No basta con que callemos.
Mala gente que camina, de Benjamín Prado:
Una reivindicación de la historia completa

Gloria García Urbina

Université Haute Bretagne, Rennes 2
glorgarciau@hotmail.com


 

   
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“No basta con que callemos y además no es posible”. Con esta cita de Luis Rosales Benjamín Prado encabeza su última novela, Mala gente que camina [1], una cita que sirve como resumen y justificación del propósito del autor al escribir el libro. Prado forma parte de esa generación de autores jóvenes que hoy, treinta y seis años después del advenimiento de la democracia en nuestro país, alzan la voz para recordarnos a todos que para superar los trágicos hechos que sacudieron España durante gran parte del siglo XX no basta con volver la espalda y seguir caminando. Fueron muchas las historias que se quedaron en el camino, historias de gente de a pie, historias de heroicidades cotidianas, de superaciones a través de la lucha diaria, historias de fantasmas olvidados en las cunetas, de mujeres y hombres que tuvieron que vivir con esos fantasmas porque la guerra les había arrebatado un hijo, un hermano, un padre, muchas veces de forma brutal. En la literatura de hoy parece que hay una voluntad cada vez mayor de desenterrar ese pasado, no para abrir de nuevo las heridas, sino con el firme propósito de poder cerrarlas para siempre como merecieron aquellos que sufrieron las pérdidas físicas y morales que deja tras de sí toda guerra; para, en fin, devolverles las voz a todos aquellos que han permanecido callados durante los casi cuarenta años de dictadura franquista y a los que tampoco parece que se ha querido tener en cuenta durante las últimas tres décadas, y es que, como dijera Rosales, no basta con callar.

Pero que además callar es imposible lo demuestra el protagonista de Mala Gente que camina, un profesor de literatura de un instituto de secundaria que, cuando se halla inmerso en la preparación de una conferencia sobre una de las novelas de posguerra por excelencia, Nada, descubre, a través de la madre de uno de sus alumnos, que junto a Carmen Laforet una joven escritora estaba escribiendo otra novela que no tendría igual fortuna, pero que sin duda, más de sesenta años después, puede servir para sacar a la luz uno de los grandes dramas de posguerra: el robo de niños a presas republicanas por parte de las instituciones del poder franquista. Así, por casualidad, una casualidad que demuestra la permanencia todavía de una memoria viva latente gracias a la cual es imposible el olvido, el narrador descubre la existencia de Dolores Serma, cuya personalidad parece ser tan enigmática como su novela Óxido, una novela oscura, escrita en clave kafkiana, que narra las surrealistas vivencias de una mujer que no logra encontrar a su hijo por muchos esfuerzos que emplee en buscarlo. Nadie sabe nada de él, sin embargo a ella todo el mundo la conoce, y deambula por las calles de una ciudad llena de zanjas cuyos nombres varían de un día para otro, calles con iglesias que le cierran sus puertas, autoridades que le aseguran que ella nunca tuvo ningún hijo. La aparentemente clara interpretación del texto choca brutalmente con la vida que, al parecer, ha llevado la ahora anciana enferma de Alzheimer Dolores Serma, militante de la Sección Femenina y la organización de beneficencia infantil del Auxilio Social en su juventud [2]. La incoherencia de hallarse ante una mujer de acusada afinidad al régimen franquista que escribió acerca del drama de cientos de mujeres republicanas empuja al protagonista narrador a adentrarse en la historia familiar de Dolores Serma a través de su nuera, Natalia Escartín, madre de uno de sus alumnos y esposa de Carlos Lisvano Serma, el hijo de Dolores.

A partir de este detonante, el profesor de literatura inicia una investigación que le irá desvelando poco a poco el secreto de la familia Serma, una realidad construida sobre los cimientos de otra, una identidad hecha a medida necesariamente para salvaguardar los intereses y aún la vida de sus protagonistas que ahora, casi un siglo después, su autora parece haber querido rescatar del olvido cuando a ella misma se le están desdibujando los contornos de la realidad debido a la lejanía en el tiempo y a esa terrible enfermedad que acaba por destruir hasta el último de los recuerdos. Gracias a Natalia, el nexo de unión entre el profesor y la familia Serma, el protagonista conoce a Carlos Lisvano, un hombre al que la vida ha sonreído, un abogado de éxito que ante la insistencia del profesor de su hijo a saber más se mostrará siempre reacio a satisfacerle, pues es de la opinión de que el pasado está bien como está y no es necesario ni recomendable perturbar a su madre con asuntos de otra época, un tiempo, dicho sea de paso, que es conveniente olvidar. La figura de Lisvano se erige entre los demás personajes de la novela de Prado como el representante de toda una generación producto de la educación franquista: le está muy agradecido a su madre por la rectitud que siempre empleó en su formación; estuvo internado en varios colegios donde aprendió inglés y alemán, y luego estudió italiano y filología francesa, aunque siempre se dedicó a la abogacía y la política; sin embargo, nunca mostró interés por la literatura, un hecho que no sólo pareció no importarle a su madre, sino que incluso ésta fomentó encaminándole hacia profesiones más “útiles”. Carlos es uno de tantos hombres y mujeres a los que les enseñaron a mirar siempre hacia delante, para los que la guerra civil y la posguerra no fueron más que unos acontecimientos históricos superados que no vale la pena remover, sin duda porque ignoran las dimensiones que alcanzó la tragedia; un mecanismo de defensa que muchos padres emplearon para evitarles sufrimiento, como en el caso de Dolores. A su lado, como contrapunto, Natalia Escartín y Juan Urbano, algo más jóvenes que él, demostrando que quizá es mejor que la historia la narren aquéllos que no la han vivido, aquellos que están libres del dolor que puede suponer descubrir el sufrimiento que marcó la vida de sus padres y la de ellos mismos, los únicos que pueden tomarla con la distancia necesaria para que no se convierta en un discurso impregnado de rencor.

Paralelamente al triángulo que se forma entre estos tres personajes, se abren otras líneas discursivas que sirven para completar el complejo mosaico de la novela, que puede ser interpretado como las diferentes actitudes adoptadas ante el tema de la Guerra Civil y sus consecuencias. El narrador, a través de sus recuerdos, nos explica la historia de Virginia, su ex -mujer, que a simple vista parece no jugar un papel demasiado decisivo en la trama, dando la impresión de que probablemente la novela habría funcionado igual sin ella [3]. Sin embargo, al tiempo que su presencia en la vida del protagonista parece alejar al lector de la problemática principal para adentrarlo en el siempre bien recibido terreno de las relaciones personales, no puede menos que verse en ella la recreación de toda una época y las consecuencias que tuvo en algunos de los que la vivieron. Virginia está pagando ahora los excesos que cometió en su juventud, una juventud que vivió junto a Juan en plena movida madrileña que tiñó del color de las ilusiones los años que sucedieron a la gris época del franquismo. Fue la década del idealismo, de la ensoñación, de la trasgresión de las normas, pero que cuyos protagonistas no siempre supieron conjugar con la necesidad real de reconstruir una sociedad consciente aceptando que había sido duramente castigada por el acontecer político inmediato. La liberación sexual y el consumo de drogas sólo contribuyeron a enmascarar la realidad, una suerte de escapismo que practicaron muchos jóvenes a los que de repente les importó más ser modernos que escuchar viejas historias de enemistades y de guerras. Una revolución social que no fue más, por tanto, que uno de los resultados de la política de Transición, tal y como explica el protagonista de Mala gente que camina: “¿Sabes qué ocurre? Yo creo que lo que se pactó en España con la Transición fue echar tierra encima de demasiadas cosas. ¿Y sabes por qué? Pues porque mucha gente había sufrido tanto que llegó a renegar de su propia memoria. Que no se repita nunca más aquello, decían; por Dios, que no se repita aquello. Y de ahí no los sacabas” (p. 264). Y quizá juzgaron la mejor forma el no hacer partícipes a los jóvenes de los desastres ocurridos, de los amargos recuerdos que atormentaron las mentes de sus mayores, al tiempo que a éstos esas terribles tragedias se les antojaban lejanas y ajenas, como pertenecientes a otro mundo. Fue una época que sirvió para cicatrizar las heridas de un país que había sufrido demasiado, pero cuyas marcas todavía pueden verse en su piel, unas marcas que, a juicio del narrador, pueden borrarse definitivamente recuperando la memoria de los que las albergan en su interior. Virginia ha pagado los errores a los que la llevó su inconsciencia: una hepatitis provocada por el consumo de heroína de la que logra curarse al final de la novela, un desmoronamiento físico y también económico del que sale gracias a la ayuda de su ex -marido, que supo reconducir su vida en el momento apropiado y que nunca olvidó lo que fue Virginia para él: una mujer increíble y espiritual, tan increíble y espiritual como los años de su juventud, pero que debe liberarse poco a poco de la inconsciencia que casi la destruye y recuperar, con la ayuda de la medicina, las riendas de su vida. Un claro paralelismo con la joven España democrática, que debe ahora también sacudirse el polvo del olvido y aceptar la Historia que dejó en el camino, una historia que no excluye la que ya se conoce, sino que la complementa [4].

Entremezclado con las relaciones que el protagonista establece con las dos mujeres, Juan mantiene un tercer vínculo gracias al cual va ofreciendo un repaso por lo que fue la historia de nuestro país desde los años cuarenta, utilizando como vehículo las conversaciones que mantiene con su madre, testimonio vivo de aquella época. Este personaje, sin ser en absoluto ignorante, sirve para mostrar el desconocimiento de los entresijos del gobierno franquista que sin duda tuvo la inmensa mayoría de la población. No son escasas las discusiones sobre literatura y teatro, así como de política y organización social, y el lector puede comprobar cómo las concepciones de uno y de otro son distintas, siendo mucho más completas las del hijo a pesar (o quizá precisamente por eso) del distanciamiento en el tiempo y la no vivencia de dichos años. Gracias a ello la novela se convierte también en una suerte de documento histórico que puede ser muy efectivo a la hora de transmitir según qué conocimientos, a la hora de revelar verdades ocultas o simplemente camufladas de las muchas que hubo durante los cuarenta años de franquismo. Sin embargo, la madre del protagonista es una mujer perfectamente consciente de lo que fueron aquellos tiempos. En medio de una discusión sobre teatro, no puede menos que recordarle a su hijo una gran verdad: el teatro, como el cine y la literatura, se convirtieron en un instrumento (hábilmente empleado por el régimen) para aplacar el sufrimiento de los ciudadanos, una vía de escape que muchos no identificaron como tal y que otros aceptaron sin más por no poder hacer mucho al respecto: “Tú deberías comprender - concluyó- lo que significaba sentarte en un patio de butacas en los años cuarenta. Era una vía de escape, ¿entiendes? Todo lo demás era destrucción y miseria, y si tú hubieras estado allí, también habrías ido a ver Mañanita de sombra, de Serafín Álvarez Quintero, o La honradez de la cerradura, de Benavente, para sentirte en otro mundo, aparte de lo que te pudieran parecer literariamente” (p. 337) [5].

Pero sin duda, el personaje que cobra mayor relevancia y que hilvana el curso de la acción es Dolores Serma, a la que conocemos a través de su obra gracias al narrador. Dolores, en los últimos estertores de su vida consciente, como si de la España de los últimos años se tratara, ruega a su hijo y su nuera recuperen algo que les pertenece y que ha guardado hasta entonces Mercedes Sanz Bachiller, viuda del ultraderechista Onésimo Redondo y fundadora del Auxilio Social. Se trata del manuscrito de Óxido, así como de otros documentos que podrían haber puesto en serio peligro su vida y la de los suyos. Dolores Serma tuvo un secreto que guardar, algo que de haberse sabido habría cambiado completamente su vida y la de su hijo, pero que ahora, sesenta años después, libres del régimen franquista, puede desvelarse para restaurarle a ella y a su hijo su verdadera identidad, una identidad que nuestro país está reivindicando en los últimos tiempos: es hora de que la historia no la escriban sólo los vencedores. La supuesta amistad que la unía a Carmen Laforet no es únicamente un ardid literario empleado por Prado para facilitar el descubrimiento de esta autora. En realidad lo que se está haciendo en Mala gente que camina a través de esta relación entre las dos escritoras, la que existió realmente y la que debía haber existido, es plantear las bases de un debate que viene siendo habitual en los últimos tiempos y que tiene que ver con el enfoque literario de los hechos históricos. Tanto Laforet como Serma ofrecen una visión crítica de la sociedad de posguerra, la primera sitúa en Barcelona la acción y la segunda en una ciudad que responde a todas las características de la capital española. Parece ser el estilo, mucho más realista y del gusto de la época en el caso de Nada, lo que hace que una novela triunfe y otra no [6]. Sin embargo hay que tener en cuenta una serie de variables: Nada constituye, efectivamente, una denuncia de la apatía y el vacío de la sociedad de posguerra, pero es en cualquier caso una denuncia que era posible hacer, una reflexión existencialista de la situación de muchas familias marcadas por la tragedia pero también por unas normas sociales rígidas y arcaicas de las que nadie, explícitamente, tiene la culpa [7]. El problema que se expone en Óxido es mucho más desgarrador y brutal; se trata de una realidad en la que hay víctimas y verdugos, imposible de evidenciar en los años cuarenta, de ahí el estilo oscuro y surrealista, esa atmósfera asfixiante e irreal que envuelve el via-crucis de Gloria, la protagonista, una prosa difícil de comprender probablemente para el gran público de la época y peligrosa al tiempo para las autoridades si logra descifrarse, pues describe uno de los puntos más oscuros y silenciados de la represión franquista.

Ello demuestra que no todo está escrito, sino que hay todavía mucho por explicar. El protagonista tiene como proyecto de futuro escribir un libro titulado La Historia de un tiempo que nunca existió, cuyo título ya permite hacerse una idea de la que es la mayor carencia de la historiografía nacional: Nada, como La Colmena de Camilo José Cela, es la gran novela de posguerra que pudo escribirse, pero sin duda hay otras muchas que no se escribieron y que de existir formarían un retrato mucho más completo de la época, una época de deriva existencial, de carencias materiales y de falta de estímulos vitales, pero también de represión, de brutalidad, de injusticias y de miedo [8]. Benjamín Prado construye a través de sus páginas el recorrido de un trabajo de investigación que tiene por objeto descifrar medias verdades que dieron como resultado final una mentira completa. Su protagonista intenta de algún modo devolverle la voz y la identidad a una mujer que tuvo que vertebrar su vida alrededor de una farsa como fue el régimen franquista, en el que, no obstante, también hubo gente de una gran calidad humana.

Restaurar la identidad, devolverle la voz a los que tuvieron que vivir en silencio, ese es el objetivo final de muchos escritores contemporáneos como Benjamín Prado, que saben que los últimos cincuenta años de nuestro siglo no fueron monolíticos, que luchan por que a los vencidos también se les conozca y se les escuche, que reivindican, en suma, que la Historia sea completa y la escriban todos. Por ello recrea un pequeño universo de relaciones humanas en el que cada personaje adquiere una dimensión simbólica para personificar cada una de las actitudes a tomar ante la creciente necesidad de desvelar la parte más oscura de nuestra historia. Demuestra de este modo Prado con su novela que la ficción puede servir para cubrir los vacíos que deja la historiografía; que más allá de datos y fechas, los sentimientos y los relatos anónimos pueden ayudar a comprender mejor el curso de nuestras vidas, pues la literatura y el arte no son sino otra vía para comprender la realidad. Y lo hace en un doble plano: en el de la ficción a través de la novela de Dolores Serma y en el de la realidad, a partir de los datos verídicos que el narrador va proporcionando a un lector al que se dirige constantemente. Todos y cada uno de nosotros, en suma, somos producto de aquella época, cada una de nuestras familias tiene una historia personal que contar y que es, a fin de cuentas, la que perfila los contornos de nuestra verdadera identidad, la identidad de una generación que está dispuesta, de una vez por todas, a restablecer el orden, a cerrar heridas.

 

Notas:

[1] Benjamín Prado, Mala gente que camina, Alfaguara, Madrid, 2006.

[2] Ambas instituciones conformaban sendos organismos de represión bajo la máscara de asociaciones de beneficencia: la Sección Femenina, por un lado, se encargaba de la “educación” de las mujeres, a las que enseñaban a ser amantes madres y esposas instruyéndolas para desempeñar las tareas domésticas que se le exige a toda buena ama de casa y enseñándoles pautas de conducta acordes con el comportamiento de una mujer moralmente intachable. En el Auxilio Social las religiosas daban acogida a todo niño desfavorecido o abandonado, del mismo modo que se encargaban de la custodia provisional de los pequeños nacidos en las cárceles republicanas, hijos de presas que normalmente eran fusiladas cuando éstos cumplían los tres años de edad y a los que daban en adopción a familias afines al régimen. Numerosos testimonios de la época dan cuenta del trato inhumano que recibían las criaturas, muchas de las cuales morían por no tener cubiertas las principales necesidades de nutrición e higiene.

[3] La misma función parece tener, a priori, la historia de amor con Natalia Escartín, totalmente prescindible para el desarrollo de la acción a no ser para recordar al lector la superioridad del protagonista sobre el marido de ésta, insistiendo en el hecho de que sabe más sobre su pasado y su presente que él mismo.

[4] Esta reivindicación de la idea de complementariedad incluye también la literatura que surgió fuera de nuestras fronteras. Hasta hace poco se distinguía la literatura nacional de la literatura del exilio español, una dicotomía que las últimas líneas de investigación intentan desterrar para considerarlas dentro de un marco común, el de la literatura española, pues lo que se intenta demostrar es que ambas forman parte de una misma realidad más compleja.

[5] El tema del empleo de la literatura y el cine como instrumento educativo por parte del régimen lo expone Hedy Habra en “Deconstrucción del tejido mítico franquista”, Espéculo, revista de estudios literarios, 25, Universidad Complutense de Madrid, 2003. En este artículo demuestra como, además de la función evasiva de la que habla la madre del protagonista, el cine y la literatura servían para vehicular los valores del régimen y de este modo “instruir” a la población.

[6] Manuel Abellán en Censura y creación literaria en España (1936-1976), Península, Barcelona, 1980, lleva a cabo un riguroso estudio sobre el funcionamiento del aparato censor durante la dictadura franquista. Entre otras obras citadas menciona el caso de Nada, novela que tras pasar varias veces el control censor fue finalmente publicada a pesar de que los funcionarios consideraron que poseía una muy baja o nula calidad literaria.

[7] No hay que olvidar que Carmen Laforet, como la mayoría de los escritores que alcanzaron cierto éxito en la época que nos ocupa, provenía de una familia perteneciente a la burguesía acomodada, y fue una narradora que se caracterizó por la necesidad de reflejar el mundo en el que vivían y hacerse valer, pero que, todo y siendo testigo de los problemas del momento, no sufrió en primera persona las brutalidades de la represión franquista.

[8] Isaac Rosa recuerda en “Visiones literarias de posguerra” que los discursos de que disponemos a la hora de construir la historia son simplistas e incompletos: suelen ser visiones muy parciales, pues no hay testimonios sobre el aparato represivo del régimen sino solo sobre la sociedad que generó. 75 años de la República: los escritores ante la guerra civil y la posguerra, Cursos de verano El Escorial 2006, Universidad Complutense de Madrid.

 

© Gloria García Urbina 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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