Apocalíptico rumor

Rafael Fauquié

Profesor Titular Jubilado
Universidad Simón Bolívar
(Venezuela)


 

   
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El ser humano necesita creer que su vida tiene una razón, que su destino dentro del mundo posee un significado. El hombre puede aceptarlo todo. Todo menos la falta de sentido de su existencia. Le horroriza la imagen del tiempo -personal, colectivo- como algo hueco: sin razones ni conclusiones. Ante el sentimiento del vacío temporal aparece, terrible e insoportable, el horror del absurdo: pesadilla ante un tiempo amorfo que sólo nos engulle. El horror al absurdo de la historia es análogo a la náusea frente al vacío existencial. Ante ambos -historia vacía, vida vacía- el hombre aprehende su soledad, su vulnerabilidad. Para vencerlas, ha decidido escuchar la voz sagrada de los dioses o la voz profana de la historia: creer o entender, fe o lógica, dogma o explicación científica, religión o razón crítica.

El tiempo de la voz sagrada explicaba el sentido de todas las cosas en la ira o en la benevolencia divinas. La voz sagrada decía que todo en el universo estaba relacionado con los inescrutables designios de algún dios. Ante las expectativas, temores e incertidumbres de los hombres, ante sus desvaríos y errores, ante su miedo y su indefensión, solía imponerse, como asidero, como definitiva tabla de salvación, la benevolencia y la piedad divinas. Los hombres, que habían creado a los dioses para explicarse el universo, crearían, luego, nuevos dioses para dibujar su existencia con un rasgo tranquilizador. El más hondo sentido del cristianismo, por ejemplo, podría sintetizarse en las palabras de Cristo en el Sermón de la Montaña: "¡Bienaventurados los que sufren porque de ellos es el reino de los Cielos!". O sea: el dolor, hoy en la tierra, sería recompensado con la felicidad, mañana en el cielo.

La voz sagrada del tiempo fue desvaneciéndose y, poco a poco, los hombres fueron descubriendo su soledad. Comenzaron, también, a sospechar el absurdo de las cosas sin sentido, la posibilidad de una historia sin norte. Desde el "eterno silencio de los espacios infinitos que ignoro y que me ignoran" de Pascal, atemorizados y sobrecogidos, los seres humanos se enfrentaron a la posibilidad de un cosmos habitado sólo por ellos. Una nueva deidad, la Razón, los salvó de la desesperación y del terror. Les dio fuerzas para continuar su rumbo. Dibujó para ellos nuevas promesas de eternidad. La Razón hizo creer a los hombres que todas sus metas serían alcanzables y todos sus propósitos realizables. La Razón dijo a los hombres que era posible abarcar lo inabarcable, limitar lo ilimitado, medir lo inmensurable, cronometrar la eternidad.

En el fondo, la voz profana coincidió con algunas de las fundamentales razones de la voz sagrada. Las dos decían que las desgracias humanas eran superables. Las dos insistían en que la felicidad aguardaba adelante, al final de los tiempos; sólo que, mientras la voz sagrada colocaba la felicidad en la otra vida, la voz profana la situaba en el futuro: un tiempo terrenal más al alcance de la voluntad y los esfuerzos de los hombres. Estos siguieron creyendo en un poder tranquilizador encargado de gobernar la infinita vastedad que los rodeaba, pero comenzaron a arrogarse el derecho a dirigir su destino dentro del tiempo.

La Razón y la fe en el futuro acostumbraron a los hombres al optimismo y, sobre todo, los acostumbraron a escucharse ellos mismos, apoyando sus argumentos de esperanza sobre inobjetables explicaciones. La ciencia se convirtió en la retórica de esas explicaciones. Pasó a ser cierto sólo lo que, gracias a la ciencia, se podía probar y demostrar. Cualquier argumento sustentado sobre leyes no verificables, se hizo engañosa ilusión, especulación, falacia. La voz profana de la historia otorgó la divina potestad de la verdad suprema a la ciencia y a las matemáticas y, por ello, adoró a ambas. La racionalidad científica cuadriculó la vastedad alucinante del cosmos: todo pasó a hacerse medida, masa, peso, forma geométrica, posición, velocidad. La obsesión ordenadora alcanzó su cenit en la magna obra de la Enciclopedia: diccionario razonado de todos los temas y de todos los saberes, mirada reguladora del tiempo de lo humano dentro del mundo y esfuerzo justificador del papel protagonista del hombre a lo largo del tiempo.

Toda cultura es entramado de tiempo vivo: forma verdadera y fecunda, siempre testimonio y siempre sentido. Pasado, presente y futuro son los tiempos de las culturas. Ellas dibujan los mitos de su supervivencia sobre la memoria detenida en el pasado, sobre la incesante fuerza de la acción volcada en el presente o sobre la imaginaria ilusión proyectada en un futuro. Los mitos del tiempo de la voz sagrada habían hablado desde el pasado. Habían hablado de paraísos perdidos y de arquetípicos tiempos primeros que colocaban, frente a la tierra, el cielo, y, sobre un mapa celestial, descifraban los destinos de los hombres. En el cielo, decían los mitos de la voz sagrada, se hallaba lo siempre trascendente, lo siempre definitivo, lo irrefutable. Nuestra tierra imperfecta, repetían, imitaba el orden perfecto de los cielos. Lo terrestre no era sino un pálido reflejo de lo celestial, apenas vaga sombra de la perennidad celeste. En un tiempo ideal ya desaparecido, los mitos de la voz sagrada distinguieron rostros de indudables dioses colocados ante privilegiadas tribus elegidas; y, por esos rostros, tan supuestamente cercanos a ellos, los elegidos creyeron que su verdad era la Verdad y que su destino era el único posible Destino.

La modernidad, el tiempo de la voz profana, abandonó la mitología del pasado y en su lugar, impuso la mitología del ahora y del mañana. La modernidad concibió el modelo de su acción dentro de un ahora que transformaba todas las realidades y todas las ideas en nombre de un porvenir. Mientras iba agotando el presente, ella esgrimía sus esenciales verdades en nombre de un indudable futuro. La mitología del tiempo de la voz profana desarrolló, de un lado, mitos de abundancia y rapidez, de eficacia y utilitarismo; y, del otro, impuso la veneración hacia un porvenir de indudable felicidad. La mitología de la voz profana describió al futuro como recompensa a la ambición, la astucia y la voluntad de los hombres. A la viejísima idea de que la historia tenía un designio, la voz profana añadió que ese designio era manipulable: el ser humano podía -y debía- intervenir en la realización de su mañana. El ser humano podía -y debía- instaurar la felicidad en la Tierra.

Las certezas y el optimismo de la voz profana alcanzaron su apogeo a finales del siglo XIX. Palabras altisonantes sonaron entonces por doquier: Libertad, Igualdad, Humanidad, Universalismo, y, desde luego y por encima de todas: Progreso. El fin del siglo XIX fue una época segura de sí misma que todo parecía saberlo y poderlo con confianza de sabio enfundado en bata blanca y rodeado de matraces y tubos de ensayo: realizando experimentos extraños: inagotablemente inventando, inagotablemente descubriendo. El optimismo de la voz profana se apoyó, una vez más, en certezas científicamente justificadas. Las tesis evolucionistas de Darwin habían demostrado que todos los seres vivos evolucionaban hacia lo superior, hacia lo siempre mejor. Herbert Spencer trasladó estas ideas al universo de los organismos sociales y dio el último de los grandes espaldarazos a las ilusiones occidentales: progreso, abundancia, felicidad llegarían -estaban llegando ya- hasta las puertas de ciertos pueblos privilegiados, de algunas naciones elegidas.

Cien años después, las grandilocuentes palabras de la voz profana son, hoy, apenas, atemorizado susurro. Por casi tres siglos la retórica de la modernidad fue monólogo abrumador. Ahora, a fines del siglo XX, el soliloquio ha comenzado a convertirse en apocalíptico rumor que opaca las voces del presente y hace ininteligibles las del futuro.

La voz sagrada de la historia habló el lenguaje de un ayer original que daba sentido a todas las cosas humanas. Con arrogante certeza, la voz profana de la historia predijo la felicidad y la perfección colocadas en un triunfante porvenir. Ahora nuestro presente escucha la voz de un tiempo que ha perdido la memoria y la utopía: voz de movimientos reiterados en los que pululan el vacío, el egoísmo y la indiferencia; voz anunciadora de la posible destrucción violenta o de la muerte en vida; voz del aburrimiento ante el absurdo o de la violencia que concluye en el apocalipsis; voz que ha hecho de la paradoja, costumbre y rito, y de la exageración y el exceso, abotagada rutina.

Nuestros días son días de transición. Desde ellos vagamente avizoramos... ¿un final? ¿un principio? ¿un vacío? La historia del siglo XX, a punto de concluir, es confusa, es contradictoria. Ella nos sorprende y nos desalienta. Tratamos desesperadamente de entenderla, pero escapa a nuestros desciframientos y huye refugiándose en los oscuros vericuetos de un porvenir al que no nos atrevemos a mirar de frente.

Nuestro siglo XX sumó los más diversos excesos: en acumulación, en rapidez, en violencia. Violencia que vio cómo, en nombre de la ambición de ciertas naciones, derivaron dos terribles guerras mundiales que asolaron el planeta. Y cuando hablamos de la segunda de ellas, estamos aludiendo a un absoluto: un definitivo tocar fondo, un límite para siempre traspasado por las manos del hombre convertidas en garras. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial llegó un terrible descubrimiento para los hombres: la capacidad de aniquilación de la humanidad reposaba en las innumerables bombas atómicas que almacenaban los arsenales de, casi escuetamente, dos naciones. Por vez primera en la historia, el ser humano se vio a sí mismo convertido en el único responsable de la total destrucción del planeta: había logrado arrebatar a los dioses tan terrible potestad. No era ya posible una tercera guerra mundial. Tras las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, estaba claro que una tercera conflagración sería la losa sepulcral que clausuraría para siempre un mundo convertido en tumba.

Durante los años de la Guerra Fría, la humanidad hubo de descubrir cómo, en nombre de futuros de igualdad, plenitud y justicia social, habían sido masacrados en la Unión Soviética, millones y millones de seres humanos, y cómo en nombre de la paz social y de la seguridad del Estado, miles de disidentes eran internados en campos de concentración o en clínicas psiquiátricas. En la Unión Soviética -y en general ése parecía ser el trágico impuesto de todas las revoluciones triunfantes- la deslumbrante promesa del futuro parecía traducir únicamente la aniquilación del tiempo presente: se anulaba o masacraba al hombre de hoy en beneficio del hombre del mañana. Violencia del hombre en nombre de la idea. Violencia contra lo humano en beneficio de lo ideológico. Violencia del presente en favor del porvenir.

Por casi cinco décadas, nuestro planeta se dividió en dos ideologías irreductiblemente enfrentadas. Parecía muy claro que la victoria de una de ellas -comunista o capitalista- disolvería toda oposición en medio de una hecatombe nuclear. Capitalismo o socialismo: uno de los dos tenía razón y era el otro quien estaba equivocado. Sin embargo, ninguno de los dos parecía llamado a vencer definitivamente. No era imaginable una victoria de uno sobre el otro. Viejas imágenes bíblicas renacían en una historia amenazada por apocalípticos enfrentamientos. Como los textos de los profetas Ezequiel y Zacarías, las descripciones del futuro de un mundo ideológicamente dividido, se relacionaban a una guerra definitiva entre Gog y Yavhé; sólo que Dios no estaba ya del lado de los justos vencedores: la humanidad entera habría de desaparecer en el catastrófico resultado de una confrontación en la que todos los hombres perecerían a manos de los hombres.

El desmoronamiento del imperio soviético pareció ir acompañado de un hondo suspiro de alivio: se había postergado la amenaza de una guerra nuclear. Sin embargo, el aplazamiento del riesgo significaba, también, el desvanecimiento de la ilusión. Decepcionante conclusión de los viejos ideales revolucionarios. Ciertos valores del desaparecido socialismo dejaron un vacío que no alcanzan a llenar ni ese espejismo de felicidad llamado consumo ni ese dios de la eficacia llamado Mercado. Es demasiado evidente lo absurdo del primero y la inhumanidad y la injusticia del segundo, especialmente en países ricos donde la miseria es más hiriente al sobrenadar en la abundancia. La todopoderosa fuerza del Mercado es otra forma de violencia: en contra de los hombres a favor del beneficio y del bienestar, violencia de lo humano en contra de lo humano y en favor de la producción. Los programas socialistas de los países totalitarios fueron, a veces, ingenuos o simplistas; otras, proyectos brutales, aniquiladores y despóticos; sin embargo, nada ha alcanzado a invalidar la honda legitimidad de muchas de las preguntas del socialismo sobre la solidaridad del hombre para con el hombre. Con la muerte de los socialismos y con el triunfo arrasador de las economías de mercado, pareciera haber llegado el momento de revivir ciertas ilusiones de la olvidada utopía revolucionaria. Sin embargo, es evidente que hoy nuestras respuestas a las expectativas utópicas deberán ser muy diferentes a los ensayos que deshumanizaron la historia reciente. Hoy, la humanidad se descubre a sí misma viviendo en medio de nuevos y diferentes principios de convivencia.

Desde el fin de la Guerra Fría, los hombres percibimos nuestro planeta más paradójico, menos blanquinegro, más impredecible e irreal. Irreal en su confusión, irreal en su cada vez más fragmentada heterogeneidad, irreal en la nueva violencia de ortodoxias y particularismos que predican el aislamiento y la sordera de lo "nuestro" y proponen no escuchar la voz del otro ni, tampoco, aceptar al otro. Violencia transformada en odio colectivo hacia todo cuanto no sea como "nosotros". Empobrecimiento de una miopía colectiva que apuesta al enclaustramiento; deformación que se manifiesta en la xenofobia o el racismo, actitudes, ambas, que expresan la dramática realidad de días crueles y egoístas en los que, por sobre todo, los hombres parecieran odiar la diferencia.

¡Grotesca paradoja: vivimos en un mundo cada vez más intercomunicado y, sin embargo, la otredad es más y más rechazada y temida! El rechazo a la diferencia significa valorarlo todo según criterios de propiedad o ajenidad, de cercanía o lejanía. Lo nuestro es bueno porque es nuestro, lo vuestro es malo porque no es nuestro. Tiempos y espacios, historias y geografías son, así, obsesivamente clasificados de acuerdo al monolítico interés de lo particular y de lo propio: nuestra memoria, nuestra ilusión, nuestro interés; y, desde luego, nuestros prejuicios, nuestros rencores. El mundo entero va reduciéndose en clasificaciones que remiten a lo parcial, lo limitado, lo detenido. Violencia de todas las pequeñeces imaginables dividiendo el universo en dos realidades contrapuestas: la que "nos" concierne, de un lado; del otro, todo lo demás.

Internacionalmente, la prosperidad de algunas naciones contrasta con la realidad de millones de seres humanos muriendo de hambre en muchas otras. Nuestro mundo se acostumbró al espectáculo de la abundancia y el despilfarro como derecho de unos pocos. Rutinización de la imagen de países poderosos que producen y consumen, y que producen más para consumir siempre más; países a quienes el tiempo histórico pareciera haber convertido en dueños de todas las potestades gracias a una suerte de trágico determinismo que pobló el mundo de injusticias. Hoy, las naciones más ricas de Occidente asemejan gigantescas fortalezas que, con altos muros, defienden su opulencia de la miseria de todos los desafortunados que vienen hasta ellas a mendigar una pequeña parte de la abundancia. Los latinoamericanos que golpean las puertas a lo largo de la ancha frontera mexicano-norteamericana, los africanos del norte y los turcos que golpean a las puertas de Europa. Ninguno es bienvenido. A todos se les niega el derecho a compartir un festín que no se sabe cuánto más podrá durar.

Nuestro tiempo trata de imaginar el rostro del futuro y con horror descubre que una posible metaforización de ese rostro es la de un "agujero negro", tan familiar a la física de nuestros días. Un agujero negro se forma, dice el físico Stephen Hawking, cuando una estrella, tras haber consumido todos sus combustibles nucleares, empieza a contraerse y reducirse hasta alcanzar un cierto radio crítico donde el campo gravitatorio es tan intenso que ni siquiera la luz logra escapar de él. Esa región del espacio-tiempo de la cual nada puede salir y en la que nada puede existir, es un "agujero negro", perfecta ilustración de eso que Baudelaire llamó alguna vez "la pesadilla de las cosas desconocidas".

El anhelo de orden escribió por tres siglos el sentido esencial del conocimiento humano en el mundo moderno. Hoy, ese conocimiento cede paso al reencuentro de la ciencia con viejísimas nociones de azar y de caos, con nuevas formas de sabiduría que postulan que las leyes "definitivas" de las ciencias físicas no fueron sino adaptaciones: desciframientos del cosmos dentro de una perspectiva y una lógica estrictamente humanas. La atracción de nuestros días por las teorías que exploran los fenómenos caóticos, parten de la aceptación de que el mundo es desconcertante e impredecible. Los temores y las desconfianzas de nuestro presente descubren y describen a un hombre que ha aprendido a dudar y a reconocer que duda, a temer y a reconocer que teme.

"El caos y no las leyes deterministas e inmutables, es la ley fundamental del universo", ha dicho el físico Ilya Prigogine. El caos traduce la historia -y la histeria- del hombre contemporáneo sumergido en sus desasosegantes inquietudes. Más que una respuesta, las teorías del caos implican la intuición de que sólo la incertidumbre es posible ante un cosmos definitivamente ajeno a la voluntad, los deseos y las profecías de los seres humanos. El caos es un nuevo síntoma de la viejísima intuición del hombre de su propia indefensión. Tras el largo tiempo del imaginario de los destinos previsibles, tras las seguridades definitivas y las certezas absolutas de la modernidad, el hombre de nuestros días regresa a los tiempos anteriores a la voz sagrada de la historia en los que la incertidumbre y el azar eran la única respuesta.

El futuro atemoriza a nuestro presente y éste se protege deteniéndose en lo indefinidamente momentáneo. Las teorizaciones sobre el caos revelan una característica ética de nuestro tiempo: la de la falta de certezas; la de la ausencia de objetivos; la de la multiplicación de razones siempre pragmáticas convertidas en argumentación, conveniencia, efímera verdad de instantes que se suceden y se amontonan: sin orden, sin estructura, sin demasiado sentido. Evanescente definitivo instante: nuestro presente se mueve en la inamovilidad, gira sobre sí mismo, se agita sin avanzar... Parecieran repetirse en nuestros días las argumentaciones de Zenón sobre la imposibilidad del movimiento.

Zenón desarrolló sus aporías utilizando el ejemplo de una lenta tortuga a la que Aquiles, veloz corredor, debía dar alcance. Primero, dice Zenón, parte la tortuga. Luego, el rápido Aquiles trata de llegar hasta ella sin conseguirlo; cada vez que el hombre avanza el ínfimo espacio recorrido por el animal, éste se ha movido un poco más. Como Aquiles, nuestro presente pareciera proponerse llegar hasta el futuro; pero, como la tortuga, éste es inatrapable, siempre mínimamente colocado adelante. Quizá, en el fondo, tampoco nuestro presente se atreve a acercársele. Convertido en camino sin avance, en vitalidad que es sólo duración, nuestro presente le teme al futuro. Lo imagina, tal vez, convertido en una máscara de piedra que oculta en su interior la negra y fría oquedad de la muerte. Quizá por eso nuestro tiempo deifica el cambio -fetiche de lo nuevo-: él es el mejor conjuro contra lo temible venidero.

Nuestro presente no quiere desprenderse de sus instantes. El hombre se descubre atrapado en un ahora sin prolongaciones ni trascendencia. Un ahora cosificador que ha terminado por generar la artificiosidad del tiempo y del espacio. Espacio como artificio es la multiplicación de lugares transeúntes: sitios fríos, impersonales e indistintos en los que nada existe y nada es; superficies correspondientes a individualidades cosificadas, sin un rostro identificable, confundidas con objetos, mercancías, actividades, intereses. Nuestra época es tiempo de crecientes soledades en medio de homogéneas multitudes, época en que la similitud entre los seres humanos se convierte en analogía despersonalizada y en donde lo individual se banaliza hasta transformarse en rostro de la intrascendencia colectiva. Nuestra época favorece la multiplicación de individuos escuetamente definidos a partir de alguna particular y fugaz acción. Más que sobre el rostro de seres humanos, nuestros días ven reflejado su ritmo sobre el rostro de clientes, pasajeros, compradores, usuarios, electores... Apenas cifras estadísticas; sólo números, signos, sombras.

El tiempo como artificio ha significado la entronización del "presentismo": obsesión del ahora, regodeo en momentos que no son sino instantes autosuficientes. Existencial y colectivamente, las consecuencias del presentismo son terribles: millones y millones de seres humanos tratando desesperadamente de llenar el vacío de sus vidas; proliferación de la droga y de los más grotescos sucedáneos de la felicidad o la plenitud; multiplicación de placeres y diversiones que sólo tratan de producir emociones y sensaciones: fuertes y, sobre todo, nuevas. Hay que llenar el vacío del ahora como sea y a costa de lo que sea. Hay que vivir todas las sensaciones, conocer todas las experiencias y recorrer, rápidamente, todos los caminos del placer o de la aberración. Secuela del presentismo es, también, la valoración del cambio: veneración de la pequeña transformación, de la mínima alteración; cambiar por cambiar, por que sí, por que hay que hacerlo, por que así lo exige el desasosegado ritmo de nuestros días demasiados iguales unos a otros. Obsesión de cambio que es, también, obsesión de rapidez. Una rapidez que pareciera habernos convertido a todos en víctimas de nuestros propios espejismos. La velocidad es la consecuencia de un tiempo que, más que vivirse, se consume. Un tiempo que es sólo apresuramiento, prisa sin norte. Corremos, corremos todos, sí, pero... ¿hacia dónde?

La voz de nuestro fin de siglo se crispa sobre los instantes congelados. Sin futuro, el ser humano se siente flotando a la deriva en un ahora errático y azariento. Quizá por ello el habitante de nuestros días vive la crisis de lo definitivo. Rodeado sólo de fugacidad ansía tocar y vivir lo perdurable; ansia insatisfecha que expresa un anhelo de trascender sobre el ahora interminable, un deseo de conquistar ilusiones que le permitan acariciar imágenes de eternidad.

Todo ser humano necesita creer en una verdad que sea su asidero y su norte; una verdad a la cual aferrarse y por la cual ejercer su albedrío individualmente humano. Abundan en nuestro fin de siglo las pequeñas verdades, las verdades a medias o las semiverdades. Verdades que se desvanecen y reaparecen, luego, deformadas en la contingencia de rápidos días sucesivos; verdades incesantemente repetidas y proseguidas, luego, por otras verdades venideras. En nuestro tiempo contemporáneo todas las cosas parecieran hacerse, siempre, verdad parcial: razón de unos y sinrazón de otros. Toda verdad puede deshacerse en falsedad. Todos los argumentos pueden ser rebatidos. ¿A quién creer? Lo que es cierto ahora no necesariamente seguirá siéndolo luego. La verdad de ahora no será siempre la verdad. La verdad de aquí no es la verdad de allá.

Nuestro tiempo necesita de nuevas verdades que sustituyan las obsoletas verdades de la modernidad: verdades volcadas sobre la esencial certeza de un porvenir ilimitadamente ascendente. Las verdades de la modernidad parecieron destinadas a durar para siempre y se desvanecieron en medio del desconcierto. Fueron verdades de la masificación y el egoísmo, de la explotación y el dominio, de la represión y el privilegio; verdades de una sola racionalidad posible convertida en fetiche; verdades postuladoras de la felicidad únicamente a partir de la posesión y la conquista; verdades que exacerbaron todos los límites, saturaron todas las posibilidades y condujeron a los hombres a tocar un espejismo del Cielo, para luego, con violencia, precipitarlos hacia una Tierra convertida en parodia del Infierno.

Las semiverdades o las falsas verdades de nuestro tiempo se relacionan no con el porvenir sino con el presente; o mejor: con el instante. Un instante que es transcurrir de vacíos, duración de naderías. Instante que postula sólo lo superficial y lo aparente, y del cual derivan algunas de los esenciales valores de nuestros días; el valor de la juventud perpetua, por ejemplo. Nuestro tiempo exalta lo juvenil porque exalta el ahora, porque le teme al después. Nuestro tiempo le teme a la vejez porque le teme al futuro. Temor a la vejez y fascinación por la juventud: fascinación convertida en religión de lo juvenil, de todo cuanto aluda a juventud. Adoración del cuerpo perfecto, del cuerpo-objeto asiduamente cultivado en esos nuevos templos que son los gimnasios. La religión del cuerpo perfecto reúne a cada vez más numerosos fieles en espacios donde comulgar en idénticos rituales, obedecer a iguales sacerdotes y exorcizar similares demonios. En los gimnasios, millones de fanáticos prosélitos se entregan con frenética pasión al único imaginable objetivo final: obtener el cuerpo perfecto que sea reflejo del tiempo detenido, imagen del ahora para siempre conservado.

De la verdad del instante deriva, también, el valor de la imagen. Valor que postula que sólo es verdad aquello que sucede ante nuestros ojos proyectado por alguna pantalla: de cine, de televisión, de computadora. El cine, con sus mitos y sus doradas irrealidades, es la verdad de la seducción de los brillantes decorados de cartón piedra y de las fantasías envidiables, creíbles y vivibles para todos. El cine, dijo el cineasta Jean Luc Godard, es "la verdad veinticuatro veces por segundo". Desde una pantalla, las imágenes se proyectan sobre la mirada de cada ser humano: encuentro entre el individuo y los rostros posibles del mundo. El cine convierte al espectador en un ser pasivamente contemplador: voyeur inmóvil que, desde su pequeño lugar, mira todas las escenas y acepta todas las verdades. La pantalla de televisión hace de cada hogar una ventana receptora de las imágenes de lo exterior. La verdad de la televisión abruma día a día a cada ser humano que, encerrado en su pequeño recinto, va posesionándose de verdades compartidas y, a la vez, incomunicadas; compartidas porque pertenecen a todos los que las miran; incomunicadas porque existen en la soledad de cada habitación, en la soledad de tantas miradas y manos inencontradas. Distinta a la verdad del ahora televisado, es la verdad de las computadoras: diálogos entre usuarios a través de gigantescas redes internacionales. La pantalla del computador es simulacro que hace posible todas las opciones, todas las búsquedas y todas las fantasías: ciencia por computadora, juegos por computadora, noticias por computadora, amistad por computadora, hasta erotismo y religión por computadora... Todas las curiosidades encontrándose en una pantalla que es espectral ahora hecho voz y hecho rostro. En el universo de la computación, como en ningún otro, encarnan los principales fetiches de nuestro presente: obsesión de rapidez, acumulación de información, anhelo de eficacia, superstición de novedad. Las computadoras alteraron para siempre las relaciones entre el hombre y el universo. Ningún espacio es, hoy, ajeno a su intromisión. Nuestros días reflejan en la negra pantalla de los monitores los rumbos inciertos del tiempo por venir.

La verdad del instante se relaciona, también, con un consumismo que penetra todos los espacios convertido en alegría falsa y plenitud momentánea. El consumismo se asocia con la falsa verdad de un ahora que le dice al hombre que es feliz si compra y que es libre si puede comprar. Sobre este espejismo se sustentó, por cierto, el diálogo ideológico más importante de nuestro siglo XX. El mundo capitalista afirmó su superioridad ante el mundo socialista en la medida en que pudo oponer ante éste una ética consumista auspiciadora de falsas formas de felicidad y de falsas formas de libertad. La única y torpe respuesta del mundo socialista totalitario fue la razón de su fuerza militar, de su poderío tecnobélico. Espantosa contradicción entre una superabundancia de misiles y la interminable carencia de todo lo demás. Largas colas de gente hambrienta buscando qué comer y qué vestir, junto a la mortífera grandilocuencia de misiles atómicos llamativamente presentes en cada nuevo aniversario de la Revolución. Misiles y hambre: la fuerza junto a la debilidad, el poder conviviendo con la flaqueza, la potestad de la destrucción junto a la incapacidad de la construcción; absurdos rostros todos de la deshumanización, todas grotescas parodias de los viejos ideales del sueño socialista. Frente a ese sueño terminado, el dinamismo del Mercado y la verdad del consumo se han constituido en la gran respuesta de Occidente. Una respuesta que ha impuesto la adoración de los objetos y la cosificación de las ideas, los sentimientos, las ilusiones, los individuos; todo impregnado de nociones tales como "utilitarismo", "confort", "eficacia", "desechable"...

Nuestro tiempo produce. Interminable y desesperadamente, produce. Necesita producir para sentirse seguro en medio de la abundancia o de la apariencia de abundancia. Producción de numerosísimos objetos de vida efímera que otorgan al hombre la ilusión de felicidad y plenitud. Posesión de lo fugaz y cultura de lo desechable: ninguna sociedad había generado tanta basura como las ricas sociedades industriales de nuestro fin de siglo. La basura es un revelador signo de la prosperidad. Tanto más excretas, tanto más consumes. Montañas y montañas de desechos se acumulan convertidas en patéticos símbolos de la riqueza. Unas pocas naciones producen cada vez más y desechan lo que les sobra. En el proceso, una nueva modalidad ha comenzado a diferenciar la basura de las naciones ricas de la basura de las naciones pobres: las primeras están en capacidad de producir desechos más peligrosos. Basura originada en muy sofisticados sistemas de producción de riqueza. Detritus de la abundancia: radioactividad, químicos altamente contaminantes... ¿Resultado? Un nuevo intercambio comercial según el cual los países ricos pagan a los países pobres para que éstos reciban los desechos tóxicos. Las naciones ricas excretan y las naciones pobres cobran por recibir sus deyecciones: nueva modalidad de la opresión económica y nueva modalidad, también, de la injusticia. En las grandes soledades tercermundistas, en los espacios vírgenes de las naciones del sur, hay suficiente espacio todavía para recibir la mierda de las naciones ricas del norte. Los países pobres han terminado por asumir, así, el más patético de los roles imaginables: el de letrina de los países ricos.

El signo del consumo se relaciona con una estética del deterioro que ha impuesto en nuestro tiempo el arte de lo desechable o de lo corrompible. Multiplicación de objetos que nacen para una rápida obsolescencia, creaciones artísticas que conceptualizan sólo el deterioro y lo deteriorable. Una estética tradicional impuso el criterio de que la belleza, entre otras cosas, radicaba en la perennidad del objeto bello que traducía para siempre la revelación de un instante privilegiado. Ahora, el instante desaparece tan rápidamente como la obra que lo expresa. Imagen y realidad se hacen igualmente vagas e inaprensibles. El ahora es tan deleznable como el objeto que lo encarna. Además, el arte se desvanece o se degrada convertido en moda, fervor temporal, tendencia pasajera. La originalidad de hoy es la producción en serie de mañana. El hallazgo de hoy es el aburridísimo gesto de mañana. Un arte del ahora se detiene cada vez más en lo pequeño, en lo ingenioso, en lo mínimamente intrascendente y lo multiplica hasta la saciedad. El arte del fin del milenio recrea la suprema verdad de nuestros días: la de lo momentáneo y lo circunstancial traducidos en espejismos de falsa perpetuidad.

La verdad del ahora desemboca en presagio de muerte o en vida mortecina. Queda para el hombre la voluntad de sobrevivir. Supervivencia como metáfora de camino, de destino; supervivencia como imaginario de nuevas actitudes de solidaridad, de desafío, de expectativa. La supervivencia es el más fuerte sentimiento en cualquier especie animal. Es el instinto primario más natural en todo ser vivo. La voz sagrada de la historia habló a pequeñas colectividades dispersas dentro de un mundo inmenso. La voz profana tradujo la voluntad de algunas naciones en un planeta todavía vasto e inabarcable. En nuestro mundo y en nuestro tiempo, el rumor del apocalipsis lo escuchamos todos, nos concierne a todos y nos atemoriza a todos. Detenida en el instante congelado, la humanidad quiere silenciar ese sobrecogedor rumor. Sólo la lucidez le permitirá hacerlo. Sobrevivir será posible únicamente si el hombre comienza por modificar comportamientos y valores, principios y actitudes, sabidurías y saberes. De lo que se trata es de conjurar la amenaza de la destrucción y, en su lugar, imponer la posibilidad solidaria de los sobrevivientes. Fuerza, voz o grito de todos quienes habitamos juntos este planeta convertido, cada vez más, en devastado, en vulnerable y empequeñecido espacio.

 

[El presente texto corresponde al segundo capítulo de mi trabajo Arrogante último esplendor (Caracas, editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar, 1998)]

 

© Rafael Fauquié 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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