Centenario de Samuel Beckett

Elsa Cajiao C.


 

   
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A lo largo de la primavera de 2006 se conmemorará el centenario del nacimiento de Samuel Beckett, tanto en su Irlanda natal como en varios otros países, mediante distintos actos que comprenden representaciones de sus obras, simposios, conferencias, lecturas y recitales. Al final de este artículo suministro a los curiosos y amantes de su obra algunos enlaces, por si quieren presentar un trabajo a los foros de debate o asistir a las celebraciones en ciudades como Dublín, Londres, Reading, París, Chicago o Tokio, entre otras muchas. Siempre hay un buen motivo para viajar.

Samuel Beckett nació el 13 de abril de 1906 en Foxrock, a las afueras de Dublín, en el seno de una familia protestante. A los 22 años, después de licenciarse en lenguas romances, se trasladó a París para no volver a su tierra más que en contadas ocasiones. Sin embargo, al igual que sus compatriotas Bernard Shaw, W. B. Yeats, Oscar Wilde y James Joyce, que también eligieron el camino del exilio, Beckett se ha convertido en uno de los iconos culturales de Irlanda. La popularidad de estos autores, en cuanto a iconos, rebasa el ámbito intelectual en que son leídas y apreciadas sus obras. En Dublín se pueden ver fotografías, sacralizadas en sepia y blanco y negro, particularmente del trío Wilde, Joyce y Beckett, en los lugares más insospechados: el tren, el aeropuerto, escaparates de establecimientos comerciales, pubs, cafeterías, mapas y guías turísticas. Es algo que llama la atención al turista español por la escasa relevancia que España da a sus artistas e intelectuales, como no sea dentro del ámbito académico.

Beckett pasó la mayor parte de su vida en París, ciudad en la que escribió sus obras más importantes, varias de ellas en francés, como su universalmente conocida obra maestra Esperando a Godot, originalmente titulada En Attendant Godot, que luego él mismo tradujera al inglés. Durante la Segunda guerra mundial se unió a la resistencia y en 1942, tras el arresto de miembros de su grupo por parte de la Gestapo, se vio obligado a huir al sur de Francia donde se ganó la vida trabajando en el campo hasta el final de la guerra. De allí vino una fugaz estancia en Irlanda como voluntario de la Cruz Roja, después de la cual se instaló definitivamente en Francia.

La importancia de la obra de Beckett va más allá de las culturas anglosajona y francófona. Como Kafka, James Joyce, García Márquez o Juan Rulfo, por citar algunos de los gigantes de la literatura occidental del siglo XX, Beckett se adentró en campos de la realidad y el alma humana hasta entonces inexplorados por la literatura. Le dio voz al desamparo, la vejez, la enfermedad, la locura, la pobreza, la angustia existencial y la psicología de las relaciones de poder morbosas. Los llamados escritores realistas y naturalistas del XIX sólo habían conseguido tratar estos temas desde fuera, con narradores espectadores. Estos escritores decimonónicos, como dijera Joyce de Ibsen, a quien admiró enormemente en su juventud, escribían siempre como caballeros. Aunque Beckett difiere de forma significativa en intención y método de su famoso compatriota y amigo Joyce, ambos buscaron medios expresivos nuevos para reflejar las inquietudes planteadas por la época convulsa en que vivieron. Para mostrar el mundo del inconsciente, de la locura, ni las palabras ni los acontecimientitos pueden quedar intactos, argumentaba Joyce. Preocupaciones semejantes por adaptar la forma al contenido, Beckett las resuelve en unos personajes que profieren frases inconclusas, se olvidan de lo que estaban diciendo, hablan trivialidades, manifiestan patéticamente sus problemas económicos y hacen cosas absurdas como chupar piedras.

Beckett asistió en primera fila al derrumbe del racionalismo en el París ocupado por los nazis y perdió numerosos amigos en el horror de Mauthausen y Auschwitz. En Final de partida (1958), su experiencia trágica se refleja sin duda en la estética del horror que impregna esta obra, en la tremenda relación de poder entre amo y siervo (relación también presente en Esperando a Godot ) y -como observa la dramaturga Jackie Blackman- en el uso de palabras tales como transportes, rata, cuerpos desnudos, extinguido y exterminado y frases tales como “todo el lugar apesta a cadáveres”.

Esta interpretación que nos remite a los campos de concentración no ha sido demasiado corriente. El tabú que durante décadas se impuso sobre este tema y el elevado nivel de abstracción de la obra de Beckett no han sido de mucha ayuda para esclarecer el simbolismo de su obra, que ha dado pie a numerosas interpretaciones discordantes. Beckett nunca tuvo tiempo para los críticos. Jamás les proporcionó chuletas de sus referentes simbólicos, como sí hacen otros escritores más deseosos de ser entendidos que sentidos. Por no querer hablar de sí mismo ni de significados, este hombre tímido y reservado (como él mismo se definía) declinó asistir a la entrega del premio Nobel que le fue concedido en 1969. Con los años acentuó la concisión de su estilo hasta alcanzar una extrema brevedad. Come and go (1967) consta de sólo 121 palabras y el fragmento en prosa “Lessness” (término intraducible inventado por Beckett que remite a un vacío insondable), sólo de 60 frases, cada una de las cuales se repite dos veces. Con anterioridad, en 1956, ya había desarrollado una serie de espectáculos mudos de corta duración titulados Acts without Words (Actos sin palabras). Como dice el crítico Richard Ellman: el silencio deliberado que guardó a propósito de sus intenciones está justificado. Explicar es atenuar. Sus escritos han ido reduciéndose en extensión y con ello parece que ha querido decirnos que hay que exprimir al máximo las imágenes fidedignas de la vida. [1]

La ruptura que hace Beckett y sus ilustres antecesores como Kafka y Joyce con el pretendido realismo del siglo XIX es un fenómeno que se extiende como una onda expansiva en toda la literatura occidental. James Joyce busca los medios expresivos para mostrar la deriva errática de la mente y el mundo del inconsciente. “Buena parte de la existencia humana-le dice a su hermano Stanislaus en una carta- transcurre en un estado que no es comunicable mediante el lenguaje directo, una gramática preestablecida y una trama lineal”. Kafka bucea en los estados mentales irracionales del sueño, la angustia y el temor. En Latinoamérica, García Márquez busca en su famosa novela Cien años de soledad “destruir la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico. Porque en el mundo que trataba de evocar esa barrera no existía”. Alejo Carpentier, busca con el realismo mágico utilizar todas las dimensiones de la imaginación, particularmente como se expresa mediante los sueños, la magia y la religión. Juan Rulfo desarticula el lenguaje y el tiempo para evocar a los muertos. Todos ellos modifican el realismo en su esencia.

En definitiva, lo que ha variado no es tanto el imaginario de los artistas y escritores, pues siempre los sueños y los mitos han encontrado su cauce en la literatura, como la fe del ser humano en el pensamiento racionalista como vehículo de expresión de la complejidad humana.

 

NOTAS

[1] Ellmam, Richard, Cuatro dublineses, Tusquets Editores, Barcelona, 1990.

 

ENLACES DE INTERÉS SOBRE BECKETT Y CELEBRACIONES DE SU CENTENARIO

Trinity College, Dublín:
http://www.tcd.ie/Drama/#newsArticle1

Página con numerosos enlaces sobre celebraciones del centenario en todo el mundo:
http://www.samuel-beckett.net/#x9

Festival de Tokio:
http://beckettjapan.org/borderless.htm

The Samuel Beckett endpage:
http://www.ua.ac.be/main.aspx?c=*SBECKETT

The modern word, revista digital dedicada a la literatura experimental del siglo XX:
http://www.themodernword.com/beckett/

Marzo de 2006

 

© Elsa Cajiao C. 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/beckett.html