Ver a la luz de Lubio Cardozo

Pablo Mora

Profesor Titular, Jubilado, UNET
San Cristóbal, Táchira, Venezuela
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(…) Y se llamó al “estado de abierto”
del “ser en” la “iluminación” del ser ahí”,
en la cual y sólo en la cual,
resulta posible lo que se dice “ver”.
Heidegger, El ser y el tiempo. [1]

Entonces ver

En trepidante juglaría, por entre los espinares del río o los herbazales del viento, perdido en el laberinto del enigma -la realidad-, en la romería de la vida, convencido de que la materiapoesía significa mínima sencillez, simpleza máxima, materia absoluta del mosaico del mundo, libertad, la exacta libertad que sólo al lodo conduce, al agua, al aire diáfano, al silencio, el poeta nos confirma que echarse a errar, existir, es asomarse a la eternidad. Seguro de que podemos aún equivocarnos, nos convoca, aunque tristes, a que brindemos por el día, por el escándalo, desde la afueridad del mundo. Sobre la colina de las reminiscencias arrulladas por el vahaje marino del atardecer, sobre el humus de la cotidianidad, nos reta a subsistir en este pedazo de siempre desde la inhóspita afueridad del nunca.

Extravíase en el estupor por el goce de errar mientras avientan los días destellantes las afables fábulas del cantor. Siempre la brújula de la poesía se extraviará ante la numinosa rotundez del silencio en dulce, irremediable, perpetuo naufragio, mientras el azar, el ser de la aventura de ser en el mundo remonta el espejismo de la eterna colina. El impertinente viento del hado al peregrino, en erradumbre, impulsa. Roba el alma el brillo, el fulgor, mientras pasa por la estancia del mundo. Íngrimo, el solitario, la Torre de Segismundo abandonada habita. Palpa ( ¿disfruta? ) el prodigio en la errancia el ser en la mirada.

De pronto te asombrarás que un hombre rompa a carcajadas su sarcófago, mientras de este lado el tronido de la realidad ilumina, el estridor del todo. Ni por más que alarguemos nuestra vida algún tiempo robamos a la muerte. Allá, la yermitud del canto. Únicamente la poesía nos concierne más allá y más acá de todo sobre el reino de gea frente a la ínsita mudez de las cosas donde toda sed o el amor nacen, toda desesperanza o la locura.

Venidos del receso, de regreso erramos camino a aquellas tres estrellas que hacen fila allá en el cielo. Nada sin embargo desciframos al retornar. Queda sólo el retumbo en la turbación de la mirada. Remolino de ceniza de las lometas calcinadas del verano. A veces la muerte de nosotros se olvida. Oh calma, reto y evasión mientras Ella emprende de nuevo su voraz rutina.

Venimos del vino y hacia el vino vamos. ¿En qué reino, en qué siglo, bajo que silenciosa conjunción de los astros, en qué secreto día que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa y singular idea de inventar la alegría? Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria. Vino del mutuo amor o la roja pelea, alguna vez te llamaré. Que así sea.

Ah risco, pulpa del universo, la vestedad misma encarnas, lo excelso en sí, la opulenta morada circundante, la certeza del silencio. Todo te pertenecerá cuando obedientes al clarín de tu llamada se realicen las nupcias con el humus. Entonces ver, mirar como cualquier animalejo silvestre. Contemplar se puede llamar el existir. Ver. La mirada. El azar del magnífico naufragio en esta pequeña isla ínsita, sin rumbo, sin certidumbre, con los foscos pedruscos del silencio confundirse. Parido cada quien en su encrucijada, aliméntase de la trafagocidad y lo fortuito, prebendas del sol y de la noche.

Sin embargo me detengo y digo ¡alto! Amo esta parcela de locura. Por el espejismo del encanto mi estandarte de emoción enarbolo ante la tempestad del caos. Tiempomirada, horizontes del infortunio de este sílex vagabundo en el dédalo del sueño. ¡Ah solar sabor! ¡Oh instinto enamorado de las cosas! [2]

 

En el tifón

Lubio Cardozo en permanente pasión por la palabra, frente a la vida, frente a la luz, la sombra o la ternura, reteje, (re)ordena, deslinda, resucita la palabra, la sigue y la persigue minuciosamente en sus valles, aposentos, intersticios, vericuetos, calzadas, alcores, aleros, umbrales y veredas. Conspiración de sueños. Lírica, fulgurante provocación frente al horizonte azul del vuelo, desde el senderuelo que lleva a la alquería, “sobre el azafranado espíritu de la errancia”. Errabundaje, trashumancia del hombre que mira hacia la estrella. Entonces, sabemos qué cosa sea la risa o la “holganza profunda”. Sabemos del don del azar, de la alegría; de ese otro nombre del tiempo: el olvido; nos convencemos de que la vida es el jardín del mundo: de que sólo la poesía corporiza el tiempo; que la llama pareciera el delirio de un gran pensamiento o el mundo ese delirio; que la poesía, “Mater Amabilis”, deífica presencia, casi todo lo define.

Con el poeta, uno se pregunta: ¿la naturaleza de la muerte es el olvido? ¿envejece el corazón pero no el mundo? Yerma fugacidad, ¿cuál es tu enigma? Diríase que al final de la palabra -si es que la palabra lo tuviese- la pregunta mayor a ella misma habría que hacérsela. A la “Palabra siempre”. Comarca para otear tal vez a Dios, si es que éste existe, por aquello de que “existir es asomarse a la eternidad”.

Empapados de vejez, algún día reposaremos sobre nuestras palabras, sobre las que nos acompañaron y con quienes acompañamos nuestras sombras. Hasta tener que “callar eternamente”, así sea de propia mano, al modo de la sabia piedra. Callar por lo tanto y tan poco que se sabe, en complicidad con las estrellas, mironas, sabedoras del todo de este barro, lodazal o cieno que seremos o que somos. Entonces, “ruido en el tifón de la noche”, tras los postigos del sueño, eternamente, oíremos cantar la noche dulce o fieramente.

Lubio Cardozo, caraqueño, andino, poeta verdadero, desafiando tiempo, auroras, verdores, amarguras, tardanzas, horizontes, brazadas, soledumbres y esperanzas, al pie del hombre, diariamente lucha por saber para qué se hizo la palabra, para qué sirve la palabra; si vale la palabra todavía. ¡La palabra siempre! En la punta del tiempo navegando. Al borde de la guerra subsistiendo. De mano con el hombre para siempre. Cabalga que cabalga las tinieblas.

Cardozo, quien sabe del sitio donde se esconde el viento; quien sabe que “el hombre es la fiesta del Universo”, nos presenta, desde su Leyenda Personal, un desafiante Proyecto de Vida: “Sálvate: Escribe por lo menos / un verso cada día.” [3]

Lubio Cardozo (Caracas, 1938). Poeta, ensayista, crítico literario. Licenciado en Letras en la Universidad Central deVenezuela (curso 1960-1964). Postgrado en Investigación Documental en la Escuela de Documentalistas de Madrid (curso 1972-1974). Profesor Titular Jubilado de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes, Venezuela. Institución donde además fue Director de la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades (1975-1976). Director - Fundador del Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Febres Cordero” (1977-1979), Decano de la Facultad de Humanidades (1979- 1981). Además de ser Miembro de la Academia de Mérida y Bibliotecario de su Directiva (1993).

Comienza su vida literaria, como poeta, en la revista En Haa junto con José Balza, Jorge Nunes, Carlos Noguera, Argenis Daza Guevara, Armando Navarro, Teodoro Pérez Peralta. En Haa significaba una tercera posición estética, creativa, en la Caracas del primer lustro de los años sesentas del anterior siglo, en cuya escena jugaban un papel de primer orden Tabla Redonda y Sardio. Pasada la difícil década del sesenta, las búsquedas literarias de En Haa se continuarán con el mismo grupo de intelectuales en las publicaciones Jakemate (Caracas, 1972) y Falso Cuaderno (Caracas, 1976).

Ha obtenido los siguientes premios literarios: de ensayo, en el VIII Concurso Literario de la Universidad del Zulia (Maracaibo, 1970); de investigación, en el “Carlos E. Muñoz Oraa” de la ULA (Mérida, 1976); de poesía, Mención en el VI Concurso Anual de Poesía de la Universidad del Zulia (Maracaibo, 1967), Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Mérida (1982); Premio de Poesía APULA (1984). Ha participado en Congresos Nacionales e Internacionales de Literatura. Ha sido colaborador de diversas revistas literarias nacionales y extranjeras, entre estas últimas: Xilote (México), Igitur (Córdoba, Argentina), Ideas, Artes y Letras (Lima), Espiral (Bogotá), Esparavel (Cali, Colombia); y entre las nacionales: Suplemento Cultural de Ultimas Noticias (Caracas), Revista Nacional de Cultura (Caracas) Revista de la Universidad del Zulia - Maracaibo. Redactor de la Revista Caribana (1982 - 1984), En Haa (1963 - 1971), Jakemate (1972) y Falso Cuaderno (1976 - 1981). Coordinador de la Revista Actual de la Dirección General de Cultura y Extensión de la Universidad de Los Andes, Mérida, Estado Mérida, Venezuela.

Ha publicado más de treinta y cinco libros entre estudios literarios, crítica literaria y poesía, destacándose entre ellos: La poesía en Mérida de Venezuela (1971), Philobiblion (1976), La poesía de Andrés Bello (1977), Historia de los estudios bibliográficos humanísticos latinoamericanos (1978), Los repertorios bibliográficos venezolanos del siglo diecinueve (1982), Debajo de un considero me puse a considerar… (1987), La poesía lírica venezolana en el siglo diecinueve (1992), Antología de la poesía venezolana escrita en la guerra de independencia (1994), Epítome de la poesía en Mérida (1993). Paseo por el bosque de la palabra encantada (1997) y La idea de poesía (2003). Además de ser co-autor del Diccionario general de la literatura venezolana. Autores (1974).

Su bibliografía en poesía comprende los siguientes títulos: Extensión habitual (1966), Apocatástasis (1968), Contra el campo del rey (1968), Salto sobre el área no hollada (1971), Fabla (1974), Paisajes (1975), Poemas de caballería (1983), Solecismos (1986), Poemas (1992), Lugar de la palabra (1993), El país de las nubes (1995), Un verso cada día (1995), Arbóreos (1997), Ver (1999) y Choroní (2000).

Paseo por el bosque de la palabra encantada, como el mismo autor sostiene, es “fruto de muchas lecturas, apuntan más bien hacia un intento de nombrar para la historia ciertos momentos del desenvolvimiento de la creación poética venezolana, cuando y donde han levantado los bardos un significado hacer de un trascendente valor artístico innegable, a partir de 1940” [4]. Se diría que se trata de un como levantamiento, un tanto heteredoxo aunque fundamental, del mapa poético venezolano contemporáneo.

Cuando se expurguen las tesis universitarias y se conozca el trabajo y los desvelos de venezolanos como Lubio Cardozo, en decir de José Ramón Medina, se sabrá cuánto ignoramos acerca de lo que en tantos años han hecho los trabajadores de la cultura y de la ciencia en Venezuela.

En torno a la vida-obra de Cardozo, Víctor Bravo, advierte: “Hombres hay cuya trayectoria de vida se asemeja al arco de grandeza que un cometa va dibujando en el cosmos. Fragmentos de mundos, de vidas, riquezas de vivencias, celebración de formas, apoyo de vidas que buscan su propio camino, dones de hospitalidad y presencia del acto generoso articulan el arco de grandeza de la vida de algunos hombres.” [5]

Para Pedro Pablo Paredes: “La presencia de Lubio Cardozo, al primer golpe de vista, nos fuerza a recordar a los españoles. Estos al respecto, nos suelen hablar del ángel… Estamos ante un individuo que sabe lo que dice y lo que hace. Un individuo que posee talento… El ángel de Lubio Cardozo está presente en todos los pasos que da él por la vida y por las Letras.” [6]

Tajantemente, para Rosalba E. Mirabal S.: “La poesía de Lubio Cardozo siempre sorprenderá. Es trascendental, madura, asaz, densa, sagaz y sumamente sabia. Sin duda, cultísima: nacida de la unión del sentimiento que todo poeta lleva dentro y del conocimiento y la sabiduría.” [7]

Desde sus inicios, su Documento presagia y corrobora la entera parábola de su periplo existencial:

La palabra escondida alienta y enardece
la exploración hacia la miel y el fuego. Puerto
agreste como una bacante que se inicia...
[8]

Videncia del vidente

Definitivamente, en medio del fragor del cielo tormentoso enloquecido, en el que hoy el orbe-hombre se desvive, la suya es una poesía vidente, tal vez la única poesía vidente que nos es dado leer por estos lados. Su impetuosa, timbrada, definida estrofa signa la fe en la posibilidad de construir el porvenir y el amor cósmico-telúrico desenfadado y sin banderas. En la tarea de dar forma a lo invisible, desde este pedazo de siempre, Cardozo -el poeta vidente que eligió vivir entre las palabras- nos obliga desaforadamente a creer con sus grandes y altos modales.

Al respecto, es Rafael Rattia, excelente historiador venezolano, virtuoso poeta, sobresaliente, respetable crítico literario, ante todo ensayista de alta imaginación, quien mejor aborda y explica la poesía como videncia de Lubio Cardozo. Por ello nos permitimos citar in extenso el substancioso ensayo en el que muy razonadamente describe y analiza, con acertada argumentación, al poeta vidente que Cardozo encarna.

“El poeta Lubio Cardozo está destinado, por una especie de fatum benéfico inscrito en el devenir de las letras hispanoamericanas del siglo XX, a formar parte de los escritores antiguos de habla hispana. Es Cardozo, ciertamente, un extraño caso de la literatura venezolana en particular y de las letras latinoamericanas en general. Nadie discute la excelsa formación clasicista que distingue a este excelente poeta que ya ha alcanzado un cimero lugar entre los mejores estros que conforman la atalaya literaria de nuestro Continente hispanohablante. Casi una veintena de poemarios pueden atestiguar mi aserto. No obstante, por si hubiere alguna duda, (…) un hermoso testimonio (…) ratifica y, una vez más, confirma la elevada condición Voz poética Mayor que exhibe el escritor; se trata del (…) poemario de Lubio Cardozo, titulado de modo insustituible: Ver. (…).

Este poemario de Monsieur Cardozo se inicia con cinco interrogaciones sobre la metáfora del tiempo y sus inagotables corolarios. En forma de pentálogo también está construida la estructura arquitectónica y formal de este libro; cinco opúsculos o cuadernillos dan cuenta de este último compendio literario que el poeta decidió compartir con sus lectores.

¿Qué quiere decirnos el autor de VER con esos auténticos chispazos de lucidez iluminadora insertos en forma de paratextos calzados con la firma de filósofos como Hegel, Heidegger, Kant, que rotulan los prolegómenos de algunos de sus poemas? Desde las primeras páginas de este libro ya advertimos la decidida y firme disposición del escritor a decir tanto como sea posible evadiendo magistralmente la farragosidad, el derroche léxico, los ripios lingüísticos y la sobreabundancia semántica. Más bien el discurso lírico que ostenta el hablante dícese en el discreto despojamiento de expresiones retóricas accesorias. La sencillez expresiva, sin caer en la delirante expresividad evidente, pareciera acompañar los versos de los 43 poemas que conforma el libro. Digo sencillez, no-simplicidad. Porque a decir verdad, leer a este poeta es una tarea nada fácil, dada la honda hipercomplejidad temática que caracteriza el abordaje de su universo poético. Lubio Cardozo alcanza es comprehensivo por la complejidad metódica de su proceder descriptivo. El bardo hace frotar las palabras antitéticas, aparentemente incongruentes, hasta llevarlas a las antípodas del sentido. Los ases de luz que brotan de su acertada composición poética dentro del texto literario son producto inequívoco de su maestría en el dominio de nuestra lengua materna, de las raíces del idioma. Una breve confitura podría ilustrar a modo de ejemplo:

Está frente a mí el ahora, movible e inmóvil.
La necrópolis del ayer subyace, canta o grita
su ya no ser ahora.
Los anhelos, la esperanza, lo venidero,
en fin el albur del vientre del futuro
sólo, indefectiblemente, engendrará el ahora.
(Ahora. pág. 13)

Obsérvese el juego empalabrante y empalabrador que pone en marcha el poeta para darnos una imagen de la instantaneidad, del hic et nunc latino traslaticio a nuestra visión del presente. Solamente de alguien que eligió desde su parvedad vivir entre las palabras se puede esperar un esplendor dicente tan exhaustivamente polisémico.

Que la poesía es un vehículo de conocimiento del mundo y de la vida es un lugar común que no dice mucho, pero que la contemplación celebratoria de la realidad subjetivizada del mundo es un arma auxiliar del poeta vidente, en el más nítido sentido rimbaudiano, es algo más exigente. El escritor, en su titánico y arduo trabajo de lenguaje va despejando la intrincada telaraña de signos que sirve de materia prima al creador de poesía y nos la da a los lectores renovada y cargada de frescor significativo.

No hay una pizca de duda, con este libro clarividente y de abisales resonancias intuitivas, Lubio Cardozo alza orgullosamente su estro al firmamento literario latinoamericano y se coloca a la altura de la estatura poética de José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Juan Sánchez Peláez, sin envidiarle un ápice de metáfora a ninguno de ellos; más bien conviviendo en perfecta armonía al lado -ex aequo- de los antiguos del futuro[9].

 

Antología

De Un verso cada día (1995)

1

Un día, el espejo de todos los momentos
te esperará en vano.

11

La muerte es despertar al silencio
del sueño de la vida.

14

No es el sueño hermano de la muerte
sino de la poesía.

26

El hombre es
la fiesta del Universo.

37

Sálvate: Escribe por lo menos
un verso cada día.


De Lugar de la palabra (1993)

PIEDRA

En ti confluye todo
al paso de los ríos de la aurora
minúscula carne de Dios.
Más allá del mal de la estulticia
celebras en el sueño del silencio
la permanencia infinita del bien y la belleza.
Sobre planicies y montañas
junto al joven viento o a la niña brisa
concibes en la sabiduría de tu substancia
lo admirable.

 

UTOPÍA

Abre los ojos
y en el país de Utopía te hallarás.
Otro no hay
cuando de la nada has brotado
y en tu barca de conciencia arribas
a la ínsula posible,
a la orilla de las comarcas
de la ufanía y de la andanza.

 

MATERIA

Oh mater
deífica presencia
soberbia en tu vastedad categórica
no obstante de misterio orlada
más allá del espíritu y de la experiencia.

Oh mater
Hiciste al hombre
-carne de la noche mineral y de los astros-
para soñarte.

 

AUGURAL

Aunque la gran verdad se llama arcilla, greda.
Aunque ligeros guijarros presagian
de la abisal noche el secreto
el azar del molinete de los días
valga tal vez por lo del juego.
Porque toda la sorpresa cabe
en el invento armado por un niño.
Cornucopia vertida desde un sin comienzo
confuso en la lejanía de la sed
lúdica de la esperanza y del apego.
Son sus nombres curiosidad, ansias, anhelos.


De Arbóreos (1997)

CUJÍ

Árbol adusto, bravo, yergues tu obscuro tallo
sobre la rojez de la tierra anhelosa, arropada de melancolía,
oteando en los vientos el paso de los cielos australes,
la maravillosa caravana de los meses,
la llegada del angustioso agosto y sus lluvias celestes;
entonces la fervorosa cópula del agua y la vehemente arcilla:
así el milagro de tu extendida fronda,
la alacridad de tus ramas abiertas a los confines cardinales
en la penosa geografía donde el hombre y tú se hermanan
para el consuelo en la asceta poesía de la yermitud.
Oh severa arquitectura de espinas,
expresión de la ruda existencia,
abnegado poblador de desiertos.


De Ver (1999)

BRINDIS

Brindemos por el día
en medio del bullicio de la oportunidad de errar.
Vale nuestra euforia una crátera colmada de sílex. <
Substituye toda la jactancia irracional del orbe
la palabra silencio,
el brebaje secreto del reposo.
¡Brindemos por el escándalo!
Es la oniria la fiesta de las tinieblas,
ojo lunar de la conciencia,
por ella la hierática quietud atisbamos.
Pero sobre la hierba todavía
los frutos maduros reposan
fragantes,
podemos aún prodigiosamente equivocarnos.
Aunque estés triste brindemos por el día.

 

MIRADA

Equivale la mirada a una red
grande como la ocasión de estar.
Intentar aprehender la fugaz fascinación
sobre el bajel del ahora.
Codicia de palpar, avaricia de ver,
ínsito ánimo de expandir el plexo de la mirada,
la ingenua insaciabilidad del romero.

 

DESIGNIO

Asalto al sueño y al ruido,
al ritmo de la tierra deambular,
atrapar el obsequio del vacío
y así retornar al desatino
con el tesoro del alegre desaliento
o la rabiosa risa
a la cobriza arenilla de la insignificancia.
Entonces ver,
mirar como cualquier animalejo silvestre.
Contemplar se puede llamar el existir.
Ver. La mirada.
El azar del magnífico naufragio
en esta pequeña isla ínsita,
sin rumbo, sin certidumbre,
con los foscos pedruscos del silencio confundirse.

 

APÉNDICE:

LA IDEA DE POESÍA

Lubio Cardozo

Ofrenda el poeta el tesoro de sus días a la palabra. Sin arrepentimiento ni dudas su vida a ese misterio entrega, a ese arcano, el verbum. Herramienta magnífica, aunque sutil por cuanto va apenas hecha de sonidos rítmicos, con la cual el vate se acercó al mundo para romper su indiferencia y penetrar en su espíritu, en el Nous poietikós de las cosas, para no existir extraño a la naturaleza, para intentar fusionarse con ella, valga decir retornar a ésta en la entrega más pura. Aunque conciencia del ser, derrotado sin embargo en su sed de tornar, entonces el poeta entendió como sólo ello era posible en la quimera, en ese espejismo creado de sueño y anhelo, la palabra. Pese al acercamiento quedaba, pues, la distancia del destierro. Ante la inexpugnabilidad del cosmos y la expulsión definitiva de toda integración armónica en él por la vía de la razón empírica no surgía otra potestad sino inventarle un universo alterno, un territorio de utopía, la comarca del vocablo preñado por la luz de la lámpara de la imaginación, y allí en ese mundo de voces el bardo pudo vivir, encarnaba la otra naturaleza, la inventada por él y dueño de ella. No obstante él se sabía posesor de ese don singular para construir ese ámbito con la belleza y la esperanza. Y esa nueva dimensión, llámesele arte, llámesele humanismo, su verdadero nombre, detrás de cualquier otro, significa la poesía.

Da la medida del poeta su relación, su diálogo, su pasión, su capacidad de sacrificio por el verbum. Es una su cosmovisión de pequeño filósofo y una su kalosofía, ambas centradas en ese orbe alterno a la realidad inabordable, en esa virtualidad levantada con la materia sagrada de la palabra y de la oniria, la poesía.

“Un hombre va por la vida
jugando con el misterio más simple,
la palabra.
Atrapado en el eco
permanece,
los días ofrecen en vano
su lujo.
Es el poeta.”
         (De Un verso cada día. 1995).

Puede toda persona escribir poemas, basta poner en frases rítmicas, con dignidad, sus palabras y hacerlas vehículos auténticos de sus sentimientos. Formaría sencillamente esto parte de su comunicación con los demás y con ella misma. Una manera de hablarle al mundo, cargada de emoción, patética, y sobre todo impregnada de musicalidad. Significa así la lírica un ducto expresivo más de ese individuo. Mientras para el poeta la poesía lo constituye todo, su vida y su espíritu traduce. No existe el vate -el vidente- sino en la poesía; el resto, la mundanidad, a ella se subordina.

Cual todas las personas seducidas por el misterioso placer de pensar busca el poeta la verdad al través de la difícil, compleja, en ocasiones enrevesada (y a veces hasta ante sí misma) belleza del lenguaje. Toca e ilumina mediante ella la macicez de las esencias. Recrease en oras oportunidades en “el cotidiano mundo circundante” del “ser ahí”, del hombre, lo penetra y lo revela ya sea mediante el “instinto de la razón”, o la reflexión perceptiva o ya con la razón intelectiva. Y luego todo ese cúmulo de recónditas certidumbres las brinda convertidas en inusitadas ofrendas por la rítmica de las voces. En nada difiere, en esto de las verdades, la del científico de la del trovador, a no ser por el vehículo expresivo, por cuanto ambas son de buena ley. En el primero la fuerza de lo axiomático detona y denota la hermosura, en el segundo la verdad significa la belleza misma.

Encarna en el fondo todo verdadero poeta un monje; si oculta, o desconoce su oficio, tarde o temprano su verbum lo descubre: en éste se objetiviza el ritmo de la vida interior, y además, al través del cual el vate revela la arcanidad de las cosas enroscadas con frenesí en su ánima; extiende sus aseveraciones poiéticas más allá de las representaciones del contexto empírico. Es el trovador un coribante, extático, vive en sigilo - y nadie sino él lo sabe - el delirio sagrado; en el rapto ódico de la escritura, o del grito, vacía ese saber mántico en los vocablos, éstos siempre rudos, nunca exactos, mas los únicos posibles para expeler el ímpetu de ese silencio alucinante.

 

I I

Conforma la poesía de la remembranza un recinto, un tiempo sin tiempo, una relativa “eternidad”. Viven en ella los habitantes del país del pasado. Facultad del espíritu de retornar a la parte pura del tiempo, al presente de lo pretérito, al presente del ayer, traer aquel “ahora”. Constituye la ódica del recuerdo la paradoja de una historia viva. Residen en ella voces del reclamo y las tentaciones del advenir. Cae el cuerpo y se pudre mas el través del canto órfico de la memoria se revive en los otros, ¿será eso el espíritu? Sólo mediante esa contingencia invulnerable se reorganiza y continúa el juego eterno. “La potencia subterránea, por el contrario, tiene su realidad sobre la tierra; deviene por medio de la conciencia ser ahí y actividad” dijo Hegel en su Fenomenología del espíritu (“El Espíritu”, VI, A, 2). Nadie fenece en la poesía del recuerdo, todos se yerguen desafiantes ante la fragilidad de la existencia. Conságranse buena parte de los días otorgados a cumplir los mandatos de quienes pueblan la trova de la memoria. El “pensar retornando” (Heidegger): No significa otra cosa la mitología del resucitar sino recordar. Ningún afán cesa, en la ódica de la remembranza se prolonga, sitio del tribunal donde se juzga, se condena o se absuelve, en medio de la lid. Posee por eso la lírica de las reminiscencias los estamentos de infierno y cielo, en ellos cada quien ubica sus demonios y sus santos, sometidos, en silencio, al fuego del odio o a la dulzura del amor.

 

I I I

Está presente en la obra poética eso llamado por Heidegger “la temporalidad”. Es el tiempo de la existencia el único paraíso conocible hecho con el drama de su naturaleza diádica, del bien y el mal, lo bello y lo feo, el goce y el dolor, lo justo y lo injusto, la libertad y la miseria, en fin. Constituye la substancia de la temporalidad la vivencia. Pero ¿qué entendemos por vivencia? Creó este vocablo José Ortega y Gasset para verter al castellano el término alemán Erlebnis. Compleja palabra cuya traducción literal sería ese extraordinario logos llamado “aventura”. Mas a su vez Erlebnis viene de leben, vivir, y de Leben, vida. Relacionase entonces vivencia con la aventura de vivir; valga decir, entender la existencia cual una andanza, un peregrinaje por este magnífico y mistérico regalo de la oportunidad de estar sobre la tierra, esta errancia donde el hombre se halla con eso mentado asombro, esos espacios del tiempo cuando se topa el humano con la excelsa sorpresa, la maravilla conmocionadora del espíritu y lo marca, deja esa huella perenne llamada memoria. Define, pues, la vivencia vida vivida y permanece cual ventana en el recuerdo, diferente de la experiencia objetiva más bien sujeta ésta a la cotidianidad y a la rutina. Son en realidad las vivencias las verdaderas hebras estructurantes del espíritu en cuanto éste tiene de tiempo, de “advenir sido” (Heidegger). Las asume el hombre como su fortaleza, su armadura de existir. Hilvanan ellas la historia interior de cada vida, el resto en el olvido se pierde. Necesariamente entonces el receptáculo de las vivencias la memoria lo constituye. Vehicula el recuerdo la representación de las vivencias hacia la elocución, en el caso del trovador éste al través de la Kalós, la belleza, las dignifica para verterlas transformadas en poseía. La vivencia resulta en verdad una “certeza sensible”, una inmediatez mas sorprendida en su originalidad, en su revelación, en su descubrimiento irrepetible, único. Si se repitiera ya no sería vivencia sino experiencia, y ésta yace en el pasado. Mientras la vivencia se ha hecho de un “Aquí” y de un “Ahora” eternos, intemporales. Significa algo así cual una “historia” presente.

Habitamos por mucho tiempo un apartamento, una casa, una ciudad, una aldea bañados por la opaca luz de lo cotidiano, de lo rutinario, y un día de pronto ábrese la anaranjada flor del paraíso. Raros espacios solares por cuanto su luminosidad pareciera diferente o mezclada con la imaginación y el sueño. Aparece casi sin darnos cuenta la reconcialición con el mundo., A veces no nos percatamos sino cuando se quiere detener, perpetuar el éxtasis, mas por lo general ello sucede en el inicio del decline de esa pequeña lámpara encendida con la luz del dulce ámbito, cómodo con el asombro de la vivencia. Sólo el poeta al hipostasiar las acciones, mediante las cuales ha tejido su vividura, en lenguaje ódico, en una rítmica encantatoria, órfica, puede fijar algo de la temporalidad al troquelar sobre esta materia insólita, colmada por la maravilla o la nostalgia, sus estrofas. Al fin y al cabo los recintos del paraíso posible y la poesía, en sus esencias, no difieren mucho.

 

I V

Nacieron las Musas, para los antiguos griegos, de la unión erótica de Gea y Urano. Valga decir entonces, de la poderosa fecundación de la Tierra por el Cielo brotó Erato, la musa de la poesía lírica. Porta así en su seno, en su naturaleza, esta forma composicional la esencia ctónica (terrestre) y la esencia uránica (celeste), dos fuerzas inmanentes del universo apuntadas hacia lo eterno, transmutadas en la kalós de los versos. Por eso, frente a la afirmación heideggeriana de “la vida es inhóspita” lleva la poesía, para mitigar la aridez de la existencia, la belleza. Sencilla o compleja, fácil o difícil, asequible o profunda, realista o abstracta, la belleza “fea” o ya la absoluta kalós, en el horizonte de lo formal o en el nivel de retar lo inteligible, por la vía del humor, de la ironía, del sarcasmo o la tristeza, sólo place y perdura lo poético. Por eso, en el poemario o en el poema, lo verdadero trascendente el autor lo logra cuando pone sobre las palabras, con la dignidad necesaria, el inexplicable noúmeno de la poesía.

Si bien posee importancia, en el poeta, el ludismo de las palabras en el todo del poema, en la arquitectura estrófica, proviene su carga artística (esencial) de su emerger en puridad mediante la ruptura con el abisal silencio del ser. O con las frases de Heidegger al respecto, (...) “cada palabra tendría entonces a partir de esa ruptura, y en tanto que tal ruptura, su propia articulación y en virtud de ello, el cuño de su timbre y resonancia” (Conceptos fundamentales. Ed. Cast. 1994. pp. 102-103). Una lírica lo más pura posible, hecha con aquellos elementos de la belleza más allá de toda moda epocal, valga decir perennes, prístinos, para lo cual imprescindible hurgar lo más hondo en la esencia numinosa de las palabras hasta aproximarse a la absolutez del lenguaje poético, vislumbrar el canto órfico. Logra la poesía desvestirse de toda vanidad de saber racional para penetrar con la fuerza de la videncia ese estadio donde se columbra el ser de las cosas en sí, los noúmenos; luego de este agudo accionar del espíritu saldrá del entresijo a la luz la armadura del primitivo poema. Por cuanto exige ascesis (áskesis), en la creación lírica, una obra pura en la identidad con el espíritu y fiel a la kalós composicional, cuyo fin último significa el escudriñamiento de lo eterno en los artístico categórico: Buscar la cognición primigenia de las voces, indagar en su ósea profundidad para allegarse al sentido de lo inteligible comprendido en lo poético.

 

V

Obsérvase en el poema, en sus momentos más reveladores, una ruptura con los juicios raciocinantes de la expresión en la asociación de los planos referentes (reales) y evocados de sus tropos. Se vinculan estos planos, en el poema, no por una relación de semejanza lógica en el horizonte de la conciencia percipiente sino por una afinidad intuitiva nacida quizás en lo inconsciente -o en el misterio, en lo recóndito, en lo videncial- más allá de la realidad de la percepción, en una, pues, surrealidad, en una “lógica de la ilusión” (Kant). Desaparece el plano real (de función práctica y cotidiana) ante la fuerza artística del plano evocado con su carga imaginativa y simbólica de proyección universal.

Grito -y no elocuencia- debe formar parte de la naturaleza del poema, lanzado con el valor y la fuerza de la legitimidad para así -y sólo así- obtener, sin proponérselo, una aceptación tipológica por su capacidad de despertar una asunción estética en el lector eterno.

Hállase la poesía extrema en los sueños, en las situaciones límites, en el dédalo de lo absurdo, en la locura, en la premonición del hemisferio de la muerte. Escarba con desgarramiento el radical bardo en esos niveles para encontrarla; significa la preciosa vida apenas un empuje, una voluntad, para ofrendar en el ascenso a esa latitud e implorar el insondable furor del lenguaje. Revelarlo luego, tal vez por la única vanidad pura, conjurar la tristeza, la soledad, por la taumaturgia de la dimensión del reino de la belleza, hecho con el encandecido fuego de la autonomía composicional y entidad absoluta de las palabras.

Busca la lírica, en la latitud de la intuitio intellectualis, altas verdades para salvar la belleza esencial; develar los desesperados destellos en un intento por iluminar la pétrea oscuridad de aquellas zonas, las únicas salvantes, y por lo tanto negadas a la mezquindad, a la ruindad humanas, Inaudito esfuerzo de los vocablos para acarrear dichos secretos a la brasa de la composición. Advienen, además, esas libérrimas palabras urdidas con los hilos del magnífico desorden de los registros memoriales del sueño. Es por ello la poesía de por sí hiperbólica. Ve el poeta, al través de su instinto somático -percepción corporal- o del “instinto de la razón” (Hegel) las esencias de las realidades por la identidad entre la naturaleza del pensamiento poético y la naturaleza de las cosas, esencias en definitiva mucho más ricas y complejas comparadas con la objetividad cotidiana empírica, poseedoras aquéllas de mayor carga imaginativa, emotiva, de mayor densidad; impregnadas de temor revelado, encendidas de misterio. Cuando el vate -adivino, inspirado por los dioses- transforma estas informaciones, mediante la rítmica de las frases, en poesía ésta resulta necesariamente inmersa en la hiperbolidad.

 

V I

El poema es un espacio del lenguaje donde éste adquiere una insólita independencia de su uso natural, práctico cotidiano, para transformarse en un objeto artístico intérprete y expresivo de cualquier aspecto de ese complejo mosaico englobado bajo la palabra mundo. Y, por supuesto, es un espacio de la literatura.

Se emparienta la poesía, por su naturaleza, por su entidad, desde una prudente distancia, con la ciencia, la religión, la filosofía, la música, mas sin lugar a dudas la poesía se desarrolla como un ser absoluto, con una organicidad propia. Por ser expresión de una interpretación del mundo mediante una conciencia creadora su producto, el poema, representa un universo alterno a esa realidad. Inventa el trovador en el poema un universo, ínsito al texto y paralelo a la mundanidad circunstancial de su creador (el llamado contexto extralingüístico). Rompe el poeta los lazos, las conexiones, los enlaces, las ataduras con los linderos de la realidad objetiva, o por mejor decir, exige del lenguaje su máxima fuerza creadora, originante, imaginativa. Ha dejado atrás el bardo, en la composición lírica, los referentes inmediatos, y presta de la estructura de los sueños su libérrima disposición para vehicular el pensamiento, la idea o la fábula poéticas. Esa bella extrañidad se enriquece de manera inconsciente con los recursos expresivos artísticos del lenguaje. Espacio atemporal y aespacial y sin embargo tan cercano al lector pues basta leer/oír el poema y he allí el pequeño cosmos construido con el pensamiento y la imaginación liberados por los mecanismos experienciales de los sueños. Por eso par el lector/oidor el poema reclama su fuerza de aventura.

 

VII

Define el poema un texto de una difícil génesis doble, nace el mismo tiempo en la escritura y en la oralidad; emana simultáneamente por esas dos vías, las cuales declararan de manera decisiva la futura plural riqueza en la organicidad de la composición lírica. Ningún poema se escribe en silencio, él se registra y se oye, se escribe y se pronuncia, va el papel con la escritura y al aire con la voz, pergéñase y se “canta” en su génesis. Cuando no se traza en el papel se escribe en la memoria en la medida como se recita o se lee en su prolongado parto, y es en ese alargado nacimiento donde el poema recibe la mayor parte de la carga genética de su estructura. Lo cual explica en cierta medida la opulenta naturaleza del poema.

Nacida la composición lírica, su doble génesis la ha dotado ya desde un principio de grados de diferencia del universo del lenguaje cotidiano del cual procede. Comienza allí su camino hacia su ser absoluto de mano del creador, del vate. Cuanto sucede en el proceso de la composición, extendido desde su nacimiento hasta su ser absoluto, lo reflejará su intrincada entidad, en esta vía aparece en el poeta el pathos de la armonía del texto, la búsqueda de la armonización del contenido interpretador de una parcela del mundo, con su fuerza expresiva y con los elementos nacidos de la doble génesis de la composición, sobre el riel de la belleza cual recóndito impulso, misterioso y luminoso manantial del espíritu. Esa armonía objetual intensifica entonces la riqueza del poema hasta convertirlo en un objeto bello del lenguaje, ávido de eternidad y de universalidad: obra artística, ser absoluto, pieza libre en ese todo llamado historia espiritual.

 

VIII

La poesía en el poema, lo poético, nutre todas las estructuras de la composición, el léxico, los tropos, las figuras, el verso y la estrofa (si los hay), la musicalidad. La poesía comprende la belleza, la engloba, pero va más allá de ella. Incorpora el pensar, ideas, visiones, a su entidad; no obstante a todos ellos los subyuga para salir a la percepción de la mirada y del oído, a accionar la inteligencia (interpretando una frase de Plotino se podría decir en este caso, la inteligencia se hace entonces ser de la poesía y el ser de la poesía se hace a su vez inteligencia. Enéada sexta. VI, 2), a ser percibida, sentida, intuida; a ser placer, conocimiento, misterio y sobrecogimiento. [10]

 

ALEGRANZA

Tal una pátina, tal un aire
va esa luz-sentida, luz-revelada,
escondida-descubierta, privilegio-don.
Todo ver sacia.
Calma como nada puede hacerlo.
Pasión de espacio: espíritu.
Quizás rostro de la maravilla,
faz del prodigio del ahora.
Donación del azar salvante,
pequeña develadora áurea,
alegranza.

 

NOTAS

[1] CARDOZO, Lubio. Ver. Mérida. Ediciones ERATO, 1999. p. 55.

[2] CARDOZO, Lubio. Ver. Mérida, Ediciones ERATO, 1999. pp. 64.

    MORA, Pablo. Paráfrasis de "Ver". En: Cuenta Abierta, Diario La Nación, San Cristóbal, Táchira, Venezuela, Viernes, 2 de julio de 1999. p. A6.

    _____________Ver a la luz del Lubio. En: Revista Actual. Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes. Mérida. Venezuela. Mayo - Septiembre 2002. III Etapa, Número 50. pp. 32-34.

    http://biblioteca.celarg.org.ve/cgi-win/be_alex.exe?Acceso=T014300038011/3&Nombrebd=CELARG

[3] CARDOZO, Lubio. Un verso cada día. Mérida, Ediciones Mucuglifo, 1995. p. 16.

[4] CARDOZO, Lubio. Paseo por el bosque de la palabra encantada. Mérida. Fundación Casa de las Letras “Mariano Picón Salas”. CDCHT - ULA. 1997, p. 9.

[5] BRAVO, Víctor: Dossier. Lubio Cardozo. En Revista Actual. Dirección de Cultura, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Julio - Diciembre 2001. III Etapa, Número 47 - 48. p. 96.

[6] Ibídem. p. 101

[7] MIRABAL S., Rosalba E. Lugar de la palabra. En: Revista Aleph. Nros. 4-5 -Tercera Etapa-, Mérida, Venezuela, 1995. pp. 8-9.

[8] CARDOZO, Lubio. Documento. En: Revista EN NEGRO. Casa de la Cultura de Cantaura, Cantaura, Oct. - Nov. 1972. p. 5.

[9] RATTIA, Rafael. Lubio Cardozo: la poesía como videncia.

    http://www.analitica.com/bitblioteca/rrattia/cardozo.asp

[10] CARDOZO, Lubio. La idea de poesía. En Revista Actual. Dirección de Cultura, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Julio - Diciembre 2001. III Etapa, Número 47 - 48. pp. 102-109.

    http://revistaactual.hacer.ula.ve/47/

    http://www.poesia.org.ve/poema.php?codigo=311

    ___________ LA IDEA DE POESÍA. Mérida, Ediciones ERATO, 2003. pp. 16.

 

© Pablo Mora 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/lubiocar.html