Un click entre la ética y el fotoperiodismo

Olga Janneth García Ortegón

Comunicadora Social.
Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana
Docente de la Universidad Cooperativa de Colombia. Seccional Bogotá


 

   
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El 4 de marzo de 1880, en el Daily Herald de Nueva York, apareció impresa la primera fotografía de prensa, titulada Shantytowm (barracas), hecho que acontece cuando despuntaba la era de la gran industrialización. Hoy, 124 años después, la fotografía de prensa o reporterismo gráfico es un área obligada en las facultades de comunicación social, por ser un territorio muy versátil, que combina, de modo maravilloso, la fotografía con el talento y sensibilidad del reportero para poder narrar una historia a través de una fotografía.

En dicho campo, la ética también juega un papel fundamental, desde el momento mismo de la selección del tema y del tratamiento que se le da a la fotografía. Sabemos que, desde que amanece, el mundo, “se viste” con su ropaje de imágenes, y que éstas son el soporte fundamental de todas las estrategias de persuasión y homogenización del gusto, aparte de ser el más depurado mecanismo de control de mercado [1].

En este sentido, la formación del comunicador social no tiene por qué limitarse al manejo de la cámara fotográfica, sino que sus conocimientos deben abarcar áreas como la semiótica, teoría de la composición, teoría de la imagen y teoría política, entre otras disciplinas, puesto que, por un lado, los mensajes visuales construyen la historia cotidiana y, por otro, (con)forman las subjetividades.

No es gratuito que en el mundo moderno, donde hay hiperexplosión de información, sea precisamente cuando estemos menos informados y cuando el gusto de la inmensa mayoría es fácilmente moldeable; atrás quedó la crítica y el ejercicio pleno de la libertad, pues la selección se ve limitada entre los productos que son ofrecidos por los mass media.

Las imágenes transmitidas por los medios han producido la “aldea global” de la que hablaba Mc Luhan; la cuestión de la diferencia y el respeto por las minorías es un tema abordado desde los márgenes y es allí donde cobra mayor importancia la responsabilidad social del reportero gráfico, pues abarca desde su formación intelectual y ética hasta el compromiso moral que se tiene con los que no tienen voz, los que no son los dueños de los medios, es decir, con la mayoría de los ciudadanos que, en últimas, son quienes compran el periódico.

Por eso, para que el comunicador no sea uno más del montón, un personaje sin espíritu crítico, debe armarse de elementos que le permitan sensibilizar el oficio, no perder de vista el factor humano a la hora de hacer sus “tomas”. Yo propongo que al emplear la palabra “tomar”, se piense en la palabra “dejar”; es decir, dejar plasmada una realidad, una denuncia, una crítica, una reflexión; en otras palabras no asumir la posición facilista del vampiro, sino pensarse como un intercesor, un mediador entre ese “pedazo” de realidad que es aprehendida y el espectador, a quien va dirigida la imagen.

Recuerdo y acompaño estas palabras con la vida de Jacobo Riis, un danés que llegó a Norteamérica en 1870, a los 21 años, y que gracias a su sensibilidad para captar lo que era a todas luces una injusticia, llegó a transformar la realidad circundante.

Como periodista del New York Tribune, Jacobo Riis, fue el primero en recurrir a la crítica social para ilustrar las deplorables condiciones de vida de los inmigrantes de los barrios bajos de New York: fotografías recogidas en Cómo vive la otra mitad, cuyo título lo dice casi todo, pues sus imágenes conmueven a todo aquel que las ve y gracias a ellas y a las del fotógrafo Lewis H. Hine, (quien retrató a niños trabajadores cuyo trato inhumano los rebajaba a la condición de esclavos, con jornadas de hasta de catorce horas que no les permitía estudiar), posibilitaron que la sociedad norteamericana exigiera un cambio en la legislatura sobre las condiciones laborales de los menores de edad.

Algo similar ocurrió en Colombia con el documental Chircales (1972), producido y dirigido por Marta Rodríguez y Jorge Silva, donde se muestra la vida de los niños en las ladrilleras de Tunjuelito, al sur de Bogotá. La imagen de un niño harapiento, desnutrido, que apenas si había aprendido a caminar, cargando un ladrillo en cada una de sus diminutas manos, con su infancia reprimida, le dio la vuelta al mundo en su época y llamó la atención de la comunidad internacional y del gobierno sobre la situación de miseria en que se encontraban estas familias, cuya pobreza heredaban sus hijos.

Al trabajo de estos grandes maestros podemos agregar otros como los de Dorotea Lange, Walter Evans, Eugene Smith, Sebastiao Delgado, August Sander, quienes han retratado los estados de miseria en el rostro del ser humano y lo han hecho con tal grandeza que motivan a las nuevas generaciones de fotorreporteros a no dejar morir el verdadero espíritu de la fotografía, a no dejarnos caer en la banalidad de la foto publicitaria, que en su afán de vender un producto, vuelve insensible y plástico todo cuanto toca.

La influencia que ejerce la publicidad sobre el receptor es tan contundente que llega a deshumanizar, como en el caso de las mujeres que se niegan a aceptar su cuerpo porque no se parece al de la modelo anoréxica de la revista, o el de muchos hombres que ven rebajada su autoestima por el hecho de no poder comprarse un carro último modelo.

La tarea del fotorreportero se cruza con su capacidad para producir una imagen donde se cuente una historia, que no esté aislada del contexto, pero ese contexto no sólo se circunscribe al marco del periódico, sino con la realidad en la que nos encontramos sumergidos, la que nos toca a todos y a la que se debe el reportero de la imagen. Podemos decir, con las palabras de Furio Colombo, que el fotoperiodismo, con todos sus riegos e insuficiencias a cuestas, fuerza a la violencia y a la injusticia a enfrentarse con la opinión del mundo; el testimonio responsable es el primer paso para formar ideas, opiniones y acciones que disminuyan la impunidad de quienes oprimen. Como una forma más de ejercer el periodismo, la fotografía tiene ante sí el reto de no permitir el subterfugio en la ignorancia.

       
Jacobo Riis.
Casa de familia italiana inmigrantes
Jacobo Riis.
Five Cents Lodging, Bayard Street

 

Nota

[1] Para una mayor ampliación del tema consúltese el texto "Pensamiento único y nuevos amos del mundo", en: Cómo nos venden la moto, de Ignacio Ramonet, Noam Chomsky y Emir Sadir. Bogotá-Cali-Medellín, Editorial FICA, 2002.

 

© Olga Janneth García Ortegón 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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