De círculos y espirales

Rafael Fauquié

Universidad Simón Bolívar
Venezuela


 

   
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El imaginario de nuestro tiempo ha comenzado a valorar lo heterogéneo; a aceptar que lo múltiple es valor en sí mismo, estímulo; a entender como necesaria la comunicación entre lo dispar, el acercamiento de los extremos, el diálogo de los contrarios, el encuentro de lo disímil, la vitalidad de lo diverso y lo disperso, la heterogeneidad potencialmente creadora. Ha comenzado a apostar a la paulatina desaparición de centros únicos, al desvanecimiento de férreas hegemonías y a la supresión de supremacías demasiado definitivas. Ha comenzado a creer, también, en la posibilidad de un planeta convertido en circunferencia sin centros: vastísima superficie en la que todos los espacios pueden llegar a ser centro, abarrotado encuentro de racionalidades y memorias. En nuestro achicado planeta, todas las regiones se acercan cada vez más. Sin embargo, hoy por hoy, la cercanía es confusa: tiene la forma de un caleidoscopio, de un espacio desconcertantemente fragmentario. De muchas maneras, Occidente intercomunica todos los fragmentos. El destino de la humanidad pareciera identificarse al destino de Occidente. El mundo se refleja en Occidente y éste, como si de un inmenso espejo se tratase, devuelve su imagen a todos los rostros que en él se miran: añadiendo algún rasgo de su propia faz a cada figura reflejada.

Por siglos, Occidente impuso al mundo su cultura. Por siglos, el mundo sólo escuchó la voz de Occidente, una voz que hablaba de triunfos y conquistas, de esfuerzos y desmesuras. Una voz convertida en retórica de orgullos e indudables certezas. Una voz para la cual los otros no existían sino como mudos interlocutores: asertivos y obedientes proveedores. Egoísta y soberbia, la voz occidental ridiculizó las voces ajenas por pintorescas y risibles; las consideró caricaturizables jergas, monólogos de arrinconadas impotencias, balbuceantes discursos sin escapatoria. Occidente pareció olvidar que los rumbos y destinos de las culturas entran, todos, en el resbaladizo terreno de los mitos y de los espejismos del tiempo. Pareció olvidar, también, que triunfalismo o derrotismo no son sino códigos, rituales, percepciones, enmascaramiento. Por siglos, Occidente, cultura triunfadora, ignoró a las otras culturas marginadas de la Razón. Por siglos, la historia de los conquistadores de espacios fue haciéndose a costa de la historia de los otros: aquéllos cuyos espacios eran conquistados. Los primeros ocupaban lo que los segundos no lograban defender. Aquéllos devastaban lo que éstos no podían proteger.

Hoy, nuestro mundo ha dejado de ser espacio de conquista y despojo. Las antiguas naciones colonizadas ejercen su derecho a hablar, a mostrarse, a hacer y a ser. Hoy, el fin de la modernidad suma imaginarios surgidos de un mundo empequeñecido. Un mundo empequeñecido es un mundo donde no es posible ya para ningún país seguir viviendo de espaldas a los otros. Un mundo pequeño nos convierte a todos en testigos: todos sabemos porque todos vemos, todos somos cómplices porque todos sabemos. En nuestro pequeño mundo cada vez es más difícil callar porque cada día la miseria, el dolor, el absurdo, la precariedad, la injusticia están más grotesca y dolorosamente a la vista de todos; cada vez es más fácil descubrir y entender que, a fin de cuentas, todos los hombres nos necesitamos, que todos somos vulnerables, que todos hablamos con la misma voz humana. La Tierra nos escucha hablar a todos y un ensordecedor rumor satura todos los momentos. La voz de la agotada modernidad habla con las voces anhelantes de modernidad. La voz de los viejos conquistadores de espacios habla con la voz de los viejos conquistados. Las culturas hablan desde su memoria y hablan, sobre todo, desde sus ilusiones.

Sin embargo, en este mundo donde no hay cabida para la sordera o el mutismo entre los pueblos, el rencor entre regiones vecinas multiplica todavía retóricas de odio y de aislamiento. Renacen en el Viejo Continente particularismos culturales convertidos en obsesiones de clausura, en resentimientos aferrados a una única memoria, en odios convertidos en solitaria consigna. Por doquier, pero muy especialmente en los antiguos territorios de la Europa del Este, renacen tradiciones, recuerdos y veneraciones que no son sino espacio de enfrentamiento hacia otras tradiciones, otros recuerdos, otras veneraciones. La Humanidad contempla con estupor el grito homicida de regionalismos que exigen, junto a la propia afirmación, la negación del otro; junto a la propia vida, la muerte ajena. En la ex-Yugoslavia, por ejemplo, regiones entre sí, y dentro de ellas ciudades y aldeas, y, allí, barrios contra barrios, se destruyen en nombre de una pequeña historia, del derecho de hablar una lengua, de venerar un héroe, de ritualizar un recuerdo o de practicar una religión. Desconcertado, el mundo mira esos rencores imborrables, esas desconfianzas, esos odios interminables, esas deudas infinitas. Reaparecen, atroces, imágenes que se pensaron postergadas para siempre: campos de concentración y exterminio; asesinatos masivos de civiles; emigraciones de poblaciones enteras; ancianos, mujeres y niños masacrados. Todo en nombre de una tradición y del derecho a honrar un pasado. La diversidad cultural, identificada con el exultante rostro de la vida, muestra a veces una faz muy cercana al negro vacío de la muerte.

En nuestros días observamos, también, otra forma de sordera, producto, esta vez, de la prepotencia de pueblos que no quieren dejar de seguir siendo poderosos (o que no se resignan a dejar de parecerlo). Así, Francia, para demostrar al mundo que es todavía una potencia, insiste en detonar algunas bombas atómicas en distintos atolones del Océano Pacífico. Mostrar a todos el propio poderío; aún a costa de la contaminación de una atmósfera que es de todos, que nos pertenece a todos. Inspirados en la insensata bravata, los sectores más conservadores de la política yanqui proponen que su país haga lo mismo para que el mundo no olvide quién es el amo. Persistencia absurda de irracionales actitudes de arrogancia e indiferencia*. Sólo el diálogo entre los pueblos puede garantizar la vida de los pueblos, sólo el diálogo entre las culturas puede garantizar la vida de las culturas, sólo el diálogo entre todos podrá garantizar la existencia de un futuro. Un diálogo que sea vitalidad y, sobre todo, traducción de la palabra ajena. Traducción: la voz de los otros y mi propia voz convertidas en léxico común. La traducción, ha dicho Octavio Paz, introduce lo otro -lo extraño, lo diferente- dentro de lo nuestro -lo común, lo natural. Traducir es asimilar distintas maneras de entender y de actuar. Es comprender la voz de los otros. Es vernos todos reflejados en el rostro de todos. La traducción comunica las diferencias. Convierte los intereses de algunos en posible acuerdo universal. Incorpora la originalidad de todas las experiencias en una común experiencia de la humanidad. La traducción dice que todas las memorias y todas las tradiciones son importantes; que todas son necesarias.

Como latinoamericano, pertenezco a una tradición: la hispánica; y, dentro de ella, a su vertiente hispanoamericana. Como todas, mi tradición está hecha de memorias y de ilusiones. Desde su particular espacio, en la vitalidad de su propio tiempo, mi tradición cultural contempla la historia de Occidente. Occidente nos concierne a los latinoamericanos: siempre formamos parte de él. Sus signos fueron nuestros signos, sus voces comenzaron nuestras voces, sus ilusiones dibujaron nuestro inicio y sus sueños iniciaron nuestra historia; ni mejor ni peor que otras: sólo diferente, sólo nuestra. Hoy, en nuestro pequeño e intercomunicado espacio planetario, la máscara de Occidente y la máscara de América Latina deben dialogar, comunicarse, traducirse. Por siempre, los latinoamericanos contemplamos y escuchamos a Occidente, pero Occidente nunca pareció saber de nosotros. Nos miraba con desdén o con ignorancia: formábamos parte de una vaga y muy exótica otredad lejanamente situada en las afueras de su espacio y de su tiempo.

 

La voz de los vencedores

A comienzos del siglo XVIII, Daniel Defoe publicó su relato sobre un náufrago llamado Robinson Crusoe. Todo en esa novela expresaba certezas de futuro: la inteligencia occidental reharía el mundo, la naturaleza se convertiría en bien material del hombre civilizado, la voluntad de dominio de los europeos abriría para los hombres del porvenir las puertas de un definitivo control del tiempo y de la historia. En nuestros días, William Golding publicó El señor de las moscas, una novela que desarrollaba también el tema del naufragio y la consiguiente anécdota de supervivencia. La trama de El señor de las moscas es una macabra contrapartida de las viejas heroicas hazañas de Crusoe. En ella se describe la aventura de un grupo de niños, internos en un exclusivo colegio, que, tras caer al mar el avión en que viajaban, van a parar a una isla desierta. Aislados, tratan de sobrevivir repitiendo las formas de convivencia del mundo adulto que les es familiar. Sin embargo, poco a poco, la mayoría de ellos es víctima de una regresión que termina arrastrándolos hacia el embrutecimiento, la crueldad e, incluso, el crimen. El oportuno rescate final los salva de una muerte cierta a la que parecían condenados en la peor forma de decadencia: aquélla que impide, incluso, la posibilidad de sobrevivir.

La novela de Golding, exacto opuesto al mito robinsoniano, expresa dos desconfianzas: una, ante el tiempo; la otra, hacia los otros. El tiempo es dibujado como un feroz y arriesgado ahora que borra cualquier forma de memoria y niega toda posibilidad de futuro. El otro es un amenazante adversario, un interminable peligro. La vulnerabilidad colectiva es consecuencia de la degradación del grupo. El grupo es frágil porque el yo y los otros no coexisten; subsisten sólo en medio de la decadencia. La imprevisibilidad del tiempo es la consecuencia de la fragilidad del nosotros. No existe el porvenir porque no existe el "nosotros". No hay futuro porque se ha borrado lo "nuestro". Robinson Crusoe dibujaba imágenes que expresaban, sobre todo, confianza ante el tiempo: seguridad en el presente, fe en el futuro. El señor de las moscas expresa todo lo contrario: incertidumbre en el presente, ausencia de futuro. Si el destino de Robinson era el crecimiento, el de los niños de la novela de Golding es la autodestrucción. El largo paréntesis que separa los comienzos del siglo XVIII del final del siglo XX, es un largo itinerario que señala definitivos cambios: lo que fueron las grandes certezas de Occidente terminaron convirtiéndose en temor ante la acumulación de demasiados errores y ante la dilapidación de un progresismo que arrasó al mundo y despojó a la Humanidad de tiempo. Y es que, en beneficio de su propio porvenir, Occidente terminó por devorar el porvenir de todos.

Los grandes sueños, las viejas utopías de la Humanidad fueron siempre construidos sobre geografías ignotas. El hombre antiguo trazó sus mapas a partir del imaginario de sus ilusiones. El hombre moderno exploró y conquistó impelido, sobre todo, por la ilusión de atesorar espacios nuevos, de descubrir la abundancia en el ámbito de lo desconocido, de hallar riquezas en alguna remota lejanía. Sin embargo, como una paradójica maldición, cada nueva superficie descubierta, cada nuevo sitio conquistado, terminaba por convertirse en despojo, tierra agotada para las quimeras y los posibles. Contradictorio Rey Midas, el moderno conquistador de espacios redujo a cenizas todo cuanto tocaba. Su última y reciente ilusión ha sido la conquista de las estrellas. Cercana ya la convicción del apocalipsis, Occidente espera descubrir en lejanas galaxias lugares nuevos en los que hacer realidad sus viejos sueños. Agotado el entorno, el último propósito del conquistador de espacios es huir de la desolación y tratar de alcanzar lo estelar. Hallar en otros sistemas planetarios nuevos espacios a conquistar, a dominar, a transformar.

Por casi tres siglos, la voz de Occidente proclamó la justicia del enfrentamiento entre los fuertes y los débiles. Por casi tres siglos, su retórica conquistadora proclamó lógico y justo que el mundo se repartiese de acuerdo al derecho que otorgaba la fuerza de unos pocos -poderosos- que ganaban siempre, en desmedro de otros -débiles- que lucían condenados a perder. Ganadores y perdedores, conquistadores y conquistados, despojadores y despojados, atrasados y modernos... La modernidad occidental proclamó el derecho de conquista de unas pocas naciones sobre todas las otras en nombre del tiempo progresista de la historia. La voz de los vencedores pobló al mundo de referencias y códigos, de estereotipos y fantasmas.

Phantasmata, decía Aristóteles, eran apariencias inspiradas en la realidad: parciales versiones de ésta. Los fantasmas con que la modernidad occidental pobló el mundo se llamaron progreso, linealidad de la historia, evolución. La versión occidental del tiempo de la humanidad proclamó la tajante división entre un presente ascendente y un pasado superado. De un lado, el tiempo de los elegidos; del otro, el de los réprobos; de un lado, la modernidad; del otro, el atraso; de un lado, los civilizados; del otro, los salvajes. De esa versión temporal derivó otro fantasma: el de la cuantificación con que los poderosos debían asentar su fuerza. Tener más fue lo mismo que poder más; sinónimo, también, de valer más: superstición de sumadores. Desde el lejano tiempo del Descubrimiento de América, Europa supo que el planeta era una esfera inmensa; inmensa pero recorrible: con un principio y un final. Una esfera que se podía abarcar, que se podía poseer. Desde entonces, el hombre renacentista, inmediato antecesor del hombre moderno, comenzó a familiarizarse con el imaginario de un mundo mensurable. Luego, el moderno Occidente atravesaría la Tierra con sus conquistas y sus expediciones. Sus naves y sus ejércitos recorrerían un planeta que, poco a poco, iba descubriendo sus misterios, mostrando su vastedad.

La historia del Occidente moderno fue haciéndose siempre a costa de un otro: a sus expensas, en su sacrificio. Durante los siglos XVIII y XIX, Occidente conoció a los "otros", seres extraños que lo desconcertaron. El desconcierto produjo dos reacciones: la del etnocentrismo y la del exotismo, distintas pero, en el fondo, semejantes. Etnocentrismo fue confundir la propia verdad con la verdad universal; las verdades y los valores propios debían, naturalmente, convertirse en valores y verdades de todos. Exotismo fue el interés por la rareza del otro; había que proteger y promover esa rareza: preservarla en museos o exhibirla en ferias. A la postre, etnocentrismo y exotismo coincidieron: la diferencia del otro era su inferioridad.

La incomprensión o el desdén de la otredad llevó a Occidente a creer que el mundo habría de pertenecerle gracias a una lógica escrita en la naturaleza de las cosas. La Ilustración creyó en un futuro gobernado por leyes iguales, donde lo bueno y lo malo estaría decidido por el sentido común y por fundamentales verdades que todos los seres humanos podrían compartir. Condorcet, el último de los Ilustrados, imaginó un planeta donde las diversidades desaparecerían: todas las naciones hablarían un mismo idioma y serían gobernadas por un inmenso Estado único. A la Razón universal y sólo a ella -dice Condorcet- incumben principios de justicia válidos en todas partes. Principios de un derecho racional que terminará por hacerse universal. Prejuicios, dice Condorcet, hay muchos, pero la verdad racional es una sola. Y sobre esa verdad aspiraba el último Ilustrado a que se formase un solo todo, un unitarismo práctico que sería el más eficaz mecanismo de sujección del hombre sobre su entorno y su destino.

El ideal de unión no tardó en hacerse ideal de dominio. Los "elegidos" asumieron que tenían todo los derechos sobre los "no elegidos". La Razón, sin embargo, hablaba con voz magnánima: de lo que se trataba era de salvar a los "incivilizados" de ellos mismos: de sus errores, de su barbarie, de su atraso. Rudyard Kipling, ya en nuestro siglo XX, ensalzó "la pesada carga del hombre blanco". La inmensa responsabilidad del hombre occidental era la de "convertir" a la Humanidad a la verdad de la diosa Razón y a la religión del dios progreso. El imperialismo fue la principal secuela del propio orgullo y de la autocomplacencia de los europeos. La expoliación imperialista se convirtió en la más "digna" responsabilidad de las naciones dominantes.

Hasta nuestro siglo XX llegaron los entusiasmos imperialistas. La terrible barbarie de dos guerras mundiales hizo que las naciones europeas industrializadas comenzasen a perder la fe en sí mismas y en los privilegios de su destino. Tras el desangramiento de Europa y de gran parte del mundo, comienza un proceso de descolonización por el cual los viejos elegidos comienzan a deshacerse de sus viejas presas. Es el fin del colonialismo. Los imperialismos se debilitan y, poco a poco, comienzan a desaparecer. Al radical unitarismo de los siglos XVIII y XIX sucede en la conciencia occidental del siglo XX el redescubrimiento de la otredad. Occidente comienza a percibir a su alrededor un mundo diferente y heterogéneo que escapa a su ideal de posesión. Anabasis de Saint-John Perse (1924), alguna vez descrito como el último gran poema épico de Occidente, es la contemplación admirativa de un planeta percibido como un mágico y abigarrado mosaico de diferencias. Anabasis revela un maravillado éxtasis ante la vastedad de lo inabarcable y lo plural, de lo polifacético y libre de tantos signos humanos. El poema refleja la actitud de un Occidente que ya no se propone conquistar ni construir y se limita sólo a asombrarse. Casi al final de su largo texto dice Saint-John Perse: "Terre arable du songe! Qui parle de bâtir?". Una lectura posible de esta conclusión es la de que ya no tiene sentido convertir o deformar a los otros; que es absurdo proponerse dominar una otredad ni débil ni inferior; y que sólo el acercamiento y la comunicación son concebibles en un mundo abrumadoramente poblado de diferencias: válidas, significativas, necesarias.

Anabasis describe un éxtasis y una renuncia: éxtasis ante lo inaudito que rodea al poeta, renuncia a cualquier propósito de sujeción de la otredad. El espíritu de Anabasis alcanzará su máxima expresión varias décadas más tarde en Tristes Tropiques (1955) de Claude Lévi-Strauss, doloroso testimonio del hombre occidental ante un planeta que no logró conservar misterios por descubrir ni maravillas de las que asombrarse. De Tristes Tropiques se ha dicho que él es el libro que termina con todos los libros de viajes. "Deseé -comenta Levi-Strauss en una de sus páginas- haber vivido en los tiempos de los verdaderos viajes, cuando todavía era posible ver el espectáculo en todo su esplendor, antes de que lo arruinaran, lo corrompieran y lo estropearan". Levi-Strauss, en la segunda mitad del siglo XX, escribe en un mundo del que ha desaparecido el genuino sentido de la aventura y del descubrimiento. Escribe, también, desde la agonía de una modernidad que ha visto desvanecerse demasiadas expresiones de lo humano.

La voz de los conquistadores de espacios fue apagándose en el augurio lúgubre de la monotonía y la devastación. Sus absurdos errores decretaron el fin de la mitología progresista y señalaron la muerte de la historia teleológica. Las cinco primeras décadas del siglo XX bastaron para desvanecer tres siglos de ilusiones. Occidente -y con él el planeta todo- comenzó a percibirse viviendo al borde de un abismo. A fines de la década de los sesenta, decenas de miles de estudiantes, principalmente de los países más ricos de Occidente [1], comenzaron a vociferar ante los incrédulos oídos de sus mayores la convicción de un cercano final. Las consignas de los jóvenes protagonistas de los episodios de Mayo del 68 de París y de las revueltas estudiantiles de universidades norteamericanas, alemanas e italianas, mostraron la otra cara de las viejas y arrogantes certidumbres. Un término que ilustradoramente designó ese momento fue el de "naufragio del 68". Naufragio: hundimiento, desvanecimiento, desastre, catástrofe, cataclismo... Por vez primera durante los siglos en que había imperado la filosofía del progreso y la mitología modernista, comenzaban a cuestionarse los viejos paraísos y los viejos dioses.

Al final del camino que pareció conducirlo hacia ninguna parte, Occidente descubrió el escepticismo: ese sentimiento que experimentan aquéllos que han aprendido a dudar y, sobre todo, a dudar de sí mismos. La rebelión de los jóvenes de los años sesenta brilló fugazmente como fuego de artificio con la luz relampagueante de los colores efímeros. Sin embargo, por esa rebelión comenzó a escucharse en el mundo la voz de una nueva racionalidad que condenaba las grandes supersticiones sobre las que por mucho tiempo se había arrastrado Occidente. Por esa rebelión empezaba a proclamarse una nueva ética que, contra el egoísmo imponía la solidaridad; contra el consumismo, la austeridad; contra la indiferencia hacia la naturaleza, el amor por ella; contra una inteligencia basada sólo en la racionalidad y la lógica, una sabiduría apoyada en la imaginación y la sensibilidad; contra un saber científico amoral, una ciencia comprometida con lo humano; contra una visión pragmática y cuantificadora de la historia, una recuperación de la utopía como posibilidad vitalizadora del tiempo.

Hoy, Occidente tal vez recuerde con nostalgia los ideales que alentaron sus conquistas. Quizá añore sus viejas verdades. Esas verdades, sin embargo, nos condujeron a todos hacia este presagio de apocalipsis que hoy domina el mundo. Las nuevas verdades que los seres humanos deberemos buscar y compartir tendrán que escribirse de otra forma. Deberán apoyarse en la comunicación y en la solidaridad de todos quienes habitamos en el espacio y el tiempo limitado y común de los sobrevivientes.

 

La voz de los vencidos

América comenzó siendo el imaginario de todo cuanto Europa no era o de todo cuanto Europa aspiraba a ser. De la desolación de Occidente, dicen las imágenes que dibujaron el comienzo de nuestro continente, nació América. En las soledades americanas, hombres e ilusiones, mitos y ambiciones, sueños e ideas, fueron transformándose en la fuerza esencial de lo increado; todo cambiaba en la confusión de tantos espacios vastos y vacíos. Ninguna otra región ha sido bautizada Nuevo Mundo desde el instante de su aparición a la mirada y la memoria de los hombres. Frente al tiempo europeo, el americano fue el tiempo de lo nuevo. Frente a los mitos europeos, América, nuestra América Latina, erigió como su gran mito esencial la novedad. Novedad de lo que surgía de la nada. Novedad de geografías maravillosas pobladas de imposibles que dieron nombre a los más fabulosos absurdos y a las más deslumbrantes quimeras. Novedad de la pasión religiosa: conquista de lo desconocido en nombre de Dios; monjes solitarios enfrentándose con su devoción y su fe a la fuerza de las armas y a la crueldad de los hombres, haciendo de la cruz rostro otro de la espada. Novedad de un sentimiento de patria consolidándose durante siglos de lucha contra el corsario aborrecido: nacimiento de la nacionalidad que se anunciaba en el odio compartido hacia el hereje y en la firme defensa de un ya irrenunciable paisaje. Novedad en la reinvención del continente que intentaron nuestros libertadores en un delirante afán por reiniciar la historia y recomenzar el tiempo.

La novedad ha definido cierto espíritu herético que, constante, impregna nuestra historia. La herejía de América fue y ha sido siempre lucha contra lo desconocido, fuerza impulsora, construcción de voluntades enfrentadas a una naturaleza abrumadora, ilusión opuesta a la adversidad, esperanza chocando con la dureza del entorno. La herejía de América es y ha sido siempre la utopía de América. La utopía es lo herético por excelencia: utopizar revela inconformismo hacia el presente, imaginación para concebirlo distinto y para querer superarlo. Anhelamos la utopía si no nos satisface el presente. Soñamos si no somos felices. Deseamos lo que no tenemos. Queremos triunfar si sentimos que hemos fracasado. Por la utopía, los latinoamericanos nos movemos y nos hemos movido con naturalidad en el terreno de la ilusión. Por la herejía nos hemos acostumbrado a la invocación del futuro: ¡lo hemos soñado tantas veces!, ¡tan a menudo lo hemos previsto por entre los pliegues de nuestro rugoso presente!

La herejía suele concluir enfrentada a una ortodoxia que la detiene o la deforma. Herejías fueron la ambición y la codicia, los sueños e ilusiones que acompañaron la conquista y la población del Nuevo Mundo. Ortodoxia fue la inflexibilidad del imperio español negándose a vivir al ritmo de la historia. Heréticos fueron los sueños de nuestros libertadores: imagineros y hacedores de tiempos escritos en el mañana. Ortodoxa fue la corriente conservadora que se negó a aceptar la idea de emancipación y trató de impedirla, incluso, a costa de la más espantosa aniquilación. Herético fue el pensamiento liberal que surgía como una forma de enfrentar la adversidad del exiguo presente. Ortodoxia fueron las larguísimas dictaduras personalistas, la interminable lista de caudillos que conocieron casi todas nuestras naciones hispanoamericanas: aventuras de jefes sucesores de jefes y derrocados por jefes. Heterodoxia fue, en nuestro siglo, la proliferación de partidos políticos nacionalistas que defendieron la lucha de los tradicionalmente desposeídos y marginados. Heterodoxos fueron, también, los políticos idealistas que se sacrificaron a una causa y lucharon por principios necesarios y metas justas. Ortodoxia es, hoy, la realidad de esas mismas agrupaciones políticas que se limitan a sobrevivir, poderosas e inconmovibles, acostumbradas al poder y a su cercano aliado: la fuerza económica. Heterodoxia fue, hace casi cuatro décadas, la Revolución Cubana y sus esfuerzos por recuperar para las masas derechos siempre postergados y por erigir un ideal de dignificación de nuestra América frente a la prepotencia yanqui. Ortodoxia es, hoy, la misma Revolución Cubana anquilosada por una burocracia que asfixió su vivacidad. En suma: la heterodoxia de hoy suele ser la ortodoxia de mañana. Esta, por su parte, es el seguro llegadero de muchos sueños inmovilizados; el destino de demasiados fracasos; la muerte de ideales en su no auténtica realización, en su paulatino desvanecimiento en rutina, mascarada o reglamento.

La voluntad de los conquistadores inició la aventura de poblar un continente: de llenarlo de ciudades, de cubrirlo de ilusiones, sueños y vehemencia. La voluntad de nuestros libertadores se revistió de las formas del Ave Fénix: renacer por sobre las cenizas de los siglos, construir por encima del polvo del tiempo convertido en sangre y carne de un mundo diferente, nuevo. Nuestro más grave error histórico a partir de la Independencia fue, precisamente, que por querer renacer, comenzamos por querer olvidar; y en ese esfuerzo: partir de cero, comenzó a escribirse la grandeza y la tragedia del destino de nuestra América. La independencia hispanoamericana fue un riesgoso comienzo: los ideales de la acción emancipadora se disiparon en una ciega violencia que todo lo arrasó. Quedó, luego, un inmenso vacío sobre el que nos hemos movido desde entonces. Para escapar a él tratamos de rescatarnos en la fe en el ideal. Sin la fuerza del ideal -intuimos- el sueño del futuro y la ilusión de lo utópico se truecan en esperanza sin norte, en desorientada ilusión, en vacua palabrería. El idealismo es expectativa y convicción de futuro; es instrumento con el cual encarar la historia con voluntad de triunfo; es propósito con el que acechar en un mañana que necesitamos saber diferente, mejor. Idealismo y expectativa han sido siempre entre los latinoamericanos voz de rescate y supervivencia dentro del tiempo.

Desde muy temprano el hombre latinoamericano escogió -no le quedó otro remedio- la desconfianza ante ineficaces sistemas que lo gobernaban. En toda sociedad existen formas de vacío entre un deber ser establecido en el imaginario colectivo y el ser real de esa colectividad dentro del tiempo. En nuestras sociedades más que de vacío podría hablarse de insuperable abismo, de infranqueable grieta. Entre nosotros, realidad e ideal quedaron irremediablemente separados desde el comienzo del tiempo. Nos acostumbramos a desconfiar de nuestros sistemas: los usamos para subsistir, para perdurar, para continuar, para mantenernos, para medrar, para ocultarnos. Sobrevivimos en ellos sin creer en ellos. Nuestra experiencia nos condujo a la rutinización de la desconfianza. Nos acostumbramos al recelo y a la suspicacia.

En sistemas que no funcionan, cubiertos por aparatos legales en los que nadie cree o nadie confía, rodeados por estructuras sociales, políticas y económicas jamás eficaces y jamás protectoras, el hombre latinoamericano se ha dejado seducir por el signo prometeico de ciertas individualidades convertidas en símbolos de su época, conjuro colectivo ante la desconfianza y el desaliento. Quizá de allí deriven frecuentes sentimientos de admiración sin reservas hacia personajes de nuestra historia a los que percibimos actuar movidos por un auténtico idealismo. Hemos dignificado la imagen del individuo que se enfrenta a su realidad y trata de cambiarla. Nos seduce la imaginería de voluntades que luchan por lo que creen y se sacrifican en su lucha. Es la otra cara de la desconfianza: la admiración hacia hombres-fuerzas, carismáticos fundadores, hacedores de sueños. Frente a Occidente que ya no quiere héroes y se conforma con producir sosegados rostros siempre iguales entre sí, siempre tranquilizadores, Latinoamérica aún pareciera creer en Prometeo. Siente que todavía lo necesita.

"Los niños y los locos dicen verdades", dijo Simón Rodríguez. Locura de la imaginación y locura del pensamiento libre no aherrojado por el peso de tradiciones convertidas en lápida. Locura y delirio de Bolívar, por ejemplo, cuyos ideales parecieron dirigirse siempre hacia el movedizo terreno del futuro. El idealismo con que el Libertador quiso -o necesitó- avizorar el porvenir, se expresa en la entusiasta mirada que concluye su Discurso ante el Congreso de Angostura: "Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos, que la naturaleza había separado, y que nuestra Patria reúne con prolongados y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana: ya la veo enviando a todos los recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro: ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo: ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuan superior es la suma de las luces, a la suma de las riquezas, que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada en el Trono de la Libertad, empuñando el cetro de la Justicia, coronada por la Gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno".

Frente a la figura de Bolívar conviven en el medio venezolano dos percepciones. Una, idólatra: la del culto histérico, provinciano y ramplón; la de la retórica de los más excesivos extremos; la de la veneración aldeana que termina convertida en caricaturización de lo heroico. Otra, válida: la que parte de un cada vez más actual reconocimiento hacia la auténtica dimensión prometeica de Bolívar, hacedor de tiempos, conquistador de futuros, soñador de utopías. Saturado por los gritos de la aldea, hastiado de las plegarias de los numerosos idólatras de la dorada estatua, ignoré y desdeñé al personaje prometeico. Rechacé su imaginario a causa de los desquiciados imaginarios que giraban en torno a su memoria. En mi libro El silencio, el ruido, la memoria (Caracas, 1991) dediqué todo un capítulo, "Bolívar y la Mujer de Lot", a cuestionar un culto bolivariano que, de muchas maneras, había terminado por distanciarme de la figura del héroe. Sin embargo, a medida que avanzaba en este nuevo trabajo, iba comprendiendo la necesidad de no perder de vista la importancia esencial del símbolo prometeico de Bolívar. Es muy difícil -y sobre todo es muy difícil en Venezuela- mantener una desapasionada lucidez ante el imaginario bolivariano. Es demasiado fácil caer en la retórica pedestre, en la devoción ramplona, en la cursi beatería. Por desgracia es también demasiado fácil fatigarnos de la letanía de los numerosos devotos y terminar por inclinarnos hacia el otro extremo: el desdén o la indiferencia. En Venezuela abundan los iluminados que piensan que imitan a Bolívar. Nos rodean, también, excesivos devotos que le rezan a Bolívar. Dos variantes de una similar estupidez, de una misma patética simplicidad. Sin embargo, hoy más que nunca, es un reto para los venezolanos, para los latinoamericanos, no olvidar la validez del símbolo cultural que encarna Bolívar y convertirlo en metaforización posible ante el desafío de las épocas que se avecinan.

En Bolívar se manifiesta todo el genésico vigor de la herejía. Sus ideales son expresión de un propósito desesperado por hacer lo nuevo, por inventar lo nuevo. La herejía bolivariana es fuerza prometeica que desafía a los dioses, sueña espacios y conquista tiempos. Prometeo, ladrón del fuego sagrado, es dueño del destino del hombre pero, a la vez, es víctima de ese mismo destino. Prometeo es el símbolo máximo del sacrificio de individualidades heréticas que insurgen contra fuerzas que terminarán por consumirlas en el mismo fuego que ellas trataron de poseer. El fuego creador es el símbolo de las voluntades mesiánicas que luchan contra su tiempo. Prometeo es el símbolo máximo del sacrificio aceptado en nombre de una subversión. Su lucha es contra las leyes que regulan la relación entre los hombres y los dioses, arduo enfrentamiento que trata de romper el orden natural de las jerarquías.

Trastocar el mundo y rehacerlo... Si algún símbolo reproduce la tragedia de Bolívar es el de Prometeo: héroe y, a la vez, víctima; soñador titánico despojado de su fuerza por dioses que aplastan sus sueños y sus ambiciones. El ideal de Prometeo es su fuerza y su debilidad, su gloria y su desdicha; el sacrificio de su vida a una obra, a un gesto, es su único posible destino. Bolívar prometeico: héroe y víctima, victorioso derrotado y soñador titánico despojado de su fuerza por la desmesura de sus sueños.

La contrapartida de la subversión creadora de Prometeo es la incomprensión a sus actos, la indiferencia a sus palabras, el vacío en torno a su persona. Debilidad del héroe adánico convertido en rostro ajeno, voz desoída, proyecto incomprendido, referencia ignorada. Trágico final del héroe condenado a una soledad que es, primero, aislamiento y, después, muerte. En los mundos y en los tiempos genésicos, la soledad, la nada y el silencio son los riesgos más implacables y terribles. El gran drama de Adán es su desamparada soledad en medio de espacios en los que su voz es sólo repetida por el eco del silencio. El gran peligro que acecha a Prometeo es la incomprensión; riesgo y, a la vez, reto: trabajar en soledad, ser en soledad, en soledad creer en sí mismo, en soledad crecer o desplomarse. El gran desafío de Prometeo es el de existir en medio de la indiferencia de los otros. Existir, libre y creador, sobrevolando por sobre el amplio foso de la ignorancia o de la incomprensión.

Etica prometeica: ética creadora, ética de fundadores que apuesta, que arriesga, que inventa. Etica que encarna cierta tendencia natural de la especie humana a la rebelión, a la transgresión, a la búsqueda y a la necesidad de lo nuevo. Herejía es osadía. Utopía es imaginación. Subversión es sueño y es esperanza. A partir de las tres, América Latina escribió algunos de los más trascendentes momentos de su historia. A partir de las tres, nuestro continente podría tal vez establecer un necesario diálogo con Occidente, con el resto del mundo, con el tiempo por venir.

 

El círculo y la espiral

En su trabajo Nuestro imaginario cultural [2], Waldo Ross define lo espiral como el símbolo más certeramente representativo de la vitalidad del tiempo latinoamericano. Como una espiral imaginó José Vasconcelos nuestro destino continental. Espiral como imaginario de lo siempre móvil y de lo siempre creciente. La imagen del tiempo como una espiral que avanza en busca de su futuro es sugerente, simbólicamente ilustrativa. La física contemporánea dibuja y describe la forma del universo como una espiral. Una espiral que, tras el inmenso estallido del origen del tiempo cósmico -el Big Bang- comenzó a crecer y seguirá haciéndolo hasta alcanzar un punto definitivo de desvanecimiento -el Gran Crujido. Para el físico Stephen Hawking, el universo se expande permanentemente en un continuo movimiento espiral. Algún día -dice Hawking- esa espiral tocará un límite final y será entonces cuando habrá llegado el colapso cósmico, el fin de todo.

Lo espiral, como imagen, se opone a lo circular. El círculo alude a lo cerrado, a lo repetido. Ante el movimiento interminable de la línea espiral, el círculo simboliza el agotamiento y la esterilidad de lo que se repite a sí mismo. Si lo espiral es tiempo por crear, lo circular es tiempo consumado. Si lo espiral es avance, lo circular es rotación. Si lo espiral es dinamismo, lo circular es estancamiento. Espirales proyectadas hacia el futuro o círculos repetidos en el presente. Espirales lanzadas hacia rumbos nuevos o círculos convertidos en imágenes de lo caduco. Espirales penetrando en el mañana o círculos inagotablemente rotando en el ahora. La imagen de lo temporal como una espiral o como un círculo, remite a la metaforización de días convertidos en anhelo de futuro o en hartazgo de presente, en apuesta al porvenir o en agotamiento del ahora. Lo espiral como imaginario del tiempo significa intuir, válida y posible, la acción individual del ser humano alzándose contra su circunstancia y su pasado: creativamente haciendo, imaginativamente creando.

Lo espiral sugiere avance, cambio, transformación; pero, también, sorpresa, precariedad, regreso posible, avance en lo inesperado, contradicción, estancamiento seguido de impulsos, renovación, incertidumbre, esfuerzo continuado, riesgo. El tiempo de la modernidad occidental fue el tiempo de la línea recta -no espiral: línea recta, paulatina y obsesivamente ascendente. Por la línea recta, Occidente, dibujó la visión afirmativa de un tiempo al que concibió como expansión y como imperial dibujo de sus intereses y ambiciones. Hoy, la visión temporal de Occidente alude, más bien, a la invariabilidad de lo circular. El progreso indetenible fue agotándose en eso que Nietzsche llamó el "eterno retorno": esterilidad de lo interminablemente repetido, invariabilidad de todos los regresos, agotamiento de lo que gira sobre sí mismo y perpetuamente se devora. Por siglos, Occidente se consideró como el único presente posible, como el único tiempo real de la humanidad. Medio Oriente, Asia y Africa eran el pasado, América Latina un irreal futuro. El futuro sin presente fue el tiempo del comienzo americano. El presente sin porvenir, detenido en el límite de sus propias sombras, es el tiempo del ahora occidental.

Héctor Murena ha dicho que es locura "que alguien vivo imagine que la energía y la libertad de la vida son totalmente previsibles". Locura colectiva, pues, de un Occidente que pensó que el futuro podía predecirse según irrefutables normas. Occidente apostó a la locura y perdió en la acumulación de sus propios y numerosos errores. Dibujó sus itinerarios bajo la forma de una interminable línea recta y cayó en la circularidad de un balbuceante ahora. Frente a Occidente, los latinoamericanos jamás incurrimos en el absurdo de imaginar que la historia -la nuestra ni la de nadie- pudiese ser predecible. Es nuestra vieja costumbre sobrevivir en lo desconocido. Es nuestra tradición crecer dentro de lo inimaginable. Es nuestro hábito superarnos en el desaliento. El mestizaje americano inició una nueva metaforización del tiempo de la humanidad: la del diálogo, la de la asimilación de las disparidades, la de la fusión de los opuestos.

Mientras Europa conquistaba y marginaba, mientras Europa soñaba con igualar y unificar el mundo en su propio beneficio, nuestra América fusionaba, traducía, mezclaba. Babel a la inversa: la unidad a partir de la pluralidad, la unión sobre lo originalmente diferente. América comenzó siendo mónada esencial que absorbía todas las diferencias, mónada donde todo convivía con todo y donde todo se hacía indisoluble. En nuestro continente tempranamente desaparecieron los aislamientos. El comienzo americano fue haciéndose espiral de un tiempo donde las culturas aprendieron a convivir y a traducir. Lo mestizo americano fue el lejano punto de partida del actual encuentro de razas, culturas y memorias que caracteriza a nuestro presente planetario y que, necesariamente, deberá caracterizar cada vez más a nuestro porvenir.

La raza cósmica latinoamericana descrita por José Vasconcelos, prefiguraba, en su heterogeneidad esencial, el rostro de la humanidad futura. Prefiguraba, también, a un hombre nuevo: ser-potencia, individuo expectante de un porvenir convertido en desafío y en promesa. (De paso: cuando Vasconcelos habló, por vez primera (1925) de una raza cósmica, quinta raza o raza final preanunciadora de un nuevo destino humano más solidario y más cercano, sus palabras contradijeron anticipadamente otras voces que, años después, augurarían con brutalidad el advenimiento de razas puras destinadas a dominar el planeta y a sojuzgar o exterminar a todas las otras razas en nombre de un destino manifiesto. Enfrentamiento simbólico entre un anhelo humanitario y una desencadenada barbarie, entre un ideal de historia y una historia real: terrible, aniquiladora. Del lado latinoamericano, la visión de la concordia y la solidaridad necesarias; del lado occidental -más precisamente europeo, más singularmente alemán- la aberración nazi y sus vociferaciones sobre una raza predestinada gobernando el mundo sobre infinitas hileras de cadáveres e infinitas pilas de escombros. La voz de los viejos marginados de la modernidad contrastaba, pues, con los alaridos de los nuevos bárbaros de la modernidad).

El itinerario de la raza cósmica de Vasconcelos se dibujó sobre un ideal de mestizaje que era, también, un ideal de universalidad. Mestizaje y universalidad serían los rasgos que mejor podrían definir el arielismo: el signo más trascendente y significativo, el mejor y más brillante de todos los signos dibujados sobre nuestra imago, sobre nuestra máscara cultural latinoamericana. Arielismo es deseo de cercanía a todos los pueblos de la tierra, comprensión y familiaridad hacia todas las tradiciones y memorias. La voz latinoamericana nunca fue la del soliloquio soberbio de los conquistadores: nació del arduo ejercicio de la supervivencia, fue creciendo en la marginalidad y en la rutina de muchos fracasos. Fue compañera del más largo espejismo de nuestra historia: el espejismo del subdesarrollo.

El subdesarrollo, además de realidad histórica -contundente y dolorosa realidad histórica- es también conciencia, prejuicio, miedo colectivo. El subdesarrollo en nuestra América ha sido por mucho tiempo mitología que explica triunfos y derrotas en términos de azar y de suerte. Buena o mala suerte, dicen los espejismos del subdesarrollo, dibujan el itinerario de los pueblos. Logros o fracasos, errores y aciertos dependen, siempre, de un otro: de su bondad o maldad, de su fuerza o astucia, de su codicia o su interés. Los espejismos del subdesarrollo dicen que existe siempre un otro mejor al que es necesario emular, dar alcance en la carrera histórica y, en su altura, junto a él, mirar con desdén hacia atrás: hacia la lejanía de nuestras superadas miserias. Los espejismos del subdesarrollo se entremezclan con la envidia y con sentimientos de inferioridad convertidos, casi, en dolorosa expiación. Ante los espejismos del subdesarrollo, la voz latinoamericana proclamó siempre, como sola posible respuesta, la imitación.

Únicamente los tontos y los incapaces imitan: ineptos para pensar por ellos mismos, repiten lo que ven hacer a los otros: ésos que inventan, que crean, que construyen. La imitación es la mímica de las inteligencias poco desarrolladas. "O inventamos o erramos", dijo Simón Rodríguez, una de nuestras voces venezolanas más fuertes y sólidas del siglo XIX; también una de las más desoídas y, sin embargo, una de las más actuales. Inventar a partir de nosotros mismos: de lo que somos y de lo que fuimos. Inventar a partir de lo que hacemos y de lo que nos sentimos capaces de hacer. Por sobre todo, Simón Rodríguez pidió a los latinoamericanos ideas, creatividad e inteligencia para construir el tiempo en nombre de un mañana mejor. El arielismo, de muchas formas, retomó ese ideal de Simón Rodríguez y hurgó en la historia latinoamericana descubriendo en ella originalidad, continuidad e inmanencia. Descubrió en la relación del hombre latinoamericano con su tiempo, el signo de la expectativa, la imagen de la esperanza, el emblema de la diferencia.

El diálogo arielista, que se inició a comienzos de este siglo, alcanza nuestros días de fin de milenio cuando voces latinoamericanas, aún con convicción de futuro, dialogan con voces occidentales empeñadas en negar el futuro. Occidente nunca supo dialogar con el otro: monologó consigo mismo. Soliloquio del conquistador, soberbia de aquél que se cree elegido. Ante el aturdidor monólogo occidental, los latinoamericanos no supimos oponer sino silencio. Silencio o balbuceo admirativo. Silencio o interminable asentimiento. Silencio o bobalicón gesto imitador. El discurso arielista extrajo a la América Latina de ese silencio y le dio argumentos para comunicarse con Occidente. Fue retórica de nuestra diferencia; afirmativo orgullo que nos decía que no queríamos ser como los otros ni tampoco ser absorbidos por ellos; mucho menos imitarlos: éramos sus interlocutores, no su reflejo; éramos un rostro y no una sombra; éramos una voz, no un eco lastimero. El arielismo nos permitió a los latinoamericanos descubrir nuestra voz y nuestro rostro cosmopolitas.

Somos "cosmopolitas culturales", ha dicho José Manuel Briceño Guerrero. Nada nos es extraño. Es nuestra prerrogativa entendernos con cualquier cultura. Todas nos son familiares. El arielismo nos recordó y nos recuerda a los latinoamericanos que nuestra vitalidad cultural nunca se apoyó sobre éticas de odio ni sobre el desdén hacia los otros, que nunca fuimos conquistadores ni devastadores; fuimos, eso sí, -y seguimos siéndolo- pueblos con ilusión de tiempo y esperanza de porvenir. El arielismo dijo que era absurdo medir la "validez" de las culturas únicamente en términos de tecnología o nivel material de vida. En este tiempo de vísperas de un nuevo milenio, la evocación del arielismo podría recordarnos a los latinoamericanos que nuestras ambiciones de tiempos por hacer, nuestras edades sin remordimientos, nuestros espacios todavía amplios y todavía libres, podrían dibujar los trazos de un imaginario a compartir con el resto del mundo y, especialmente, con Occidente.

Hoy, la voz de la incompleta modernidad latinoamericana dialoga con la agonizante modernidad occidental. Hoy, la vitalidad de la cultura latinoamericana -lo más auténtico y valioso de nuestra experiencia histórica- sugiere la acción de una espiral avanzando en el esfuerzo sobrehumano de algunas inteligencias literarias que se propusieron nombrar lo nuevo, escribir lo diferente, instituir memorias, verbalizar ausencias, rescatar ilusiones. Desmesura que recuerda el signo prometeico de nuestras más trascendentes acciones históricas. Signo prometeico, por ejemplo, de César Vallejo que reinventa una lengua y una sintaxis para decir el mundo y al hombre dentro del mundo. La palabra de Vallejo, lacerante y seca, es ceniza del tiempo depositada en su cabeza de peregrino que sufre por la falta de solidaridad entre los hombres. Desmesura prometeica, también, de Pablo Neruda, hacedor de una palabra cósmica que dice lo genésico y lo elemental. La palabra de Neruda está hecha de fuerza y sangre, de savia de todos los árboles y de mar embravecido; su palabra es pasión y amor y hambre de vida con voracidad de cada instante; su palabra es entrega inagotable a todos los sueños y a todos los ideales de todos los hombres. Signo prometeico, desde luego, de Jorge Luis Borges, escritor de una palabra que se impregna de todas las curiosidades y todos los asombros. La palabra de Borges nombra el universo, nombra la cultura universal para decir algunas de las verdades que los hombres, a lo largo de todas las épocas, han pronunciado y han entendido. Palabra prometeica de Octavio Paz que recorre, en alas de libertad y a través de todas las síntesis, los más diversos aprendizajes ante la vida. Desde la poesía, siempre desde la poesía, la palabra de Paz interroga todas las opciones éticas, todas las formas posibles de la moral humana. Signo prometeico, por último, de una novela latinoamericana que habla desde lo real y lo maravilloso; que, desde la exuberancia de una realidad nombrada en el exceso y como exceso, describe lo inaprensible, lo abrumador, lo insólito, lo adánico, lo vigoroso. Novela que verbaliza al ser latinoamericano: a su acción, a su memoria y a todo cuanto impregne su tiempo y su experiencia irrepetibles. La novela latinoamericana dibuja la fascinante aventura del ser humano conquistando la historia y sobreviviendo en la historia. Describe el vigor de un tiempo original convertido en código totalizador. Muestra el esfuerzo y la voluntad de los autores por entender el tiempo, por interrogarlo interminablemente, sin temor a esa alucinante pluralidad de significados que producen todas las verdaderas, todas las ineludibles respuestas. García Márquez, por ejemplo, con su frondosa palabra metaforiza los inverosímiles extremos de un universo que es espacio de imposibles. Su palabra es expresión de sorpresa ante lo portentoso y de curiosidad ante lo imposible; es síntesis de siglos de tiempo vivo; es voz del delirio y de las pasiones extremas; es voz de lo irrepetible, de lo extraordinario, de lo nunca dicho.

El diálogo latinoamericano con Occidente se da, hoy, con especial buen pie a través de nuestra literatura. Por ella, a través de ella, Occidente y el mundo nos escuchan. Nuestros escritores son leídos. Son conocidos. Se los cita. Son inspiradores. Son evocaciones. Son referencias. Foucoult comienza su libro fundamental, Las palabras y las cosas, apoyándose en una cita de Jorge Luis Borges. Cioran se ha llamado a sí mismo discípulo de Borges. Siempre desde los complejos meandros de una postmodernidad vacilante, Jürgen Habermas dialoga con Octavio Paz. Jean Baudrillard se sirve de epígrafes de Macedonio Fernández para ilustrar el itinerario de alguna de sus obras. Gabriel García Márquez es ya un código universal... Nuestra voz literaria proclama la dignidad y validez de nuestra máscara cultural; proclama, desde luego, eso que dijo Borges en El tamaño de mi esperanza: una honda convicción de "de que nuestra raza puede añadirle al mundo una alegría y un descreimiento especiales".

En uno de sus poemas, César Vallejo escribió Oxidente por Occidente. Más que a una voluntaria herejía ortográfica, el término aludía a algo muy real y sensible para su mirada de latinoamericano y para su mirada de poeta: Occidente -de múltiples maneras: éticas, históricas, culturales- comenzaba a ser imagen de cuerpo oxidado, círculo de verdades agotadas, tiempo desesperanzadamente encerrado en sí mismo. Quizá, hoy, América Latina, nuestra América, la América cismática y soñadora, la América mestiza del tiempo prometeico, pueda alcanzar a transmitir a un Occidente inmerso en la fatiga de lo circular, un nuevo caudal de vitalidad, de impulso, de expectativa. El agotado tiempo de la modernidad precisa de nuevas formas de fe, de nuevas esperanzas: fe en el futuro, esperanza en la subversión y en la herejía. Quizá sean ésos los mejores argumentos del diálogo latinoamericano con Occidente: una apuesta a lo herético dentro del tiempo siempre creciente de las espirales interminables.

 

Notas:

[1] Para el momento en que escribía estas líneas, la voluntad del gobierno francés de hacer explotar una serie de seis bombas atómicas en los coloniales dominios de la Polinesia francesa parecía susceptible aún de algún tipo de rectificación final; sin embargo, con una terca arrogancia que fue más allá de toda forma de verosimilitud, desoyendo el clamor del mundo entero, el gobierno de Jacques Chirac, y según sus razones de una necesaria disuasión nuclear no exenta de un retorcido "patriotismo", hizo detonar todas las bombas prometidas. La vieja racionalidad de los fundadores de la modernidad se volvía contra ellos convertida en una trágica parodia de sí misma.

     Una excepción trágica: México y las manifestaciones estudiantiles que culminaron con la masacre de la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. Más de trescientos muertos e incontables heridos

[2] Barcelona, ed. Anthropos, 1992.

El presente texto corresponde al tercer capítulo de mi trabajo Arrogante último esplendor (Caracas, editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, 1998).

 

© Rafael Fauquié 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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