Álvaro Mutis, el río y el encuentro

Jorge Fernández Granados

jfgranad@prodigy.net.mx


 

   
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El destino es el tema de los mejores poemas de Álvaro Mutis. No el único, pero sí aquel que despierta sus más hondas resonancias. Entiendo aquí por destino la supuesta fuerza o causa a la que se atribuye la determinación de todo lo que ha de ocurrir, cierta fuerza adscrita particularmente a cada ser, que gobierna su existencia de manera favorable o adversa. Considero que el destino formula para él dos grandes metáforas: el río y el encuentro.

 

El río

“La creciente”, el texto que abre la Summa de Maqroll el Gaviero [1] nos presenta ya la primera evocación central: cierto recuerdo infantil del río Coello, en la región colombiana de Tolima, cuya creciente al amanecer arrastra las más diversas materias, confundidas por el agua: árboles, ramas, restos vegetales, animales vivos y muertos, máquinas, estructuras deshechas e irreconocibles, cuerpos ahogados...

Con el sueño a cuestas, tomo de nuevo el camino hacia lo inesperado en compañía de la creciente que remueve para mí los más escondidos frutos de la tierrra.

Este recuerdo lo persigue y lo fascina. Aparecerá bajo diversos episodios, en elegantes juegos de metáforas, a lo largo de su obra, tanto poética como narrativa: el río, las aguas que transitan sin cesar, que parecen conducirse a sí mismas y arrastran todo lo que se interpone a su paso, el agua como portadora de la vida y de la muerte. Esta metáfora acude espontáneamente en diversos pasajes, pero también Mutis la desarrolla con más amplitud en otros dos poemas, “Exilio” y “Siete nocturnos, V”:

 

El río de nuevo.
El mismo que conocí hace poco más de treinta años y cuya parda corriente
-donde los remolinos trazan la huella de un poder sin edad, de una providente rutina soñadora-
no ha dejado de visitarme desde entonces cada noche.

No es una casualidad que en esa primera evocación del río estén ya presentes también un par de entidades distintivas de toda su obra literaria: por un lado el tránsito, la caravana, la circulación de la riqueza de seres y de objetos por el mundo, en este caso arrastrados por el río de su región natal; y por el otro la manifestación inesperada de una fuerza integral y superior que conduce los destinos. Es decir dos fuerzas de arrastre. Pero dos fuerzas ajenas por completo al hombre. Dos fuerzas de la naturaleza ante las cuales el hombre es un simple objeto arrastrado. El destino es percibido como una fuerza fluvial capaz de traer a la superficie (al presente) lo que se halla escondido o no manifestado aún. Fuerza a cuyo poder de arrastre nada se escapa, hecha de puro poder y capricho. No es solamente un río entonces el que evocan estos poemas sino la persistente imagen de la fatalidad:

Es entonces cuando el río me confirma en mi irredenta condición de viajero,
dispuesto siempre a abandonarlo todo para sumarme al caprichoso y sabio dominio de las aguas en ruta,
sobre cuya espalda será más fácil y menos pesaroso cruzar el ancho delta del irremediable y benéfico olvido.

Esa imagen, quizás, del destino puesto en las aguas de un río es la que lo lleva a desarrollar la figura de Maqroll, el Gaviero, el navegante, el aventurero, el eterno errante sobre las aguas que, como uno de los objetos arrastrados por el Coello, se abandona al irrequieto flujo del devenir.

Maqroll mantenía el rumbo, en el centro de la corriente, sentado en un banco de tablas. Dejábase llevar por el río, sin ocuparse mucho de evitar los remolinos y bancos de arena, más frecuentes a medida que se acercaban a los esteros. Allí el río empezaba a confundirse con el mar y se extendía en un horizonte cenagoso y salino, sin estruendo ni lucha. [2]

Inventa de este modo al personaje que sabe navegar por el río (y por el mar) pero también al personaje que sabe que las aguas finalmente lo conducen, para bien o para mal, a su destino. Lo entiende y lo acepta como un oficio justo para su condición humana. Las aguas, finalmente, son también las del tiempo y Maqroll fluye por los días de su vida con la serenidad e incertidumbre con que pilotea su barca en la corriente. Así, el personaje de Álvaro Mutis muere precisamente en las aguas del estero de un río. No podía ser de otra manera:

El Gaviero yacía encogido al pie del timón, el cuerpo enjuto, reseco como un montón de raíces castigadas por el sol. Sus ojos, muy abiertos, quedaron fijos en esa nada, inmediata y anónima, en donde hallan los muertos el sosiego que les fuera negado durante su errancia cuando vivos. [3]

En la muerte de Maqroll precisamente en las aguas del río la primera de las grandes metáforas del destino que animan la poesía de Mutis parece evidenciarse en toda su magnitud y alcanzar una estatura épica.

 

El encuentro

Los primeros libros de la Summa de Maqroll el Gaviero parecen incluso intentar, en ocasiones, reproducir aquella misma fuerza fluvial e ingobernable del río a través de una procesión de imágenes y tropos, inesperados y no en pocas ocasiones delirantes:

Un enorme cangrejo salió de la fuente para predicar una doctrina de piedad hacia las mujeres que orinaron sobre su caparazón charolado. Nadie le prestó atención y los muchachos del pueblo lo crucificaron por la tarde en la puerta de una taberna.

Donde es innegable la influencia que el surrealismo mantiene con esta etapa de su escritura (libros anteriores a Los emisarios). Influencia que se disipará paulatinamente en sus siguientes colecciones, más íntimas y precisas en su lenguaje. El componente narrativo, por el contrario, nunca deja de acompañar y singularizar su poesía y es tal vez en Caravansary donde alcanza su más distintivo perfil.

Es notable, asimismo, cómo la otra gran metáfora del destino, el encuentro, aparece también casi desde el principio de la Summa... y, en una serie de magníficos poemas dispersos a lo largo de todo el volumen, ella se confirma y desarrolla.

Con un tono que aún evoca mucho a Paul Éluard o a Robert Desnos, el poema “Una palabra”, del libro Los elementos del desastre, nos plantea la posibilidad de que todo poema provenga de una palabra pronunciada por casualidad. El encuentro del poeta con esa palabra desencadenaría, como si de un conjuro o de una reacción química se tratase, el destino insospechado de dar forma a un particular poema; el cual, por cierto, no es visto como don o riqueza alguna, sino como una “fértil miseria”:

Cuando de repente en mitad de la vida llega una palabra jamás antes pronunciada...

[...]

Sólo una palabra.
Una palabra y se inicia la danza
de una fértil miseria.

Tenemos así que el poema es un encuentro; casi una casualidad si no fuera porque es una palabra jamás antes pronunciada (¿por el poeta?, ¿por el idioma?) la que lo produce. Ni el poeta ni el lenguaje saben cómo sucede, o mejor dicho, ambos no sospechan que tienen una cita en una palabra que les está predestinada para encontrarse.

El encuentro también puede ser con la muerte; y en este caso la hora y el sitio son tan irrevocables como desconocidos:

Bien sea a la orilla del río que baja de la cordillera

[...]

O tal vez en un cuarto de hotel,
en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado

[...]

O quizá en el hangar abandonado en la selva

[...]

También allí la soledad necesaria,
el indispensable desamparo, el acre albedrío.
Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
pero al cabo es en nosotros
donde sucede el encuentro
y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.

Tanto en este poema, titulado convenientemente “Cita”, como en el anterior, ni el arte ni la muerte son razones, procesos o consecuencias de la vida, no son producto de la voluntad individual tampoco ni de divinidad alguna; son, sencillamente, encuentros, encuentros con el destino.

La condición esencialmente azarosa de estos encuentros les otorga su misterio pero también nos impide preverlos, manipularlos y, lo peor, seguramente la mayoría se nos pasan de largo; todo el tiempo, sin darnos cuenta, simplemente no coincidimos con ellos y los perdemos. En “Canción del Este” nos dice:

A la vuelta de la esquina
un ángel invisible espera;
una vaga niebla, un espectro desvaído
te dirá algunas palabras del pasado

[...]

Ni la más leve sospecha,
ni la más leve sombra
te indica lo que pudiera haber sido
ese encuentro. Y, sin embargo,
ahí estaba la clave
de tu breve dicha sobre la tierra.

El encuentro bien puede no acontecer, entonces, y las posibilidades de que se anule son matemáticamente superiores a las de que ocurra. Pero la sola idea de que algo estuviera aguardándonos a la vuelta de la esquina y no acudimos a la cita, perdiendo de esta manera la clave de nuestra breve dicha sobre la tierra es, en cierto aspecto, una ironía celeste o una ficción borgeana.

No voy a hablar aquí de los vínculos entre Mutis y Borges, que no son pocos. Ése sería tema para otro ensayo. Baste sólo con señalar que la compleja metáfora del encuentro con el destino en el escritor colombiano tiene más de una coincidencia con las concepciones literarias de Jorge Luis Borges.

Más adelante, llegamos al libro de Los emisarios, donde el tema de los encuentros y los desencuentros con el destino adquiere una madurada hondura y una belleza particular. Todo este libro está dedicado a esas insospechadas entidades (personas, lugares, objetos, instantes) que nos comunican desde el exterior algo que sólo era una intuición en el interior. Inmejorable, el epígrafe del poeta cordobés Al-Mutamar-Ibn Al Farsi, lo advierte: “Los emisarios que tocan a tu puerta / tú mismo los llamaste y no lo sabes”

Uno de los encuentros con sus emisarios se da en, o más bien es, la ciudad de “Cádiz”, lugar del que provienen sus ancestros y donde el hallazgo es ante todo una heredad espiritual:

Y llego a este lugar y sé que desde siempre
ha sido el centro intocado del que manan
mis sueños, la absorta savia
de mis más secretos territorios,
reinos que recorro, solitario destejedor
de sus misterios, señor de la luz que los devora,
herencia sobre la cual los hombres
no tienen ni la más leve noticia,
ni la menor parcela de dominio.

Se trata de un encuentro consigo mismo, o con una parte desconocida hasta entonces de él mismo, que se hallaba dispuesto en una ciudad distante. El emisario en este caso es la ciudad de Cádiz; pero el encuentro no es con ella sino con una zona de su personalidad que él reconoce por primera vez allí. Ella le hace saber que su destino no es sólo individual y que se halla unido a una herencia desconocida.

Quizás el poema donde lleva más lejos (y más alto) el atisbo del significado del encuentro con el destino es “Una calle de Córdoba”. Si Maqroll, el aventurero marino, no conoce jamás el descanso sino hasta que halla la muerte en el río -y aún sus ojos abiertos y fijos en la nada nos permiten sospechar que no es la paz, sólo el fin lo que allí le aguardaba-, el otro Mutis, en cambio, es tocado por la más inefable plenitud en una calle de Córdoba:

en una calle de Córdoba cuyo nombre no recuerdo o quizá nunca supe,
a lentos sorbos tomo una copa de jerez en la precaria sombra de la vereda.
Aquí y no en otra parte, mientras Carmen escoge en una tienda vecina las hermosas chilabas que regresan
después de cinco siglos para perpetuar la fresca delicia de la Medina en los tiempos de Al-Andaluz,
en esta calle de Córdoba, tan parecida a tantas de Cartagena de Indias, de Antigua, de Santo Domingo o de la derruida Santa María del Darién,
aquí y no en otro lugar me esperaba la imposible, la ebria certeza de estar en España.
En España, a donde tantas veces he venido a buscar este instante, esta devastadora epifanía,
sucede el milagro y me interno lentamente en la felicidad sin término

Plenitud que parece desprenderse de todo y de nada, accidente dentro del devenir que, paradójicamente, anula el devenir por un instante que asimismo parece contenerlo y desbordarlo. La cita con esa felicidad sin término no es posible concebirla y menos predecirla, pero él se atreve a orar por que se cumpla, porque aparezca el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí:

Desde niño he estado pidiendo, soñando, anticipando
esta certeza que ahora me invade como una repentina temperatura, como un sordo golpe en la garganta,
aquí en esta calle de Córdoba, recostado en la precaria mesa de latón mientras saboreo el jerez
que como un ser vivo expande en mi pecho su calor generoso, su suave vértigo estival.
Aquí, en España, cómo explicarlo si depende de las palabras y éstas no son bastantes para conseguirlo.
Los dioses, en alguna parte, han consentido, en un instante de espléndido desorden,
que esto ocurra, que esto me suceda en una calle de Córdoba,
quizá porque ayer oré en el Mihrab de la mezquita, pidiendo una señal que me entregase, así, sin motivo ni mérito alguno,
la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los interminables olivares quemados al sol,
en las colinas, las serranías, los ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin,
estaba el lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí
con esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio comercio de los hombres.
Y ese don me ha sido otorgado en esta calle como tantas otras, con sus tiendas para turistas, su heladería, sus bares, sus portalones historiados,
en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto, como cosa de todos los días,
como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras horas de miedo y mentira,
de servil aceptación y de resignada desesperanza,
que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida.
Todo se ha salvado ahora, en esta calle de la capital de los omeyas pavimentada por los romanos,
en donde el Duque de Rivas moró en su palacio de catorce jardines y una alcoba regia par albergar a los reyes nuestros señores.
Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden.

Lo curioso es que la cita con esta plenitud tendría que haberse dado si es que existe el destino, puesto que no es casual. Se trata de una señal, una evidencia pactada con el orden de la divinidad. Puesto que los dioses han sido justos, todo está, al fin, en orden. Pero sólo en un mundo donde haya un orden puede hablarse de destino. Orden y destino van juntos porque son la manifestación de una misma estructura -desconocida pero no caótica- de la realidad. El instante que se hallaba en una calle de Córdoba, y que él pidió a los dioses, era la certeza de la existencia de dicho destino, es decir, del orden. El emisario mayor era precisamente este encuentro con el sentido de los encuentros.

 

Conclusión

Podemos decir ahora que la persistencia del tema del destino, en sus dos grandes metáforas que aquí se comentan, y la búsqueda de un orden son, en la obra de Álvaro Mutis, una misma entidad. Pero esta entidad oscila o evoluciona entre la poderosa y caótica corriente del río que todo lo arrastra y la secreta y exacta coincidencia de una cita. El río y el encuentro son figuras que aluden al destino, pero como hemos visto lo conciben diferentemente. En la primera el destino es una fuerza dinámica y fértil, pero carente de sentido; mientras que en la segunda es un álgebra minuciosa y constructiva, aunque enigmática. Ambas entrañan, sin embargo, visiones totales de este orden interrogado por su poesía.

 

Notas

[1] Álvaro Mutis, Summa de Maqroll el Gaviero, poesía reunida, Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

[2] “En los esteros”, Op. cit., pág. 172

[3] Ibíd., pág. 174

 

[Publicado originalmente en la revista Anthropos, n° 202, Barcelona, enero-marzo 2004]

Jorge Fernández Granados (México, 1965). Poeta y ensayista. Algunos de sus libros son: Resurrección (1995), El cristal (2000), Los hábitos de la ceniza (2000) y La fábula del tiempo (antología de poemas de José Emilio Pacheco) (2005). Ha recibido algunos importantes premios literarios de su país y actualmente pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte..

 

© Jorge Fernández Granados 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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