Espéculo

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Enrique Villagrasa

Alzheimer: la otra voz

           

 

Josep Félix Ballesteros

"Está de pie. Inmóvil, con los brazos caídos. En mitad de la cocina. Si una voz le dijera que ha bajado al fondo del mar, y que ese leve susurro es el lenguaje de las ostras amasando perlas, asentiría. Si pudiera oírnos, si pudiera asentir. Si pudiera." (...) "Su mujer dijo que seguía amándolo, fuera quien fuese ahora. Él no dijo nada. Está solo. Nadie puede ayudarle. Ni siquiera puede pedir ayuda. Su voz no llega. Ninguna voz puede alcanzarle."

Estos dos fragmentos corresponden al prólogo a la obra, escrito por Isabel Bono. Los he elegido porque, sin ser la autora como es evidente, me parece que sintetizan magistralmente la intención de Enrique en este libro. Es muy difícil destilar en dos gotas narrativas el torrente de sentimientos, situaciones, tribulaciones, afectos, sinsabores, colores y claroscuros que representa este libro. Además, Isabel Bono acaba su prólogo con una última expresión "Héroes a la fuerza". Los familiares y cuidadores a los que el poeta rinde homenaje.

"Alzheimer: la otra voz" (Celya), es la segunda producción de narrativa poética de Enrique. La primera fue la presentada a finales del año pasado titulada "Límite infinito". Me permitirán que abuse de su paciencia y saque a relucir mi pasado matemático. Si el límite puede ser infinito y esto no es una contradicción numérica, el límite también puede ser cero por mucho que la variable X tienda al infinito.

La obra que hoy presentamos sería este segundo caso. Una función matemática tiene un límite que tiende a cero, por tanto es claramente finito, si el numerador es un número constante y el denominador es una expresión dependiente de una variable X que tiende al infinito. Para explicarlo de otra manera. Si el numerador es la salud, finita y constante, y el denominador es el desorden o caos neuronal, cuanto más en aumento vaya el desorden (o entropía que dirían los científicos) más se acerca a cero la resultante: la vida.

Esta es una obra maravillosa e inquietante, contradictoria y coherente, para sentir y disentir, para entristecerse y esperanzarse, para no quedar indiferente ante lo diferente, para cerrar los ojos y ver, para imaginar y reflexionar. Tal es la cantidad de sentimientos y sensaciones que han recorrido a este modesto lector cuando he pasado una y otra vez sobre los 50 párrafos de prosa lírica que nos ofrecen sus 39 primeras páginas.

Cada frase, cada párrafo leídos es un golpe seco de tristeza, de adminración por la abnegación, de desesperanza y esperanza, de rabia y de dolor (como el propio autor expone), de ternura, de afecto. Cada frase es una porción de compromiso con su madre que lo animó a escribir. Cada fragmento de esta obra es un trozo de una realidad rota por la enfermedad, que los protagosnistas tratan de recomponer desesperadamente para comprender por qué tanto dolor.

El paseo por sus páginas me ha cautivado, golpeado, desequilibrado. Aunque parezca que la descripción es lo que predomina, la emoción escrita lo arrasa todo. Te obliga, como lector a caer y levantarse, a leer y volver a leer muchas veces los textos para desentrañar hasta la última gota de la esencia de su contenido. Yo lo he hecho en algunos pasajes hasta ocho veces sin saciarme.

El silencio abnegado de Pilar, la madre del autor, su dedicación las 24 horas del día. Los hermanos juntos en el esfuerzo y el padre, forman un universo. Nuevamente unidos cerrando el círculo de la vida. Si años antes la unión era la dependencia de los hijos respecto de los padres, ahora este vínculo es la dependencia absoluta (con mayúsculas) del padre respecto de los otros. Precisamente el amor, el afecto y la madre permanecen iguales haciendo de piedra angular de este universo. Un universo donde los soles se vuelven planetas y los planetas soles. La cosmogonía determina, sin lugar a dudas, que la fuerza gravitatoria es el amor y la madre el demiurgo de este mundo.

La prosa poética es un vestido que encaja a la perfección con tan profundos sentimientos. Desde el inicio hasta el final el trayecto se hace por el laberinto del Alzheimer y la poesía es su hilo, como escribe el autor.

Abundan las referencias a la noche, a la oscuridad y las sombras, al sueño. También el líquído esta muy presente en el agua mineral, el mar, el coñac, las lágrimas negras, el vino, las babas o la saliva. Quizá como metáforas del estado intermedio que va desde la solidez de la vida anterior del enfermo a la inconsistencia gaseosa de la mente deteriorada.

Las manos blancas y la necesidad de sustituir la imposible conexión inteligente por el contacto físico se recogen el este fragmento que dice: "Le coges la mano a tu padre y le hablas de todo con normalidad, aunque sabes que no te entiende ... o sí."

Enrique escribe: "La luz como irrupción; como rasgando la oscuridad; incluso amanece cada día demasiado temprano."

La luz y el relámpago, como contrapunto y fugacidad también están presentes. Precisamente los científicos describen como destellos relampagueantes las conexiones neuronales de la actividad cerebral y nerviosa.

Me ha dejado algo perplejo las relativamente pocas referencias explícitas a la ausencia de memoria o al olvido, porque pensaba que sería una obra más centrada en este aspecto del cuadro clínico. Aunque alguna pincelada si hay como esta: "el olvido es para los versos" o la de la página 33 "la memoria sólo recuerda oscuridad".

Las estaciones se suceden en el calendario. El calor, el frío, la esperanza de la primavera van trazando una cadencia no armónica. Se suceden también los poetas y los escenarios como Roma, Tarragona o el río Jiloca.

El libro tiene una segunda parte que sirve de contrapunto, de avituallamiento racional después del torbellino emotivo de la poesía. Esta segunda parte invita a un conocimiento sereno y a un acercamiento a la enfermedad, sus síntomas, la descripción y su descubridor. Hallamos también un pronóstico desalentador e inexorable. Aunque acaba el autor con unos consejos para la prevención y con la esperanza de que están haciéndose las primeras pruebas de una vacuna.

Si entre Jean Racine que dijo "El dolor que se calla es más doloroso" y André Chenier que aseveró que "El dolor reclama soledad" no hay acuerdo, si que podemos coincidir con Lord Byron cuando escribía que "El recuerdo de la felicidad ya no es felicidad; pero el recuerdo del dolor todavías es dolor"

Seguramente Enrique, al escribir se adhiere a que el dolor que se calla es más doloroso, como Racine. Esto explicaría su necesidad de escribir ( a parte del compomiso con su madre). Pero lo que está claro es que es un excelente compositor, un gran domador de versos atados cada uno a una imagen.

Finalmente, permitid que acabe este texto con un fragmento de su introducción a la obra, que dice: "Y ya nada es en él. Y ya todo es por él".

5/04/2006

 

© Josep Félix Ballesteros 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/alzheim.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2006