Vicente Blasco Ibáñez y el Naturalismo

César Besó Portalés

I.E.S. Clara Campoamor, Alaquás (Valencia)


 

   
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Es de todos conocido que el Naturalismo se desarrolla y evoluciona en toda Europa de modo más o menos radical y que suscita constantes polémicas y críticas. Se le achaca siempre vulgaridad y falta de estilo y, desde luego, una cierta inmoralidad, relacionada con la descripción de situaciones límite. No se trata de una escuela en el sentido exacto del término, pero el protagonismo y liderazgo de Zola son indiscutibles, ya que consiguió reunir a distintos escritores que creían, como él, en el mito del progreso científico y en la necesidad de escribir siguiendo unas pautas nuevas.

Beser [1] expone resumidos los principios básicos del movimiento: el retrato realista y documentado, la impersonalidad por parte del narrador y el determinismo fisiológico y del medio. La novela cumplía así la función de presentarse como un documento y estudio social.

Sin embargo, la adscripción de uno u otro escritor a la escuela naturalista resulta extremadamente difícil, como señala Bonet, por la imposibilidad, por parte del escritor, de cumplir fielmente con los diversos preceptos estéticos que se impuso en un principio. [2]

Y es que, en palabras de Cogny, “Le naturalisme-Ecole se distingua, dès l’origine, par l’individualisme de ses membres, une attirance invencible vers l’anarchie”. [3]

El Naturalismo en España empieza a tener un cierto eco en torno a 1880, año en el que aparecen traducciones españolas de las novelas francesas. En este periodo, como indica De Diego [4], existía ya un movimiento científico y liberal entre los jóvenes y, además, una tendencia literaria (el costumbrismo romántico y el realismo de los clásicos con su observación minuciosa), que facilitaban la acogida de las nuevas corrientes artísticas y filosóficas.

No obstante, dilucidar qué era el Naturalismo no fue tarea fácil, en el contexto español. Recordemos que un crítico de la autoridad de Clarín prefirió, de una forma un tanto ambigua, definir el Naturalismo por lo que no era, poniendo de manifiesto posibles “defectos” de la Escuela. De este modo, el Naturalismo no era una imitación de lo que repugna a los sentidos, ni la constante repetición de las descripciones, ni era solidario del positivismo, ni era el pesimismo, ni una doctrina exclusivista, ni un conjunto de recetas para escribir novelas. [5]

Mainer [6] nos indica que, en España, hacia 1890, el naturalismo había sufrido una crisis de crecimiento y de objetivos. La complicación de la psicología en la narración, con nuevos protagonistas dubitativos, enfermizos o malditos, la explotación de nuevos ambientes, como barrios míseros o prostíbulos, o zonas rurales degradadas, la indagación de relaciones humanas o paroxísticas, como lo erótico y lo sexual, la tiranía y la humillación pasionales, se convirtieron en un nuevo cosmos novelesco, que pudiera tener poco que ver con los principios naturalistas.

Del mismo modo, Oleza [7] entiende el Naturalismo español como un híbrido. Al naturalismo español no le servía la fórmula francesa porque el proceso cultural español era muy distinto del francés. Si en España se produce un eco del naturalismo francés, éste es puramente superficial, visible en algunos de los recursos tremendistas y declamatorios. El naturalismo no representa en España el comienzo de la crisis de la ideología burguesa, sino todo lo contrario: es la expresión de una cierta burguesía liberal, pero dado el fracaso de una profunda revolución burguesa en España y su consecuencia más inmediata, la falta de coherencia y de solidez ideológica de la burguesía española, sus vacilaciones y contradicciones internas, el naturalismo español no conseguirá hacerse representativo de toda una clase social, sino tan sólo de algunos de sus grupos de vanguardia, de ahí precisamente su carácter minoritario y su moderación, de ahí precisamente lo efímero de su paso por la historia de la literatura española.

Como destaca el profesor Oleza: “en el naturalismo español hay una evidentísima tendencia hacia la transigencia. No se acepta, sin más, el zolaísmo, sino que se trata de llegar a una fórmula superadora que integre la materia y el ideal”. [8]

De este modo, partiendo de una base naturalista en las primeras obras de Blasco Ibáñez, se ha querido enfocar al escritor valenciano desde distintos puntos de vista:

Ya Blanco Aguinaga [9] se atrevió a insertar a Blasco Ibáñez entre los escritores cercanos a la generación del 98, por mantener un ideario común en ellos. Y no son pocos los críticos que han querido ver en el naturalismo español una “transigencia” que converge, de forma indefectible, al idealismo del 98. Ferrando, analizando un encuentro que se produjo en Valencia entre Emilia Pardo Bazán y Blasco Ibáñez, nos señala que:

“El missatge regeneracionista que va llançar a València doña Emilia Pardo Bazán, el 1899, i les adhesions per part de Llorente i Blasco Ibáñez són l’expressió clara d’una ideología sobre el concepte d’Espanya ben poc diferent de la que va produir la generació del 98”. [10]

Con todo, como indica Ramos Gascón [11], Blasco Ibáñez es también reinvindicado como “escritor social”, en la línea de la llamada gente nueva que, a través de la publicación Germinal, criticaron y pusieron de relieve las contradicciones en que incurrieron los literatos de la generación anterior. Su naturalismo será ecléctico, de modo que en algunos aspectos fundamentales serán tan distintos, que poco o nada tenían que ver con los esquemas y principios teóricos del naturalismo propiamente dicho. Serán escritores profundamente utilitaristas, de modo que usarán ese término, naturalismo, para las novelas sociológicas, el teatro de tesis y la poesía social. Blasco Ibáñez se encuentra, pues, a caballo entre los primeros naturalistas españoles y las que serán novelas sociales españolas de las primeras décadas del siglo XX. [12]

Por otro lado, Román Gutiérrez [13] excluye a Blasco Ibáñez del naturalismo, por su posición dudosa y ambigua. Blasco nace en 1867. Es, pues, considerablemente más joven que el resto de los novelistas de la generación del 68. Cronológicamente es contemporáneo de los del 98. Sin embargo, su forma de novelar difiere tanto de unos como de otros. El propio Blasco reconoce, no obstante, la filiación naturalista de sus primeras novelas. Sería un naturalismo más intenso que el de Emilia Pardo Bazán, dado que no padecía la rémora ideológica que supone el catolicismo en la Pardo Bazán.

Sin embargo, para Román Gutiérrez, Blasco se inscribe en lo que se ha ido llamando el “naturalismo social”, de corte tendencioso, que surge del naturalismo propiamente dicho, se desarrolla en la década de 1890 a 1900 y penetra en el siglo XX. Este “naturalismo social” se caracteriza por una representación “crítica” de la realidad, que extralimita las competencias del naturalismo como movimiento teórico, en la medida en que supone una toma de postura ante la realidad misma, que resulta incompatible con el principio de objetividad naturalista. Este sentido crítico de la obra de Blasco Ibáñez se aleja, pues, del naturalismo y le acerca en cambio a los escritores del 98, con quienes mantiene, a pesar de todo, sustanciales diferencias.

Para Román Gutiérrez, la novela de Blasco pertenece plenamente al siglo XX, y, aunque utilice el recurso naturalista, ya no es decimonónica. El narrador del siglo XIX no puede desprenderse de sus prerrogativas como narrador, el del XX, sí, y por ello en Blasco la tesis no se manifiesta, como ocurría en la novela del XIX, a través de la voz del autor o del narrador, sino de una forma indirecta más sutil. Ni uno ni otro alcanzan la plena objetividad, pero la técnica ha progresado: se muestra como objetiva -puesto que el narrador no aparece- una visión del mundo ofrecida a través del interior de los personajes, pero tanto éstos como las composiciones y estructuras de la obra marcan claramente la dirección tendenciosa hacia la que el autor empuja al lector. Resulta así que es, paradójicamente, un escritor del siglo XX quien utiliza uno de los recursos fundamentales del naturalismo decimonónico y, en realidad, la obra de Blasco usa la subjetividad y la introspección del personaje para abordar una visión crítica del mundo. Pero estas diferencias son sustanciales para Román Gutiérrez, que considera inadecuado hablar de Blasco como un escritor naturalista, al estilo de Clarín o Pardo Bazán, ya que “pertenece ya plenamente al siglo XX, y esto a pesar de que él es, entre todos los narradores a los que se llamó ‘naturalistas’, quien respeta y utiliza mejor la técnica impersonal propugnada por Zola”. [14]

Es posible que éste sea el motivo para que autores como Zavala [15] o Ferreras [16] ni siquiera nombren a Blasco en sus estudios sobre el naturalismo decimonónico, o que en un estudio colectivo [17] se refieran a Blasco como un ecléctico que usa todas las tendencias formales y temáticas posibles, en un estilo de “hiperbólico verismo”, aumentando con esta definición, tal vez, la confusión que reina en la adscripción a un movimiento u otro de Blasco Ibáñez.

No obstante, no hay que olvidar, como destacan varios críticos [18], que Blasco Ibáñez sintió una verdadera adoración por Zola, al que dedicó un libro en su editorial “Prometeo” de Valencia.

Como ha estudiado León Roca, biógrafo de Blasco Ibáñez, en 1894 o 1895 todavía existía en Valencia una tremenda aversión por la obra de los naturalistas franceses. La opinión que se tenía de aquella literatura es que era “inmoral”:

“Llegir Zola, llegir Maupassant, era tant com proclamar-se radical i revolucionari. De fet, mentre que els altres periòdics dubtaven o s’esforçaven per ignorar aquelles obres “immundes”, Blasco feia imprimir cada dia un d’aquells autors i no ho feia per caprici, sinó pel convenciment de la urgent necessitat d’una obra difusora i progresista”. [19]

Del mismo modo, estando ya muy avanzada su construcción y germinada su novela Cañas y barro, proyectó y llevó a cabo su visita a Emilio Zola, en París, rue de Bruxelles, 21. Esta visita tuvo lugar en abril de 1902, lo que da lugar a que pensemos que Cañas y barro la realizó pensando especialmente en su maestro Zola.

En cualquier caso, independientemente de la voluntad que Blasco le tuviera a Zola, es evidente que existen en sus novelas rasgos marcadamente naturalistas. Cardwell observa que “one of the earliest critical clichés applied to Blasco Ibáñez was that of his ‘Zolaism’ and ‘naturalism’” [20]. De este modo, los primeros críticos franceses notaron la influencia del Grupo de Medan en Blasco Ibáñez, de forma que “in review after review one finds the arbitrary critical label of ‘the Spanish Zola’”. [21]

El lema de un Blasco naturalista y zolaesco era un lugar común crítico, casi un hecho consabido en la historia de la literatura española moderna. El proceso de encasillar a Blasco Ibáñez como “el Zola español” empezó ya en 1903, a raíz de la traducción al francés de La barraca y el consecuente interés de los hispanistas franceses.

También entre los críticos modernos encontramos juicios de equiparación casi completa entre Blasco y Zola. Así, Eoff nos indica que “la adaptación más perfecta del naturalismo francés en España se encuentra en las novelas primerizas, de ambiente valenciano de Blasco Ibáñez”. [22]

El profesor Oleza, en un análisis político y literario, encuentra argumentos para corroborar esta afirmación. Para Oleza, las novelas valencianas de Blasco son, sobre todo, ideológicamente naturalistas, pues expresan esa imposibilidad de pacto entre individuo y medio en que creyó el realismo, y que constituyó la base de apoyo del sistema liberal. La desconfianza en los poderes del individuo, que acompañó a la crisis del sistema liberal, se traduce en el naturalismo por su simplificación drástica del complejo mecanismo de la vida, regido ahora por las leyes supraindividuales que emanan de la especie y del medio, y que le empujan a adaptarse o, de lo contrario, lo destruyen. Esos desenlaces trágicos de las novelas valencianas, en las que el protagonismo se ve sobrepasado por la fuerza del medio, por las energías inhumanas de la naturaleza o por el engranaje deshumanizado de la civilización, son pragmáticamente naturalistas. [23]

Es tópico citar la carta que Blasco Ibáñez escribió a Cejador en 1918. En ella afirmaba, lo mismo que Stendhal, que “la literatura es un espejo paseado a lo largo de un camino”, si bien proclama a continuación Blasco que esa realidad está siempre vista a través del peculiar temperamento de cada escritor. [24]

Así pues, atendiendo a estos factores, es muy sencillo considerar a Blasco como una mera prolongación de la novela decimonónica, que oscila entre el naturalismo, aplicado fundamentalmente a temas eróticos y a la destrucción del individuo por el medio, y un realismo superficial, que se queda a veces en el cuadro de costumbres y en otras ocasiones deriva hacia la crítica social.

Blasco sería así un rezagado, un buen constructor de novelas, que no asimila los cambios estéticos producidos al final de esa centuria y que caracterizarían la producción de sus compañeros de generación. Tras una etapa primeriza de fogueo con la pluma, en que Blasco se mueve entre el romanticismo folletinesco y el cuadro costumbrista, Blasco acogió de lleno el naturalismo y publicó sus novelas valencianas, siendo Cañas y barro la que mejor refleja esa influencia, esa tendencia naturalista. No fue Blasco ningún vanguardista, ya que cuando Blasco asumió las premisas naturalistas, el movimiento ya había entrado en crisis en el extranjero y en España.

Ahora bien, como sugiere acertadamente el profesor Renard [25], es evidente que, si el naturalismo estaba en crisis en su tiempo, Blasco se dio perfectamente cuenta de ello, y bien pronto tomó distancia respecto a los postulados teóricos más rotundos de dicha escuela. Blasco nunca admitió el método experimental como fundamento teórico y práctico sobre el que construir sus novelas; por lo demás, reduce un tanto el peso de la herencia biológica como determinante del comportamiento de sus personajes, si bien, como ya hemos dicho, otorgó gran influencia al medio.

De entre los ámbitos que elige Blasco para mostrar esa lucha por sobrevivir en el medio, ninguno es más llamativo por su peculiaridad que la Albufera, escenario de Cañas y barro, que tomamos como ejemplo. Tejada [26] destaca que la marginalidad de los pobladores de la Albufera, mayoritariamente pescadores, queda remarcada por sus hábitos alimentarios en el arranque de la novela: así, las ratas de marjal “eran plato de príncipe” (p. 24) [27]. “Las mujeres enumeraban las excelencias de la rata de arroz de la paella” (p. 24). “Otros recordaban los guisados de serpiente” (p. 24). E incluso se recuerda la “gata recién parida que había cenado él con otros amigos en la taberna de Cañamèl” (p. 24). Estas costumbres, sentencia el narrador, en lo que parece un determinismo alimenticio, se deben a “la miseria de un pueblo privado de carne” (p. 24).

Aunque en Cañas y barro y, en general, en las obras de Blasco, no son frecuentes las descripciones fisiológicas con cierto regodeo, aparece una, la muerte de Sangonera, muy marcadamente naturalista:

“Encorvábase hecho una pelota, con dolorosas convulsiones que crispaban su cara, dando a los ojos una vidriosa opacidad.

Gemía y al mismo tiempo arqueábase con profundas convulsiones pugnando por arrojar del cuerpo el prodigioso atracón, que parecía asfixiarle con su peso. […]

Sangonera, tendido en la paja, con los ojos vidriosos fijos en el techo y la cara de color de cera, se estremecía, rugiendo de dolor, como si le desgarraran las entrañas. Expelía en torno de él nauseabundos arroyos líquidos y alimentos a medio masticar. […]

Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada de oreja a oreja por las últimas convulsiones” (pp. 254-256).

Con este tipo de descripción, está claro, como señala Granjel [28], que Blasco, aunque rigurosamente coetáneo de los noventayochistas o modernistas, tiene poco que ver, en cuanto a convicciones estéticas, a estos movimientos. Blasco Ibáñez sigue el credo naturalista y junto a autores como Felipe Trigo o Manuel Ciges Aparicio desarrolla un tipo de literatura naturalista que convergió en una nueva novela, en la que se carga bien el sentido erótico, o bien se acentúa la crítica social, con carácter tendencioso.

Hay que tener presente, como recuerda Gullón [29], que Blasco publica Cañas y barro en 1902, año en el que surgen muchos títulos importantes en la literatura española, de muy distintos y abigarrados estilos: Amor y pedagogía de Unamuno, Sonata de otoño, de Valle, Camino de perfección, de Pío Baroja, La voluntad, de Azorín, o Narváez de Galdós.

Considerar, pues, a Blasco como un epígono del naturalismo resulta, cuando menos, ingenuo, pues es evidente que en la obra y en el ambiente literario de entonces se respiran muchas otras influencias que la del modelo naturalista. Así, Sales [30] indica que a Blasco, por su temperamento pasional, le resultaba muy difícil observar la realidad y tratar luego de expresarla con el método de un hombre de laboratorio, como correspondía a un autor naturalista. Sales destaca la especial influencia impresionista, unido a la amistad que tenía Blasco Ibáñez con Sorolla, que se traduce en una praxis, narrativa profundamente sensorial, y no sólo en el plano visual, aunque éste parece ser prioritario.

Por su parte, el profesor Renard [31] encuentra una “doble traición” de Blasco al naturalismo, ya que destaca que el referente de esta realidad humana y social que Blasco presenta en sus novelas se hace desde un punto de vista fundamentalmente ajeno a lo narrado: el de un intelectual castellanizado y pequeño-burgués, que caricaturiza hasta la deshumanización al proletariado agrícola y pescador cuya explotación narra. La distancia que se establece entre narrador y personajes significaría una renuncia a concebir la obra como estudio y reflejo del referente social. Dicha distancia insalvable se articula como doble: lingüístico-nacional (español versus valenciano) y de clase (burguesía urbana versus proletariado rural); y, a su vez, estos dos factores se superponen y encarnan en una serie de oposiciones concretas: lenguaje culto del narrador (en castellano) versus lenguaje coloquial (un valenciano muy dialectalizado que casi no aparece); racionalismo explicativo del narrador versus reacciones primarias y viscerales de los personajes; cultura libresca versus cultura popular (presentada como ignorancia y desconfianza hacia la letra escrita); y, finalmente, animalización de las conductas y caracteres de los huertanos y pescadores. Al apartarse de la realidad, las obras de Blasco no son “buenas” novelas realistas.

El profesor Oleza [32] encuentra una carga romántica, nunca del todo ausente, en la producción de Blasco Ibáñez. La poética naturalista no cubre la totalidad de su práctica. Tanto en la técnica como en el análisis narrativo afloran rasgos propios de la formación romántica de Blasco y de su aprendizaje en los talleres de la novela de folletín. Como indica Oleza, el narrador de Blasco, lejos de la neutralidad narrativa, sigue en la órbita de los narradores románticos, de los Balzac, del Galdós de las novelas de tesis, sin ahorrarnos sus juicios, sus diagnósticos, sus simples comentarios, mediatizando nuestra percepción de los personajes. Es un narrador, no obstante, que renuncia a la disquisición, y no gusta de ocupar la novela con largos monólogos o diálogos sobre cuestiones civiles, o morales, o filosóficas, a la manera de los noventayochistas.

Oleza resalta también la pervivencia del legado romántico en los epítetos con que se caracterizan a los personajes, o en las escenas patéticas, que buscan un registro sentimental o la lágrima del lector en lo que son recursos inevitablemente folletinescos.

Como conclusión, podríamos señalar las palabras de Cardwell, que subraya la importancia de no dejarse llevar por lo que sabemos de la biografía o de las posturas políticas de Blasco Ibáñez, cuando se analizan las novelas valencianas de este autor:

“Hace falta analizar los textos en sí antes que leerlos según nuestros prejuicios. De esta manera, veremos cómo nuestro autor revela el insconciente finisecular”. [33]

Cardwell encuentra intertextos de obligada mención que se encuentran abigarrados en estas novelas valencianas:

-La novela naturalista de Zola y su escuela.

-La novela naturalista radical de López Bago y su escuela.

-Los libros de viajes.

-La novela romántica del héroe luchando contra enormes fuerzas antagónicas.

-El folletín con sus situaciones melodramáticas, forma novelesca que reivindicó muchos elementos de la novela romántica y que formó parte de la educación literaria de nuestro autor.

-Los discursos y el paradigma heredados de los románticos alemanes y de Böhl de Faber.

-Los textos inconscientes de los mitos y las traducciones creadas por la generación finisecular.

-Una simpatía inconsciente con el carlismo valenciano, como se ve, por ejemplo, con el personaje de Paloma en Cañas y barro, o Tomba en La barraca. Son personajes que proyectan su visión de la vida sobre la Vega y la Albufera, una visión utópica, que pertenece a un pasado remoto imaginario y, a la vez, estos personajes convierten su antigua historia en el símbolo de un modo de vivir idílico, un sueño nostálgico.

Según lo anterior, podemos considerar a Blasco Ibáñez como un escritor híbrido. Con todo, parece innegable que de entre todas estas tendencias la que predomina en algunas de sus novelas es la estética naturalista.

 

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Notas:

[1] BESER, Sergio: Leopoldo Alas, teoría y crítica de la novela española, Barcelona, Laia, 1972, p. 101.

[2] Vid. BONET, Laureano: “Introducción”, en ZOLA, Émile: El naturalismo. Ensayos, manifiestos y artículos polémicos sobre la estética naturalista, Barcelona, Península, 2002, p. 11.

[3] COGNY, P.: Le naturalismo, que sais-je?, Paris, P.U.F., 1968, p. 10.

[4] DE DIEGO, Rosa: “Introducción”, en PARDO BAZÁN, Emilia: La cuestión palpitante, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998, p. 28.

[5] Vid. VARELA JACOMÉ, B.: Alas “Clarín”, Madrid, Edad, 1980, p. 44.

[6] MAINER, José Carlos: “La evolución del naturalismo en la novela y el teatro”, en “Modernismo y 98”, en RICO, Francisco: Historia y crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica, 1979, p. 188.

[7] OLEZA, Joan: La novela del XIX. Del parto a la crisis de una ideología, Barcelona, Laia, 1988, p. 78.

[8] Ibídem.

[9] BLANCO AGUINAGA, Carlos: Juventud del 98, Madrid, Siglo XXI, 1970.

[10] FERRANDO, Antoni: “Blasco Ibáñez i Llorente davant la visita a València el 1899, de Pardo Bazán: la solidaritat patriòtica de tres lletraferits perifèrics i dispars”, en OLEZA, Joan: Vicente Blasco Ibáñez, 1898-1988, la vuelta al siglo de un novelista: Actas del Congreso Internacional celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Direcció General del Llibre i Coordinació Bibliotecària, 2000, p. 212.

[11] RAMOS GASCÓN, Antonio: “La revista Germinal y los planteamientos estéticos de la gente nueva”, en ABELLÁN, J.L. et. al.: La crisis de fin de siglo: ideología y literatura, Barcelona, Ariel, 1974, p. 132.

[12] Vid. ALONSO, Cecilio: Oscuras raíces del realismo social en la narrativa española 1890-1923, Valencia, Anteo, 1993.

13] ROMÁN GUTIÉRREZ, Isabel: Persona y forma: una historia interna de la novela española del siglo XIX, Sevilla, Alfar, 1988, p. 26.

[14] Ibídem.

[15] ZAVALA, Iris M.: “El naturalismo y la novela”, en “Romanticismo y realismo”, en Historia y Crítica de la literatura española. Vol 5, Barcelona, Crítica, 1982, pp. 416-420.

[16] FERRERAS, Juan Ignacio: “La generación de 1868”, en ZAVALA, Iris M.: “Romanticismo y realismo”, cit. pp. 416-420.

[17] ETREROS, M.; MONTESINOS, M.I.; ROMERO TOBAR, L.: Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977.

[18] BAS CARBONELL, Manuel: “Antagonismo entre Azorín y Blasco Ibáñez”, en GARÍN LLOMBART, Felipe y TOMÁS, Facundo: En el país del arte: primer Encuentro Internacional Vicente Blasco Ibáñez, literatura y arte en el entresiglos hispánico. Roma, 3 y 4 de diciembre de 1998, Valencia, Dirección General del Llibre, Arxius i Biblioteques, 2000, p. 30; PÉREZ DE LA DEHESA, Rafael: “Zola y la literatura finisecular”, en Hispanic Review, 39, enero 1971, p. 53.

[19] LEÓN ROCA, F.: Blasco Ibáñez. Política i periodisme, Barcelona, Edicions 62, 1970, p. 84.

[20] CARDWELL, R.: Blasco Ibáñez. La barraca, Valencia, Grant and Cutler, 1994 (1973), p. 39.

[21] Ibídem.

[22] EOFF, Sherman H.: El pensamiento moderno y la novela española, Barcelona, Seix Barral, 1965, p. 120.

[23] OLEZA, Joan: “Novelas mandan. Blasco Ibáñez y la musa realista de la modernidad”, en Vicente Blasco Ibáñez, 1898-1998, la vuelta al siglo de un novelista: Actas del Congreso Internacional celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Direcció General del Llibre i Coordinació Bibliotecària, 2000, p. 26.

[24] Vid. PEDRAZA JIMÉNEZ, Felipe B. y RODRÍGUEZ CÁCERES, Milagros: Manual de literatura española IX. Generación de fin de siglo: prosistas, Pamplona, Céncit, 1987, p. 20.

[25] RENARD, S.: “Blasco Ibáñez y la crisis del naturalismo: la estructura narrativa de La Catedral”, en BELLVESER, Ricardo; GARCÍA, Manuel y DE LA PEÑA, Pedro J.: Clásicos valencianos contemporáneos, Conselleria de cultura, educació i ciencia, Valencia, 1988, p. 21.

[26] TEJADA TELLO, Pedro: “Notas sobre la función de lo alimentario y lo gastronómico en las novelas valencianas de Blasco Ibáñez”, en OLEZA, Joan: Vicente Blasco Ibáñez, 1898, Valencia, Direcció General del Llibre i Coordinació Bibliotecària, 2000, p. 871.

[27] Hemos manejado la siguiente edición: BLASCO IBÁÑEZ, Vicente: Cañas y barro, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

[28] GRANJEL, Luis S.: La generación literaria del 98, Salamanca, Anaya, 1973, p. 109.

[29] GULLÓN, Germán: La novela moderna en España: (1885-1902): los albores de la modernidad, Madrid, Taurus, 1992, p. 167.

[30] SALES SALVADOR, Dora: “La narrativa de Blasco Ibáñez desde un enfoque intercultural entre la etnografía y la literatura”, en OLEZA, Joan: Vicente Blasco Ibáñez, 1898-1998, la vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso Internacional celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Direcció General del Llibre i Coordinació Bibliotecària, 2000, p. 153.

[31] RENARD ÁLVAREZ, Santiago: “Ideología y forma literaria en la narrativa de Blasco Ibáñez”, en GARÍN LLOMBART, Felipe y TOMÁS, Facundo: En el país del arte: primer encuentro internacional Vicente Blasco Ibáñez, literatura y arte en el entresiglos hispánico: Roma, 3 y 4 de diciembre de 1998, Valencia, Direcció General del Llibre, Arxius i Biblioteques, 2000, p. 13.

[32] OLEZA, Joan: “Novelas mandan, Blasco Ibáñez y la musa realista de la modernidad”, art. cit., pp. 26-28.

[33] CARDWELL, Richard A.: “Blasco Ibáñez ¿escritor naturalista radical?: reconsideración de las novelas valencianas de Vicente Blasco Ibáñez”, en OLEZA, Juan: Vicente Blasco Ibáñez, 1898-1998, la vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso Internacional celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998. Valencia, Direcció General del Llibre i Coordinació Bibliotecària, 2000, p. 370.

 

© César Besó Portalés 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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