Ficcionalización del exilio en la novela paraguaya

Boujemâa EL ABKARI

Université Hassan II
Faculté des Lettres et des Sciences Humaines
Mohammedia (Marruecos)
elabkari@gmail.com


 

   
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“Los exiliados siempre están para volver pero no vuelven; siempre a un paso de volver pero no vuelven”.
Casaccia, Gabriel: Los exiliados, Asunción, Ed. El Lector, 1986, p. 303.

“Pruebo ver el exilio no como una sanción política (…) sino como algo que me obligó a abrir al mundo, mirando en todo su complejidad y amplitud”.
“Entrevista a Augusto Roa Bastos”, in: Revista de Reseñas Literarias del New York Times,

Introducción

Paraguay es uno de los países del Continente latinoamericano que sufrió mucho -y que sigue sufriendo todavía- del fenómeno del exilio. La situación del país fue muy grave, en comparación con los demás países, debido a las varias causas histórico-políticas, a saber, el aislamiento carcelario tradicional del país, las múltiples guerras, los conflictos socio-políticos y, sobre todo, las sanguinarias dictaduras militares sucesivas. Sin embargo, gracias al fenómeno del exilio que la novela en este país -y la literatura, en general- pudo experimentar una significativa evolución creativa, como veremos más adelante. En este trabajo, nos hemos basado en el estudio de un corpus relativamente representativo tanto de la novela escrita dentro del país como la escrita y publicada fuera [1]. Así, para comprender mejor la trascendencia de la novela escrita fuera del país, intentaremos dar al lector las grandes líneas que conoció la actividad literaria de los exiliados paraguayos.

1- Cuadro histórico-político:

La llamada “novela del exilio” -o, de modo general, “la literatura del exilio”- es una constante relativamente reciente en las letras paraguayas. Varios factores contribuyen a su nacimiento. Rubén Cotelo considera la situación del país como la causa principal del exilio paraguayo [2]. Para el profesor Cotelo, las causas de la emigración paraguaya han de localizarse, primero, en los factores económicos, en la pobreza de la mayoría del pueblo, en los bajísimos salarios, en la carencia de oportunidades para profesionales e intelectuales y, luego, en las consecuencias nefastas de las dictaduras [3] .

Sin eludir totalmente las motivaciones económicas, Bareiro Saguier estima que el factor político es primordial en el fenómeno de la emigración. El exilio político es reciente en Paraguay, sólo cobra importancia a partir de los años 40-50. El profesor Bareiro Saguier establece una evolución de la migración paraguaya basándose sobre los estudios realizados, a finales de los años 60, por los investigadores paraguayos Domingo Rivarola y Andrés Flores Colombino [4].

Bareiro Saguier distingue tres períodos, a los cuales añadimos un cuarto, quizás, el más decisivo en la historia del exilio en Paraguay [5]:

1- a- 1900-1935: Fuerte migración interna.

Período que va desde principios de siglo XX hasta el comienzo de la guerra del Chaco. En aquella época, la migración fue esencialmente interna, la población migraba en busca de unas condiciones de vida mejor, aunque se dieron, de vez en cuando, casos de expatriaciones forzosas como consecuencia de las esporádicas “revoluciones” (levantamientos montoneros, motines, cuartelazos, etc.).

Sin embargo, hay que señalar que a principios del siglo XX, oposición política propiamente dicha fue embrionaria, muy debilitada por las consecuencias desastrosas de la derrota en la guerra de la Triple Alianza (1865-1870), en que Paraguay se había enfrentado a la alianza bélica constituida por Brasil, Argentina y Uruguay.

1- b- 1936-1946: Comienzos de la ascensión de los militares al poder.

Etapa que se caracterizó por el traslado del poder político de las manos de los civiles a las de los militares, como consecuencia de la guerra del Chaco y otros factores socio-políticos. En casi 10 años, se produjeron cuatro cambios de gobierno: en 1936 (Eusebio Ayala), en 1937 (Coronel Rafael Franco y Félix Paiva), en 1939 (General José Félix Estigarribia) y en 1940 (General Higinio Morínigo), de los cuales los militares salieron fortalecidos. Así, muchos dirigentes políticos, sindicalistas, estudiantiles, líderes campesinos, intelectuales, profesionales liberales se vieron obligados a dejar el país. Las peores condiciones de vida contribuyeron a la plasmación de la oposición política y a su organización clandestinamente.

1-c- 1947: Guerra civil generadora de un exilio masivo

La guerra civil del 47 constituyó el verdadero inicio del exilio político masivo e irreversible. El movimiento rebelde resquebrajó la estructura del ejército, al comprometer a un grupo importante de los jóvenes oficiales contra el dictador Morínigo. En aquella guerra se enfrentaron tres partidos políticos (Liberal, Febrerista y Comunista) al Partido Colorado, en el poder en aquel entonces [6]. La fratricida guerra civil duró seis meses y terminó con la victoria de los Colorados y el ala reaccionaria del ejército, gracias a la generosa ayuda del gobierno argentino del General Juan Perón en el momento decisivo de la lucha. Para vengarse de los insurrectos, el Partido Colorado emprendió una larga y sistemática campaña de persecución a todos los niveles de la escala social y a través de todo el territorio nacional. De esta manera, se produjo un exilio torrencial hacia Argentina, Uruguay y Brasil. Fue una “verdadera sangría nacional”, según la expresión de Bareiro Saguier [7] y fue motivado, primero, por razones puramente políticas y, más tarde, los paraguayos se vieron obligados a salir de su país, sobre todo, por causas económicas. La situación económica del país se había deteriorado considerablemente debido a la anarquía, el oportunismo y la deshonestidad administrativa instalados por el poder militar establecido. Bareiro Saguier afirmó que salieron del país unos 600 000 a 700 000 paraguayos, lo que representaba el tercio de la población total [8].

1-d- 1948-1954: Golpes armados para instaurar el régimen dictatorial

En este período, se sucedieron unos cinco presidentes (Juan M. Frutos, Natalicio González, Felipe Molas López, Federico Chávez y Tomás Romero Pereiro), a través de múltiples golpes armados. El predominio del Partido Colorado triunfante se desvaneció en 1954, con la llegada al poder del General Alfredo Stroessner. Al principio, éste se apoyó en el Partido Colorado, pero después monopolizó todos los poderes y decisiones, estableciendo, así, un poder dictatorial absolutista. Bajo su largo régimen (1954-1989), el movimiento migratorio pasó a constituir uno de los problemas capitales del Paraguay contemporáneo, debido a las enormes y dramáticas consecuencias que engendró, tanto en el nivel individual y familiar, como en el nivel nacional político, socio-económico y cultural.

Entonces, es natural que la literatura se ocupe de un fenómeno tan importante en la vida de un pueblo, como lo es el exilio, en busca de una efectiva toma de conciencia del asunto. Bareiro Saguier consideró 1947, año generador y promotor de una emigración masiva, como fecha de partida de la literatura del exilio [9]. Sin embargo, antes de este año se dieron algunas manifestaciones de este tema en la narrativa tradicional. Fariña Núñez en su cuento “Bucles de oro” (1912) [10] y Natalicio González en La raíz errante (novela escrita en 1937 y publicada en 1951) [11] habían cultivado el motivo de la emigración. El primero se refirió a los estudiantes paraguayos en Buenos Aires, signo de prestigio, como señalaría, más tarde, Jorge Ritter en El pecho y la espalda (1961). El segundo se interesó por la migración interna anterior a 1936. En aquel entonces, la política no era todavía factor determinante.

El exilio se afirma como tema recurrente, sólo a partir de los años 50, o sea, después de la guerra civil del 47. Apareció tanto en obras de escritores exiliados (Casaccia, Roa Bastos, Hugo Rodríguez Alcalá, Bareiro Saguier, Lincoln Silva, Rodrigo Díaz Pérez, entre otros), como en las de los que prefirieron quedarse viviendo en el Paraguay (José Luís Appleyard, Mario Halley Mora, César Avalos (hijo) y otros).

De este modo, este cuadro socio-político engendra dos realidades culturales que parecen antagónicas, pero que, en el fondo, son complementarias, particularmente en el plano novelesco, o sea, son dos caras de la misma moneda. Una tendencia conservadora-costumbrista, de modo general, cultivada celosamente dentro del país, y la tendencia crítico-realista desarrollada fuera de las fronteras nacionales. Esta división podría parecer un poco arbitraria, ya que se puede vislumbrar algunos rasgos de la primera tendencia en la segunda y viceversa.

Debemos señalar que esta dualidad existía ya mucho antes de los años 40-50. La primera tendencia intentó continuar la línea narcisista predominante en el período anterior y evolucionó lenta y tímidamente. La segunda adoptó un espíritu crítico y unas preocupaciones socio-políticas y artísticas claras, pero quedaron aisladas al no lograr una aceptación interna inmediata, debido a la fuerte censura ejercida sobre los intelectuales por el régimen establecido.

Efectivamente, el fenómeno del exilio contribuyó eficazmente a la evolución cualitativa y cuantitativa de la novela paraguaya escrita fuera y, por consiguiente, ensanchó la zanja que separaba ambas tendencias. A partir de los años 50, la novela escrita fuera -“la novela de fuera”- constituyó una realidad literaria inevitable en el ámbito cultural paraguayo. La crítica literaria de aquellos años hablaba de la “novela de dentro” y de la “novela de fuera” para aludir a las dos vertientes de la novela paraguaya. De hecho, el novelista paraguayo se encontró frente a una dicotomía que le imponían, precisamente, las condiciones de un doble exilio: el “exilio de dentro” y el “exilio de fuera” [12].

 

2- “El exilio de dentro”

El “exilio de dentro” es una especie de metáfora que remite a las condiciones de los novelistas -escritores, en general- que se quedaron en el país y que siguieron escribiendo, a pesar de las limitaciones que les imponía el medio político-cultural. Es cierto que el régimen totalitario sentía en cualquier denuncia social, aunque fuera a través de la literatura, un potencial peligro y amenaza. De allí, el aparato represivo dictatorial empleaba todos los medios posibles para reprimirla, porque veía en ella un acto político. De hecho, el novelista se sentía, a su vez, amenazado físicamente en cualquier momento y, por lo tanto, se condenaba al silencio, a vivir en un mundo cerrado, en el ‘exilio interno’.

En este proceso de ensimismamiento, casi patológico, el novelista se desapega de la realidad exterior y sufre en soledad al no poder exteriorizarse tal como lo desea. Esta situación de frustración, de miedo a que cualquier palabra suya pueda ser malentendida lo condena forzosamente a la incomunicación y al silencio [13]. Bareiro Saguier define esta condición del novelista paraguayo de “exilio del silencio” , lo que explica, precisamente, aquel ambiente de neurosis permanente impuesto por “el exilio de dentro”.

En este contexto, condicionado por una importante serie de factores limitantes, la poca producción narrativa escrita dentro del país resulta inferior a la que se desarrolla en el extranjero. El siguiente comentario de Josefina Plá resume perfectamente el negativo balance de la narrativa intrafronteras de los años 60-70.

Desde 1960, sólo se ha producido en narrativa el hecho críticamente importante: la aparición de La llaga (1964) de Gabriel Casaccia, residente en el extranjero. Es cierto que en 1963 un diario local promovió un concurso de cuento y en 1964 otro de novela corta. El resultado del primero autoriza a establecer que en esta narrativa intrafronteras dominan dos corrientes: la que evade toda alusión al entorno humano y social por la vía del exotismo, o mejor un “terralismo” en el que medio y personaje aparecen idealizados, se soslaya el planteo crítico de los hechos y se converge así sin proponérselo hacia el narcisismo que constituye la dominante ambiental [14].

En efecto, la narrativa intrafronteras fue limitada en el plano temático y técnico durante mucho tiempo. El exilio político fue casi inexplorable por la ‘novela de dentro’ hasta los años 80, porque fue uno de los temas prohibidos, como lo fueron los sucesos de la guerra civil del 47. Como consecuencia de la autocensura, esta narrativa intentó evitar la alusión, aunque fuera muy implícita, a temas vivenciales relacionados o derivados de esta tragedia colectiva.

En la narrativa, tanto intrafronteras como extrafronteras, el ‘exilio de dentro’ se manifiesta, de modo general, bajo una doble perspectiva:

En la primera, corresponde a una migración, una errancia, un éxodo, muy a menudo, del campo a la ciudad y, a veces, de la ciudad al campo también. Consecuentemente, ambos movimientos conllevan un cambio en la situación socio-económica de los personajes. El primer movimiento, el más importante, conduce muy a menudo a una ascensión social, aunque no sea duradera. Se realiza casi siempre hacia la capital para estudiar o buscar trabajo; mientras que la dirección inversa, al contrario, significa una huida, un retiro y, muchas veces, se acompaña por una degradación socio-económica.

En la segunda perspectiva, se trata de un ‘exilio’ que experimenta el personaje en su propia carne, en sus propias entrañas. Es un exilio patológico que desemboca, frecuentemente, en una pérdida de contacto con la realidad circundante y contribuye a franquear zonas como la locura, la desesperanza absoluta y la muerte.

El personaje narrativo, que vive dentro o fuera del país, parece no poder escapar a su condición de ‘exiliado’. Muchos son los que dejan su pueblecito para ir a estudiar en Asunción y, luego, intentan, cada uno a su manera, medrar socialmente. Esta forma de ‘exilio’ se plasma a través de Ramón Fleitas, en La Babosa y Gilberto Torres, en La llaga de Casaccia; Miguel Vera, en Hijo de hombre de Roa Bastos y Carlos Salcedo, en Los hombres de Celina de Mario Halley Mora. Otros, abandonan sus ciudades y villorrios para escapar a la represión, a la miseria o por razones personales, como, por ejemplo, Eusebio Rivas, en Follaje en los ojos de José María Rivarola Matto; Casiano Jara y su familia, en Hijo de hombre de Roa Bastos.

El caso de Ramón Fleitas es significativo. A pesar de vivir muchos años en la capital, Fleitas sufre, como casi todos los rurales que viven en la ciudad, unas consecuencias sicológicas negativas, lo que pone de relieve la problemática originada por el complejo de la dicotomía campo-ciudad [15]. Llega a ser abogado y pretende ser poeta y novelista, su gran sueño es emigrar a Buenos Aires para escribir e integrarse en el mundo de los grandes escritores [16]. Sin embargo, su suegro le ofrece una vivienda y lo obliga a ir a vivir en Areguá. Allí empieza su verdadera experiencia del exilio. Ramón se siente encarcelado en Areguá. El pueblecito le agobia, porque lo aleja de la capital y frena todas sus ambiciones de escalar social y literariamente. Convencido de que nunca será un gran escritor ni ilustre abogado, como su suegro, Fleitas se ofrece a los vicios (alcoholismo, juego, robos, etc.). Para salvarlo, un amigo suyo interviene para que lo nombren juez de paz en un pueblecito perdido en las Misiones [17]. Allí, Fleitas deja sus ilusiones de grandeza y se exilia definitivamente de la esfera de los círculos sociales de Asunción y Areguá.

En Follaje en los ojos de Rivarola Matto e Hijo de hombre de Roa Bastos aparecen casos ilustrativos del dicho ‘exilio de dentro’. Eusebio Rivas, protagonista de Follaje en los ojos, un joven de familia pobre de Asunción, después de abandonar la facultad de derecho, por una “aventura escandalosa” que tuvo con Margot, se autoexilia refugiándose en la selva del Alto Paraná. Es un personaje conflictivo, paradójico, indeciso e irresponsable en muchos actos. En un villorrio de la zona selvática solicita un lote municipal y construye un rancho para fundar un boliche [18]. Conoce a Clara, hija de una prostituta del perdido pueblucho; abandona su comercio para ir a vivir con ella en otra región de la selva [19]. De esta manera empieza verdaderamente su ‘exilio’ infernal. Primero, trabaja en un obraje como mensú [20], tarea que no conviene a un intelectual asunceno, tanto por su dureza como por los diversos tratamientos crueles de explotación e injusticia -que sufren los mensúes. Esta situación acentúa todavía más su gran frustración e inclinación al alcohol. Luego, se libera del obraje. Sus ganancias del boliche le permiten comprar una charca y, así, se convierte en campesino aprendiendo a plantar maíz, naranjo, mandarina y piña. Esta actividad no sólo le asegura vivir dignamente, sino también le ayuda a reconciliarse consigo mismo, aunque sea momentáneamente. En el fondo, Rivas no llega a olvidar su pasado con Margot, ni a esconder su identidad, porque su memoria sigue viva y muy activa. Entonces, decide volver a Asunción. Pero, en una operación de contrabando, que emprende para ganar el dinero que le falta para realizar su sueño, pierde la vida en una región del Alto Paraná, dejando embarazada a Clara [21]. Rivas fracasa como casi todos los personajes errantes y perdidos.

En Hijo de hombre, se puede notar más desplazamientos erráticos que en Follaje en los ojos, como el éxodo de la familia de Casiano Jara y los demás personajes que huyen de la represión militar. Varios personajes encarnan este tipo de ‘exilio de dentro’. El ejemplo más significativo lo ilustra Casiano y su familia, personajes de Hijo de hombre. Casiano es un campesino rebelde; conoce a Natividad en Sapukai, durante una sublevación campesina [22]. Después del fracaso de la insurrección, los rurales rebeldes han sido expuestos a una violenta represión por el régimen establecido. Para escaparse, Casiano y Nati emprenden la aventura de ir a trabajar en los yerbales. Allí, conocen una explotación inhumana [23] y, por lo tanto, un sentimiento de abandono y destierro. Así, deciden huirse del yerbal con Cristóbal, su hijo recién nacido. En una larga e infernal empresa, llegan a escaparse, gracias a su fuerte voluntad de vivir libres. Casiano muere quedándose fiel a su ideal “un poco de tierra y libertad” [24]. Así, el exilio y la libertad tienen una significativa relación dentro del contexto socio-económico y político paraguayo.

Los conflictos bélicos constituyen otro motivo para el desplazamiento de la población. Las consecuencias de la guerra del Chaco fueron catastróficas en todos los niveles. Las masas populares movilizadas fueron conducidas a la humillación y al exilio en su propio país. Casi todos los ex-combatientes están presentados en la mayoría de los textos narrativos consultados como seres marginados y patológicos.

El sargento Crisanto Villalba, personaje de Hijo de hombre, después de la guerra, no llega a identificar a los suyos, ni a sus compañeros de combate, ni su pueblo, ni su propia chacra. Crisanto sufre un profundo desarraigo e inadaptación entre los suyos como consecuencia de las atrocidades de la contienda, lo que le empuja a sumirse en una incomunicación total con lo que lo rodea, incluso, parece perder la voz, habla con mucha dificultad; es sólo “una triste sombra” de un hombre, por ser “indiferente y lejano”[25] , lo calificaría el narrador.

En efecto, síntomas como la pérdida de la memoria, el silencio profundo, la locura y la alienación son manifestaciones de aquel estado del ‘exilio interno’ que conduce irremediablemente a la marginación. En Yo el Supremo de Roa Bastos, se encuentra un caso muy particular. Se trata de Tevegó, una tierra de destierro por excelencia, un “pueblo-penitenciario” donde el Supremo -el primer dictador perpetuo del Paraguay- exilia a intelectuales, opositores políticos y a todos los “vagos, malentretenidos, conspiradores, prostitutas, migrantes, tránsfugas de todo pelo y marca” [26]. Así, se teje una leyenda muy extraña alrededor de este raro pueblo-penal poblado por excluidos, intelectuales y políticos degradados que parecen como “bultos” inmóviles, gente ni viva ni muerta, gente “sin sentimiento”, “ni grito de humanos ni de animales” [27]. En este mundo carcelario, el exiliado pierde su humanidad y dignidad, de este modo el Supremo elimina a todos los que perturban su afán de formar y consolidar su “República”; incluso, cierra las fronteras del país para que no puedan escapar a su control y, sobre todo, lo hace en contra de los extranjeros -los porteños, en particular. En este caso, el país entero se transforma en una especie de parodia del Tevegó, una cárcel gigante, donde los paraguayos viven como exiliados internos.

Aparecen también muchos excluidos, marginales, autoexiliados, sobre todo, en las obras de Roa Bastos y Halley Mora, como los leprosos que viven en leprosarios, alejados de la población, mendigos que pasan su vida en trenes -en idas y vueltas recorriendo todo el país- y masas paupérrimas, abandonadas a su suerte que vegetan en los suburbios de la capital.

De hecho, el “exilio interno” antes de ser un fenómeno puramente localizado en el espacio es, sobre todo, un estado mental y sicológico profundamente alarmante y neurálgico experimentado por varios personajes novelescos en las obras estudiadas.

 

3- “El exilio de fuera”

Se trata de una verdadera situación de destierro vivida por Casaccia, José María Rivarola Matto, Lincoln Silva (Argentina) y Roa Bastos (Argentina, Francia y España). Evidentemente, éstos no son los únicos novelistas paraguayos que continúan escribiendo a pesar de la traumática experiencia del exilio, ya que, lejos de su país, se ven libres del suplicio de la autocensura y de las demás restricciones [28].

Es cierto que el exilio político es una dura prueba que no sólo cambia la vida del escritor sino también su concepción de ver el mundo. Los personajes que pueblan las novelas extrafronteras atestiguan, como veremos, de la enorme carga y experiencia negativa del destierro, pero en muchas oportunidades, los escritores afirmaron que el hecho de vivir fuera de su país les ofrecía, a pesar de todo, una experiencia enriquecedora.

En el exilio, el novelista paraguayo pudo entrar en contacto con nuevos ambientes culturales, distintos espacios y, sobre todo, con las recientes prácticas y experiencias de la escritura moderna, por lo tanto, adquirió una nueva sensibilidad que se fue evolucionando e incorporando a su hacer creativo [29]. En efecto, gracias a la dolorosa experiencia del exilio, la escritura de muchos novelistas paraguayos se vio madurar considerablemente, como es el caso de Casaccia, Roa Bastos, Bareiro Saguier, Rivarola Matto, Lincoln Silva, entre otros narradores y novelistas. El exilio fortaleció su personalidad, desarrolló su horizonte mental y anímico y, de hecho, ensanchó su propia visión del mundo. Sin embargo, esto no significó en absoluto que renunciaron por ello a sus raíces ni perdieron su identidad; al contrario, ésta se enraizó todavía más en lo más profundo del ser del creador. De modo general, la experiencia del exilio fue positiva en el plano artístico e intelectual. Casi todos los novelistas desterrados lo afirmaron. Así, sin dejar de calificar la situación de destierro de traumática, Roa Bastos reconoció, en un diálogo con Bareiro Saguier, que:

El exilio fue para mí mi verdadera universidad, ya que no tuve ninguna. Aprendí las tres o cuatro cosas fundamentales que pueden sostener hasta el fin una existencia a la intemperie como la mía. En el alejamiento forzoso de mis fuentes de realimentación y en el descentramiento de contextos más vastos y complejos -en los que fui entrando y por los que empezó a irrumpir la dimensión planetaria-, aprendí a relativizar mi propia experiencia y a considerar el exilio como una mutación del concepto de realidad, que modificaba todo lo anterior y creaba una especie de segunda naturaleza [30].

Por su parte, Casaccia subrayó igualmente la importancia de su condición de exiliado y la significación que había tenido en la evolución de su escritura:

Yo emigré de mi país en 1935, después de la guerra del Chaco porque la situación económica y política se presentaba muy sombría. Desde el punto de vista de la tranquilidad para escribir, sin problemas políticos ni de otros órdenes, el alejamiento me fue beneficioso. Pero me debe haber sido perjudicial perder el contacto directo y permanente con mi tierra y sus habitantes. No obstante, si me hubiera quedado, todo hubiese sido distinto, tan distinto que otra hubiese sido mi creación, yo, y mi vida entera [31].

Según estas declaraciones, la mayoría de los novelistas paraguayos sacaron gran provecho del fenómeno del exilio. Así, aparece lo llamado por Josefina Plá, “el perspectivismo” [32], motor del proceso renovador no sólo de la novela sino de las letras paraguayas en general.

La novela escrita en el exilio o la ‘novela de fuera’, pues, se distingue por emplear una variada temática que evidencia una concepción bien determinada de la vida y de la literatura. La historia nacional, la dictadura y sus manifestaciones (la violencia, el terrorismo de estado y la actuación de las fuerzas armadas), la militancia armada, el exilio y sus múltiples facetas atestiguan de un compromiso socio-político particular con la causa del pueblo paraguayo.

Esta conciencia particular la comparten casi todos, cada uno a su manera; la de Casaccia nos parece elocuente y corroboradora de la ideología de la novela extrafronteras. Casaccia dijo en una carta, dirigida al crítico cubano Francisco E. Feito, resumiendo la base de su novelística:

Yo creo que mi obra interpreta al Paraguay y al hombre paraguayo en profundidad, en cierto momento de su historia. Ve su condición y su realidad. Doy testimonio sin comprometer mi juicio. Cumplo con el fin del intelectual que es ser una parte necesaria de la conciencia de su patria durante los años de su vida [33].

Así, la producción novelesca de los exiliados se caracteriza por una aguda conciencia socio-política y una sólida convicción de que el intelectual debe asumir una posición de compromiso frente a su realidad y a la de su pueblo sin que su postura ideológica influya negativamente sobre sus creaciones [34]. De hecho, el novelista exiliado toma una considerable conciencia de su labor y misión narrativas. Precisamente, a una pregunta de Günter W. Lorenz relativa a la armonía de las ideas con la forma, de la ética con la estética en el compromiso literario, Roa Bastos le contesta:

Cada hombre puede y debe comprometerse, en esta época no hay alternativa, creo que nunca la hubo. Al contrario de los otros hombres el escritor es el encargado de articular su compromiso, su obligación moral, si desea ser un escritor cabal, lo que significa ni más ni menos que el compromiso ético debe estar asentado sobre una firme base estética, debe mantener perfecta su maestría, porque solamente así puede convencer, y un compromiso que no puede convencer no es compromiso [35].

Las obras escritas en el exilio contribuyeron, en gran medida, al desarrollo de la literatura paraguaya, sobre todo, del género narrativo. Efectivamente, gracias al fenómeno del ‘perspectivismo’ que la novela paraguaya se encauzó verdaderamente hacia la modernidad, conjugando admirablemente ideología y estética en muchos casos. A partir de los años 50-60, los escritores ‘de fuera’ desempeñaron un papel cultural muy importante. La recepción de sus obras en el país causaba frecuentemente un impacto considerable, lo que favoreció, de una manera o de otra, el enriquecimiento del quehacer literario. Frente a este fenómeno, la mayoría de los escritores ‘de dentro’ se vieron obligados a renovar su modo de concebir la vida y el quehacer literario. De este modo, evolucionaron paulatinamente en su escritura integrándose, así, a las prácticas narrativas modernas y, abriéndose al mundo exterior.

En efecto, gracias a la influencia de La Babosa, El trueno entre las hojas e Hijo de hombre se renovaron el espíritu y los temas narrativos en Paraguay. Estas obras inauguraron la corriente cuestionadora de la realidad paraguaya, cuando predominaba en Paraguay la tendencia costumbrista que se había inspirado básicamente de la temática del folklore, de las tradiciones y de los mitos guaraníes. La influencia de las obras de Casaccia y de Roa Bastos fue decisiva en la modernización de la escritura narrativa. El sentido crítico, la renovación temática, los recursos estilísticos y estructurales, sobre todo los manejados por Roa Bastos en Hijo de hombre, fueron fuente de inspiración para Villagra Marsal en Mancuello y la perdiz y Lincoln Silva en Rebelión después y General General, mencionamos sólo a los novelistas del corpus. Ambos novelistas se adentraron en la idiosincrasia popular y en las raíces lingüísticas del pueblo paraguayo para rescatar la memoria, la palabra y las creencias colectivas ancestrales.

En la renovación temática se destaca, precisamente, el exilio como uno de los temas favoritos de de la novela paraguaya contemporánea escrita fuera del país, debido a su importancia en la vida del pueblo paraguayo. Es omnipresente en muchas novelas directa o indirectamente, a través de una serie de alusiones y hechos relativos a la vida del desterrado en su nuevo medio, a sus padecimientos, sueños, frustraciones y militancia. Por ejemplo, Lázaro López, el protagonista de Rebelión después, describe lo que observa en un largo soliloquio:

Estoy sentado sobre un banco de la plaza Uruguay, mirando hacia la estación, viendo subir a los pasajeros que parten para la Argentina [36].

En una calle de la capital, Lázaro fue detenido sin comprender por qué. En sus reflexiones acerca de su condición y de la identidad de los que podrían arrestarle, llega irónicamente a esta conclusión:

Además, aquí en la capital casi no hay enemigos del Gobierno. Está la Oposición Parlamentaria, que sabe Dios por qué no tiene adictos. Los demás están en el exilio y los otros en la cárcel o escondidos para siempre bajo la tierra [37].

La presencia del exilio por alusiones sutiles y significativas aparece también en Los Huertas y Los herederos de Casaccia y en Hijo de hombre de Roa Bastos. En otros casos, la presencia del exilio es más efectiva, como en Imágenes sin tierra (1965) de Appleyard, Los exiliados (1966) de Casaccia y El fiscal (1993) de Roa Bastos.

Imágenes sin tierra y Los exiliados se publican a mediados de los años 60, mientras que El fiscal se publicó a principios de los 90. A pesar de que muchos años separan la aparición de la novela de Roa Bastos de las obras de Appleyard y Casaccia, encontramos en ellas las mismas preocupaciones individuales y nacionales [38] con ciertas variantes inherentes a la concepción de la escritura de cada novelista.

Debemos señalar que Imágenes sin tierra, aunque trata el tema del exilio político como lo hicieron los novelistas de fuera, es una ‘novela de dentro’ que se había escrito y publicado en Paraguay. En los años 60, varios intelectuales ‘de dentro’ (novelistas, poetas, dramaturgos, artistas plásticos) desafiaron abiertamente al régimen de Stroessner publicando obras de denuncia y condena socio-políticas. A raíz de esto, algunos escritores fueron perseguidos por la dictadura. José Luís Appleyard [39] fue uno de los ‘rebeldes’ como lo atestigua su novela, la primera en abordar el tema dentro del país sin autocensurarse demasiado.

Ifigenio Rodríguez, uno de los muchos exiliados paraguayos de Imágenes sin tierra, define el exilio de una manera muy subjetiva, precisa y amarga:

Un dolor de cabeza vago y constante. Podemos olvidarnos de él mientras trabajamos. No pensando. Pero él está ahí. Un telón de fondo gris, sin rajaduras. Salimos a la calle, conversamos, leemos y por el menor resquicio se cuela como un viento frío. Es imposible rehuírle. Está. Está siempre [40].

El exilio es una experiencia profundamente traumatizadora y dolorosa. Es un destino que el desterrado tiene que enfrentar cotidianamente. Es una situación, un estado, un tiempo crueles que torturan y roen al exiliado aniquilándolo en lo más hondo de su fibra moral. El exilio constituye, entonces, para los novelistas desterrados una realidad irrevocable tanto en el nivel socio-político como sicológico.

Entre las masas paraguayas que afluyen al extranjero, a Argentina en particular, no sólo encontramos a novelistas-intelectuales, sino también a representantes políticos, estudiantes, obreros, campesinos y siempre hay posibilidad que lleguen nuevos [41], o sea, la hemorragia humana es continua y permanente. Las causas del exilio son varias, el narrador de Imágenes sin tierra las define en pocas palabras:

Diversos motivos unidos en el vértice de un mismo efecto. El destierro. Política. Miseria. Persecución. Hambre. Cualquier cosa [42].

Varios textos narrativos del período estudiado (1950-1980) ponen de relieve la magnitud de este fenómeno tanto en el espacio como en el tiempo. Como veremos más tarde, un personaje de Hijo de hombre alude a la “revolución” -sublevación armada- de 1912 y al flujo de paraguayos, producido por su fracaso, hacia las fronteras argentinas. Por su parte, el narrador de Los exiliados de Casaccia presenta a los masivos exiliados por el año de su destierro, año que corresponde, muy a menudo, al fracaso de un intento de sublevación contra el poder establecido:

A los exiliados paraguayos en el extranjero, se los conoce y se los agrupa por el año que la revolución o de la asonada que les deportó a desterrarse. Hay aquéllos de la revolución del año 1908, de los que quedan pocos; luego, los expulsados por la insurrección del año 1911; después, vienen los del año 1912; le siguen los desterrados por la revolución de 1922 y 1947, y así sucesivamente [43].

La variedad de términos que definen las causas del exilio político (‘revolución’, ‘asonada -motín-’, ‘insurrección’, etc.) y las víctimas (‘exiliados’, ‘deportados’, ‘expulsados’) del destierro muestran el aspecto repetitivo y el carácter cíclico de este fenómeno.

Como se ha mencionado, 1947 corresponde a la revolución de Concepción, es un año decisivo en la historia contemporánea paraguaya, porque sus consecuencias fueron trágicas para la oposición política y, en particular, para los liberales. En Los Huertas, Casaccia hace eco de lo que padecieron los liberales después de su fracaso en esta guerra civil y de lo que soportaron los exiliados:

Fue tal el despárramo de los liberales después de la revolución del 47, que ni una bomba de hidrógeno hubiera podido producir tal fraccionamiento (…) Andaban perdidos por los cinco continentes [44].

A pesar de que la alusión al espacio del exilio de los paraguayos abarca a toda la tierra, en realidad, Argentina es la que recoge a la gran mayoría de ellos y, concretamente, las ciudades y pueblos fronterizos, como Posadas, Formosa o Clorinda [45].

Tenemos que subrayar que Buenos Aires aparece como un temible refugio para los exiliados paraguayos. Esto se explica, quizás, por ser una de las gigantescas urbes del continente que infunde miedo. Los personajes que vivieron en esta capital guardan un amargo recuerdo. Buenos Aires “tiene fama de ser una ciudad egoísta y fría” [46], según doña Amelia, en Los herederos de Casaccia, porque su hijo Florino gastó toda la herencia de la familia allí, durante su exilio de 1937, al no encontrar trabajo [47]. El coronel Balbuena, personaje de La llaga de Casaccia, pasó algún tiempo en Buenos Aires como exiliado, confirma el aspecto negativo de la capital porteña, al presentar otra imagen de esta ciudad cosmopolita:

-Tú sabes lo que es vivir entre millones de seres humanos desconocidos, que van y vienen apresuradamente por las calles, viendo todo el día ese girar sin sentido de gente y automóviles. Gente, asfalto y automóviles [48].

Evidentemente, no todos estos desterrados dejaron su tierra para ir a vivir en otros países por causas políticas, existen otras muchas, aunque parece que todo exilio es, ante todo, político en las novelas del corpus. Los demás motivos del destierro más claros son los económicos. Albino Fuentes, personaje de Los herederos, prefiere exiliarse a Argentina porque este país brinda más oportunidades de rehacerse y ganar bien su vida. Albino Fuentes establece una neta distinción entre Paraguay y Argentina:

Allá es fácil trabajar. Hay miles de ocupaciones (…); aquí en el Paraguay en cambio es difícil. Hay sólo cuatro o cinco trabajos que podés emprender, y para esos pocos hay miles de candidatos [49].

En efecto, de las dos principales causas -la política y la económica- la política es la más reiterada en la novela del exilio. En casi todas las novelas del corpus, existen alusiones a las precarias condiciones de vida en el país y, por lo tanto, muchos piensan en emigrar para mejorar su condición socio-económica. Para algunos familiares de los desterrados, salir del país es ya en sí una ascensión social. Ello explica “el éxodo” masivo y cada vez más creciente hacia Argentina [50]. Los parados que perdieron toda esperanza en su país, porque pasaron “meses sin conseguir un trabajo” [51], toman la decisión de autoexiliarse para escapar a la pobreza, a la humillación, a “deudas y rencores” [52]. En realidad, la gran mayoría de los desterrados tanto por razones económicas como políticas llevan -donde estén- una vida precaria y difícil en todos los niveles.

En cuanto al exilio político y a la inestabilidad de la política paraguaya, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, se reflejan en la narrativa a través de personajes, como el doctor Brítez, personaje de La Babosa, eminente abogado y político, fue deportado y “reimportado” según los cambios de la junta gubernamental [53].

En estas obras -y, en otras-, muchos tuvieron que abandonar el país por la caída de su partido político o por los cambios de gobierno. Así, tuvieron que vivir desgraciados en el exilio esperando otros cambios para poder volver al país.

Otros abogados, Gamarra y Andrada, representan, en Los exiliados, el drama del exilio de los profesionales. El doctor Gamarra fue deportado hace veinte años cuando había caído su partido, a raíz de un golpe revolucionario. Gamarra no pudo ejercer su profesión en Posadas, aunque lo deseaba fuertemente por falta de recursos económicos necesarios para abrir un despacho [54]. Para mantener a su familia, el abogado abrió una pensión, ya que no había encontrado ningún trabajo compatible con su profesión. Su colega, Andrada, había llegado mucho tiempo antes de él y había seguido inestable, sin trabajo fijo ni intención de establecerse en Posadas, porque nunca perdió la esperanza de volver muy pronto a vivir con los suyos. En una charla con Gamarra le confesó con cierta inocencia:

Cuando llegué pensé que estaría aquí unos meses y que en seguida volvería a nuestro país [55].

El caso de estos abogados es significativo, porque evidencia la dificultad que encuentran muchos exiliados para integrarse en la sociedad en que están viviendo a lo largo de los años. Muchos ejercen trabajos ocasionales y degradantes para sobrevivir, lo que les mantiene muy a menudo marginados social y económicamente.

En general, casi todos pasan por un período de transición que puede ser breve o largo según los casos y las sociedades donde les toca vivir. Félix Moral, protagonista de El fiscal, fue detenido y torturado atrozmente. Debido a este suceso, se vio obligado de dejar el Paraguay. Pasó por varias capitales hispanoamericanas antes de llegar a Francia, país que lo adoptó como ciudadano suya y le proporcionó la oportunidad de hacer de profesor en una universidad del sur. Sin embargo, nunca se sintió completamente establecido e integrado en la sociedad francesa.

En efecto, esta inestabilidad es causada, en gran parte, por las malas condiciones en que sobrevive la mayoría de los desterrados. Viven más bien en espera de un futuro que en el presente que les toca vivir. Este presente es sólo una especie de puente hacia lo que más desean: regresar al país. Esta esperanza de volver a la patria algún día, constituye la razón de vida de muchos exiliados y el fundamento de su equilibrio sicológico.

En Imágenes sin tierra y, sobre todo, en Los exiliados, la esperanza común de regresar a la tierra querida fue motivo de todas las reuniones, ocasionales o cotidianas, en los cafés y pensiones. Estas reuniones y alborotadas charlas en guaraní desempeñaban un papel sicológico muy importante; funcionaban como una “válvula de escape”, ya que los exiliados se desahogaban hablando de sus proyectos, sueños y esperanzas, era como un baño cotidiano que aliviaba su desarraigo, sus angustias, sus sufrimientos, sobre todo, en los casos del exilio prolongado y sin término. En el fondo, muchos sabían que no era fácil volver como lo deseaban. Algunos estaban conscientes de ello como dijo uno de los personajes de Los exiliados:

Los exiliados siempre están para volver, pero no vuelven; siempre a un paso de volver, pero no vuelven [56].

Los proyectos de futuro en la vida de un exiliado son de suma importancia, porque tienen la misma función de escape que las largas y continuas discusiones. Los sueños tratan, muy a menudo, de suavizar las adversidades del presente al darse cuenta de que el regreso tan esperado se desvanece cada día más. Zabala, otro personaje de la novela de Casaccia, teorizó bastante sobre la necesidad de sublimar las decepciones para sobrepasarlas y seguir adelante. Dijo:

Me traslado a otro mundo con la fantasía, escapándome de éste. ¡Sueño! Hay que soñar mucho, como quien se droga, para que el corazón no se nos rompa al chocar con este mundo duro y vacío [57].

Cuando el desterrado pierde la capacidad de soñar, de escaparse, entonces llega el momento de la verdad, de aceptar el presente amargo con todas sus adversidades. En este caso, se emprende la extenuante y agotadora experiencia de la destrucción definitiva. Tal es el ejemplo del doctor Gamarra, en Los exiliados, del Padre Rosales, en La Babosa, de Ifigenio Rodríguez, en Imágenes sin tierra y, en cierta medida, de Félix Moral, en El fiscal. Casi todos se hunden silenciosamente en un estado enfermizo de ensimismamiento, soledad, melancolía, e incluso, de cobardía y miedo que sienten frente a sus propios recuerdos!

En una de las angustiosas discusiones con su mujer, Gamarra profundamente decepcionado, le confesó que su situación no tendrá ninguna salida:

… qué voy a hacer allí, en qué voy a trabajar. Vivir en un hotelucho como aquí no puedo. Ahora se me perdona esta tarea denigrante porque soy un exiliado (…) ¿Qué puedo hacer a los setenta y siete años en Asunción con el general Alsina en el Gobierno…? Empezar, ¿qué? [58]

Lejos de la tierra natal, los desterrados tienden muy a menudo a idealizarla con el tiempo, y cuando se encuentran entre los suyos, si esto sucede alguna vez, se percatan de que todos estos años de ausencia han modificado su modo de ver el mundo. De hecho, se dan cuenta de la imposibilidad de volver a vivir como antes. Félix, el intelectual activista y protagonista de El fiscal, es el que constata con un tono trágico esta realidad de orfandad absoluta. Cuando llegó a Asunción, reveló lo siguiente: “Me siento sin embargo más extranjero que ellos -los asuncenos, los suyos!-”, porque “yo que perdí en el extranjero mi lengua, mi aspecto físico y mi modo de ser no me reconozco en esta gente” [59].

Como la vuelta al país no es siempre asegurada ni fácil, Imágenes sin tierra y El fiscal ofrecen dos intentos de regreso, uno colectivo y otro individual. En Imágenes sin tierra, los exiliados decepcionados se ensimismaron silenciosamente, prefirieron vivir apacibles, aunque carcomidos por la melancolía y la nostalgia a su tierra y a los suyos. Muchos de ellos estaban convencidos de la esterilidad de cualquier acción para regresar a la patria [60]. Otros, más positivos y activos, estaban decididos a militar y a movilizar a las masas exiliadas para obrar conjuntamente [61]. Entonces, optaron por volver mediante una lucha armada para derrocar al régimen dictatorial y liberar al país [62]. Pensaban que de este modo se podría facilitar el regreso al país de todos los exiliados políticos.

Evidentemente, este objetivo requiere una gran madurez política, un gran poder de organización, una absoluta abnegación y cierta experiencia militar o, por lo menos, experiencia en manejar las armas e interpretar correctamente los mapas. En realidad, son poquísimos los exiliados que gozan de estas condiciones.

Los pocos dirigentes multiplicaban las reuniones y encuentros. El proyecto empezó a salir a la aplicación: se organizó un almuerzo de “solidaridad con la causa” para recaudar fondos, se pronunciaron y se intercambiaron discursos entusiastas y patrióticos. Sin embargo, se vislumbró la existencia de varios factores que perjudicaban la unión de la oposición paraguaya en el exilio, como los conflictos y el oportunismo políticos.

Precisamente, en plena reflexión acerca de su plan de acción, Félix se dio cuenta de que volvió a estar inmerso en un ambiente que había vivido ya en Buenos Aires:

Sentí que estaba recuperando sin querer el tono falsamente rebelde y patriotero de los primeros años de exilio: el “tono” del café Berna, en Buenos Aires, una de nuestras “trincheras” de reuniones clandestinas en las que incubábamos sueños heroicos de revolución y salvación nacional en nuestro enrevesado dialecto hispano-guaraní, que desorientaba y despistaba a los espiones de la policía argentina [63].

Seguramente, Félix se refiere a los años 50-60 en que el entusiasmo de las masas exiliadas conoce una gran ebullición revolucionaria y una especial acción por volver y liberar al país del yugo dictatorial. Muchos de los sucesos de Imágenes sin tierra hacen alusión a este período de fuerte efervescencia subversiva e insurrecta.

En El fiscal, después de dos intentos fallidos de retorno a Paraguay [64], Félix decidió planear minuciosa y secretamente, a su manera, un proyecto de vuelta al país con la misión de asesinar al “tiranosaurio” [65], a Stroessner, el general presidente. De este modo, pensaba emprender esta aventura no sólo para sí sino también para sus compatriotas. Idea que se destacó, sobre todo, a través de las muchas discusiones que mantenía con Jimena (o “Morena”, como le gustaba llamarla), su compañera:

hay momentos en que todo lo que ha sido y es el ser humano puede condensarse en un acto supremo de rescate para sí y para los demás [66].

La idea de regresar para “rematar al tirano” y “cambiar por completo la suerte de una sociedad esclavizada” [67], le obsesiona. Así, para poner en práctica sus objetivos, Félix se disfrazó totalmente o, mejor dicho, se metamorfoseó: cambió de nombre y de aspecto físico [68]. Al referirse a su metamorfosis, dijo:

No puedo regresar con la cara del proscrito. He tenido pues que adoptar un nombre seudónimo y un cuerpo seudónimo que tornara irreconocible el propio, no digo el verdadero porque ése ya tampoco existe (…) Ahora me llamo Félix Moral, profesor asociado a la Universidad de X [69].

La oportunidad se presentó a Félix para volver al Paraguay y llegar hasta el propio dictador. Stroessner invitó personalmente a los intelectuales del mundo a participar en un Gran Congreso que tendrá lugar en Asunción. Este congreso entrará en las celebraciones que conmemorarán el trigésimo aniversario del ascenso al poder del general presidente [70]. Félix fue invitado a esta gran actividad cultural y, de este modo, llegó a Asunción. Sin embargo, la policía lo identificó, lo detuvo y lo ejecutó vilmente, sin piedad, antes de llevar a cabo su proyecto [71].

En cambio, los exiliados en Argentina tenían que luchar para volver a la patria. Los guerrilleros empezaron a entrenarse y a manejar las distintas armas. La preparación se hacía cada vez más dura y, a pesar de ello, todos los voluntarios tenían gran fe en la victoria [72]. La hora del ataque se acercó. La oposición clandestina de dentro adhirió a la acción armada y prometió ayuda y colaboración a los compañeros guerrilleros de fuera [73]. El ataque se inició difícilmente a través de una selva; los combatientes franquearon la zona fronteriza y penetraron en el país con muchos sueños e ilusiones. Pero, como siempre, los militares se enteraron de todos los proyectos de los exiliados. Primero, detuvieron a los ‘conspiradores’ de dentro para neutralizarlos y, de este modo, privaron a los guerrilleros de su apoyo; luego, esperaron el momento oportuno para contrarrestar y exterminar a los ‘invasores’. La acción armada fracasó, sólo se salvaron pocos, porque siempre hubo traidores a la causa como sucedía en muchas ocasiones anteriores [74]. El ciclo de luchas y exilios pareció cerrarse momentáneamente para volver a abrirse de nuevo más tarde. Los militares terminaron con otra tentativa de invasión y aseguraron, de hecho, seguir en el poder casi eternamente.

Estas novelas, sobre todo Imágenes sin tierra, ponen de relieve las luchas ideológicas en el seno mismo de la oposición paraguaya en el exilio. Los comunistas no se incorporan a las luchas armadas y, por lo tanto, los demás revolucionarios les responsabilizan de los repetidos fracasos y traiciones [75]. Estas divisiones ideológicas benefician a la dictadura, ya que el poder establecido intenta siempre dividir la oposición política en el exilio para controlarla mejor y hacer fracasar sus proyectos. El fracaso es una realidad trágica y desesperanzadora para los exiliados. No se busca otra justificación a la derrota, es siempre producto de una traición en los textos narrativos estudiados. En general, se elude la mención de los motivos del fracaso inherentes a la acción revolucionaria misma, como la falta de una verdadera unión política de la oposición y de la logística necesaria para enfrentar adecuadamente a los aparatos de represión del régimen totalitario. Evidentemente, el poder reaccionario y dictatorial está bien organizado y preparado para aplastar todas las sublevaciones, ‘montoneras’ e invasiones repetidas. Por eso, el fracaso parece ser como una maldición inherente a toda acción revolucionaria de la oposición política de ‘dentro’ o de ‘fuera’.

De modo general, el tema del exilio político constituye uno de los factores comunes a la narrativa de Appleyard, Casaccia y Roa Bastos. Estos novelistas recurren al contexto histórico y socio-político del país para justificar el tratamiento del dicho tema. Todos intentan representar al exiliado desde distintas perspectivas. Appleyard y Casaccia, sin negarles la primacía de ser fundadores de la novela moderna paraguaya, siguen atándose a algunas parácticas y temas tradicionales. Sin embargo, observamos en Imágenes sin tierra y Los exiliados un gran afán documental y testimonial que apunta aprehender una realidad deforme y reprobable, sobre todo, en la novela de Casaccia. El enfoque de Appleyard y Casaccia, en mayor o menor grado, se basa particularmente en la dimensión sicológica de las masas exiliadas. Las consecuencias sicológicas de un largo exilio marcan profundamente a los personajes, lo que crea en ellos un sentimiento de desesperanza y derrotismo.

Roa Bastos ahonda, él también, en la sicología de sus personajes. Félix es un ejemplo muy elocuente. Es un personaje muy complejo, portador de grandes utopías socio-políticas y presenta contradicciones y conflictos interiores. Vive prisionero de su pasado adverso. Dicho pasado salta continuamente y perturba tanto su presente como su futuro. Pero Roa Bastos trata el exilio no sólo como una compleja realidad exclusivamente interna sino también y, sobre todo, como una realidad causada por motivos de origen histórico e ideológico.

Las novelas de Appleyard y Casaccia se limitan a tratar, en general, un solo tema principal (el exilio), que lo domina todo en la narración. Así, Imágenes sin tierra y Los exiliados ponen en escena a varios personajes que representan a las masas de los exiliados paraguayos en Argentina con sus problemas cotidianos, luchas políticas, sueños y compleja sicología. En El fiscal, el exilio es uno de los temas esenciales de la novela. Naturalmente, todos los temas se entrecruzan, se yuxtaponen y se completan mutuamente. La referencia histórico-política se destaca visiblemente en la ficción de Roa Bastos; lo envuelve todo determinando la configuración del perfil ideológico del personaje no sólo en El fiscal sino también en las demás novelas roabastianas.

Si la desesperación empuja a menudo a la acción violenta, la solución más adecuada a todos los exilios del ser paraguayo radica en la lucha organizada -individual y colectiva- contra las injusticias sociales, en la solidaridad y unión de todas las fuerzas vivas para poder poner fin a los regímenes sanguinarios y asentar las bases de una verdadera sociedad equitativa y democrática. A pesar de que, en estos novelistas, encontramos una visión muy pesimista y negativa de la realidad paraguaya, existe siempre una cierta esperanza que deja las puertas abiertas hacia un futuro lejano, incluso, en Casaccia, el más desesperado y pesimista de todos.

Es cierto que el exilio es un mal que afecta al ser paraguayo, pero al mismo tiempo resulta ser un gran bien por constituir una fuente de creación narrativa muy importante en el ámbito cultural del país. Como hemos visto, el exilio incluye no sólo la nostalgia por la patria perdida, sino también el profundo sentido de la pérdida irrevocable de ésta como soporte existencial. Efectivamente, si la patria dota al individuo de una identidad propia y de una conciencia de pertenecer a una colectividad determinada, el exilio puede, por su parte, fortalecer o debilitar dicha identidad al someter al desterrado a la prueba de la separación y del regreso. La mayoría de los personajes exiliados, en los textos estudiados, se atan celosamente a su paraguayidad simbolizada, esencialmente, por el guaraní, la cultura indígena ancestral y la historia del país. De esta forma el exilio es un tema -de gran inspiración narrativa- que evoca las luchas ideológico-políticas que lo engendran, pero es también, sobre todo en las novelas de Roa Bastos, un motivo de la búsqueda de raíces culturales e históricas. Así, el novelista desterrado aprovecha las ventajas que le brinda su situación (se libera de la autocensura, se pone en contacto con las corrientes literarias de la vanguardia, goza de una mayor libertad de expresión, etc.) para aspirar a ascender a la universalidad, ya que se considera un paraguayo ciudadano del mundo, de ahí, reflexiona no sólo sobre los problemas de su país sino también sobre los del mundo donde vive. De hecho, a partir de los años 60, el exilio se impone como uno de los temas de la modernidad gracias, sobre todo, a Appleyard y a Casaccia y, más tarde, se confirmará en las ficciones de Roa Bastos, Bareiro Saguier y otros.

Roa Bastos se distingue netamente de Appleyard y Casaccia, precisamente, por humanizar considerablemente el exilio. El enfoque simbólico asciende lo típicamente local paraguayo a un plano universal, al poner de relieve la condición humana desde muchas facetas y manifestaciones. De los tres, Roa Bastos es el que ha adquirido una madurez creativa cualitativa más notable. La obra roabastiana busca siempre ampliar las posibilidades temáticas -y técnicas, lo que ha contribuido eficazmente a la modernización de la novela paraguaya y, por lo tanto, ha elevado al escritor paraguayo al rango de los grandes novelistas hispanoamericanos.

Para terminar, es necesario señalar que, la llamada ‘novela del exilio’, la que escribió fuera del Paraguay, no sólo afirmó el exilio como tema de modernidad, sino que contribuyó laboriosamente a una verdadera renovación de la escritura narrativa tradicional en este país, lo que permitió a la novela, en particular, abrirse plenamente a la modernidad. La evolución de la creación novelesca, a que asistimos en las tres últimas décadas del siglo XX, se debe en gran parte, precisamente, a los novelistas del exilio.

 

Notas:

[1] Nuestro corpus se compone principalmente de las obras siguientes:

     Appleyard, José Luís: Imágenes sin tierra, Asunción, Ed. Fruto y Flor Ex Libris, 1965.

     Casaccia, Gabriel: La Babosa (1952), Buenos Aires, Ed. Losada, 2a ed., 1960 y Los Huertas, Asunción, Ed. NAPA, 1981, Los herederos, Asunción, Ed. El Lector, 1985, Los exiliados, Asunción, Ed. El Lector, 1986.

     Halley Mora, Mario: La quema de Judas (1965), Asunción, Ed. Comuneros, 1990 y Los hombres de Celina (1981), Asunción, Ed. Comuneros, 4a ed., 1990.

     Rivarola Matto, José María: Follaje en los ojos (1952), Asunción, Ed. Escuela técnica Salesiana, 2a ed., 1974.

     Roa Bastos, Augusto: Hijo de hombre (1960), Buenos Aires, Ed. Losada, 6a ed., 1976 y Yo el Supremo (1974), Madrid, Ed. Cátedra, ed. de Milagros Ezquerro, 1983 y El fiscal, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1993.

     Silva, Lincoln: Rebelión después, Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970 y General General, Buenos Aires, Ed. Crisis Libros, 1975.

     El año entre paréntesis remite a la primera edición de la novela.

[2] Cf. Cotelo, Rubén: “La novela paraguaya: subdesarrollo y literatura”, in: Temas (Montevideo), N° 14, nov.-dic., 1967, p. 16.

[3] Ibid. pp. 16-17.

[4] Rivarola, Domingo: “Aspectos de la migración paraguaya” y Flores Colombino, Andrés: “Reseña histórica de las migraciones paraguayas”, in: Revistas paraguaya de sociología (Asunción), I/VIII, 1967, citado por Bareiro Saguier, R.: “El tema del exilio en la narrativa paraguaya contemporánea”, in: Caravelle (Toulouse), N° 14, 1970, p. 79.

[5] Período de la dictadura del General Alfredo Stroessner que no omite totalmente, pero al que alude de manera muy rápida.

[6] El Partido Demócrata Cristiano no ha sido fundado todavía en 1947.

[7] Bareiro Saguier, R.: “El tema del exilio en la narrativa paraguaya contemporánea”, in: Caravelle (Toulouse), N° 14, 1970, p. 81.

[8] Ibid. p. 82. Por su parte, Roa Bastos en: “El exilio interno y externo del escritor en el Paraguay”, GRAL, Revue du Centre interdisciplinaire d’Etudes Latino-Américaines, Toulouse Le-Mirail, 1978, p. 16, adelanta que desde 1947 hasta 1978, año de la publicación de este artículo, “se exiliaron no menos de dos millones de seres humanos en la mayor emigración que registra la historia de estos éxodos cíclicos”.

[9] Ibid. p. 83.

[10] El cuento ganó en el concurso “La Prensa”, en Buenos Aires en 1912, y fue publicado luego en una colección de cuentos del autor, Las vértebras de Pan, Buenos Aires, Ed. ¿?, 1914. Fariña Núñez pasó gran parte de su vida en la capital argentina.

[11] Ed. Guarania, México, 1951.

[12] Cf. Plá, Josefina y Pérez Maricevich, Francisco: “Narrativa paraguaya. Recuento de una problemática”, Cuadernos Americanos (México), N° 4, julio-agosto, 1968, p. 20; Pérez Maricevich, F.: La poesía y la narrativa en el Paraguay, Asunción, Ed. Centenario, 1969, pp. 56-64; Plá, J.: “Situación de la cultura paraguaya en 1965”, Cuadernos (México), Nº 100, 1965, pp. 151-152.; Bareiro Saguier, Rubén: “Situación de la literatura paraguaya contemporánea”, Cahier des Amériques Latines (París), N° 1, 1967, p. 32.

[13] Bareiro Saguier, R.: “Escritura y exilio”, in: Oliver Gilberto de León (coord.): Novela y exilio. En torno a Mario Benedetti, José Donoso y Daniel Moyano, Montevideo, Ed. Signos, 1989, p. 21.

[14] Plá, J.: “La situación de la cultura paraguaya en 1965”, Cuadernos, art. cit., pp. 151-152. (El subrayado es nuestro).

[15] Casaccia, Gabriel: La Babosa, ob. cit. p. 10.

[16] Ibid. pp. 64, 191.

[17] Ibid. p. 294.

[18] Rivarola Matto, José María: Follaje en los ojos, ob. cit. pp. 8-9.

[19] Ibid. p. 81.

[20] Ibid. pp. 90-91.

[21] Ibid. p. 132.

[22] Roa Bastos, Augusto: Hijo de hombre, ob. cit. pp. 96-97.

[23] Ibid. pp. 82, 83, 87.

[24] Ibid. pp. 97, 131.

[25] Ibid. pp. 253, 255, 257, 259, 277.

[26] Roa Bastos, Augusto: Yo el Supremo, ob. cit. , p. 111.

[27] Ibid. pp. 108, 109, 111-112.

[28] Se destacan también los novelistas y narradores: Rubén Bareiro Saguier (Francia), Rodrigo Díaz-Pérez (Estados Unidos), Augusto Casola (Argentina, Francia) especialmente.

[29] Cf. por ejemplo la experiencia de Bareiro Saguier, R.: “El exilio: escribir y actuar”, Caravelle (Toulouse-Le Mirail), N°, 19, p. 166.

[30] Bareiro Saguier, Rubén: Augusto Roa Bastos. (Caídas y resurrecciones de un pueblo), Montevideo, Ed. Trilce, 1989, p. 141. (El subrayado es nuestro).

[31] Correspondencia privada con Feito, Francisco E.: El Paraguay en la obra de Gabriel Casaccia, ob. cit. p. 34. (El subrayado es nuestro).

[32] Para Josefina Plá, el perspectivismo es el “fenómeno por el cual los escritores paraguayos llegan a tener una visión auténtica de la realidad patria al alejarse de ella, en el destierro, por ejemplo, y contemplar desde la distancia, en perspectiva. Dentro, ‘los árboles no les dejan ver el bosque’” (El subrayado es nuestro). Cf. Ferrer Agüero, Luís María: El universo narrativo de Augusto Roa Bastos, Tesis doctoral, Universidad Complutense, Madrid, 1981, p. 34.

[33] Ibid. pp. 33-34.

[34] Cf. Méndez-Faith, Teresa: Paraguay: novela y exilio, New Jersey, Ed. SLUSA, 1985, p. 63; y Roa Bastos en: “El exilio interno y externo del escritor en el Paraguay”, GRAL, Revue du Centre interdisciplinaire d’Etudes Latino-Américaines, art. cit. p. 17.

[35] Lorenz, Günter W.: Diálogo con Latinoamérica. Panorama de una literatura del futuro, Barcelona, Ed. Poimaire, 1972, p. 280. (El subrayado es nuestro).

[36] Silva, Lincoln: Rebelión después, ob. cit. p. 19. (El subrayado es nuestro).

[37] Ibid. p. 23. (El subrayado es nuestro).

[38] Estas preocupaciones recurrentes -el exilio y sus múltiples variantes, la historia paraguaya y la problemática nacional actual- están presentes en muchas obras concebidas y escritas en el exilio, como las novelas de Lincoln Silva, Rebelión después y General General, los cuentos de Ojos por diente, Bareiro Saguier, Entrevista, de Rodrigo Díaz Pérez y en alguno que otro cuento de Hugo Rodríguez Alcalá.

[39] Appleyard ha sido también un gran periodista.

[40] Appleyard, José Luís: Imágenes sin tierra, Asunción, Ed. Emasa, Col. Ex libris, 1965, p. 35.

[41] Ibid. pp. 15, 43, 79

[42] Ibid. p. 15.

[43] Casaccia, Gabriel: Los exiliados, ob. cit. p. 89.

[44] Casaccia, Gabriel: Los Huertas, ob. cit. p. 75

[45] Cf. Bareiro Saguier, Rubén: “El tema del exilio”, Caravelle, art. cit. p. 82

[46] Casaccia, Gabriel: Los herederos, Asunción, Ed. El Lector, 1985, p. 25

[47] Ibid.

[48] Casaccia, Gabriel: La Llaga, Asunción, Ed. El Lector, 1987, p. 71.

[49] Casaccia, Gabriel: Los herederos, ob. cit. p. 54.

[50] Ibid. p. 43.

[51] Ibid. p. 79.

[52] Ibid.

[53] Casaccia, Gabriel: La Babosa, ob. cit. pp. 58, 59, 315. Cf. también Roa Bastos, Augusto: Hijo de hombre, ob. cit. p. 55, 62, 82.

[54] Casaccia, Gabriel: Los exiliados, ob. cit. pp. 8, 281.

[55] Ibid. p. 281.

[56] Ibid. p. 303.

[57] Ibid. p. 158.

[58] Ibid. p. 210.

[59] Roa Bastos, Augusto: El fiscal, ob. cit. pp. 237 247.

[60] Rivarola Matto, José María: Imágenes sin tierra, ob. cit. pp. 77, 102.

[61] Ibid. p. 13.

[62] Ibid. pp. 76, 77.

[63] Roa Bastos, Augusto: El fiscal, ob. cit. p. 56. (El subrayabado es nuestro).

[64] Ibid p. 59.

[65] Ibid. p. 54.

[66] Ibid. p. 53.

[67] Ibid. p. 54.

[68] Ibid. p. 14.

[69] Ibid. En el mismo sentido, dice en la página 18: “Me conoció (Jimena) antes de que la cirugía plástica me dibujara esta nariz judía y la cicatriz de un hachazo en el pómulo izquierdo sin olvidar la remodelación de mis mejillas dactilares y algunos otros detalles que sólo ella conoce”.

[70] Ibid. pp . 162-163, 168.

[71] Ibid. pp. 341-352.

[72] Rivarola Matto, José María: Imágenes sin tierra, ob. cit. p. 83.

[73] Ibid. pp. 95, 97, 103.

[74] Ibid. p. 102.

[75] Ibid.

 

© Boujemâa EL ABKARI 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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