Denuncia y resistencia ante la dominación masculina
en Economía Doméstica 1 de Sonia Montecino

Roberto Angel G. [1]

Pontificia Universidad Católica de Chile
rangel@uc.cl


 

   
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En el presente informe intentaré, utilizando el texto de Sonia Montecino Economía Doméstica, rescatar las estrategias literarias para hacer frente a una presunta dominación masculina sobre la mujer, que podría observarse en la lectura del libro.

En su trabajo ¿Puede Hablar el Sujeto Subalterno?, Gayatri Spivak comienza por criticar “el deseo interesado de conservar como está al sujeto de Occidente” (Spivak, 175), lo cual permite anticiparse a nuestro tema y señalar que el problema de la dominación masculina viene de antiguo y persiste no por otra cosa sino que por la relevancia e importancia que se le da a la cultura occidental, dejando de lado otras maneras distintas de afrontar cada situación. El mismo enfoque es posible apreciar en el ensayo de Marta Traba Hipótesis sobre una Escritura Diferente. Para ella “el problema de la identidad de la mujer…se relaciona directamente con el sistema de sobre-determinación de la representación que hemos heredado del pensamiento occidental.” (Traba, 36).

Y ocurre que este sistema occidental ya se nos habría colado por todas partes y estaría tan impregnado en cada sujeto, que incluso la dominación a la cual estarían sometidos los individuos con menos poder ya habría sido asimilada en determinadas circunstancias como parte de sí, permitiendo de esta forma que Foucault diga: “…no, las masas no fueron engañadas; en un momento dado, deseaban, en rigor, un régimen fascista”. (Qtd en Spivak, 179).

Pero Spivak nos invita ha tener cuidado con las palabras de Foucault, ya que para ella sería bastante más complicado el ponerse en el lugar del sujeto dominado, ya que ciertas visiones de intelectuales que estarían intentando hacer un bien en pos de la liberación del subalterno, también podrían estar contribuyendo a la inversa de su deseo. Es por esto que señala que “ni Deleuze ni Foucault parecen conscientes de que los intelectuales dentro de la sociedad capitalista, haciendo gala de una experiencia concreta, pueden contribuir a consolidar la división internacional del trabajo” (Spivak, 180).

Para ella “…no hay, en rigor, sujeto subalterno…que pueda conocer y hablar por sí mismo” (Spivak, 195) y que en realidad lo que estarían haciendo intelectuales del primer mundo al abordar los problemas de los marginados al tercero, sería simplemente hablar acerca de sus teorías entre ellos mismos, por lo se podría entender que sería indispensable para llevar a cabo una tarea de resistencia ante la dominación, el estar lo más cercano posible a la vivencia misma del oprimido por el poder y así permitir una defensa más propia contra el dominante. Así el mensaje estaría más cercano a lo que propone Derrida, un “transmitir a modo de delirio esa voz interior que es la voz del otro en nosotros”. (Qtd en Spivak, 208).

Spivak también señala que “…la construcción ideológica de la diferencia sexual se presenta bajo el dominio de lo masculino.” (Spivak, 199). Esto también es planteado por Pierre Bourdieu en su libro La dominación masculina. Para él la misoginia sería parte de un proceso histórico y estaría instalada en el inconsciente. Sería un problema no tanto biológico ni psicológico, sino más bien histórico y por ende mutable. Existiría así una aceptación inconsciente, tanto colectiva como individual, de la supremacía del poder por parte de lo masculino, lo que se aprecia muy bien en el relato contemporáneo de la joven hindú que Spivak señala en su texto: una adolescente se suicida por un motivo no conocido, pero previo a ello espera que llegue la menstruación para llevar a cabo su propósito. Se piensa que realiza esto para que no haya sospecha de un suicidio por presunto embarazo, pero Spivak advierte que, tal como señala Bourdieu, en su inconsciente lo que esta joven albergaba correspondía al antiguo ritual de inmolación que cada mujer viuda debía efectuar ante la muerte de su esposo y que para llevarlo a cabo debía esperar el período de su regla, para así descontar que hubiera sido infiel. “…El suicidio de Bhuneswari Bhaduri [la joven hindú] es una escritura subalterna…”[2] (Spivak, 227), señala Spivak, escritura arraigada durante siglos en el inconsciente, debido al legado histórico.

De esta forma, tampoco la dominación masculina sería consciente por parte de ellos y algunos que creyesen que de actuar de determinada manera estarían contribuyendo a la liberación femenina lo único que estarían realizando serían “…pequeñas ‘elecciones´ del inconsciente que, al sumarse, contribuyen a construir la situación disminuida de las mujeres…” (Bourdieu, 79), de la misma forma que como antes se señaló, los intelectuales tampoco podrían realmente hablar por el subalterno y sus palabras serían tan sólo un diálogo entre sus propias teorías.

Bourdieu también observa como ciertas tareas hechas por hombres son consideradas de la mayor relevancia, mientras que si son efectuadas por mujeres, pierden todo su prestigio antes considerado, “…como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la cocinera, al modisto de la modista…” (Bourdieu, 79). De esta forma, en un mundo totalmente sexuado, la mujer iría desanimándose y dejando de lado todos los actos que a lo largo de la historia se ha inculcado que son propios de los varones, “…sin tener ni siquiera que rechazarlos.” (Bourdieu, 81).

Para Bourdieu la diferencia entre hombre y mujer aparecería por el hecho de adoptar sobre el dominado el punto de vista del dominador, es decir, al objetivar a la mujer y, tal como en el caso del subalterno de Spivak, no tener las armas necesarias para permitir que la mujer sea ella misma y no lo otro, es decir, la idea del hombre. También dependerá “del grado en que los esquemas de percepción y de apreciación practicados son conocidos y reconocidos a aquel que se aplican” (Bourdieu, 85), es decir, la mujer, y, de ser así, se terminaría dando el caso común de que los hombres amen los juegos de poder y, por esto, las mujeres a los hombres.

Joan Scott, en su trabajo Historia de las Mujeres, también plantea, al igual que Spivak, que indefectiblemente tendrán que ser las mujeres quienes escriban su propia historia, ya que “el dominio del pasado por los historiadores [regidos por una cultura patriarcal] es necesariamente parcial.” (Scott, 73). Para ella el problema de la dominación masculina se produce en el momento en el cual los hombres se niegan a aceptar las demandas de igualdad de parte de las mujeres, debido al “deseo premeditado de salvaguardar el poder y los recursos que su dominio les otorgaba.” (Scott, 77). Para Scott, la mujer sería el suplemento de la historia, lo cual se expresaría en dos facetas: por una parte serían el añadido, algo superfluo y adicional, lo que podría sencillamente no estar, pero por otra también correspondería a lo que falta “para llegar a una consumación o integridad.” (Scott, 71).

Por último y antes de entrar al análisis del texto propiamente tal, me gustaría comentar el ensayo de Josefina Ludmer Tretas del Débil. En él Ludmer explica como Sor Juana Inés de la Cruz, relegada a una posición subalterna, se las ingenia para no ir en contra de su intimidad. Compelida a hablar por la autoridad del Obispo de cosas que realmente no quiere decir, en Sor Juana “se combinan la aceptación de su lugar subalterno (cerrar el pico las mujeres), y su treta: no decir, pero saber, o decir que no sabe y saber, o decir lo contrario de lo que sabe.” (Ludmer). Así, desde su propio lugar, confinada a su territorio por el que ostenta el poder, Sor Juana se las ingeniará para ver desde otro punto de vista las normas ya establecidas y, sin que el opresor lo advierta, su “treta…consiste en que, desde el lugar asignado y aceptado, se cambia no sólo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en él.” (Ludmer). “Típica táctica del débil…” (Ludmer), señala Ludmer. Claro, porque cada sujeto subalterno (y no sólo las mujeres) que se da cuenta de lo embarazoso de su situación intentará de alguna manera, saber sin saber, decir sin decir, tal como lo hiciera Hamlet, que simulando locura, anticipa del algún modo el comportamiento de Sor Juana.

Otro aspecto importante que señala Ludmer y que pareciera encajar con la visión de Bourdieu es el hecho de que ella considera que el ver en el hombre y en la mujer una diferencia por medio de las relaciones razón/sentimiento, producción/reproducción y mundo/adentro no es más que una visión sesgada que se ha constituido por los regimenes de la sociedad, tal como lo señala Bourdieu y plantea que “…una posibilidad de romper el círculo que confirma la diferencia en lo socialmente diferenciado es postular una inversión: leer en el discurso femenino el pensamiento abstracto, la ciencia y la política, tal como se filtran en los resquicios de lo conocido.” (Ludmer). De esta manera se quebrantaría el estático decreto falocéntrico y, como quiere Scott, comenzaría ha regir una nueva historia, en la cual se incluyera a las mujeres. Esta misma idea expresa Marta Traba en su ensayo Hipótesis sobre un Escritura Diferente, en donde explica que “se descarta de antemano que hay que dividir el campo entre lo masculino como lo intelectual…lo femenino como…lo sensible, así total y completamente.” (Traba, 21).

A la luz de los comentarios acerca de los textos de Spivak y Scott, creo que es fundamental que la obra de Sonia Montecino esté escrita por ella, es decir una mujer, ya que de esta forma se acerca de algún modo al sujeto oprimido en cuestión. El deseo de relatar la vida de una dueña de casa de la década del 50’ en Chile tal vez habría sido un proyecto demasiado ambicioso para un hombre y más aún si lo que se pretende con él es generar una especie de denuncia o resistencia ante el poder masculino. También la cercanía con la dueña de casa se enfatiza al ser ella misma quien, en primera persona, relate sus vivencias y pesares domésticos, permitiendo con esto que quizás, por esta vez, el sujeto subalterno sí pueda hablar.

Lo primero que observamos en Cuaderno de Economía Doméstica es la existencia, precisamente, de un cuaderno para registrar las cuentas de la casa, en el cual, como bien observa Rubí Carreño en A Propósito de Territorios y Economías Domésticas, sólo se anotan egresos, nunca ingresos. Bruma explica: “Mi profesora decía: ‘Al llevar un hogar tienen que anotarlo todo. Una mujer es el alma de su casa; sin ella es como si no hubiera vida…Si el hogar prospera, el país también lo hace.’” (Montecino, Eco., 7).

La frase de Bruma podríamos interpretarla de dos formas: primero y de manera positiva, el rol de la mujer sería de suma importancia para la constitución de la familia y, extrapolando, del país, pero también las palabras de Bruma reflejarían una conformidad no satisfecha de la ubicación de la mujer en el ámbito del sistema patriarcal. Para mi gusto, la obra de Montecino pareciera conciliar ambos aspectos: por un lado la autora intentaría poner de manifiesto una denuncia en contra de la dominación masculina, pero por otra parte también valorará y dignificará la tarea tradicional para la que estaría encargada la mujer, realizando en su texto una especie de movimiento de péndulo, mediante el cual pretendería dar una nueva mirada a la situación de la mujer: crítica al sistema dominante, pero al mismo tiempo afirmación de lo femenino y cuanto lo rodea. Así se podría observar un proceso doble de escritura: uno de creación y otro de destrucción, mediante el cual se estaría forjando una nueva definición de la cultura. Al respecto Montecino, en su prólogo a la obra de Bruna Truffa Territorio Doméstico, comenta: “Podría resultar paradójico hoy día la preocupación por el nexo entre el espacio de lo doméstico y lo femenino, toda vez que ha sido señalado como el locus de la opresión y de la subordinación, de la construcción de las desigualdades entre hombre y mujeres.” (Montecino, Terr., 10). Así veremos, en adelante, como la autora juega con este par de polos, intentando de algún modo de llegar a una especie de equilibrio femíneo, resistiendo del negativo, pero sin negar el positivo.

La frase de Bruma comienza por recordar las enseñanzas de su profesora. Todo pareciera partir por la educación en el colegio. Precisamente Bourdieu explica que el mundo sexualmente jerarquizado parte desde la escuela, en donde, “…desde la primera infancia, los chicos son objeto de un trato más privilegiado…” (Bourdieu, 75) que las chicas. Es por esto que Bruma pareciera lamentarse en contra de la institución: “No sé para qué me esmero tanto, no sé para qué enseñan en los liceos el ramo de Economía Doméstica.” (Montecino, Eco., 16), queja que por supuesto no puede estar escindida del sentimiento de culpa generado por el peso histórico de la tradición patriarcal: “Me reprocho a mí misma cuando recuerdo a la profesora diciendo que si las mujeres éramos descuidadas…el país perdería mucho.” (Montecino, Eco., 16).

Estas enseñanzas van a forjar lo que Spivak denomina “una narración alternativa de la conciencia femenina, es decir, del ser de la mujer, y por lo tanto, de la mujer que es buena, o sea: del deseo de la mujer buena; o sea: del deseo de la mujer.” (Spivak, 215). Bourdieu pareciera completar esta observación agregando que “…se espera de ellas que sean ‘femeninas’, es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas.” (Bourdieu, 86). Así, la educación que habría recibido Bruma en su escuela se habría constituido inconscientemente en parte de sí, a tal punto de señalar: “Eso es lo que entiendo por una mujer decente; pobre puede ser, fea, pero siempre pura. Esas enseñanzas de mi profesora de Economía Doméstica no las olvido.” (Montecino, Eco., 24). Pero creo que Montecino no condena totalmente aquella educación, ya que si Bruma cumple con sus deberes, “su alma se conserva pura y limpia como el brillo de la casa, y el moho no la mancha.” (Montecino, Eco., 39).

De esta manera Montecino también va a rescatar el trabajo de la dueña de casa, el cual dignificaría a la mujer que lo realiza. Para Rubí Carreño este acto sería el “gesto brunetiano de santificar el trabajo doméstico como ritual de amor y devoción…” (Carreño, 3). De esta manera Bruma puede decir que “…con mucho amor fui sacando esos llantos, soplando el polvo, ordenando…” (Montecino, Eco., 17), ya que, tal como le había señalado la misteriosa señora que la visita, “quien trabaja, reza.” (Montecino, Eco., 18). Y si Bourdieu señala que el trabajo realizado por hombres es más valorado que el ejecutado por mujeres, aún cuando se trate de idéntica labor, Montecino intenta de algún modo erradicar esta norma falocéntrica explicando, mediante enumeraciones, que lavar unos paños no es simplemente eso (tal y cual lo vería y diría un hombre), sino que se trataría de mucho más, como lo enfatiza Bruma: “les quité la grasa, los desmanché, los puse en cloro, los dejé remojando, los enjuagué y los colgué.” (Montecino, Eco., 33), evidenciando que el trabajo doméstico no sería tan sólo lavar platos y barrer el piso, sino que correspondería a un actividad sin la cual “¡No habría hogares! ¡No habría oficinas!” (Montecino, Eco., 49).

El personaje de Adela, la empleada que le ayuda con las labores domésticas a Bruma, si bien aparece tan sólo en las páginas iniciales de la obra, es para mi gusto muy importante. Adela representa la frase de Spivak: “si se es pobre, negra y mujer la subalternidad aparece por triplicado” (Spivak, 208). En este caso el calificativo negra es fácilmente reemplazable por el de india. Es por esto que creo que la Adela complementaría la subalternidad de Bruma, logrando de esta forma, con la imagen de ambas mujeres, una marginalidad extrema. Es Bruma la que habla y de alguna manera tiene el poder de expresar lo que piensa (por medio de las anotaciones en su cuaderno), pero Bruma sería también Adela y por medio de su texto podría expresar la denuncia ante el rechazo de la mujer araucana. Sara Castro-Klarén, en su texto La Crítica Literaria Feminista y La Escritora en América Latina, señala que “la lucha de la mujer latinoamericana sigue cifrada en una doble negatividad: porque es mujer y porque es mestiza.” (Castro-Klarén, 43). Y esto se reafirma en el texto de Montecino cuando Bruma dice: “A él no le gusta la Adela Aucapán, opina que es floja y me ha insinuado que, como todavía no tenemos hijos, yo puedo sola con los quehaceres del hogar.” (Montecino, Eco., 11). Pero Montecino pareciera tener el deseo de incorporar a la mujer india en la vida de Bruma, tal y como advierte Marjorie Agosín en su trabajo Silencio e Imaginación, quien señala que “la literatura escrita por mujeres representa la voz de los oprimidos que escriben para dejar constancia de esa marginalidad.” (Agosín, 7). Por otra parte, Castro-Klarén explica: “Un sector del feminismo radical llega al extremo de soñar con un espacio separado donde la mujer, sin interferencia masculina alguna, pueda escapar la opresión y así llegué a conocerse y a afirmarse en relación con otras mujeres.” (Castro-Klarén, 28). Y claro, pareciera ser una utopía extrema, pero leyendo el texto de Montecino se aprecia que entre ambas mujeres pareciera existir un mundo aparte, en el cual la figura del hombre no se incluye y al cual Bruma no desea incluir, como lo confirma su deseo reiterado, cuando él está en casa, de que se marche pronto, para así continuar en paz con sus tareas domésticas, repitiendo, como señala Carreño, “el gesto de Marta Brunet de intentar excluirlo…por soledad, por angustia, por rabia…” (Carreño, 5).

Y este mundo aparte se va a sostener en un “mirarse en la otra”, tal como explica Diana Bellessi: “las mujeres insistimos en la profunda necesidad de constituir una genealogía, de mirarnos en una galería de mujeres. Porque antes de pasar a la universalidad del género humano, es necesario tener rostro en el espejo.” (Qtd Ortega, 25). Alicia Salomone también retoma la misma figura, advirtiendo que: “la complicidad solidaria con la otra, en tanto espejo no deformante…permite completar una imagen femenina siempre esquiva en una cultura patriarcal.” (Qtd Grau, 279). De esta forma Bruma se reconocerá en la Adela y forjará una comunidad, que, tal como advierte Eliana Ortega, ante la dictadura del libre mercado y la caída de los programas alternativos y las ONG, no puede ser más que personal e íntima (la comunidad de mujeres de la casa de Bruma Montes) y ante el requerimiento de despedirla por parte de su esposo ella contestará: “Pero me resisto; para que la casa esté bonita y pulcra necesito a la Adela…Estas son las cosas que a veces me hacen dudar de que él reconozca nuestro trabajo.” (Montecino, Eco., 11).

Para Rubí Carreño “la amistad entre la Adela Aucapán…y Bruma Montes…revela una solidaridad explícita y activa entre todos los que somos mujeres en términos de poder…” (Carreño, 8), entre los cuales incluiría a los intelectuales, por lo que podríamos pensar en una comunidad formada no tan sólo por Bruma y la Adela, sino también por la propia Montecino, otorgándole la voz a todo el grupo. Sin embargo la Adela se va y no vuelve, lo cual no significaría, para mi gusto, sino la negación por parte del hombre de lo femenino, denunciando que aún cuado la mujer esté dispuesta a reafirmar su figura en la sociedad, el peso histórico será tan grande (tal como lo explica Bourdieu) que ni siquiera el texto se va a preguntar “¿Qué pasó con la Adela?”, relegándola a ella, y de paso a Bruma, a una indiferencia lapidaria.

Y esta dominación masculina va a verse reflejada en el esposo de Bruma, quien va a aparecer en la obra como un tipo que da órdenes. Para Bourdieu “…lo típico de los dominadores es ser capaces de hacer que se reconozca como universal su manera de ser particular.” (Bourdieu, 82), lo cual en este caso se cumple a la perfección, ya que en ocasiones este hombre da su punto de vista, que en verdad es un mandato, sin explicar por qué las cosas debieran de ser así, como protegido por una tradición que lo respalda.

Un ejemplo de esto es la constante insistencia de parte de él para que la comida tenga carne. En la obra aparece: “’¡Sin carne no hay comida!’, gritó, y se fue dando un portazo.” (Montecino, Eco., 17) y también “él me dijo que no quería volver a repetir que la comida siempre debía tener carne…” (Montecino, Eco., 43). Podría realizarse una serie de interpretaciones simbólicas con respecto a esto (quizás se descubra una carencia sexual, un sutil ataque religioso), pero la verdad, a mi modo de ver, es que en el texto se quiere reflejar simplemente que él no quiere carne, sin dar ningún tipo de razón, intentando con esta actitud de mantener su supremacía.

Porque finalmente y tal como lo advirtiera Scott, lo que quiere él es eso, no perder su poder. También así lo explicita Eliana Ortega entre una de sus certezas: “el temor del poder masculino a perder hegemonía y significancia, y/o a compartirlas con las mujeres.” (Ortega, 31). Es por esto que una de las estrategias de él para mantener su poder será el no otorgar demasiado dinero a Bruma, para que así ella tenga que “arreglárselas” y pueda mantenerla bajo control. Así Bruma dirá como lamentándose: “…con la miseria que me da yo hago prodigios…” (Montecino, Eco., 13) y terminará “…empeñando el anillo…” (Montecino, Eco., 16), es decir, borrándose cada vez más.

Él también se identificará con lo moderno y con el consumo de la tecnología: Bruma explica que él “piensa que si ahorramos…podríamos tener a fin de año una lavadora y quizás un auto. Él admira todas las máquinas modernas.” (Montecino, Eco., 29). Creo que lo que aquí ocurre es que él no tiene ningún inconveniente en continuar dándole cuerda al sistema capitalista de consumo, porque de alguna forma y tal como lo señala lúcidamente Spivak, “…ignorar al individuo subalterno hoy en día es, quiérase o no, continuar con el proyecto imperialista.” (Spivak, 214) y él precisamente quiere que ocurra esto: invertir el orden de la frase de Spivak y por medio de la sumisión (inconsciente, como señala Bourdieu) al imperio, que Bruma desaparezca hasta que ella no sea ella (tal cual pareciera indicarlo su nombre), sino una figura que el creará y moldeará a su antojo, objetivándola hasta el extremo.

También es posible apreciar en la obra el rechazo de parte de él hacia el cuerpo de Bruma y la utilización de éste como un objeto. Castro-Klarén explica que “el sexo masculino es el proveedor de identidad porque es unitario, es la representación de lo unívoco, mientras que el sexo de la mujer y por tanto su lengua, se manifestarán ante la lógica masculina como lo plural, autoerótico y difuso.” (Castro-Klarén, 36). Bruma va a decir que él “…odia la regla, dice que ese olor de las mujeres le da asco…” (Montecino, Eco., 9), lo cual será aceptado sin oponer oposición por parte de Bruma, admitiendo de forma natural, tal como lo advirtiera Bourdieu, la reprobación masculina, llegando a tal punto que cuando Bruma mancha las sábanas con sangre, tiene que proceder a lavarlas para que él no las descubra, ya que así “…no se verán nunca, nadie las descubrirá jamás.” (Montecino, Eco., 9).

Bruma tampoco va a gozar en sus relaciones sexuales, señalando que “sólo en una ocasión me he sentido yo saciada con sus idas y venidas.” (Montecino, Eco., 20) y lo que es peor se sentirá culpable la única vez que llega al orgasmo: “Me lavé todo lo que pude antes de ir a misa; me restregué abajo con un pañito húmedo…no tengo a quién preguntarle si es un pecado…” (Montecino, Eco., 34). De esta forma el texto denunciaría la discriminación del cuerpo de la mujer y también su utilización como objeto que se ocupa y bota. Así lo manifiestan las palabras de él “’Quiero eso’” (Montecino, Eco., 20) y las de Bruma: “…casa vez ocupa menos tiempo en vaciar su deseo. Será por lo ahorrativo que es.” (Montecino, Eco., 20). De esta forma Bruma dirá que “en mi cuerpo están marcados a fuego todos los acontecimientos…” (Montecino, Eco., 36).

En relación con esto encontramos las palabras de la francesa Cixous: “Las mujeres deben escribir su cuerpo y al hacerlo liberarán su inconsciente que ha sido silenciado hasta ahora.” (Qtd Agosín, 14). También Bourdieu explica que la utilización del cuerpo por parte de la mujer es fundamental para la recuperación de sí misma y para dejar de ser vista en cualquier ocasión como un símbolo: “…la práctica intensiva por parte de la mujer de un deporte determina una profunda transformación de la experiencia subjetiva y objetiva del cuerpo…” (Bourdieu, 87). De esta forma pasa “…de cuerpo para otro en cuerpo para uno mismo, de cuerpo pasivo y manipulado en cuerpo activo y manipulador.” (Bourdieu, 88). Por mi parte creo que la observación de Bourdieu no tiene por qué agotarse en la realización de una actividad deportiva. También el bailar o el trabajo físico, fatigarse, significarán el reencontrarse con el propio cuerpo. Es por esto también que para Bruma será tan importante el realizar su trabajo doméstico: “Por eso estoy siempre moviéndome, desde que despunta el alba me sumerjo en mis quehaceres, no estoy ociosa en ningún momento…” (Montecino, Eco., 26). Creo que el aseo que realiza Bruma es de algún modo una especie de escritura del cuerpo de la mujer, como señala Cixous, y que de paso colaboraría en la recuperación de sí misma, como dice Bourdieu.

La dominación, como lo señalé, es para Bourdieu un producto de un largo proceso histórico. De ahí que la autora aluda, en un sueño de Bruma, a la figura del conquistador español que ultraja con violencia: “…un hombre parecido a él, pero vestido con un grueso poncho de Castilla, me golpeó y ató las manos.” (Montecino, Eco., 25). Así podría también verse a Bruma como un símbolo de la América subalterna, que tras la conquista española, cae vencida a los pies del invasor.

Pero para mi gusto la discriminación también puede ser consciente. Es el caso cuando él va a visitar a sus primos y Bruma dice: “…allí no puedo acompañarlo, allí no soy bienvenida porque soy huérfana de huérfanas, porque ‘Montes’ no es un apellido y ‘Bruma’ tampoco es un nombre; eso me explicó hace unas semanas.” (Montecino, Eco., 20). En este caso, a mi entender, no es el inconsciente el que forja la acción: simplemente el hombre rechaza, otra vez imponiendo su criterio sin demostrar razones.

Distinto me parece el siguiente caso: cuando Bruma le reprocha que si no vuelve Adela ella se romperá “las manos con el cloro y la lejía…lavando la ropa sin ayuda…” (Montecino, Eco., 26), él no tiene nada mejor que responder que le comprará una lavadora eléctrica: “‘Serás la envidia de la cuadra’, me dijo.” (Montecino, Eco., 26). Aquí sí creo que existe una dominación inconsciente. ¿Cómo puede él saber que lo qué más quiere Bruma es una lavadora? ¿Por qué pareciera asumir que lo que señala es lo más acertado que pudiera decirse? Vuelvo a citar: “…pequeñas ‘elecciones´ del inconsciente que, al sumarse, contribuyen a construir la situación disminuida de las mujeres…” (Bourdieu, 79) y que de esta forma terminan de borrar a Bruma.

Y esta dominación inconsciente también puede volverse en contra del propio dominador, tal como lo advierte Bourdieu: “…los propios dominadores…pueden…ser, de acuerdo con la frase de Marx, ‘dominados por su dominación.’” (Bourdieu, 89). Así veo su elección y emoción por ser parte de la comunidad masónica: “…me anunció que todos los martes llegaría tarde: lo habían aceptado en los masones y tenía que reunirse sagradamente con ellos ese día de la semana.” (Montecino, Eco., 35). Veo este gesto como un querer parecerse a lo que la sociedad pretende que el hombre sea y un modo de confirmar antes sus primos, antiguos masones, que el también debe y quiere ser parte de aquella tradición. Esto se enmarca con la idea de Bourdieu que explica que en verdad estas elecciones y puntos de vistas nada tienen que ver ya con la motivación intrínseca de la persona dominante, ya que “…no es más que la elevada idea de sí que tiene el derecho y el deber de formarse de sí mismo aquel que pretende formar de su ser un deber-ser que el mundo social le atribuye, en este caso el ideal del hombre y del padre que se siente obligado a realizar.” (Bourdieu, 93). Es por esto también que para mi gusto los deseos que siente él de ser padre y de que Bruma quede embarazada no son más que una reafirmación dentro de sí mismo de lo que la sociedad correcta le murmura: “…que los hombres se casan para formar una familia.” (Montecino, Eco., 39). Y esta “…familia ideal que toda mujer debiera reproducir en su hogar…” (Carreño, 4) sólo estará completa cuando se cumpla la nota que él deja a Bruma, junto con el escaso dinero mensual, cuando ella se embaraza: “``Ojalá sea varón.’” (Montecino, Eco., 47), con lo que se perpetuaría el poder del dominante y no se permitiría “…que su apellido se pierda entre medio de los que elija procrearse.” (Montecino, Eco., 47).

Quisiera aclarar que, pese a la aguda denuncia de Montecino ante el poder dominante, creo que ella también pareciera señalar que la resistencia es en contra de la discriminación del hombre hacia la mujer, no en contra del hombre mismo. Así lo ratifican las palabras de Bruma en una conversación con la señora: “Le pregunté por los masones y me dijo que no temiera, porque también creen en Dios, sólo que le llaman Gran Arquitecto del Universo y les gusta decir que son librepensadores.” (Montecino, Eco., 37).

¿Y qué ha pasado mientras tanto con Bruma Montes? Por poco la olvidamos. ¿Cómo es ella? ¿Qué estrategias utiliza para paliar la dominación? ¿Acaso se entrega a las tretas del débil antes mencionadas por Josefina Ludmer?

Bruma, en casi toda la obra (salvo en las páginas finales), nunca estará sola (lo cual retoma el concepto de la necesidad de construir genealogías entre las mujeres). Al comienzo es acompañada por la Adela, su empleada doméstica, compañía que poco a poco va a ir siendo reemplazada por la de la misteriosa señora, quien finalmente corresponde a la imagen de la virgen, “Madre de las Madres.” (Montecino, Eco., 9). Ella será su consejera, quien sutilmente la ayudará a integrarse en la sociedad que pareciera pertenecer sólo al hombre. Y si para Spivak “’…la mujer del Tercer Mundo’ [estaría] atrapada entre tradición y modernización…” (Spivak, 225), para Montecino, como dijimos, será relevante no tan sólo denunciar, sino que también redescubrir que la mujer también pertenece al mundo (tanto a la tradición como a la modernidad). Es por esto que la señora la aconsejará “…para cocinar en esa olla de presión que no me atrevo a usar.” (Montecino, Eco., 11), para que así deje de ocurrir lo denunciado por Bourdieu, que la mujer termina por “…aceptar como evidentes, naturales y obvias unas prescripciones…inscritas en el orden de las cosas… [y que]… se imprimen insensiblemente en el orden de los cuerpos.” (Bourdieu, 75), en este caso, lo que debiera de ser su natural ingreso a la modernidad.

También la señora la va a impeler a que escriba en su cuaderno. Creo que esto es fundamental en el texto, ya que se trata de la manera mediante la cual Bruma estampará su denuncia: “’…Haz como si fuera una cuenta de conciencia. Así tienes un preciso registro de lo que acontece en tu hogar.’” (Montecino, Eco., 12), le explica la señora. Sara Castro-Klarén señala que “…Occidente reconoce sin ambigüedad alguna la coincidencia entre escritura, conocimiento y poder.” (Castro-Klarén, 41), con lo cual por medio de sus discursos las mujeres tendrían una primera función: “…la de autorizar (darles autoridad/poder)…con la fuerza de sus historias y de sus interpretaciones.” (Ortega, 18). De esta forma los textos de mujeres habrían, según explica Raquel Olea, llevado a cabo “…la invasión de un territorio donde su discurso se instala aún sin legitimidad, frente a uno de los poderes más sacralizados del patriarcado: el poder de la palabra.” (Olea, 22). Por lo que la función de la escritura de la mujer sería entonces “…la de resistir los discursos y las prácticas del poder de la cultura hegemónica.” (Ortega, 23).

Así el rol de la escritura de Bruma corresponderá a ser un nexo con las demás mujeres, representada en la “Madre de las Madres”: “Pero sigo escribiendo en el libro porque es como hablar con la señora…” (Montecino, Eco., 15), pero también será un acto de denuncia, ya que “…escribir…[es]…sacar las cuentas…” (Montecino, Eco., 16), cuentas que corresponderán a anotaciones de rechazos y discriminaciones realizadas por “él” y así dejar “…constancia de todo lo que me sucede…” (Montecino, Eco., 29), ya que, tal como dice Agosín, la escritura femenina es “…también contar para dejar testimonio…” (Agosín, 8), testimonio de la valía de la mujer y de su constante aflicción debido a la dominación masculina.

Y esta escritura de resistencia de la mujer tendrá como lugar lo privado y lo íntimo, ya que “…se manifiesta en estrategias de escondite, disimulos que dan lugar a la producción de palimpsestos. “ (Castro-Klarén, 43), por lo que Bruma se guardará muchas cosas para sí, ocupando la vieja treta de Sor Juana, el “saber sin decir”, como cuando con sus pensamientos encara a su esposo y a sus primos por no permitir que ella pueda ir de visita donde ellos, porque su nombre no existe: “Según mis cómputos, se puede decir lo mismo de sus primos: nunca aparecen en las páginas sociales del diario que él lee; pero como han ahorrado, viven en una casa grande, se compraron un vehículo y tienen dos empleadas, una exclusiva para los niños.” (Montecino, Eco., 21). Bruma sabe, reconoce perfectamente que el problema es más de status social que otra cosa, de aparentar ante los demás de parte de “él”, de lo que dijimos correspondía a su deseo inconsciente de “deber-ser” ese hombre ideal, pero se lo calla y lo registra todo en su cuaderno, como repitiendo las palabras de Eugenia Brito: “Hablo como carente, hablo extinta pero hablo.” (Qtd Olea, 16).

De esta forma la mujer se convierte en un ser “…que no dice que ataca, pero que de hecho ataca…” (González, 17) y lo hará desde lo privado y lo propio, “…nuevos saberes que se construyen desde espacios de ‘no saberes’ legitimados.” (Olea, 29), tal y como lo hace Bruma, que no va a las oficinas, no pertenece a los masones, casi no sale de su casa, pero desde sus quehaceres domésticos llevará a cabo la resistencia[3]. Es por esto que la señora le pide a Bruma al final del libro: “’Sigue anotando, pero nunca le muestres ni a él ni a nadie tu cuaderno.’” (Montecino, Eco., 46), como insistiendo en que la denuncia femenina se trabaja desde el silencio.

La señora también le otorgará un revelación inesperada y maravillosa: “…qué le falta al Padre y al Hijo para estar completos…” (Montecino, Eco., 29) le preguntará Bruma al cura de la iglesia cercana a su casa: “’¡El Espíritu Santo, por supuesto!’” (Montecino, Eco., 29), respondería éste, mas la señora la rectificaría explicándole que “’No es el Espíritu Santo, sino la Espíritu.’” (Montecino, Eco., 29), reconociendo Montecino una vez más el valor de la mujer y permitiendo que rememoremos la idea de suplemento de Scott, mediante el cual la mujer otorgaría lo que falta para que exista completa integridad. Pero lo interesante, como dijimos, es que Montecino no va a negar al hombre, sin que ambos, junto con la mujer, serán los encargados de conformar la Trinidad, idea central que reclama Raquel Olea: “Pensar en sujetos que aglutinen en sí ambos términos…imaginar sujetos genéricamente múltiples [¿no es ésta la visión de la Trinidad propuesta por Montecino?]…sin la sanción moral que lleva implícita la trasgresión del orden rígidamente impuesto por el acatamiento a la ley de los géneros…” (Olea, 32).

La señora, junto con aconsejarla, también le regalará recetas de cocina, con lo cual se pone de manifiesto la intención de Montecino de otorgar al arte culinario un valor considerable (muy relevante, si pensamos que quien da las recetas es la virgen misma). También la señora le enseñará bordar, ante lo cual Bruma dirá: “Hemos hecho un milagro.” (Montecino, Eco., 38), milagro que corresponderá a darle un valor sensible a las tareas cotidianas de Bruma, que, con palabras de la propia Montecino, “…representa un gesto de resistencia femenina a la mercantilización que impone el sistema económico.” (Montecino, Terr., 15).

También Montecino rescatará en su texto la importancia del ser madre. Si bien Bruma no tiene hijos, el encuentro fortuito de unos ratoncitos en la bodega permitirá que Bruma diga, sintonizando con la Adela: “…no [los] quisimos matar…en realidad porque las dos sabemos que cualquier parto es un trabajo de la naturaleza que da pena arruinar.” (Montecino, Eco., 17). Y de ahí en adelante Bruma se preocupará por lo ratoncitos, alimentándolos y protegiéndolos, como si ella los hubiera engendrado. Y cuando es inevitable la muerte de ellos, Bruma decide comprar una muñeca dormilona y dos osos de peluche, ya que “’…como voy a perder a mis ratones, entonces tendré otros hijos’”. (Montecino, Eco., 43). Y así como la señora le ayuda a ser parte de lo moderno, su espacio, también, a mi modo de ver, le explicará que no es necesario que “juegue” a ser mamá con sus ositos y que puede optar a serlo de verdad, porque “’…no serás madre sólo porque es un deber que tu esposo te reclama…sino porque tú lo deseas, porque tu libertad te lo propone. Y también puedes ser una madre sin hijos.” (Montecino, Eco., 41). De esta manera la señora le dará una lección única: ella, Bruma Montes, será libre de elegir por ella misma y no según lo que la sociedad patriarcal decida que hacer para ella.

A la luz de lo expuesto, creo que es importante volver a destacar el doble proceso de escritura de Montecino: por un lado denunciará con crítica mordaz y silente todo el sistema patriarcal y su consabida dominación masculina que hasta el día de hoy nos continúa rigiendo, pero por otra parte también rescatará con una comprensión admirable sutiles matices del quehacer femenino, pequeñas situaciones mediante las cuales el hogar y sus objetos dejan de tener el frío valor de cambio/uso que muchas veces es posible encontrar hoy en día. Escritura oscilatoria de Montecino, que permite que veamos la vida de otra manera: sin negar a la mujer, sin la negación del hombre.

Bruma finalmente decide tener un hijo y queda embarazada. Si el libro de Montecino hubiera continuado, probablemente este niño hubiera sido mujer. Y probablemente también, hubiera querido recibir los mismos consejos que una señora llena de luz le dio a su madre Bruma Montes…Adela Aucapán…Sonia Montecino.

 

Notas

[1] Roberto Angel actualmente es aspirante al grado de Magíster en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2] Todos los paréntesis cuadrados, entre citas, son míos.

[3] Al respecto Bourdieu explica: “Dichas expectativa colectivas están inscritas en el entorno familiar, bajo la forma de la oposición entre el universo público, masculino, y los mundos privados, femeninos, entre la plaza pública…y la casa.” (Bourdieu, 76).

 

Bibliografía

- Agosín, Marjorie. Silencio e imaginación: Metáforas de la escritura femenina. Colombia: Katún, 1986.

- Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Barcelona, España: Anagrama, 2000.

- Castro-Klarén. “La crítica literaria feminista y la escritora en América Latina”. La sartén por el mango. P. González y E. Ortega (Ed.). Río Piedras: Huracán, 1985.

- Carreño, Rubí. “La Pequeña Labor”. 2005.

- Grau, Olga. “Modernidad en otro tono. Escritura de mujeres latinoamericanas: 1920-1950.” Taller de Letras Nº35. 2004: 277-280.

- González, Patricia y Ortega, Eliana. La sartén por el mango. Río Piedras: El Huracán, 1985.

- Ludmer, Josefina. “Las tretas del débil”.
En: http://www.isabelmonzon.com.ar/ludmer.htm

- Montecino, Sonia y Truffa, Bruna. Territorio doméstico. Cuaderno de Economía Doméstica 1. Barcelona: Ediciones B., 2005.

- Olea, Raquel. Lengua víbora. Santiago, Chile: Cuarto Propio, 1998.

- Ortega, Eliana. Lo que se hereda no se hurta. Santiago, Chile: Cuarto Propio, 1996.

- Scott, Joan. “Historia de las mujeres”. Formas de Hacer Historia. P. Burke (Ed.). Madrid: Alianza, 1993.

- Spivak, Gayatri. “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”. Orbis Tertius. 1998: 175-235.

- Traba, Marta. “Hipótesis sobre una escritura diferente.” La Sartén por el Mango. P. González y E. Ortega (Ed.). Río Piedras: Huracán, 1985.

 

© Roberto Angel G. 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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