Los gigantes en el Quijote de Cervantes:
revisión de un motivo de la literatura caballeresca

Francisco Acero Yus

Universidad de Zaragoza
pacero@unizar.es


 

   
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En el poco probable aunque posible caso de que un escritor actual decidiese elaborar un libro de caballerías, bien fuese al uso medieval, bien como las narraciones caballerescas posteriores del siglo XVI, debería ceñirse a unos cánones establecidos a través de la práctica de la escritura de tales obras. Es decir, que debería respetar un patrón estructural del libro de caballerías que fue configurado por los autores de estos al escoger reiteradamente ciertos motivos. Cuando Cervantes escribe su conocida crítica paródica de los libros de caballerías no deja de mostrar a cada capítulo su profundo conocimiento al respecto, de forma que el mejor ejemplo para ilustrar lo dicho es un parlamento del propio don Quijote:

[...] es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal, que cuando se fuere a la corte de algún gran monarca ya sea el caballero conocido por sus obras [...] “Éste es -dirán- el que venció en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en que había estado casi novecientos años.” [...] Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el caballero, y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que humana [...] y entrará a deshora por la puerta de la sala un feo y pequeño enano, con una fermosa dueña que, entre dos gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por un antiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero del mundo. [...] Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que es, tiene una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia para ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante, y el caballero aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un jardín [...] Ya se es ido el caballero; pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase que la pida a su padre por mujer, en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey, porque no sabe quién es; pero con todo esto, o robada, o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa, y su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos palabras [...]. [1]

Como podemos apreciar en esta relación de topos caballerescos, junto a enanos, hermosísimas doncellas, magos, etc., el gigante constituye motivo relevante y obligado dentro de un tipo de narraciones llenas de maravillas destinadas a provocar la sorpresa en el lector, a romper el orden natural de las cosas [2] y también cómo no, a funcionar como resorte para las aventuras y encarnizados combates que los caballeros andantes protagonizan [3].

Si tomamos como ejemplo un texto paradigmático, el Amadís de Gaula -recordemos que es uno de los pocos libros de caballerías que se salva en el expurgo de la biblioteca, y ello por ser “el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto” (I, VI, p. 84)-, veremos que en él aparecen infinidad de gigantes y gigantas, formando en ocasiones entre sí auténticos linajes [4], y nominados siempre de forma feroz y sonora: Albadán, Andandona, Ardán Canileo el Ducado, Bandaguido, Endríago, Basagante, Famongomadán, Madasima, Mandafabul, etc. No sólo coinciden los jayanes en su tamaño, sino sobre todo en su perverso comportamiento: rapto de doncellas, captura de prisioneros, traición, usurpación de reinos, amores incestuosos... existen excepciones como la de Balán, que llegará a cambiar tanto en su conducta que será quien arme caballero al propio Esplandián (Amadís, IV, p. 133). Actos semejantes los convierten en la encarnación de lo anticaballeresco y anticristiano, de la traición, el orgullo y la soberbia; infamias estas que contrastan fuertemente con el caballero leal, valiente, humilde, religioso, el caballero de Dios que invoca a la Divinidad antes del combate y da las gracias después después [5], no como el gigante Ardán Canileo, quien antes de la pelea llevaba a cabo “grandes alegrías e danzas e bailar” (Amadís).

Hemos de ver entonces de dónde proviene esta atroz imagen simbólica de los gigantes [6], ya que esos rasgos que los caracterizan han de figurar obligatoriamente en las fuentes de las que bebieran los autores de los libros de caballerías. Dos son principalmente los caminos por desandar: la mitología y la tradición bíblica.

Si ahondamos en primer lugar en el aspecto mitológico, hallamos a los gigantes puestos en el mundo por la Tierra para vengar a los Titanes encerrados por Zeus en el Tártaro. Los gigantes son la imagen de la desmesura en provecho de los instintos corporales y brutales, y no pueden ser vencidos sino bajo los golpes conjugados de un dios y un hombre, aspecto este último muy a propósito para ser cristianizado. Hay alguna excepción en esta caracterización tan negativa de los gigantes, como Hércules, que presenta aspecto giganteo y sin embargo muestra cualidades de héroe [7].

Así pues, la imagen del jayán mitológico se renueva al ser pasada por el tamiz del amor cortés en la literatura medieval con la leyenda de Tristán e Iseo o al encarnarse en la figura de Ferracutus, gigante a quien vence Rolando en la Historia Turpini o De vita Caroli Magni et Rolandi. En tales gigantes medievales se echa de notar asimismo la influencia de la tradición bíblica, según la cual a todos los rasgos negativos provenientes de la mitología hemos de añadir el predominante de la soberbia: Nemrod constituye el paradigma (Génesis X, 8-10) por ser el gigante fundador de Babilonia y su primer rey, quien llevado de su extraordinaria soberbia inicia la construcción de una torre con la que llegar al cielo, la Torre de Babel. Por este acto los babilonios sufren el castigo de la confusión de lenguas, rasgo que pervive en, por ejemplo, el Infierno de la Comedia de Dante Alighieri (Canto XXXI: Pozo de los gigantes), cuando entre los gigantes condenados en el infierno figura Nemrod hablando una lengua ininteligible. También el Amadís de Gaula como la Divina Comedia ilustra el sermón contra los soberbios con los ejemplos de Lucifer (el ángel caído por su soberbia) y de Nemrod. Otro iracundo gigante bíblico que encarna la soberbia y la maldad es Goliat, filisteo derribado por David con una honda y un guijarro.

Aún podríamos explorar en la búsqueda del origen de la terrible imagen de los gigantes una tercera vía que influye, si bien con menos intensidad, en la literatura caballeresca, como es el folklore: encontramos a los malísimos y brutales ogros de los cuentos infantiles, pero también -quizá como reflejo de los gigantes de buen obrar como Hércules- jayanes benévolos, tutelares, que protegen al pueblo contra los abusos de los poderosos. Un ejemplo:

Otro gigante poblador de las altas tierras aragonesas será el “home grandizo” de la Val d’Onsera, el pirenaico valle de los Osos. Pastor y dios protector de la virginidad de las jóvenes montañesas, acompañado de su hacha de piedra y de uno de aquellos osos del valle recorre desde hace trece mil años aquellos agrestes lugares empeñado, y no siempre triunfante, en evitar descarríos amorosos. [8]

Si en los cuentos infantiles hallamos feroces ogros, al folklore carnavalesco ha llegado también la imagen del gigante como encarnación de las fuerzas malignas, por lo que tanto en las comparsas de carnaval primero como en las procesiones después, desfilan los gigantes y cabezudos como signo de que toda criatura -benigna o maligna, grandes o pequeñas- está sometida al poder de Dios. [9]

Todos estos rasgos de la tradición mitológica y bíblica hasta aquí señalados se conjugan en la literatura caballeresca, conformando esos personajes llamados gigantes. Sus lacras morales -ya definidas- se reflejan a veces en su aspecto: pueden mostrar rasgos semibestiales (colmillos, garras, pilosidad...), vestir pieles o también armadura, no obstante, así como manejar la espada, aunque lo común es que utilicen armas primitivas (maza [10], tinel o tronco de árbol, un badajo de campana, como Morgante, quien, tras recibir bautismo, se tornará auxilio del Orlando carolingio); y pueden cabalgar unicornios, alfanas, camellos o elefantes. [11]

La sociedad del momento también se hace eco de la gigantomaquia y de la caballería. Dos obras de gran fama que Cervantes muestra conocer como son el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada (I, VI, p. 85; II, XXXVIII, p.1031 y LXV, p. 1275) y la Silva de varia lección de Pedro Mexía (I, XXV, p. 308; II, XII, p. 787, LIX, p. 1217 y LXV, p. 1275) presentan menciones de gigantes, siempre dentro de ese ámbito de lo maravilloso y extraño: sobre todo se habla de huesos enormes (20 codos: 8’36 m; o hasta 40 pies: 11’2 m), o se alude también a Roncesvalles y a los huesos de combatientes en la batalla en que Carlo Magno fue vencido por el rey Don Alonso de León, y en la que Bernardo del Carpio mató a muchos de los Doce Pares de Francia. [12]

Sin embargo, los gigantes de los libros de caballerías no son tan grandes que no puedan recibir golpes en el yelmo; el mismo don Quijote lo razona así en una digresión sobre el asunto:

En esto de gigantes -respondió don Quijote- hay diferentes opiniones, si los ha habido, o no, en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de altura, (tan sólo 3'135 m.) que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que la geometría saca esta verdad de duda. Pero con todo esto, no sabré decir con certidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser muy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace mención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo de techado; y pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no era desmesurada su grandeza (II, I, pp. 693-94) (El paréntesis en cursiva es nuestro).

Los gigantes y las gestas caballerescas van unidos, en fin, de forma inseparable; tanto es así que Bouza da noticia del torneo celebrado en Valladolid en 1523 con motivo de las fiestas por la venida del emperador Carlos V a Castilla:

[...] que los caballeros corriesen a la lanza según los capítulos que había fijado una desconocida princesa y que guardaba, bajo un abeto, su fiel servidor Margalant el gigante, quien debía dar a conocer las reglas de la justa a todos aquellos aventureros que deseasen participar en el combate.

El encargado de representar al jayán era Antoncico, para ello, el enorme arquero apareció fiero, barbudo y espantable, llevando en la mano una estaca o fuste de madera a manera de árbol, que manejaba tan cómodamente como manejaría un hombre un palo de tres pies de largo. Del cuello llevaba colgado en banderola, un muy potente chafarote turco o cimitarra curvada. Se había puesto, aderezado o plantado, una cofia de damasco de los colores de la divisa de su dueña: en parte amarillo y en parte rojo.

Desde la escenografía hasta la indumentaria del gigante, aquí todo recuerda a los libros de caballerías, cuyos jayanes se presentan de tan espantable manera, cimitarra berberisca incluida. [13]

Si bien es cierto que media casi un siglo entre este torneo y la publicación de la primera parte del Quijote, no lo es menos que hubo otras muchas justas hasta bien entrado el siglo XVII [14] que constituyen un ejemplo clarificador de hasta qué punto el universo de la caballería andante puebla la realidad de las gentes. Don Quijote se hubiese alegrado caso de encontrarse con este Antoncico de “dieciséis o diecisiete pies de altura” [15] (unos cuatro metros y medio, aplicando los 28 cm que mide el pie de Castilla), porque debía ser incuestionable -según lo visto hasta ahora- para Cervantes y para cualquier mediano conocedor de la vida caballeresca que nuestro buen desfacedor de entuertos tenía que vivir alguna aventura con gigantes.

En efecto, a lo largo de la novela hay numerosas alusiones a gigantes o jayanes y el propio don Quijote aclara con total literalidad lo que los gigantes representan: “Hemos de matar en los gigantes a la soberbia” (II, VIII, p. 754). Pero son tan sólo dos los momentos en que los gigantes cobran relevancia absoluta: las llamadas aventura de los molinos de viento (I, VIII, pp. 103-6) y aventura de los cueros de vino (I, XXXV, pp. 454-58).

En la primera de ellas caballero y escudero topan con “treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo”, contra los cuales arremete don Quijote creyéndolos gigantes que agitaban “más brazos que los del gigante Briareo” que tenía cien y cincuenta cabezas. Ganan el combate los felones gigantes, que con un mandoble de un aspa hacen astillas la lanza del manchego paladín (I, VIII, p. 104). La estructura de esta aventura ha sido analizada por H. Mancing, para quien contiene todos los elementos que son característicos de la aventura quijotesca: don Quijote transforma la realidad; Sancho Panza puntualiza lo equivocado de la situación; don Quijote le refuta, se encomienda a Dulcinea y arremete ciegamente contra el adversario; si no se resuelve con una victoria, el desenlace constituye un infortunio para don Quijote, quien invariablemente lo achaca al influjo de algún encantamiento [16]: “que yo pienso, y así es verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento” (I, VIII, p. 105).

Si el vencedor de don Quijote fuese un auténtico gigante, un ser animado, la aventura no pasaría de ser un suceso triste y desafortunado; sin embargo, el hecho de que sea un objeto movido por el viento (el mismo viento que ayudará al también falso -en este caso cuerda y conscientemente falso- Caballero de los Espejos a vencer a la giganta Giralda de Sevilla: II, XIII, p. 801), reitera el aspecto grotesco y ridículo de la situación. Parece pertinente, llegados a este punto, poner de relieve lo atinado de la elección de Cervantes para representar al contrincante de don Quijote, ya que si por un lado el loco tiene la cabeza vacía, llena de aire, y por otro -como dice la Pícara Justina- la cabeza es un molino, la conclusión a la que llegamos es clara: la cabeza del loco es un molino de viento [17], como bien señala el propio Sancho: “¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?” (I, VIII, p. 104). En el proceso de la metáfora entre gigante y molino hay un paso intermedio: la torre, identificación que plausiblemente proviene de un pasaje de la Comedia de Dante dedicado a los gigantes que ya conocemos: el Canto XXXI [18]. También apunta A. Redondo algunas respuestas al porqué Cervantes elige un molino como representación del gigante [19]. El planteamiento gigante-torre-torres de viento-molinos de viento deriva en considerar a don Quijote como representación carnavalesca de la Locura y de ahí en exponer que “el combate del cuaresmal don Quijote contra los carnavalescos gigantes-molinos de viento no es más que otra modalidad de la simbólica contienda entre don Carnal y doña Cuaresma”. Señala asimismo cómo el folklore asigna al ámbito de la molienda caracteres peyorativos, considerando el molino como centro de robo y de erotismo: molinos, gigantes, todo ello en el mismo saco de las fuerzas del mal. Y aún nos proporciona una tercera interpretación: Alonso Quijano, hidalgo venido a menos que sobrevive como epígono de otras épocas con otros valores y mentalidades, embiste contra el progreso, contra la modernidad técnica -representada en unos molinos traídos de los Países Bajos hacía unas décadas [20]- que tan perniciosos cambios ha acarreado al modus vivendi de los hidalgos.

Según lo visto, podemos dar otra vuelta de tuerca y considerar que don Quijote ataca el símbolo de su locura -tan consciente parece mostrarse a veces de ella- y que cuando carga contra esas torres de viento cuyas aspas al girar nublan su entendimiento acaba derribado y vapuleado por efecto de su propia insania, como va a ir ocurriendo indefectiblemente a lo largo de sus aventuras. Lo que queda fuera de toda duda es la estrecha relación que para Cervantes se instituirá a partir de esta aventura del capítulo VIII no ya entre gigante y torre, sino entre molino y gigante: el cura, en un tímido expurgo literario, dice de la Crónica del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba y Aguilar, con la vida del caballero don García de Paredes ser “historia verdadera”; y a propósito del último -y para darle autoridad sorprendentemente como personaje real frente a los ficticios Felixmarte y Cirongilio- que fue “valentísimo soldado y de fuerzas naturales que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia”. Y en respuesta a lo enunciado por el cura, asociando ya claramente la victoria sobre el molino con la victoria sobre el gigante, dice el ventero que tendría que “leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura” (I, XXXII, p. 407).

Para concluir lo relativo al enfrentamiento de don Quijote con los molinos-gigantes, sólo resta señalar que una vez resuelto este nuestro buen caballero decide reemplazar su rota lanza por un tronco de encina o roble, a imitación de un tal Diego Pérez de Vargas, caballero español que luego sería apodado Machuca por este hecho: “de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel que me imagino, y pienso hacer con él tales hazañas [...]” (I, VIII, p. 105). Habida cuenta de lo irrisorio del aspecto de don Quijote (I, I y nota 60), este propósito de emplear un arma propia de toscos gigantones constituye un rasgo de comicidad añadida a las vetustas y trasnochadas armas de nuestro mal armado caballero.

La segunda aventura que hemos de abordar en lo que al motivo del gigante respecta es la de los cueros de vino. En ella la acción viene propiciada por el relato de Dorotea, quien en connivencia con el cura y el barbero se hace pasar por la princesa Micomicona que “viene en busca de vuestro amo -dice el cura a Sancho- a pedirle un don, el cual es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho” (I, XXIX, p. 368). En este caso Sancho, dado que en la imaginería caballeresca ínsula y gigante van unidos [21], lo cree a pies juntillas: “Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es cosa de nada: sólo es matar a un gigantazo” (I, XXIX, p. 370). Dorotea, al igual que barbero y cura, conoce bien los resortes de la literatura de caballerías, y así “desde aquí adelante creo que no será menester apuntarme nada; que yo saldré a buen puerto con mi verdadera historia.” (I, XXX, p. 380). En efecto, hija de un rey versado en magia de un reino lejano pide ayuda al caballero manchego, puesto que su padre, antes de morir la previno contra

un descomunal gigante, señor de una grande ínsula, que casi alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al revés, como si fuese bizco, y esto lo hace él de maligno y por poner miedo y espanto a los que mira), digo que supo que este gigante, en sabiendo mi orfandad, había de pasar con gran poderío sobre mi reino (I, XXX, p. 381)

Que una hermosa doncella solicitase su favor para vencer a un gigante tan malvado y soberbio ha de excitar necesariamente el magín del de la Triste Figura y por lo tanto no es de extrañar que más adelante, alojados en una venta, al calor del fuego y a punto de acabar la lectura de la novela del Curioso impertinente oigan a Sancho dar voces en auxilio de su señor, que en su aposento “daba grandes cuchilladas por las paredes” (I, XXXV, p. 454) con su espada tinta en una sangre que no es sino “alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.” (I, XXXV, p. 455).

Ya había aparecido en la novela mención a la costumbre de don Quijote de dar mandobles a imaginarios enemigos:

Sepa, señor maese Nicolás -que este era el nombre del barbero-, que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes, y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la batalla, [...] (I, V, pp. 80-81)

donde ya aparecen los elementos del combate imaginario contra uno o varios gigantes, y el de algún elemento líquido -sudor- como sangre. Además, al igual que con los molinos de viento, se lleva a cabo una personificación de objetos esta vez también por proximidad, al relacionar las cerdas de los cueros de vino con el aspecto piloso de los gigantes. Pero el proceso metafórico que lleva a Cervantes a identificar cueros de vino y gigantes probablemente tenga también y sobre todo una raíz literaria: Las Metamorfosis de Apuleyo [22], en uno de cuyos relatos el protagonista, Lucius, narra cómo totalmente ebrio acuchilla tres odres de vino. Hay no obstante alguna diferencia: don Quijote no solapa fantasía y realidad bajo los efectos del alcohol, sino llevado de la perniciosa lectura de libros de caballerías, con la salvedad de que Cervantes añade al fabular de don Quijote el sonambulismo: “Y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante;” (I, XXXV, p. 455). En el primer caso se produce un distanciamiento humorístico y así la aventura de Lucius se convierte en una broma que mueve a risa a todos, incluido el mismo protagonista; e incluidos nosotros, lectores. En el segundo, el dislate de don Quijote y Sancho a la larga hace reír asimismo a quienes los hallan en un aposento anegado en vino y con un aspecto ridículo, en ropa de dormir; aunque caballero y escudero no logren discernir entre realidad e invención con tanta facilidad como Lucius. También en esta aventura hay un distanciamiento humorístico pero ahora ríen todos salvo los protagonistas; ¿y nosotros, lectores? El episodio que en la obra de Apuleyo reviste una comicidad patente adquiere en la de Cervantes un carácter tragicómico que torna en amarga la sonrisa que la comicidad provoca en nosotros, ya que por otro lado el rasgo trágico sólo puede augurar un final funesto.

Otro aspecto destacable de este acontecimiento, anteriormente apuntado, es que Sancho también cree de veras en la lucha contra los gigantes; ahora no desengaña a don Quijote como en otras ocasiones [23] sino que en este caso él ha de ser desengañado, lo cual constituye uno de los hitos en la evolución de Sancho, tratada normalmente respecto del concepto de “quijotización” de Madariaga [24]:

Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; [...] y ahora no parece por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.

-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el ventero-. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?

-No sé nada -respondió Sancho-: sólo sé que vendré a ser tan desdichado, que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado, como la sal en el agua.

Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo [...] (I, XXXV, p. 456)

Podemos concluir entonces que ambas aventuras, la de los molinos de viento y la de los cueros de vino, responden a la necesidad de Cervantes de incluir en su obra enfrentamientos con gigantes según la preceptiva de la literatura de caballerías, preceptiva que los lectores de la época (como el cura, como el barbero, como Dorotea, como el ventero, etc.) conocían bien. No obstante, si bien el autor debe introducir gigantes en la narración para que el Quijote sea una novela de caballerías no puede hacerlos aparecer como reales, ya que esto contravendría de todo punto el espíritu y la intención de la obra de combatir los disparates de los (malos) relatos caballerescos. Cervantes recurre entonces al trastorno en el juicio del personaje para transformar la realidad que lo rodea -una realidad contemporánea, con lo cual la verosimilitud ha de guardar una delicada armonía con las fabulaciones caballerescas para que estas no sean las de un loco simplemente-, no muy a propósito para gestas de caballería, de suerte que para don Quijote molinos y cueros cobran vida y se transforman en gigantes; e introduce así el aspecto paródico, tan importante a lo largo de una novela que se hilvana sobre el cañamazo del humor.

En cualquier caso, loco o cuerdo, caballero andante o hidalgo trasnochado, risible o admirable, Cervantes logra imprimir en don Quijote un tierno e inocente desvalimiento que lleva al lector a encariñarse irremediablemente con este infortunado émulo de Amadís.

 

NOTAS

[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. Instituto Cervantes, I, cap. XXI, pp. 250-53. Véase vol. II, apéndice 3 por Mari Carmen Marín Pina “Motivos y tópicos caballerescos”. En lo sucesivo las referencias de las citas de esta edición del Quijote irán insertas en el texto, mostrando entre paréntesis la parte, capítulo y página.

[2] Bouza, Locos, enanos y hombres de placer, p. 12.

[3] J. M. Lucía Megías, “Sobre torres levantadas, palacios destruidos,...”; X. Luna Mariscal, “El gigante ausente”.

[4] Es algo que reflejará posteriormente, por ejemplo, Rabelais en su Gargantúa y Pantagruel.

[5] J. M. Cacho Blecua, Amadís: heroísmo mítico cortesano, 1979, p. 237; F. Olmedo, El Amadís y el Quijote, pp. 57-60.

[6] X. Luna Mariscal, “El gigante ausente”.

[7] J. Chevalier, Diccionario de símbolos; F. Márquez Villanueva, Fuentes literarias cervantinas.

[8] J. Domínguez Lasierra, Aragón legendario, p. 60.

[9] M. Gómez Tabanera ed., El folklore español.

[10] La maza aparece asociada a la fuerza brutal y primitiva. Es el arma de Heracles, quien -como ya se ha dicho anteriormente- comparte rasgos de gigante y de héroe. La maza incide en la dicotomía simbólica “perversidad aplastante / perversidad aplastada”: Chevalier, Diccionario de símbolos.

[11] Márquez Villanueva, Fuentes literarias cervantinas, p. 302.

[12] Antonio de Torquemada, Jardín de flores curiosas, Giovanni Allegra ed., Madrid, Clásicos Castalia, 1982, p. 153 y ss. Para lo relativo a la equivalencia de las medidas, véase DRAE.

[13] F. Bouza, Locos, enanos y hombres de placer..., p. 171.

[14] A. Egido, Cervantes y las puertas del sueño, cap. II: El Quijote. “La Cofradía de San Jorge y el destino de don Quijote”.

[15] F. Bouza, Locos, enanos y hombres de placer..., p. 50.

[16] H. Mancing, The Chivalric World of Don Quijote, pp. 46-48. La aventura de los dos rebaños, por poner otro ejemplo de sobras conocido, presenta una estructura y características idénticas a la de los molinos de viento.

[17] A. Redondo, Otra manera de leer el Quijote, 1997, p. 332.

[18] W. Avery, “Elementos dantescos del Quijote”; Gargano, “Gigantes, torres, molinos...”

[19] A. Redondo, Otra manera de leer el Quijote, 1997, p. 329 y ss. Es interesante la alusión que se hace a un cuadro pintado por el Bosco, La tentación de San Antonio, donde aparece una torre agitando sus brazos.

[20] J. M. Lucía Megías, “Sobre torres levantadas, palacios destruídos,...”

[21] J. M. Lucía Megías, “Sobre torres levantadas, palacios destruidos,...”

[22] M. Bambek, “Apuleyo y la lucha de don Quijote contra los cueros de vino”; W. Quiroga Salcedo, “Ecos de Apuleyo en el Quijote”.

[23] H. Mancing, The Chivalric World....

[24] E. Williamson, El Quijote y los libros de caballerías, p. 167 y ss.

 

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El presente artículo ha sido publicado previamente en Ágora. Revista de cultura, ensayo y creación literaria, Centro de profesores y recursos de Ejea, n.º 3, abril de 2005, pp. 52-58.

 

© Francisco Acero Yus 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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