El concepto de nación
a través de la identidad individual y colectiva
en la novelística de Teresa de la Parra,
Ana Teresa Torres y Laura Antillano

Javier Meneses Linares

Universidad del Zulia
Facultad de Humanidades y Educación
Maracaibo, Venezuela


 

   
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A Abraham José Francisco
Con todo mi amor…

 

RESUMEN: Este trabajo de investigación sobre la literatura escrita por mujeres nace de de dos proyectos de investigación titulados: La literatura y el escritor venezolano, paradigmas de totalidad en la significación de la realidad socio- cultural venezolana e Historia, anécdota, nostalgia y sus circunstancias en la narrativa escrita por mujeres venezolanas, los cuales se adscriben a la línea de investigación Literatura Venezolana siglos XIX y XX del Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas. En él nos hemos planteado el estudio de una literatura vista al margen del proceso histórico- social y cultural no sólo venezolano, sino también latinoamericano y la desconstrucción de un discurso que a través de diversos géneros busca devolverle a su pasado reciente la presencia de sus voces relegadas: las voces de la mujer. El tiempo se vuelve cómplice en ellas develando las máscaras del “otro”, los nuevos métodos históricos, filosóficos, sociológicos y de análisis del discurso serán algunos de los modelos paradigmáticos a utilizar no para corroborar el papel subordinado de la mujer bajo la supremacía masculina, sino como instrumento para “dislocar las estructuras que han sostenido la arquitectura conceptual de nuestro sistema y de nuestra secuencia histórica” porque en ellas la literatura más que un arte ha sido y es también una ciencia, donde se plantea bajo el manto de la ficción y desde esa intimidad anecdótica y circunstancial la verdadera identidad del otro.
Palabras Clave: literatura, historia, desconstrucción, nación, modernidad, sujeto femenino.

 

El largo proceso que nos ha llevado a la globalización en la actualidad, está inserto y abarca todas las áreas de conformación mundial: economía, formas culturales, información, entre otras. Proceso que, pretende conducirnos a una homogeneización que prontamente encuentra su resistencia en las polarizaciones, centros y periferias. Esa visión única desde centros hegemónicos de poder se ve cada vez más invadida de manifestaciones periféricas que en otrora servían solamente para alimentar esos centros. De tal manera que, la intención de mantener vivas esas manifestaciones, con sus características propias, diferentes, y que tratan de imponerse a los viejos patrones hegemónicos, tras largos años de articulación de la ciudad letrada [1] y el poder, son cada vez más resistentes.

A medida que intentamos descubrirnos como identidad latinoamericana a través de las manifestaciones literarias, el mundo a la par entra de lleno en procesos de centralización de capitales que “adquieren mayor fuerza, envergadura, alcance. Invaden ciudades, naciones y continentes, formas de trabajo y de vida, modos de ser y de pensar, producciones culturales y formas de imaginar…” [2] en las que se destacan la Comunidad Económica Europea, el MERCOSUR, entre otras.

Nuestra historia venezolana es un compendio de aciertos y desaciertos que van desde un marcado apego a lo europeo, a través de las novelas fundacionales, hasta el descubrimiento de sus raíces autóctonas y de mestizaje en las novelas de corte criollista y costumbrista. Esto supone la búsqueda de una verdadera identificación que nos involucrará como pueblo tanto con lo europeo, de donde provenimos, como con las mezclas producto de la hibridación.

Ese proceso que ha supuesto un período de más de dos siglos, permanece hoy más que nunca con una herida que aún no cicatriza, encontrándonos de nuevo con la necesidad de afirmarnos como pueblo, de aceptar lo que en el fondo es casi una constante de nuestra literatura: la heterogeneidad como país que nos debe conducir a luchar en igualdad de condiciones con el atropellamiento cultural que acompaña la globalización:

“Todos los hombres son este hombre que es otro y yo mismo. Yo es tú. Y también él y nosotros y vosotros son modulaciones, inflexiones de otro pronombre secreto, indecible, que los sustenta a todos, origen del lenguaje, fin y límite del poema. Los idiomas son metáforas de ese pronombre original que soy yo y los otros, mi voz y la otra voz y la otra voz, todos los hombres y cada uno. La inspiración es lanzarse a ser, sí, pero también y sobre todo es recordar y volver a ser. Volver a ser.” (Paz: 1973:181).

La antítesis centro-periferia, cuyos términos son vivenciados como esplendor y miseria respectivamente, es por consiguiente una de las isotopías vertebrales del amargo monólogo de los personajes femeninos en la literatura escrita por mujeres. Las notas recurrentes que hacen de la reescritura de la historia, las caracterizaciones del héroe antiheroíco, la recurrencia del pasado, y su fracaso o la omisión de hechos relegados por las versiones liberales, o los detalles costumbristas, son sólo algunos de los pactos que subyacen tras la máscara de algunos de los personajes presentados en las novelas de la mujer venezolana y latinoamericana. Ese discurso literario que como ya hemos dicho se manifiesta a través de la novela intrahistórica, “narra desde lo anónimo y lo privado, desde los márgenes del poder; como única vía para la búsqueda de la identidad individual y colectiva a través de la revisión de la historia desde una perspectiva cargada de componentes afectivos”. [3]

Estas opciones por los temas del fracaso, la derrota y de las pérdidas no constituyen la totalidad de la narrativa escrita por mujeres en la segunda mitad del siglo XX, ellos son, tan sólo algunos rasgos más o menos pertinentes en el propósito final por producir una nueva novela histórica hispanoamericana:

“Uno saca pedazos que han ido adquiriendo un orden misterioso donde lo de ahora parece ir después, donde la dispersión de lo que antes parecía una secuencia produce cierto abismo o sensación de estar montada en un carrito de feria y vertiginosamente estar recorriendo toda la vida de atrás para adelante, perdiendo las señales que permitan siquiera un orden psicológico… me gustaría hacer una película donde eso pudiera verse tal yo lo siento por dentro, para hacerme entender, como si las palabras fueran instrumentos inadecuados para mostrar justamente lo que me parece es más bien una visión espacial… (Torres: 1990:168).

Esa literatura que se inició como una función narrativa [4] ambigua en las narradoras decimonónicas, va a dar paso a un discurso que desde el comienzo imprimirá actitudes renovadoras que se mantendrán hasta el final, permitiendo leer a un sujeto que se enuncia desde la comprensión/incomprensible o de la desconstructiva/construcción:

“Una mirada que no se centra ni en lo político, lo religioso, lo económico, lo educativo, o lo artístico sino en los perfiles cambiantes que proyecta la segunda mitad del siglo XIX. Señalándolo, como el siglo en el que la mujer abre la puerta para ir a jugar, a jugar un juego idéntico en su simbolismo al que se desprende de los versos de la ronda tradicional infantil, el “Arroz con leche”…” (Zelaya de Nader 1999:58).

La discusión sobre el tema de las identidades en relación con la nación en el caso latinoamericano, supone primero una ubicación en torno al tema de la posicionalidad. Para explicar eso, Hugo Achugar utiliza una historia de origen brasileño que dice así: Un hombre narra a un amigo su aventura con una onza. A medida que avanza el relato, el oyente interfiere reiteradamente en el relato, lo que obliga al fastidioso narrador a preguntar: ¿Vocé é amigo meu ou da onça? La historia de la onza agrega un personaje o una situación al escenario del proverbio africano: se trata del intelectual que sin ser onza, es amigo de ella. Lo que se agrega es la posicionalidad del intelectual que, sin pertenecer al ámbito de los oprimidos, se ubica a su lado, o al menos se identifica con ellos.

Sin embargo, ese relato supone también la discusión sobre el propio relato historiográfico y sobre las localizaciones de la memoria, incluso -según Achugar- la confrontación de la memoria oficial como de la memoria colectiva; de la memoria desde el poder como de la memoria desde los oprimidos.

El narrador venezolano de la segunda mitad del siglo XX, participa de la paradójica reflexión sobre el concepto de nación en América Latina, en contraposición al que se mantuvo durante todo el siglo XIX y comienzos del XX. Tal “dualidad no se resuelve nunca en afirmación única… la unidad es inalcanzable, excepto en el instante, siempre irrecuperable, del frenesí o del éxtasis… Condenado a la contradicción y a la búsqueda de la unidad… se encuentra un equilibrio: el concepto, la metáfora, el estilo… en uno y otro caso la forma se expresa como tensa coexistencia de los contrarios. No es tanto una manera de trascender sus contradicciones como un recurso para no ser desgarrado por ellas. Si no es una liberación, su estilo es una conciencia….” (Paz 1971:25).

La mayoría de las producciones que se van a dar en éste período son novelas históricas, porque de acuerdo con Alexis Márquez Rodríguez narran sucesos históricamente verdaderos, desde luego sometidos a un ficcionamiento novelesco. La recurrencia por el encuentro entre una memoria individual y una colectiva configuran las obras. Los imaginarios de país, se combinan con otros imaginarios de la cultura popular: el cine, la música, la publicidad, las noticias de prensa, la cultura universal, trascendiendo de esta manera de la vida familiar y personal a lo narrado. Todo ello, según Luz Marina Rivas- “permeado por la subjetividad que reúne la nostalgia, pero también la anécdota con el hecho histórico propiamente dicho”.

La búsqueda de un lugar en la sociedad por esos personajes femeninos, así como la construcción de su identidad a través del pasado, ya sea a través de la infancia en Memorias de mamá Blanca de Teresa De la Parra, o en Solitaria solidaria de Laura Antillano o en Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres, han sido temas constantes en la producción narrativa de la mujer venezolana. Según Hugo Achugar toda memoria, toda recuperación y representación de la memoria implica una evaluación del pasado. El tiempo de la evaluación de este fin de siglo es para unos posnacional y para otros poscolonial. No tomando en cuenta que, como lo señalamos anteriormente, si bien la globalización de la economía ha podido volver obsoleto el estado-nación, las formaciones nacionales no se agotan en lo económico, y que las múltiples historias: dominantes o silenciadas, hegemónicas o subalternas; son un elemento central de la categoría nación:

“Heredaste la costumbre de prometer que sembraron nuestros abuelos, otros prometidos, que vinieron a llenarse de gloria y de oro, y encontraron una tierra malojera y endiablada. Durante la guerra esto fue una piñata de promesas, y después no hubo quien no se sintiera merecedor de alguna y viniera a recogerla entre los escombros, y ¿qué fue lo que hallaron? Más promesas…han llovido los gritos libertarios, las consignas, pronunciamientos, asonadas, insurrecciones, alzamientos y alborotos y lo ocurrido se me presenta como una agitación indescifrable…abolieron la esclavitud, cuando ya no había esclavos sujetados, porque esa promesa de la guerra le fueron dando largas hasta mediar el siglo…Insensato, te estoy tratando de explicar que el país se deshace en la anarquía…” (Torres 1992: 91-92).

La literatura escrita por mujeres venezolanas es un acto de resistencia a todos esos cambios de conciencia tan profundos, que por su misma naturaleza traen consigo amnesias características propias. Ellas se valen de todos los medios posibles para su reconstrucción: certificados de nacimiento, diarios, tarjetas, cartas, historiales médicos, fotografías; sin embargo “esa cierta aparente continuidad es también simultáneamente una pérdida de la memoria. De esa extrañeza surge una percepción de persona, de identidad que, al no poder ser “recordada” tiene que ser narrada…” (Anderson 1991: 284):

“Ocurre que busco rodearme de estas paredes azules. Que en definitiva solo busco rodearme. Cerrar puertas y ventanas en ese deseo infinito de mantenerlo todo dentro de mí, como una rendida manzana de manos y gestos. La soledad de esta ciudad, su desconocimiento, ese único camino de salida y regreso a la universidad, me están haciendo nostálgica, tibia por el pasado…Cierro las puertas para reconstruir el acontecimiento y regresar al espiral…” (Antillano 2001: 23).

En Ifigenia el acto de resistencia es también un acto de inclusión a un yo universal representado por el hombre y su historia unificada, con la que hasta ahora se ha identificado la sociedad de finales del siglo XIX y comienzos del XX:

“Según parece, yo no tengo una profunda experiencia (cosa inútil y despreciable si se compara con la inteligencia), pero no obstante, en la relativa cantidad que poseo, he descubierto ya, que la manera más eficaz de exaltar el espíritu dominador de una fe cualquiera, consiste en negarla, discutirla o despreciarla. Por consiguiente, con el objeto de libertarme en algo del afán apostólico, con que Abuelita trata de inculcarme sus doctrinas… decidí abrazar por fin dicha ciencia… Similla similibus curantur… (De la Parra 1982:99).

Mediante el uso estratégico de una perspectiva objetiva, con una mirada admonitoria, Teresa De la Parra coloca en la voz del Tío Pancho los detalles de una vida que era para María Eugenia presencia imaginaria de una ausencia real. Esa ausencia que se transforma en la novela en presencia literaria, es como una metáfora de la nacionalidad y del ser mujer. Existe en el Tío Pancho la necesidad de inventar los seres, los objetos y las costumbres de esa realidad cotidiana y popular de la nación. Su palabra se asemeja, por el acto de capturar a través de la palabra y por la memoria, al país:

“…la igualdad de los sexos, lo mismo que cualquier otra igualdad, es absurda, porque es contraria a las leyes de la naturaleza que detesta la democracia y abomina la justicia. Fíjate. Mira a nuestro alrededor. Todo está hecho de jerarquías y de aristocracias; los seres más fuertes viven a expensas de los más débiles, y en toda la naturaleza impera una gran armonía basada en la opresión, el crimen y el robo… las mujeres… viven la honda vida interior de los ascetas y de los idealistas, llegan a adquirir un gran refinamiento de abnegación escondida en el alma, son tristes víctimas. Y es que ignoran la fuerza arrolladora que ejercen sus atractivos, se olvidan de ellas mismas; desdeñan su poder… y claro, viéndolas así… los hombres hacen de ellas una tristes bestias de carga sobre cuyas espaldas dóciles y cansadas ponen todo el peso de su tiranía y de sus caprichos, después de darle el pomposo nombre de “honor”…” (De la Parra 1982:73-74).

Las escritoras venezolanas, con una larga tradición en la construcción del género novelesco, indagan precisamente en el conocimiento de la tradición y su proceso no es, pues, una práctica inocente o neutra, pues obliga al escritor a hacerse consciente, fijar y comprometerse con lo que cree es su función: tensionar su acto creador con la realidad. Teresa De la Parra lee el “signo de su tiempo”, su labor escrituraria es la de traer al eterno presente, su pasado reciente, esto es, expresar de manera eufemística la decadencia decimonónica, con su sociedad piramidal:

“…Fue inútil que para defender a Mercedes yo describiese con la mayor elocuencia posible aquella abnegación de ella con Alberto su marido, el mérito de ser tan buena siendo una desgraciada y tan linda; sus sentimientos generosos y su inmenso corazón. Todos me contestaron diciendo que no veían en ello ningún mérito, puesto que una mujer bien nacida, una vez casada, por muy desgraciada que fuera, debía sufrir en silencio su desgracia, sin faltar jamás a sus deberes, sin dar a la sociedad ese espectáculo grotesco, y escandaloso que es el divorcio…En vista de tanta evidencia mezclada a tanta unanimidad, juzgué definitivamente perdida la causa de Mercedes, y opté por callarme discreta y dócilmente… (De la Parra 1982:227-228).

Esa literatura que surge producto de todos los cambios de conciencia profundos., es en Doña Inés contra el olvido la forma como las escritoras de la segunda mitad del siglo XX construyen la nación y la identidad nacional: individual y colectiva. De manera que esos olvidos -a los que hace referencia Anderson- surgen de manera reveladora en las escritoras venezolanas en circunstancias históricas específicas a través de su narrativa. Profunda contemplación y revisionismo histórico-cultural caracteriza su discurso. Así por ejemplo, el negro, el mestizo, la mujer como el otro, ponen a dialogar clases e individuos socialmente diferentes, por eso ese discurso de la otredad se construye a partir de un espacio de encuentros de “nosotros” y los “otros”, a partir de los desencuentros ideológicos; y que van en definitiva a la búsqueda de la identidad nacional en su deseo de consolidación. Tanto la nación como la identidad nacional están disociadas a través de la novela, con la tradición:

Tengo un deseo insatisfecho…estas piedras caídas son mías, esos cuatro ríos que cruzan la ciudad, son míos, este estrecho valle es el mío, y esa niebla que abraza la montaña del Ávila es la mía…Ayúdame a buscarlos negro terco, porque tú también estás vivo en esta búsqueda. Yo tengo la razón que me da el pasado y tú la que te da el futuro; ya verás que el tiempo nos cubrirá a los dos completamente, pero yo seguiré buscando porque tengo la voluntad de que permanezcamos en la memoria.” (Torres 1992: 35-36).

En Solitaria solidaria, dos historias se entrecruzan: la de Zulay Montero, profesora de Historia en la Universidad de Carabobo en el siglo XX, y la de Leonora Armundeloy, mujer decimonónica que conocemos a través de diarios y cartas que ha encontrado accidentalmente Zulay en una biblioteca, donde es narrada detalladamente su historia. La reflexión se impone a partir de las dos historias. La preocupación identitaria es un rasgo característico de la novela, no sólo en las expresiones y realidades cotidianas e informales pertinentes al personaje de Zulay, sino también en el discurso intelectual. Su evolución en ese proceso de continuidades y rupturas expone claramente una instancia socio-cultural no resuelta y que se manifiesta a través de Leonora.

De ésta íntima vinculación entre discurso, sociedad, identidad y sujeto femenino; y a través de diferentes tropos se va hilvanando la novela y se va configurando en Solitaria solidaria el concepto de identidad nacional, producto de ese relato de hechos históricos y la novelización de figuras candentes de la historia del siglo XIX.

“¿Otra oportunidad?...

No… ¿Qué es otra oportunidad?... Tú mismo no lo sabes….

La oscuridad de la estancia al inicio, con el transcurso del descanso de la mirada ha ido estableciendo claros; así Zulay ahora puede identificar los contornos de las cosas, e incluso los brillos conocidos de ese rostro al que le habla. No puede sin embargo, y ello la angustia, tener una sensación más precisa de la zozobra del otro frente a sus palabras”… (Antillano 2001:15).

Esa conciencia de las escritoras venezolanas, comprometidas desde los inicios del siglo XX con el afianzamiento de su identidad propiamente dicha, las lleva a moldear los géneros clave de su producción literaria. Detrás de la ficción tratan de exponer un nuevo modelo, otro pacto social que sea distinto al secular decimonónico. En nuestras escritoras hay una concepción de identidad del otro en sí mismas, un concepto de nación, del ser venezolanas que se deja ver en las imágenes de sus heroínas en oposición a los arquetipos femeninos impuestos en las novelas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Ya sea en una novela histórica, un relato autobiográfico o un buildungsroman, existe un estado cohesivo de identidad; y aún, cuando permanece en apariencia en un estado de fragmentación o anquilosada, el determinismo presente en una Ifigenia, es el inicio de todo un modelo paradigmático que rige -según Lipovetsky- el lugar y el destino social de la mujer. Esa literatura inicial que se debatió entre el ser y el deber ser es lo que Noe Jitrik define como “el relato de algo históricamente reconocido o enmarcado… refiere un algo que debe ser entendido de dos modos: en tanto núcleo preexistente debe ser considerado referente; en tanto aparece transformado en el texto deberá ser considerado referido…” [5]

La ficcionalización de episodios y recurrencias a la historia venezolana en las escritoras Laura Antillano y Ana Teresa Torres, pone de manifiesto uno de sus mayores intereses: el pasado histórico y la identidad nacional. Pasado histórico próximo y remoto con referencias a momentos de triste celebridad: el terremoto de Caracas en Doña Inés contra el olvido o los triunfos y derrotas de Guzmán Blanco en Solitaria solidaria, son sólo algunos de los paseos por un jardín cuyas sendas se bifurcan. De tal manera que “así el pasado nos resulta ficción del presente… la explicación del pasado deja de estar marcada por la distinción entre el aparato explicativo, que es presente, y el material explicado: los documentos que se refieren a las curiosidades de los muertos…” [6]

Ese pasado y sus curiosidades de los muertos, es el otro y el uno mismo desde el cual se construye la identidad. Esto es, el hombre -como dice Octavio Paz- que ya es todo lo que quería ser: roca, mujer, ave, los otros hombres y los otros seres. Es imagen, nupcias de los contrarios, poema diciéndose a sí mismo. Es en fin, la imagen del hombre encarnado en el otro hombre.

Esta propuesta escrituraria es como dice Fornet-Betancourt [7] uno e los principales requisitos para una real convivencia intercultural, donde uno, se reconozca en el otro como “horizonte de comprensión”, como “una fuente de sentido de igual originalidad y dignidad”, entendiendo ese encuentro como una interpelación de los diferentes y posibles modos de pensar.

 

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Notas:

[1] “A través del orden de los signos, cuya propiedad es organizarse estableciendo leyes, clasificaciones, distribuciones jerárquicas, la ciudad letrada articuló su relación con el poder, al que sirvió mediante leyes, reglamentos, proclamas, cédulas, propaganda y mediante la ideologización destinada a sustentarlo y justificarlo… remedó la majestad del poder, aunque puede decirse que éste rigió las operaciones letradas, inspirando sus principios de concentración, elitismo, jerarquización…” En La ciudad letrada, Ángel Rama. Ediciones del Norte, USA.1984.

[2] Octavio Ianni: A sociedade global. Civilizacao Brasileira, 1992, Río de Janeiro, 39.

[3] Luz Marina Rivas. La novela intrahistórica, 2004, Venezuela, 100.

[4] El mensaje que emitirá la función narrativa de estos textos es siempre tranquilizador para ciertos sectores de cultura; porque el contexto comunicacional que implica esta función (contexto que de hecho constituye el verdadero contenido del mensaje) sólo sirve para reforzar las ideologías imperantes. No obstante, esos ideologemas son socavados por el fenómeno de la relación entre escritura y lectura movilizado por la función textual. Cuando esto sucede, los textos deben entenderse como portadores de mensajes diferentes a los aceptados por las ideologías dominantes. Esta duplicidad literaria en las obras surge como respuesta a fuerzas sociales represivas, ejercidas por medios legales, institucionales, judiciales, económicos o culturales, que se dan en una sociedad. Chambers, Ross. The wrinting of melancholía. Chicago. 1993.

[5] En: La imaginación histórica. 1995. Biblos. Buenos Aires, 49.

[6] De Certau, La escritura de la historia, 1993, 23.

[7] En Transformación intercultural de la filosofía. Bilbao, España. 2001.

 

© Javier Meneses Linares 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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