Malestar sí, pero en la cultura

Francisco Bernete

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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1.- INTRODUCCIÓN

En este 2006 de nuestros agrios debates políticos sobre cosas tan imaginarias, pero a la vez tan pasionales, como “la identidad nacional” o “la cultura nacional”, además de cumplirse 250 años del nacimiento de Mozart, se cumplen 150 del nacimiento, en el mismo país (Austria), de Sigmund Freud, uno de los autores que, sin ser antropólogo ni sociólogo de profesión, mejor alumbró, a mi juicio, la naturaleza de la cultura.

Este trabajo rinde tributo al esfuerzo de Freud por conocer la naturaleza humana, a la vez que vuelve la mirada sobre una línea intelectual sospechosamente semi-olvidada o quizás semi-escondida, el freudomarxismo. Siguiendo las huellas de un concepto capital en la obra de Freud, el concepto de represión, trataré de explicar de qué manera el caudal de la obra freudiana se canaliza en direcciones distintas entre los autores más prototípicos del freudomarxismo (Reich, Fromm y Marcuse) para elaborar teorías sobre la cultura y la sociedad contemporáneas.

1.1.- "Represión" y "alienación": los dos pilares del freudomarxismo

Reich, Fromm y Marcuse se ocupan de la socialización del individuo y del origen mismo de la civilización, para lo cual se interesan por la perspectiva freudiana de estos procesos. En esa revisión de la obra de Freud, se topan con la represión como punto (delicado) de contacto entre “lo individual” y “lo social”, tanto si inician su trabajo en la Psicología Social (Fromm), como si lo hacen en la Teoría Social (Reich y Marcuse).

Distintos analistas de la obra freudiana coinciden en creer que la represión fue el signo bajo el cual Freud concibió la historia ontogenética y filogenética del hombre. El propio fundador del psicoanálisis le dio ese lugar privilegiado al asegurar que "La teoría de la represión es la piedra angular sobre la que reposa todo el edificio del psicoanálisis, su pieza más esencial". [1]

Del lado marxista, parece que es el concepto de alienación el que mejor sirve para describir el carácter mutilado del hombre moderno. El ser humano se ve desposeído del objeto que ha producido con su trabajo y, en general, de toda su actividad y su vida social, pues la cultura, la política, la economía, etc. tienen vida propia y el individuo las siente como algo extraño a él mismo. Para el marxismo, la naturaleza humana no es exclusivamente biológica: al contrario, es humano quien se convierte en un ser social mediante el trabajo, pues es a través del trabajo como se relaciona con los otros, además de relacionarse con la naturaleza. Lo que sucede es que el modo de producción desarrollado por la burguesía cosifica las relaciones y las actividades, despojándolas de su condición humana.

Los freudomarxistas más conocidos por su condición de tales lanzan sus reproches al marxismo que da excesiva relevancia a la dimensión económica de la vida; y, por otro lado, tratan de corregir a Freud desde la concepción de una posible sociedad socialista, en la cual no existiría ni el malestar ni la explotación. Al menos, no en los niveles alcanzados en los últimos siglos. Reich, Fromm y Marcuse piensan que han cristalizado en el ser humano unas estructuras psíquicas en favor de un sistema socioeconómico explotador y represivo. Pero ese psiquismo no es inmanente a nuestra forma de ser, sino que ha sido modelado históricamente. De ahí se deduce que puede modificarse.

1.2.- "Represión psíquica" y "represión social"

Cotidianamente, el verbo "reprimir" se usa con mucha frecuencia en forma reflexiva. Decimos que un sujeto se reprime cuando se contiene en su comportamiento, evitando hacer algo que tiene ganas de hacer, pero le parece inconveniente. Ese control de su propia acción parece ser:

a) por una parte, individual, en cuanto que es el propio sujeto quien decide su conducta y quien asume los riesgos, premios, castigos, evaluaciones, etc. asociados a esa conducta.

b) por otra parte, social, en cuanto consideramos que la inhibición de los impulsos es un proceso originado por la enculturización a que están sometidos los individuos desde el momento en que nacen. La regulación de los comportamientos -en la que está interesada la sociedad- requiere la renuncia a la espontaneidad.

En Teoría Psicoanalítica, el concepto de represión remite a una “operación según la cual el sujeto intenta rechazar o mantener en el inconsciente representaciones (pensamientos, imágenes, recuerdos) ligados a una pulsión" [2]. Teniendo en cuenta que los autores "freudomarxistas" se refieren a la "represión" más bien como una forma de "control social", y no como "mecanismo de defensa" de naturaleza psíquica, cabe preguntarse si estarán describiendo el mismo fenómeno o fenómenos distintos que guardan algún parecido.

En los epígrafes siguientes, se muestra el marco conceptual en el que se inserta el uso del término “represión” en la teoría psicoanalítica. Marco desde el cual se da el salto a otro diferente, donde se pone el énfasis en la represión social.

 

2.- LA REPRESION EN LA TEORIA PSICOANALITICA

2.1.- La operación represiva

La palabra "represión" aparece en la obra de Freud asociada a otras de la misma constelación, como "defensa" y "censura". Y, a través de ellas, vinculada con otras expresiones como "resistencia" y "conciencia moral". El proceso de la represión (en sentido psíquico) es conocido como el prototipo de los mecanismos de defensa. "Su esencia consiste en rechazar algo de la conciencia y mantenerlo alejado de ella." [3]

Esta acotación de la «represión» como uno de los mecanismos de «defensa» es mantenida por Anna Freud y otros psicoanalistas, pero las obras del fundador del Psicoanálisis permiten también el uso de ambos términos como sinónimos. Aquí no entraremos en esas elucidaciones [4]. Interesa más destacar algo que mantiene Freud en todos los escritos donde describe el procedimiento represivo: que se trata de una defensa del individuo y que es el "yo" [5] quien recurre a esa y otras técnicas defensivas.

El propio Freud advirtió que se corría el peligro de sobreestimar el papel del superyó en la represión [6], o subestimar el papel del yo, y éste parece ser uno de los sesgos que a menudo cometió el freudomarxismo. El yo es un eficaz represor, lo cual, según Freud, obliga a no exagerar los vasallajes del yo respecto del ello y del superyó.

El yo se halla bajo la particular influencia de la percepción, cualidad que le permite tomar nota de las exigencias del entorno en el que se encuentra y procurar frenar las pulsiones provenientes del ello cuya satisfacción resulte más inconveniente para vivir en ese entorno. Por esa razón dirá Freud que (el yo) "se afana por remplazar el principio de placer, que rige irrestrictamente en el ello, por el principio de realidad" [7]. Este principio de realidad tiene la función de armonizar los deseos con las posibilidades que brinda el mundo exterior, tratando de adaptar la satisfacción a las condiciones que el entorno impone al individuo.

De este modo, se explicaría que el ser humano no se rija sólo por el principio de placer, buscando la satisfacción por el camino más corto, sino que acepte dar un rodeo, o aplazar esa satisfacción, con tal de conciliar la pulsión que proviene del cuerpo con algo supra-individual que entiende debe ser igualmente atendido, por lo menos, hasta cierto punto.

2.2.- El papel del "superyó" (o ideal del yo) en la represión

Alrededor de los cinco años -indica Freud- la concepción del aparato psíquico, según la cual todo lo que no es ello, revestido de la capa del yo (que, preocupado por su propia conservación, se rige por un principio de placer modificado), es mundo exterior, sufre una alteración: el nacimiento del superyó, nueva instancia psíquica, que asume funciones de juez y es sentida como nuestra conciencia moral.

El superyó se crea por identificación del sujeto con una parte del mundo exterior. Lo acogido en el interior del sujeto son las normas, las pautas de conducta transmitidas por las personas adultas que rodean al niño desde su nacimiento. A este nuevo ser le son dados unos bienes materiales y le son denegados otros; le son permitidas unas acciones y prohibidas, otras; e igualmente, junto con los nombres de las cosas y las acciones, recibe conceptos y valoraciones destinados a su interiorización.

Normalmente, los adultos que crían al niño (es decir, le alimentan y le dan las primeras pautas de comportamiento) son los progenitores. Pero, en muchos casos, esas actividades las asumen otros familiares o personas allegadas a la familia (nanas, vecinos, etc.). Más tarde, la acción enculturizadora corre a cargo de los educadores profesionales; y, según las sociedades, ejercerán más o menos influencia los sacerdotes, las autoridades y -en nuestros días- las empresas que elaboran y distribuyen productos informativos o de entretenimiento.

Freud no negaba que el sistema social exigiera la represión de las pulsiones; pero defendía, al mismo tiempo, que ese sistema se había desarrollado sobre la base de represiones de nuestros antepasados. Y, por tanto, la cultura (como el superyó individual) no sería sólo productora, sino también, producto de operaciones represivas. Planteamiento dialéctico que echaremos en falta en sus continuadores freudomarxistas, pues convirtieron la represión en un proceso unidireccional que -con el fin de mantener el orden social- arranca de las instituciones para contener a los individuos, en contra de sus intereses y de su voluntad. O, más bien, conquistando su voluntad.

 

3.- LA REPRESION EN EL ORIGEN DE LA SOCIEDAD

3.1.- El conflicto "naturaleza - sociedad"

Freud no pierde ocasión de recordar que las relaciones entre vida orgánica y vida social del hombre son conflictivas. En ese enfrentamiento entre individuo y sociedad, ni le parece probable que la condición biológica del ser humano desaparezca por mor de la adaptación al orden social, ni que algún orden social se ajuste a los deseos naturales.

La vida psíquica de los hombres y las mujeres, desde la perspectiva freudiana, se caracteriza por el conflicto entre las pulsiones que proceden del cuerpo en busca de placer y las normas morales a las que los individuos se ven sujetos por vivir en sociedad. Desde este punto de vista, ser social es dominar la pulsión que habita en el cuerpo, puesto que el individuo se encuentra tanto más integrado cuanto más y mejor se interioricen dichas normas y más se inhiban las pulsiones naturales (pre-sociales).

Freud señala que los individuos no parecemos dispuestos a aceptar sumisamente las restricciones y la regresión, a pesar de estar en la base de las relaciones humanas. Ante este problema de desajuste, los autores que repasamos exponen soluciones diferentes:

a) De un lado, el propio Freud proponía más racionalidad en los procesos psíquicos individuales. Con ellos, los hombres se procurarían una internalización más consciente de las normas sociales y, a lo sumo, una desmitificación de la cultura (porque se desarrolla para reprimir los impulsos del individuo), pero sin dejar de considerarla útil, porque esa represión es la que hace posible la vida civilizada [8]. Nuestro autor considera que, después de todo, el sufrimiento emanado de las relaciones con los demás no es más doloroso que los sufrimientos que proceden del mismo cuerpo o del mundo exterior.

b) De otro lado, quienes intentan el maridaje freudo-marxista reconocen la lucha entre naturaleza y sociedad. Pero, en la confianza de que debe haber un orden social más justo, acaban preconizando que en el futuro podrán armonizarse las regulaciones sociales y las necesidades fisiológicas. De ese modo, la represión queda circunscrita a un elemento contingente, característico de una cultura determinada, pero no inherente a toda civilización.

Los dos autores psicoanalistas (Reich y Fromm) se desmarcan de Freud en su concepción de las relaciones entre naturaleza y cultura:

a) ya sea por creer que hubo en el pasado sociedades matriarcales donde la sexualidad y el placer eran compatibles con la cultura y que habrá en el futuro una revolución que, desintegrando la familia autoritaria, termine con la represión sexual y la explotación económica (caso de Reich);

b) ya sea por creer que la civilización occidental contiene elementos patriarcales (como la razón o la ley), pero también matriarcales (como los vínculos de la sangre y la tierra, la aceptación de los fenómenos naturales o el amor a los demás), que los principios patriarcales aparecen después de los matriarcales como consecuencia del desarrollo de las capacidades humanas, que permiten un contacto más activo con la naturaleza; y que, por tanto, el hombre se realiza en el marco social (caso de Fromm).

Marcuse, que no es psicoanalista, parece no contradecir, en principio, la hipótesis de que se trata de un enfrentamiento y no de una armónica complementación. Sin embargo, el seguimiento de Freud casi concluye en el punto de partida. Pronto matiza que se trata de un enfrentamiento actual entre el individuo y su sociedad, acercándose en el fondo a Reich y Fromm, en lo que respecta al carácter no esencial, sino histórico del conflicto; y, por ello, contingente y evitable si se llevara a cabo cierta transformación de las relaciones sociales. Es decir, Marcuse se presenta como leal a Freud, pero le reprocha la misma generalización (abusiva, a juicio de los tres autores) que consistiría en identificar la civilización con la que al propio Freud le tocó vivir.

A diferencia de Reich y Fromm, Marcuse no describe ningún matriarcado previo al patriarcado, o a la familia autoritaria. Entiende -como lo hicieran Marx y Freud- que la dominación del hombre por el hombre ha existido siempre, pero añade que esa dominación no se manifiesta siempre de la misma manera. Ahora, quienes dominan al individuo enseñándole a obrar bien no es sólo el padre, como pudo haber sido en un principio, ni el dominio consiste exactamente en poseer a las mujeres. La dominación la ejercen personas e instituciones que ocupan una posición social superior a la del propio individuo y ejercen sobre él una represión más racionalizada y despersonalizada. Una represión que hace más difícil rebelarse contra el sistema de dominio, pues ya no se trata de acabar con un poder personal, sino con todo un orden social, que tiene su lógica y su eficacia. El sentimiento de culpa de quienes destruyan ese edificio ha de ser mayor, lo cual contribuye a frenar en la práctica toda rebelión radical contra el sistema.

3.2.- La apoyatura económica de la represión sexual, según Reich

Wilhelm Reich fue el primero de los autores freudomarxistas que intentó enlazar las aportaciones de la teoría psicoanalítica con las del marxismo. Presentó en paralelo el orden moral y la estructura económica de la sociedad capitalista, concibiendo al primero como dependiente de la segunda. Ese orden moral es represivo en materia de sexualidad y su correa de transmisión fundamental es la familia, a través de la cual se contagia la enfermedad, la «peste colectiva» que es el orden sexual represivo.

El autor de La revolución sexual cree que es fácil de romper el vínculo entre dominación económica y dominación ideológica en las familias obreras, toda vez que no tienen los mismos intereses económicos que las familias burguesas. Pero reconoce que "las fuerzas de la tradición pueden incidir en ellas por otras vías ideológicas como la religión". [9]

Reich defiende la posibilidad de un orden social que no esté basado en la renuncia de los impulsos naturales [10]. Protesta contra la idea de que el «principio de realidad» requiere un aplazamiento de la gratificación instintiva, y reclama que se discuta sobre cada impulso en concreto y sobre el principio de realidad vigente en cada sociedad y en cada momento histórico, pues "este (el de la sociedad de su época) principio de realidad es en sí mismo relativo". [11]

Cabe recordar a este respecto que Freud no es tan homogeneizador de las culturas como puede deducirse de los escritos freudomarxistas, pues el mismo Freud señala que las pautas de una sociedad son relativas, no sagradas ni inmutables. El "biologicismo" con el que se le etiqueta no le impide reconocer que el grado de libertad sexual y, por tanto, de represión, es diferente en culturas distintas. El fundador del Psicoanálisis atribuye esas diferencias a las estructuras económicas de cada sociedad, pero sin hacer coincidir estos intereses con los de la familia, como haría Reich, sino más bien contraponiéndolos, pues una fuerte cohesión intrafamiliar puede obstaculizar la integración en círculos más amplios. Una tarea del orden social es ayudar a que el joven pase a ser un sujeto independiente de la familia, con sus propios derechos y obligaciones, e implicado en la reproducción social. Volviendo sobre los grados de represión, Freud recuerda que la sociedad que reprime en exceso se ve obligada a aceptar transgresiones que supuestamente persigue.

Hasta cierto punto, habría una base de acuerdo entre Freud y Reich, en cuanto a la injusticia que comete la sociedad con respecto a los individuos y sus necesidades. Pero, desde el punto de vista de Freud, esa injusticia se comete por el hecho de que se exija a todo el mundo un comportamiento similar (al imponer a todos las mismas pautas), cuando es manifiesto que, debido a las diversas constituciones biológicas y organizaciones psíquicas, unas personas encontrarán más fácil que otras respetar las normas; o, si se quiere, algunas tendrán mayores tendencias a actuar saltándose los preceptos morales.

3.3.- La confianza de E. Fromm en las capacidades humanas

Fromm se distancia de Freud a costa de negar las contradicciones que Freud encontraba entre naturaleza humana y sociedad. En Psicoanálisis de la sociedad contemporánea desplaza el problema a la clase de relaciones sociales que mantenga cada uno con los demás. De ellas depende, a juicio de Fromm, que el individuo evite o no el desequilibrio mental. Pero el origen de este desequilibrio no estaría en la represión o la frustración de los impulsos biológicos o instintivos (precio que, según Freud, el hombre paga a cambio de la seguridad y los beneficios de la cultura), sino en el tipo de organización de la vida colectiva que es el que genera un carácter social determinado.

Lo que Fromm entiende por carácter social está definido, primero en El miedo a la libertad y, más tarde, en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea. El carácter social es el núcleo de la estructura de carácter compartido por la mayoría de los individuos de la misma cultura, a diferencia del carácter individual, que es diferente en cada uno de los individuos pertenecientes a la misma cultura ". [12]

El carácter social tiene la función de moldear y canalizar la energía humana dentro de una sociedad determinada a fin de que pueda seguir funcionando aquella sociedad " [13]. ¿No tenía la represión una función parecida con el fin de adaptar el funcionamiento del individuo al de la sociedad? Por cierto que Fromm, en un artículo de 1932, titulado "Método y función de una psicología social analítica", se refería a la "estructura libidinal", como "núcleo social y psíquico de toda sociedad de clase". Pero, más tarde, en 1970, añadiría a pie de página:

"Lo que aquí denomino «estructura libidinal» de la sociedad (terminología freudiana), en mis trabajos posteriores lo llamé «carácter social»; a pesar del cambio en la teoría de la libido, los conceptos siguen siendo los mismos (1970)". [14]

De este modo, donde Freud diría que ha tenido lugar una represión por exigencias del mundo exterior, Fromm dice que ha tenido lugar un moldeamiento de carácter en una dirección socialmente deseable, probablemente a través de la familia, a la que llama "agencia psíquica de la sociedad".

Hasta aquí no parece haber una gran distancia entre los dos autores. Sin embargo, Fromm aclara que las personalidades que se consideran deseables y necesarias en una cultura dada, no lo son necesariamente en otras. Así, por ejemplo, el hombre occidental moderno tiene una personalidad conformada por las condiciones socioeconómicas de la sociedad industrial y su modo capitalista de producción. Y son estas condiciones las causantes de las perturbaciones de su salud mental. (Punto de vista similar al de Marcuse).

3.4.- El aparente acercamiento de Marcuse a las tesis de Freud

La tesis defendida por Marcuse en Eros y Civilización, respecto al surgimiento de la cultura, es que el impulso erótico antecedió a cualquier otro. Es decir, si existe también un impulso hacia la preservación de la vida o hacia su enriquecimiento (mediante la dominación de la naturaleza), estos serían derivaciones del impulso erótico original (que aspira al placer, no a la seguridad). Por tanto, la meta es el placer y para conseguir el placer es para lo que se organizan los seres humanos, generando así la cultura. Es más tarde cuando "la base erótica de la cultura es transformada" y la lucha por la existencia ya no se organiza para alcanzar colectivamente el placer, sino de acuerdo con el interés de la dominación.

Marcuse califica las posiciones de Freud de avanzadas cuando sus ideas del ser en términos de Eros parecen apoyarse en "el primer estado de la filosofía de Platón", entendiendo que allí cabe encontrar una concepción de la cultura como el libre autodesarrollo de Eros y no como una sublimación represiva. Pero la tendencia general de la historia de la Filosofía -según se describe en Eros y civilización será la de convertir al Logos en razón que subyuga a los instintos y absorbe a Eros. El autor incluye a Freud entre quienes siguen esa tendencia general, pues "en su obra la racionalidad del principio de la realidad predominante supera a las especulaciones metafísicas sobre Eros". [15]

El “ser erótico”, que defiende Marcuse, es el ser a quien nada falta, pues lo tiene todo en sí mismo y no necesita luchar por la existencia, más que lo imprescindible para recrearse placenteramente en lo realizado. Del lado contrario, queda el ser que se esfuerza por progresar con el fin de trascender, más que de disfrutar de la vida.

A mi juicio, Marcuse deja sin explicar por qué habría de transformarse la base erótica de la cultura y por qué se pasaría de luchar colectivamente por el placer a luchar por la dominación. En todo caso, dejamos constancia de esta distinción entre dos metas: el placer y el dominio (que Freud no separaría nítidamente). Desde el punto de vista de Marcuse, la represión tendría lugar sólo cuando y porque se aspira al dominio.

Suele decirse que Herbert Marcuse hace hablar a Freud el lenguaje de Marx, cuando se advierte el símil entre "plus de represión" y la noción de "plusvalía" (de carácter cuantitativo); también el término "principio de rendimiento" nos lleva a pensar en el concepto marxista de "alienación: ambos indican el rasgo fundamental de la existencia humana bajo el capitalismo.

El “plus de represión” sería, según Marcuse, un monto de represión excedente que ha tenido el efecto de desexualizar los impulsos parciales y las zonas erógenas para adaptarlas a las exigencias del trabajo y la procreación. Si ese plus desapareciera, sería posible una nueva cultura no represiva, cuyo rasgo fundamental fuese la transformación de la sexualidad en Eros, principio que podría impregnar todas las actividades humanas.

Más tarde, el propio Marcuse se encarga de registrar la ruptura de la conexión entre represión de la pulsión sexual y modo capitalista de producción de bienes, en un libro aparecido en 1964 (El hombre unidimensional). En esos primeros años sesenta, viviendo en los Estados Unidos, advierte que "la liberación sexual no va unida necesariamente a una liberación política, pues el sistema de dominación puede utilizar a su servicio las libertades sexuales, administrándolas provechosamente para sus fines" [16]. Entiende que en la sociedad industrial avanzada el sexo es mercantilizado e introducido para ello en los productos de la industria cultural, sin sublimación alguna. Con ello no deduce que la represión ha desaparecido, sino que se da un fenómeno de "desublimación represiva". Creo que, por tal, debe entenderse un proceso controlado que consiste en favorecer una mayor libertad sexual (sexualidad libre de sublimación), al tiempo que se perfecciona el control político.

También Eric Fromm advierte la conversión del sexo en artículo de consumo y la tendencia a una gratificación sexual inmediata, como parte del esquema de consumo que concuerda con las necesidades económicas. Pero estas observaciones le llevan a una conclusión diferente de la de Marcuse: "los reprimidos son otros impulsos: el de estar plenamente vivo, el de ser libre y el del amor" [17]. Los síntomas reconocibles -a juicio de Fromm-, como consecuencias de las nuevas represiones, serían: "la alienación, la ansiedad, la soledad, el temor a los sentimientos profundos, la falta de actividad, la carencia de alegría". [18]

 

4.- EL OBJETO DE LA REPRESION

Llegados a este punto, hemos de detenernos en una cuestión, a mi juicio, más compleja de lo que parece en un principio: qué es concretamente lo que se reprime y por qué. Describimos en los epígrafes siguientes cómo concibieron el objeto de la represión tanto Freud como los freudomarxistas.

A pesar de que Freud casi siempre ejemplifica la represión como un mecanismo de defensa que consiste en contener la pulsión sexual, se cuida de decir que lo reprimido sean siempre representantes de las pulsiones sexuales. Como veremos en este mismo epígrafe, Freud afirmará también que la cultura exige otros sacrificios, además del de la plena satisfacción sexual. Pero antes de ver cuáles son esos otros sacrificios, recordemos que tanto el propio Freud como los tres autores que venimos denominando "freudomarxistas" se plantearon la pregunta ¿por qué se reprime el sexo? y ofrecieron respuestas diferentes.

4.1.- Por qué se reprime la pulsión sexual.

Cuando sale a la luz el texto que lleva por título La represión (1915) el psicoanálisis sólo cuenta con una primera teoría pulsional. En ella, la pulsión sexual se contrapone a las de autoconservación. Está sometida sólo al principio de placer, es difícilmente educable, funciona según las leyes del proceso primario y constantemente amenaza desde dentro el equilibrio del aparato psíquico. Ese carácter amenazante la convierte en objeto privilegiado de la represión, tanto para Freud como para algunos de sus seguidores freudomarxistas, como Reich o Marcuse.

Cuando Reich publica Materialismo dialéctico y Psicoanálisis (1929) [19] describe el motivo de la represión de forma no discrepante con el maestro: la considera producto de una obediencia del yo (débil para desafiar la realidad y débil para dominar el instinto) "a las exigencias sociales, para no desaparecer o no recibir un castigo, es decir, por instinto de conservación". Pero más adelante, cuando prologa la segunda edición (1936) del libro que desde 1945 se titulará La revolución sexual, se pregunta: "¿Cuál es el motivo de la represión de la vida de amor en el hombre?". La respuesta de Reich es un vínculo entre dos conflictos, que el psicólogo-político considera unidos por una base común: a) la lucha de clases y b) el conflicto entre la necesidad sexual y la sociedad mecanicista.

Wilhelm Reich cree que hay una moralidad capitalista que está en contra de la sexualidad (lo que más tarde sería frontalmente rechazado por Foucault) y que puede haber (y ha de alentarse) un movimiento revolucionario, que, dotado de una ideología favorable a la sexualidad, la ponga en práctica y genere un nuevo orden en el cual la vida sexual sería satisfactoria. Es decir, frente a la moralidad capitalista, habría una moralidad revolucionaria consistente en defender la satisfacción de las necesidades sexuales.

En la sociedad capitalista, la represión de la sexualidad es una medida eficaz, porque, en lugar de provocar una rebelión (como sucedería si se impidiera la satisfacción de otras necesidades naturales) provoca una inhibición inconsciente del deseo de rebelarse. Más aún, a juicio de Reich, la represión sexual hace posible la generación de mentalidades reaccionarias o estructuras de carácter con tendencias a defender el orden autoritario. El objetivo final de la represión sexual sería conseguir que los oprimidos y explotados económicamente hagan justo lo contrario de lo que materialmente les interesa, si asumen una forma de ver el mundo que es producto de la moral burguesa, articulada en torno al matrimonio monogámico.

Marcuse, por su parte, cree que la represión sexual se ha dirigido básicamente a los impulsos sexuales parciales, con la finalidad de desexualizarlos y de adaptar las zonas erógenas (que difusamente estarían en todo el cuerpo) a los requerimientos de un principio de actuación propio de la sociedad industrial: las energías sexuales deben dirigirse a la procreación y al trabajo. Desde el punto de vista de Marcuse, Eros es la víctima de la civilización (de la sociedad industrial, no de toda civilización posible). [20]

Si hemos resumido correctamente a los autores freudomarxistas, es posible deducir que para ellos no supone ningún problema presentar como objeto de la represión algo distinto en cada sociedad y en cada momento histórico, puesto que la represión es un procedimiento que, con independencia de su modalidad, tiene por finalidad asegurar la adaptación de los individuos al orden social. Pero este orden es histórico y lo que exige el estrato dominante a los individuos varía en el tiempo y en el espacio. Freud, sin embargo, intentaría hallar una especie de denominador común a todas las sociedades, que permitiera contemplar ese fenómeno represivo como la base misma de la civilización humana.

4.2.- La pulsión de muerte como obstáculo de la cultura.

Si de los primeros escritos de Freud podía deducirse que lo reprimido era esencialmente la pulsión sexual (o mejor, sus representantes), no cabe seguir haciendo la misma deducción una vez conocidos los textos posteriores a 1920. A partir de ese año, con la publicación de Más allá del principio de placer, lo que resulta más opuesto a la moral y al orden social se denomina en la teoría psicoanalítica pulsión de muerte o pulsión de destrucción.

En los últimos trabajos de Freud (p.e., El porvenir de una ilusión o El malestar en la cultura) se encuentran claras identificaciones entre la inclinación a destruir y lo anticultural; y también una advertencia de que tal inclinación condiciona el comportamiento de muchas personas.

La finalidad de la cultura -según Freud- es limitar las pulsiones agresivas. Con ese objetivo, se recurre a medios destinados a impulsar a los individuos a identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida. Entre ellos, las restricciones a la sexualidad y el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, que es precisamente lo que más contraría a la naturaleza humana, a juicio del autor.

En el marco conceptual de la segunda teoría de las pulsiones, los sacrificios que la cultura impone a la sexualidad, serían en última instancia, una parte de los que impone a la inclinación agresiva del ser humano [21]. La tendencia a la destrucción es, en la teoría freudiana, el obstáculo más poderoso para la cultura, porque esta tendencia se opone al programa (cultural) de ligar libidinalmente entre sí a los individuos hasta formar una gran unidad. ¿De dónde procede esa tendencia? La agresión -dice Freud- "es un retoño de la pulsión de muerte". Desde la formulación de la segunda teoría pulsional, la pulsión de muerte es la que funciona según el principio de descarga total, razón por la cual se convierte en amenaza para la humanidad. Frente a esta amenaza, la cultura se yergue en defensa de la vida de la especie humana.

Procede ahora comprobar si los "continuadores" freudomarxistas mantuvieron en la misma posición amenazante a la pulsión de muerte.

La distinción entre "agresividad" y "destructividad" de W. Reich.

Reich proclama que la hipótesis de la pulsión de muerte (entendida como instinto destructor) es infundada e ideológica, porque se utiliza para justificar la represión y la falta de libertades sociales. Admite la existencia de una agresividad innata en el sentido de fuerza hacia fuera, como medio para satisfacer las necesidades vitales. Pero -dice Reich- sólo cuando la necesidad no es satisfecha, la agresividad se pervierte, se hace destructiva. Si la persona tiene una economía libidinal satisfactoria, la agresividad se canaliza espontáneamente hacia actividades sociales.

En mi opinión, esta idea se opone a la de Freud, aunque en cierto sentido parece semejante: es opuesta porque Freud no indica que haya canalización espontánea hacia actividades sociales. Al contrario, afirma que se produce una sustracción de energía libidinosa, que es desviada de la vida sexual y usada para fines culturales. De manera que, en Freud, la economía libidinal satisfactoria no es ni una condición ni un resultado de la vida social. Más bien las considera incompatibles: la civilización es posible, a costa de imposibilitar, de entrada, una satisfacción completa de la libido.

Según Reich, la represión existe en la sociedad actual porque se trata de una sociedad estructurada en torno a la familia autoritaria y patriarcal. En ese microespacio familiar es donde se reprime al niño haciéndole sumiso a la autoridad y agresivo contra quienes no respetan las normas o contra sus propios impulsos libertarios. Lo que habría que reprimir, entonces, no procede del ello, sino del mundo exterior: son las condiciones sociales que generan un carácter destructivo a través de la familia.

La distinción entre agresión "benigna" y "maligna" de Erich Fromm.

Fromm nos plantea la pregunta sobre la constancia o variabilidad de los impulsos destructivos. Si la pulsión de muerte se halla arraigada como característica biológica inherente a todo organismo y constituye, por tanto, un elemento necesario e inalterable de la vida, entonces "deberíamos admitir que la intensidad de los impulsos destructivos -en contra de uno mismo y de los demás- permanece aproximadamente constante. Pero lo que observamos es justamente lo contrario". [22]

El autor de El miedo a la libertad mantiene que hay una agresión innata, que califica de benigna o defensiva. Pero no considera innata la agresión maligna, cruel y destructiva. Esta última es producto de las condiciones de vida y, por ello, es erradicable, aunque permanezca la agresividad defensiva. Esta distinción nos suena inevitablemente parecida a la de Reich entre agresividad y destructividad. La última es la peligrosa y la que debemos atribuir a la estructura social vigente (familia patriarcal y autoritaria). La agresividad maligna (de Fromm) y la destructividad (de Reich) aparecen como los niveles innecesarios, del mismo modo que Marcuse se refería a un plus de represión, innecesario y sobrante, por cuya erradicación se puede luchar. Fromm denuncia el pesimismo de Freud pues no cree que el comportamiento esté determinado por la lucha entre Eros y Thanatos, sino por las estructuras de carácter generadas socialmente.

Marcuse: la otra cara de la pulsión de muerte

Herbert Marcuse -al igual que Reich y Fromm- hace responsable de la agresividad desatada al principio de organización social vigente. Las posibilidades de gozo (con esta organización social) son sacrificadas en aras de una productividad alienada, dirigida a la guerra o al beneficio privado.

En un régimen social de acceso generalizado a la felicidad y al placer, los impulsos destructivos quedarían reducidos. Un proceso histórico liberador puede hacer inútiles las instituciones actuales que reprimen la libido; en tal caso, la energía psíquica se trasvasaría de Thanatos a Eros. Eliminando la represión que pesa sobre Eros, la destructividad sería absorbida en la existencia placentera.

Obsérvese que Marcuse aún propone eliminar "la represión que pesa sobre Eros" y "hacer inútiles las instituciones actuales que reprimen la libido”, cuando Freud ya había señalado que el enemigo de la civilización no es Eros (puesto que incluye la libido de meta inhibida que serviría de argamasa para cohesionar a los individuos), sino la pulsión de muerte, en lo que tiene de tendencia agresora, que empuja guiada por el principio de descarga total. Esta observación hace pensar que, con el término Eros no están manejando ambos autores el mismo concepto.

 

5.- ¿QUE SOSTIENE LA REPRESION SOCIAL?

5.1.- La lucha por la vida de la especie humana.

¿Por qué nos conviene admitir las regulaciones de la convivencia, si al fin y al cabo no hacen más que poner límites a nuestras posibilidades de actuación, amenazando con penalizar a quien no respete esos límites? Los últimos capítulos de El malestar en la cultura me parecen muy esclarecedores de esta cuestión, y los seguiremos en las próximas páginas.

El reclamo ideal que dice "Amarás al prójimo como a ti mismo" significa para Freud (no así para los freudomarxistas que venimos repasando) un deber cultural que uno se dispone a cumplir con harto dolor de su corazón, toda vez que ese sentimiento se nos despierta sin dificultad cuando encontramos que alguien lo merece; pero resulta difícil si se trata de un extraño; y aún puede que sea injusto dispensar a un extraño el mismo trato que a un familiar. Incluso, quizás hubiera razones prácticas para odiarle o mantener una actitud hostil hacia él.

Freud, como se ha dicho tantas veces, parece estar más cerca de Hobbes que de Rousseau (al contrario que Fromm o Reich [23]) al rechazar la bondad natural del ser humano. Por ejemplo, cuando expresa con cierta rotundidad:

"El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo". [24]

Comoquiera que esta naturaleza salvaje, muchas veces inhibida, pero otras exhibida, perturba las relaciones con nuestros semejantes, "la sociedad culta" tiene motivos para gastar energía en favor de la cohesión, pues se encuentra amenazada y no parece que "el interés de la comunidad de trabajo" sea suficiente para mantenerla unida. No es suficiente porque se trata de un interés racional y nada tendría que hacer frente a "las pasiones que vienen de lo pulsional".

Que la cultura intente frenar los impulsos agresivos, mediante formaciones psíquicas que procuren su inhibición no significa que lo consiga, pues la agresión humana también sabe vestirse con ropajes refinados que la ocultan bajo apariencias aceptables. Ni aún eliminando la propiedad privada, se acabaría con el gusto por la agresión, pues seguirían existiendo desigualdades de poder e influencia, y la agresión consiste en abusar de tales desigualdades.

Así pues, la cultura impone sacrificios "no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano". De ahí, el malestar con el que se vive en un entorno cultural. Freud imagina que "al hombre primordial las cosas le iban mejor, pues no conocía limitación alguna de lo pulsional. En compensación, era ínfima su seguridad de gozar mucho tiempo de semejante dicha. El hombre culto ha cambiado un trozo de posibilidad de dicha por un trozo de seguridad". [25]

En resumen, Freud aclara su posición respecto de la cultura reconociendo como un derecho legítimo el objetar al estado actual [26] de nuestra cultura lo poco que satisface nuestras demandas corporales y descubrir el origen de su imperfección; pero, al tiempo, pretende que nos familiaricemos "con la idea de que hay dificultades inherentes a la esencia de la cultura y que ningún ensayo de reforma podrá salvar" [27]. Y, a pesar de ello, el desarrollo cultural merece ser defendido, en tanto que "puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana" [28]. En el bando opuesto estaría la hostilidad y agresión de cada individuo frente a los demás en persecución de su propia dicha.

5.2.- El sometimiento al influjo de los otros por miedo a la exclusión social.

Freud se pregunta por qué el hombre renuncia a la agresión, evitando dar rienda suelta a sus impulsos hostiles hacia otros y qué tiene que ver la cultura con esa renuncia. Según se describe en El malestar en la cultura, la agresión se vuelve hacia el yo propio, donde es recogida por el superyó "y entonces como «conciencia moral» está pronta a ejercer contra el yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos, ajenos a él". [29]

En cierto modo, la cultura se instala en el interior del individuo, pero, de ser así, debe de haber alguna razón por la cual el individuo acepte esa penetración en su interior. La que proporciona nuestro autor es que cada uno de nosotros se somete a ese influjo externo por su "desvalimiento y dependencia de otros; su mejor designación sería: angustia frente a la pérdida de amor". Sobre todo, la pérdida de amor de aquellos otros que ve como superiores, con más autoridad o poder para someterle a un castigo si descubrieran siquiera sus intenciones, ya sea los padres (en el caso de los niños), ya otros agentes sociales (en el de los adultos). [30]

Encontrando cierta semejanza entre el desarrollo de los individuos y el desarrollo cultural de la humanidad, Freud manifiesta que ambos procesos entablan una lucha porque es distinto el objetivo que persiguen: para los individuos su fin principal es su dicha particular, mientras que para el desarrollo cultural "si bien subsiste la meta de la felicidad, ha sido esforzada al trasfondo; y aún parece, casi, que la creación de una gran comunidad humana se lograría mejor si no hiciera falta preocuparse por la dicha de los individuos". [31]

En las últimas páginas de El malestar en la cultura se plantea la posibilidad de que muchas culturas, o la humanidad toda, sufran de neurosis bajo el influjo de las aspiraciones culturales, patología que espera el autor alguien emprenda la aventura de estudiar. En esa línea se inscribe el trabajo que lleva a cabo Erich Fromm, en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea.

La cuestión decisiva para Freud, y -según él- para la especie humana, es "si su desarrollo cultural logrará y, en caso afirmativo en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento" [32]. No se plantea la hipótesis contraria, esto es: si, por tratarse la cultura de una coerción contra la dicha del ser humano individual, cabría esperar que algún día dejase de existir, pues no concibe un estado de convivencia más seguro si se prescindiese de las limitaciones que impone la cultura, sea por la vía de la ética o de las leyes.

Ciertamente, para ganar en seguridad, han de regularse las interacciones con los demás miembros de la comunidad y las de ésta con otras comunidades de individuos. Todo ello supone ceder parte de la libertad para actuar en beneficio propio, razón por la cual el amor al prójimo es un sacrificio.

Esa concepción del amor al prójimo como sacrificio es, a mi parecer, una clave diferenciadora de Freud, respecto de Reich o Fromm. Este último, por ejemplo, engloba bajo el sentimiento amoroso desde el amor por sí mismo, hasta la solidaridad con nuestros prójimos, pasando por el amor de la madre al hijo y el amor erótico de hombre y mujer. Con ello renuncia a la distinción freudiana entre el amor a uno mismo (o los más allegados) y el amor al prójimo; y, de paso, en lugar de concebir a éste como una difícil y dura concesión del individuo en perjuicio de su libertad, concibe a todo amor como un sentimiento de coparticipación, de comunión, que permite el pleno despliegue de la actividad interna de uno. Adios, pues, al problema:

"El amor es un aspecto de lo que he llamado orientación productiva: la relación activa y creadora del hombre con su prójimo, consigo mismo y con la naturaleza". [33]

5.3.- La polémica Fromm - Marcuse a propósito de la represión y el respeto a las categorías de freud

Erich Fromm y Hebert Marcuse mantienen una larga polémica, de la cual nos interesa rescatar el papel que, según uno y otro, desempeña la represión [34]. Una parte de esta polémica puede seguirse a través de las últimas obras de ambos autores referidas al psicoanálisis: La crisis del psicoanálisis (Fromm, 1993) y La vejez del psicoanálisis (Marcuse, 1971).

Marcuse cree que en la sociedad contemporánea no existen posibilidades de realización para el hombre y, sin embargo, los revisionistas neofreudianos (Fromm, Sullivan y Horney) apuestan por ello. El primero reprocha a quienes trabajan la psicología humanista o culturalista haber instalado la ética idealista y la religión en el lugar de lo instintivo y haber ignorado la existencia misma de la represión. Frente a esta postura, reclama que, si bien pueden plantearse proyectos para abolir la represión, es preciso respetar el análisis de Freud sobre la misma.

El autor de Eros y civilización había señalado que “'represión' y 'represivo' en el sentido no técnico se emplean para designar procesos de restricción, contención y represión, tanto conscientes como inconscientes, externos e internos” [35]. A Fromm le parece que esto es jugar con "la doble significación de la palabra 'represión' [36]. Según él, Marcuse maneja el término como si los dos significados fueran uno solo, y con ese procedimiento se pierde el significado de la represión en el sentido psicoanalítico, si bien se encuentra un artificio que unifica una categoría política y una psicológica por medio de la ambigüedad de la palabra.

Marcuse entiende que las categorías del psicoanálisis constituyen por sí mismas categorías sociales y políticas [37]. Ciertamente, él usa el término 'represión' para referirse a un mecanismo de control social y no a un mecanismo de defensa. Le interesa enfatizar que la sociedad está identificada con un orden represor y no permite más que una felicidad controlada; en este contexto -dirá Marcuse- proponer que el hombre sea productivo y feliz es una ideología. Fromm se defiende de esta acusación indicando que la orientación productiva que él propone, la felicidad y el amor que él define, no son las mismas virtudes que lo que hoy se llama felicidad y amor en la sociedad alienada.

Antes de que apareciera Eros y civilización, Adorno ya había terciado (o quizás se había adelantado) en la polémica, defendiendo a Freud de sus correctores revisionistas. Consideró a estos últimos más conformistas que al propio Freud, pues éste había señalado el carácter traumático de la civilización contemporánea y no quiso resolver falsamente las contradicciones del orden existente; en tanto que el revisionismo neofreudiano cree en la posibilidad de armonía entre hombre y sociedad, dejando por el camino los requerimientos del cuerpo.

Marcuse abunda en este análisis de Adorno cuando recuerda que las exigencias del principio de placer no desaparecen por haber sido dominadas y reprimidas.

"El hecho de que el principio de realidad tenga que ser establecido continuamente en el desarrollo del hombre indica que su triunfo sobre el principio de placer no es nunca completo y nunca es seguro. En la concepción freudiana, la civilización no determina «un estado de la naturaleza de una vez y para siempre». Lo que la civilización domina y reprime -las exigencias del principio de placer- sigue existiendo dentro de la misma civilización. El inconsciente retiene los objetivos del vencido principio de placer." [38]

 

6.- LA IDEOLOGIA CONSTRUIDA POR LOS FREUDOMARXISTAS

Nos propusimos seguir los pasos del concepto psicoanalítico de represión, en tres de los autores que suelen aparecer como los más imbuidos de las teorías freudianas sobre el hombre y la sociedad. En ese seguimiento hemos avanzando desde el estudio de la represión como operación psíquica hasta las dimensiones socioculturales de los procesos represivos; allí donde Freud se inclina por la tesis según la cual el fenómeno que estudiamos se justifica por la existencia de una tendencia innata a la destructividad y, en general, a la agresión.

Reich, Fromm y Marcuse se encuentran entre quienes piensan que la represión social se mantiene porque la estructura de nuestra sociedad (patriarcal, autoritaria, clasista, etc.) continúa utilizándola en orden a garantizar su reproducción; e incluso su evolución hacia sociedades cada vez más organizadas, automatizadas y restrictivas para la autonomía individual. Pero, a pesar de ello, estos autores tratan de escapar del cerco imaginando civilizaciones alternativas.

Sigmund Freud, por el contrario, es tachado de pesimista y aún de fatalista, porque insiste en poner de manifiesto el conflicto entre naturaleza y cultura. Pero no lo hace porque las considere delimitables en el ser humano, que sería constituido precisamente por una mezcla de elementos naturales y culturales. Insiste en advertir la existencia del conflicto porque naturaleza y cultura no parecen ser diluíbles la una en la otra. Tampoco lo considera deseable. Pide que nos familiaricemos con el problema y se manifiesta neutral en un combate que prevé tal vez eterno.

En efecto, Freud no exalta la renuncia al instinto -que tantas veces exige la cultura-, pero tampoco la desaprueba; como no recomienda el respeto a ultranza de la normativa vigente en una sociedad, pero tampoco la trasgresión de la Ley. La enseñanza que cabe extraer de su obra es la de que conviene, por saludable, no negar nada de lo que nos constituye como humanos: no ignorar lo que nos pide el cuerpo, pero tampoco las regulaciones de la convivencia, porque lo primero es tan humano como lo segundo, y viceversa.

El autor desmitifica la cultura, pero, a la vez, defiende su conservación como modo de preservar a la humanidad de su propia destructividad, pues entiende que las regulaciones de la civilización son conquistas del hombre y no sólo ataduras para el hombre. Doble vínculo que, a mi modo de ver, no aparece en los autores freudomarxistas. Estos últimos han contemplado la represión como si hubiera sido creada por una minoría de sujetos que desean adquirir y conservar un poder sobre una mayoría. En este sentido, la represión psicológica es tratada en su dimensión más reducidamente ideológica, como sustitutiva de la represión física, y orientada, como ésta última, a garantizar el dominio de unos hombres sobre otros.

En las teorizaciones de Reich, Fromm y Marcuse, el ser humano es esencialmente un buen salvaje, víctima de estructuras sociales en cuya creación parece no haber intervenido, ni encontrar ningún beneficio; tan solo el sufrimiento de verse aprisionado e incapaz de rebelarse contra un sistema social inhumano que le impide, incluso, percibir su alienación. La represión ha pasado de ser (en Freud) un mecanismo que activa el individuo, con objeto de evitar un comportamiento propio que supone peligroso para sí mismo, a ser (en los freudomarxistas) parte de una maquinaria al servicio del orden social; y este último, como algo independiente de los elementos que lo componen.

Reich, Fromm y Marcuse, cada uno a su modo, coinciden en creer que será posible la armonización entre las pulsiones y las normas de la vida social, ya sea porque las primeras se plieguen al marco institucional (Fromm), ya sea porque el cambio revolucionario de la organización social permitiría una liberación de la libido (Reich y Marcuse), según dónde se sitúe lo específicamente humano.

Freud, como hemos venido expresando, entiende que el comportamiento del ser humano no se rige sólo por el principio de placer, ni sólo por el principio de realidad. Sino que su vida psíquica se caracteriza por el conflicto entre los requerimientos de uno y de otro y el consecuente malestar. Eso sí, en la cultura, que, no por ello, es menos humana que las pulsiones que frena o canaliza. Contradicción que no se elimina sólo con voluntarismo. La obra de Freud no ha resultado finalmente instrumentalizable por parte de quienes quisieron ver, como últimas consecuencias de su análisis, la crítica radical a una civilización construida sobre la insatisfacción plena de los impulsos corporales, ya sean marxistas, cristianos progresistas o humanistas de izquierdas.

 

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Notas:

[1] Freud, S.: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. En Obras completas, (1994: tomo XIV, pág. 15).

[2] LAPLANCHE J. y PONTALIS, J-B. (1993: 375).

[3] Freud S.: La represión. En Obras completas, (1994: tomo XIV, pág. 142). Una fórmula ligeramente distinta se encuentra en "Lo inconsciente". Op. ct. tomo XIV, pág. 199.

[4] Puede consultarse, al respecto, el trabajo de Peter Madison (2001).

[5] El “yo” en el Esquema del Psicoanálisis es una organización (o distrito de nuestra vida anímica) que media entre el ello y el mundo exterior. Originariamenre, según Freud, el “yo” se habría formado en un estrato cortical del “ello” dotado de los órganos para la recepción de estímulos y de los dispositivos para la protección frente a ellos. En Obras completas, tomo XXIII, Buenos Aires, Amorrortu, pág. 144).

[6] Freud, S.: op. ct., pág. 90

[7] Freud, S.: El yo y el ello. En Obras completas, (1994: tomo XIX, pág. 27)

[8] "La justificación del orden social como ley divina o ley natural (que viene a ser lo mismo) queda puesta en tela de juicio. La relativización de cultura y sociedad une a Marx y Freud, a pesar de las diferencias señaladas. Las sospechas se dirigen no tanto hacia las irracionalidades patentes, cuanto hacia lo que se presenta socialmente con fundamento racional". (Taberner y Rojas, 1984)

[9] Taberner J. y Rojas, C. (1984: 102)

[10] Basándose en los trabajos de Malinowsky sobre las costumbres sexuales de los trobiandeses, Reich defiende la existencia de comunidades sin Edipo y sin represión sexual. La motivación económica de las restricciones sexuales sería el tributo que el marido cobra de la familia de la mujer por casarse con ella, renunciando a la libertad sexual. Cf. REICH, W.: La irrupción de la moral sexual, Ed. Homo Sapiens, 1973; citado en Taberner J. y Rojas, C. (1984).

[11] Reich, W. (1985: 45).

[12] Fromm, E.: (1986: 71)

[13] Fromm, E.: op. ct., pág. 72

[14] Fromm, E. (1993)

[15] Marcuse, H.: Op. ct., pág 123

[16] Taberner J. y Rojas, C. (1984: 93)

[17] Fromm, E.: (1993: 46)

[18] Fromm, E. (1993: 51)

[19] Incluido como capítulo en HOCQUARD, G. , REICH, W. y otros (1973): Marcuse y el freudomarxismo. Materialismo dialéctico y psicoanálisis. México, D.F. Roca

[20] Será más tarde, cuando reconozca que la sociedad industrial avanzada ha sabido incorporar una mayor libertad sexual, sin riesgo alguno de que ello diera lugar a una desestabilización política, y piense que continúa siendo represiva precisamente por haber desublimado en alto grado la sexualidad.

[21] En algunos pasajes de su obra, Freud parece apuntar a la eliminación del dualismo en su teorización de las pulsiones, englobándolas como manifestaciones de una sola pulsión. Véase, por ejemplo, su descripción de las fases de la vida sexual humana o del propio acto sexual como “una agresión con el propósito de la unión más íntima” Esquema del psicoanálisis; en Obras completas, 1994, tomo XXIII, pp. 147-152)

[22] Fromm, E.: (1978: 221)

[23] Según Reich, los impulsos que él llama secundarios, patológicos y antisociales, se desencadenan porque se reprimen las exigencias naturales biológicas del individuo. De este modo, llega a la conclusión de que la moralidad es anterior a los impulsos asociales y no surge por la necesidad de reprimirlos. (Cf. Reich, W. 1985: 49).

[24] Freud, S.: El malestar en la cultura. En Obras completas, (1994: tomo XXI, pág. 108).

[25] Freud, S.: op. ct., pág. 112

[26] A Freud no se le escapa que la cultura es cambiante e incluso se muestra esperanzado en la introducción de reformas que satisfagan mejor nuestras necesidades.

[27] Freud, S.: op. ct., pág. 112

[28] Freud, S.: op. ct., pág. 118

[29] Freud, S.: op. ct., pág. 119

[30] Según la construcción freudiana, la situación cambia cuando se instaura un superyó, que es una forma de interiorizar la autoridad. De este modo, la angustia frente al superyó se convierte en la segunda fuente del sentimiento de culpa, tras la angustia frente a la autoridad.

[31] Freud, S.: op. ct., pág. 136

[32] Freud, S.: op. ct., pág. 140

[33] Fromm, E. 1986: 34

[34] Marcuse libra una fuerte batalla con Fromm, pero también da un repaso a Reich. Comienza reconociendo que hay en él un primer intento serio de aprovechar lo que de teoría crítica de la sociedad podía encontrarse en la obra freudiana y termina opinando que los análisis de Reich sobre la represión sexual y la agresividad son de brocha gorda.

[35] Marcuse, H.: Eros y civilización, Boston, Beacon Press, pág. 8, citado en FROMM, E. (1993: 33).

[36] Se refiere a que 'reprimir' tendría, por un lado, el significado convencional de oprimir y, por otro, el psicológico de eliminar algo de la conciencia.

[37] Esa es la razón por la cual no cree necesario "vincular" las categorías del psicoanálisis a las condiciones sociales y políticas (cf. Marcuse, 1971)

[38] Marcuse, H.(1981: 29)

 

© Francisco Bernete 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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