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Luzmaría Jiménez Faro

Mujer sin alcuza

       

 

Morir, soñar...

Noelia Maldonado Cerrada
Universidad Complutense de Madrid

Mujer sin alcuza es un poemario hecho del mismo material que simboliza: la vida. Cada poema nos remite a historias verosímiles, historias que podemos ver reflejadas en los medios de comunicación, en la literatura o vivirlas desde la experiencia. Estas historias líricas están enmarcadas por dos textos poéticos que nos presentan a la mujer desde dos perspectivas diferentes ante la oscuridad inevitable que se da en el duro camino de la vida. Nuestra reacción ante el sufrimiento, el horror, el tedio,... puede ser el agotamiento, la dejadez, la pasividad, el dejarse morir; pero, por otro lado, podemos erigirnos como luchadores constantes, como héroes imperecederos que miran el pasado con lágrimas pero siguen su travesía hasta que su divinidad se enaltece, entonces, ya no temen la muerte, por ello la han vencido.

Estos dos poemas “marco” tienen como referente el texto poético-lírico “Mujer con alcuza” de Dámaso Alonso. En él se nos dan las claves para comprender el poemario de Luzmaría Jiménez. La protagonista de éste es una mujer indeterminada, sin nombre. Se nos presenta como una sombra que avanza “arrastrándose por la acera” [1], cuando va entrando la noche, sin soltar la alcuza de la mano. El poeta ve esa mujer y se cuestiona el lugar al que se dirige. Entonces, nos invita a aproximarnos a ella e, inmediatamente después, nos hace un retrato del personaje desvelándonos su “voluntad de esquivar algo horrible” [2]. Llegados a este punto el poeta se da cuenta de que nos hemos dejado llevar por las apariencias:

“Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza”
[3]

Esta mujer avanza sin soltar su alcuza, avanza con dolor, angustia, pesadumbre..., sin olvidarse de los sufrimientos pasados ni de los que vendrán, por eso avanza con desesperanza a través de ese “campo yerto” de dolor y muerte. Sin embargo, no se detiene, sigue su camino y no suelta su alcuza, el símbolo de su lucha continua, de su entereza, de su padecer interno ahogado por la necesidad de seguir hacia delante.

El poeta conoce a esta mujer. Sabe que ha venido en un tren muy largo, un “horrible tren” [4] en el que ha viajado constantemente, un tren que llega a numerosas estaciones pero que siempre reanuda su viaje; es entonces cuando el alma de la mujer se ve desgarrada por los recuerdos. Todas las ilusiones de su vida se acaban desvaneciendo con el paso del tiempo, a pesar de ello, hay que seguir. El tren no frena, pero su alma anhela la estación final, el momento en el que la angustia cese.

El tren está vacío; ella se encuentra sola. ¿Cómo es posible? La mujer avanza, pero en su interior viaja sola, sin nadie que la aliente, sin nadie con quien compartir su dolor, su desilusión, su desesperanza. No quiere descubrirse. Sabe que ha de continuar sin dejar su alcuza.

Hasta aquí nos hemos referido al poema de Dámaso Alonso; veamos en lo sucesivo cómo se enfoca éste en el poemario de Luzmaría Jiménez y cómo es fundamental la visión previa del texto de Dámaso, no sólo para la comprensión de los poemas “marco”, sino también para la totalidad de la obra.

En el primer poema del libro, llamado “Mujer sin alcuza”, se nos muestra a la mujer dejando su alcuza sobre su soledad. La mujer se ha dejado arrastrar por la oscuridad, no ha vencido la tentación de la muerte. La poetisa nos acerca hacia la visión de una mujer cuyo ánima ha sido pisoteada una y otra vez, convirtiéndose en su propio verdugo. Esta mujer decide depositar el símbolo de su divinidad, la alcuza, en su soledad, porque ya ha colmado su vida con desesperanza y tedio. Ahora necesita alejarse de ella para poder olvidarse de las sombras que han llenado su alma.

El último poema (“La mujer toma de nuevo la alcuza”) remite al primero, por lo que, formalmente, da una estructura circular a la obra, estructura que toma como eje la temática que se aborda en estos dos poemas “marco”: la muerte como última estación inevitable. Ahora bien, mientras en el poema introductorio, la alcuza era abandonada sobre la soledad en tanto que la mujer decidía acabar con su viaje, en el poema “final” la mujer “ha cogido su alcuza y la deja sobre un altar de ónix”. La mujer sabe que la muerte llegará, ya que es el final del viaje, el agotamiento de la vida. En la carta de la vida está escrita la muerte. La mujer no se angustia por la tardía visita de la muerte. Siempre acaba llegando. La alcuza es depositada en un altar de ónix porque es “el atributo de una semidiosa” [5], como dice Dámaso Alonso. Es decir, la mujer de este último poema sabe que su lucha constante contra el dolor, la angustia, la desesperación... se ha librado a lo largo de toda su vida. Conforme decidía seguir caminando, desafiaba a la muerte, pero también a la desesperanza. Mientras caminara, mientras no dejara su alcuza sobre la soledad, no todo estaba perdido... (Aunque tarde o temprano llegaría la muerte, que es anhelada cuando la oscuridad es absoluta).

La mujer es la protagonista de los dos poemas que enmarcan y vertebran la obra. La figura de la mujer representa a aquellos que se han visto asediados por la vida: niños abandonados, inmigrantes que arriesgan sus vidas en busca de un mundo mejor, prostitutas,... Todo un amplio espectro de almas que nos muestran la aspereza y desolación de la vida. Frente a estas miradas, una salida o una llegada: la muerte.

A veces, la muerte es compasiva llegando a estas personas cuya vida es sinónimo de tortura cruel. La muerte es bienvenida; es la paz que invade estas almas muertas en vida. La muerte es deseada. Sin embargo, en otras ocasiones, el final del camino llega sin ser reclamado. Como destino funesto, la muerte decide presentarse acabando con el futuro, con el sueño, con la inocencia.

El tema de la muerte es abordado desde una doble perspectiva: el deseo y la repulsión. El deseo de la paz eterna se puede ver en poemas como “Mujer sin alcuza”, “Síndrome de Diógenes” (donde la mujer protagonista posee un reino de hedor, de estiércol, de recuerdos de ilusiones desvanecidas; así, es la muerte quien acaba con el horror y la desesperanza) y “Mi madre cumple cien años” (aquí, la mujer protagonista es una anciana que ve a la muerte, está a su lado, viene a buscarla, pero, cuando se lo dice a su hija ésta no la ve, aunque finalmente la acaba sintiendo cerca).

En todos los casos anteriores, la muerte es vista como deseo ya que la vida se ha consumido, ha tocado su fin. La ilusión ha huido, tan sólo queda la memoria, recuerdos que nos enseñan a que mientras tenemos sueños, tenemos vida, pero en el momento en el que se desvanecen (al enfrentarse al sufrimiento, al dolor, a la soledad, a la angustia...) entonces, continuar es agonizar en vida.

En cuanto a la segunda perspectiva, la muerte como repulsión, hemos de entender un final no anhelado, que se presenta de repente, sin anunciarse. La muerte repulsiva se asocia a la crueldad del hombre (lo podemos ver en poemas como “Niño”, “Ángeles custodios” o “Ellas, las asesinadas”), o bien a la crueldad de fenómenos incontrolables que son mitificados (por ejemplo, el mar asesino en “Pateras” o en “Maremoto en el Índico”).

La muerte es el tema central del poemario, se da en los poemas “marco” y a lo largo de todo el libro en los poemas mencionados. Sin embargo, no es el único. El resto de los textos poético-líricos que componen Mujer sin alcuza nos hablan del mundo de las apariencias, el engaño, el silencio... No creamos que este mundo que se refleja está tan distanciado del tema principal, recordemos que ese mundo es el de las sombras, un mundo oscuro que está íntimamente relacionado con la muerte.

En el poema “Madrid, cuatro millones de soledades” nos encontramos con el mito de la ciudad maldita, una ciudad que aparentemente es símbolo de progreso, de aperturismo, de cosmopolitismo..., pero, cuando nos sumergimos en ella, vemos cómo sus habitantes son almas solitarias. “Cuatro millones de cadáveres” [6] pasean por las calles sin saber quién es el otro, suben al metro y no dicen nada porque, a pesar de estar físicamente tan cerca, sus almas están separadas por el silencio, la ausencia del deseo de conocer al otro,... Por otro lado, la ciudad no ofrece las mismas oportunidades a todos, esto es una utopía. Los ricos pueden acceder a todo un universo de ocio y cultura que está a su alcance, mientras que aquellos que no tienen medios hacen lo posible por subsistir.

¿Podemos identificar el espacio urbano con el progreso, la libertad, las oportunidades, la intercomunicación..., cuando nos encontramos ante este panorama? La ciudad maldita, que ya era preconizada por Baudelaire, hace acto de presencia en la poesía de Luzmaría, pero también el tedio y el sufrimiento interno enmascarado por la hipocresía.

Nos encontramos ante el “spleen” absoluto. La ciudad en su conjunto conduce a ese sentimiento. Todas las ilusiones, todos los proyectos de futuro se han desvanecido en la niebla, sólo nos queda el recuerdo de lo vivido y una muerte que se aproxima. En este sentido, Luzmaría Jiménez nos brinda una visión análoga a la de Baudelaire. En ambos, el trayecto hacia la muerte es claro; en ambos, el desasosiego humano se expone ante nuestros ojos.

La hipocresía, la apariencia, el engaño, la falsedad... son síntomas del tedio. El ser humano, en ocasiones, tiene que fingir que es feliz porque sino no podría soportar la vida; otras veces, acaba creyendo sus propias mentiras viviendo en una ficción pura. Uno de los poemas de Mujer sin alcuza donde mejor se expresa esta idea es “Muerte cerebral”:

“[...]
He sufrido en silencio su cruel indiferencia,
su desprecio, su ira... Pero le amaba tanto...
Ahora se lo llevan. Y por qué no decirlo:
me siento liberada.

[...]”

Esta mujer, protagonista del poema, ha vivido engañada durante el tiempo que ha estado con su pareja. Creía que le amaba pero realmente ese amor era aparente, no se puede querer a quien te desprecia, a quien descarga su ira contra ti, sin más. Esta mujer vivía en un terrible sueño, pensaba que las cosas podían cambiar, que a pesar de su crueldad, ella le quería. Cuando ve que se le llevan, entonces descubre la verdad, se cae el encubridor velo. Es libre. Su amor era una ilusión necesaria para seguir viviendo un cruel sueño. Ahora, sin él, no tendrá que mentirse más, ahora puede afrontar la realidad sin necesidad de una falsa ilusión para soportar la trágica existencia.

Con respecto al tema de lo aparente vinculado a la mujer, también debemos mencionar los poemas: “En un salón de La Habana”, “Putas callejeras” y “«El Ángel azul» en televisión”, por un lado; y , por otro, “La amortajada”. En el primer grupo de poemas, la mujer que se aparece ante los ojos del lector es María Magdalena, mujer pecadora que bajo su halo de frivolidad esconde el dolor en lo más recóndito de su alma, convirtiéndose en “silencio sollozado”, haciendo que su cuerpo sea “el tibio don donde la fruta canta”. Sí, “¡oh mujer extraña y misteriosa pasajera de sueños!”. En definitiva, contemplamos a “Lolas-Lolas”, como si todas fueran Marlene Dietrich en El Ángel azul, es decir, mujeres deseadas que, tomando las palabras de Donald Spoto, viven en “un mundo de sombras de erotismo semifurtivo”. [7]

En “La amortajada”, lo ilusorio y la muerte se hermanan. La poetisa nos muestra el descenso de una mujer muerta hacia su nicho. Ella desea descansar en paz. Revisa las verdades y las mentiras de todos los que acuden a su despedida final, pero quiere desligarse completamente de ese mundo hipócrita que la encarcela, quiere recibir la muerte de los muertos, descansar eternamente. Así, en este texto, vemos, a través de las palabras de la poetisa, los ojos de la muerte, porque el personaje central del poema ya no pertenece al mundo de los vivos. Es un poema cuya dirección descendente obliga al lector a ir de la mano de la muerta, llegar hasta el umbral de su tumba y depositarla cuidadosamente en él, despidiéndola dulcemente. El lector se implica plenamente porque la voz del creador le empuja a compadecerse de su personaje muerto que clama por la paz eterna. Nosotros, lectores, nos convertimos en los barqueros de la laguna Estigia, pero por compasión.

El resto de los poemas que componen Mujer sin alcuza también se encuadran dentro de la temática del juego de la ficción frente a lo real. En “Las velas”, el “yo” poético juega con el contraste de las luces y las sombras que ofrecen las velas; además, va construyendo metáforas donde la ausencia de un “tú” constituye la distancia. Frente a una mera apariencia de juego estético que decide accionar el poeta para pasar el tiempo, se nos desvela la realidad: la falta de un “tú” es la que provoca que el “yo” poético ponga en marcha su imaginación en busca de imágenes que iluminen sus recuerdos. Aquí, el juego luces-sombras es un reflejo de la situación interna del poeta. El “yo” poético ficcionaliza su soledad.

La hipocresía también se manifiesta en la poesía, que a través del lenguaje ficcional encubre la realidad, apoderándose de lo que no le pertenece, en la mayoría de la ocasiones. Esta perspectiva en la que la poesía se considera aliada de la engañosa máscara la podemos ver en “Mártires poéticos”. La poesía no tiene por qué ser poética, puede volverse burlona y embaucadora, puede embelesarnos con historias distorsionadas, puede transgredir las normas del lenguaje haciendo que nos construyamos múltiples mundos en función de nuestro bagaje como lectores, puede conducirnos al amor, al odio, a la compasión. La poesía juega con la realidad y la ficción y hace que los apasionados de ella nos dejemos engañar en ocasiones, en eso consiste el juego.

Incluso nuestros propios recuerdos son traicioneros. La verdad no existe. Mirar un hecho en el momento acontecido o diez años después es diferente, nosotros hemos cambiado y también nuestras circunstancias, a pesar de que en esencia seamos los mismos. Los recuerdos son recreaciones de hechos pasados. “La memoria es sólo un espejismo”, dice la poetisa en uno de sus versos, tratando de hacernos llegar el sabio consejo de Safo: “no remuevas la arena”. Construimos nuestros recuerdos mediante ficciones, no nos fiemos de ellas y miremos al futuro.

Luzmaría Jiménez no pasa por alto la teatralidad de los medios de comunicación. Los periódicos juegan con nosotros, nos quieren hacer ver que muestran la realidad tal y como es, cuando realmente nos ofrecen una mirada selectiva y desde un punto de vista determinado de la misma. Nos dan una representación de la realidad. Cuando esta representación se vuelve homogeneizadora, en tanto que todos los medios acaban teniendo la misma estructura y ofreciendo los mismos contenidos (aunque teñidos de diferentes ideologías, según el caso), entonces, la falsificación del mundo se vuelve peligrosa. Si los medios de comunicación de masas nos dan una visión homogeneizadora, sin multiperspectivismo, el peligro que corremos es creernos que esa representación de la realidad es la realidad. Todo ello lo podemos ver a través de la lectura de “Anuncios clasificados”.

Yendo hacia la crítica ácida, nuestra autora, alza la voz ante la vacuidad de los programas del corazón que son puro sensacionalismo. Ello se encuentra en “Morbo rosa” donde traza un paralelismo entre la vacuidad de los mismos y la atracción del hombre hacia la nada, como si haciéndole consumir este tipo de productos “anticulturales” su naturaleza se fuera deformando en tanto que sufriera, riera y llorara por temas banales, temas sin carga humana, social... Luzmaría Jiménez advierte de la necesidad de “rehumanizar” los medios de comunicación y sus contenidos.

Mujer sin alcuza es un poemario donde la muerte y el mundo de lo aparente confluyen para clamar por el reencuentro del hombre consigo mismo. Para ello, la autora ha querido que cada uno de los poemas que conforman este libro se convirtiera en un golpe de efecto sobre el lector. De esta manera, cada poema va reforzado por dos paratextos: el título y una cita o apunte con respecto a alguna noticia, fotografía... El título nos da una impresión del texto poético; por otro lado, la cita o el apunte podemos considerarlos como el nacimiento del poema. Las citas parecen ese primer destello genial que tiene el poeta, iluminado por las musas (siguiendo la filosofía platónica), a partir de la cual se elabora todo el poema.

Es fundamental una primera aproximación a estos paratextos para llegar a una comprensión total de la obra. Así, por ejemplo, si queremos profundizar en el poema “El Ángel azul en televisión”, hemos de tener presente que “El Ángel azul” es una película de los años treinta, de Von Sternberg, cuyo personaje principal (Lola-Lola, una mujer fatal) acaba afectando a la vida real de la actriz que la interpretó (Marlene Dietrich), quien se convierte en un mito erótico y en prototipo de mujer fatal. Por otra parte, la canción de Lili Marleen (el otro paratexto del poema) también es significativa en tanto que, gracias a la fuerza de la imagen de esta mujer, se convirtió en himno militar en numerosos lugares.

Podríamos mencionar otros ejemplos. En “Ángeles custodios”, es fundamental tener como referente la política del terrorismo en Osetia del Norte. En “Pateras”, hay que considerar el impacto de la imagen en la que se ve a un guardia civil abrazando al “naúfrago” muerto, ello influye en la lectura del poema... En definitiva, nada es irrelevante. Todo el libro está armoniosamente estructurado: dos poemas marco, introducidos por un título y una cita del poema de Dámaso Alonso; y, el resto de poemas, que giran en torno a las cuestiones de la muerte y lo ficcional-engañoso (los cuales también se ven precedidos por un título y una cita o apunte que vislumbran el contenido). Todo ello, a su vez, se engloba bajo el título genérico de Mujer sin alcuza, título que sólo es capaz de entender el lector que ha sabido ver el juego de la autora, el juego realidad-ficción paralelo al de ser-no ser. Ambos nos aproximan a nuestra encrucijada: la vida y la muerte. Un trayecto que todos surcamos, un camino que se mueve entre la verdad y la mentira... El dilema jamás terminará mientras sigamos siendo Hombres.

 

Notas:

[1] ALONSO, Dámaso, Hijos de la ira, “Mujer con alcuza”, Castalia, S.A, Madrid, 1986, p.106.

[2] Ibid.

[3] Op. Cit., p.106-107.

[4] Op. Cit., p.108.

[5] Ibid.

[6] Uno de lo poemas de Hijos de la ira de Dámaso Alonso se titula “Insomnio”. Es indudable la relación que tiene el poema de Luzmaría con éste.

[7] SPOTO, Donald, Marlene Dietrich. El ángel azul, Ediciones B, Barcelona, 1992, p.85.

 

© Noelia Maldonado Cerrada 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 200