Atlantidas de una posteridad interior:
reflexiones sobre la obra pictórico gráfica
de Alexandra Domínguez

Miguel Ángel Muñoz Sanjuán


 

   
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 El riesgo es debatirse entre la verdad y el error. Formulaba José Ortega y Gasset en un artículo editado en 1947 que una teoría «es un cuerpo de pensamientos que nace en un alma, en un espíritu, en una conciencia, lo mismo que el fruto en el árbol». Para añadir más adelante en referencia a la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, que dicha propuesta como teoría «es una maravillosa justificación de la multiplicidad armónica de todos los puntos de vista. Amplíese esta idea a lo moral y a lo estético y se tendrá una nueva manera de sentir la historia y la vida.

»El individuo, para conquistar el máximo posible de verdad, no deberá, como durante centurias se le ha predicado, suplantar su espontáneo punto de vista por otro ejemplar y normativo, que solía llamarse “visión de las cosas sub specie aeternitatis”. El punto de vista de la eternidad es ciego, no ve nada, no existe. En vez de esto, procurará ser fiel al imperativo unipersonal que representa su individualidad».

Ser original para un autor, o lo que es lo mismo, su individualidad, es asumir el concepto que representa la palabra realidad con la naturalidad de la aceptación de poder ser, o lograr suponer, una nueva manera de sentir lo artístico, tanto en lo histórico como en lo vivencial. Siguiendo la estela del pensamiento orteguiano y analizando la obra de Alexandra Domínguez, es fácil aventurarse, sin por ello temer perder el equilibrio, que su obra es una maravillosa labor artística hecha práctica desde la fidelidad de la personalidad y alejada de prédicas normativas; así asistimos a la eternidad de la maduración de un fruto que en su inercia se proclama como nueva especie.

Estas «atlántidas», como he gustado en llamar a la última serie de obras de pequeño formato de Alexandra Domínguez, son el resultado ilustre de un artista que, entre sus máximas virtudes, tiene la de saber transmitir con pasión su inteligente sensibilidad, pues como invocaba Salustio en unos de sus textos «la virtud se mantiene ilustre y eterna» frente a los que persiguen la gloria lejos de los recursos de la inteligencia.

Para cualquier artista, sus recuerdos, tanto pasados como futuros, son la razón de su regreso, porque regresar es mantener un diálogo con el presente confirmado, es establecer el canon y la jerarquía de los hechos del pasado en su pervivencia hacia el futuro. Elaborar una posibilidad es desechar otras muchas vías de expresión, pero no de aprendizaje y conocimiento. Regresar es el diálogo que el ser humano mantiene con las sombras que han pedido preceder cada uno de los pasos que sustentarán su futuro.

Las composiciones de Alexandra Domínguez buscan la interpretación, el discurso poético que evoca; sus «atlántidas» podrían responder a las jornadas de un hombre que vaga con sus recuerdos; un hombre que lo ha perdido todo, y todo lo ha de ganar. Pero al margen de la interpretación que para cada uno de nosotros tenga de su obra, esta serie de grabados adquieren personalidad por cómo son, no por el qué son.

Salvadas las diferencias temáticas que movieron a Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus para proclamar su proposición 3.221, en la cual decía: «Sólo puedo nombrar los objetos. Los signos los representan. Yo solamente puedo hablar de ellos; no puedo expresarlos. Una proposición únicamente puede decir cómo es una cosa, no qué es una cosa», así las «atlántidas» rebasan una intención que nos transmite una intensidad de hondura que se nos escapa de las manos como el agua del mar, sin restar por ello magnitud a su inmensidad, pues, aunque yo no logre «expresar» esa dimensión, y deba de conformarme con decir «cómo es una cosa», y no «qué es», nada de ello merma su objetivo como arte.

Ese cómo al que aludía no es fortuito. Las sensaciones que se sugieren por medio de la gráfica hace que Alexandra Domínguez consiga texturas con una técnica mixta cálida y enigmática a caballo entre la ductilidad pictórica y el dominio técnico que exigen el buril sobre la plancha metálica y la fijación de todos los elementos de la composición artística en el tórculo. Pero más allá de la técnica empleada se encuentra la teoría que la anima. En pintura, la propia acción pictórica es la propia acción teórica, pues sin el hecho en sí mismo, no hay realidad sobre la que teorizar. Y esa realidad es la que transmite su aparente sencillez (no claridad), y su intuitiva economía estilística demuestra una revelada capacidad para resaltar la naturalidad que habita en las cosas complejas.

En el desarrollo de su obra, y en esta serie especialmente, Alexandra Domínguez dialoga con otras muchas disciplinas; parece ir tomando con cada una de ellas un discurso sereno que ya hubiese estado compartido en su génesis por un gramático clásico: recitación plástica de aspectos que le sirven para proyectar un discurso que se comunica con otras muchas propuestas artísticas, que recorre tanto la pintura como la arquitectura.

Estas «atlántidas» tienen la emoción de la memoria caleidoscópica, desde la que parecen emerger los restos de un desaparecido mundo arcádico, aunque no inocente, pues la obra de Alexandra Domínguez, más que un encuentro, es una búsqueda en la que el artista descubre, a la vez que mantiene un aparente empeño en ocultar lo evidente para él ¾como parecen delatar el uso de unas texturas acuosas como si fuesen un impulso¾, un acto reflejo por no desvelar en su totalidad ese substrato de revelación que caracterizan a los sueños y sus sombras.

El entramado gráfico sobre el que se generan estos grabados atienden a cierto espíritu laberíntico, en el que la huella de ciertas formas y figuras hacen intuir una geografía arquitectónica, un entramado formal de elaboración compleja y ensimismada, potenciado por una muy estudiada utilización de estratos significativos de forma y color.

Rutas misteriosas del conocimiento sugieren muchas de las transparencias tan afines al ensoñamiento cinematográfico. Pero esta carga onírica en ningún momento debe de interpretarse como irracional. La obra de Alexandra Domínguez es un refinado proceso de decantación, pero siempre desde la mesura de la investigación aplicada desde el conocimiento de la técnica que emplea. De lo contrario, sería imposible llegar a esa sobreelaboración de las composiciones, en las que la miniaturización de los contenidos estéticos acrecientan el misterio que toda obra de arte debe de ejercer sobre los espíritus que la contemplan.

Si pudiésemos saber qué piensan las obras de arte sobre las obras de otros creadores, posiblemente el ser humano tendría ante sí puertas que nunca creyó que existiesen. Pues, al final, de alguna extraña manera, el hombre es el que progresivamente va entendiendo el diálogo que las propias obras ejercen entre sí, unas a favor de otras, puesto que el diálogo en arte siempre parte de qué, y no de los presupuestos humanos, que lo hacen desde el cómo.

Qué gran sorpresa nos podrían deparar los parlamentos entre la organicista obra de Frank Lloyd Wright, la esencia de la de Alvar Aalto, la minimalista de «menos es más» de Mies van der Rohe, o la enigmática formulación plástica de Vittorio Giorgini, todas ellas con la estructuración arquitectónica que como una invisible maya soporta el desentrañamiento de estas «atlántidas». O si atendiésemos a otras formulaciones pictóricas, qué majestuosidad alcanzarían los discursos de la obra de Alexandra Domínguez con las de un Joan Miró, Vasili Kandinski, Paul Klee, Piet Mondrian, Roberto Matta, o un Xul Solar.

En definitiva, de lo que estamos tratando a partir de la obra de Alexandra Domínguez es de que en donde el tiempo y el destino han obrado con libertad, solamente el diálogo es lo que cimienta el recuerdo de las ruinas desde las que emergerán, como ciudades, los nuevos hombres. Este es el riesgo de su obra: su propio fruto y su propia teoría hecha acción.

Madrid, septiembre, 2002

 

© Miguel Ángel Muñoz Sanjuán 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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