La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez:
Memorias de la patria perdida

John J. Junieles


 

   
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Escribir acerca de la historia y hacerlo de manera novelada es un trabajo que requiere talento y disciplina, ya que este ejercicio implica un sagaz esfuerzo en la búsqueda del punto adecuado para que cada parte del texto mantenga en vilo al lector y le permita acercarse a los recónditos e intrincados pasajes a los que se le quiere lanzar o a los que él mismo ha decidido asomarse.

La novela de Perón, del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, es una muestra tangible de dicho esfuerzo, que viene a resolverse de manera óptima recorriendo palmo a palmo las partes de ese rompecabezas que involucra un sin número de piezas que, con no poca paciencia y perseverancia, van ordenándose para armar una figura muy cercana no sólo a la leyenda y al mito que supone la existencia de un hombre tan emblemático sino, a la vez, y quizá más importante, al retrato de un ser de carne y hueso, más cercano a la realidad humana y a los abismos incontenibles de los contrastes terrenales.

La novela hace una desmitificación del personaje y lo muestra desnudo y frágil a los ojos del lector, sin que esto signifique que desmerite o resquebraje su imagen sino que, por el contrario, la hace más fuerte y la re-crea en cuanto la humaniza y la despoja del incontenible peso de la leyenda.

Tomás Eloy Martínez quiere ahondar en lo que significó Perón para la Argentina, abordando el tema desde un punto de vista periodístico que le permite ser conciente de los diversos puntos de vista que se le presentan para que, a partir de allí, logre darle vida a la historia novelada. “La escritura me sirve para ir aprendiendo las cosas que ignoro. Y a medida que voy trabajando esos textos, voy reconociendo y reconociéndome en lo histórico y tratando de insertarme dentro de lo que veo” (Martínez-Richter, 1997), señala el escritor aclarando que la marca dejada por Perón en la historia necesitaba reflexionarse, revisarse y rescribirse, dando a entender la importancia que para él tienen este tipo de hechos y más si se trata de eventos que tocan con el alma de su natal Argentina.

El texto hace una reinvención de Perón a partir de la memoria. Es esa lucha contra el olvido que se cierne sobre los acontecimientos que, cubiertos de una capa de solemnidad, sólo dejan ver una pequeña parte de sus aristas. Allí es donde los detalles, los silencios, los actos aparentemente intrascendentes, comienzan a cobrar valor y se convierten en testigos de esa otra historia que no se ha contado, ya sea por que no ha quedado espacio para ella o porque sacarla a la luz supondría un replanteamiento muchas veces doloroso de lo que se conoce como la historia oficial, lo que se dice o lo que se quiere que se conozca.

El texto de Tomás Eloy Martínez posee unas dimensiones interesantes teniendo en cuenta que para hacer este tipo de historias se requiere de un despojamiento de preceptos establecidos y de una hábil clarividencia para evitar caer en las arenas movedizas de las emociones o los sentimientos. Se hace un distanciamiento claro entre lo que se conoce y lo que no se ha contado, con el objetivo último de multiplicar las visiones de una historia de la cual descubrimos que no es única, porque cada testigo de ella tiene su propia manera de interpretarla, de entenderla y de sentirla. De este modo, el autor deja la puerta abierta a nuevas y posibles miradas del mismo hecho.

 

Música de causas y azares

El texto nos lleva al momento en el cual Juan Domingo Perón (1895-1974) está por regresar a Argentina después de un exilio de 18 años. Madrid sirve de marco para mostrarnos a un personaje que revisa sus memorias, que escudriña cada fragmento de su vida para desenterrar los recuerdos que le muestren al pueblo, a sus seguidores, cómo llego a convertirse en una figura emblemática. Pero a la par de esto, se va descubriendo que unas son las imágenes que han quedado en la memoria de Perón y otras las que -ya sea por documentos o por haberlas contado él mismo de distinta manera en otro momento- van apareciendo para confrontarse.

La novela nos transporta a la infancia de Perón -junto a su familia-, a sus antepasados, a la manera en que llegó al ejército y a la forma en que aprendió allí que la obediencia le llevaría lejos. Relata hechos remotos, tales como el trasegar que su familia tuvo que hacer mientras buscaba un sitio en el cual asentarse definitivamente, la caída de un caballo, el descubrir a su madre con un hombre que no era su padre, la forma en que partió lejos de sus seres queridos, sus tres esposas y la convivencia con ellas, el trato con los demás militares y la manera en que las juntas militares ponían y quitaban presidentes.

Pero a la vez, se muestra la cara de aquellos que aguardaban el regreso de Perón. Los de la izquierda y los de la derecha, cada uno con un interés de acuerdo a las necesidades que tenían. El cerco que efectivos de las fuerzas armadas hicieron a los sindicalistas aprovechando la aglomeración que se dio cuando se esperaba la llegada y el posible discurso de Perón ese 20 de junio de 1973. Perón termina siendo mostrado como una sombra, un ser que repite las palabras que otro, a su espalda, va poniendo en su boca, pero también se pone de manifiesto el profundo respeto que por él siente el pueblo, lo cual se plasma en el capítulo relacionado con sus exequias.

Al lado del personaje principal, se desenvuelven otros personajes que se caracterizan por la influencia, directa o indirecta, que tuvieron en los hechos que rodearon la vida del mandatario argentino. Es así como nos encontramos con un Arcángelo Gobbi y la dramática transformación que sufre cuando, por avatares de la vida, se une a la Orden de los Elegidos -especie de grupo de inteligencia que maneja un bajo perfil-. De igual manera, vemos a López Rega, asesor de Perón muy cercano y respetado por la esposa de éste, Isabel. Su figura atraviesa el texto de manera evidente, más si se tiene en cuenta que mucha parte del libro se armó teniendo como base las memorias que López le narró al autor del texto. No hay que olvidarse de Aurelia Tizón o “Potota”, la primera esposa de Perón, y claro, de la figura emblemática de Eva Perón, quien se muestra en la historia como una mujer de carácter recio pero muy amante de su esposo. Al lado de estos personajes, se mueven muchos otros, tales como Nun y Diana -izquierdistas y sindicalistas-, Campora -presidente argentino- e Hipólito Irigoyen -presidente derrocado, cada uno con un carácter único, lo que logran que la trama de la historia tenga un desarrollo claro y especialmente nítido en cuanto a los hechos que quiere revelar.

 

Verdades y mentiras

Resulta interesante analizar la importancia que para el desarrollo de la narración cobra un personaje como el periodista Emiliano Zamora, una especie de alter ego de Tomás Eloy Martínez. Su presencia le permite al autor adentrarse en la trama ocupando el cuerpo de éste y mirar a través de sus ojos los acontecimientos que ocurren dentro de su patria. Este rasgo caracteriza en gran parte la manera de narrar de Martínez, quien pareciera no querer alejarse de su oficio periodístico, además de brindarle cierta transparencia al transcurrir de los hechos al presentarse como un sujeto independiente y alejado de cualquier interés personal que no sea el de descubrir las posibles versiones para crear el mapa completo de los acontecimientos que rondan al país.

No hay que olvidar, de todas formas, que la narración se acerca al tipo de novela histórica pero no es en sí misma una novela histórica. Ya decía el mismo Martínez, en cuanto a este tema, que su manera de escribir tiene cierto matiz heterodoxo, debido a que al referirse a que la novela histórica narra hechos de personajes que por lo general ya no existen, mientras que en novelas como la que estamos estudiando maneja una historia tan reciente que muchos de los seres que inspiraron los personajes siguen vivos. Todo esto le brinda al texto una especie de simbiosis narrativa, en donde la ficción toma la mano de la realidad, de una manera más evidente que en una novela de corte tradicional, para unir con una habilidad de cirujano las líneas casi invisibles que entre una y otra se entretejen. Es el juego que el autor le propone al lector: introducirse sin pudor en un texto que le hará pensar hasta qué punto cada palabra allí escrita no es más que el resultado de una realidad vivida por el autor, o descubrir que a veces la verdad se parece mucho a una novela.

El personaje del periodista Zamora es el punto conector entre la arena de la realidad y el océano de la ficción. Bien debe saber Tomás Eloy Martínez que la tarea periodística y la labor literaria van de la mano y que es fácil dejarse seducir por cualquiera de las dos. En este punto, nace un sincretismo evidente que da cuenta de una visión que se fragmenta para alcanzar lo que se podría llamar una verdad dialéctica entre los dos oficios.

Zamora es testigo de primera mano de una historia que hace que el país no vuelva a ser el mismo. Es un ser que se inmiscuye en la vida de varios personajes que el acompañan en la trama narrativa, con la ventaja de que muchas veces tiene un poder un poco más omnisciente, más claro de la situación; está a la expectativa pero pareciera saber lo que se aviene. Y detrás de todo esto descubrimos al narrador omnisciente, a Tomás Eloy Martínez, el que mueve los hilos de su alter ego, el que le cuenta al oído lo que él sabe, el que crea la red que se distribuye pareja entre el lector y la novela. Y sigue el juego: Tomás Eloy Martínez es nombrado por el autor del texto (él mismo) dentro de la misma novela: En la página 217 de La novela de Perón (Martínez, 1986), López le recuerda al general Perón las declaraciones que el había hecho a Martínez y le coloca un casete clasificado con el rótulo “Memorias para Eloy 2ª. Parte. Más adelante, en la página 227, el director de “Horizonte” le dice a Zamora que busque a Tomás Eloy Martínez para que le ayude a escribir la vida de General. Y ya en la página 305 el juego toma un carácter más profundo cuando es el mismo autor novelizado quien habla:

He contado muchas veces esta historia pero nunca en primera persona, Zamora. No sé que oscuro instinto defensivo me ha hecho tomar distancia de mí, hablar de mí como si fuera otro. Ya es tiempo de mostrarme tal como soy, de sacar mis flaquezas a la intemperie. (Martínez, 1986).

Y es aquí cuando el lector se descubre cara a cara con el autor. Él es Zamora pero también, en este juego vertiginoso, el lector puede ser Zamora. Sí, porque a través del texto el lector ha pasado ha ser el testigo de los acontecimientos, ha creado el mapa que se le ha propuesto y a descubierto las propuestas narrativas del autor, razón por la cual ya no vale la pena que éste siga escondiéndose tras otro. Seguirá hablando Zamora pero ya el lector sabrá quien está detrás del periodista de “Horizonte”.

Esta proposición le da al texto de Martínez un carácter propio, que no es utilizado comúnmente por la mayoría d los escritores. Algunos dirían que hacer esto es como si el mago enseñara cuál es el truco para sacar el conejo de su sombrero, pero en realidad se trata de una maniobra muy brechtiana en cuanto al alejamiento o distanciamiento que el autor quiere lograr en el lector como elemento básico de aprendizaje para llevarlo a pensar. Es decirle al lector que es hijo de la historia de Argentina pero que no por eso tiene que repetirla.

Todo este engranaje puede resultar arriesgado pero no por eso deja de tener un carácter novedoso que aporta de manera sencilla una manera de narrar muy sugestiva. El autor deja de ser el titiritero que mueve los hilos y se fusiona con la obra, se mezcla, se une al lector y ahora es a éste a quien le cuenta al oído el desarrollo de la trama.

 

Lo monstruoso

En La novela de Perón puede verse el reflejo directo de una crítica frente a las dictaduras militares que asolaron a América Latina y especialmente, en este caso, a Argentina. Desde un punto de vista sociológico se vislumbra el impacto causado por este tipo de regímenes en el pueblo que tuvo que vivir las mencionadas épocas. En el texto de Tomás Eloy Martínez, existe un personaje del cual ya habíamos hecho una sucinta referencia: se trata de Arcángelo Gobbi. En un principio se nos cuenta que este es un muchacho educado por franciscanos, estudiante del catequismo y quien en las noches sueña con la imagen de la virgen. Con el transcurrir de los años se fue convirtiendo en un especialista en escribir en bellas letras de molde. Estaba enamorado de una joven llamada Isabel pero no era correspondido. Esta Isabel resultó ser, más adelante, la tercera esposa de Perón. La imprenta se convirtió para Arcángelo en el único centro de atracción. Lo declararon no apto para el ejército debido a una escoliosis en la columna vertebral. Hasta este momento este personaje se nos muestra como alguien frágil y confiable. Pero años más tarde sucede la transformación cuando empieza a relacionarse de manera estrecha con López Rega, ganándose su confianza al punto que este último le fue encomendando labores más secretas relacionadas con el espionaje a grupos revolucionarios. López termina conectándolo con la Orden de los Elegidos, grupo de inteligencia de corte militar. El narrador muestra de forma descarnada el rito de iniciación por el cual tuvo que pasar Arcángelo:

-Desnúdate- le mandaron.

Arcángelo, sin preguntar, obedeció. Un fogonazo de dolor le atropelló los huevos. Cayó de rodillas. Le patearon la boca del estómago, le dieron un golpe de tabla en la nuca, lo sumergieron en una tina de mierda hasta que se le apagó la respiración. Despertó en lo más profundo de un pozo ciego. El aire que se filtraba era enclenque y podrido. No tenía espacio para sentarse ni siquiera en cuclillas. Lo quemaba una sed que nada podía calmar.

Horas, siglos después, cuando lo rescataron del pozo, aún le aguardaba lo peor. Le enseñaron a trepar por murallas verticales y sin fisuras; lo hicieron trabajar con argollas y barras, en lo alto de un trapecio. Cada vez que sentía los músculos desgarrándose, le cambiaban el dolor de lugar con una picana eléctrica; en las encías, en las ingles, en las tetillas. Querían que fuese reconociendo en su propio cuerpo el lenguaje que más tarde oiría en el cuerpo de las víctimas. A la siesta, practicaba con Itakas y carabinas Beretta en el polígono, despedazando muñecos de paja y pájaros de juguetería. (Martínez, 1986).

Esta transformación muestra de manera fehaciente lo monstruoso de las ideas extremistas. Las dictaduras militares, sin duda, aparecen en La novela de Perón, como un recurso narrativo que atraviesa todo el texto y cuya mano está continuamente amenazando la estabilidad del país y de los personajes de la historia. No resulta gratuito este hecho, ya que la influencia de las dictaduras iba más allá del ámbito militar y político, porque, para bien o para mal, se inmiscuía en la vida íntima de cada habitante.

Arcángelo Gobbi representa el engendro creado por los grupos extremistas. La transformación que sufre es dramática si se tiene en cuenta su origen. En la iniciación no solamente se endurece su cuerpo sino también su alma y espíritu. La misma Argentina, país joven, sufre este tipo de cambio. Las dictaduras no la dejaron crecer sana sino que le inyectaron un veneno que no dejó de hacer efecto sino hasta años más tarde cuando se implantó la democracia. Pero el mal ya estaba hecho y quizá por eso la única esperanza surge y se vislumbra, paradójicamente, en las palabras que doña Luisa dice cuando descubre que en el discurso que Perón hace por televisión, una vez retorna a la Argentina después de un exilio de 18 años, es López Rega quien le va indicando al presidente, de manera solapada, las palabras que debe decir:

Ya nunca más seremos como éramos. (Martínez, 1986)

Y es que esta frase de doña Luisa representa quizá el desamparo pero también el anhelo tácito de que todo ese dolor vivido no va a regresar jamás. Esa es una de las cualidades del libro de Martínez: nos muestra a un Perón de carne y hueso, capaz de traicionar como también de amar, de ser ecuánime como de ser arbitrario; y no es solamente Perón, es el ser humano que se desdibuja de acuerdo a las circunstancias y que muchas veces de vuelve un monstruo para sus congéneres.

La novela de Perón nos recuerda los abismos indescifrables del hombre y nos aboca a mirarlos descarnadamente. Carlos Fuentes señala que “somos trágicos porque no somos perfectos. Las tiranías del siglo XX convirtieron la tragedia en crimen: tal es el crimen trágico de la historia contemporánea. Los monstruos políticos le negaron a la historia la oportunidad de redimirse conociéndose. La víctima del Gulag, de Auschwitz o de las prisiones argentinas fue privada del re-conocimiento trágico para convertirse en cifra de la violencia, víctima número nueve, nueve mil o nueve millones…” (Fuentes, 2002). Dicho re-conocimiento trágico es el que viene a considerar Tomás Eloy Martínez, al no darle la espalda a las víctimas callando su dolor, sino al contar ese dolor, así tocar la herida provoque escozor, pero se trata de ese escozor que sale a flote cuando sobre la herida se derrama alcohol para que sane, es un dolor necesario para congraciarse nuevamente con la humanidad.

 

Mirada de mosca

Uno de los aspectos que más puede causar curiosidad en el lector de la novela es la aparición de las moscas dentro de la narración. En la página 247, el general Perón se dirige a la Argentina en un avión. Allí descubre que una mosca que se posa en su mano, con el lomo azul, las alas transparentes y los ojos ávidos. El General sólo atina a decir: “¿Moscas aquí, tan alto?” y más adelante sentencia:

Vean esos ojos. Ocupan casi toda la cabeza. Son ojos muy extraños, de cuatro mil facetas. Cada uno ve cuatro mil pedazos diferentes de la realidad. A mi abuela Dominga le impresionaban mucho. Juan, me decía: ¿qué ve una mosca? ¿Ve cuatro mil verdades, o una verdad partida en cuatro mil pedazos? Y yo nunca sabía qué contestarle…” (Martínez, 1986).

Ya antes, en la página 226, Emiliano Zamora, había visto que una mosca se había venido a posar en el espejo del automóvil:

¿Una mosca volando en el frío? Tiene azul el lomo, las alas sucias de hollín y ávidos los ojos: compuestos ojos, de cuatro mil facetas cada uno. La verdad dividida en cuatro mil pedazos” (Martínez, 1986).

No resulta gratuita la aparición de las moscas en el texto. Sus cuatro mil ojos nos dejan ver cómo una verdad se fragmenta, más teniendo en cuenta que en la posmodernidad todo puede ser verdadero, y nada es ni bueno ni malo, sino que todo depende del cristal con el que se le mire. Entonces ¿dónde se descubre cual es la verdad y cual la mentira en el texto? ¿Cómo se puede dar cuenta de una única y certera visión de una realidad que, aunque novelada, tiene mucho que ver con un momento importante de la historia argentina? Es aquí en donde el lector tiene que entrar a exponer su criterio y eso es algo que se le abona a Tomás Eloy Martínez: la confianza que tiene en la capacidad de análisis de sus lectores, ya que no los observa como seres pasivos que únicamente se acercan al texto para divertirse sino, que crea a su alrededor el espacio adecuado para que se sienta parte vital de la misma narración, dándole la posibilidad de que se convierta en lo que podríamos llamar lector-personaje.

Las cuatro mil verdades, o la verdad partida en cuatro mil pedazos es una frase que va más allá del juego meramente lingüístico. Aquí se entra en el campo de lo filosófico y lo antropológico, en tanto la realidad humana nunca ha estado asentada en un solo punto sino que se ha ido transformando y acoplando de acuerdo al momento histórico. Retrocediendo unas décadas, vemos a un Hitler suponiendo que lo que estaba haciendo iba en beneficio de su pueblo o su raza, pero una inmensa mayoría de la humanidad sabía que esto no era tan cierto. Pero ¿cómo hacerle caer en cuenta a Hitler que estaba equivocado? Así, vemos que a través de la historia la verdad no es única sino que se forja de acuerdo al pensamiento de cada cual. Allí es donde entra a jugar el sentido común y el concepto de bien para la humanidad. Ya volviendo específicamente a nuestro tema de estudio, la diferencia, en el caso de la novela que estudiamos, radica en la fragmentación de la realidad teniendo en cuenta el contexto en que nace la misma. Viene entonces a darse el juego de las contradicciones -hábilmente utilizado por el narrador-, que es tan humano y que toca aspectos estrechamente ontológicos.

La novela de Perón precisamente está creada con muchas verdades fragmentadas, porque utiliza los puntos de vista de diversos testigos de la historia. Y esto, que podría suponer un problema en sí, viene a convertirse en una verdad que toma diversos caminos y que, por tanto, permite una mirada más amplia de los acontecimientos, de los problemas y de las consecuencias. Andrés Amorós señala que la nueva novela hispanoamericana “ha sabido ser, a la vez que innovadora, profundamente vitalista, aferrada a los problemas concretos del hombre medio: problemas sociales y políticos, por supuesto, pues la realidad hispanoamericana no cesa de suscitarlos, pero también problemas sentimentales, vitales, de ensueño, de insatisfacción, de nostalgia, de soledad” (Amorós, 1973). En ese contexto, se hace necesario que la novela explore las diversas visiones y posibilidades que le ofrece su propia naturaleza, ya que no puede mostrar una polaridad marcada sino que debe ser bipolar cuando mínimo, porque de otra manera sería todo menos novela.

El autor tuvo la sagacidad de escoger a la mosca como el ser que representara en sus ojos las diversas caras de la verdad. Este insecto puede resultar molesto y hasta repulsivo, pero es que hasta la verdad a veces es repulsiva y mirarla a los ojos impresiona sobremanera. Se hace necesario perderle el asco a la verdad, ya que es un requisito para mirar a la historia y analizarla, escrutarla y entenderla. La verdad no tiene porque ser siempre una amiga que llega con ojos de princesa de cuento. A veces es necesario que nos haga despabilar, que nos lleve a aporrearla si es necesario, tal y como cuando vamos tras de la mosca para espantarla. La diferencia es que entre más queramos espantar a la mosca de la verdad, esta no va a partir sino que se va a acomodar en la mente y pensamiento, haciéndonos confrontar con la realidad, haciéndonos entender que las cosas no siempre son como las queremos ver. Algunos cerrarán los ojos para no ver más la mosca, pero ella seguirá allí, aleteando aun en la oscuridad. Este elemento hace que la narración tome un rumbo ascendente. Una vez metidos en el texto no habrá tiempo para mirar hacia atrás. Es necesario confrontar la historia para conocerse: ese parece ser uno de los temas más recurrentes en este libro de Tomás Eloy Martínez.

 

Memorias del olvido

Uno de los temas repetidos del libro es el papel de la memoria y del olvido dentro del transcurrir histórico. Perón revisa las memorias que López Rega ha pasado a limpio, pero descubre que algunos pasajes no tienen conexión con la realidad. Ante esto Perón señala:

(…) Son historias tan remotas que ya me parecen de otro.

Heráclito decía que en los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos, somos y no somos, lo cual parece ajustarse de manera clara al oficio del olvido. Así nos bañemos en el mismo río sus aguas no serán las mismas, ya que esas aguas que ayer pasaron ya corrieron y las que hoy pasan son distintas. En la memoria se asientan infinidad de hechos que a la luz del tiempo cobran matices distintos y comienzan a confundirse, quizá, con lo que pudo haber sido o con la visión de lo que posiblemente se cree que sucedió. López Rega le contesta al General:

Esfuércese. Yo no recuerdo que la historia sea como usted la cuenta, mi General. ¿Cómo la sabe?, se ha intrigado Perón. Lo sé, ha respondido López. Cada vez que se le cae a usted un pensamiento, yo lo levanto como si fuera un pañuelo. Aquí los llevo a todos, entre estos límites: en la invisible línea de lápiz que me dibujo alrededor del cuerpo. (Martínez, 1986)

La memoria es frágil y ese es el intrincado juego entre el tiempo y ella. A veces el olvido lleva al alma a sentirse menos desprotegida. Fuentes señala que “quizá nuestro pacto con el tiempo es vivir el presente sin memoria de nuestro pasado o de nuestro porvenir, los más lejanos, no los más próximos, si de ellos llegamos a nuestro hoy” (Fuentes, 2002), lo cual llevaría a pensar a la vez en una “memoria de la reconciliación” con ese pasado que puede atormentar o con ese incierto futuro. A Perón se le ha desdibujado en el tiempo su propio recuerdo y se ve lejano, como si viera a otro, deseando quizá regresar a ser ese otro que hoy parece no habitarlo. El narrador nos cuenta lo que perón solía pensar acerca del pasado:

En otros tiempos, Perón solía creer que bastaba imaginar el pasado con fuerza para estar allí otra vez, manchado de moras y con un morral al hombro, corrigiendo los ademanes equivocados de antaño y dando las respuestas que entonces no venían a los labios. (Martínez, 1986)

Y más adelante:

Lo único que ha sentido con cierta nitidez es el miedo, y quisiera desrecordarlo: afirmar que el miedo no existe ahora y que por lo tanto pudo (debió) no existir nunca. No ha sido el trivial miedo a la muerte sino a lo que es peor: miedo a la historia. Ha sufrido pensando que la historia contará a su manera lo que él callo. Que vendrán otros a inventarle una vida. Ha temido que la historia mienta cuando hable de Perón, o que descubra: la vida de Perón le ha mentido a la historia. Tantas veces lo ha dicho: un hombre sólo es lo que recuerda. Debería decir, más bien: un hombre sólo es lo que de él se recuerda. (Martínez, 1986)

El autor nos muestra que la memoria puede engañarnos y este hecho es manifiestamente difícil de atajar. El miedo a tantas cosas: a recordar bien o recordar mal, a que otros recuerden aquello que se ha olvidado, o a que el tiempo se encargue de hacer olvidar lo que se quiere mantener presente. Pero en ese trayecto es en donde la historia se encarga de colocar su mano que, de una u otra forma, puede resultar azarosa: así como puede culpar puede redimir. Y al perecer Perón sabía bien eso, de allí el miedo a su juicio.

En La novela de Perón resulta claro el tire y afloje entre los pliegues de la memoria y el olvido, lo cual le da bastante vida a la narración, ya que es en este juego en donde se comienzan a crear las pistas que llevan al lector a descubrir las diversas verdades de la historia, de los personajes, del tiempo. No existen contradicciones porque la memoria, como casi siempre, recuerda el pasado por partes. Y el autor nos lleva a pensar que en ciertos momentos quizá sea mejor olvidar aquello que ya no puede solucionarse. Y no se trata de dejar de lado a la historia, sino de dejar de lado a las atrocidades de la historia para poder vivir en paz con ella. El mismo Perón dice:

Haremos con todo eso un buen fardo de olvido. Seamos piadosos con la memoria, López. No la asustemos. (Martínez, 1986)

Muchos dirán que entonces la historia siempre callaría algo, pero es que allí comienza el oficio de la novela. Fuentes señala que “la novela dice lo que la historia no dijo, olvido o dejó de imaginar” (Fuentes, 2002), y quizá la novela sea el puente piadoso entre la historia y la ficción, quizá es allí donde Perón puede reconciliarse con sus recuerdos y con sus olvidos. Y es de pronto por eso que pide tranquilamente que no le coloquen esos recuerdos en fila: la memoria no es lineal:

Ya no me ponga en fila los recuerdos, López. Cállese. No soy yo el culpable, mi General. Son los blancos que usted quiere dejar en las Memorias. (Martínez, 1986)

Pero ya esos blancos tienen quien los llene: la novela, y en ese sentido el trabajo que Tomás Eloy Martínez elaboró cobra fuerza y sentido, porque se logra hacer una interpretación acertada de los vacíos dejados por la historia oficial. En dónde, sino en la mente de un novelista genial, puede surgir un entramado más conciliador entre el ser mítico, quizá atemporal, el ser histórico y el ser de carne y hueso, que en esta novela plagada de recuerdos, de memorias y de olvidos que se complementan. Y queda una frase que Perón expone mientras hace el escrutinio de sus memorias, frase melancólica con la que parece querer abrazar a todos sus recuerdos y olvidos en un preciso momento:

¿Por qué la eternidad no sucede completa en un instante? (Martínez, 1986).

La novela de Perón nos acerca a otro de los aspectos más característicos de la literatura latinoamericana del siglo XX: la soledad y el desarraigo. ¿De dónde somos? ¿A dónde pertenecemos? ¿Qué es el espacio de tierra al cual llamamos patria?

Hay un desgarramiento vital y dramático en la novela, y es el momento en el cual Juan Domingo Perón descubre que su mamá está con otro hombre. En ese momento no deja siquiera que ella le bañe la herida que ha sufrido al caer se un caballo. Luego parte para Buenos Aires. Este pasaje es una metáfora de la soledad latinoamericana, en donde la misma madre patria muchas veces abandona y pareciera que se vende al mejor postor. Octavio Paz señala que “el hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso casa vez que se siente a sí mismo se siente como carencia de otro, como soledad” (Paz, 1986). En este sentido, la soledad inmanente del hombre latinoamericano va de la mano con su necesidad de descubrirse. Tomás Eloy Martínez logra plasmar en su libro esta dialéctica y la presenta de manera que indague el fondo mismo de su esencia.

Latinoamérica y, en este caso, Argentina, sufrieron mucho con las dictaduras militares. En ese momento la patria, para muchos, significaba desamparo. Pero a la vez, y paradójicamente, era una madre patria que se amaba. Perón sufrió mucho con la traición de su madre pero no por ello dejo de amarla, lo cual se ve páginas más adelante. Es una ruptura a medias, ya que sigue existiendo ese cordón umbilical que lo ata a un pasado arcádico. Perón vuelve a su patria después de 18 años, quizá sólo para morir en ella, y ese retorno significaría ese re-encontrarse con él mismo. Y aquí viene lo trágico: el encuentro de Perón con su patria no es lo que se esperaría, o por lo menos eso es lo que se percibe en las palabras del narrador. ¿Perón nuevamente pertenece a la Argentina o se ha quedado en Madrid mirando los jardines en donde sus perritas jugueteaban?

“El sentimiento de soledad, nostalgia de un cuerpo del que fuimos arrancados, es nostalgia de espacio. Según una concepción muy antigua y que se encuentra en casi todos los pueblos, ese espacio no es otro que el centro del mundo, el “ombligo” del universo, (Paz, 1986), y en ese sentido es posible que la soledad de Perón residiera en el extrañamiento del cuerpo que él un día fue, de ese que vivió las historias que hoy le parecen de otro. Es la misma soledad de un pueblo que extraña sus raíces, es el padre de Juan Domingo Perón buscando un espacio de tierra para instalarse, es la soledad de Arcángelo Gobbi cuando sabía que Isabelita no se interesaría en él, es la soledad de doña Luisa cuando descubrió que no volverían a ser los mismos, la soledad de “Potota” -primera esposa de Perón- cuando descubrió que ella no era infértil pero cayó para no hacer sentir mal a su esposo, es la soledad de todo un pueblo que busca la igualdad y la verdad pero que no la encuentra.

La novela de perón es un cúmulo de soledades que se agolpan y que buscan el rostro del lector para que nunca la olvide. Es la desmitificación misma de aquello que se ha presupuestado como real. Es algo así como lo que sintió Zamora cuando estuvo hablando con Perón durante varias horas:

Quien sabe qué otras cosas podría ser mañana. Tantos rostros le vi que me decepcioné. De repente, dejó de ser un mito. Finalmente me dije: él es nadie. Apenas es Perón.

Y esa es la historia latinoamericana: el derrumbamiento de los mitos y los ídolos, pero a la vez, e inconscientemente, la negación del hecho desmitificador. Tantas paradojas para un solo pueblo: viviendo de un pasado idílico que se niega a regresar pero que se añora con cariño.

La novela de Perón logra acercar al lector a ver de manera real y crítica la vida de un hombre que representó tanto para Argentina. El texto le propone al lector de una manera clara un juego en el cual él es también el protagonista de la misma, en cuanto es parte de la historia y resulta caso imposible excluirse de ese “ser parte”.

La verosimilitud es parte crucial de la narración, ya que a pesar de la gran cantidad de memorias y testimonios a los que se recurre, ninguno anula a otro a pesar de que se confronten. La narración es impecable y la división por capítulos (20 y un epílogo) le da entrada a diversas maneras de ver a la historia.

Tomás Eloy Martínez convierte un hecho que podría únicamente terminar siendo una mitificación eterna, en una realidad que desmitifica a un hombre que ha sido visto como un baluarte, y quizá eso es lo más importante del texto, ya que posiblemente le ha quitado de los hombros a la Argentina, y hasta al mismo Perón, un peso que ahora la deja caminar más tranquila, dejando el pasado atrás y mirando hacia un futuro prometedor. Definitivamente, ya no volverían a ser los mismos.

 

Bibliografía

1. Amorós, Andrés. Introducción a la novela hispanoamericana actual. Salamanca: Anaya, 1973.

2. Fuentes, Carlos. En esto creo. Barcelona, Seix barral, 2002.

3. Martínez-Richter, Marily. La caja de la escritura. Madrid: Vervuert Iberoamericana, 1997.

4. Martínez, Tomás Eloy. La novela de Perón. Buenos Aires: Legasa, 1986.

5. Paz, Octavio, El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica, 1986.

 

© John J. Junieles 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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