Nicasio Álvarez de Cienfuegos:
un poeta entre el neoclasicismo
y el prerromanticismo español

Elena Otto Cantón

Instituto Cervantes de Budapest


 

   
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INTRODUCCIÓN

Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809) se encuentra entre los poetas nacidos en la segunda mitad del siglo XVIII, que vivieron de forma directa, por tanto, las convulsiones históricas que se desataron a partir de la Revolución francesa y las campañas napoleónicas; circunstancia que había de influir decisivamente en ellos, especialmente, como veremos, en el caso del poeta que nos ocupa, cuya firme y coherente posición frente a las fuerzas invasoras le llevaría a morir enfermo, solo y desterrado.

Cienfuegos pertenece además a la que podríamos llamar segunda generación del grupo salmantino [1], cuyos integrantes podemos decir que oscilan entre las normas neoclásicas y las ideas liberales y prerrománticas. De hecho, el propio Cienfuegos, que según Menéndez Pelayo [2] “había nacido romántico”, fue denominado por Cánovas del Castillo [3] “precursor incorrecto y melancólico de la poesía romántica”, juicios ambos que sin duda harían reír a los que han negado la existencia del movimiento romántico español.

En este breve estudio intentaremos, pues, acercarnos a la figura de Cienfuegos para tratar de determinar cuál es su posición en el complejo panorama de la lírica dieciochesca. Analizaremos su relación con los presupuestos neoclásicos, especialmente durante su primera “etapa”, así como los elementos que, en un segundo momento de su producción poética (y no sólo poética) ha llevado a la crítica a considerarlo un prerromántico. Dedicaremos, asimismo, dos breves apartados a estudiar por qué varios críticos le han situado bajo la etiqueta de “poeta social” y la actitud innovadora de Cienfuegos en el campo del lenguaje.

 

NOTA BIOGRÁFICA SOBRE CIENFUEGOS

Cienfuegos nació en Madrid en 1764, de familia asturiana, quedando huérfano de padre cuando tenía sólo seis años. Estudió derecho en la universidad de Oñate y, posteriormente, en Salamanca, donde conoció a Meléndez Valdés, el cual se convertiría, además de en su amigo [4], en su iniciador en el mundo de la poesía. Ejerciendo después la abogacía, de nuevo en Madrid, conoció a Quintana, ocho años menor que él, con quien trabó también una estrecha relación de amistad. Absorbió junto a él las ideas liberales [5] y se dedicó a las letras, publicando sus poesías y tragedias. Se dio a conocer también como periodista. Llegó a ser oficial de la Secretaría de Estado, director de El mercurio de España, revisor de la Gaceta de Madrid y miembro de la Real Academia Española desde 1799. Su actitud digna y rotunda frente a las tropas francesas le llevaría a un triste final. Los trágicos sucesos del 2 de mayo le sorprendieron gravemente enfermo en su lecho, lo cual no le impidió ordenar la publicación de una noticia referente a la proclamación como rey de Fernando VII, claro desafío a las fuerzas invasoras. Ello le obligó a presentarse en el lamentable estado en que se hallaba ante el Jefe Supremo del ejército francés, el cual le instó a publicar una rectificación bajo amenaza de fusilamiento. A lo que Cienfuegos, con gran valor, se negó [6]. Obligado, convaleciente, a estampar su firma en el juramento colectivo de fidelidad que Napoleón exigió a todos los habitantes de Madrid, se negó a firmas el juramento de fidelidad y obediencia a su persona que el rey José decretó a todos los funcionarios civiles y militares, lo que le costó la destitución de sus cargos la detención y el posterior destierro a Francia, donde murió, tuberculoso, en 1809.

 

CIENFUEGOS Y EL NEOCLASICISMO [7]

Cienfuegos se inicia en el ejercicio de la poesía de la mano de su amigo Meléndez Valdés, del cual pueden apreciarse clarísimas influencias, especialmente en una primera etapa de la producción poética de Cienfuegos (no tan variada como la de su maestro al no ser tan extensa). Como consecuencia de ello, es fácil encuadrar estas primeras composiciones dentro de la moda neoclásica de anacreónticas y pastorales, algo que puede adivinarse ya a partir de algunos títulos como “La bucólica del Tormes” o “Adónicos a la vida del campo”, títulos ambos extraídos de un manuscrito de Cienfuegos con fecha de 1784, Diversiones [8], cuyo título y contenido recuerdan los Ocios de mi juventud de Cadalso o las anacreónticas de Valdés. Otras muestras de este tipo de poesía (fuera ya de Diversiones) serían los poemas “Anacloris hermosa”, “Mis transformaciones”, “Precio de una rosa”, “Por divertir tus tristezas”, “Dulce pastorcilla” o “Mi destino”:

En mi cunita pobre,
menesteroso niño,
entre inocentes sueños
posaba yo tranquilo,
cuando hacia mí, sin flechas,
amor risueño vino
y, en torno de él, jugando
otros mil amorcitos.
Al inflamado soplo
del anhelante estío
yo, sudoroso y débil,
yacía enardecido.
Amor lo ve y, al punto,
me orea compasivo
sus alas agitando
con menear dormido.
Me alzó después suave
a su regazo amigo,
y allí tocó dos veces
sus labios con los míos.
Tras éstos, me cercaron
sus tiernos hermanitos;
todos me vieron, todos
me hicieron mil cariños.
Y aún uno, el más gracioso,
mudado en cefirillo,
voló y me dio tres besos,
y se durmió conmigo.
Después, con blando acento,
el de Citeres dijo:
hagamos a porfía
feliz a aqueste niño.
Que no siga inhumano,
de polvo y sangre tinto,
los bárbaros pendones
de Marte vengativo
[...] Y desde allí, ¿no sabes,
oh tú, dueño querido,
lo que por siempre clama
con labio persuasivo?
Que ardiente a Filis ame
hasta el postrer suspiro;
que es muy amable Filis
y amar es mi destino. [9]

Dentro de esta etapa marcada por los ya algo gastados clichés neoclásicos, podemos hablar, junto a ciertas composiciones de marcado carácter galante, anacreóntico (traduce también Cienfuegos las odas I, II, III y IV de Anacreonte, cuyos reiterados temas de la fugacidad de la vida y la invitación al amor se encuentran también, por ejemplo, en el poema “El final del otoño”) y juguetón, de otros poemas más “intensa y personalmente sentimentales” [10] con un fondo pastoril, como “El propósito” , “La violación del propósito”o “A Galatea, que huyó de su casa por seguir un amante”, éste último ya de un tono más patético:

¿Huyes ¡ay imprudente!
De un ciego amor guiada,
el dulce albergue maternal dejando?
Cual alondra inocente
de su nido apartada,
que, el reclamo de lejos escuchando,
hacia su par volando
torna, y en lazo fuerte
halla eterna prisión o dura muerte,
[...]Huye, y tu madre en tanto,
tu madre, antes querida,
te busca en vano, y encontrarte espera.
Te llama en hondo llanto,
y no es correspondida.
[...]En su lóbrego espanto,
¡oh si su voz oyeras
cuando al regazo maternal te llama!
Ya la enmudece el llanto;
ya, cual si allí la huyeras,
tente, tente, cruel, ¿huyes? exclama;
¿huyes de quien más te ama?
Tu madre soy. ¿Por suerte,
mi cariño infeliz pudo ofenderte,
que, endurecida a mis ansiosas quejas,
ay! tantos años de piedades dejas
por un monstruo que odioso te arrebata?
¡oh Galatea, Galatea ingrata!
[...]¡Ciega! ¡cuánta mudanza
en lo que allí soñaba!
Con Galatea huyó la dicha mía;
falleció mi esperanza,
la luz que me alumbraba
se tornó oscuridad, y mi alegría
es luto y agonía.
La amaba, y me ha dejado;
me dejó para siempre. Esposo amado,
si, alzando de la tumba tenebrosa,
vieras el llanto de tu fiel esposa,
¡creyeras que a tormento tan agudo
dar ocasión tu Galatea pudo? [...] [11]

Por estos poemas de gusto neoclásico circulan Cefirillos, Cupidos, mariposillas, pajarillos, arroyuelos, etc. y figuras femeninas como Filis o Cloris., que protagonizan poemitas de carácter amoroso. Junto a estos poemas de temática erótico-sentimental aparecen también otros descriptivos o naturalistas, como la endecha “Dulce pajarillo”.

Sin embargo, tenemos que decir que, como ya señaló R. Froldi [12], en estas poesías juveniles puede advertirse ya cierta preocupación moral, que más tarde se convertiría en una constante de la producción poética de Cienfuegos, que no deriva únicamente de la idea horaciana de la sencillez de la vida del campo, sino que se muestra en una actitud crítica respecto a la sociedad o a ciertos defectos humanos.

 

CIENFUEGOS, PRERROMÁNTICO [13]

A partir del regreso del poeta a Madrid en 1787, podemos apreciar cómo poco a poco la poesía de Cienfuegos se va liberando de los clichés neoclásicos, tomando una nueva dirección. Mientras en sus metros cortos, especialmente en los romances, Cienfuegos era tributario de la moda bucólica, anacreóntica y sentimental del siglo XVIII, es en sus metros más largos (endecasílabos sueltos o combinados con heptasílabos) donde alcanza una voz más personal, donde podemos encontrar sus composiciones más interesantes y genuinas.

Encontramos en este segundo momento dentro de la producción poética de Cienfuegos la combinación de los ideales denominados prerrománticos de humanitarismo, igualdad, libertad, justicia, amor al progreso, amistad, fraternidad universal, etc. con algunos de los temas o motivos que imperarían en la época romántica (soledad, muerte, desengaño amoroso, despedida de los amantes, la noche, etc.), teñidos de un profundo pesimismo vital y expresados mediante un lenguaje que supone un ahondamiento en la sentimentalidad, que busca el patetismo, la expresión exaltada, el ritmo entrecortado, nervioso, etc., en la línea de algunas de las composiciones de Jovellanos o de Meléndez Valdés; un lenguaje que pretende ser expresión directa, espontánea de un yo desarmónico, apasionado, en conflicto:

¡Ay! ¡ay que parte!¡que la pierdo! abierta
del coche triste la funesta puerta
la llama a su prisión. Laura adorada,
Laura, mi Laura ¿que de mí olvidada
entras donde esos bárbaros crueles
lejos te llevan de mi lado amante?
[...] ¿Tardas, ingrata, y en aquella loma
te me vas a ocultar? Asoma, asoma,
que se acaba el mirar. Sólo una rueda
a lo lejos descubro. Todavía
la diviso: allí va; tened que es mía,
es mía Laura; detened, que os veda
robármela el amor, él a mi pecho
para siempre la unió con lazo estrecho...
[...] y tú entretanto
¿qué harás de mí? ¿te acordarás? ¿en llanto
regarás mi memoria y tu camino?
¿probarás mi dolor, mi desconsuelo,
mi horrible soledad? Astro del cielo,
oh sol, hermoso para mí algún día,
tú la ves, y me ves, ¿dónde está ahora?
¿qué hace?¿vuelve a mirar?¿se aflige?¿llora? [14]

Espera, tente, ¿por ventura esquivas
mi sincera pasión? ¿huyes ingrata,
de quien nació para adorarte?...¿Adónde,
adónde has ido, celestial imagen
de mi querida Cloe? Ahora, ahora
en este punto, en mis amantes brazos
la vi, la estreché mi corazón al suyo,
y palpitaba, y palpité; [...]
Cloe, mi Cloe?... tenderé los brazos,
y a mis brazos vendrá: Cloe, ¿qué esperas?
¿Cloe, mi Cloe?... Pero en cuál delirio
así me arrastra mi exaltada mente [...] [15]

Hemos escogido para ejemplificar un lenguaje en el que José Luis Cano afirma que se encuentra ya presente “el más fogoso romanticismo” [16] dos poemas de temática amorosa, el primero de los cuales presenta concretamente el tema de la despedida de los amantes (“tema prerromántico”, según Cano [17]), tema que también trató Cienfuegos en “La despedida”. En ambos poemas, por cierto, encontramos ecos de su amigo y maestro Meléndez Valdés: “La despedida” imita la letrilla XIV de éste, que lleva el mismo título, mientras “Un amante al partir su amada” encuentra su referente en la Elegía II, titulada “La partida” [18] de Meléndez.

Quizá el tema que goza de mayor importancia dentro de la poesía de Cienfuegos sea el de la amistad [19 (importancia compartida con Jovellanos, Cadalso o Meléndez entre otros). Fogosas y exaltadas alusiones a la amistad (a veces entendida en sentido amplio, como unión amistosa entre toda la humanidad) aparecen en casi todos sus poemas: “El otoño”, “Mi paseo solitario de primavera”, “Recuerdo de mi adolescencia”, “A un amigo en la muerte de un hermano”, “Al señor marqués de Fuentehíjar en los días de su esposa”, “La escuela del sepulcro”, etc., pero de manera especial en un poema titulado “A un amigo que dudaba de mi amistad porque había tardado en contestarle”:

¿Y dudas, dudas, Muriel querido,
de mi amistad porque tan largamente
a tus voces callé?¿Podrá en mi mente
entrar jamás el letargoso olvido
de mi felicidad, de mis amores?
¿Podrá mi corazón decir ingrato
a sus más verdaderos amadores,
“Nuestros antiguos vínculos desato,
os destierro de mí?” ¡Qué horror!¡ay triste!
¡cuánta noche, cuál caos espantoso,
entonces en mi espíritu caería!
[...]”Hombre de execración, tú que infelice
tu interés del ajeno separando
lanzaste de tu pecho empedernido
el benéfico amor, recibe ahora
el justo galardón que has merecido.
Vive insensible; por deidad adora
a tu aislado interés: jamás tu pecho
responda al ¿ay! De tu doliente hermano,
y sé tú solo tu universo entero [...]” [20]

Casi siempre aparece la amistad como esperanza a la que aferrarse el sujeto poético ante el horrible espectáculo del mundo que le rodea o ante el destino trágico del hombre:

¡Oh Muriel! ¡oh amigos bienhechores!
¡Oh Nicasio feliz! ¡eternamente
me hará vuestro cariño venturoso!
Que la pobreza, el deshonor odioso,
cruel dolor, ignominiosa muerte
me acometan; en medio del tormento
bendeciré con lágrimas mi suerte;
soy feliz, soy feliz, diré contento,
amé, me amaron, me amarán por siempre. [21]

 

¿Adónde está, qué fue mi imaginada
felicidad? de la encantada magia
de mi país de amor vuelvo a esta tierra
de soledad, de desamor y llanto.
Mi querido Ramón, vos mis amigos
cuantos partía mi corazón amante,
vosotros solos habitáis los yermos
de mi país de amor[...]
Amadme, oh amigos, que mi tierno pecho
pagará vuestro amor, y hasta el sepulcro
en vuestras almas buscaré mi dicha. [22]

 

[...] ¡Oh soledad, oh bárbara amargura
de un ser aislado! Mi tristeza os llama,
volad, amigos, que con tiernos lazos
estrechándome huirá mi desventura.[...] [23]

Un tema también bastante frecuente en Cienfuegos es el de la soledad, la cual puede tener un sentido más o menos negativo. En ocasiones es el sujeto poético el que busca intencionadamente dicha soledad, ya sea para abandonarse a sus reflexiones, disfrutar de la naturaleza que le rodea o para llorar sus desventuras. En estos casos suele combinarse con un marco natural apacible, sereno, fuente de virtud y felicidad:

¡Oh, salve, salve, soledad querida,
do, en los halagos del Abril hermoso,
vine a cantar enmedio a los amores
mi eterno desamor! ¡Salve, oh florida,
oh calma vega! A tu feliz reposo
torno otra vez [...] [24]

[...] yo, siempre herido de amorosa llama,
busco la soledad y, en su silencio,
sin esperanza mi dolor exhalo.
Tendido allí sobre la verde alfombra
de grama y trébol, a la sombra dulce
de una nube feliz que marcha lenta
con menudo llover regando el suelo [...] [25]

En alguna ocasión en los poemas de Cienfuegos a esta búsqueda deliberada de la soledad se une la atracción por los ambientes nocturnos. La noche, como símbolo o reflejo del alma del sujeto lírico (o quizá simplemente, como ocurre en alguna ocasión, porque la noche lleva al sueño y el sueño a una realidad paralela, ilusoria, pero en la se ven satisfechas las ansias del sujeto), cobra un gran protagonismo en el poema “En la ausencia de Cloe”:

[...] ¿Para qué destierras,
sol importuno, las piadosas sombras
de la noche feliz? Dichoso en ella
yo me gozaba en la mentida magia
de un sueño bienhechor: cruel llamaste
con tu luz a mis párpados tranquilos,
y abrí inocente, y con mi dulce sueño
voló mi dicha y empezó mi llanto.
¡Astro de maldición! Huye, apresura
tu giro de dolor; cae, y en tu ocaso
también mi vida para siempre caiga. [26]

Otras veces, se lamenta el poeta de su soledad, de su aislamiento en un tono de autocompasión mucho más cercano al de algunos románticos, pero también a ciertas expresiones del también tildado de prerromántico Meléndez Valdés [27], por ejemplo.

¡mísero yo! Perdidos mis quereres,
sin amigos, sin padres, sin amores,
¿a quién me volveré? ¿cuál ser piadoso
enjugará mi llanto congojoso?
[...] ¡Oh soledad, oh bárbara amargura
de un ser aislado! [...] [28]

[...] Jamás doliente
llora el jilguero de su amor la ausencia;
y yo entretanto de mi Laura ausente
en soledad desesperada lloro
y lloraré sin fin.[...] [29]

[...] Solo en el mundo
estas lágrimas solas me acompañan;
estas amargas lágrimas que riegan
de su morada las paredes frías. [30]

Son muchos los poemas que plantean de un modo u otro el tema de la muerte, pero éste aparece en un primer plano en “A un amigo en la muerte de un hermano” y “La escuela del sepulcro”:

[...] La implacable muerte
abrió sin tiempo su sepulcro odioso
y derribóle en él[...]
La losa cae sobre el voraz sepulcro
y cae la eternidad; y en vano, en vano
al que en su abismo se perdió le llaman
de acá las voces del mortal doliente.[...] [31]

[...] ¡oh muerte impía!
¡oh sepulcro voraz! En ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella;
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
[...] Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir?¿y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea? [32]

Sin embargo, en ambas composiciones, al lamento por la trágica perdida sigue el consuelo de que sólo en la muerte puede el hombre encontrar el ansiado descanso, la liberación de los sufrimientos que comporta su trágico paso por la vida:

[...] y los deseos para siempre yacen.
Yacen, sí, yacen, el dolor empero
también con ellos para siempre yace,
y la vida es dolor. [...]
¡Oh muerte, muerte!
¡oh sepulcro feliz! ¡Afortunados
mil y mil veces los que allí en reposo
terminaron los males! [...]
¿Por qué lloramos,
Fernández mío, si la tumba rompe
tanta infelicidad? Enjuga, enjuga
tus dolorosas lágrimas, tu hermano
empezó a ser feliz [...] [33]

¿Cuando del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
y los mortales sólo allí descansan [...]
Si tal es la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
[...]Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho de vivir [...] [34]

Como vemos, los poemas de Cienfuegos están teñidos de un hondo pesimismo vital. Sus versos reflejan el fatal destino del hombre en la tierra:

Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
y ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición [...]tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el cruel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón.[...]
“Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto [...]” [35]

Hórrido yermo [36] de inflamada arena,
do entre aridez universal [37] y muerte
solitario tal vez algún arbusto
se esfuerza a verdear; tal es la imagen
de esta vida cruel que tanto amamos.
Enfermedad, desvalimiento, lloro,
ignorancia, opresión, este cortejo
nos espera al nacer, y apesadumbran
la hermosa candidez de nuestra infancia
que en nada es nuestra [...]
En lucha eterna
de acciones y deseos, mal seguro
no sabrás qué querer; y fastidiado
con lo presente volarás ansioso
a otro tiempo y lugar buscando siempre
allá tu dicha donde estar no puedas. [38]
[...]Despedazado
tu tierno corazón verá los males,
querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,
sólo un estéril lloro es el consuelo
que puede dar su caridad fogosa. [39]

No obstante, a diferencia de lo que ocurrirá en las composiciones que podemos denominar plenamente romántica, y como ya hemos dicho anteriormente, Cienfuegos encuentra siempre una esperanza a la que aferrarse; introduce una nota ligeramente optimista.

En algunas ocasiones, y como consecuencia de esta concepción de la vida, el yo ensaya distintos medios que le permitan evadirse de algún modo de los límites que la realidad le impone y lanzarse a la búsqueda de sus deseos, de sus ansias, que de otro modo no encuentran satisfacción; se recurre así al recuerdo o a la imaginación:

Todo desapareció: ya nada veo
ni siento sino a mí, ni ya la mente
puede enfrenar la rápida carrera
de la imaginación que, en un momento,
de amores en amores va arrastrando
mi ardiente corazón, hasta que prueba
en cuantas formas el amor recibe
toda su variedad y sentimientos. [40]

Pero este proceso psíquico no durará, desgraciadamente, eternamente, sino que la ilusión acabará desvaneciéndose:

Tente, tente, ilusión... Cayó la venda
que me hacía feliz: un cefirillo
de repente voló, y al son del ala
voló también mi error idolatrado.
Torno ¡mísero! en mí y hállome solo
llena el alma de amor y desamado[...]
¡Adónde está, qué fue mi imaginada
felicidad? De la encantada magia
de mi país de amor vuelvo a esta tierra
de soledad, de desamor y llanto. [41]

Llega terrible: de mis ojos huye
la hermosa escena en que viví dichoso,
y en nuevo mundo en su lugar parece
do busco en vano la perdida magia. [42]

De aquí vendría la frustración del romántico, tras el fin de la ilusión y el choque con los límites de la realidad. Llegados a este punto podemos observar cómo Cienfuegos, que aún no se ha despegado completamente de cierta mentalidad de corte ilustrado, en algún momento intenta imponer la razón sobre la imaginación, considerando a ésta u error, una fuerza negativa contra la que la razón debe luchar:

¿Qué es la ambición [...] ?
¿qué, los deseos
de una imaginación desenfrenada,
y de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón; no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años. [43]

Hemos podido observar en algunos de los fragmentos seleccionados en este trabajo cómo la naturaleza está presente en todas las composiciones de Cienfuegos. Se trata ahora de una naturaleza más realista, que ha superado el decorativismo artificial de los poemas de estética rococó, por ejemplo. Casi siempre se trata de una naturaleza apacible, grandiosa, fuente y ejemplo de serenidad y de virtud, como hemos visto en los poemas en los que el yo se refugia para reflexionar, soñar o lamentar su infortunio (“Mi paseo solitario de primavera”, “El otoño”, “La primavera”, etc.). Pero en algunas ocasiones esta naturaleza adquiere una simbología más profunda; sin que, en nuestra opinión, se alcance de forma plena en Cienfuegos esa identificación del espíritu de la naturaleza universal con la naturaleza del espíritu del sujeto lírico o esa prolongación material en el paisaje de los estados del alma de la que se ha hablado para estudiar la relación entre los románticos y la naturaleza [44], sí que a veces es significativa la elección de un ambiente o un marco espacial desapacible o abrupto como símbolo de un determinado estado de ánimo o de una idea. Por ejemplo, es lo que parece que ocurre en el poema “El otoño”, donde se establece un paralelo entre la estación otoñal y la madurez del poeta (el otoño de su vida):

[...] La selva umbría
se adelanta hacia mí; ya retrocede,
ya gira en derredor [...]
¡Cuál silvan en las ramas combatiendo
hijos de obscuridad los roncos vientos,
vedando a Ceres su vigor fecundo!
Brama el mar, y los ríos, con estruendo
arrastran los torrentes violentos
en turbias hondas con horror profundo.
Avecitas de Abril, huid ligeras
del Nilo a las benéficas riberas;
aquí ya no hay placer, ha muerto Flora,
otoño expira, y nos dejó la Aurora. [45]

Parece que podemos observar en esta etapa de la poesía de Cienfuegos un diálogo más íntimo con la naturaleza. Alguna vez nos presenta Cienfuegos el caso del yo que tiñe todo lo que le rodea del pesimismo y la oscuridad de su propia alma. Es decir, si bien la naturaleza no era de por sí así de turbadora o desagradable, es el estado de ánimo del yo el que propicia esta visión condicionada, falseada si queremos. Meléndez Valdés nos proporcionó un ejemplo bastante claro de lo que decimos:

Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza, en su hermosura varia,
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo. [46]

Como hemos dicho, algún ejemplo podemos encontrar de esto en Cienfuegos, aunque quizá menos claro:

[...] La tierra entera
cual vasto yermo ante mis ojos viera
de sanguinarios tigres habitado;
pues insensible para siempre odiado
mi fiereza hallaría por doquiera. [47]

 

CIENFUEGOS, POETA SOCIAL [48]

José Luis Cano afirma que Cienfuegos fue un liberal convencido antes de que se produjese la gran eclosión de las ideas liberales, y que en él la filantropía ilustrada cobra en él un tono sentimental de aproximación cordial a las realidades humildes, al pueblo y a los trabajadores. Todo ello lleva a Cano [49] a considerarlo lo que hoy llamaríamos un poeta social, comprometido, en cuyos versos evidencian su amor a las reformas, a la igualdad social y a la fraternidad universal.

Su pensamiento “revolucionario” encuentra su mejor ejemplo en un poema titulado “En alabanza de un carpintero llamado Alfonso” (poema que no se atrevió a publicar en el volumen de sus Poesías en 1798), en el que, como apunta Cano [50] Menéndez Pelayo vio un contenido socialista y Hermosilla frases demasiado republicanas. “En alabanza de un carpintero llamado Alfonso” parte de una distinción moral entre clases sociales: mientras el noble y el rico representan la opresión y el crimen, el menestral encarna la virtud y sufre las injusticias de una sociedad corrupta:

Nobles magnates, que la humana esencia
osásteis despreciar por un dorado
yugo servil que ennobleció un Tiberio,
mi lira desoid. Vuestra ascendencia
generación del crimen laureado,
vuestro pomposo funeral imperio,
vuestro honor arrogante,
yo los detesto, iniquidad los cante.

[...] Dilo tú, dilo tú, pura morada
del íntegro varón: taller divino
de un recto menestral [...]

[...] Fue usurpación, que la verdad nublando,
distinciones halló do sus horrores
se ilustrasen. Por ello la nobleza,
del ocioso poder la frente alzando,
dijo al pobre: soy más, a los sudores
el cielo te crió. Tú en la pobreza,
yo en rico poderío,
tu destino es servir, mandar el mío.

[...] ¿Pueden honrar al Apolíneo canto,
cetro, toisón y espada matadora,
insignias viles de opresión impía?
¿Y de virtud el distintivo santo,
el tranquilo formón, la bienhechora
gubia su infame deshonor sería? [...] [51]

El poema contiene, como vemos, una evidente intención de protesta social. Denuncia la injusticia, la desigualdad social, la codicia de los ricos, la inmoralidad, la opresión, etc., con expresiones de gran violencia y dureza:

¿Y nobles se dirán estos sangrientos
partos de perdición, trastornadores
de las eternas leyes de natura?
¿Nobles serán los locos pensamientos
de un ser que innatural huella inferiores
a sus hermanos, y que audaz procura
en sobrehumana esfera
divinizar su corrupción grosera?

[...] ¿Y un insecto envilece
lo que Dios en los cielos ennoblece? [52]

También se observa en Cienfuegos un ardiente pacifismo, derivación de su ideal humanitario, manifiesto en algunas de sus composiciones, como es el caso de “En elogio del general Buonaparte, con motivo de haber respetado la patria de Virgilio” o “A la paz entre España y Francia en 1795":

[...] Oid, hispanos:
la madre España a sus lamentos llora,
y con su ejemplo a la concordia os llama.
¿Será que vuestros pechos inhumanos
resisten a su voz, que religiosa
repite sin cesar que no hay ventura
sin virtud, ni virtud sin la ternura
y la unión amistosa,
adonde en ara santa
feliz beneficencia se levanta? [53]

En este poema se canta también a la humanidad, a la fraternidad universal:

¿Salve mil veces, y a la gente humana
no abandones jamás! Pueda contigo
comenzar el imperio afortunado
de la fraternidad, en que el malvado
es el solo enemigo,
y la tierra piadosa
una sola familia virtuosa! [54]

Las alusiones a este tema son frecuentes en las composiciones de Cienfuegos:

[...] Ciegos humanos,
sed felices, amad: que el orbe entero
morada hermosa de hermanal familia
sobre el amor levante a las virtudes
un delicioso altar [...]

Tal vez un día la amistad augusta
por la ancha tierra estrechará las almas
con lazo fraternal [...] [55]

David T. Gies [56] afirma del poema anteriormente citado, “A la paz entre España y Francia en 1795" que se trata de una de las declaraciones más claras contra una sociedad en la que triunfa la tiranía sobre la razón. Asimismo, señala que lo que en Cienfuegos con frecuencia se ha considerado mera expresión de una angustia prerromántica es, sin duda, algo más profundo. No se trata, advierte Gies, de exclamaciones que broten de un dolor individual, que expresen el sollozo íntimo de un espíritu reconcentrado, sino que Cienfuegos se hace portador de un sufrimiento social. Según el crítico, este espíritu fundamentalmente democrático contrasta con la perspectiva de los primeros ilustrados (Feijoo, etc.) Pero encaja bien con el nuevo espíritu de transición de finales del S. XVIII - inicios S. XIX.

No es Cienfuegos, sin embargo, un propagandista revolucionario ni un ideólogo, sino, como señala Cano [57]: “un sentimental que escribe poemas sociales movido por un corazón apasionado y tierno”.

 

LAS INNOVACIONES LINGÜÍSTICAS DE CIENFUEGOS [58]

José Luis Cano [59] señala que Cienfuegos se vio en la necesidad de buscar un nuevo lenguaje capaz de dar expresión a esa nueva sensibilidad hacia la que se dirigía su poesía, a su mundo poético, y que como no lo encontró, en ciertas ocasiones tuvo que inventárselo.

Cienfuegos ya había defendido en varias ocasiones (en especial en el discurso que pronunció con motivo de su entrada en la Real Academia Española en 1799), frente a ciertas actitudes puristas de sus contemporáneos, la necesidad de introducir en nuestra lengua algunos neologismos y de incorporar, asimismo, palabras extranjeras.

Según Joaquín Arce [60], la crítica hasta el momento no ha insistido lo suficiente en que el problema fundamental que presenta la obra poética de Cienfuegos es, precisamente, el lingüístico.

Las innovaciones lingüísticas no tuvieron, en su gran mayoría, la acogida que Cienfuegos hubiera querido. De entre ellas, unas más afortunadas que otras, podemos señalar algunos ejemplos como “umbrátil sueñecito”, “deslunada noche”, “abismo honditronante”, “desquerido”, “desamorado”, “estación brumal”, “octubre empampanado”, “hermanal”, “rustiquecido”, “perenal”, etc., pero también un adjetivo que sí ha logrado sobrevivir con bastante fortuna: “estival”.

Estos intentos de renovación lingüística, fruto de su amor a las reformas y al progreso, no fueron precisamente apreciados, ni siquiera entendidos, por sus contemporáneos, sino que fueron objeto de duras críticas y burlas. Leandro Fernández de Moratín se burló cruelmente de este aspecto de la poesía de Cienfuegos en diversas ocasiones, pero de modo especial en su epístola “A Andrés”. También Hermosilla arremetió contra prácticamente cada palabra y cada verso de nuestro poeta a lo largo de casi cien páginas de su Juicio crítico de los principales poetas españoles de la última era (París, 1840). No fueron los únicos; a ellos se unieron personajes como Tineo, Silveo, Marchena, Salvá o Maury entre otros.

Lo que sí es cierto es que sus intentos renovadores de una lengua que Cienfuegos consideraba insuficiente para reflejar ciertas inquietudes o pensamientos que comenzaban a cobrar fuerza dentro de él (y no sólo dentro de él, como sabemos) y que anticipaban una nueva sensibilidad, en combinación con su inclinación por ciertos recursos estilísticos (uso de aliteraciones, continuas exclamaciones e interrogaciones, interjecciones, puntos suspensivos, etc.), dieron como resultado una expresión nerviosa, exaltada, extraña también, pero por todo ello personal, bastante singular en su conjunto, resultado quizá de un paso más en la línea que ya habían comenzado otros poetas como Jovellanos, Meléndez Valdés, etc.

 

CONCLUSIÓN

Como ya señaló el estudioso del siglo XVIII Amédée Mas [61], podemos ver en Nicasio Álvarez de Cienfuegos claros influjos de los prerrománticos europeos (Young, Gessner, Rousseau) y de la poesía de Ossian. De ellos recoge Cienfuegos los grandes lemas prerrománticos como el primitivismo optimista, el sueño de una vida virtuosa, el sentimiento de la naturaleza, etc., así como sus grandes temas (la noche, la melancolía, la amistad, la muerte, etc.).

También parece bastante evidente que Cienfuegos se vale de un tono y de un lenguaje que, si bien ya habían sido anticipados por algunos poetas como José Cadalso o Meléndez Valdés, tenía mucho que ver con lo que un poco más tarde pondrían de moda los románticos. Nos referimos a la expresión apasionada, exaltada, en la que parece primar el sentimiento sobre la razón, de ritmo entrecortado, etc., pretendida manifestación directa de un yo poético desarmónico y en conflicto.

Podemos establecer, no obstante, algunas diferencias entre Cienfuegos y dichos románticos. Mas [62] afirma que nuestro poeta no llega en ningún momento a descubrir ese estado de insatisfacción, de constante deseo de otra cosa (esencial en el alma romántica). Aquí, sin embargo, cabría recoger algunos ejemplos, citados ya en este trabajo, que podrían contradecir o al menos poner en duda esta afirmación. Son varios los ejemplos, como hemos visto, en los que Cienfuegos expresa su descontento o insatisfacción con la realidad que le rodea y desea evadirse de ella en busca de otra cosa:

¡Bienhadado país!¡oh!¿quién me diera
a tus cumbres volar? [63]

¡Tristeza universal!¿quién ¡ay! Me diera
volar a otra región do más tardío
lanzase otoño el postrimer aliento? [64]

Como también señalamos anteriormente, a menudo el único modo que encuentra el poeta de sustraerse a lo que le circunda es el del la imaginación o el recuerdo. Sin embargo, aunque se recurra en varias ocasiones a la imaginación o a la ilusión, Cienfuegos las describe como una especie de enfermedad del alma que debe ser curada mediante la higiene moral de la razón, frente a los románticos que, además de desear embriagarse de esas vagas inquietudes y tristezas y de dejarse arrastrar plácidamente por la engañosa imaginación, se complacen y deleitan en este estado, hallando en ello uno de sus temas favoritos. No siempre así en Cienfuegos, como vimos anteriormente. Y no sólo eso, sino que Cienfuegos es además capaz de encontrar una esperanza en medio de este conflicto. En él, como en el romanticismo, el hombre se lanza a la búsqueda de un vago y remoto ideal, cuya propia vaguedad hará que todo quede en nada, en puro estado de ansia, sin concreción, y sobrevenga la frustración. Ilusión y frustración aparecen, pues, unidas, subrayando así el sentido trágico de la existencia humana. Pero mientras al hombre romántico, abatido por el pesimismo y el desengaño y quedando atado a una realidad que detesta, sólo le restará gritar y lamentarse inútilmente de su amargo destino, Cienfuegos alberga siempre, como vimos, una mínima esperanza, recurre siempre a una vía de escape, que suele ser la amistad.

Por otra parte, y mientras el alma romántica se siente ligada a las formas individuales, a las que ama por sí mismas, el -digamos- hombre sentimental del siglo XVIII se conmueve intensamente por las ideas abstractas y poco por las personas y los objetos reales. De aquí proviene, quizá, su tendencia por las expresiones abstractas que sustituyen a los seres concretos. Si bien podemos decir que Cienfuegos participa en buena medida de una nueva sensibilidad que iría a parar en lo que conocemos como sensibilidad romántica, esta sensibilidad toma en Cienfuegos una dirección distinta: se orienta más en él hacia los ideales abstractos.

Como conclusión, si bien no podemos sino destacar que Cienfuegos muestra grandes semejanzas con los románticos, sobre todo en el predominio del sentimiento y la pasión (algo que se refleja claramente en su lenguaje, en la línea, como dijimos, de algunas composiciones de Cadalso, o Meléndez, por ejemplo), es evidente que no encontramos en él la rebelión titánica de figuras posteriores a él en el tiempo ni el rechazo absoluto de la razón (aunque en sus versos lo instintivo y lo sentimental prima muchas veces sobre lo intelectual y lo racional). Ilustrado en sus ideas, apasionado en sus sentimientos [65], innovador en su lenguaje, creemos que Cienfuegos muestra claramente cómo se combinan la Ilustración y lo que para unos (Cano o Sebold) es el romanticismo, para otros (Arce) es prerromanticismo y para otros (Froldi) sencillamente la sensibilidad de un hombre ilustrado.

 

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Notas:

[1] Dicho grupo o “escuela salmantina” estaba formado por Fray Diego Tadeo González, José Iglesias de la Casa, Juan Meléndez Valdés, Juan Pablo Forner y Juan Fernández de Rojas. Como pertenecientes a una segunda generación, cuya influencia más directa habría de ser la de Meléndez Valdés, podemos señalar a Cienfuegos, Manuel José Quintana y Alberto Lista.

[2] Cf. E. Allison Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 19732, pág. 44.

[3] Vid. supra.

[4] Cienfuegos evoca dicha amistad en el poema de gran interés autobiográfico “El recuerdo de mi adolescencia”, poema de un carácter marcadamente melancólico.

[5] Otro fiel amigo de Cienfuegos que contribuyó también a afianzar sus sentimientos liberales y progresistas, así como a formar sus gustos literarios, fue un misterioso personaje francés, Florián Coentafao, a quien dedica con apasionadas expresiones de amistad su tragedia Idomeneo, texto que José Luis Cano señala como curiosa muestra de prosa sentimental prerromántica. Sobre la figura de Florián Coentafao puede verse el artículo de Cano “¿Quién era Florián Coentafao?” en Revue de Litterature Comparée, julio-septiembre, 1959; recogido también en su libro Heterodoxos y Prerrománticos, Ediciones Júcar, Madrid, 1974.

[6] De su actitud valiente y coherente hasta el final do muestras en varias ocasiones: “Nosotros hemos hecho lo que debíamos, venga después lo que quiera; una vez se muere y no más” (Poesías, ed. de J. L. Cano, Madrid, Castalia, 1980, pág. 26.)

[7] Sobre este apartado en particular puede verse el articulo de Rinaldo Froldi “La poesía juvenil de Cienfuegos”, publicado en el volumen coordinado por José Miguel Caso González : Ilustración y Neoclasicismo, en Francisco Rico (director), Historia y crítica de la literatura española, Madrid, crítica, 1983.

[8] Diversiones aparece ya como Apéndice I a la edición de J. L. Cano, si bien, aunque inédito aún cuando Cano entregó a la imprenta dicha edición, fue publicado por Rinaldo Froldi junto a su artículo “Natura e società nell’opera di Cienfuegos, ACME, Annali della Facoltà di Lettere e Filosofia degli studi, Milano, vol. XXI, 1968. Dio noticia de dicho manuscrito J. Simón Díaz en “Nuevos datos acerca de N. Álvarez de Cienfuegos”, Revista de Bibliografía Nacional, V, 3º, 1944, p. 263-284.

[9] “Mi destino”, en José Luis Cano (ed.), Poesías de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, Madrid, Castalia, 1980, pp.55-57. Citaré siempre por esta edición.

[10] Rinaldo Froldi, “La poesía juvenil de Cienfuegos”, publicado en el volumen coordinado por José Miguel Caso González : Ilustración y Neoclasicismo, en Francisco Rico (director), Historia y crítica de la literatura española, Madrid, crítica, 1983.

[11] “A Galatea, que huyó de su casa por seguir un amante”, pp. 88-92.

[12] Ibid.

[13] Respecto a la relación de Cienfuegos con el Prerromanticismo pueden consultarse varios trabajos, como el de J. L. Cano:“Un prerromántico: Cienfuegos”,Cuadernos Hispanoamericanos, 195, marzo, 1966 (recogido también en su libro Heterodoxos y prerrománticos; véase Bibliografía), el de Juan Ruiz Peña: “La inflamada voz de Cienfuegos”, Escorial, 41, marzo, 1944, pp. 117 y ss. o el de Amédée Mas: “Cienfuegos et le prérromantisme européen” en Mélanges à la mémoire de Jean Sarrailh, II, Paris, 1966, pp. 121-137.

[14] “Un amante al partir su amada”, pp.131-136.

[15] “En la ausencia de Cloe”, pp. 144-148.

[16] Prólogo a Poesías de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, Madrid, Castalia, 1980, p. 32.

[17] Ibid. pág. 35. Señala también Cano que el tema de la despedida de los amantes lo puso de moda entre los poetas prerrománticos españoles el fecundísimo Metastasio, cuya aria Despedida a Nice llegó a hacerse famosa por las muchas veces que se cantaba en los teatros o en las funciones caseras. De hecho, a ella se refiere Cienfuegos en su oda “Habiendo el autor en una función casera de teatro oído cantar una despedida a una Señora, bajo el nombre se Nice, con un hermano suyo, bajo el nombre de Tirsis, hizo en su elogio la siguiente Oda”, pp. 992-94.

[18] Los puntos de conexión entre ambas composiciones son muchísimos. El poema de Cienfuegos repite muchos de los detalles gráficos y realistas que aparecían en el de Meléndez, como el del grito del zagal, el chasquido del látigo, el ruido de los cascabeles, el “ronco estruendo” del coche, etc., aunque quizá con un tono más exaltado y apasionado en Cienfuegos.

[19] Ya en la dedicatoria a su amigo Florián Coentafao de su tragedia Idomeneo podemos observar apasionadas expresiones de amistad. Como ya hemos señalado en otra nota, este texto fue considerado una muestra de prosa prerromántica sentimental.

[20] “A un amigo que dudaba de mi amistad porque había tardado en contestarle”, pp.121-127.

[21] Ibid.

[22] “Mi paseo solitario de primavera”, pp. 116-120.

[23] “El otoño”, pp.111-116.

[24] Ibid.

[25] “Mi paseo solitario de primavera”, pp. 116-120.

[26] “En la ausencia de Cloe”, pp. 144-148.

[27] Por más que el cielo mi dolor implora / no amaina, no, el tormento, / ni yo ¡ay! Puedo cesar en mi gemido, / huérfano, joven, solo y desvalido. (“A la mañana, en mi desamparo y horfandad”, 1777).

[28] “El otoño”, pp. 111-116.

[29] “Un amante al partir su amada”, pp. 131-136.

[30] “En la ausencia de Cloe”, pp. 144-148.

[31] “A un amigo en la muerte de un hermano”, pp. 136-140.

[32] “La escuela del sepulcro”, pp. 168-176.

[33] “A un amigo en la muerte de un hermano”, pp. 136-140.

[34] “La escuela del sepulcro”, pp. 168-176.

[35] Ibid.

[36] Imágenes muy parecidas a ésta ( comparación de la vida con paisajes áridos, yermos, estériles, etc.) Recoge Sebold de la obra de algunos románticos españoles en Trayectoria del Romanticismo español, Barcelona, Crítica, 1983, pág. 26.

[37] Las expresiones “aridez universal” y “tristeza universal” (v. 91 de “El otoño”) de Cienfuegos recuerdan el “fastidio universal” (tan subrayado por la crítica) de Meléndez Valdés en “A Jovino: el melancólico: Sí, amigo, sí; mi espíritu, insensible /del vivaz gozo a la impresión süave, / todo lo anubla en su tristeza oscura, / materia todo a más dolor hallando / y a este fastidio universal que encuentra / en todo el corazón perenne causa.

[38] Esta idea, que sería tan repetida por los románticos, de la búsqueda por parte del hombre de una realidad distinta de la que le circunda ante la imposibilidad de encontrar la dicha, generalmente mediante la ensoñación, la ilusión o la imaginación, está presente en otros poemas de Cienfuegos (“La primavera”o “Mi paseo solitario de primavera”, por ejemplo), aunque no siempre con un sentido positivo.

[39] “A un amigo en la muerte de un hermano”, pp.136-140.

[40] “Mi paseo solitario de primavera”, pp. 116-120.

[41] “Mi paseo solitario de primavera”, pp.116-120.

[42] “El recuerdo de mi adolescencia”, pp.127-131.

[43] “La escuela del sepulcro”, pp. 168-176.

[44] Véase Sebold, Trayectoria del Romanticismo español, Barcelona, Crítica, 1983.

[45] “El otoño”, pp. 111-116.

[46] Vv. 36-42 de “A Jovino: el melanólico”.

[47] “A un amigo que dudaba de mi amistad porque había tardado en contestarle”, pp. 121-127.

[48] Así se titula el artículo de José Luis Cano publicado en Papeles de Son Armadans, IV , 1957, pp. 248-70. Sobre este tema, además del artículo citado, puede consultarse el de David T. Gies, “Cienfuegos, ilustración y revolución”en Primer Suplemento a José Miguel Caso González (coord.), Ilustración y Neoclasicismo, IV, de la obra general a cargo de Francisco Rico, Historia y Crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica, 19??

[49] Prólogo a la edición de las Poesías de Cienfuegos, Madrid, Castalia, 1980, pág. 36.

[50] Ibid. pág. 37.

[51] “En alabanza de un carpintero llamado Alfonso” en J. L. Cano (ed.), Poesías de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, Madrid, Castalia, 1980, pp.160-168.

[52] Ibid.

[53] “A la paz entre España y Francia en 1795", Ibid. pp. 99-103.

[54] Ibid.

[55] Ambos fragmentos pertenecen al poema “Mi paseo solitario de primavera”, pp. 116-120 de la edición citada.

[56] Op. cit.

[57] Pág. 37 del Prólogo a su edición de las Poesías de Cienfuegos.

[58] Sobre este apartado puede consultarse el artículo de Joaquín Arce “Las innovaciones lingüísticas de Cienfuegos” en José Miguel Caso González (coord.), Ilustración y Neoclasicismo, tomo IV de la obra general de Francisco Rico (director), Historia y Crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica, 1983. pp. 488-493.

[59] Prólogo a Poesías de Nicasio Álvarez de Cienfuegos, Madrid, Castalia, 1980, p. 38.

[60] Op.cit.

[61] “Cienfuegos et le Prérromantisme européen” en Mélanges à la mémoire de Jean Sarrailh, Paris, Centre de Recherches de l’Institut d’Études Hispaniques, 1966, tomo II.

[62] Op. Cit.

[63] “La primavera”, pp. 103-110. En este poema el yo poético, insatisfecho con su realidad, se imagina retirado en un bucólico paraje, disfrutando del más puro y feliz amor marital y paternal.

[64] “El otoño”, pp.111-116.

[65] Recordemos la fórmula que proponía Joaquín Arce para definir al hombre prerromántico: “corazón sensible, mente despejada” en “Diversidad temática y lingüística en la lírica dieciochesca”, en Los conceptos de Rococó, Neoclasicismo y Prerromanticismo en la literatura española del siglo XVIII (Cuadernos de la Cátedra Feijoo, nº 22, Oviedo, 1970).

 

© Elena Otto Cantón 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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