoólogo, el padre Falkner describe las particularidades de cada especie, de cada lugar o, en la medida en que le ha sido posible observarlas, de cada costumbre indígena. El relato está matizado también por noticias que hoy llamaríamos históricas, sobre anteriores expediciones y andanzas. Por ejemplo: “En la bahía de los Leones [se refiere a un viaje de exploración en 1746] los españoles desembarcaron sin dar con río alguno. En la bahía de Camarones nada había que llamase la atención, a no ser unos grandes peñascos que tenían toda la apariencia de una ciudad sumergida. Al fondo era esta bahía de tan poca agua en la marea baja que la fragata encalló en las piedras y tuvo que esperar que repuntase la marea para poder zarpar. En la bahía de Gallegos también desembarcaron, mas hubieron de reembarcarse antes de averiguar bien si había río alguno” (157).

Otros motivos de interés tienen para nosotros los capítulos IV y V, el primero de los cuales se titula “Descripción de los habitantes de la parte más austral de la América que figura en el mapa” (pp. 167 y ss.). (Nótese la actitud taxonómica: “descripción” de los seres humanos.) Aquí se intensifica el componente de geografía humana, por así llamarla. Falkner comienza por una distinción fundamental (167):

Las naciones de indios que habitan estas tierras, se distinguen entre sí con los nombres generales de Moluches y Puelches.

Los Moluches son aquellos que los españoles llaman Aucaes y Araucanos. [Según Falkner, los Moluches comprenden tres “naciones”: Picunches, Pehuenches y Huilliches.] [...]

Los Puelches, o gente oriental (así llamados por los de Chile, porque vivían a la parte del este) lindan por el oeste con los Moluches hasta dar con el estrecho de Magallanes, que es su límite hacia el sur; por el norte parten términos con los españoles de Mendoza, San Juan, San Luis de la Punta, Córdoba y Buenos Aires, y por el este con el mar océano. [El autor distingue ahora las distintas denominaciones de estos araucanos, según su ubicación geográfica: Taluhets (al norte), Dihuihets (sur y oeste), Chechehets (sudoeste), “y al sur de estos últimos está la tierra de los Tehuelhets, o sea en su propia lengua, Tehuel-Kunny, esto es, gente austral”, p. 171; en otro lugar se aclara que estos Tehuelhets son, propiamente hablando, los patagones.]

Lo más interesante de todo esto es la descripción de las costumbres indígenas en una variedad de materias, incluyendo la vestimenta, la alimentación, los hábitos en materia de uniones familiares y los ritos funerarios. Leeré un párrafo sobre la forma de honrar a los muertos en su entorno familiar, que termina con una observación que bien podríamos formular hoy:

La viuda o viudas del extinto tienen obligación de prolongar el duelo y los ayunos por un año después de la muerte del marido. Para esto tienen que encerrarse en sus toldos, sin comunicarse con nadie, ni salir, no siendo para las primeras necesidades de la vida: no deben lavarse ni la cara ni las manos, sino conservarlas tiznadas de hollín, y la ropa que visten será también de un color triste, se abstendrán de comer carne de caballo o de vaca y, tierra adentro donde abundan éstos, de la de avestruces y guanacos, pero de todo lo demás pueden hartarse. Durante el año de duelo no se pueden casar, y si dentro de este período se llega a descubrir que una viuda ha andado con algún varón, los deudos del finado marido matarán a los dos, no siendo que resulte que ella ha sido violentada. Yo, empero, no pude descubrir que los hombres se hallasen obligados a guardar semejante duelo a la muerte de sus mujeres. (192)

La descripción es siempre minuciosa y, como he dicho, orientada a la creación de una taxonomía: A se divide en A1 y A2, en A1 están contenidos B1, B2 y B3, y así sucesivamente. Son descripciones muy características del Siglo de las Luces, que recuerdan las que figuran en el Lazarillo de ciegos caminantes de Alonso Carrió de la Vandera, obra contemporánea de la de Falkner. Hay que distinguir, como una forma de llegar a nombrar; hay que nombrar, porque de esa manera se toma posesión de la cosa descrita.

Con todas sus deficiencias, sobre todo originadas en la aceptación de informaciones no suficientemente corroboradas, el trabajo de Thomas Falkner -realizado en gran medida de memoria, en una Inglaterra muy remota de aquellas realidades exploradas en el otro extremo del mundo- resulta fundamental como punto de partida de una visión del territorio cuando ya estaba en marcha su exploración, pero aún no se habían concretado los procesos de colonización que conducirían a nuestra Patagonia actual.

 

Naturalistas del siglo XIX: Darwin, Hudson

No buscaremos bellezas estilísticas en los textos de Thomas Falkner. Pero los de Charles Darwin (quien vivió entre 1809 y 1882) son otra cosa. Para empezar, su famoso Viaje del Beagle es el relato de las observaciones realizadas a lo largo de un viaje, es decir, de uno solo (el que ocurrió entre el 27 de diciembre de 1831 y el 2 de octubre de 1836), y no una recopilación de datos tomados de diversas fuentes, tanto personales como documentales. Y sus escritos están rigurosamente estructurados, como lo estuvo el viaje mismo.

De hecho, el libro combina el propósito fundamental de un viaje científico, centrado en las ciencias biológicas y en la geología, con el tipo textual del diario. Su método de elaboración es sugestivo: Darwin mantenía un llamado Commonplace Journal, o diario común (o básico), y de ahí provienen los elementos iniciales de cada asiento de ese otro diario que habría de alcanzar la fama, el que siempre incluye en el título la expresión Journal of Researches, “Diario de investigaciones”.

La edición inglesa que manejo, publicada en 2003, destaca el título que mejor puede ser reconocido por el público general: The Voyage of H.M.S. Beagle, o sea, “El viaje del Beagle, barco de Su Majestad”. Es un bello volumen de considerable formato, bien ilustrado, que supera las 500 páginas y lleva una apropiada introducción de Richard Keynes, quizá el mayor especialista de hoy en la vida y obra de Darwin [3]. La edición original apareció en 1839, con una segunda edición en 1845 y una tercera (idéntica a la anterior) en 1860. A propósito de la primera reedición escribió Darwin: “El éxito de este mi primer hijo literario halaga mi vanidad más que el de cualquiera de mis otros libros” [4]. Nótese el uso del adjetivo “literario” como elemento diferenciador con respecto a los escritos científicos en sentido estricto que nuestro autor ya había comenzado a publicar.

El viaje del Beagle está ordenado en la forma más ortodoxa imaginable: los capítulos siguen estrictamente las etapas del viaje, y dentro de cada capítulo la mención del día establece el punto exacto en la cronología. En total hay 21 capítulos, que reflejan los momentos de un viaje que no se limita a Sudamérica, sino que después del paso por nuestros territorios se convierte en un viaje de circunvalación. Los capítulos que nos interesan más son el VIII (la Banda Oriental y la Patagonia), IX (Santa Cruz, Patagonia y las islas Malvinas) y X (Tierra del Fuego).

Se ha notado que es grande el interés humano de estas páginas, y en general de todo el libro. Es que, evidentemente, Darwin fue un hombre de considerable encanto personal, lo que mucho le ayudó para relacionarse con las diversas gentes que conoció en sus viajes: los indios de Tierra del Fuego, de casi inexistente organización social; los gauchos de las pampas argentinas, con quienes cabalgó incansablemente; los guasos chilenos, buenos compañeros para andar por la Cordillera; los españoles, siempre hospitalarios aunque sus luces no fueran excesivas; y hasta el temible general Rosas, con quien llega a simpatizar (“Es un hombre de extraordinario carácter, y tiene influencia predominante en el país, que probablemente llevará a la prosperidad y el progreso”, p. 73, dice después de una entrevista en agosto de 1833) [5]. Esta actitud de empatía con lo que encuentra bueno en distintos seres humanos continúa en otras etapas del largo viaje: en Chile y Perú, en Tahití, en Nueva Zelanda, en Australia, en las islas Mauricio. Es difícil que Darwin no encuentre algo que elogiar en cada lugar en donde se detiene. Pero cuando, el 2 de octubre de 1836, el barco comandado por el capitán Fitz Roy echa anclas en el puerto de Falmouth, Charles Darwin se dirige en diligencia a su casa familiar, en Shrewsbury, y -en los 46 años que median entre ese momento y su muerte- nunca más vuelve a salir de Inglaterra.

En contraste con la movilidad de la escena humana, aun en esos tiempos y en estas regiones más que remotas para una mente europea, Darwin no pierde ocasión de señalar la fundamental uniformidad del paisaje patagónico, que considera muy poco interesante. Así, anota el 22 de abril de 1834, a orillas del río Santa Cruz:

El paisaje siguió siendo el mismo: poco interesante en grado sumo. La completa similitud de los productos a través de toda la Patagonia es una de sus características más sorprendentes. En las aplanadas llanuras de árido ripio se apoyan las mismas plantas frustradas y enanas; y en los valles crecen los mismos matorrales espinosos. Por todas partes vemos los mismos pájaros e insectos. Incluso las márgenes del río y de los claros arroyos que en él desembocan carecen de la vivacidad mayor que les hubiera dado un matiz más brillante de verdor. La tierra ha recibido la maldición de la esterilidad, y el agua que discurre sobre un lecho pedregoso comparte esa misma maldición. De ahí que el número de aves acuáticas sea tan escaso, pues nada hay que pueda sostener la vida en la corriente de este estéril río. (178)

Sin embargo, hay muchos momentos en los que, en medio de las fatigas de un viaje que a veces se torna extremadamente duro, el viajero se detiene a admirar el paisaje, o bien a contemplar una escena como si él mismo no perteneciera a ella. Así en Tierra del Fuego, después de tocar en varios puntos de la costa y mantener distintos tipos de interacción con los indígenas, el 19 de enero de 1833, explorando la costa en cuatro botes, el capitán dispone acampar en tierra firme, a la vera de una pequeña bahía. Relata Darwin:

Por la tarde ingresamos en la boca oriental del canal, y poco después encontramos una abrigada y pequeña bahía que ocultaban algunos islotes vecinos. Aquí armamos nuestras tiendas y encendimos nuestras fogatas. Nada podía dar una imagen más confortable que esta escena. El agua cristalina de la pequeña bahía, con las ramas de los árboles colgando sobre la rocosa playa, los botes anclados, las tiendas apoyadas en los remos cruzados, y el humo enroscándose en las alturas del rocoso valle, creaban un cuadro de silencioso retiro. Al día siguiente (el 20) avanzamos deslizándonos suavemente con nuestra flotilla, y llegamos a un lugar más habitado. Pocos de los nativos, o quizá ninguno, podían haber visto antes a un hombre blanco; por cierto que nada podía haber más fuerte que su sorpresa al producirse la aparición de los cuatro botes. Por todos lados se encendieron fuegos (de ahí el nombre de Tierra del Fuego), tanto para atraer nuestra atención como para difundir la noticia. Algunos indios corrieron durante millas a lo largo de la costa. Nunca olvidaré la apariencia rústica y salvaje de un grupo: de pronto cuatro o cinco hombres llegaron al borde de un acantilado; estaban absolutamente desnudos, y sus largos cabellos caían a lo largo de sus caras; tenían en las manos rugosas estacas, y, elevándose en sus saltos desde el suelo, gesticulaban con los brazos sobre las cabezas y exhalaban los más espantosos alaridos. (217)

Ahora que hemos leído La tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre, encontramos un interés especial en este relato de viaje: los extensos pasajes en los que se relata el regreso a su tierra de los indios fueguinos que el capitán Fitz Roy, en su viaje anterior, había llevado a Inglaterra, es decir, Minster York, Jemmy Button, y Fuegia. Los afectos personales desarrollados en la larga convivencia contrastan con la visión británica de una cultura que está apenas un poco por encima del comportamiento de los brutos. Dice Darwin: “Nos causó bastante melancolía el dejar a los tres fueguinos con sus salvajes connacionales; pero mucho nos reconfortó el ver que no abrigaban temores. York, que era un hombre poderoso y resuelto, estaba bastante seguro de que le iría bien, junto con su mujer, Fuegia. El pobre Jemmy parecía bastante desconsolado, y poca duda me cabe de que le hubiera gustado regresar con nosotros”. Poco más adelante: “El día 11, el capitán Fitz Roy les hizo una visita, él solo, a los fueguinos, y vio que les iba bien, y que habían perdido muy pocas cosas más” (225).

Así, pues, son en este libro minuciosas, y siempre absolutamente comprensibles, las anotaciones de ciencias naturales; al paso que aquellas en que intervienen los seres humanos -españoles de América, europeos de otros orígenes, comerciantes británicos, gauchos, indios- tienen el sabor especial que procede del contacto de culturas, de los entendimientos y desentendimientos entre ellas, de la sorpresa y hasta cierto punto, de la fascinación ante lo incomprensible. Al terminar su descripción de Tierra del Fuego, anota Darwin: “Considero que, en esta extrema región de América del Sur, el ser humano existe en un estado más bajo de evolución que en cualquier otra parte del mundo” (228). Compara a estos indígenas con los que existen en otras regiones; establece que los nativos australianos, en la simplicidad de su vida, están en un nivel algo superior al de los habitantes de Tierra del Fuego; pero, asevera, “eso no quiere decir de ninguna manera que les sean superiores en capacidad mental” (229). Así, la descripción del extremo más austral de la Patagonia termina con una expresión de fe en las posibilidades de progreso de todos los seres humanos, cualquiera sea su raza. El naturalista es también un humanista.

El otro texto del siglo XIX al que quiero referirme pertenece a William Henry Hudson (1841-1922). Este curioso escritor, de padres estadounidenses, nació en las cercanías de Quilmes, provincia de Buenos Aires; ya adulto, se radicó en Londres (1874) y años más tarde, en 1900, adoptó la ciudadanía británica.

Hudson fue un naturalista precoz y un escritor tardío. No publica ningún libro hasta pasados los 40 años, y el primero de ellos que puede considerarse significativo, la primera versión de La tierra purpúrea, aparece en 1885, es decir a los 44 años de su edad. Empero, durante los 35 años siguientes aparecen numerosos libros suyos, tanto de temas científicos como de ficción. Ya en su vejez conoce la fama, sobre todo a partir de su novela Green Mansions, “Mansiones verdes” (1904), y puede por fin vivir de sus ingresos como escritor después de muchos años de estrecheces económicas.

Si Darwin, como él mismo sospechó, fue un escritor nato y un buen prosista, Hudson lo sobrepasa en ese sentido, pues su prosa es una de las más finas y elegantes en la lengua inglesa de su siglo. Entre los críticos que lo han estudiado, es frecuente encontrar la opinión de que el libro que mejor lo representa, aquel con el que alcanza el mayor refinamiento en la prosa descriptiva y ensayística, es el que aquí nos interesa: Idle Days in Patagonia, “Días de ocio en la Patagonia”, de 1893. Pero no se trata tan sólo de virtudes de estilo. Uno de esos críticos, Richard Haymaker, llega a decir que, con ese libro, Hudson logra “colocar para siempre la Patagonia en el mapa espiritual del mundo” [6]. Y es lógico pensar así, pues el libro es el resultado de un enamoramiento con las “vastas soledades” patagónicas. Dice Hudson en el primer capítulo de la obra: “En mi opinión no hay en la vida nada tan deleitable como esa sensación de alivio, evasión y libertad absoluta que uno experimenta en una vasta soledad, donde acaso el hombre no estuvo nunca o, en todo caso, no ha dejado huella alguna de su existencia” (7) [7].

El primero de los 14 capítulos del libro se llama “At Last, Patagonia!” (“¡Por fin, la Patagonia!”); el siguiente, “How I Became an Idler”, es decir, “Cómo llegué a ser un ocioso”. El ocio al que se refiere el título ha sido forzado por un accidente, ocurrido en el momento en que apenas si estaba comenzando el viaje propuesto por las inmensas extensiones de la Patagonia. Esto ocurría en 1871, todavía durante la residencia de Hudson en la Argentina. Pero poco hay de “días de ocio”, aun mientras se encuentra convaleciente, y mucho menos más adelante. Durante el año que dura su vida en la región hay episodios de aventuras, numerosas observaciones ornitológicas y de otro tipo, contacto con pobladores de los más diversos rangos de la vida en el sur de la Argentina, e historias recogidas de labios de sus interlocutores de diversas clases sociales.

Hudson ha anotado incansablemente todo el material obtenido en su año de vida patagónica. Sin embargo, no escribe de inmediato el libro: median más de veinte años entre la realización del viaje y la aparición del volumen. Si el libro de Darwin, a pesar de saltos cronológicos, puede considerarse afiliado al modelo del diario de viaje, el de Hudson responde a otro paradigma, que es el de la memoria.

El género de las memorias tiene que ver con esa facultad de la mente humana, la memoria, pero también, como diría Nicolás Rosa, con “el arte del olvido” [8]. Lo que se produce en la vida de Hudson es, ante, todo, un olvido de las circunstancias del mundo exterior a la Patagonia y una inmersión total en la vida de esta región. Él mismo lo cuenta con su acostumbrada lucidez a comienzos del capítulo VI, “La guerra con la Naturaleza”, que vale la pena recordar. Dice Hudson:

Durante mi permanencia junto al Río Negro, las cartas y periódicos me llegaban tan sólo con espaciados intervalos. En una ocasión pasé casi dos meses sin ver ningún periódico. Recuerdo que, cuando al final de ese período alguien me dejó uno, lo arrebaté con entusiasmo y comencé a revisar apresuradamente las columnas, o más bien los títulos de las mismas, en busca de informaciones sorprendentes sobre el exterior; recuerdo también que después de un par de minutos lo volví a dejar para escuchar a alguien que estaba hablando en la habitación donde me hallaba, y que por fin me fui del lugar sin leer en absoluto el periódico. [...] Al salir de la habitación donde había dejado de lado el periódico sin leer, me di cuenta que el antiguo interés en los asuntos del mundo me había abandonado en gran medida; y sin embargo ese pensamiento no me parecía degradante, ni me sorprendía la indiferencia que ahora descubría, aunque hasta ese momento me habían interesado profundamente las jugadas que se registraban en el gran ajedrez político del mundo. ¿Cómo habían transcurrido esos cincuenta o sesenta días, me pregunté, y de qué copa encantada había bebido el licor del olvido que tan grande cambio había producido en mí? La respuesta era que había bebido de la copa de la Naturaleza, y que mis días habían transcurrido en paz. (72-73)

De esta actitud de “vivir en paz” con la naturaleza, aun cuando ésta con frecuencia ofrezca ardua resistencia al colonizador, proceden las magníficas descripciones que van jalonando el libro. Dice Alicia Jurado, en un pasaje de su libro sobre Hudson [9]: “El libro sobre la Patagonia da pretexto para muchos temas: el canto de los pájaros, admirablemente descrito; la capacidad de visión de los indios en el desierto, los diversos colores de ojos en la humanidad y las reminiscencias proustianas que le despierta el perfume de la flor de la oración [‘evening primrose’]”. Y prosigue la escritora argentina:

Pero ningún capítulo sobrepasa el titulado “Las llanuras de la Patagonia” [el XIII, “The Plains of Patagonia”], en el que refiere sus sensaciones al explorar el erial y el efecto psicológico que éste le produce. Está viviendo en el valle del Río Negro, pero día tras día deja el verdor de la zona regada para penetrar en el desierto gris, entre la espinosa flora xerófita, donde sólo habitan el puma, el guanaco y la liebre patagónica, la perdiz grande y el ñandú. La vida era escasa y encontraba muy poco para cazar; sin embargo, aquella extraña fascinación, que también experimentó Darwin, lo obligaba a vagar el día entero al paso del caballo ya que la vegetación le impedía el galope, con viento helado y cielo cubierto, en pleno invierno, contemplando la soledad. A mediodía descansaba bajo unos árboles, volviendo siempre al mismo lugar como suelen hacerlo los animales; el silencio era casi total y él, según dice, lo escuchaba. Ha perdido la capacidad de reflexionar [...]. (64)

Pero esto último merece ser leído en las palabras del mismo Hudson [10]:

En el nuevo estado mental en que me encontraba, el pensamiento se había tornado imposible. En todos los demás lugares había sido siempre capaz de pensar con total libertad mientras cabalgaba; y en las pampas, aun en los sitios más desolados, mi mente se mantenía activa mientras marchaba en un gentil galope. Sin duda se debía esto al hábito; pero ahora, sobre un caballo, me había vuelto incapaz de reflexionar; mi mente se había transformado de pronto, de una máquina de pensar en una máquina para algún propósito desconocido. Pensar era como poner en movimiento en el cerebro un ruidoso mecanismo; y algo había allí que me ordenaba mantenerme quieto, y yo debía obedecer. Mi estado era de suspenso y vigilancia; y sin embargo no esperaba ninguna aventura, y me sentía tan libre de todo recelo como lo estoy ahora, sentado en una habitación en Londres”. (209-210)

El libro no se puede resumir: está repleto de observaciones agudas, de reflexiones interesantes, de conexiones literarias y de pasajes en los que resplandece una prosa tan amena como la de Stevenson. Así. Darwin a comienzos de la década de 1830, y Hudson más de medio siglo más tarde, crean una verdadera poética de la descripción patagónica, y nos entregan visiones de la región que se instalarán fuertemente en el imaginario colectivo. Entre ellas figuran episodios como los que acabamos de ver: visiones en las que el hombre culto se rinde ante una naturaleza misteriosa. Es como si la realidad de esta región necesitara, para su aprehensión, de categorías mentales ajenas a la cotidianidad civilizada, propias en cambio del hombre primitivo o, tal vez, de un estado cercano a la experiencia mística.

Por cierto que una entrega tan profunda a la naturaleza no existía ni en el texto de Falkner ni en el de Darwin. El primero es un racionalista del Siglo de las Luces; el segundo, aunque no puede ocultar su pertenencia al Romanticismo, mantiene todavía fuertes lazos -como su contemporáneo, nuestro Domingo Faustino Sarmiento- con el pensamiento del Iluminismo.

Sin embargo, los tres libros tienen en común otros rasgos que delatan su pertenencia a un sistema. En los tres existe un similar método de composición, ya que las observaciones y anotaciones de una época de la vida se transfieren al manuscrito de un libro años después. Los tres libros se escriben y se publican en Inglaterra. Falkner, en su Manchester natal, está muy lejos de su vida de misionero en Carmen de Patagones; de la misma manera Darwin, en Shrewsbury que es también el pueblo de su nacimiento, está lejos de la cubierta del Beagle y de las costas, los ríos y las planicies de la Patagonia; y de forma idéntica, Hudson está a miles de millas tanto de la estancia “Los veinticinco ombúes” como de sus exploraciones de los territorios más australes de América, que rememora en la casa de pensión que regenteaba su paciente mujer en Londres. Hay una constelación de alejamientos, tanto en el tiempo como en el espacio, que filtra las ideas y las emociones, provoca el olvido de muchas cosas y, en las que no se han olvidado gracias a los papeles y a la intensidad de la memoria, permite un trabajo que las integra en una obra perdurable.

 

Viajeros del siglo XX: Chatwin, Theroux

Los escritos de viajes que describen la Patagonia en el siglo XX son sustancialmente distintos de los anteriores. Sus autores no son hombres de ciencia, y lo que producen responde a otras tipologías. Eso es comprensible, porque todo en ellos está indicando otra visión de esta realidad.

Bruce Chatwin y Paul Theroux son los escritores que ahora nos interesan. Chatwin (1942-1989) fue un inglés -de Sheffield, en el norte de su país- que hizo vida de nómada como fotógrafo y escritor. Theroux (nacido en 1941), oriundo de Massachussets, de ascendencia francesa e italiana, vivió en Uganda, en Singapur y en muchos otros lugares, antes de que primero Boston y luego Londres se convirtieran en residencias más o menos permanentes. Ambos han cultivado, además de la crónica, la literatura de ficción, y eso se nota en los escritos que aquí consideramos, que alcanzan particular encanto cuando describen aspectos, ocupaciones y conductas de los habitantes de la región.

Un libro de cada uno ha llegado a considerarse clásico en la literatura sobre esta parte del continente, la región que algunos llaman “el fin del mundo”. Son ellos In Patagonia, “En la Patagonia”, de Bruce Chatwin (1977) [11], y The Old Patagonian Express, “El viejo expreso de la Patagonia” (1979), de Paul Theroux [12]. Como se puede apreciar por las fechas, hay cierto paralelismo en las vidas de estos escritores, en sus modalidades de escritura e inclusive en el momento de la aparición de sus libros sobre este tema. [13]

Quizá In Patagonia, el libro de Chatwin, sea el modelo que, desde hace unos 30 años, se impone para la mayor parte de los escritos sobre esta región. En el tiempo transcurrido -unos 80 años, en números redondos- después de la aparición de Idle Days... de Hudson, la Patagonia ha cambiado: no en ciertos aspectos de su paisaje y condiciones naturales que sólo Dios podría cambiar, pero sí en muchos sentidos relacionados con los seres humanos y su peripecia vital. Se han afianzado las colonias extranjeras establecidas en la zona; se han abierto caminos; las comunicaciones han mejorado de forma sustancial; comercio, industria, bancos e instituciones públicas han avanzado sobre la soledad del desierto. (En años aun más recientes, hasta se ha convertido la Patagonia en proveedora de políticos destinados a ocupar cargos en la Capital Federal.) Todo eso determina que la obra de Chatwin se desplace no por los desiertos de antaño sino por las ciudades, pueblos y campos cultivados de hoy. La geografía física puede ser la misma, pero la geografía humana es totalmente distinta.

Pero la historia está siempre allí, y Bruce Chatwin evidentemente la conoce. Sabe qué es lo que va a buscar, que lonjas del pasado se pueden exhumar. Procura hablar con protagonistas o testigos de hechos pretéritos, o al menos con sus herederos, o en último caso con quienes los conocieron o encontraron en sus familias recuerdos de ellos. De esa manera van apareciendo en sus páginas, entretejidos con las visiones de lugares visitados, de largas caminatas y de solitarias reflexiones, casi todos los episodios de un imaginario patagónico que arranca en el siglo XIX y se extiende durante más de cien años. Se relatan entonces historias como la de los bandoleros norteamericanos Butch Cassidy, Sundance Kid y la bella Etta Place, que luego reaparecen con los nombres de Bob Evans y Willie Wilson, luego de que la mujer del trío regresa a Utah; como la del imaginario “reino” de Araucania y Patagonia; como las historias de luchadores anarquistas, por lo general extranjeros; como una extensa biografía de Simón Radowitzky, el asesino del jefe de policía Ramón Falcón en la época yrigoyenista, y muchas otras estampas de personajes curiosos, picarescos o trágicos. Los datos no están ordenados, porque como he dicho siguen el zigzag del itinerario de los viajes, pero están todos allí.

Una historia no del pasado, sino que reproduce un momento de los viajes de Chatwin en los años en que compila todas estas informaciones, es la que me permitiré leer a continuación. Suprimo unas pocas líneas para hacerla más compacta.

No lejos de Cholila [lugar donde vivieron los bandoleros norteamericanos] había un ferrocarril de trocha angosta que llevaba a Esquel. La estación parecía de juguete. [...] La locomotora, fabricada en Alemania, tendría unos ochenta años, con una alta chimenea y ruedas pintadas de rojo. En primera clase, la comida había penetrado en la tapicería y llenaba el vagón con el olor del picnic del día anterior. La segunda clase era limpia e iluminada, con asientos de listones de madera pintados de verde y una estufa a leña en el centro del vagón.

Un hombre hervía agua en su pava, esmaltada en azul. Una anciana hablaba con su geranio favorito, y dos andinistas de Buenos Aires estaban sentados sobre una pila de equipos. Eran inteligentes, intolerantes, ganaban sueldos miserables y pensaban todo lo malo imaginable de los Estados Unidos. Los demás pasajeros eran indios mapuches.

Ahora viene una escena que quedó grabada en la memoria de Chatwin, atento siempre a las relaciones entre los distintos grupos humanos:

El tren arrancó con dos toques de silbato y un sacudón. Algunos ñandúes huyeron de las vías a medida que pasábamos, con sus plumas ondeando como el humo. Las montañas eran grises y parecían parpadear en la atmósfera calurosa. A ratos, un camión manchaba el horizonte con una nube de polvo.

Un indio se puso a mirar a los andinistas y se acercó con ganas de iniciar una pelea. Estaba muy borracho. Me senté a presenciar la historia de Sudamérica en miniatura. El muchacho de Buenos Aires soportó los insultos durante media hora, luego se puso de pie, explotó y con un gesto le indicó al indio que volviera a su asiento.

El indio agachó la cabeza y dijo: “Sí, señor. Sí, señor”.

Los establecimientos indígenas se encadenaban a lo largo de la línea férrea como para facilitar a los borrachos el regreso a sus casas. El indio llegó a su estación y tropezó al bajar del tren, mientras aferraba lo que le quedaba de ginebra. Alrededor de las casuchas, brillaban botellas rotas bajo el sol aguachento. Un muchacho vestido con una campera amarilla bajó también del tren y le ayudó al borracho. Un perro, que había estado descansando en el vano de una puerta, vino corriendo y le pasó la lengua por toda la cara.

Estas descripciones son típicas de Chatwin: los lugares y los objetos aparecen como subordinados a los gestos y actitudes de los seres humanos.

Y este es un buen punto, en nuestra exploración, para referirnos al otro libro, porque el tren de trocha angosta de que habla Chatwin, “la trochita” que va de Ingeniero Jacobacci a Esquel, es el mismo “expreso de la Patagonia” como cariñosamente lo llama Paul Theroux. Porque este otro escritor concluye allí un proyecto tal vez disparatado: el recorrer en tren la totalidad del continente americano, desde la costa atlántica de Estados Unidos hasta el extremo sur.

Theroux ha venido viajando en tren desde el comienzo del viaje, cuando sale de su casa en Boston y como primera medida toma el subterráneo bostoniano, el “T”. En Buenos Aires, después de muchos días de conversación con Jorge Luis Borges, reanuda el trayecto al tomar el tren “Lagos del Sur”. Es el segundo trayecto muy largo que hace en la Argentina: en el primero viaja de La Quiaca a Buenos Aires, y en el segundo, de Buenos Aires a Ingeniero Jacobacci, para tomar allí el trencito a vapor que lo llevará a Esquel, punto final de su viaje. A diferencia de los relatos de Chatwin, el hecho mismo de viajar está en el centro de la escena: el viaje, y los sentimientos del viajero, antes que las figuras humanas que van apareciendo. En el pasaje que sigue, Theroux está, en plena madrugada, en el andén de la estación de Ingeniero Jacobacci, pues el tren a Esquel no partirá sino varias horas más tarde:

El tren se había ido en una dirección, los pasajeros que descendieron en Jacobacci en otra. Sólo quedaba yo, como Ismael: “Y sólo yo he escapado para hablar contigo”. Hacía frío en este lamentable lugar, pero no tenía más remedio que esperar cuatro horas el trencito a vapor para Esquel. Pero también pensé: Es perfecto. Si uno de los objetos del viaje era darte a ti mismo la sensación de estar solo, de que después de quince o veinte mil millas te habías adelantado a todos y estabas embarcado en una misión de descubrimiento en un lugar remoto, entonces yo había cumplido el sueño del viajero. El tren atraviesa mil millas desde Buenos Aires, se detiene en medio del desierto, y tú sales. Miras a tu alrededor: estás solo. Es como llegar. [...] Solo, solo: era algo así como la prueba de mi éxito. Había tenido que viajar una gran distancia para llegar a esta solitaria condición. (391)

El sentimiento de la soledad, transmitido a la vez por las condiciones del paisaje y por las circunstancias del viaje, es muy fuerte en el relato de Paul Theroux. Por otra parte, en los párrafos finales del libro, llega a una síntesis de sensaciones -lo vasto y lo muy pequeño- que puede ser una de las claves para comprender la Patagonia. Una flor silvestre le lleva a estas conclusiones. Ya en Esquel, caminando por las afueras de la población, prácticamente en el desierto, nos comunica una impresión que parece definitiva:

[...] una ladera rocosa, algunas ovejas, y el resto eran arbustos y maleza. Si se miraba bien, se podían ver sobre estos arbustos unas florcitas rosadas y amarillas. El viento las agitaba. Me aproximé. Se sacudían. Pero eran bonitas. Detrás de mí había un gran desierto.

Esta era la paradoja de la Patagonia: para estar aquí, convenía ser o bien un miniaturista, o bien alguien interesado en los enormes espacios abiertos. No había ninguna zona intermedia que pudiera estudiarse. O la enormidad del espacio desierto, o la visión de una flor diminuta. Había que escoger entre lo diminuto y lo inmenso. (403)

Y entonces, las palabras finales en el libro de este viajero por la Patagonia que registra sus impresiones -como otros antes que él- para ser leídas por quienes se aproximen a él a través de la lengua inglesa:

Aquí no había voces. Había esto, lo que yo vi; y aunque más allá hubiera montañas y glaciares y albatros e indios, aquí no había nada de que hablar, nada que pudiera detenerme más. Sólo la paradoja patagónica: el vasto espacio, y los muy diminutos capullos de la flor emparentada con el sagebrush, nuestra artemisia. La nada misma, que para algún intrépido viajero podía ser un comienzo, era un final para mí. Había llegado a la Patagonia, y me reí cuando recordé que había llegado aquí desde Boston, donde tomé el subterráneo que llevaba a la gente a su trabajo. (404)

 

Modelos

Estos viajeros del siglo XX representan un tipo distinto, o quizá dos tipos distintos, de relatos de viaje. Conviene que tratemos de mirarlos en perspectiva. El ahora desdibujado Thomas Falkner escribió un informe dentro de los esquemas descriptivos, en rigor taxonómicos, que podemos esperar en un intelectual del Siglo de las Luces. En cambio Charles Darwin, el gran naturalista, se apega al modelo del diario, hasta el punto de titular con esta palabra -Journal- sus escritos, y en ellos se ve que estamos frente a un hombre de ciencia lleno de lecturas literarias, especialmente románticas. Por su parte, William Henry Hudson, también naturalista, amante de la soledad y del silencio, y simultáneamente del canto de los pájaros, no presenta en su libro ni un informe ni un diario, sino que asume plenamente las diversas etapas de su vida, el tiempo transcurrido, y entonces su modelo pasa a ser la memoria, el género en el cual se escogen unos elementos y se olvidan otros: la recreación artística de un período de su existencia que tiene las características de un deslumbramiento.

En Chatwin y en Theroux encontramos, como digo, otros modelos. Estos son escritores que tienen por detrás vastas bibliotecas, que han leído profusamente sobre la Patagonia, y en quienes el objeto de la escritura es el viaje mismo, privilegiado por sobre aquello que en el viaje puede descubrirse. Chatwin, sobre todo, crea una suerte de centón o compilación de episodios y figuras a cuyo encuentro va y que, como dijimos antes, recupera de la polvorienta historia, siempre con apoyo en alguna incidencia del camino. Si a algo se parece su libro es a lo que en el mundo anglosajón y germánico se llama un almanaque (como en los “Cuentos de almanaque”, Kalender Geschichten, de Bertolt Brecht), pues In Patagonia es una recopilación no particularmente estructurada de materiales diversos, casi siempre interesantes y a veces apasionantes.

En cuanto a Theroux, gran amante de los ferrocarriles, quien ya había publicado en 1975 The Great Railway Bazaar, subtitulado “En tren por Asia”, es evidente en este segundo libro dedicado a los trenes la influencia del periodismo especializado de su país, y se podría decir -sin mala intención- que su género materno es el travelogue norteamericano, de lozana existencia en revistas, suplementos dominicales y películas.

Informe, diario, memoria, almanaque, travelogue: géneros diversos, en un desarrollo que abarca casi tres siglos, para intentar una aproximación a esta realidad que fascinó a tantos, lo mismo de cerca como de lejos, y tanto en el caso de hombres y mujeres de cultura como en el de exiliados, desesperados y fugitivos. Algo hay en esta realidad, geográfica y humana, que marca profundamente a quienes se ponen en contacto con ella.

Para concluir, quisiera leer, del libro de Bruce Chatwin, un breve relato -de hecho, un microrrelato- de carácter histórico, recogido en el lejano sur chileno, en Punta Arenas, y que es el penúltimo fragmento, el número 96, de su libro. Dice así:

Hay un hombre en Punta Arenas que sueña con bosques de pinos, tararea Lieder, se despierta cada mañana y mira las negras aguas del estrecho. En su auto se dirige a una fábrica que huele a mar. Allí está rodeado de cangrejos color escarlata, que primero se arrastran y luego son cocinados al vapor. Escucha el pequeño estallido de los caparazones y la ruptura de las mandíbulas, y vigila que la dulce carne blanca esté firmemente empacada en recipientes de metal. Es un hombre eficiente, con alguna experiencia previa en la cadena de producción. ¿Recuerda acaso ese otro olor, el olor a quemado? ¿Y ese otro sonido, el de las voces cantando en voz baja? ¿Y los montones de pelo que quedaban a un lado como ahora las mandíbulas de los cangrejos?

A Walter Rauff le corresponde haber inventado y administrado la cámara de gas sobre ruedas. (198)

No transcribo este texto para impresionar la sensibilidad del lector con el recuerdo de hechos monstruosos, sino para recordarnos que eso puede ser también la Patagonia: refugio de criminales de diversa índole, desde asaltantes de bancos hasta genocidas. A medida que más se escriba y publique sobre ella [14], más estaremos en contacto no sólo con la pequeña historia cotidiana de nuestra región, sino también con problemas centrales de nuestros países y de la humanidad. Porque en definitiva la Patagonia es el mundo: las vastas extensiones que impresionaron a todos sus viajeros son el “valle de lágrimas” que aparece en la oración del creyente; y la florcita que encontró Paul Theroux en un lugar desolado parece significar el principio de una regeneración capaz de llevarnos a niveles más altos de humanidad.

 

Notas:

[1] La primera versión de este trabajo fue leída como conferencia inaugural de las III Jornadas Patagónicas de Estudios Latinoamericanos, realizadas en la Universidad Nacional del Comahue (Neuquén, Argentina) el 24 y 25 de agosto de 2005.

[2] La que manejamos es la siguiente, que usa el texto de Lafone Quevedo con pocas variantes: Tomás Falkner, Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur. Estudio preliminar de Raúl José Mandrini. Buenos Aires: Taurus, 2003. (Colección Nueva Dimensión Argentina, dirigida por Gregorio Weinberg.)

[3] Datos del libro: Charles Darwin, Journal of Researches / into the Natural History / and Geology of the / Countries Visited During / The Voyage of / H.M.S. Beagle / Round the World under / Captain Fitz Roy, R.N. Introduced by Richard Keynes. London: The Folio Society, 2003.

[4] “The success of this my first literary child always tickles my vanity more than that of my other books”, frase citada en la introducción de Keynes, p. xvii.

[5] En la edición de 1845, Darwin agregó en este punto una nota al pie: “Esta profecía ha resultado entera y miserablemente errónea”.

[6] Citado por Alicia Jurado, Vida y obra de W.H. Hudson (Buenos Aires: Fondo Nacional de las Artes, 1971), p. 61.

[7] Cito por la siguiente edición: W. H. Hudson, Idle Days in Patagonia. Illustrated by Alfred Hartley and J. Smit. Berkeley: Creative Arts Book Company, 1979. Aunque los editores no lo indican, es reimpresión facsimilar de la primera edición estadounidense (New York: E. P. Dutton, 1917).

[8] Nicolás Rosa, El arte del olvido (Sobre la autobiografía). Buenos Aires: Puntosur, 1990.

[9] Alicia Jurado, op. cit., pp. 63-64.

[10] Como en todas las demás citas de textos en inglés a lo largo de este trabajo, uso mis propias traducciones.

[11] Bruce Chatwin, In Patagonia. New York, etc.: Penguin Books, 1988. [1977]

[12] Paul Theroux, The Old Patagonian Express; By Train Through the Americas. Boston: Houghton Mifflin, 1979.

[13] Después de la aparición del libro de Theroux, ambos escritores fueron invitados a una conversación pública en la sede de la Royal Geographical Society, de Londres. Ese fue el origen del siguiente libro, que resume algunos de los temas principales de las publicaciones anteriores: Bruce Chatwin and Paul Theroux, Patagonia Revisited. Illustrated by Kyffin Williams. Boston: Houghton Mifflin, 1986.

[14] Cf. Ernesto Livon-Grosman, Geografías imaginarias: el relato de viaje y la construcción del espacio patagónico. Rosario: Beatriz Viterbo, 2003.

 

© David Lagmanovich 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/patagon.html