Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Luis Quintana

Lecciones de mitomanía

     

 

Sobre Lecciones de mitomanía, de Luis Quintana

Annesy Pérez Echeverría
Lic. en Letras por la Facultad de Humanidades de la UAEM. México.

Es grato para mí comentar ante ustedes la obra más reciente de Luis Quintana: Lecciones de mitomanía, editada por Miguel Ángel Porrúa, se trata de una colección sucesora del texto Juegos de amor y muerte (también de cuentos) y Desde el espacio ilimitado de la soledad (poemario).

El libro que hoy nos ocupa está integrado por once cuentos, un prefacio, un prólogo, un decálogo, además de un epílogo (por cierto, del narrador). A ellos precede la presentación del volumen ofrecida por Seymour Menton.

Lecciones de mitomanía permite reírse de las tragedias, no con burla, sino con desenfado; propicia una comunicación casi permanente entre narrador y lector (éste suele ser tomado en cuenta en el desarrollo del texto, lo cual no es frecuente en el ámbito lliterario); contiene, incluso, tintes filosóficos al reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, la libertad y el ser, por ejemplo.

En palabras del autor, “Lecciones de mitomanía representa un intento por mostrar el lado flaco del ser humano para documentar la necesidad creciente que nos domina a los individuos pensantes al imaginarnos mundos que realmente no existen y deambular por horizontes tan lejanos que jamás estaremos en condiciones de alcanzar” (11), aunque los mitómanos no se contentan con imaginar, sino que transmiten y repiten tales mundos de modo que ellos mismos terminan por convencerse de su materialidad, y entonces ya no deambulan por lejanos horizontes, sino que se los apropian y los recrean.

En el Prefacio, el autor (que aquí se deslinda del narrador, al no atribuírselo, como ocurre con el Epílogo) refiere la mitomanía de un personaje literario emblemático: Don Quijote, cuyas exageraciones bastaron para ser tildado de loco; no obstante, ésta se concibe como una “sana mitomanía… [que] mediante el legado sublime de la imaginación recrea un universo en donde él es el protagonista por excelencia” (11).

Por lo tanto, en este volumen se califica a la mitomanía, de manera que no siempre tiene implicaciones negativas. Se distingue, por ejemplo, a la mitomanía en el ámbito real y en el mundo literario. En este segundo caso, la crítica opta por encontrar el simbolismo en cada exceso, mientras que en el primero -el mundo real-, no resta a los simples mortales sino “resistir cívicamente y rogar al universo que estos locos exagerados [es decir, los mitómanos] o desaparezcan del mundo o, por lo menos, no ejerzan su profesión enajenada” (14).

Para comprender cabalmente qué significa ser mitómano, el “Prólogo desde la psicología” caracteriza esta enfermedad, quizá en un afán de ofrecer al lector un marco científico que ratifique la veracidad de las actitudes meramente humanas referidas en los cuentos subsiguientes. Es interesante notar cómo en este volumen la figura del psicólogo es tratada no sólo en este Prólogo, sino en la dedicatoria (“A un curioso psicólogo; de esos que creen ver en donde nada hay; de esos que juzgan sin verse reflejados en el gran espejo de la vida.”) y también en alguno de los relatos.

Entonces, ante la lectura detenida de la parte citada de la dedicatoria, (leer otra vez) cabe preguntarse si los lectores no nos erigimos como una suerte de psicólogos toda vez que nos sentimos ajenos a las mitomanías expresadas, llegando incluso a identificar entre los personajes a algunos conocidos (quienes, por supuesto, no siempre gozan de todas nuestras simpatías), o a valorar las acciones relatadas en los textos, olvidándonos de reflejarnos. Si asumimos este papel de galenos de enfermedades del alma, incluso contamos con un recurso colocado al final del volumen, no sé si por previsión del autor o por feliz costumbre de la empresa editora: una página de notas, útil para hacer nuestras psico-observaciones sobre los mitómanos y sus lecciones.

En “Decálogo del mitómano”, con una clara alegoría bíblica, se fijan los diez principios básicos para inventar, mentir y exagerar y, al mismo tiempo, pasar a la posteridad gracias a tales acciones. Es una suerte de preludio a los cuentos; quizá tales mandamientos han guiado las acciones de los personajes.

Resulta evidente que uno de los elementos unificadores de los textos presentados en este volumen es, precisamente, la mitomanía, pero no se constituye como el único. Tal peculiaridad no se presenta por sí sola, puesto que implica un interlocutor (por lo menos, ya que puede ser una comunidad completa), interlocutor dispuesto a creer en lo que escuchará de labios del mitómano, aun a sabiendas de que se trata de una mentira (o por lo menos con la sospecha de ello), como ocurre con “El profesor Marius”, dedicado a “la presentación de los horóscopos que salían de su voz cascada y serena para anunciar a la gente hechos y circunstancias que rara vez se cumplían, pero que se manifestaban con tanta convicción que sólo los más atrevidos podían llegar a dudar de ellos;” (104) “a través de la emisora de radio anunciaba hechos y circunstancias en las que todos creían, pero que ninguna de ellas se cumplían” (107); efectivamente, el espacio radiofónico de Marius era el más propicio para los patrocinadores por las altas audiencias. Poseía, quizá en consecuencia, una gran capacidad para influir en los demás, incluso para conseguir marido a las casi-quedadas u obtener el perdón eclesiástico para un pecador arrepentido gracias a la sola mediación del profesor.

Algo similar ocurre con “El doctor Loria”, médico respetado en su comunidad a pesar de sus prácticas clandestinas y consideraciones ilícitas; ante su sapiencia y eficacia, sus coterráneos aceptan, incluso solapan, sus mitomanías.

Pero la mitomanía no es el único elemento que tienen en común los relatos que hoy nos ocupan; el espacio también es un elemento unificador importante.

Al modo de Macondo en la obra garcíamarquiana, el Maldonado uruguayo se erige como el territorio común a todos los cuentos, aun de manera indirecta. Este rasgo se había ya presentado en Juegos de amor y muerte.

La vinculación de Maldonado con los relatos se presenta de modo particularmente curioso (con aproximación inverosímil, diría Menton) en “Hans Langsdorff””, toda vez que acerca dos lugares tan distintos como Alemania y Uruguay, como Bergen y Maldonado, siempre para crear un espacio propicio para la mitomanía.

Otro aspecto que mantiene el parentesco entre estos cuentos (y el último al que hoy haré referencia, para dejar materia en este sentido a los futuros lectores) es la temática centrada en debilidades humanas (o divina, en algún caso), debilidades tan usuales que adquieren peculiar lustre cuando se presentan en contextos mitómanos: la infidelidad, la credulidad, el despotismo, la soberbia, la obsesión, la codicia, la charlatanería, la hipocresía y la estupidez; por supuesto, cada lector podrá agregar las debilidades que perciba en su acercamiento personal a la obra.

Hasta aquí me he referido a la mitomanía con tal frecuencia que corro el riesgo de ser redundante, pero resulta inevitable: no sólo integra el título del libro que hoy se presenta, sino el tema dominante; de cualquier modo, lo haré una vez más.

He dicho ya que Quintana no se refiere a la mitomanía como un defecto en sí mismo, puesto que sus relatos se organizan en dos grandes grupos: por un lado, está la mitomanía positiva (dijo “sana” para aludir al Quijote), y por el otro la que posee los tintes a que estamos acostumbrados, es decir, la negativa, la que daña, la que tiene como fin último sólo el engaño.

En la primera categoría se ubican José Enrique (de “La parábola del buen mitómano”), maestro incansable, atormentado por el régimen totalitario, quien se erige como un mitómano al modo bíblico: exacerba las bondades, las virtudes; es una guía de sus discípulos. Se incluye, además, Hans Langsdorff, mitómano del heroísmo, en una nueva versión de los hechos históricos, planteados desde una perspectiva diferente que viene a desmentir la mitomanía de las instituciones oficiales que suelen presentarlo como un traidor y un cobarde.

A medio camino entre esta categoría y la otra, la negativa, está “El profesor Marius” un mitómano irredento en el paso de los siglos, muy al estilo del viejo Miseria en Don Segundo Sombra y de Fausto, pero cuya ausencia, finalmente, permite los excesos bélicos del país del norte.

En el segundo grupo (mucho más prolífico), se incluye el resto de los cuentos.

Armando Pérez Ururtia (en el cuento con título homónimo), psicólogo con una mitomanía que en realidad disfrazaba la búsqueda (en sus pacientes, por cierto) de la mujer que lo dejó por una escuela, pero quien al mismo tiempo se permitió atender a Carolina, experta mitómana de la seducción y la avaricia que deslumbró, otorgó, postergó y, por fin, anuló a Juan de Dios (su pareja), quien como único yerro tuvo, quizá, la necedad de no ser lo suficientemente mitómano para evitar el desdén de su adorada Carolina.

En “Hernán, el amigo de las sombras”, Hernán Campbell es una suerte de mitómano de lo sobrenatural que, aún sin quererlo, termina por engañarse a sí mismo y, al pretender acciones divinas, pierde en el tiempo a uno de sus pacientes.

En “Dios ya no duerme” Mario Campsa, por su mitomanía, pretende que Dios se doblega a su voluntad y evita su muerte; cabe preguntarse si en este cuento no hay rastros también de mitomanía divina…

“Adriana” refiere nuevamente a un Mario Campsa (¿alter ego del autor?) mitómano, pero ahora en el campo del amor, es un mitómano de Adriana: “Pensé siempre que tu separación sería mi muerte. Hoy veo que la muerte perezosa ni siquiera se acerca a mi puerta náufraga y esquiva de amor” (98); tal mitomanía se explica de manera simple: quien dice que morirá de amor miente buscando enaltecerse, como lo comprueba el paso de los años, pues el tiempo cura hasta las heridas afectivas. En este contexto, por supuesto, también Adriana falta a la verdad, pues ofreció la eternidad y concedió solamente un lapso fugaz.

“El doctor Loria” refiere un mitómano de la salud que termina protegiendo a otros mitómanos, en detrimento de su ética pero en beneficio de su erario; “Curioso dogmatismo que nada enseña” nos presenta a un mitómano (quizá de la filosofía) que ha servido de simiente para muchos de los actuales que hablan de “una lógica que en sus vidas no practican” (134).

Tico, en “Una mitomanía compulsiva y absorbente”, es un personaje que encarna los peligros del amor exacerbado, en cualquiera de sus presentaciones, toda vez que este tipo de mitómano no permite el abandono bajo ningún concepto.

En “Apolinario Pérez” el narrador muestra a quien podría ser el mitómano por excelencia, por supuesto con funestas connotaciones: inepto pero presuntuoso, engrandecido pero inútil, en fin, conformado sólo por apariencias: un perfecto ejemplo de la estupidez humana.

Prácticamente al final del libro, una vez expresadas numerosas pasiones que dieron lugar a las mitomanías referidas en este volumen, el narrador dice: “Tiempo después yo también entendería que la diferencia entre algunos cuentos y la historia real son tan sólo matices que muchas veces no nos atrevemos a reconocer como parte integrante de una verdad que nos agobia y persigue” (126). ¿Será, entonces, que los relatos reunidos en Lecciones de mitomanía no son absolutamente ficticios, y que si nos esforzamos un poco terminaremos por identificarnos entre los personajes de Quintana? Al final, quizá todos tenemos un poco de psicólogos, pero también de mitómanos.

En el “Epílogo del narrador” se expresa una especie de despedida ante el letargo de las musas inspiradoras; el narrador hace un recuento de sus personajes y se asume (¿él sólo? ¿Sin el autor?) como el principal, el más extraño y el más perfecto mitómano. Tal parece que balbucea:

Hoy quisiera ser solamente hombre y meditar.
Sentarme al borde del camino y ver pasar
la multitud inmensa que sueña…
(XVIII, en Desde el espacio ilimitado de la soledad, LQT)

Toluca, México; 17 de mayo de 2006.

 

© Annesy Pérez Echeverría 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero33/lecmito.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2006