Una imagen de Cortázar revivida por Rafael Alberti

Marta Spagnuolo

Buenos Aires
martaspag@hotmail.com


 

   
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Hay narradores de cuyas historias, pasado mucho tiempo, el lector conserva con bastante detalle la memoria factual. Otros tienen la virtud de dejarnos imágenes siempre activas, recordemos o no con claridad la trama del relato. Según mi percepción, entre los segundos se encuentra Cortázar. Difícilmente alguien que leyó a Cortázar olvide imágenes como éstas: una mujer madura y grotesca tocando el piano en una sala que se va vaciando hasta quedar sólo un oyente; otra mujer, joven, cabalgando sobre dos tablones atados que hacen puente entre dos ventanas enfrentadas a la altura de un tercer piso; un hombre enredado en lucha desesperada con un pullóver de color azul; otro hombre sentado en un sillón de terciopelo verde leyendo un libro de espaldas a una puerta; un indio moteca huyendo de sus perseguidores por una selva húmeda y oscura...

Una vez, leyendo unos de los libros de la autobiografía de Rafael Alberti, La arboleda perdida, tropecé con la transposición literaria de un retrato del tenor Anselmi -de moda por 1919-, observado por el autor. El final de ese pasaje era el siguiente:

Nunca vi cabeza más cursi y relamida ni hoyuelo más redondo en mitad de la barba ni más empalagosa expresión de mujer cuarentona en cara de hombre. Me ha sido muy difícil evitar luego el que la voz de los tenores me lleve siempre a la visión de aquel retrato, acometiéndome la misma repugnancia que hacia esos bombones incomibles, blanduchos, rellenos de una crema blanca parecida a la que suelan las cucarachas pisoteadas.

Con certeza, esa imagen me ha de haber suscitado una natural repulsión al momento de leerla. Pero no la hubiera recordado por mucho tiempo sino por otra, similar, que era la que estaba fijada con fuerza en mi memoria:

Le ofrecía el bombón como suplicando, pero Mario comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una claridad que no venía de la luna [...] y sostuvo con dos dedos el bombón [...] Con la mano libre apretó apenas los flancos del bombón pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un pierrot repugnante en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el bombón. La luna cayó de plano en la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo desnudo de su revestimiento coriáceo, y alrededor, mezclados con la menta del mazapán, los trocitos de patas y alas, el polvillo del caparacho triturado.

El lector ya habrá reconocido a los protagonistas de “Circe”, de Cortázar: Delia Mañara, la muchacha que manipulaba filtros, embudos y esencias para fabricar sus licores, sus postres y sus bombones, aquella de la que se murmuraba que había matado a sus dos novios; y Mario, el tercero, en el momento en que descubre el secreto de la muerte de sus predecesores.

La descripción del retrato del tenor Anselmi hecha por Alberti aparece en el Libro II de La Arboleda Perdida, que abarca los recuerdos de poeta desde 1917 hasta 1931. Este segundo libro fue publicado por primera vez en 1959, en Buenos Aires, por Jacobo Muchnik, Compañía General Fabril Editora. (La edición incluía el Libro I -1902-1917- que había visto la luz en México DC, en 1942, Editorial Séneca). “Circe”, cuento que integra Bestiario, apareció en 1951 (Buenos Aires, Sudamericana).

Que la fecha de publicación de Bestiario anteceda en varios años a la del segundo libro de La arboleda perdida, no indica nada, por sí sola, con respecto a la similitud del texto de Alberti con el Cortázar. Tampoco que por entonces Alberti estuviera en la Argentina, donde se exilió desde principios de 1940 y vivió durante veinticuatro años. Ni, incluso, que ambos autores relacionen lo repugnante con un animalejo de tan mala fama, cuya sola vista provoca un asco casi universal.

Ya es más notable que los ingredientes y la forma de la receta abominable sean los mismos. Esto es, por un lado, que la “crema blanca” de Alberti y “la masa blanquecina” de Cortázar, provistas por las cucarachas despanzurradas, se unan al chocolate, que también la mayoría de los paladares aprecian tanto. Y, por otro, que las dos sirvan de relleno al chocolate presentado en la quintaesencia de su finura, hecho bombón, arte por el que compiten los mejores confiteros del mundo.

En contra de estas semejanzas, cabría hacer notar que hay una diferencia sensorial entre lo totalmente blanducho del bombón de Alberti y lo apenas crujiente que sugiere el de Cortázar, más que por la imagen visual, mediante la aliteración (“los trocitos de patas y alas y el polvillo del caparacho triturado”). Un confitero acaso diría que bombón de Alberti es del tipo de los cremosos o “ganaches” y el de Cortázar del tipo de los “crocantes”.

Y, finalmente, podría aducirse que ninguna de estas señales alcanzan para establecer coincidencias, pues, de hecho, suelen ocurrir las más sorprendentes en autores que jamás se han leído entre sí.

Sin embargo, hay una marca en el texto de Alberti que indica, sin ninguna duda, que en su escritura medió la lectura de “Circe”. O la tenía presente y de allí tomó el símil; o - lo más probable-, sin recordarla, guardó de esa lectura, como dormida, la imagen de lo ominoso y lo repelente representados por la sustancia interior del insecto acechando, blanca, bajo tan exquisita envoltura, que despertó junto con el rechazo que le provocó la vista del desgraciado retrato de Anselmi.

La prueba de que en Alberti la imagen no es espontánea, reside en la falsa coherencia del discurso. La cadena de asociaciones sería natural y correcta si primero, observando la cara del retratado, le hubiera acometido “la misma repugnancia que hacia esos bombones incomibles, blanduchos, rellenos de una crema blanca parecida a la que sueltan las cucarachas pisoteadas”, y después, cada vez que escuchara la voz de los tenores, volviera esa sensación vinculada a la producida por el retrato.

Ahora, siendo tan evidente la influencia de la imagen de “Circe” en este pasaje de Alberti, lo que me temo es que más de un lector que conozca ambos textos, al leer esto exclame: ¡Chocolate por la noticia!

 

Nota:

    Las citas corresponden a las siguientes ediciones:

       La arboleda Perdida. Barcelona: Club Brughera, 1980. Libro Primero (1902- 1917), pp. 5-88. Libro Segundo (1917-1931), pp. 89-303. Cita en pp.116-117.

       “Circe”. En El Perseguidor y otros cuentos. Buenos Aires: CEAL, 1967. pp. 98-99.

 

© Marta Spagnuolo 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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