Formas de resignación femenina en Bueyes y rosas dormían, de Cristina Sánchez-Andrade

Jorge Berenguer Martín

Universidad de Castilla-La Mancha


 

   
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Desde el propio título de la segunda novela de Cristina Sánchez-Andrade, de 2001, se apunta a la conciliación entre la dialéctica simbólica que plantea el tema de la resignación femenina en la novela Bueyes y rosas dormían [1]. La “rosa” es símbolo de la Natividad y sus significados se relacionan con la finalidad, el logro absoluto y la perfección. Por otra parte, “el buey” representa las fuerzas cósmicas y es símbolo de sacrificio, sufrimiento, paciencia y trabajo.[2]

Si se toman estos símbolos y se enmarcan dentro de la obra estudiada, se reconoce que en los personajes femeninos hay una fuerte filiación con la tierra en la que viven, una tierra que sólo castiga y que hace que sus mujeres vivan resignadas bajo una docilidad patriarcal que va en contra de sus impulsos de realización personal. Los personajes de esta novela no son mariposas que remontan el vuelo hacia el Sol, conscientes de su libertad; son bueyes uncidos a la tierra, al trabajo y a la pena, al esfuerzo y la lucha, a la agónica espera y al desengaño (Cfr. p. 306) [3]. Como contrapartida, las formas que adoptará la resignación en cada uno de los personajes femeninos de la novela de Sánchez-Andrade apuntan siempre hacia una resolución satisfactoria que les reconcilia con la vida, ya que en todo momento su conciencia es una rosa. La rosa es esa íntima corriente de conciencia dirigida a lo utópico, emparentada con los sueños y la ilusión, que siempre estará viva a pesar de que la mujer haya de desempeñar un papel resignado y sumiso en la esfera pública.

Bueyes y rosas dormían es una novela sobre los estragos de la memoria, sobre cómo un recuerdo o un deseo puede saquear una vida, apurada hasta las heces del rencor y la ilusión, dejando sólo el desarraigo de la soledad y el miedo a la felicidad. Los miembros de la familia Lavida son incapaces de matar la memoria y aprender a vivir de nuevo: son observadores impávidos de la vida incapaces de luchar contra el quietismo. Son personajes que no se reconocen en su circunstancia actual, de manera que se instalan en el pasado de la memoria. Están agotados en la espera, son un fue cansado, viven de expectativas que no se cumplen porque tienen miedo a la felicidad y esto les niega el porvenir y el presente.

Esta situación les lleva al aislamiento, un aislamiento que consiste en el oficio de cubrir ausencias:

La ausencia es aquella sustancia amorfa que se instala en nuestras entrañas como un incómodo parásito, aquel veneno amargo que tiene el color opaco del vacío y la espesura remota del miedo. La ausencia es el deseo de ser diferentes a como somos, el más doloroso de los deseos (p. 105).

Los personajes se debatirán a lo largo de la novela entre la resignación pública y el sometimiento a la voluntad dominante masculina y, por otro lado, el desarrollo de la conciencia utópica donde se desarrollan los oscuros hábitos del deseo.

La novela de Sánchez-Andrade transcurre en el nebuloso tiempo de una región rural alzada a la categoría de imaginario mítico llamada Pueblo. La relación entre este espacio y sus habitantes se circunscribe a algo más que a la influencia ambiental sobre el carácter de los personajes. Pueblo es la tierra del desarraigo donde están enterradas las voces del mundo; Pueblo es una tierra maldita donde los gatos nacen ciegos, ciegos como el destino (p. 114); Pueblo alberga rencor e inteligencia y todos sus aldeanos están recorridos por una pesada tristeza; Pueblo es la conciencia de una vida que sucede despacio o que tal vez no se vive del todo; Pueblo, en definitiva, es la traición de la memoria que atormenta y no permite progresar en la vida. La mujeres forzosamente han de asumir la resignación como forma de vida: casarse siendo niñas con un completo desconocido y enclaustrarse tras los quehaceres domésticos sin voluntad, ni amor, sumisas, humilladas.

En Bueyes y rosas dormían se relata cómo Idalina huye de esos atavismos durante unos días y cómo el regreso al opresivo ámbito del matrimonio forzoso no sólo la enloquece sino que los estigmas de una vida mejor frustrada se perpetúan en su familia, en su hija y en sus nietos.

Un día de abril Idalina espera en su casa al porteador de novias que debe llevarla al altar. El porteador es un hombre días antes escupido por el mar, un hombre limpio de la rancia opresión de Pueblo. A la grupa de ese hombre experimenta un gozo oscuro. Hace el amor con él, con un hombre desconocido, que la arrebata para huir del inevitable matrimonio. Es inevitable que se case sin amor pero quiere, por una vez en la vida, sentir el tumulto vertiginoso del corazón inflamado por el deseo, de la salvaje atracción sexual sin considerar temores públicos, prejuicios o autocensura. Días después aparece la novia y su marido Juan ha de vengarse, y así en efecto ocurre, el porteador es asesinado en medio del campo, sin sepultura, devorado por las avispas. Este acontecimiento será un recuerdo lastrado por Idalina a lo largo de su vida, malogrando todo intento de tener una existencia en paz. Está acorralada por el recuerdo, queda atrapada por el vértigo del único instante en que fue feliz. Cincuenta y siete años después, la memoria sigue ahí y la vejez no ha hecho más que engrandecer la turbación causada por el recuerdo: “(…) La vejez es frágil, sólo cuenta con la memoria. Esa memoria caprichosa y desordenada que anhela el olvido, que no lo alcanza del todo y que remueve, remueve demasiado (p. 180).” Todo es tan efímero que Idalina no ha sabido apresar la felicidad, ya que, además, la felicidad no se espera, hay que salir a buscarla (Cfr. p. 141). La conciencia de Idalina es una botella vacía, un agujero llamado Nevermore donde la memoria corroe: “Siento miedo - Pero no de lo que viene, sino de lo que ya fue. Siento miedo de un abismo anterior a mí. Es mi memoria lo que me aterroriza. Su afán de devorarlo todo (p. 259).”

La resignación de Idalina ha de adoptar la forma de la locura: “Elegí estar loca para seguir viviendo (p. 15)” porque “(…) cincuenta y siete años después, la memoria sigue ahí (p. 119)”. Como consecuencia, Idalina tendrá una forma de actuar plagada de comportamientos extraños. Idalina adquiere la costumbre de enterrarse hasta el cuello y rezar por el infierno. Este comportamiento encierra la intención de sentir las fuerzas telúricas que gobiernan Pueblo. Debido a que la tierra es el epítome de la maldición de la memoria, Idalina se entierra porque no quiere vivir la vida, sino habitar un recuerdo de liberación y tragedia, que ahora la convierte en una esclava muerta en vida: “Cava, remueve, se entierra durante un rato (sólo el tacto húmedo de la tierra la hace sentir bien) e inventa el torso de un porteador de novias (p. 278)”.

Esta idea también se constata en la costumbre que tiene Idalina de llamar a su hija Leocadia madre. La madre de Idalina la educa en la resignación, la enseña a conformarse con lo que ofrece la vida. Su madre forma parte de la experiencia traumática que se perpetúa como un presente de pesadilla, un presente en el que se está pero que no se vive. Esta es la opción de la locura: para seguir viviendo hay que sobrevivir en un recuerdo doloroso.

Otro comportamiento significativo es la obsesión de Idalina por lo que ella llama Las niñas de la madera. En un momento de la novela declara que: “La ausencia es de madera (p. 259)”, lo que indica que la presencia mortificante de esas niñas fantasma reproduce el tormento que le causa la ausencia de las hijas que no tuvo. El peso de los recuerdos es una resignación forzosa a repetir escenas de dolor en medio de la soledad, soledad no solo presente en Idalina, sino también en el resto de personajes de la novela.

Cincuenta y siete años después Idalina envenena a su marido; días después, intenta envenenar a Federico, el marido de su hija, ofreciéndole unos bombones de licor con estrictina. En Federico reconoce a su propio marido, al que ya envenenó, pero, al ser el recuerdo un presente perpetuo, el intento de asesinato de Federico la retrotrae a cuando acaba con la vida de su marido Juan. Uno de los lemas que guían la vida de Federico Lavida es la estupidez: “La electricidad no sustituye a una esposa (p. 243)”. Federico no disimula que trata a las mujeres como enseres sin alma ni voz, de manera que no duda en alardear frente a Eugenio Frutos de que trata a las mujeres como objetos: “-Sí. Tú. Yo también me meriendo a las chiquillas. Y también a las que no son tan chiquillas. En concreto a mi criada (p. 192)”. Pero tan pronto comos se entera de que su hija está embarazada, agarra la escopeta y va a vengarse de Eugenio Frutos. Este mismo comportamiento ya era mostrado por el marido de Idalina, que no tiene ningún remordimiento en asesinar al único hombre que ha amado su mujer y tenerla lavando unos pantalones una y otra vez, con los músculos extenuados, las manos escocidas, la piel quemada, y el corazón resignado, mientras él:

Salía a la plaza a silbar a las mozas y ahí podía estar todo el día, inflando y desinflando la pechera, gordo de ocio, lanzando una palma al aire al paso de cada falda, rechiflando como un rapaz, alborozado, gallardo, pequeño, aunque no infeliz por el querer perdido (p. 24).

Idalina pudo marcharse de Pueblo con el porteador de novias, pero decido volver a la rutina anodina de una existencia de resignación. La pasión descubierta con el porteador traído por el mar no deja de ser un accidente casual, en el que la voluntad de Idalina no interviene y, cuando tiene la obligación de actuar, se deja llevar por la costumbre, como el buey que no conoce de rosas y sólo está dispuesto para el sufrido trabajo, como si el momento más importante de su vida fuese agua sucia, algo sin importancia. La razón por la que le desasosiega el recuerdo es porque ella esperaba sin más, esperaba cambiar su vida sin hacer más, y, al presentársele la oportunidad, no está dispuesta:

- Toda una vida buscando allí afuera. Toda una vida pensando que la dicha consistía en abrir los postigos al amanecer, en esperar, en suponer que con sólo abrir la ventana algo acabaría entrando, algo eterno que nos transformaría y que terminaría siendo nuestro -echó otro trago-. Toda una vida viendo pasar las cosas, y las cosas allí, inmóviles y calladas y cálidas y tristes y amarillas, llenándose de los colores de la tarde una y otra vez, y tristes y amarillas, hasta el blancor amargo del amanecer, sin saber realmente que no es suficiente abrir, abrir -avanzó hacia mí-, ¡abrir la ventana al amanecer! -y me agarró el brazo fuertemente-, porque en realidad… sólo hay que estar dispuesto…, pero ¡todo es tan imprevisible, tan huidizo! (p. 141).

A veces la locura es una forma más refinada de cordura. El estado de locura de Idalina indica que la resignación no es posible, hay algo que se resiste. Cuando decide no renunciar a su felicidad, cuando ya no quiere más el sufrimiento traído por la memoria, enmienda los desastres de su vida: “Yo sólo mato la memoria para aprender a vivir de nuevo (p. 148)”. El primer paso consiste en que quiere morir vestida de novia para casarse en el cielo con el hombre al que amó intensamente un día, un porteador de novias que un día vomitó el mar (p. 271). El siguiente paso le lleva a hablar con el alcalde. Idalina chantajea al alcalde con la amenaza de hacer pública su coyunda con la criada de la familia Lavida si no cumple dos exigencias.

La primera: que el alcalde desentierre el cuerpo de su esposo Juan y lo arroje al mar; la segunda: que mate a Eugenio Frutos, un espabilado que ha tenido contacto íntimo con su nieta Blanquita. Con la primera petición consigue hacer justicia y devolver a su marido la indignidad con la que arruinó la vida a Idalina; con la segunda petición -que no se ejecuta- se daría muerte al típico rondador prepotente de señoritas, como era su marido.

Poderosa significación adquiere otro episodio ocurrido en la novela y que informa de la resignación asumida por Idalina. Cuando en pueblo se desata un vendaval, por los cielos aparece un velero zarandeado por la tormenta hasta que finalmente se desploma y se estrella contra el suelo. El piloto -Eugenio Frutos- necesita ser socorrido. Este hecho recuerda la llegada del porteador de novias, un foráneo traído por un fenómeno meteorológico, al primero por el mar, al segundo por la ventisca. Idalina, quizá intuyendo la analogía con la llegada del porteador, reacciona con una violencia desmedida y jalea a toda la familia para apalear a Eugenio Frutos en vez de auxiliarlo. La opción de la locura es una medida que resistencia contra la vida que no la reconcilia con sus recuerdos, ya que se resiste a resignarse. No obstante, Idalina asume la actitud impuesta por el orden público representado por la figura dominante del marido (que le asestaría un palazo, como ella hace), pisoteando el humanitarismo que era esperable en ella. Esto demuestra que hay primacía del desastre, la razón se halla en que los estragos de la venganza han hecho mella en Idalina, y, de igual forma, hay que sumar que los recuerdos y la falta de expectativas ha envenenado un corazón demasiado maduro, podrido.

La resignación adquiere unas formas muy controvertidas en el caso de las moradoras del Monasterio de las Huérfanas Exangües. Son veinte monjas que han sido abandonadas por su abadesa, que es ahora una vieja barbera que vive en un palacio en el bosque. Frente al desgobierno o la conciencia del vacío de sus almas tienen una disciplina diaria de dedicarse a labores de labranza.

Dentro de los indicios de su resignación a no disfrutar los placeres de la vida se encuentra la característica de que hablan siempre en plural, aunque hable una única monja sobre sus sentimientos más hondos. El miedo a la felicidad se traduce, en el caso de las monjas, en miedo a la individualización, a desear con voz propia, ya que sus apetencias supondrían, además de una libertad que temen, romper con el orden seguido durante toda su vida de entrega a un Dios del que llegan incluso a dudar de su existencia.

Sin embargo, contradictoriamente, al amanecer, las monjas bajan a la playa y se bañan desnudas. Juegan a ser náufragas. El divertimento consiste en que dos monjas que no saben nadar se tiran al mar, las otras les tiran una madera como salvavidas a la que sólo puede aferrase una. Esa lucha desesperada las excita porque de esta manera pueden sentir que sus corazones latan frenéticos, sintiendo la plenitud de la vida y desafiando la ley de un Dios que las anula:

Reventar para luego subir libre y ágilmente a la superficie y echar un chorro de agua por la boca y gritar vivas, con el único fin de demostrarse a sí mismas que nuestras vidas no cumplen la pura y simple voluntad de Dios de un modo fatal y necesario, estamos vivas, sino que también dependen de nuestra propia voluntad (aunque es verdad que n una ocasión se ahogó una de las monjitas) (p. 128).

La actitud vital de estas monjas desarrollará la dialéctica entre Eros y Thanatos en el marco de la resignación y sus posibilidades de resistencia a ella: tienen una sed sofocante de vida, necesitan sentir que corre por sus venas la plenitud, mas sus votos de reclusión las ahoga. Entonces, la muerte se convierte en un horizonte querido: “(…) La muerte es una punzada de esperanza, un rayo de sol que atraviesa el cielo espeso de esperanza, un rayo de sol que nos salpica a todos con rocío (p. 132)”. Quieren morir y, cuando el alcalde les compra una botella de aguardiente, con el propósito de verter en ella estrictina para poder así envenenar a Eugenio Frutos, no dudan en embaucarlo para que se tome una sopa, condimentada con unas gotas de su propio líquido ponzoñoso. No contentas con su maniobra, las diecinueve monjas van a hablar con Toña la Negra y le informan de que el alcalde va por el pueblo despreciándola, diciendo que ni vale para la coyunda (lo que niega su fertilidad, su valor más importante en la vida). Incitan a Toña a matar al alcalde, como él está borracho, sólo tiene que darle un empujoncito y éste caerá al río, donde perecerá ahogado.

Hay una monja que se atreve a romper con la resignación y decide huir del monasterio para tener un hijo. Su guía será un enano tinajero que va por la región vendiendo sangre. “No vende sangre, vende consuelo (p. 111)” se afirma en un momento de la novela. El enano comercia periódicamente con las monjas porque: “-Sabed que cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos y que cuando no los tiene se le vuelven veneno (p. 59)”. El deseo de maternidad lleva a la monja a visitar a la vieja barbera, a la cual no reconoce, y ésta última le pide a cambio de darle un niño que lleve a su palacio al enano tinajero. La monja engaña al enano procedente de la tierra de los hielos asegurándole que en el bosque hay alguien que le comprará toda la sangre contenida en sus dos vasijas. El viaje emprendido para llegar al bosque será un viaje de descubrimiento muy importante para los dos, puesto que en el diálogo mutuo bucean en su interioridad en busca de respuestas a sus complejidades. La clave la ofrece el enano cuando cuenta a la monja la historia de Los misterios que ocurren en los armarios (pp. 172-173). Al armario le gusta vernos sufrir, por ejemplo, con una pérdida. Guardamos cosas confiados en él y un bien día no las encontramos. Revolvemos todo el contenido del armario, mientras el polvo del olvido va cubriendo el armario. Luego: el silencio, un silencio sin fin. Ese armario es una metáfora de la memoria y en ella está la felicidad que puede romper con la resignada insatisfacción. La búsqueda de la monja halla la raíz de su consuelo en unas palabras del enano:

Usted no buscaría si de algún modo no lo conociera ya. Usted busca algo que existe y que ya ha experimentado, que en su día le dio placer aunque no fuera consciente de ello. Es así. Busque en la memoria, monja, verá como allí lo encuentra (p. 239).

El mayor anhelo de todas las monjas es, en consecuencia, la fertilidad. Engendrar un hijo es un impulso natural para el que han nacido y que asfixian con el servicio a un Dios que no les importa lo más mínimo. Conseguirán su objetivo gracias a la decisión tomada por Federico Lavida, consistente en que deja a su cuidado el hijo de Blanquita.

Leocadia, la hija de Idalina, es una resignada y paciente ama de casa que se realiza a través de la vida familiar y los quehaceres domésticos. No tiene vida más allá de sus obligaciones de pucheros y niños llorando. Ella intenta contentar a todos, pero está sumida en la más completa de las tristezas porque los miembros de la familia son completos desconocidos entre sí, cada uno caído en el vacío de su soledad. La relación con su marido es la más delicada, apenas se hablan porque Federico es un soñador, un pobre miserable bajo la lluvia (p. 68) aferrado a una ilusión, que no es capaz de compartir sus sueños con su mujer. Además es un hombre tocado por la impudicia, todas las criadas que han pasado por la casa han sido objeto de sus lúbricos requerimientos y por eso todas se han marchado.

Toña la Negra, proveniente de África, es la única mujer que acepta trabajar como criada para la familia. Toña es una mujer voluptuosa de carnes generosas rondada por muchos hombres pero que sólo desea morirse sabiendo que un hombre la ha amado de verdad, que la ha deseado con la voluntad de entrega del alma. Toña se encontrará varias veces con el alcalde, confiada en que se va a casar con ella, pero, cuando éste la desprecie, ella se vengará arrojándolo al río donde se ahogará y huirá de Pueblo resignada y decepcionada.

Una forma de resignación muy parecida será la adoptada por Leocadia. Toña la Negra vive resignada por colmar los excesivos apetitos sexuales de los hombres. Leocadia se marchitará en la espera del amor de un único hombre, Federico, que no la toca. Leocadia es la perfecta esposa que debería haber sido Idalina, pero, tanto una como la otra, han asistido al naufragio de sus vidas, a la imposición de la resignación. Leocadia contempla cómo los pilares de la unidad familiar en que ha forjado su existencia se tambalean: su madre está loca, su marido está aupado en la atalaya de sus sueños y no atiende a las cosas de aquí abajo, su hija Puz tiene la obsesión de pasar largas horas subidas a un árbol, su hija Blanquita tiene el mal de la lujuria y Lucas, su otro hijo, asiste desconcertado al despertar de la conciencia del mundo. Por todas estas razones piden que le traigan el niño ciego de la vecina para amamantarlo. Tiene que conformarse con la resignación de dedicar su instinto maternal y su fertilidad a un niño ajeno, no concebido por ella.

Cuando Federico vuelve a su casa para reclamar la mitad de su cama, habla con Leocadia y ésta le cuenta las ilusiones perdidas por el amor. Federico Toma la decisión de dar el niño que Blanquita lleva en las entrañas a las monjas, de esta manera quebranta su inmovilismo y, como resultado, vuelve la llanura magnífica: “(…) La llanura tiene que ver con el amor (p. 191)”. La llanura magnífica es la playa del horizonte, el oasis construido por el deseo y los recuerdos a que se quiso llegar y que aún hoy es inalcanzable. Leocadia antes no veía la llanura pero ahora la divisa, como símbolo de ruptura de la incomunicación y del encuentro renovado de su amor.

En las primeras páginas de Bueyes y rosas dormían los personajes femeninos habían de pasar por la vida como si nada, endurecidos por la resignación, hasta que están dispuestos al cambio y se valoran: “Esas pequeñas hazañas de que está compuesta la vida, todo eso o mucho más y nada más (p. 118)”.

 

Bibliografía

GARCÍA LORCA, Federico, Romancero gitano. Poeta en Nueva York. El público, Madrid, Taurus, 1993.

CIRLOT, Juan Eduardo, Diccionario de símbolos, Barcelona, Siruela, 1997.

SÁNCHEZ ANDRADE, Cristina, Bueyes y rosas dormían, Barcelona, Siruela, 2001.

 

Notas:

[1] El título de la novela procede del poema “Muerto de amor” del poemario Romancero gitano (1924-1927) de Federico García Lorca: “Brisas de caña mojada/ y rumor de viejas voces/ resonaban por el arco/ roto de la media noche./ Bueyes y rosas dormían./ Sólo por los corredores/ las cuatro luces clamaban/ con el furor de San Jorge./ Tristes mujeres del valle/ bajaban su sangre de hombre,/ tranquila de flor cortada/ y amarga de muslo joven” (Federico García Lorca, Romancero gitano. Poeta en Nueva York. El público, Madrid, Taurus, 1993, 104).

[2] Cfr. Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Siruela, 1997.

[3] Cristina Sánchez-Andrade, Bueyes y rosas dormían, Barcelona, Siruela, 2001. Citaré por esta edición.

 

© Jorge Berenguer Martín 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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