Juan Carlos Garay
Un melómano nostágico

Marcos Fabián Herrera


 

   
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En la cabina de HJCK, la emisora que atesora el archivo de voces más grande de Latinoamérica y en la que el destacado escritor Álvaro Mutis se empleó en el esplendor de su mocedad, tuvo lugar esta conversación. Juan Carlos Garay, agudo melómano, periodista cultural y novísimo escritor; dialoga con Marcos Fabián Herrera sobre musicología, periodismo, jazz, rock y literatura.

Juan Carlos Garay nació en 1974. En principio quiso ser intérprete de guitarra eléctrica, pero luego de aprender varios acordes y tomar un par de clases de solfeo, desistió misteriosamente. A cambio, se decidió por las letras. Estudió periodismo en la Universidad Javeriana de Bogotá, después cursó estudios de postgrado en periodismo cultural en American University of Washington. Durante este tiempo trabajó como corresponsal del Magazín Dominical de El espectador y fue traductor y realizador de espacios musicales para la “Voz de América”. Desde comienzos de los noventa desarrolla una labor de difusión musical en la radio bogotana. Se encarga de la sección de música de la revista Semana, es colaborador de la revista El Malpensante y miembro del consejo editorial de la revista Rolling stone. La nostalgia del melómano es su primera novela.


Una de sus grandes pasiones es la música, y es esa pasión la que lo ha llevado a ser crítico de discos y musicólogo. El único antecedente de crítica de discos en las páginas de la prensa colombiana se confina al nombre de Otto de Greiff. ¿Los medios de comunicación no le apuestan a tener críticos de discos en sus páginas?

Me siento muy honrado por la comparación con Otto de Greiff. En los medios sí hubo algunas firmas, lo que pasa es que fue gente que pasó muy rápido. Yo ya llevo varios años escribiendo sobre música y esa permanencia es lo que crea una mayor recordación. A Don Otto de Greiff yo lo leía, y de hecho me leí todas sus columnas, desde 1955 hasta 1995, que fue cuando él murió. Lo conozco muy bien y le puedo decir que al igual que todos los que nos hemos dedicado al difícil arte de escribir sobre música, él buscaba siempre la palabra correcta, la expresión ideal; para hacer algo que en el fondo es imposible; y es que las palabras adquieran la misma musicalidad de las canciones, y logren ser tan expresivas como lo es la música. De modo que lo que hacemos es una actividad muy ilusoria y quizás por eso algunos han sucumbido y se han retirado.

Es indiscutible que la figura de Antonio Arnedo ha revitalizado la escena del jazz en Colombia, constituyéndose en el umbral de ingreso a nuevas bandas como “Puerto Candelaria” y “La Moderna”, con este acumulado, ¿Cuál es el panorama del jazz en el país?

Yo veo un panorama muy optimista. Septiembre es el mes del jazz en Colombia, puesto que es cuando llegan todos los festivales: el festival del teatro Libre en Bogotá, Jazz al parque, el de Medellín, el de Barranquilla, Y el de Manizales. Y quizás porque esta entrevista la estamos haciendo en septiembre me muestro tan optimista. La llegada de Antonio Arnedo, con su primer disco a mediados de los años 90, llamado “Travesía”, deja el terreno muy bien abonado para algo que se ha ido explorando y es un jazz auténticamente colombiano, un jazz que tenga elementos bien sea en el ritmo, en el timbre instrumental o en algo que uno lo reconozca como auténtico, como nacional. Eso me parece que es muy importante y ese es el camino trazado que han venido siguiendo los grupos más jóvenes. Esta por ejemplo “Capicúa”, que es un grupo que acaba de sacar su disco; o los que usted mencionó como Puerto Candelaria”, que también tienen ese referente de Arnedo, ya sea para emularlo o para hacer algo que se le oponga.

¿Se puede decir que hay dos vertientes: los puristas a rajatabla y los que son partidarios de la experimentación?

Yo creo que sí, que hay una gente que le apuesta más al jazz que experimente con elementos universales y otros que lo están tratando de hacer más local. En el fondo ambos persiguen lo mismo, y creo que lo local es una forma de llegar también a ser universal.

¿Las disqueras sí creen en los jazzistas colombianos?

Por lo general no. Los discos de jazz colombiano, con excepción de Antonio Arnedo que graba con MTM, han sido el resultado de esfuerzos independientes. Cada vez es menos necesaria una casa disquera. Para lo único que yo pienso que sirve una disquera es para los canales de distribución, ya que los tienen muy bien manejados. Lo que se ha visto es que los sellos discográficos tratan de acomodar el estilo de un artista a su antojo, y por eso yo le apuesto más a las producciones individuales o a lo que se llama los sellos independientes. Con la aparición de distribuidoras independientes ya no necesitamos a Sony, a Universal, a Warner, o a Emi, porque estas son disqueras que le apuestan a otro tipo de artistas y a otro tipo de repertorio. El jazz al ser mucho más libre, al ser no comercial, requiere en este momento de la historia, que los músicos se arriesguen y hagan sus propias producciones.

Usted ha sido muy constante en el ejercicio del periodismo cultural. ¿Existe el periodismo cultural en los medios de comunicación colombianos?

Hagamos la separación en los distintos medios. En radio yo creo que estamos muy bien en periodismo cultural puesto que poseemos un oasis maravilloso y son las emisoras culturales. Son la alternativa, con sus programaciones de 24 horas, a la música comercial. La radio cultural me parece muy sólida en este país. Bogotá tiene cinco emisoras culturales y en casi todas las ciudades importantes de este país hay una o dos emisoras culturales. En prensa se ha tratado de mantener una sección cultural en los medios escritos, en algunos casos con mejores secciones que en otros. También se presenta una mezcla de cultura con farándula y la vemos en El Tiempo que titula la sección “cultura y entretenimiento”. Ahí se está metiendo dentro de un mismo costal dos cosas que en realidad no se deberían mezclar. Finalmente en TV el panorama es mucho más triste, vemos solo entretenimiento y si queda algo de tiempo se le dedica a la cultura. La cultura está ausente de la televisión.

No podemos eludir el tema del rock. Pareciera que en el rock colombiano después de esa generación en la que se dio la génesis de bandas como Estados Alterados, Ekhimosis y Los Aterciopelados, no haya nuevas figuras. ¿Dónde están esas bandas que ensayan en garajes, que sacan su primer disco y después se ausentan de la actividad musical?

Esas bandas están en los sellos independientes. En el rock o el pop colombiano, el único punto de referencia de las grandes disqueras son Juanes, Shakira y Carlos Vives. Hay que hacer el ejercicio, sobre todo porque los tiempos lo ameritan, de ser un oyente activo. Para mí el ejercicio periodístico ha sido la gran excusa para lograr eso, salir a los bares a escuchar un grupo nuevo, de hacer ese seguimiento de lo que se ha llamado underground. Todos los grandes movimientos en el rock y en cualquier nación, han comenzado siendo underground, hasta que finalmente logran el reconocimiento y logran ser parte del canon. Si uno de verdad quiere estar a la vanguardia, uno tiene que estar pendiente de la música que está sonando en cuchitriles y en los bares, porque es ahí donde realmente se están planteando cosas diferentes y donde está la vanguardia, lo otro son ya productos consolidados y más comerciales.

Ya que usted acaba de irrumpir en el mundo de la literatura, la referencia a ella se hace insoslayable. Se habla de una nueva generación de escritores, y más recientemente han surgido nuevos nombres, como Carolina Sanín y Margarita Posada, ¿Le dijimos adiós a Macondo?

El despedirse de Macondo era más una preocupación de la generación anterior porque ellos querían romper con García Márquez. Ya en estos momentos García Márquez está por encima del bien y del mal. Yo no tengo ese miedo, ni esa obsesión de ruptura con lo que él significó. A mí me gusta mucho leerlo, lo admiro; es un gran escritor y en algo me ha influenciado. Tampoco puedo decir que haya luchado contra esa influencia, hay influencias contra las que uno lucha y otras que no, que uno deja que salgan a flote.

Yo no tengo miedo a que mis influencias se noten, por el contrario me siento muy orgulloso de ellas.

El poeta Juan Manuel Roca hablaba del baby boom”

Conozco a Margarita Posada y a Carolina Sanín. Creo que es bueno hacer parte de una camada en cualquier actividad de la vida, pero a la vez creo que somos muy diferentes. La persona que se acerque a nuestros libros y haga el ejercicio de comparación se encontrará con más diferencias que similitudes.

¿Podemos hablar de una generación y no de un movimiento?

Exacto. Creo que es más una cuestión generacional, no creo que sea un movimiento, no estamos apuntando a lo mismo; hay algunos que son más urbanos, pues persiste ese intento de plasmar la ciudad. Otros buscan plasmar sus obsesiones personales, hacer un retrato de lo que está adentro. Sí somos muy diferentes.

¿Cuál es el argumento de “La Nostalgia del Melómano”?

La nostalgia por los vinilos. A mí me tocaron unos pocos años del acetato, pues viví la transición al disco compacto y creo que me quede con ganas de escuchar más vinilos. Por ejemplo, una cantante que se llama Billie Holiday, y en eso está de acuerdo mi colega Miguel Camacho, a mí me suena mejor en LP; hay una sonoridad distinta en el vinilo. También tengo el miedo, no sé que tan fundamentado sea, de que habrán unas cosas que no den el paso del vinilo al CD, músicas que se pierdan o que ya se perdieron. Esa es la nostalgia.

El libro fue publicado por Alfaguara, la misma editorial que publica a destacados escritores de la literatura colombiana y universal.

Yo me siento muy contento de estar con Alfaguara. Era mi sueño, lo confieso, era lo que yo quería. Me imaginaba cómo seria verme en la portada con la famosa franja típica de los libros de literatura Alfaguara y eso se logró afortunadamente.

¿Cuáles son los autores predilectos de Juan Carlos Garay?

Si lo que quiere es buscar influencias en mi novela le mencionaré a dos escritores japoneses que me llaman poderosamente la atención: Yasunari Kawabata y Yukio Mishima. En poesía está Matsuo Basho, el gran maestro del haiku. Me gustan mucho los japoneses porque son muy detallistas, se fijan mucho en las cosas pequeñas, y mi novela tiene mucho de eso.

Acerca del oficio de traductor, ¿Cómo emprender el reto de traducir a nuestro idioma a grandes poetas sin desvirtuar su esencia?

Es un oficio muy difícil porque uno se enfrenta en cada línea, en cada verso, a unos cuestionamientos: qué debo hace para conservar el ritmo y la métrica. Traduzco principalmente artículos pero también he traducido poesía, que es algo muy complejo. He traducido a Jack Kerouac, con un poema muy extenso que se llama: “La escritura de la eternidad dorada”.

 

© Marcos Fabián Herrera 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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