Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Primera Muestra
de Teatro de Calle
de la Sierra Norte de Madrid

  

 

Teatro de calle
José García Templado

 

En los días 16, 17 y 18 de septiembre de 2005, se celebró la Primera Muestra de Teatro de Calle de la Sierra Norte de Madrid. Fueron unas jornadas intensas. Los pueblos de la Mancomunidad de la Sierra Norte se vieron invadidos por la alegría, la tristeza, los gestos, las piruetas, las metáforas, los sueños, la zozobra, la esperanza, la vida, en una palabra, hecha arte: el teatro. Los espectáculos estaban abiertos a la participación de gentes de todas las edades, porque, incluso aquéllos especialmente destinados a los niños, encerraban mensajes y problemas vitales que laten en nuestras inquietudes.

Yo diría que esta Muestra era un positivo toque de atención, una respuesta al grito de “¡El Norte también existe!...para la cultura”. La Dirección General de Promoción Cultural de la Comunidad de Madrid quiso atender esa demanda y, bajo la coordinación de Susana Gutiérrez Padín, ha promovido esta Muestra, patrocinada por la Mancomunidad de la Sierra Norte, la Consejería de Cultura y Deportes y la colaboración de la Embajada de Dinamarca, que contribuía así a la celebración del Bicentenario de Hans Christian Andersen, incluido en la programación.

La calidad de las compañías seleccionadas y la variedad de los espectáculos garantizaban el éxito. La mayor parte de los actos se desarrollaron en la plaza pública, donde, in illo tempore, se montaba “el tinglado de la vieja farsa”, mientras que el programa intentaba una distribución equitativa de los hechos teatrales entre los pueblos mancomunales que participaban en las Jornadas.

El espectáculo que inauguró estas Jornadas tuvo una significación especial. El preámbulo en el vestíbulo y escenario del Centro de Humanidades de La Cabrera, incluía algunos toques de lo que serían otros espectáculos de calle, con el humor del Dr. Kuelguin y su adelanto de las Ciencias para el Pueblo, unos alardes circenses, parte esencial del mundo del espectáculo, y una dramatización en la que encajaba perfectamente el relato de un cuento de Ándersen.

El interés de la pieza teatral Un día, una hora, base de la representación inaugural, estriba en el carácter del texto. Lo constituye una colección de cuentos infantiles creados por niños de 6 a 12 años.

La idea de un libro de cuentos para niños es tan frecuente que existen editoriales especializadas, pero la recolecta de cuentos escritos por niños para un libro es una extraordinaria idea, puesta en práctica por el titiritero argentino Javier Villafañe, escritor de cuentos que durante ochenta años anduvo por rutas trazadas sobre tierras y mares para presentarse con sus muñecos ante los niños de todo el mundo. “De pueblo en pueblo y de escuelita en escuelita, al terminar su historia, pedía a los pibes que escribieran un cuento”. Reunió más de 50.000. De ellos seleccionó sesenta para ser publicados, bajo el epígrafe de Los cuentos que me contaron. Por desgracia, murió tres años antes de que su obra subiera a la escena.

Convertir una tan compleja obra estética en una obra dramática parece casi imposible. Jesús Arbués, el director, aceptó el reto y ha conseguido un espectáculo entrañable en el que cabe la fantasía desbordada, la ingenua crueldad infantil, el costumbrismo, la fábula, la crítica social, el absurdo de los sueños, el drama o la comedia. Esta variedad temática viene dada en boca de los propios niños, interpretados magníficamente por cinco jóvenes actrices, que han logrado matizar caracteres infantiles diferentes, acordes con los planteamientos y resoluciones de los conflictos que los cuentos contienen.

La fantasía es la pauta esencial de las narraciones, la síntesis la pauta formal. Si observamos un cuento como “El Arco Iris”, su realización es de una simpleza fantástica: Al salir de la escuela, dos niños ven que llueve. Esperan 15 minutos, deja de llover y sale el Arco Iris. Al iniciar la vuelta a casa, ven a una niña toda verde, le preguntan quien es y ella responde que el color verde del Arco Iris. “Miran al cielo y dicen ¡anda, pues es verdad!”. Cuando llegan, la madre se enfada. “¿Dónde habéis estado? Hemos estado con el color verde del arco iris y la madre dijo, os voy a pegar una paliza por mentir. Al otro día se fueron a la escuela, lo contaron y ninguno lo creyó, ni siquiera el maestro”.

En mi intención de sintetizar el texto, apenas he ahorrado línea y media a la edición de Producciones Viridiana. Sin embargo, la fantasía real queda intacta, nos muestra el poder del verismo, que impone la apariencia, aceptada por la mayoría como verdad lógica, sobre la auténtica realidad de la convicción infantil. Abierto a interpretaciones, la permuta del término real, en la metáfora pura que es el relato, descubre una riqueza intuitiva en Juan Carlos Ocaña, el niño de nueve años autor del cuento, un niño como tantos otros aquí representados, que auguran brillantes promociones, si encontramos los cauces educativos que nuestra juventud necesita.

No es posible, pero me gustaría hacer un recorrido exhaustivo por los puntos críticos que los cuentos contienen. No sólo analizar los cuentos de cierta entidad, como “El sueño”, en donde un sustrato freudiano busca la explicación subconsciente del aparente absurdo. También los cuentos minimalistas que en dos o tres líneas encierran la visión crítica de una trágica realidad, como “La lluvias que nunca llovió”, “Una pesadilla en el armario” o “El árbol sabio”:

“Érase un árbol sabio que se le reían todos los niños. Y un día que le preguntaron al árbol ¿Por qué estás tan triste? Porque soy sabio. Y así acaba la historia”.

Para nosotros es comprensible su tristeza. Probablemente era “un optimista bien informado”.

La estructura de la representación está inspirada en la técnica del cuento de cuentos. El narrador, el propio Javier Villafañe, con una impersonalizada voz que llena el espacio escénico, reproduce su “Introducción” a Los cuentos que me contaron. Como Ubu, que invadió la personalidad de su creador, Alfred Jarry, un viejo títere se ha apoderado de la realidad inmortal de Javier Villafañe. La luz de un foco lo trae a primer plano y preside toda la representación, hasta que, tras las últimas palabras, se funde en la pasión de su vida, los títeres y el teatro. El foco se apaga, todo desaparece y, como un rayo indeleble, queda para siempre en nuestro recuerdo.

4/01/2006

 

© José García Templado 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/tecalle.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2006