Foe de J.M. Coetzee

Rosa Falcón

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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“Ya no habrá más jardín. Tú nunca volverás a ver África”
J.M. Coetzee

 

Foe (1986) es una de las lecturas postmodernas más interesantes del mito de Robinson; ya el título de la novela hace alusión al nombre de Daniel Defoe como protagonista principal de este relato. La referencia del autor británico y de su novela Robinson Crusoe, le sirve a Coetzee para hacer un verdadero ejercicio de descodificación literaria y filosófica. Esta novela metaliteraria cuestiona y pone en duda los parámetros ideológicos de la novela original de Defoe. Coetzee repetirá después este diseño intertextual en El maestro de San Petesburgo (1994), novela histórica que narra el retorno a San Petesburgo de un autor ruso, trasunto de Dostoievski.

Foe es una de las adaptaciones más libres que podemos encontrar sobre el mito. Funciona como un hipertexto, según la terminología de Genette, en relación con el Robinson Crusoe de Defoe. La novela está escrita con cierto sentido irónico y se configura como una parodia clara de las ruinas de viejo Imperio colonial Británico, donde todavía se perciben con su máxima agudeza las tensiones y los conflictos que la cultura anglosajona exportó. No es casualidad que el lugar de nacimiento del escritor John Maxwell Coetzee sea una ex colonia británica, tampoco que ese lugar sea Sudáfrica y que el reflejo de este conflicto se encuentre en el trasfondo de toda su obra, pero, especialmente, en el relato que nos ocupa. Lo que pretende Coetzee es denunciar el fracaso de las “construcciones” humanas en las que los valores, las ideas, las acciones se pierden en la corriente. Pero también los personajes se borran como rostros de arena en los límites del mar.

Resulta una novela extraña, con cierto clima claustrofóbico. Una descomposición del mito de Robinson en tono de parodia que a veces raya el absurdo como una obra de Beckett. Su argumento es también complejo.

Susan Barton, de origen inglés, parte de viaje a Brasil en busca de su hija raptada. Después de diversos infortunios y del naufragio, llega a la isla. Allí se encuentra con otros náufragos: Cruso y Viernes. La mitad de la novela transcurre en la isla el resto se desarrolla en Inglaterra. El relato está contado en primera persona por Susan Barton. La novela está dividida en tres partes: la primera transcurre en la isla, con la llegada de la náufraga, hasta el rescate y la muerte de Cruso en el viaje de regreso a Inglaterra. La segunda parte es más compleja, el tratamiento paródico se exagera. Los personajes se deforman, ya no son ellos mismos, son esperpentos. Aparece la figura del escritor Foe. La náufraga Susan Barton se confirma como voz narradora relatando su desventurada vida. Comienza la correspondencia con el misterioso escritor Foe, que no aparece físicamente hasta los últimos capítulos. El regreso a la civilización los destruye, los va diluyendo y cada vez están más perdidos. Como si la vuelta a la ciudad fuera borrando el débil trazo de sus vidas hasta conducirles a la muerte. Primero Cruso, y más tarde la propia Susan y Viernes que vivirá como una sombra en una especie de limbo extraño.

Ella parece un personaje en busca de un autor que le dé vida o consistencia a su relato. La voz de Susan Barton es el testimonio de una conciencia acorralada entre la posibilidad de existir y la posibilidad de dejar de existir.

Nada parece real. Todos parecen sombras que deambulan en una realidad extraña como en un sueño tras la única razón de dar sentido a sus vidas. Un sueño que resulta angustioso. Esta parte es la más interesante de la historia, donde el discurso es más imaginativo y libre.

La tercera parte es quizá la más desconcertante; coincide con el capítulo final de la novela. Perdemos el sujeto del enunciado, los personajes son figuras espectrales y remotas, y una voz narradora, desde el punto de vista de nadie, un no sujeto que no queda definido -y que podría ser el propio Coetzee o Foe- finaliza la historia en seis páginas de forma precipitada. Las palabras ya no tienen sentido, todo es arrastrado por la corriente.

“Pero éste no es lugar para las palabras. Cada sílaba que se articula, tan pronto como sale de los labios es apresada, se llena de agua y se desvanece. Este es un lugar en el que los cuerpos cuentan con sus propios signos. Es el hogar de Viernes.” [1]

Han muerto todos, cuenta esta voz anónima, sólo Viernes parece sobrevivir en el tiempo y, como una extraña energía, parece devolver todo aquello que quedó en la Isla.

“De su boca sin aliento brotan los sonidos de la isla” [2]

Esto ya no se puede explicar con palabras, todo el esfuerzo anterior por el aprendizaje del habla y la escritura parece vano, una tarea inútil Viernes tiene su propio lenguaje, el lenguaje de lo inefable, de las emociones y de los sentimientos, sensaciones más profundas y primitivas que nos trasportan de nuevo a la isla. En el fondo del fondo encontramos el misterio de lo insondable. Viernes conserva intacta y viva en su interior la propia naturaleza salvaje y libre de la isla.

“Su boca se abre. De su interior, sin aliento, sin interrupción, brota una lenta corriente. Fluye por todo su cuerpo y se desborda sobre el mío; atraviesa la pared del camarote, los restos del barco hundido, bate los acantilados y playas de la isla, se bifurca hacia el norte y hacia el sur, hasta los últimos confines de la tierra. Fría y suave, oscura e incesante, se estrella contra mis párpados, contra la piel de mi rostro”. [3]

 

LA ISLA Y EL CONTINENTE AFRICANO: PARAÍSOS UTÓPICOS

En el comienzo de la novela, la isla aparece como un lugar inhóspito. No es un paraíso, sino todo lo contrario, parece un verdadero infierno. Una vez explorado el territorio, este infierno se humaniza, se domestica y llega a convertirse en un auténtico home cómodo y confortable.

“Al lector aficionado a los relatos de viajes, el término isla desierta le sugerirá, sin duda, un lugar de blandas arenas y de frondosos árboles, donde los arroyos corren a apagar la sed del náufrago y donde las manos se le llenan de fruta madura con sólo extenderlas, donde todo lo que se le pide es que pase los días sesteando hasta que recale algún barco y le devuelva a su patria. Pero la isla a la que yo fui arrojada era un lugar bien distinto: una gran mole rocosa, plana por arriba, que se elevaba bruscamente sobre el mar por todos los lados excepto por uno, y salpicada por arbustos grisáceos que nunca florecían ni nunca daban hojas. A sus alrededores formaban bancos de algas parduscas que, arrojadas por las olas a la playa, despedían un olor nauseabundo y se cubrían de enjambres de enormes pulgas de un color pálido” [4].

Sin embargo en uno de los momentos de la novela, África es la tierra prometida, ya no es la isla sino el continente, después del regreso a Inglaterra, a donde Susan Barton pretende llevar a Viernes y devolverlo con los suyos.

“Nos sentamos a mirar por la ventana, pasa una nube en forma de camello, y antes de que podamos darnos cuenta nos hemos transportado en alas de nuestra fantasía a los arenales de África y ya está nuestro héroe -que no es otro que nosotros mismos disfrazados- cruzando su cimitarra con algún bandido moro. Pasa otra nube que se asemeja a la silueta de un barco y en un abrir y cerrar de ojos nos vemos arrojados llenos de angustia a alguna isla desierta. ¿En qué nos fundamos para creer que la vida que nos toca vivir responda a un plan mejor trazado que todas esas caprichosas aventuras?” [5]

En la Robinsonada clásica, la toma de posesión de la isla es la secuencia central y a la vez única. Esta es la oposición del continente, podríamos decir que se constituye como antagonismo del continente. En el mito de Robinson, la isla es el espacio por excelencia donde se construye el relato; y sin embargo, en esta novela encontramos un cambio de sensibilidad muy significativo, la isla aparece como un pretexto de la historia, porque la verdadera tierra prometida es también el continente africano.

“Luego dibujé un barco con las velas desplegadas y le hice escribir barco, y luego empecé a enseñarle África. África la representé mediante una fila de palmeras y un león paseándose entre ellas. ¿Era mi África el África que Viernes llevaba grabada en su memoria? Tenía mis dudas. Pero a pesar de todo escribí Á-f-r-i-c-a y fui guiándole la mano para que formara las letras”. [6]

Aunque no completamente, hay cierta ambigüedad, porque la isla seguirá conservando su carácter de espacio libre. Será una clase de paraíso compartido entre el continente africano y la isla como espacios absolutos. Ambos nos remontan al origen. El sentido de la utopía acompaña todo el relato. De acuerdo con la etimología el término utopía ou-tòpos “no lugar” alude a un sitio que no tiene asidero en la realidad, remite también a un ámbito ideal, privilegiado, donde parecen posibles los imposibilia las cosas imposibles. Viernes nunca podrá llegar a África.

 

EL OFICIO DE ESCRIBIR

Uno de los aspectos más interesantes que encontramos en esta novela es la reflexión y el autoanálisis de la escritura misma. Coetzee utiliza la figura de un escritor, Foe, para reflexionar sobre el oficio de escribir. Susan Barton es una clase de musa inspiradora de la novela. Es un personaje femenino quien le cuenta la historia de la isla y sus náufragos.

“Sin duda conocerá usted, señor Foe, la historia de la Musa. La Musa es una mujer, una diosa, que visita de noche a los poetas y los fecunda con sus historias”. [7]

Pero Susan no sólo es musa inspiradora, sino que se convierte en voz narradora desde el comienzo del relato. Su fuerza radica en sus dotes de testigo.

“-Viernes, esto es un libro -le digo- En él hay una historia escrita por el renombrado señor Foe. Tú no conoces a este caballero, pero en este preciso instante él que está ocupado escribiendo otra historia, tu propia historia, la de tu amo y la mía. Aunque el señor Foe no te haya visto nunca, sabe de ti lo que yo le contado valiéndome de las palabras. Eso es parte de la magia de las palabras”. [8]

Participando también como sujeto activo de la propia escritura del relato.

“Tengo que irme, Viernes. Tú creías que acarrear piedras era la más dura de las tareas. Pero cuando me veas sentada ante el escritorio del señor Foe haciendo trazos con una pluma de ave, piensa que cada trazo es una piedra, que el papel es la isla, que tengo que dispersar todas esas piedras sobre la faz de la isla y que, una vez hecho esto, si el capataz no juzga satisfactorio el resultado -¿estuvo Cruso satisfecho en algún momento con lo qué hacías? -debo ir recogiéndolas de nuevo una a una -lo que equivale, en la imagen, a borrar los trazos- y disponerlas de acuerdo con un plan distinto, y así una y otra vez, día tras día; y todo porque el señor Foe ha decidido huir de sus acreedores. En ocasiones creo que soy yo la que se ha convertido en esclava. Sin duda, si pudieras entenderme te sonreirías.” [9]

Sólo si Foe, como autor, narra la historia de estos náufragos su existencia tendrá sentido. Son personajes perdidos en busca de un autor. Recuerda al conflicto de la novela de Unamuno, Niebla. La necesidad de un autor para que sus vidas adquieran sentido. La búsqueda del sentido de sus vidas a través de la escritura es un leitmotiv en todo el relato. El diálogo entre el escritor Foe y esta clase de musa, testigo y sujeto de la escritura es constante.

“¿Es qué, si así fuera, habríamos de convertirnos necesariamente en marionetas de una historia cuyo fin último se nos escapa y hacia el cual marchamos como reos convictos y confesos. Tanto usted como yo sabemos, aunque nuestra experiencia sea bien distinta, hasta qué punto el escribir no es sino mera divagación”. [10]

Llegados a este punto el relato adquiere un tono absurdo. Susan Barton delira contándonos una historia sin sentido. Una historia tan perdida como sus protagonistas. Las palabras son símbolo de fragilidad, lo que importa es el sentido de lo inefable. Lo que se calla es más importante que lo que se dice, manteniendo al lector sumido en una angustia indescriptible desde el principio al fin de la novela. Encontramos un bello párrafo en donde explica no sólo la razón de la propia escritura, también la razón de la novela y la del propio mito de Robinson.

“En toda historia siempre hay, en mi opinión, algún silencio, alguna mirada oculta, una palabra que se calla. Hasta que no hayamos dado expresión a lo inefable no habremos llegado al corazón de la historia”. [11]

El sentido profundo del mito de Robinson en esta novela sólo se explica a través de su esencia poética. No hay otra forma de entender la historia porque es inexpresable o indecible. Recordemos la visión filosófica de Ortega sobre el mito y su esencia poética. Las conversaciones entre Susan Barton y Cruso en la Isla son de enorme interés. Surge una amistad que desencadena algún episodio amoroso. Pero son dos personajes perdidos que ni siquiera pueden tenerse el uno al otro, por que no sienten ningún deseo. Son seres que han perdido la facultad de desear. No sienten deseos de escapar de la isla, ni deseo sexual, ni ningún otro tipo de deseo.

“¿Será, tal vez, la respuesta que nuestra isla no era un jardín de deseo, como aquel en el que nuestros primeros padres paseaban desnudos y copulaban con la misma inocencia que las bestias salvajes? Creo que tu amo, si hubiera podido, habría hecho un jardín consagrado al trabajo; pero falto de tareas dignas de sus afanes, acabó contentándose con acarrear piedras, del mismo modo que las hormigas traen y llevan granos de arena de un sitio a otro a falta de algo mejor en que ocuparse”. [12]

“¿Qué me queda por contar? Cruso y Viernes tenían bien pocos deseos: ni deseos de escapar, ni deseos de empezar una nueva vida. Y sin deseos , ¿cómo es posible construir un relato? Me pregunto si los historiadores de la condición de náufrago que me han precedido no habrán contado todos, presa de la desesperación, una buena sarta de mentiras” (...) “Y sin deseo los hombres son como insectos, se animalizan”. [13]

Es Susan Barton quien le cuestiona a Cruso las preguntas fundamentales confrontando escenas que aparecen en la novela clásica de Defoe. Hay un abismo histórico del Crusoe del XVII al Cruso de finales del siglo XX. El Cruso de Coetzee en oposición al Crusoe de Defoe es un personaje que piensa, que medita, encontramos cierto planteamiento filosófico de enorme interés en fragmentos de la novela como la pregunta del barco. -¿Por qué en todos estos años no ha construido un bote y ha escapado de la isla?

“-¿Y a dónde habría de escapar?- me contestó riéndose para adentro, como si mi pregunta no tuviera respuesta posible”. Su ansia de escapar ha ido menguando a medida que envejecía. El se siente como un rey en su isla: “Su corazón se aferraba a la idea de seguir siendo hasta la muerte rey de su minúsculo reino.” [14]

Cruso no intenta salir de la isla, parece que allí en esa naturaleza libre y salvaje ha encontrado todo lo que necesita. Parece haberse encontrado a sí mismo. Frases conmovedoras como “No todo el que lleva la marca del naufragio se siente náufrago en el fondo de su corazón.” [15]

Cruso es un nuevo Robinson que rechaza la técnica, como si le sobrara su anterior cultura. Ha comprendido que después de sus años de aislamiento que puede vivir sin la civilización. De una forma primitiva y salvaje pero le basta. Cruso es un héroe. Es el verdadero rey de su isla. Y es también un “anticrusoe”, un “antirobinson” del clásico de Defoe.

No puede volver a la civilización. Cruso sale de la isla en contra de su voluntad, gravemente enfermo y muere en la travesía de regreso a Inglaterra.

“Cruso rescatado supondría para el mundo una amarga decepción; la idea de Cruso en su isla es más tolerable que la de un Cruso taciturno y con el ceño fruncido en una Inglaterra hostil”.

Esta novela podemos considerarla como un alegato contra la esclavitud. Tema recurrente en Coetzee. Viernes es un esclavo mudo, mutilado. Se le arrancó la lengua y no se sabe muy bien cómo ocurrió, si fueron los caníbales o el propio Cruso. Susan Barton dedica largos monólogos a estos dos supuestos. En el fondo en estos párrafos y en toda la novela subyace el tema de la esclavitud. El dominio de la cultura del hombre blanco sobre la raza negra.

“Aquellos a los que hemos maltratado son precisamente quienes más concitan nuestro odio, y lo que deseamos es perderlos de vista para siempre. El corazón del hombre es una selva oscura”. [16]

Hay momentos en que las descripciones son terribles por su crudeza. Susan Barton intenta liberar a Viernes de su penoso yugo de esclavo.

“¿Es que no hay justicia en este mundo? Primero esclavo y ahora, para colmo, también náufrago. Le roban la infancia y le condenan a una vida de silencio”. [17]

“Y luego viene el misterio de tu sumisión. ¿Por qué durante todos estos años, estando solo con Cruso, te sometiste a sus dictados, cuando le podías haber dado muerte tan fácilmente, o haberle cegado y convertido a su vez en tu esclavo? ¿Es que hay algo en la condición de esclavo que penetra el corazón y hace que el esclavo sea esclavo toda su vida, como el tintero que nunca se despega del maestro de escuela?” [18]

El sentimiento de culpabilidad de un escritor blanco, que no puede rescribir la historia, ni la historia literaria.

“Hasta que no consigamos, mediante el arte, que Viernes hable con voz propia, la verdadera historia no se sabrá jamás” [19]

 

MUJER NÁUFRAGA- MUJER ISLA

Encontramos también en esta novela la sugerente imagen poética de la mujer isla, que recuerda a la que Giradoux recreó en su robinsonada lúdica: Suzanne e les limbes du Pacifique. Pero no se asemejan en absoluto, solo la idea de una mujer náufraga por su rareza ya que esta idea es poco frecuente en las robinsonadas del siglo XIX y del XX.

“Estoy en mi isla, sana y salva, todo irá bien”, me dije a mi misma en un susurro, y, estrechando en un fuerte abrazo mi propio cuerpo, volví a quedarme dormida.” [20]

“Cuando me acosté aquella noche sentí como si la tierra temblara bajo mi cuerpo. Me dije que sería el recuerdo del balanceo del barco que volvía a mí de forma inesperada. Pero no era eso: era la isla que flotaba meciéndose en el mar. Pensé es un signo, todo un signo de que me estoy convirtiendo en una isleña. Empiezo a olvidar lo que es la tierra firme”. (...)” [21]

La impresión más importante que esta novela nos deja es esa sensación de extravío y desamparo absoluto que acompaña a todos sus personajes sin excepción. Llega a convertirse en una verdadera paradoja que unos seres tan extraviados intenten enseñar a Viernes algo de ellos mismos y de una sociedad a la que no pertenecen del todo porque están desarraigados después de años de aislamiento e inadaptación.

Es una novela con una atmósfera asfixiante y kafkiana. Los náufragos Cruso, Susan Barton y Viernes al ser rescatados y dejar la isla se extravían aun más, llegando a ser irreconocibles por el lector como si su propia existencia como personajes ya no tuviera ningún sentido. Como si la isla o sus recuerdos a través de una corriente que emana de la boca de Viernes los hubiera engullido. El final es también un final extraño, todo queda suspendido inmersos en la corriente que fluye de la boca de Viernes.

También Foe parece perderse en esa corriente. Son personajes errantes. El nomadismo de la vida de estos personajes es también el sentido de la propia escritura de la novela. Personajes esperpénticos que no acaban de errar. Son sujetos abandonados y a la deriva de su propia vida.

 

FOE Y VIERNES O LOS LIMBOS DEL PACÍFICO

Foe y Viernes o los limbos del Pacífico, la primera novela mítica de Michel Tournier, son las robinsonadas más interesantes del siglo XX. Cada una de ellas aporta una nueva visión del mito desde puntos de vista diferentes, pero que coinciden en algunos aspectos fundamentales en la manera en que se revisa y se cuestiona la ideología que hay detrás de estas novelas y de los temas que abordan con el colonialismo de fondo. Las dos novelas coinciden en algunos mitemas.

Foe es posterior a Viernes o los limbos del Pacífico. Podría decir que Coetzee leyó la novela de Tournier, antes de construir la suya. Existen numerosos puntos de coincidencia en ambas robinsonadas. Los dos coinciden en el fondo y en la filosofía escondida del mito robinsoniano, pero no en la forma; ambas son apasionantes en su tratamiento por lo que suponen de ruptura y experimentación. Desconstruyen la novela matricial de Defoe. Las dos novelas forman parte de una cadena que es la serie de robinsonadas, como las más interesantes y rompedoras del siglo XX.

El protagonista de la novela de Tournier es Viernes, el esclavo y sin embargo el protagonista de la novela de Coetzee es Foe, el escritor.

Podemos analizar la relación entre Robinson y Viernes; en las novelas de Tournier, Cortázar y Coetzee, será Viernes quien salve a Robinson. En el caso de Viernes o los limbos del Pacífico, es Viernes el protagonista de la novela y quien enseña a Robinson una nueva forma de vivir en la isla. Será Viernes quien muestre a Robinson la creación y la música. En el guión radiofónico Adiós Robinson de Cortázar, es Viernes colonizado el que viene a rescatar a su colonizador y en Foe de Coetzee, Viernes es una figura ambigua; el sentimiento de culpabilidad del hombre blanco colonizador está latente en toda la historia y Viernes aparece como una clase de víctima, cuyo lenguaje ha sido exterminado, -se le ha cortado la lengua-, no puede hablar. Sin embargo, Cruso es un amo benévolo con Viernes. Pero, en Foe, lo que realmente mueve a los protagonistas, en concreto a Susan Barton, es la salvación de Viernes. Crusoe no puede salvarle porque muere antes de regresar a la civilización.

Si contemplamos el fenómeno mítico como una cadena cuyos eslabones son las robinsonadas, una serie mítica que continúa desarrollándose y creciendo en el tiempo, cada relato mítico podría ser un eslabón más de ésta cadena. Toda invención mítica trabaja sobre las que ya hay; no pretende invalidar ni contradecir las anteriores, sino que empalma con la tradición, la desarrolla y es, más bien, un sobrecrecimiento vegetativo de lo inicial o bien la proliferación incoercible de una polípera, de un viviente coral. Así se va enriqueciendo y articulando y hasta hipertrofiando este mundo mítico. En este sentido, la obra de Coetzee enlaza con las robinsonadas anteriores a partir del texto de Defoe.

La evolución del mito de Robinson recupera en el siglo XX la utopía, el relato filosófico y su contenido metafísico, es sin duda en el siglo XX donde el cuento filosófico supera los elementos de ficción o de crónicas de viajes de las robinsonadas antecesoras como ocurre en Viernes o los limbos del Pacífico; de Tournier, Foe de Coetzee, Suzanne et le Pacifique de Giradoux, El señor de las moscas de Golding; La invención de Morel, de Bioy Casares etc. Estas en el género de lo narrativo. En poesía, aunque son más escasas, encontramos también algunos ejemplos como Imágenes a Crusoe, de Saint John Perse; Robinson en Histories brissés de Paul Valery o el poema de Elizabeth Bishop Crusoe in England.

Por eso esta novela encierra una clase de poética como el mito que desarrolla en su interior. El tono es poético, libre e imaginativo. Intenta descifrar o contar un sentimiento indecible. El lenguaje de lo inefable o inenarrable. Algo de tal naturaleza o tan grande que no se puede expresar con palabras. El narrador niega la narratividad. Su final resulta extraño. No podemos descifrar su significado. Han muerto todos, sólo Viernes parece sobrevivir en el tiempo; cuenta una voz anónima que puede ser la de Susan Barton o la de Foe y “De su boca sin aliento brotan los sonidos de la isla”. Es un final espectral. Quizá los personajes estaban muertos desde el principio. Resulta un texto existencialista, obsesivo y cíclico. Parece a veces una novela onírica. El sentido de la vida es que no tiene sentido. El sentido de esta novela es que no tiene sentido. Representa la angustia del hombre perdido en una vida sin finalidad. La vida representada como una nebulosa.

“A nosotros nos corresponde abrir la boca de Viernes y oír lo que suene en su interior, nada más que silencio tal vez, o quizá un rumor, como el rumor de una caracola de mar cuando nos la acercamos al oído. (...) No estará encarnando Viernes en mi historia el personaje -o esbozo de personaje- de algún otro nadador que no fuera él mismo?” [22]

Verdaderamente son personajes fantasmas. Foe vive alrededor de espectros: “Seré la duda personificada? ¿Quién habla por mi boca? ¿Seré un fantasma también? ¿A qué orden pertenezco? Y usted, ¿quién es usted?” Dice Susan Barton refiriéndose a Foe.

“sueño, pero a las visiones que se me aparecen en sueños yo no las llamaría fantasmas.

-¿Y entonces qué son?

-Son recuerdos, recuerdos rotos, entremezclados y distorsionados de mis horas de vigilia.” [23]

 

Notas:

[1] Foe p. 212 Alfaguara, Madrid, 1988. Trad. de Alejandro García Reyes.

[2] Op. cit. p.209

[3] Op. cit. p. 212

[4] Op. cit. p. 15

[5] p.182-183

[6] Op. cit. p. 197

[7] Op. cit. p. 170

[8] Op. cit. p. 83

[9] Op. cit. p. 121

[10] Op. cit. p. 182

[11] Op. cit. p. 191

[12] Op. cit. p. 120

[13] Op. cit. (p. 122-123)

[14] Op. cit. p. 24

[15] Op. cit. p. 52

[16] Op. cit. p. 20

[17] Op. cit. p. 37

[18] Op. cit. p. 119

[19] Op. cit. p. 158

[20] Op. cit. p. 25

[21] Op. cit. p. 40

[22] Op. cit. p. 192

[23] Op. cit. p.186

 

© Rosa Falcón 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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