Del mito y de unos versos de W. H. Auden

Luis Juan Solís C.


 

   
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Hace unas semanas, la revista Time publicó, de forma textual, la siguiente frase del presidente de Irán Mahmoud Ahmadinejad. Traducidas al español, las palabras del líder iraní dicen así: “Sólo aceptaré algo como verdad si realmente estoy convencido de ello” [1].

Nefandas y abominables palabras, sin duda. Sin embargo, y lejos de hacer una apología del paranoico líder, creo que no deja de haber en ellas un hecho incuestionable: Sólo aceptamos algo como verdad si encuadra en nuestros esquemas de lo admisible y en nuestra categoría de lo cierto, es decir, en nuestros mitos. Que conste mil veces más, por supuesto que hubo un Holocausto en el que millones de personas fueron cobardemente asesinadas. De cualquier forma, el presidente de Irán no miente al afirmar que sólo cree en las cosas de las que está convencido.

El problema surge, en parte, con el empleo de la palabra mito. Por un lado, cuando la revista alemana pregunta si el Holocausto fue un “mito”, la palabra se emplea para aludir a una falacia, a un relato que no concuerda con los hechos históricos, a una simple ficción. En este sentido, un héroe de historieta sería sólo un “mito”. Rollo May, psicólogo existencialista estadounidense, nos dice al respecto:

Este empleo del término mito ”sólo” como desaprobación del mito empezó con los Padres de la Iglesia, en el siglo III, como forma de combatir la fe de las gentes en los mitos griegos y romanos. Afirmaban que sólo el mensaje cristiano era cierto y que las historias griegas y romanas eran sólo “mitos”. [2]

A pesar de que nunca lo hemos visto ni lo veremos en el mundo “real”, el héroe de historieta constituye una especie de depósito de los ideales, de los valores y de las aspiraciones, reglas y anhelos que guían la existencia de una determinada colectividad. Así, aunque Homero Simpson ruegue a Superman que lo salve, éste personaje ficticio de tinta y papel (Superman) es al mismo tiempo el prohombre que combate a las fuerzas contrarias a todo lo “bueno” y “sano”, o sea, al mundo con el que sueña una colectividad, su estilo de vida, sus creencias, tradiciones y valores. Como puede verse, la polisemia de la palabra se presta a distintas interpretaciones más o menos congruentes unas con otras.

En efecto la palabra se utiliza tanto en el sentido de “ficción” como en el sentido, familiar especialmente a los etnólogos, a los sociólogos y a los historiadores de las religiones, de “tradición sagrada, revelación primordial, modelo ejemplar”. [3]

Estoy convencido, por mi parte, de que Ahmadinejad emplea la palabra “mito” en su acepción de ficción, para negar los crímenes nazis y justificar su odio hacia los que él considera los enemigos de su nación. Con ello, entra en la segunda esfera de significación. En ésta, se ve al mito como un relato que pone en marcha la acción de los pueblos, da cuenta del mundo y de sus cosas y marca mucho de lo que somos, nuestros valores, esperanzas, sueños y enemigos. Ahmadinejad está inserto, como todo el mundo, en un discurso mítico. No es posible vivir sin al menos un cierto asidero. Ese punto fijo lo proporcionan los mitos. Nuestras acciones se explican a la luz de nuestros sueños colectivos, es decir, de nuestros mitos. Si alguna vez existió algo a lo que con justicia puede darse el nombre de “motor inmóvil”, aquello que sin ser movido mueve a todo lo demás, es, precisamente, el mito. Este discurso pone en marcha revoluciones, guerras, amores y terrores. Se trata de una fuerza que justifica y legitima sin que a su vez tenga que ser objeto de legitimación alguna. El iraní vive el sueño de su colectividad, relatado en el lenguaje de su propia colectividad. Sus acciones son congruentes con el discurso del que surgen, están insertas en su propio esquema de “verdad”. Lo mismo puede decirse de un individuo que define a Irak, Irán y Corea del Norte, como el “Eje del mal”. Se trata de mitos que se ubican en posturas contrarias. Ambos dan lugar a sus propias acciones y verdades; ambos fabrican sus héroes y sus villanos. Es difícil imaginar que individuos como George W. Bush y Mahmoud Ahmadinejad hayan llegado al poder sin estar insertos en los mitos de sus respectivos pueblos—el “Gran Satán” es siempre el otro:

Ser miembro de la comunidad significa compartir sus mitos [...] El extraño, el extranjero, el forastero, es aquel que no comparte nuestros mitos, aquel que se guía por estrellas diferentes, aquel que adora a otros dioses.[4]

Mesiánico irredento, Bush llegó al poder porque encarna, para muchos, las aspiraciones de su pueblo. Si bien su popularidad está en sus niveles más bajos, esto no significa necesariamente que el mito estadounidense haya muerto o que se haya transformado en otra cosa. Por el contrario, este hecho corrobora la vigencia y la vitalidad del propio discurso. Gilgamesh y Enkidú fueron al bosque de Humbaba y trajeron la madera. Los héroes ponen el mito en movimiento y satisfacen los sueños de su colectividad.

Más allá del probable interés de fabricar armas que pongan en juego la seguridad de Israel y comprometan, aún más, la estabilidad del Medio Oriente, Ahmadinejad vive el mito de un pueblo que ha querido reencontrarse consigo mismo en sus raíces más profundas, en sus dogmas, en una fe en la construcción de un orden nuevo que, paradójicamente, se cimienta en costumbres ancestrales. La revolución islámica, como muchas otras, como quizás todas las revoluciones, surge de mitos cosmogónicos y escatológicos. En estos discursos se pone fin al caos imperante, para crear un nuevo orden, un nuevo mundo, con un nuevo tiempo, e incluso con nuevas palabras que posean la fuerza de los orígenes [5]. De igual forma, podría decirse que Ahmadinejad vive el mito del hombre fáustico, gran relato de la modernidad occidental.

¿Pero por qué sólo del mundo occidental? Nada hay que vuelva el uso de avances tecnológicos, nucleares o no, prerrogativa de occidente. Ahmadinejad quiere insertar a su pueblo en el discurso de la transformación tecnológica. Se trata del mito cuyo personaje central pone en acción descomunales fuerzas transformadoras. Fausto continúa la tarea emprendida por Dios—si hay un mar que separe nuestras tierras, que se tiendan puentes, que se hagan cosas. Fausto es la acción irrefrenable y pura. Con justa razón se dice que el hombre fáustico no tiene vida sino historia. Este hombre, hacedor de tiempo completo, lleva en sí la irrefrenable testosterona del cambio. Modernos a como dé lugar es su lema. Para ello, hacen falta tanto las herramientas para construir, así como la bola demoledora para derribar lo viejo.

Paradójicamente, en el empleo de la palabra moderno encontramos uno de los mitos recurrentes que dan sentido y orientación a nuestras sociedades. Con la valoración desmedida de la ciencia y del conocimiento racionales, que corre a la par de la negación de los poderes del conocimiento no racional, se asiste a una pérdida de lo sagrado. En su afán por deshacerse de todo resabio de pensamiento irracional y absurdo, el Iluminismo se convierte en una suerte de Talibán de la razón, que eleva a ésta a la categoría que antes se reservaba a los dioses. Adorno y Horkheimer nos dicen que el Iluminismo es más totalitario que ningún otro sistema [6].

Somos muy modernos. El hombre primitivo cocinaba su trozo de carne, poniéndolo al sol, pintaba cuevas en Altamira para establecer, creemos, una relación de magia simpática con los animales representados. Nosotros clonamos animales y cocinamos en microondas. Sin embargo, hoy como nunca, vemos la oferta de adivinos de todo pelo; podemos incluso consultar videntes online—prueba de que la posmodernidad carece de centro y de que cancela, fundiéndolos, todos los espacios y todas las cronologías. El pensamiento mítico nunca nos abandona. Secularizamos al mundo, pero divinizamos la ciencia; divinizamos la ciencia, pero consultamos el tarot. Jacques Barzoun [7] nos recuerda que, el París racional y científico, de Cugnot y sus intentos por fabricar autos de vapor, de Vaucausson y sus robots, de los Montgolfier y sus globos, también fue el escenario de una larga serie de charlatanes de toda clase, entre ellos Cagliostro, quien no sólo curaba milagrosamente, sino que traía mensajes directamente de la boca de los muertos.

En este punto encontramos la paradoja, esbozada anteriormente: la edad del nuevo método y de las nuevas revelaciones (en plural y sin mayúscula) presenció un resurgimiento de la superstición, cuya manifestación más profunda fue la persecución de las brujas. [8]

El punto es que seguimos insertos en esquemas del pensamiento mágico, por más avanzados que creamos ser. Estamos insertos en el mito, ya sea para vivir o incluso para morir-los terroristas islámicos se hacen volar en mil pedazos (y a muchos inocentes con ellos) con la promesa de un Edén poblado por miles de vírgenes complacientes. Como bien decía Borges, mitos espeluznantes, como el nazismo, no pueden ordenar nuestras vidas, sino sólo realizarse en la muerte.

Por su parte, la muerte del mito es el nacimiento del Prozac. La falta de mito, y del rito, que es su praxis, se traduce en una vida carente de dirección y de sentido, en una dependencia de cosas como el sexo, las drogas, el alcohol, la fama a toda costa (ser simplemente famosos, sólo por serlo). El mito y sus formas vienen a ser una especie de anuncios de la carretera que nos hacen más fácil llegar a done queremos sin perdernos en el camino. En una sociedad que fomenta el individualismo a ultranza, el dogma de ráscate-con-tus-propias-uñas nos aleja de los otros, y hace de extranjeros de todos, es decir, hombres que no comparten nuestros mitos.

Y no los comparten porque tampoco nosotros sabemos cuál es el nuestro. Esto explica, en parte, la proliferación de literatura dedicada al autoconocimiento y a la autoestima. Se trata de hilos de Ariadna en este meandro tormentoso. Pero hay que recordar que nadie puede salir del laberinto por nosotros. El hilo es sólo eso, una guía, no la salida en sí. El mito no determina que vivamos la vida de tal cual manera, sólo nos orienta.

Traigo a colación un bello poema de Auden, Many Happy Returns. En el poema, escrito para celebrar los siete años de un niño, se desea al pequeño “un sentido de lo teatral”, es decir, saber cuál es nuestro lugar y papel en la vida en cada uno de sus actos y escenas. La idea de lo teatral de la vida tal vez no sea el epítome de la originalidad metafórica. De cualquier modo, Auden nos presenta, si no un Arte Poética, al menos un arte existencial, lo que no es poca cosa. Se trata de deseos pertinentes y valiosos para orientar nuestra vida. Me permito citarlo:

So I wish you first a
Sense of theatre; only
Those who love illusion
And know it will go far
Otherwise we spend our
Lives in confusion
Of what we say and do with
Who we really are.
[9]

El sentido teatral de la vida, me parece, corresponde a una existencia enriquecida por símbolos, ritos y mitos. Las escena y actos son las diferentes etapas de la vida. Más adelante, el poema nos dice que el autor de esta obra teatral es nada menos que Dios. Los papeles podrán ser de autoría divina, pero no hay argumento preestablecido. Una vez elegido el papel, no nos es lícito alterarlo. Esto no significa, por supuesto, un determinismo fatalista. Somos lo que somos, es decir, lo que elegimos ser. Se trata tan sólo de encontrar un papel con el que nos sintamos a gusto, entrar en escena y actuar lo mejor posible. Joseph Campbell, célebre estudioso del mito, señala lo siguiente en charla con Bill Moyers:

Cuando eliges tu vocación, has elegido en realidad un modelo, y no tardarás en sentirte cómodo en ese papel. En la madurez, por ejemplo, puedes decir a simple vista cuál es la profesión de alguien. Dondequiera que voy, la gente sabe de inmediato que soy un profesor. No sé qué es lo que hago o qué aspecto tengo, pero yo también puedo distinguir a los profesores de los ingenieros o los comerciantes. Tu vida te da una forma determinada. [10]

El poema nos regala con algunos versos en los que se reafirma la importancia de una vida en equilibrio. Veo en esto la importancia del mito en la vida de todos los días, incluyendo en esto a los niños:

As a human creature
You will all too often
Forget your proper station,
Johnny, Like us all;
Therefore let your birthday
Be a wild occasion
Like a Saturnalia
Or a Servants’ Ball
. [11]

Como se sabe, el mito permite a los jóvenes de muchos pueblos saber el papel que deben desempeñar, lo que la comunidad espera de ellos, y lo que deben dejar atrás conforme avanzan en la vida. Es normal que nos perdamos en el camino, que vivamos en mundos de Peter Pan a los cincuenta o que nos dé por luchar con lagartos a los ochenta. Los mitos nos ayudan a saber qué cosas hay que ir dejando en la carretera. Por su parte, los ritos de iniciación sirven, o por desgracia servían, para ayudarnos a morir en una etapa de la vida y a nacer como individuos nuevos en la siguiente. Hacer del cumpleaños una saturnal significa entregarnos gozosos al rito, asistir a la fiesta. El poema añade:

May you always , Johnny,
Manage to combine
Intellectual talents
With a sensual gusto,
The Socratic DoubtWith the Socratic Sign
. [12]

Como decía Jacques Attali, hay que hacer de la vida una obra de arte. No se trata de caer en escapismos y de lograr que la cabeza no ejerza su tiranía sobre el corazón. Es bueno dejar que el alma dé un paseo por todas las calles del vecindario. Es un error limitar la verdad a los logros de la razón, pues dejamos fuera formas de conocimiento que no son ni “claras” ni “distintas”, pero que resultan igualmente valiosas, como el mito. Juan Mascaró, en su introducción a los Upanishads, señala:

Una visión material del universo parece ser, por lo tanto, perfectamente posible; tanto así, que podríamos llamarla la visión general del hombre moderno, dominada por un mecanicismo moderno basado en el materialismo científico. Pero, ¿esos es yodo? ¿Es razonable una interpretación racionalista del universo?¿Es un humanismo científico muy humano o muy científico? [13]

Por ultimo, y ya que en ocasiones como los cumpleaños es menester desearle cosas a los festejados, la voz poética le desea al chiquillo:

Happy birthday, Johnny,
Live beyond your income
Travel for enjoyment,
Follow your own nose
. [14]

Hacerle caso a los sentidos no es tarea fácil. Tenemos más que nuestra cuota de Mesías iraníes, texanos y tabasqueños, de charlatanes y de promotores de la evasión. Tal vez la vitalidad del mito nos lleve hacer de ésta, como soñaba un viejo sueño, el mejor de los mundos posibles.

 

Notas:

[1] Time Magazine Asia. Verbatim, June 5, 2006, p.18. De hecho, Time Magazine señala que esta declaración la hizo Ahmadinejad a la revista alemana Der Spiegel. Esta publicación preguntó al iraní si se mantenía firme en su declaración del año pasado, en la que asegura que el Holocausto es sólo un “mito”. La traducción de todos los pasajes en ingles es libre y a título personal.

[2] Rollo May. La Necesidad del mito. La influencia de los modelos culturales en el mundo contemporáneo, Paidós, Barcelona, 1998, p. 26.

[3] Mircea Eliade. Mito y realidad, Labor, Bogotá, 1994, p. 7.

[4] Rollo May. Op. Cit., p. 45.

[5] Se sabe que el gobierno comunista de Mongolia llegó a suprimir el uso de apellidos, herencia de la corrupción burguesa, con el fin de crear una sociedad más igualitaria.

[6] Dialéctica del Iluminismo, Editorial Sudamericana, 1997, p. 39.

[7] Jacques Barzoun. From Dawn to Decadence, 500 Years of Western Cultural Life, Perennial, New York, 2001, p. 421

[8] Ibid., p. 212.

[9] W. H. Auden. Collected Poems, Edward Mendelson (Ed.), Vintage International, USA, 1991, pp. 320-324.

     En primer lugar, te deseo un
Sentido de lo teatral; sólo
Quienes aman la ilusión
Y la conocen llegan lejos;
De otra forma, pasamos
La vida confundidos
Sin saber lo que decimos y hacemos
Y lo que realmente somos
.

[10] Joseph Campbell. El poder del mito, Emecé, Barcelona, 1991, p. 213.

[11] Ibid., p. 322.

     Juanito, como todos nosotros,
como criatura humana,
muy a menudo olvidarás
la estación que te corresponde.
Así que haz de cumpleaños
una ocasión de revuelo,
como una saturnal o un baile de criados
.

[12] Ibid., p. 323.

     Que siempre, Juanito,
Puedas combinar
Los talentos intelectuales
Con un gusto sensual,
La duda socrática con
El signo socrático
.

[13] The Upanishads, Juan Mascaró (Trad.), Penguin Books, Great Britain, 1965, p. 16

[14] Ibid. p. 324.

     Feliz cumpleaños, Juanito,
Vive por encima de tus medios,
Viaja por el gusto de hacerlo
Hazle caso a tus sentidos
.

 

Bibliografía

1. AUDEN, W. H. Collected Poems, Edward Mendelson (Ed.), Vintage International, USA, 1991.

2. BARZOUN, Jacques. From Dawn to Decadence, 500 Years of Western Cultural Life, Perennial, New York, 2001

3. CAMPBELL, Joseph. El poder del mito, Emecé, Barcelona, 1991.

4. ELIADE, Mircea. Mito y realidad, Labor, Bogotá, 1994.

5. HORKHEIMER, Max. ADORNO, Theodor, W. Dialéctica del Iluminismo, Editorial Sudamericana, 1997.

6. MAY, Rollo. La Necesidad del mito. La influencia de los modelos culturales en el mundo contemporáneo, Paidós, Barcelona, 1998.

 

© Luis Juan Solís C. 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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