Las Indias y Argel en la literatura picaresca

José Ignacio Barrio Olano *

Universidad James Madison


 

   
Localice en este documento

 

En primer lugar hay que precisar que las Indias no son, en realidad, un escenario típico de la novela picaresca. No hay, por lo menos en los siglos XVI y XVII, novelas picarescas españolas de ambiente americano y sólo son tres los pícaros literarios que eventualmente pasan a las Indias: Alonso mozo de muchos amos, el buscón Pablos y Lazarillo de Manzanares. Sin embargo, las Indias son una referencia constante en la picaresca, porque si no aparecen propiamente como un escenario, sí aparecen como una expectativa, como un rumbo conocidísimo en el que es más emblemática la vuelta que la ida y como una carrera a seguir. Es precisamente en "la carrera de las Indias" donde se forma el personaje del perulero o indiano que, una vez acumulada suficiente riqueza, regresa a España para vivir de las rentas. En ese momento histórico, el rumbo de las Indias es, como lo expresa Estebanillo González, "el camino de la codicia.”[1] En la picaresca, la mentalidad mesiánica de Cristóbal Colón ha quedado por tanto reemplazada por una mentalidad lucrativa y mercantil: si el propósito más definitivo de Colón era transportar el oro y las riquezas americanas hasta Jerusalén para reconstituirla como ciudad escatológica y cumplir así las profecías de Isaías y de Esdras, [2] un pícaro como Lazarillo de Manzanares dirá, por el contrario, lo siguiente:

Mi intento... nunca fue vivir de asiento en éste o en otro lugar alguno de los de España, antes dar conmigo en las Indias, donde hombres bajos vienen de ordinario ricos, aunque vayan sin oficio, porque, llevando consigo el poderse aplicar a mercaderes de cosas bajas, nunca se vienen sin dineros. [3]

Para la mentalidad picaresca, las Indias se asemejan por tanto a la tierra fabulosa de Jauja o de Cucaña, donde el interesado puede, con un poco de maña, "lograr las cosas con poco trabajo o a costa ajena." [4]

Me propongo hacer una revisión de los personajes picarescos en su relación con las Indias, para lo cual voy a distinguir entre lo siguiente: 1) Los pícaros que logran pasar a las Indias; 2) Los pícaros que intentan pasar a las Indias, pero que por una razón u otra no lo consiguen y 3) Los peruleros o indianos que vuelven de las Indias a España.

En el primer grupo, el de los pícaros que pasan a las Indias, sólo encontramos a tres, como he apuntado al principio: Alonso, Pablos y Lazarillo de Manzanares.

Entre los muchos amos que tiene Alonso, el octavo es don Fadrique, que, recién nombrado alguacil mayor de Méjico, anda buscando un criado antes de zarpar para las Indias. Alonso, que le oye hablar, se ofrece a él para ese servicio, logrando su propósito. Tanto amo como criado, antes de emprender la travesía, sueñan con volver ricos a España, pero no es esto lo que les sucede. En un principio, Alonso, que además de dedicarse a sus labores de criado, inicia una serie de actividades mercantiles, llega a prosperar más que don Fadrique como alguacil, quien resulta ser un derrochador, de tal manera que se invierten los términos y don Fadrique acaba dependiendo económicamente de Alonso. Sin embargo, no satisfecho con lo que tenía, Alonso quiere hacer un gran negocio que le proporcione un bienestar vitalicio y a tal fin envía todas sus mercancías en una nave que sale para China, con tan mala suerte que en una tormenta se pierden todos los géneros y con ello toda su hacienda, con lo cual queda en la miseria y tiene que volver al servicio de su antiguo amo el alguacil, quien también estaba con el agua el cuello. Don Fadrique muere poco después y Alonso regresa a España tan pobre como cuando salió de ella, e irónicamente, al lado de indianos que tuvieron mejor suerte y vuelven riquísimos. Está claro que Alonso, desde la perspectiva religiosa que nos habla, está haciendo una parodia de la carrera de las Indias y de la codicia que la promueve. Dice que el único navegante que tuvo una justificación para navegar fue Noé con su arca, y que todos los demás son unos ambiciosos y unos codiciosos, por lo cual y por los peligros que sobrevienen en la navegación antepone el antiguo lema Non plus ultra de las Columnas de Hércules al Plus Ultra de la Edad Moderna. [5]

En el Buscón, el paso a las Indias se limita tan sólo a una alusión y sirve como epílogo a la novela. Pablos ha llegado a Sevilla de Toledo, en donde ha sido cómico y galán de monjas. En Sevilla, Pablos se encuentra con un antiguo condiscípulo de la Universidad de Alcalá, que antes se llamaba Mata y ahora Matorral y que dirige una cuadrilla de sicarios y maleantes a los que se une Pablos. Después de atacar a una ronda de corchetes, se refugian en una iglesia, y viendo que el acoso de la justicia iba para largo, Pablos decide pasar a las Indias en compañía de una prostituta que se le aficiona:

… determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella, a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como v. m. verá en la Segunda Parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres. [6]

Desgraciadamente esta segunda parte del Buscón en tierras americanas no existe, con lo cual nos perdemos lo que indudablemente habría sido un nuevo alarde estilístico de Quevedo. El Buscón, por tanto, encajaría dentro de la galería de personajes que, según Cervantes, en El celoso extremeño, marchan a las Indias: "desesperados", "alzados", "homicidas", "jugadores" y "mujeres libres." [7]

Tampoco se relata en el Lazarillo de Manzanares su viaje a ultramar, aunque se trata de un leitmotiv presente en toda la obra. Menciona tres veces que su inclinación le lleva a las Indias, en donde a un hombre de baja extracción social le es posible enriquecerse, lo cual le parece preferible a establecerse en algún lugar de España sin pena ni gloria.[8] Llega un momento, sin embargo, en que cambia de idea y piensa, siguiendo el parecer de su amo el ermitaño, que "el ingenioso en España las tiene" [las Indias]. [9] Por ello, en lugar de embarcarse, Lazarillo entra al servicio de un canónigo y luego pone una escuela de muchachos. A pesar de ello, al final de la novela le ocurre lo mismo que a Alonso, ya que conoce a un tratante de Sevilla que le propone trabajar para él en sus negocios trasatlánticos, empleo que acepta Lázaro embarcándose para las Indias, lo que marca el final de la novela.

En el segundo grupo, el de los pícaros que proyectan pasar a las Indias, pero que al final no van, encontramos a Guzmán de Alfarache, Marcos de Obregón y, con reparos, a Estebanillo González.

Ya a finales de la Segunda Parte, Guzmán regresa a Sevilla en compañía de su segunda mujer después de haber sido su rufián en Madrid, soñando los dos con esquilmar a los peruleros. [10] En Sevilla viven en compañía de la madre de Guzmán y cometen algunos hurtos, pero llega el momento en que su mujer se cansa de aquella situación y se marcha a Italia con un capitán de galeras del que se enamora, no sin antes haber desprovisto a Guzmán de todo su dinero y joyas. Guzmán se las arregla para entrar a servir como administrador a una señora que tenía a su marido en las Indias, a la que roba profusamente y es entonces cuando acaricia la idea de marcharse a Indias: "mi designio era hacer una razonable pella y dar conmigo lejos de allí a buscar nuevo mundo. Queríame pasar a las Indias y aguardaba embarcación... pero no lo pude lograr." [11] Lo que ocurre es que se descubre el pastel, lo prende la justicia y lo meten en la cárcel, de lo que resulta su condena a galeras por todos los delitos que había cometido.

Deseoso de ir a las Indias Occidentales, Marcos de Obregón abandona sus estudios de artes en Salamanca para enrolarse en la armada de Pedro Menéndez de Avilés que en 1574 estaba montándose en Santander y en la que llegan a nombrarle alférez. Aunque dicha armada estaba destinada a salir a campaña contra Inglaterra, parece que el propósito de Marcos era permanecer a las órdenes de Menéndez de Avilés, quien era Adelantado de la Florida, de modo que pudiera después llegar con él a las Indias. Sin embargo, una grave enfermedad contagiosa se abate sobre la escuadra, diezma las tropas y desbarata completamente la expedición antes de zarpar, con lo cual Marcos desiste de su sueño ultramarino. [12]

El caso de Estebanillo González es algo diferente. De manera ocasional, como todo en la vida de Estebanillo, se embarca en una de las galeras que zarpan de Cádiz para recibir a la flota de Indias y escoltarla hasta España. Según sus propias palabras: "Embarcámonos en doce bajeles de Nueva España, y apartándonos de la Vieja, seguimos el rumbo de Colón y el camino de la codicia.” [13] Pero a poco de zarpar, se desata una fuerte tormenta que da al traste con la escolta y le hace regresar al puerto. Sin embargo, a pesar de que no pasa a las Indias, Estebanillo viaja constantemente por mar y por tierra, trazando un itinerario enrevesado y mareante.

El tercer grupo de personajes que aquí distingo, el de los peruleros que regresan a España, aparece mayormente en las novelas picaresco-cortesanas de Castillo Solórzano. Este indiano literario es un tipo que, al regresar a España cargado de riquezas, frisa la edad quijotesca de cincuenta años. Normalmente se establece en Sevilla, se comporta como un avaro y un tacaño y su única ocupación es atender a sus negocios en la Casa de Contratación. Por sus características -es muy rico y normalmente desea casarse- resulta una codiciada presa para las pícaras que aquí nos ocupan.

Las harpías en Madrid son precisamente hijas de un caballero que murió en la carrera de las Indias. Sin hacienda y con deudas, se trasladan de Sevilla a Madrid para sacar dineros con las únicas armas de su belleza y su falta de escrúpulos. Se hacen con un coche de cuatro caballos, el coche de las estafas, al que someten a tantas transformaciones como identidades falsas adoptan ellas. En la Estafa Segunda, la harpía Luisa tima a un caballero genovés haciéndose pasar por doña Ángela de Bolea, rica mujer de Zaragoza que está en la corte para esperar a un tío suyo que viene de las Indias. Con una treta que idea de falsificar cartas de acreedores, logra que el genovés le dé joyas y dinero, y entonces ella le da a cambio esquinazo. En la Estafa Tercera, la harpía Constanza finge ser viuda de un perulero y estafa a un sacerdote con el pretexto de tener que erigir, por mandato de su marido, una capilla en una iglesia. [14]

En La niña de los embustes el tercer marido de Teresa es el perulero don Álvaro de Osorio, quien prácticamente secuestra a Teresa y a Leonor, una hermana de don Álvaro que va a vivir con ellos, sometiéndolas a una vida insufriblemente austera. Consumido por los celos y el sentimiento del honor, don Álvaro hiere gravemente a su hermana creyendo que lo deshonraba, y dándola por muerta, se retira a un convento y muere poco después, dejando a Teresa viuda por tercera vez y muy rica.

En La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas, Rufina se casa con Lorenzo Sarabia, agente de los negocios de un perulero. Para compensar la severidad en la que Sarabia la obliga a vivir, Rufina trata con dos jóvenes pretendientes que acaban enfrentándose en una reyerta, de tal manera que Sarabia se entera del doble adulterio de su mujer y muere de aflicción. Tras esto, Rufina traza hacer una burla al perulero Marquina, que vive retirado en una casa de campo. Con la ayuda de un antiguo compinche, de nombre Garay, Rufina busca refugio en la finca de Marquina, haciéndose pasar por Teodora, una atribulada dama de quien cuenta al perulero la fingida historia. Marquina cae en la trampa y se enamora de ella, pero Rufina, cuando lo ve más confiado, le roba todas sus riquezas y huye con Garay a Madrid.

El otro derrotero crematístico que aquí incluyo, el de Argel, es sin duda menos relevante como tal que el de las Indias. Mayormente, Argel es tierra de cautiverio, y de hecho, hay dos pícaros protagonistas que sufren esa experiencia, Marcos de Obregón y Alonso, y también personajes secundarios, como Hernando, criado de Teresa de Manzanares, por no hablar de las identidades falsas, como la historia de Feliciana que inventa Teresa. [15] Sin embargo, en dos novelas picarescas la navegación a Argel se presenta también como "camino de la codicia". En la primera continuación del Lazarillo, el Lazarillo de Amberes, el enrolamiento de Lázaro en la armada de Argel está motivado por la codicia:

… y començáronse a alterarse unos, no sé cuántos, vecinos míos, diciendo: "Vamos allá, que de oro hemos de venir cargados." Díxelo a mi mujer, y ella, con gana de volverse con mi señor el Arcispreste, me dijo: “- Haced lo que quisiéredes; mas si allí vais y buena dicha tenéis, una esclava querría que me truxéssedes que me sirviesse, que estoy harta de servir toda mi vida. Y también para casar a esta niña no serían malas aquellas tripolinas y doblas zahenas, de que tan proveidos dicen que están aquellos perros moros.” Con esto y con la codicia que yo tenia, determiné -que no debiera- ir a este viaje. [16]

Después la expedición naufraga y Lázaro se convierte en un atún, en lo que quizás pudiera verse la misma idea de El Crótalon de la transformación en bestia que sufre el hombre cuando proyecta su felicidad en el oro. [17] El caso es que Lázaro va al mar por codicia y quiere salir del mar por codicia, para llevar a tierra los tesoros submarinos que ha recogido en los despojos de los naufragios. [18]

La Segunda Parte del Lazarillo, de Juan de Luna, se inicia de manera similar y pone un especial énfasis en el tema de la codicia que domina al género humano. [19]

El contrapunto a todo esto lo pone La Tercera Parte de Guzmán, de Machado de Silva, quien rescata la mentalidad mesiánica de Colón al considerar que Dios se ha servido de la codicia de los hombres para llevar la luz del evangelio a ultramar. Si al principio de la novela se compadece del ambicioso que en sus propias palabras, "por adquirir riquezas fía la vida a la inconstancia de los mares, a la fragilidad de una nave, a la inclemencia de los tiempos...“ [20], para cuando termina la novela, entiende el mundo en términos náuticos y apostrofa al lector: "No me vuelvas al remo del mundo, a los naufragios de sus escollos, a los accidentes de su inconstancia, a las borrascas de su fortuna, a los contrastes de sus olas." [21]

 

NOTAS

[1] Antonio Carreira y Jesús Antonio Cid, eds. La vida y hechos de Estebanillo González, Madrid: Cátedra, Letras Hispánicas, 1990, I, 226.

[2] Vid. Alain Milhou. "Colón y su mentalidad mesiánica en el ambiente franciscanista español." Valladolid: Cuadernos colombinos XI 1983.

[3] Miguel Zugasti, ed. El Lazarillo de Manzanares. Barcelona: PPU 1990; Cap. VI, 131.

[4] Vid. DRAE s.v. "cucañero". Cf. "Partimos la vuelta de Palermo a gozar de su cocaña" (Estebanillo, ed. cit.; II, 86)

[5] Vid. El donado hablador, Primera Parte, Cap. VIII.

[6] Domingo Ynduráin, ed. El Buscón, Madrid: Cátedra, Letras Hispánicas, 2000, 308.

[7] “Viéndose, pues, tan falta de dineros, y aun con no muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quienes llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.” Cit. por Teresa Herráiz de Tresca en "Las Indias en la expectativa y el deseo: El celoso extremeño, el Guzmán de Alfarache y La dama boba." Actas del III Congreso Argentino de Hispanistas "España en América y América en España", Buenos Aires: El Instituto, 1993, II, 618-624. A pesar de semejante apreciación, Cervantes había intentado personalmente pasar a las Indias: “Quiere marcharse para probar fortuna nueva en tierras nuevas, deseando un cargo importante del Consejo de Indias, a sus 42 años, después de haber andado por Italia, luchado en Lepanto y allí hecho manco, cautivo en Argel en 1580… Lleno, pues, de experiencias, decide solicitar autorización para irse al Nuevo Mundo. Presenta un memorial a su favor, haciendo valer sus méritos, en el Consejo de Indias de Sevilla el 21 de mayo de 1590. Pasa a manos del secretario de su majestad, Juan Ledesma, poco amigo de la familia Cervantes. Se limitó a devolverlo al presidente, don Hernando de la Vega y Fonseca, que no se interesó demasiado por el asunto cervantino.” (Luis Vázquez Fernández, “Impacto del Nuevo Mundo en la obra de Tirso de Molina.”, Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, 96)

[8] "le dije yo que mi natural me llevaba a ellas [las Indias]” (ed. cit., 186); "como mi inclinación me llevase a las Indias, determiné seguirla" (ed. cit., 186)

[9] "No me pareció ir a las Indias por cumplir, ya que no en todo, en parte, lo que mi amo me ordenó, porque como él me dijo, el ingenioso en España las tiene" (ed. cit., 195)

[10] “Cuando allá llegamos, con el deseo de aquellos peruleros y de ver nuestra casa hecha otra de la Contratación de las Indias, barras van, barras vienen, que pudiera toda fabricarla de plata y solarla con oro, ya me parecía verlos asobarcados con barras, las faltriqueras descosidas con el peso de los escudos y reales, todo para ofrecer al ídolo. Con aquello me vengaba del que nos enviaba desterrados y entre mí le decía: ¡Oh traidor, que por donde me pensaste calvar te dejé burlado! A tierra voy de Jauja, donde todo abunda y las calles están cubiertas de plata, donde, luego que llegue, nos vendrán a recibir con palio y mandaremos la tierra.” [José María Micó, ed. Guzmán de Alfarache, Madrid: Cátedra, Letras Hispánicas, 1987, II, 459]

[11] Ed. cit. II, 478.

[12] Cf. María Soledad Carrasco Urgoiti, ed. Vida del escudero Marcos de Obregón, Madrid: Castalia, 1987, I, 283 y ss.

[13] Ed. cit. I, 226.

[14] Las harpías son en realidad cuatro (las hermanas Feliciana y Luisa y las hermanas Constanza y Dorotea, a las que encuentran las dos primeras cuando se trasladan de Sevilla a Madrid) o seis; si incluimos a sus respectivas madres: Teodora y Estefanía.

[15] Cf. Marcos de Obreqón, Relación Segunda, Descansos VIII-XII; El donado hablador, Segunda Parte, cap. XIII; La niña de los embustes, cap. XIII.

[16] Pedro M. Piñero, ed. Segunda Parte del Lazarillo. Anónimo y Juan de Luna, Madrid: Cátedra, Letras Hispánicas, 1988, 131.

[17] Según Asunción Rallo: “El hombre, dejándose atraer por lo externo y brillante, proyecta su felicidad en el oro: en el que viene de América (canto decimoctavo), en el que los nobles tienen en sus casas (canto decimonoveno) o en el que metafóricamente se supone que reviste el cielo (canto decimotercero). Así motivado pierde su libre albedrío y se trastrueca en vicioso y perverso (canto segundo), se metamorfosea en puerco en manos de una Circe (cantos quinto a séptimo) o acaba tragado por la gran ballena de la ambición (canto decimoctavo)” [Introducción a El Crótalon, Madrid: Cátedra; Letras Hispánicas, 1982, 39-40]

       Cf. también en el Lazarillo de Amberes: “... mi casa se henchía de riqueza; mas aunque yo era pece, tenía el ser y entendimiento de hombre, y la maldita codicia, que tanto en los hombres reina, porque un animal dándole su cumplimiento de lo que su natural pide no dessea más ni lo busca. No dará el gallo nada por cuantas perlas nacen en oriente, si está satisfecho de grano; ni el buey, por cuanto oro nace en las Indias, si está harto de yerba, y assí todos los demás animales; sólo el bestial apetito del hombre no se contenta ni harta, mayormente si está acompañado de codicia.” (ed. cit.; 227-228)

[18] “... fui aguijonado de la codicia hambrienta, y no con lícito trato: con esto hice armada para que fuesse a los golfos de León y del Yerro, y a otros despaché a los bancos de Flandes, do se perdían naos de gentes, y a los lugares do había habido batallas, do me truxeron grande cantidad de oro, que en sólo doblones pienso me truxeron más de quinientos mil.

       ... Harto yo deseaba; si ser pudiera, hallar una nao que cargara dellos... y con esta gana salí dos o tres veces tras naos que venían de levante, dándoles gritos sobre el agua que esperassen...

       ... otras veces desseaba que Toledo fuera puerto de mar para podelle henchir de riquezas...” (ed. cit. 228-230)

[19] “Despedíme de mi amada consorte y de mi cara hija; ésta me rogó no me olvidase de traerle un morico, y la otra, me acordase de enviarle con el primer mensajero una esclava que le sirviese, y algunos cequíes berberiscos con que se consolase en mi ausencia.

       ...Partí de Toledo alegre, ufano y contento, como suelen los que van a la guerra, colmado de buenas esperanzas, acompañado de grande cantidad de amigos y vecinos, que iban al mesmo viaje, llevados del deseo de mejorar su fortuna.” (ed. cit. 275)

       “Vime señor de la mar sin contradición nenguna. Discurrí de unas a otras partes; donde vi cosas increíbles: infinidad de osamenta y cuerpos de hombres; hallé cantidad de cofres llenos de joyas y dineros, muchedumbre de armas, sedas, lienzos y especería. Todo me hacía envidia; y todo lástima por no tenerlo en mi casa... Abrí una grande arca, e hinchíla de doblones y joyas preciosísimas; tomé algunas sogas de muchas que allí había, con que la até, y añudando unas a otras, hice una tan larga; que me pareció bastante para llegar a la superficie del agua... (287-288)

       “¡Oh dinero, que no sin razón la mayor parte de los hombres te tienen por su Dios! Tú eres la causa de todos los bienes y el que acarreas todos los males. Tú eres el inventor de todas las artes y el que las conservas en su perfección; por ti las ciencias son estimadas y las opiniones defendidas, las ciudades fortalecidas y sus fuertes torres allanadas, los reinos establecidos al mesmo tiempo perdidos...” (330)

[20] Gerhard Moldenhauer, ed. Tercera Parte de Guzmán de Alfarache, Revue Hispanique LXIX, 1927, 30.

[21] Ed. cit. 326.

 

José Ignacio Barrio Olano. Profesor-investigador de la Universidad James Madison, Virginia, EE.UU.

 

© José Ignacio Barrio Olano 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/litpicar.html