Nietzsche, Borges y Caeiro
Lenguaje y poesía

Fabián Soberón


 

   
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¿Es el silencio la puntuación de la voz
o es la voz la puntuación del silencio?
                     Roberto Juarroz, Casi poesía, 28

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Hacia 1873, Nietzsche escribió un ensayo deslumbrante. Escribió, cuando solo tenía treinta años, un texto que anticiparía la explosión de la filosofía del lenguaje en el siglo XX. Ese texto fue Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

El ensayo se inicia con una fábula: la vida del hombre fue una breve existencia en la inmensa eternidad del cosmos. El hombre, a pesar de su minúscula condición, se siente orgulloso por el conocimiento, por la “fuerza del conocimiento”, anota Nietzsche. Y entre los hombres, el más soberbio, es el filósofo.

Como todos los animales, el hombre cuenta con una herramienta para la supervivencia. Esa herramienta es su intelecto. El hombre está ciegamente convencido que el intelecto es la mejor y la única manera de relacionarse con la realidad. Nietzsche se burla de esa pretensión y dice que cada especie del universo tiene la necesidad, desde su sistema de apropiación de la realidad, de sentirse el centro del mundo.

Según Nietzsche, el hombre usa el intelecto la mayoría de las veces para la simulación. El hombre posee un misterioso impulso hacia la verdad que lo lleva a inventar una designación “válida y obligatoria de las cosas”. Pero olvida que él mismo ha creado las palabras y las convenciones sobre los significados de las palabras.

Para Nietzsche, el lenguaje es un sistema arbitrario de designación de las cosas. Toda palabra implica un doble salto metafórico. Toda palabra implica dos traslados, dos metáforas. En primer lugar, se trata del traslado de una excitación nerviosa a una imagen. En segundo lugar, se transforma esa imagen en sonido.

La palabra, que en su origen es una metáfora, se convierte en concepto. Y el hombre usa los conceptos para indagar la realidad y construye con ellos lo que él mismo llama “verdad”. Para Nietzsche, el hombre es un ser creador, un inventor. El hombre crea el significado de los conceptos y después olvida que ha llevado a cabo ese “comportamiento estético”, como dice Nietzsche.

La verdad no es la correspondencia entre las palabras y las cosas. La verdad es un ejército móvil de metáforas, según la brillante metáfora de Nietzsche. La verdad es la acumulación de las relaciones creadas por el hombre.

 

2

Al parecer, Borges no leyó Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Sin embargo, las ideas de Borges sobre el lenguaje rezuman un inevitable perfume nietzscheano.

Como es sabido, el autor de Ficciones fue un asiduo visitante de las páginas de Schopenhauer y de un fervoroso discípulo de Schopenhauer: Fritz Mauthner [1]. Mauthner nació en Bohemia, fue crítico literario y autor de novelas. Desarrolló una filosofía cuyo centro especulativo fue la teoría crítica del lenguaje. Para Mauthner, el lenguaje es un falaz instrumento gnoseológico. Las palabras no denotan a las cosas; el significado de las palabras es el resultado de la acumulación de los usos.

No hay evidencia de un encuentro entre Nietzsche y Mauthner. Sin embrago, existen notables resonancias entre el escepticismo de Mauthner y la concepción de Nietzsche sobre el lenguaje.

Si Borges leyó a Mauthner, habiendo sido Mauthner discípulo de Schopenhauer, y habiendo sido Nietzsche también discípulo de Schopenhauer, no es imposible pensar en ecos entre la filosofía del lenguaje de Nietzsche y la teoría de Borges sobre el lenguaje.

En su juventud, Borges publicó un libro titulado El tamaño de mi esperanza. Con los años, Borges abjuró de ese libro por considerarlo una excesiva apología del criollismo. Pero más allá de las defensas exageradas, Borges escribió en ese tomo una filosofía del lenguaje (entre otras teorías que encontramos en el volumen) que merece ser considerada, ya que esa teoría lo acerca a algunas de las ideas de Nietzsche. Escribió Borges en la página 56:

“El mundo aparencial es un tropel de percepciones barajadas. Una visión de cielo agreste, ese color como de resignación que alientan los campos, la acrimonia gustosa del tabaco enardeciendo la garganta, el viento largo flagelando nuestro camino, y la sumisa rectitud de un bastón ofreciéndose a nuestros dedos, caben aunados en cualquier conciencia, casi de golpe. El lenguaje es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia del mundo”. [2]

Borges sostiene que el mundo es diverso y abundante. Y agrega a estas cualidades del mundo el carácter enigmático de la realidad. Escribió: “enigmática abundancia del mundo”. El mundo no sólo es abundante sino que además esa abundancia es enigmática. Recordemos lo que escribió Nietzsche en Sobre Verdad y mentira en sentido extramoral: El mundo es una x, es una cosa en sí. Continua Borges: percibimos, acaso como el sujeto de Berkeley, la infinita diversidad de rasgos del universo. Y el lenguaje organiza el caos de las apariencias, el azaroso aparecer de los fenómenos. Sin embargo, el orden que impone el lenguaje a las cosas es artificial. Las cosas del mundo no poseen por sí mismas un orden preestablecido. Como dijimos, Borges sostiene que el lenguaje organiza el mundo, le impone un orden, le inventa una organización.

Hacia 1955, Borges publicó Otras inquisiciones [3]. Incluyó en el libro un ensayo titulado El idioma analítico de John Wilkins. Según Borges, Wilkins busca un idioma que permita ordenar las infinitas cosas del orbe. Sostiene que merece ser estudiado y dice que no está de acuerdo con la omisión del trabajo de Wilkins en la Enciclopedia Británica. Más adelante, describe cómo procedió el inglés en la creación de ese idioma universal. Anotó Borges:

“Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada diferencia una consonante; a cada especie una vocal”.

Borges reconoce el valor de la empresa de Wilkins. Pero no deja de advertir la inevitable arbitrariedad del idioma. A pesar de la obsesiva y analítica ordenación propuesta, el idioma no logra sobrepasar la condición misteriosa del universo. Anotó Borges:

“...no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”.

Este memorable pasaje del ensayo nos trae el eco del escepticismo de Mauthner y de Nietzsche. Nietzsche había escrito:

“La cosa en sí es totalmente inaceptable para el creador del lenguaje, y tampoco en modo alguno ambicionada”.

Borges nunca creyó que el lenguaje podía develar la realidad. En una conferencia suscribió, secretamente, la concepción de Nietzsche:

“Erróneamente, se supone que el lenguaje corresponde a la realidad, a esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es otra cosa” [4].

A pesar de creer que el lenguaje no puede develarnos el significado del universo, Borges compartió con Mauthner una teoría. Según escribió Jorge Panesi [5], Mauthner creía que el lenguaje no podía ser considerado como instrumento del conocimiento pero si como vehículo de expresión en la poesía. Borges, suscribió la hipótesis del alemán y dijo en la misma conferencia:

“Cada palabra es una obra poética”.

Y, más adelante, dijo:

“El lenguaje es una creación estética”.

En Arte Poética [6], libro que recoge las seis conferencias que dio Borges en la Universidad de Harvard, se lee:

“El poeta argentino Lugones, allá por el año 1909, escribió que creía que los poetas usaban siempre las mismas metáforas... También dijo, en el prólogo de un libro llamado Lunario sentimental, que toda palabra es una metáfora muerta. Esta afirmación es, desde luego, una metáfora”.

Borges cita a Lugones y suscribe las palabras del poeta. Para Borges, como para Lugones, toda palabra es una metáfora muerta. Esta condición de la palabra, no lo obliga a Borges a vituperar el lenguaje. Según el autor de Ficciones, el poeta busca devolverle a las palabras el encanto originario. Más modesto que el filósofo, el poeta aspira a provocar emociones con las palabras-metáforas. Si para Nietzsche el olvido de la condición metafórica de la palabra trae la ruina moral, para Borges, en cambio, la experiencia del poeta con la metáfora-palabra lo libra del tedio y le entrega la belleza del mundo.

Como Mauthner, Borges cree que el lenguaje es menos un instrumento de conocimiento que un feliz vehículo para la experiencia poética.

 

3

El poeta portugués Fernando Pessoa soñó, desde su infancia, escritores imaginarios. Llamó a esas invenciones heterónimos. El maestro de esos escritores imaginarios y del propio Pessoa fue Alberto Caeiro. No sólo inventó poetas el portugués sino que imaginó uno al que llamó su maestro.

Escribió Pessoa en una carta a su amigo Casais Monteiro el 13 de enero de 1935: “Perdóneme lo absurdo de la frase: había aparecido en mí mi maestro”. [7]

He decidido recordar los poemas de Caeiro porque creo que es un fiel discípulo de Nietzsche. Critica, como el alemán, el intelectualismo de la filosofía occidental y lleva al límite el desprestigio del lenguaje. En su alegre apología de los sentidos, puede verse una transfiguración del filósofo artista que quería Nietzsche. Acaso como un místico de las sensaciones, Caeiro inicia un poema con una declaración de principios:

“ Hay suficiente metafísica en no pensar en nada.
 
¿Qué pienso yo del mundo?
¡Qué sé yo lo que pienso del mundo!
Si me pusiese enfermo, lo pensaría”. [8]

El poeta siente que la defensa del pensamiento trae la enfermedad. El mundo no existe para ser pensado. Las cosas solo existen. Existen, en todo caso, para ser percibidas, para ser sentidas sin la perniciosa intromisión del pensamiento. El pensamiento es un obstáculo y un engaño. Distorsiona la realidad y enferma a los sentidos. En el poema II de la colección de poemas titulada El guardador de rebaños [9], escribió:

“ Creo en el mundo como en una margarita
porque lo veo. Pero no pienso en él
porque pensar es no comprender...
El mundo no se ha hecho para que pensemos en él
(pensar es estar enfermo de los ojos),
sino para que lo miremos y estemos de acuerdo...
 
Yo no tengo filosofía: tengo sentidos...” [10]

Pensar es estar enfermo de los ojos, escribió Caeiro. Creo que este verso es el reverso de la preclara operación de un filósofo griego: según Borges, Demócrito se quitó los ojos para poder pensar.

Caeiro coloca a la filosofía en la posición contraria a la percepción del mundo a través de los sentidos. Desde esta perspectiva, el poeta es un nietzscheano. Es decir: el pensamiento, y la versión suprema del pensamiento: la filosofía, niegan a los sentidos, niegan la relación del hombre con la “abundancia del mundo”. Y Caeiro, como Nietzsche, cree que es imprescindible defender el mundo de los sentidos. A pesar de esta declaración, el yo del poema número V se sorprende de que lo llamen materialista. Esa sorpresa obedece a un supuesto: la realidad no posee clasificaciones, las cosas solo existen y los nombres reproducen ilusorias taxonomías. Escribió:

“ Una vez me llamaron poeta materialista.
Y me extrañó, porque yo no pensaba
que se me pudiese llamar nada.
Yo ni siquiera soy poeta: veo”. [11]

El poeta llevó al paroxismo su escepticismo respecto de las ordenaciones del lenguaje. No sólo descree de los nombres de un estilo literario (“poeta materialista”), sino también del nombre de poeta. El poeta sería, según Caeiro, alguien que cree en las posibilidades del lenguaje. Por tal razón, creo que Caeiro representa la posición radical del escepticismo de Nietzsche y de Mauthner acerca del lenguaje. No sólo desconfía Caeiro del lenguaje como instrumento de conocimiento, sino también de la tarea del poeta. Caeiro se niega como poeta. Sólo ve (“Yo ni siquiera soy poeta: veo”). Escribió en Poemas inconjuntos:

“He comprendido que las cosas son reales y todas
diferentes unas de otras;
He comprendido esto con los ojos, nunca con el
pensamiento.
Comprenderlo con el pensamiento sería encontrarlas
iguales a todas”. [12]

En estos versos se leen los tópicos de la defensa del mundo captado a través de los sentidos. Comprender no con el pensamiento sino con los sentidos permite recuperar la inconfundible diversidad del universo. El pensamiento, como decía Nietzsche, niega las diferencias. El ojo, en cambio, rescata lo que el pensamiento pierde. El ojo es una cifra de los sentidos.

“Solo la naturaleza es divina y no es divina...

Si hablo de ella como de un ente
es que para hablar de ella tengo que emplear el lenguaje
                de los hombres
que otorga personalidad a las cosas.

Pero las cosas no tienen nombre ni personalidad:
existen...” [13]

La naturaleza, la realidad no posee nombre ni personalidad. La realidad es una equis, es innombrable. Caeiro vacila ante la misteriosa condición del mundo. Esa es la razón por la que califica como divina y no divina a la naturaleza (“Solo la naturaleza es divina y no es divina...”). El lenguaje, instrumento incapaz de decir la realidad, no puede ofrecer la clave para tratar con las cosas. La contradicción asalta al poeta y lo disuelve. Sólo queda el silencio de la percepción sensorial.

La consecuencia última de la filosofía del lenguaje de Nietzsche sería el silencio. Caeiro cumple ese dictamen secreto.

 

Agosto de 2005

 

Bibliografía

Nietzsche, F. 2005. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Traducción Lucía Piosek, Tucumán.

Nietzsche, F. 1999. Genealogía de la moral, Ed. Alianza: Madrid.

Nietzsche, F. 1996. Así habó Zaratustra, Ed. Alianza: Madrid.

Frenzel, I. 1985. Nietzsche, Ed. Salvat: Barcelona.

Borges, J. L. 1989. Obras completas, Ed. Emecé: Buenos Aires.

Borges, J. L. 2001. Arte poética, Ed. Crítica: Barcelona.

Borges, J. L. 1994. El tamaño de mi esperanza, E. Seix Barral: Buenos Aires.

Bulacio, Cristina. 2005. Los escándalos de la razón en Jorge Luis Borges, Ed. Victoria Ocampo: Buenos Aires.

Ferrater Mora, J. 1994. Diccionario de Filosofía, Ed. Ariel: Barcelona.

Panesi, J. 2000. Críticas, Ed. Norma: Buenos Aires.

Paz, O. 2000. Los signos en rotación, Ed. Altaya: Barcelona.

Paz, O. 2000. Versiones y diversiones, Ed. Galaxia Gutemberg: Barcelona.

Pessoa, F. 1997. Antología poética, Ed. Espasa Calpe: Madrid.

Pessoa, F. 1985. Teoría poética, Ed. Júcar: Barcelona.

Schopenhauer, A. 1997. El mundo como voluntad y representación, Ed. Porrúa: México.

Tabucchi, A. 1998. Un baúl lleno de gente. Escritos sobre Fernando Pessoa. Ed. Temas: Buenos Aires.

 

Notas:

[1] Ferrater Mora, J. 1994. Diccionario de Filosofía, Ed. Ariel: Barcelona.

[2] Borges, Jorge Luis. 1994. El tamaño de mi esperanza, Ed. Seix Barral: Buenos Aires.

[3] Borges, J. L. 1989. Otras inquisiciones. Obras Completas, Tomo ii, Ed. Emecé: Buenos Aires.

[4] Borges, J. L. 1989. Siete noches. Obras Completas, Tomo ii, Ed. Emecé: Buenos Aires.

[5] Panesi, Jorge. 2000. Críticas, Ed. Norma: Buenos Aires.

[6] Borges, J. L. 2001. Arte Poética, Ed. Crítica: Barcelona.

[7] Carta a Adolfo Casais Monteiro sobre la Génesis de los Heterónimos incluida en Un baúl lleno de gente de Antonio Tabucchi. Tabucchi, A. 1998. Un baúl lleno de gente. Escritos sobre Fernando Pessoa, Ed. Temas: Buenos Aires.

[8] Caeiro, A. El guardador de rebaños en Pessoa, Fernando. 1997. Antología poética, Madrid: Espasa Calpe: Madrid. Poema IV.

[9] El guardador de rebaños es un conjunto de poemas incluidos en la Antología poética de Fernando Pessoa.

[10] Idem. Poema II.

[11] Caeiro, A., Poemas inconjuntos en Pessoa, F. 1997. Antología poética, Ed. Espasa Calpe: Madrid. Poema IV.

[12] Caeiro, A., Poemas inconjuntos en Pessoa, F. 1997. Antología poética, Ed. Espasa Calpe: Madrid.

[13] Caeiro, A. El guardador de rebaños en Pessoa, Fernando. 1997. Antología poética, Madrid: Espasa Calpe: Madrid. Poema XVIII.

 

© Fabián Soberón 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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