«En leturas no conozco…»
(Cuando el autor escribe una cosa y el crítico lee otra)

Fernando Sorrentino


 

   
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1. El enojo del Moreno


 
 
 
     El episodio de la payada entre Martín Fierro y el Moreno ocupa todo el canto XXX de La vuelta de Martín Fierro (1879). Son 606 octosílabos, numerados desde el 3917 hasta el 4522. Entre los versos 4055 y 4276 Martín Fierro pregunta y el Moreno contesta; entre los 4277 y 4360 se invierten los papeles: al Moreno toca interrogar y a Martín Fierro responder. Ambos contendientes han contestado con acierto e ingenio las respectivas preguntas. Se impone, pues, un desempate, y así lo entiende Martín Fierro, que le dice al Moreno (4361-4378):

Ya te he dado mis respuestas,
mas no gana quien despunta:
si tenés otra pregunta
o de algo te has olvidao,
siempre estoy a tu mandao
para sacarte de dudas.

No procedo por soberbia
ni tampoco por jatancia,
mas no ha de faltar costancia
cuando es preciso luchar;
y te convido a cantar
sobre cosas de la estancia.

Ansí prepará, Moreno,
cuanto tu sabor encierre;
y, sin que tu lengua yerre,
me has de decir lo que empriende,
el que del tiempo depende,
en los meses que train erre.

Esta invitación, en apariencia cálida y cordial, saca de quicio al Moreno, que, sintiéndose agraviado, contesta con furia y da ahí mismo por concluida la payada.

A esta altura del relato, tanto Martín Fierro como el lector ignoran que este Moreno es el hermano del Negro a quien aquél había matado siete años atrás, según consta en el canto VII de El gaucho Martín Fierro (1872).

Pero, a la luz de lo que ocurre un poco más tarde, resulta obvio que, ya desde el mismo instante en que llegó a la pulpería, y con toda deliberación, el Moreno estaba buscando el mínimo pretexto para montar en cólera y desafiar a pelear a Martín Fierro. Y, por fin, parece haberlo encontrado, curiosamente, en esta invitación de Fierro que, en apariencia, no posee la menor carga agresiva:

me has de decir lo que empriende,
el que del tiempo depende,
en los meses que train erre.

 

2. ¿Por qué se enoja el Moreno?

2.1. Interpretación de Ezequiel Martínez Estrada

Entre las páginas 95-96 del tomo I de su Muerte y transfiguración de Martín Fierro (México, Fondo de Cultura Económica, 1948) don Ezequiel Martínez Estrada interpreta así el origen de la ira del Moreno:

Esta perspicacia [del Moreno], realmente asombrosa en el juego tan delicado de la Payada, culmina en el brusco final; pues el Moreno deja sin contestar precisamente la pregunta que le es más fácil: cuáles son los trabajos que se hacen en los meses que llevan erre, porque ahí Martín Fierro deja a un lado al cantor que conoce muchas cosas del cielo y de la tierra, para probarlo en su oficio, como jornalero. Y eso es ya demasiado.

Muy bien: esto acaba de decir el célebre ensayista, y yo (con todo el respeto que me merece quien ha escrito poemas tan bellos como el evocativo «San José de la Esquina» o el autobiográfico «Ezequiel Martínez Estrada») me atrevo a proponer un abanico de posibilidades negativas que, acaso, no se excluyen entre sí: a) don Ezequiel no ha comprendido esos versos por no haberlos leído con la suficiente atención; b) don Ezequiel no ha comprendido esos versos a pesar de haberlos leído con la suficiente atención; c) don Ezequiel no ha comprendido esos versos y, además, se ha dejado llevar por el placer de enhebrar palabra bonita tras palabra bonita, hasta desembocar en una conclusión tan desaprensiva como errónea.

2.2. Interpretación de este servidor

A mi juicio, el episodio ocurrió de otra manera.

Lo que irrita al Moreno no es que Martín Fierro le pregunte sobre cosas de la estancia sino que le pregunte sobre cuestiones de escritura. Mucho antes (4053-4054) aquél había advertido al protagonista, lealmente, sobre sus propias limitaciones:

en leturas no conozco
la jota por ser redonda.

La advertencia es clara e inequívoca: el Moreno confiesa ser analfabeto y esta declaración busca sin duda delimitar el campo del combate intelectual de la payada y establecer las reglas del juego.

Estando desde el principio enterado de que el Moreno no sabe leer ni escribir, Martín Fierro (que, ya vemos, no es analfabeto) tiene la obligación ética de no llevar la disputa a un terreno en que a su contendiente no le asiste posibilidad alguna de desempeñarse. Por eso mismo, sería de grave deslealtad, de burla sangrienta, que interrogara al Moreno sobre cuestiones de escritura.

Sin embargo, eso es precisamente lo que hace Martín Fierro[1]: siendo esto así, ¿cómo, entonces, no va a enfurecer al Moreno que su rival le formule una pregunta sobre un asunto de letras?

Y, por si hubiera alguna duda (que no la hay), el mismo Moreno puntualiza con absoluta precisión qué pregunta lo ha hecho enojar:

De la inorancia de naides
ninguno debe abusar;
[…].

He reclarao que en leturas
soy redondo como jota;
no avergüence mi redota,
pues con claridá le digo:
no me gusta que conmigo
naides juegue a la pelota.

En efecto, ya había declarado ser analfabeto («en leturas no conozco / la jota por ser redonda») y ahora lo ratifica, con una ligera variante («He reclarao que en leturas / soy redondo como jota»). Entonces, razona, ¿por qué Martín Fierro tiene la descortesía (la maldad) de hacerlo avergonzar por su analfabetismo?

 

3. Otros casos

Siendo el texto de ese pasaje de Hernández por completo unívoco y taxativo, costaría comprender por qué don Ezequiel leyó lo que no estaba escrito en ninguna parte. Y deliberadamente escribí «costaría» y no «cuesta» porque, en muchísimos otras páginas de su libro, se encuentran pasajes que, por disparatados y antojadizos, no me atrevería a aplaudir; de manera que ya no «costaría» tanto comprender la desatinada interpretación de la que acabo de ocuparme.

 

Buenos Aires, abril de 2006

 

Nota:

[1] Esta actitud de Martín Fierro invita a plantear una duda. Según el clima cordial por el que discurren las palabras de Fierro y por sus encomios hacia el adversario, no parece verosímil que la pregunta sobre cuestiones ortográficas haya sido formulada con la intención de humillar al Moreno. Más bien parecería que Martín Fierro ha olvidado la advertencia hecha por aquél más de trescientos versos atrás, y entonces, sin ninguna mala intención, lleva la payada hacia un terreno éticamente vedado. Independientemente de que esto sea así o no lo sea, es indudable que el Moreno estaba esperando la oportunidad de enojarse, y entonces esos «meses que train erre» le caen como anillo al dedo.

 

© Fernando Sorrentino 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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