Rostro en la soledad : el esplendor de la rebeldía
(Aproximación a un poemario germinal
de Héctor Rojas Herazo)

Emiro Santos

Universidad de Cartagena
esaga17@hotmail.com


 

   
Localice en este documento

 

«Porque toda nuestra lucha es con el tiempo.
Lo demás es un astuto eufemismo. [...] Nos maduramos para la destrucción. En esto, únicamente en esto, consiste nuestra pasión, nuestra victoria y nuestro abatimiento.»
         Rojas Herazo, «Semanas como hojas»

 

Pocos arquetipos tan recurrentes en la primordial memoria de los hombres como aquel de la caída. De él, la literatura y las piedras guardan algún recuerdo: no olvidemos el ocaso de Ícaro, en vano remontado al sol, o el de Faetón, hijo del sol mismo y perdidas las riendas del cielo, o el de una estrella que fuera abismada de los ejercicios celestes... Continuando el pensamiento del etnólogo A. H. Krappe y del antropólogo Gilbert Durand, podríamos hablar de esta constante, de este esquema arquetípico, como del tema del «tiempo nefasto y mortal, moralizado en forma de castigo.» (1982:107). Y debido a ello, a su condición de germen inherente a lo humano, no debería extrañarnos que en la obra de un poeta como Héctor Rojas Herazo [1], en cuyo temple vibran los sentidos y el pasado mítico del alma, encontremos con igual fuerza la existencia de un hombre, de un ser que ha caído, que ha perdido un antiguo pasado luminoso y sobre el cual apenas queda un poco de polvo de ángel sobre los hombros. Para comprobarlo, bastarían estos versos: «En otra edad dichosa / mi palabra fue herida de terrestre amargura». O: «Y he aquí que todas mis potencias / no logran arribar al límite de lo perdido.» (2004: 9) [2]

Con una pulsación tremenda, Rojas Herazo nos instaura en el territorio de lo ausente, en el exilio sin retorno, en la promesa de un Ícaro o en el vertical abandono de un Altazor. Aun así, frente a la tarea de descifrar el misterio de la poesía, surgirá siempre un inconveniente: lo inútil y prohibido de esta intención. En alguna oportunidad el mismo Rojas Herazo aseguró que un poema nos colma en la medida de lo que no traduce, cuando nos conduce al silencio original de donde ha provenido. «[...] un pensamiento expresado», afirmaba, «es ya un ángel arrojado del paraíso.» (2003: T.I, 537). Esto lo escribía en septiembre de 1952, año que coincide con la publicación de Rostro en la soledad. Y es difícil creer que eso no fuera este primer poemario. Un acercamiento al «silencio original». Al vacío que antecedió a la palabra. Por lo mismo, deberíamos desistir de cualquier inquisición literaria. No a causa de una elemental oscuridad; más bien por una cuestión de honestidad estética: un poema debería ser siempre la «virginidad del silencio».

No obstante, sucede que esa virginidad es el efecto de una creación, obligadamente un tanto de artilugio de palabras que, dependiendo de la maestría o el ilusionismo, logra crear de nuevo el universo y sus mundos. Con igual fortuna, como un don lejano o el efecto de un triunfo, en nosotros también habita el misterio y el silencio. La incertidumbre y la fe. Y bajo esta luz es inevitable inquietarse sobre cuál es la sombra, la angustia o el hombre que pulula tras un poema o un verso. Si como lo creyera Rojas Herazo, la poesía es «una de las máximas expresiones del hombre» (2003: I, 137), debe de haber entonces algo en ella que fuese común a todos nosotros. Algo que comunicara o, al menos, dolorosa y vivamente, expresara. Pero, ¿qué puede comunicar o expresar un poema? No es esta, al menos por ahora, la preocupación de nuestras reflexiones. La presentes líneas, en una búsqueda que podría tener mucho de hedónica, intentan examinar el destino del hombre de Rojas Herazo que siguió a la caída, en aquel estado cuando, «castigado de hombre», no puede siquiera sollozar, porque no cuenta con una orilla para el destierro, («Adán», p. 16).

Podemos enumerar así, desde ahora, algunas constantes en Rostro en la soledad: la pérdida del paraíso, la remota ascendencia divina que encauza al hombre con el ángel, lo inexpugnable de la soledad y sus diversas variantes, el árido tiempo, la gozosa exacerbación de los sentidos que, de tan humanos y contingentes, se prolongan en vísceras, en humores, en miembros y agonías. Podemos también afirmar que este poemario, inmediatamente anterior a Tránsito de Caín, se configura como una historia mítica del Alma humana, y, en gran parte -sobre todo durante las primeras cuarenta páginas-, un relato soñado de la historia de los hombres. Relato en verso, como en la tradición mítica habría de esperarse, y dividido en tres etapas; sin que esto dé por entendido una visión cronológica o la imposibilidad de las muchas yuxtaposiciones temporales que ocurren al interior del poemario [3]. Nada más equívoco. Lo que palpita aquí, antes que estrictas genealogías, son las sensaciones, una metafísica del alma y una corporeidad del cuerpo.

Como historia humana, cabe decir, como historia que parte de los orígenes hasta un presente despojado de cualquier divinidad, este poemario se construye en torno a tres momentos. El primero, carente de título, corresponde al vértigo de la caída, al castigo y a la soledad del primer hombre, al hombre, a la mujer y al hijo; el segundo, «Los relatos en el umbral», es consecuencia del primero: en él están las ciudades, los bajeles y los belfos, está el tiempo que ha tomado forma, el guerrero, las banderas y la comunidad: «Lo que se conquista cuando los hombres se sienten necesarios entre sí» (2003: I, 207) [4]. Ha ocurrido lo que ya fue previsto desde el primer apartado: « [...] de ti ha[brán] de crecer todos los ruidos del hombre», («Adán», p.17). Y por último, vislumbramos que en el tercer momento, el de «La sombra inalcanzable», ha pasado el tiempo del mito y ha quedado la urbe, los onmibuses, los periódicos y una anciana que arroja desperdicios a las palomas. Ha quedado, como castigo indeleble, la soledad en medio de las calles y de los hombres: la soledad más dolorosa [5].

Desde ahora, será nuestro interés el hombre del primer momento; sin embargo, recurriremos a «Los relatos en el umbral» y a «La sombra inalcanzable», dependiendo de las exigencias de nuestra interpretación. Veamos, pues, la singularidad que se hace evidente en la genealogía de Rojas Herazo, en esa especie de «teogonía» humana en que puede llegar a transfigurarse su primera poética. El Adán de Rojas Herazo -a diferencia del Adán judeocristiano- es una creación divina, ciertamente, pero una creación cuya primitiva naturaleza no tiene nada en común con la materia, pues es angélica. (Esta particularidad resultará crucial para entender lo más terrible de su caída: no estamos ante el hombre inmortal que deviene a lo corruptible, sino ante la tragedia, ante el «orgánico suplicio» del ángel que «se despierta hombre», («Adán», p.17)) ¿A qué se debe esta inversión? Debemos confesar que es arriesgada una respuesta: tal vez quiera hacernos más patente el recuerdo de la primitiva luz, la magnitud de nuestra derrota, o, tal vez, enseñarnos que nuestro derecho en el mundo se hace más duradero y legítimo por cuanto fuimos anteriores a la creación... Las posibilidades varían, y, sin embargo, hay un punto que no nos es dado evadir. El de una flagrante divergencia. En el texto bíblico -en la tradición de castigo de la que se nutre nuestro poeta-, el hombre no fue creado luz. Fue hecho poco menos que los ángeles (Salmos, 8, v. 4-5 ) [6].

Esta nueva interpretación poética de Rojas Herazo trae consigo algunas implicaciones. En primer lugar, como ya lo hemos mencionado, el acentuamiento de la caída, y, por otra parte, la inevitable comparación entre el hombre y los ángeles rebeldes de los que cuenta el Génesis. La necesaria comparación entre el hombre y Lucifer. Aun así, a ambos los atraviesa un camino bifurcado. En el caso del «lucero de la mañana» su condena es fruto de una rebelión; en el caso del Adán de Rojas Herazo, no hay una culpa manifiesta. El hombre, «castigado de hombre», no ha cometido pecado. Lo ha destruido una ley que se nos hace incierta, siempre externa e inexplicable:

Algo me fue negado desde mi comienzo,
desde mi profundo conocimiento.
Y he velado dulcemente
sobre las espadas que segaron mi luz.
          («Límite y resplandor», p.9)

Para la hermeneútica judeocristiana, para la ortodoxia católica, el hombre ha sido seducido por la promesa del demonio, aspirando indebidamente a la elevación y la ciencia [7]. Pero esta «elevación» y esta «ciencia» parecen ya existir en el hombre de Rojas Herazo. De hecho, su condición de luz primera y la misma «lumbre antigua» de la que habla el poema «El encuentro», (p.24) preexistió a las espadas que segaron de tajo su luz, y, por ello, no había ninguna razón para sentirse tentado por algo que ya se poseía. La condición angélica -condición espiritual, habitante del firmamento, a veces metáfora de las estrellas en la Biblia-, se regocija en Dios y encuentra en Él todo el conocimiento. Participa de Él y, dependiendo de su jerarquía, conoce la causas de las cosas, pues: «Cuanto más elevado o más digno es el entendimiento», apunta Santo Tomás en la Summa Theologiae, «tanta más posibilidad tiene para considerar las razones de los efectos en una causa más elevada y más universal» (1943: I, CXCI) [8]. El entendimiento de los ángeles es el más elevado de todas las criaturas, debido a su cercanía con Dios, y, probablemente, por esta razón la sabiduría es llamada en días de la escolástica «pan de los ángeles» y a Dios, espejo de ellos. En cuanto a la figura del demonio, tan marcada en el relato religioso y tan necesaria para la historia de la tentación, no tiene lugar ni trascendencia en Rostro en la soledad [9].

El hombre que nos queda, sea como fuere, es un ardiente paradigma de la soledad. Funda para siempre en la poética de Rojas Herazo su arquetipo: «Estás solo, / biológica y hermosamente solo», («Adán» p.17). Ha sido arrancado y empujado del seno divino. Ha allegado a la pérdida de la intelectualidad. Es un «ángel que se despierta hombre», y, sobre todo, un «hombre sin respuestas», (Ibíd). ¿Qué le queda, pues, en lo ignoto de este abandono? A despecho de lo que pudiera parecer -un lastre o la prisión del alma-, los sentidos son su herencia y, más tarde, conforme vayan avanzando los momentos del poemario, serán su júbilo, su reafirmación en el mundo. Abundan, en verdad, las alusiones al cuerpo [10]. En «Límite y resplandor» leemos: «Mis apetitos totales he derramado / como tributo de reconocimiento, / mi olfato y mi tacto como duros presentes» (p.9), y en «Adán»: «Tus músculos se ordenan seguros, / se regocijan tus órganos en el verdor inusitado», (p.17). Encontramos, asimismo, abundantes versos como: «Algún día hablaremos de todo esto en una isla olvidada / donde los cocoteros tienen un timbre [...] / como el de una anciana que acaba de dar un paso en falso y escupe sus miembros sobre raíces polvorientas», («Recado para un transeúnte», p.57).

Pero lo anterior no debe entenderse como una renuncia a lo espiritual, ni tampoco la caída del hombre como un acto voluntario en pos de la consecución de la materia. El dilema de los materialistas y los idealistas no tiene aquí cabida [11]. Por eso ya antes, en otro lugar, hemos escrito que Rojas Herazo «llega hasta nosotros [...] confundiendo alma y cuerpo en un solo tránsito, en un mismo sudor y exhalación», (2006: 98-99). Es allí, en esa comunión entre esencia y materia, donde el hombre experimenta el mundo: se sabe germen del cielo y habitante de la tierra. Comunión que, sin embargo, es el producto de una síntesis difícil, que magnifica una contienda cuya única posibilidad de identificación se encuentra en un hecho: cuanto más se padezca a través de los sentidos, más el hombre se espiritualizará, se interrogará sobre su destino, se hará consciente de sí, hasta llegar a exclamar:

¡Estamos salvados! [...]
¡Sea! Pero tenemos un sitio, hombre de Dios,
            recuerda que tenemos un sitio,
un verdadero sitio,
junto al perro y el ataúd de pino.
              («Los flautistas cautivos», p.51)

El cuerpo se transforma en prisión del alma en cuanto ésta anhela -con notable fuerza en los primeros poemas-, el retorno a la imagen divina, y porque no conoce las causas universales y tampoco, como descendiente del primer Adán, sabe del rostro divino, ni puede verse en él, ni alimentarse de su pan de sabiduría. Tomás de Aquino ha escrito en el capítulo CV de la Summa Theologiae que:

Para que Dios sea conocido en su esencia, es necesario que Dios llegue a ser la forma del entendimiento que le conoce y que esté unido a él, no para constituir una misma naturaleza, sino como la especie inteligible se une a un ser inteligente [...] (943: I, CV) [12].

Como ya no existe la posibilidad de esta unión, el hombre persigue ahora su camino. Vaga en busca de una orilla, y, dolorosamente, se acepta hombre. Es la consumada imagen que un Masaccio llevan a sus muros cuando representa en el rostro de un Adán o el de una Eva el padecimiento, el desconcierto, sus úlceras. Adán se acepta negación de ángel, y en su inédita soledad, halla otra plenitud, en lo sumo efímera: la satisfacción de sus miembros frente a la lluvia, el estar rodeado de substancias estrenadas por sus sentidos. («El vello irrumpe sobre tu piel», «Tus músculos se ordenan seguros». («Adán», p.17)). Es el descubrimiento que conlleva la lepra del tiempo, del cambio, de la muerte. Epifanía donde lo que le fue negado al hombre desde su principio, desde su «profundo conocimiento» -ese «profundo conocimiento» correspondería a la visión de la Plenitud-, no se tiene cabida para más que lo temporal, lo particular y lo contingente. Pero también es cierto que puede haber otra clase de plenitud en lo transitorio: el descubrirse hombre, con todas sus angustias y trampas inherentes a la piel.

¿Puede ser posible tal afirmación? Aquí adviene nuestra seguridad: Rostro en la soledad es, después de la caída, una renuncia al Paraíso, por más que se anhele y se suplique por unos instantes el regreso a él. Cada una de sus páginas se alista para ser la reafirmación del hombre, cuyo único territorio es lo temporal, a diferencia de la Eternidad insondable de su Dios [13]. Es el hombre como fluido, como movimiento o río que se consume a sí mismo en contra del «Ahora» perpetuo de la deidad. Adán reclama su lugar. ¿Acaso es por ello Rojas Herazo ha creído que: «Nuestra única defensa -bien precaria por cierto- es el apogeo de nuestros sentidos»? (2003: II, 286). Sugerencia probable. Y defensa precaria, por supuesto, pero la única que nos pertenece. Más legítima por corresponder a un descubrimiento que significó una experiencia lacerante y, a la vez, más legítima a causa de un sino: lo que diferencia al hombre del ángel y el cielo. («Todos iban al día o a la noche o a la muerte. / Pero tenían un destino.», («El habitante destruido», p. 32).

Los sentidos funcionan así como una llave a nuevas realidades, pero también bajo una limitación esencial, y he aquí el distanciamiento más aguzado con la divinidad. Los sentidos, tanto órganos como percepciones, quedan viciados por los sortilegios de la materia, y no logran elevarse por encima de las contingencias. De ahí que, en la progresión «histórica» de Rostro en la soledad, el hombre se vaya distanciando de las realidades metafísicas por excelencia: de un alma invulnerable y de Dios, y, ya como una señal esperada, ese «polvo de ángel» acaba por desaparecer. Entonces adviene el mundo que se consolidará en «Los relatos en el umbral». Arriban las ciudades construidas por el tiempo, que «quiso ser ladrillo y bronce», («El habitante destruido», p.33), y, sobre todo, la figura del héroe, transmutada en ideal de plenitud que pronto llenará los antiguos senderos intransitados por el conocimiento y la fe:

Estaba allí
para hilar la mirada de las vírgenes [...]
Para llenar de claridad las pupilas de los vagabundos [...]
Para vigilar el reposo de los muertos
o balancearse en la esperanza de las cunas.

Estaba allí,
presente y corporal, hecho de tiempo y ritmo,
ordenando las vidas y los ríos
y ardiendo en el temblor de las banderas.
              («Santidad del héroe», p.16)

Es una presencia constante. La efigie resultante de la tragedia. El esplendor de los días heroicos, de algo dentro de lo cual no dejamos de presentir un recuerdo de Homero, de frisos anteriores al mármol y canciones de mar. Los sentidos del hombre se detienen en las construcciones, en los sacerdotes, en las vírgenes y en las tumbas [14]. Leamos una vez más a Santo Tomás:

Otros muchos defectos fueron en el hombre la consecuencia de esta perturbación [del pecado] [...] el apetito del hombre fue arrastrado a someterse a las cosas sensibles, por cuyo medio se alejó de Dios [...] Cuanto más se corrompió el hombre sometiéndose a ellos, tanto más se alejó del deseo y del conocimiento de los bienes espirituales y divinos (1943: I, CXCIV).

Porque en la ortodoxia judeocristiana, muy en contravía a lo que arderá en el idealismo de Berkeley, los sentidos no pueden llegar más allá de lo que alcanza la intelección. El hombre, en condición primitiva, no reunió en lo absoluto una contienda de cuerpo y alma, de materia y esencia. En su perfección, su cuerpo estaba sometido al anima (1943: I, CLXXXVI). Incluso, según las minucias de la teología, la alimentación en las jornadas del Paraíso era necesaria, más no implicaba un derroche de los placeres, o un deseo desenfrenado [15]. No obstante, el hombre de Rojas Herazo ha perdido esta cualidad. Las razones, como a primera vista podría parecer, tienen poco o nada en común con un comercio o tránsito con el demonio -ya lo hemos dicho-. Los motivos, en primer lugar, están basados en una expulsión celeste, y, más tarde, en una renuncia que se convierte en autoafirmación. Autoafirmación que alcanza dramáticas proporciones en el momento en que la muerte, como sumatoria y condensación de la vida, de los sentidos y de las glándulas, se eleva como conducta propia del hombre. Y entonces los sentidos -siempre alertas-, son los únicos que pueden atestiguarla. Ellos, y no otros, experimentan la conciencia temblorosa del tiempo, y en el tiempo se esgrime el devenir, el ocaso, el silencio. Porque es el tiempo el otro rostro de la muerte, y la cárcel del hombre. Esa muerte, sin embargo, es su propiedad exclusiva -no debe prestarse ello a equívocos: la muerte también progresa en los otros seres. Mas no hay allí una conciencia reflexiva acerca de su existencia. Como ha afirmado Emile Ciorán, sólo el hombre es enteramente consciente de que ha de morir [16]-.

Para comprender mejor lo anterior es necesario hacerse una idea de Rojas Herazo como un poeta integral. Tanto en sus posteriores poemarios, como en su novelística, en su pintura y en sus notas de prensa. Es aquí, en estas últimas, donde empieza a esbozarse una suerte de poética en todo compatible con las líneas de Rostro en la soledad. Jorge García Usta, uno de los más caros críticos de la obra heraziana, ha reunido en «Vigilia de las lámparas» y en «La magnitud de la ofrenda» -dos tomos de más de mil páginas- sus columnas publicadas durante treinta años de intensa labor periodística. Títulos como «Miramos una estrella desde el muro», (1954); «La infancia como miedo», (1955); «La casa vacía», (1955), o «Los flautistas dormidos», (1952 y 1955), crean un vínculo no sólo nominal sino temático entre su periodismo y su poesía [17]. Es el testimonio de una temprana y continua preocupación estética.

Comprobemos por un momento las siguientes líneas de un texto publicado en 1967, casi al término de la compilación:

Nuestra íntima preocupación, nuestro único problema, nuestro máximo terror es sabernos materia de disolución, míseras astillas para alimentar el insaciable fuego de la muerte. (2003, T.II: 306)

Es casi la misma tensión de «Los grandes gusanos»:

Nos arrastramos.
¿Quién dice «esta multitud camina»?
Nos arrastramos. (p.56)

Desde este plural que persiste en la mayoría de los poemas de Rostro en la soledad y en otro tanto de las notas periodística, presenciamos la destrucción y la desolación. «La sombra inalcanzable» es esto: «No intentes otra cosa que escuchar rumor de destrucción» («Miramos una estrella desde el muro», p. 49), y lo mismo «El habitante destruido»: «Palabras, palabras en el polvo, / mi voz también ruina y espacio marchitable», (p.34). Pero, ¿qué traducen tantas recurrencias del caos y de lo que irremediablemente se acaba? Una certeza de disolución, es cierto, y si fuera invariablemente así, poco sería el alcance poético de Rojas Herazo: sus lamentaciones son similares a las que agoniza Ciorán; hermanas de lo que cantó Baudalaire entre sus charcos de sangre, y en lo que se acremente se regocijó un raudal de románticos decimonónicos. Poco sería en verdad el fuego de lo inédito, aunque grande la hondura del sentimiento. Pero Rojas Herazo, no conforme con enseñarnos las llagas, jamás mendigando limosna por nosotros -como lo dirá de Vallejo-, nos enfrenta a la sangre y a la bilis con jubiloso discernimiento: «Pero tenemos un sitio, hombre de Dios, / recuerda que tenemos un sitio, / un verdadero sitio, / junto al perro y el ataúd de pino.», («Los flautistas cautivos», p.51 ). Y este «sitio» de que habla es la orilla con la que no contaba Adán para llorar su destierro. Pero ya no es ahora un lugar exclusivo al llanto. El hombre ha conseguido su lugar, que es el tiempo y la condena del tiempo. Como antes lo hemos afirmado, Rostro en la soledad es, después del descenso, un renuncia al Paraíso y un sí contundente a la elación ante lo fugitivo.

Entonces, ¿qué significa ser hombre? Dolor: no somos ya ángeles o estrellas o luces de la noche en el firmamento. Si en el primer momento del poemario se intentaba retornar al esplendor, a la «simple condición de luz primera», ahora ya no importa. Hemos caído. Hemos conocido lo transitorio, hemos quedado presos en la cárcel de las horas y los días, y Dios nos ha expulsado para siempre. «Nuestra única victoria [entonces]», escribe Rojas Herazo en 1956, «radica en ese convencimiento: en sabernos marcados por la derrota». 2003: II, 306) ¿Pero por qué es una victoria?, nos preguntamos. ¿No es la derrota, elementalmente, símbolo de sí misma? He aquí el logro ético-estético de Rojas Herazo. Lo que le distancia de las elegías tradicionales y de los monocordes cantos de algunos de sus contemporáneos y predecesores. Es esta su proclama que nos consterna hasta los tuétanos, porque nos revela una legítima «orilla» del hombre. Su condición exaltada. Es el hombre otro algo, no otro lamento o reclamo dirigido hacia los cielos que le han abandonado y marcado «en la eminencia de la frente [...] donde más nos duele, donde tenemos [...] un nombre más largo que todas las sílabas de este mundo» (2003: II, 225), que le han herido con un inescrutable castigo, y otorgado como ración la brevedad de los sentidos. El antiguo Adán, el Adán de las ciudades de piedra y de los aurigas, el nuevo Adán de los ómnibuses, adquiere conciencia de sí cuando se acepta desterrado y logra su victoria sobre la condena, cuando no la desprecia o le teme, sino que reivindica el orgullo de saberse mortal. Cuando se afirma en su perfil deleznable. Tal vez es esto lo que nos consterna de la historia de Faetón, de Ícaro y de Don Quijote: su extraña y túrgida grandeza en el fracaso. Es Rojas Herazo quien ha escrito la luminosa consigna que no deja de recordarnos el deber de los que vamos a morir: «Los grandes mitos -Prometeo, Sísifo, Satán- son, por ello mismo, mitos padecientes, en que la desgracia alcanza el esplendor de la rebeldía, la magnitud de la ofrenda, la pureza que supera el anhelo de victoria o la necesidad de festejo o de premio.» (2003: II, 306) ¿Qué más pronunciar ante ello? Apenas un profundo, dilatado y ardoroso silencio.

 

BIBLIOGRAFÍA

Ciorán, E. ( 1972). Breviario de podredumbre. Madrid: Taurus.

Durand, G. (1982). Las estructuras antropológicas de lo imaginario. Madrid: Taurus.

García Usta, J. (1994). (comp.).Visitas al patio de Celia. Medellín: Lealón.

Rojas Herazo, Héctor. (2004). Rostro en la soledad. Bogotá: Ediciones San Librario.

Rojas Herazo, Héctor. (1956). Desde la luz preguntan por nosotros. Bogotá: Kelly.

Rojas Herazo, Héctor. (2005). Agresión de las formas contra el ángel. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Rojas Herazo, Héctor. (2003). Obra periodística, 1940-1970 (Compilación y prólogo de Jorge García Usta). Medellín: Universidad de Antioquia, Fondo Editorial EAFIT. 2 T.

SANTA BIBLIA. (2003). Antigua versión de Casiodoro de Reina., revisión de 1960. Bogotá: Sociedades Bíblicas Unidas.

Santos García, Emiro. (2006). «Poemas reunidos» En: revista Noventaynueve, n° 6 (p. 98-99).

Tomás de Aquino, Santo (1943). Compendio de teología. Buenos Aires: Editora Cultural.

Universidad del Atlántico. (2005). «Cuadernos de literatura del Caribe e Hispanoamérica», (Homenaje a Héctor Rojas Herazo, 1921-2002), n°1 (Enero- Junio). Barranquilla: Departamento de Investigaciones de la Universidad del Atlántico.

 

Notas:

[1] Héctor Rojas Herazo, poeta, novelista, pintor y periodista colombiano nacido en Tolú n 1921 y fallecido en Bogotá en el 2002. Residió en Madrid durante algunos años y entre su prolífica obra, que abarcó diversos géneros, destacan los poemarios Rostro en la soledad (1952), Desde la luz preguntan por nosotros, (1956) y Agresión de las formas contra el ángel (1961), así como la trilogía novelística Respirando el verano (1962), En noviembre llega el arzobispo (1967) y Celia se pudre (1985). Su obra periodística, de una marcada prosa poética, ha sido recogida y publicada en dos tomos por el investigador Jorge García Usta bajo el nombre de Vigilia de las lámparas y La magnitud de la ofrenda (2003).

[2] Las referencias a este poemario se indicarán, de ahora en adelante, con el nombre del poema y número de la página entre paréntesis.

[3] De hecho, en la estructura tripartita de Rostro en la soledad, existen poemas que parecieran no corresponder al apartado poético en el cual han sido colocados.

[4] Esto lo anota Rojas Herazo con respecto a Walt Whitman, pero indudablemente, también es la esencia de «Los relatos en el umbral»: «Le gusta [...], como a un héroe en reposo, la sinfonía de los martillos, el paso de las vírgenes, las proclamas, el vocerío de las multitudes en los estadios. Le gusta la tranquilidad civil. Lo que se conquista cuando los hombres se sienten necesarios entre sí.» «Whitman» En: ROJAS HERAZO, Héctor, Op.cit., T.1, p. 207. El subrayado es nuestro.

[5] En cierto sentido, es una historia de la degeneración del hombre, de una progresiva y lineal degeneración. Como en Los trabajos y los días de Hesíodo, hay una edad de oro la cual, después de algunos avatares, culminará con una edad ruinosa.

[6] «[...]¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites? Lo has hecho poco menos que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honra.»

[7] Ver TOMÁS DE AQUINO, Santo, «De qué modo se extendió el pecado al hombre» En: Compendio de teología. Buenos Aires: Editora Cultural, 1943, Libro I, cap. CXCI, p. 247.

[8] Será necesario esperar hasta los «Los salmos de Satanás» en Desde la luz preguntan por nosotros (1956) para encontrarnos con la agreste figura del demonio y, sin embargo, he aquí que Rojas Herazo juega de nuevo con una inversión: Satán es otro desterrado, como el hombre, tan castigado y humano como él: «Esto es lo mío, mi amparo, / mi total sacrificio. / Este soy yo en las ramas, / lo que Tú me pusiste a mascar con el hombre. / Este soy yo. El recuerdo de un ángel». ( 1956: 85). El poeta escribirá también en 1967 estas líneas sobre el dolor de Satán: es la tristeza del «arquetipo de todo el linaje humano, del celeste corazón perpetuamente condenado a lamentarse de la fuga y del sacrificio de la ilusión» (2003: 307).

[9] Esta recurrencia es tal vez la característica más recordada por los críticos sobre la novelística y la poesía de Rojas Herazo. Ver algunos artículos de «Visitas al patio de Celia» (al cuidado de Jorge García Usta), Medellín: Lealón, 1994. Pero es en ella, en esta peculiaridad, donde se encuentra la línea que ha escindido la poesía de Rojas Herazo en dos ámbitos: uno de los cuales, el referente a su «contradictoria» metafísica, ha quedado en más de una ocasión reducido a un juego de breves alusiones, ante el exuberante verbo fisiológico de sus poemarios.

[10] Lo reiteramos una vez más. Ha sido exclusivamente un grave descuido de la crítica, por lo menos, hasta trabajos anteriores a los de Gabriel Ferrer Ruiz y Rómulo Bustos, de los cuales son notables «La poética de Héctor Rojas Herazo» y «El peso y la levedad: la caída imaginante», ambos en: «Cuadernos de literatura del Caribe e Hispanoamérica», (Homenaje a Héctor Rojas Herazo, 1921-2002), n°1(Enero - Junio). Barranquilla: Departamento de Investigaciones de la Universidad del Atlántico, 2005.

[11] Es también revelador este otro pasaje del Aquinate: «En efecto: la inteligencia concibe las cosas de una manera universal e inmaterial: es así que el modo de entender debe ser proporcionado a las especies intelectuales por cuyo medio entendemos; luego, puesto que nadie llega de un extremo a otro sino por el medio, necesario es que las formas de las cosas corporales lleguen al entendimiento por un medio cualquiera. Este medio son las potencias sensitivas ... no podemos conocer más que cosas particulares por medio de las potencias sensitivas», Libro I, cap. LXXXII, p. 94, 95. El subrayado es nuestro.

[12] De una épica hermosura son los versos que nueve años más tarde publicará en Agresión de las formas contra el ángel (1961): «¡Oh eternidad, oh lujo desdichado!/ tu esplendor es apenas la fatiga del ángel. Más acá te negamos, / más acá, entre nosotros, [...] Aquí termina el ángel y comienzan los huesos. Somos el duro reino que te opone la muerte» (2005: 37 )

[13] Ver en Rostro en la soledad, «El habitante destruido», p. 31-34.

[14] «[...] el primer hombre estaba constituido de tal modo que tenía necesidad de usar de los alimentos para sostener su vida [...]» Ibíd., p. 244

[15] Para el oscuro filósofo francés, la idea del suicidio y de la consumación es exclusivamente atributo del hombre. Ver su Breviario de podredumbre (1972)

[16] Ver especialmente el segundo tomo de su Obra periodística¸ muy oportunamente titulado por García Usta como «La magnitud de la ofrenda». Al escuchar rótulos como «Los ángeles en el comedor», (1956) y «El hermano entre las lámparas», (1948 y 1952) o «Breve inventario de techumbres y lámparas», (1955), es más que inevitable recordar un poema como «La casa entre los robles»: «Todos allí presentes, hermano con hermana, / mi padre y la cosecha, / [...] Adentro, el sacrificio filial de la madera / sostenía la techumbre» y «las lámparas derramando sus ángeles / sin prisa en los espejos», p. 10,11. Por lo demás, la temática del artículo «El transeúnte», (1952, y 1957) nos remite inmediatamente al nuevo círculo lírico de «La sombra inalcanzable», el de la soledad en la urbe: «¿Quién eras entonces, / quién era ese transeúnte desconocido / que preguntaba por mis venas en los espejos de las farmacias» («Criatura y estrella», p. 52).

 

* Emiro Rafael Santos García, estudiante de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena. Director de la revista cultural Epígrafe. Ha publicado algunos ensayos sobre autores hispanoamericanos en revistas como Unicarta de la Universidad de Cartagena, Noventaynueve de la misma ciudad y La casa de Asterión de Barranquilla. Próximamente será editado su libro de cuentos El vértice de la noche.

 

© Emiro Santos 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero33/hrojas.html