La nación soñada:
Historia y ficción de los romances nacionales latinoamericanos

Francisco Villena

Dept.Spanish & Portuguese
Princeton University


 

   
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¡Patria, Patria! Tus hijos te juran
exhalar en tus aras su aliento,
si el clarín, con su bélico acento,
los convoca a lidiar con valor.
¡Para ti las guirnaldas de oliva!
¡Un recuerdo para ellos de gloria!
¡Un laurel para ti de victoria!
¡Un sepulcro para ellos de honor!
          (Himno de México, fragmento)

 

Los letrados latinoamericanos, desde la independencia y a lo largo del siglo XIX, cargan con la arriesgada tarea de imaginar sus naciones. Se trata de un proyecto complejo ya que han de inventar el concepto de nación/nacionalidad donde no existía. Los estados que se formaron tuvieron que superar la incoherencia intrínseca que representaban: el estado ha sido tradicionalmente la resolución del problema nacional, pero, en manera alguna, su planteamiento.

La crítica cultural ha tratado de explicar el funcionamiento de los imaginarios nacionales y no siempre han aportado argumentos concluyentes al respecto. Únicamente se puede apreciar el proceso de la creación de estos imaginarios y la interpelación de los sujetos ‘nacionales’ haciendo dialogar los distintos textos teóricos. Imagined Communities, es un texto tremendamente influyente, que asume la importancia del discurso como guía creadora/agente del conocimiento (Certeau, Foucault). A pesar de que este libro explica cómo se conforma la nación como formación discursiva falla en la concreción sobre qué mecanismos utiliza para llegar a las diferentes esferas sociales. Para apreciar este proceso es necesario traer a colación textos de Foucault y Gramsci, sobre la intervención del estado en el sujeto, y la noción de hegemonía en relación con la lucha ideológica. Respecto a cuestionamientos de Imagined Communities, cabe señalar el significativo ensayo ‘DissemiNation’ de Homi Bhabha que muestra algunas taras de la tesis de Anderson al explicar la continua redefinición del concepto ‘nación’ por sujetos subalternos. Por último, para una contextualización específicamente latinoamericana, es de gran utilidad la obra de Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina: Literatura y política en el siglo XIX.

La consideración del romance nacional, con respecto a la creación de imaginarios nacionales, implica una doble problemática. Si bien es cierto que los romances son proyectos específicamente creados para configurar el imaginario nacional, también es de rigor señalar que no todos los romances llegaron a ser las ficciones fundacionales en sus respectivos países.

 

Imagined Communities: La nación como formación discursiva

Las explicaciones basadas en teorizaciones lingüísticas, sociales, étnicas, políticas o históricas no plantean argumentos congruentes para justificar los elementos que definen una nación. El giro que Anderson plantea en Imagined Communities es el análisis cultural y constructivista de los mecanismos que fundan el imaginario de la nación. Para ello, realiza su estudio sobre la base de los discursos que configuran y definen lo nacional. Anderson considera El Periquillo Sarniento como texto privilegiado al ser una novela nacionalista que muestra la imaginación nacional (Anderson 29-30). Para justificar tal aseveración Anderson afirma respecto a la novela:

We see the ‘national imagination’ at work in the movement of a solitary hero through a sociological landscape of a fixity that fuses the world inside the novel with the world outside. The picaresque tour d’horison -hospitals, prisons, remote villages, monasteries, Indians, Negroes- is nonetheless not a tour du monde. The horizon is clearly bounded: it is that of colonial Mexico. Nothing assures us of this sociological solidity more that the succession of plurals. For they conjure up a social space full of comparable prisons non in itself of any unique importance, but all representative (in their simultaneous, separate existence) of the oppressiveness of this colony (…) This movement of a solitary hero through an adamantine social landscape is typical of many early (anti-)colonial novels. (Anderson 30)

El atributo fundamental de El Periquillo Sarniento, según Anderson, reside, pues, en el mapeo que instituye una descripción anticolonial y, subsiguientemente, una muestra de cómo funcionan los mecanismos de la imaginación nacional. A partir de la negación del modelo colonial en los discursos se vislumbra la aparición del modelo nacional. Esta aseveración es especialmente importante para el contexto Latinoamericano, donde la letra tuvo tanto poder desde la colonia. Ángel Rama estudia en La ciudad letrada la función ordenadora de la letra en los dos sentidos de la palabra: la letra que ordena el mundo circundante y la letra que da órdenes, que gobierna. El ensayo de Rama trata de señalar que a partir de la posesión de la letra se legitima el poder y, de esta forma, muestra cómo los letrados irán constituyéndose en un grupo anexo al poder. La secularización de la letra que tiene lugar en el siglo XIX no altera la importancia de la letra como artefacto cultural organizador. Los letrados, tras las independencias y a lo largo de todo el siglo, plantearán proyectos civilizatorios en sus textos que atienden a la necesidad de crear imaginarios nacionales. Se trata, en definitiva, de producciones culturales liminales que se suelen definir como ficciones fundacionales (Sommer) o guías de ficción (Shumway).

Al formarse el México independiente, el orgullo que Fernández de Lizardi tenía por la diferencia regional de la Nueva España fue leído como una afirmación nacionalista y esta óptica promovió el que se ubicara el nacimiento de la novela mexicana y latinoamericana en El Periquillo. Sin embargo, ese inicio conlleva tres inexactitudes (Alba Koch 7). La primera es de orden cronológico ya que El Periquillo aparece cinco años antes de la independencia de México. La segunda es de naturaleza conceptual pues implica considerar que México y la Nueva España es uno y lo mismo. La tercera estriba en no especificar qué tipo de novela es El Periquillo, pues no es ésta la primera que se produce en la Nueva España -Los infortunios de Alonso Ramírez, de Carlos de Sigüenza y Góngora, sería su más significativo precedente-. Estas tres inexactitudes no invalidan en absoluto la concepción de Anderson sobre El Periquillo Sarniento como texto privilegiado para estudiar los mecanismos de la imaginación nacional. Para salvar posibles incoherencias, Anderson cita a Ernest Renan: “L’essence d’une nation est que tous les individus aient beaucoup de choses en commun, et aussi que tous aient oublié bien des choses” (Anderson 6). Así pues, el imaginario nacional ha de dirigirse necesariamente a la consecución de su objetivo: construir los sistemas culturales significativos e identitarios de una nación; incluso si para ello ha de superar su pobreza filosófica e incoherencia (Anderson 5)

El mapeo social y espacial que propone Anderson con respecto a El Periquillo parece insuficiente para legitimar su importancia en el proceso imaginativo de la nación. El modo de narración que Lizardi emplea es capital a este respecto ya que al unir la novela educativa y la picaresca configura un texto ejemplar para el proyecto de construcción nacional. El heroísmo moral que aparece en El Periquillo es el de un hombre común que lleva una vida familiar. Entre los episodios picarescos, Lizardi incluye reflexiones morales y, finalmente, el Periquillo reformado transmite valores como la formación de una familia encabezada por la figura paterna, la caridad cristiana, la dedicación al trabajo y el respeto a la ley. El carácter del texto es, en esencia, reformista y constituyente del imaginario nacional. Se trata, además, de un libro que retoma la fórmula de docere/delectare, al pretender ser lectura para el pueblo, para la educación de las masas (Unzueta 2001, 27).

La importancia del didactismo se puede apreciar en la infinidad de discursos formativos que aparecieron en esta época. Junto a las novelas educativas, que podían tomar distintas modalidades narrativas, cabe destacar la difusión de ensayos que apostaban por el mejoramiento social. Paralelamente, los manuales de comportamiento y urbanidad trataron de redefinir las subjetividades: marcaron el modelo para el ‘buen ciudadano’ mediante la inculcación de modelos específicos. El propio Lizardi es el autor de La Quijotita y su prima, donde describe cómo debía ser una familia ordenada. Destaca que la mujer debe ser la madre que cuide de sus hijos hasta que éstos comiencen la etapa escolar. A partir de entonces la función de la mujer habría de limitarse a atender devociones religiosas. Este modelo emparenta con el de Fray Luis de León en La perfecta casada, aunque éste definía la familia como una unidad económica donde la mujer también podía realizar trabajos remunerados (Franco 83-85).

Mediante la inserción de este tipo de discursos en la esfera pública (Habermas) se perseguía el mejoramiento social y la construcción nacional. Este aspecto se puede leer en los textos de Lizardi, tanto en El Periquillo Sarniento como en La Quijotita y su prima, a través de un lenguaje entendible que llegara a todos. Moralidad y civismo en el proyecto nacional se unen para conformar las nuevas subjetividades. La ‘mudanza de la conducta’ del Periquillo es paradigmática en este sentido: “Viéndome solo en Manila y con dinero, me picó el deseo de volver a mi patria, así para que viesen mis paisanos la mudanza de mi conducta” (Fernández de Lizardi v.2 732). El final de la novela es revelador:

Es verdad que don Pedro escribió sus cuadernos con el designio de que sólo sus hijos los leyeran; pero por fortuna éstos son los que menos necesitan su lectura, porque sobre los buenos y sólidos fundamentos que puso mi compadre para levantar el edificio de su educación política y cristiana, tienen una madre capaz de formarles bien el espíritu, de lo que ciertamente no se descuidará (...) La obrita tendrá muchos defectos; pero éstos no quitarán el mérito que en sí tienen las máximas morales que incluye, porque la verdad es verdad, dígala quien la diga, y dígala en el estilo que quisiere, y mucho menos se podrán tildar las rectas intenciones de su esposo, que fueron sacar triaca del veneno de sus extravíos, siendo útil de algún modo a sus hijos y a cuantos leyeran su vida, manifestándoles los daños que se deben esperar del vicio y la paz interior y aun felicidad temporal que es consiguiente a la virtud.

-Pues si a usted le parece -me dijo la señora- que puede ser útil esta obrita, publíquela y haga con ella lo que quiera.

Satisfechos mis deseos con esta licencia, traté de darla a la luz sin perder tiempo. ¡Ojalá el éxito corresponda a las laudables intenciones del autor! (Fernández de Lizardi v.2 944-946)

Así pues, cabe señalar que, junto al mapeo que propone Anderson como punto capital en la novela de Lizardi, habría que añadir la importancia del discurso moral y didáctico que implica la redefinición de subjetividades y la elaboración explícita del nuevo imaginario nacional.

 

Elaboración de la tesis de Anderson

En la descripción del contenido de Imagined Communities, en la contracubierta, aparece en primer lugar la pregunta: “What makes people love and die for nations, as well as hate and kill in their name?” Anderson explica la creación de los imaginarios nacionales, pero resulta paradójico que a lo largo del libro no responda a esta pregunta. La carencia fundamental de su tesis reside en que no describe los mecanismos por los cuales el imaginario nacional interpela a los sujetos ‘nacionales’.

Los textos de los letrados en el período de las independencias y a lo largo del siglo XIX, cuando se estaban configurando lo nacional, constituyen elementos privilegiados para estudiar la invención de tradiciones e imaginarios. La intervención del imaginario estatal/nacional en el sujeto, según Michel Foucault, sigue reglas precisas:

The state is envisioned as a kind of political power which ignores individuals, looking only at the interests of the totality or, I should say, of a class or group among the citizens (…) We should consider the ‘modern state’ as a very sophisticated structure, in which individuals can be integrated, under one condition: that this individuality would be shaped in a new form and submitted to a set of very specific patterns. (Foucault 1982, 782-783)

La noción de sujeto dentro de la estructura del estado -estructura jurídica y burocráctica dentro de la que se desarrollaron las naciones latinoamericanas- que muestra Foucault, recuerda la diferenciación que señaló Étienne Balibar en “Citizen Subject” entre ‘Subjectum’ y ‘Subjectus’. El caso acusativo de la declinación latina muestra al sujeto como sustento y protección de sí mismo. En cambio, el nominativo ofrece una visión muy distinta: al sujeto como súbdito. El estado y, subsiguientemente, los imaginarios nacionales, fomentan la creación del ‘subjectus’ a través de dos conceptos fundamentales: disciplina y hegemonía.

La disciplina, según Foucault, es una tecnología del poder que comprende un conjunto de instrumentos, técnicas, procedimientos, niveles de aplicación, y objetivos. El nacionalismo es una forma de disciplina utilizada para integrar al sujeto en el estado y lograr su docilidad y utilidad en beneficio del sistema. El estado, además, se constituye como una estructura panóptica que vigila la naturalización de los principios nacionalistas. Los procedimientos básicos de esta vigilancia se articulan a través del aleccionamiento social en forma de cánticos, himnos, banderas, héroes, insignias, y, muy especialmente, a través de la perpetuación de una historiografía que ensalce la propia tradición creada, recreada o, directamente, inventada.

La idea de que la función panóptica del estado constituye una técnica coercitiva (Foucault 1984, 211; Gramsci 277) hace converger la obra de Michel Foucault y Antonio Gramsci. Los intereses que yacen en la técnica coercitiva de la disciplina responden al poder de la clase hegemónica. La hegemonía es para Gramsci el tercer momento evolutivo en la conciencia política y la define como el efecto de una unión política donde hay una fusión total de objetivos económicos, políticos, intelectuales y morales, realizada por un grupo fundamental, la clase hegemónica, con la alianza de otros grupos subalternos. La clase hegemónica ha de incorporar algunos intereses de los otros grupos sociales a través de la lucha ideológica. Sin embargo, esto es posible únicamente si la clase hegemónica renuncia a una concepción estrictamente corporativa pues, para ejercer el liderazgo, tiene que tomar en cuenta los intereses de los grupos sociales respecto a los cuales aspira ejercer la hegemonía (Mouffe 74). Esta concepción de hegemonía tiene serias consecuencias en cuanto se refiere al enfoque de Gramsci sobre la naturaleza y el papel del estado:

El estado se concibe, por lo tanto, como el instrumento (órgano) de un grupo particular, destinado a crear condiciones favorables para una expansión máxima del grupo; pero a esta expansión y a este desarrollo se les ve como la fuerza motriz de una expansión universal de un desarrollo de todas las energías nacionales. En otros términos, concretamente el grupo dominante coordina sus intereses con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida del estado se ve como un proceso de formación y desarrollo continuo de un equilibrio inestable -en el plano jurídico- entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados. Los intereses del grupo dominante prevalecen en este equilibrio, pero hasta cierto punto porque nunca pueden reducirse a los intereses estrictamente corporativos (Gramsci 74)

La noción de hegemonía que establece Gramsci es aplicable, igualmente, al nacionalismo sin estado ya que, a pesar de carecer del instrumento estatal, el grupo dominante ha articulado los intereses de otros grupos y tiene la agencia necesaria para velar por sus intereses en la esfera pública a través de los medios de comunicación y las producciones culturales. Los textos fundacionales de los nacionalismos tienden a borrar las barreras entre patriotismo -como afecto hacia el terruño-, nacionalismo -como entramado ideológico emanado de la hegemonía- y estado -como estructura jurídica y burocrática- en un intento por disimular las técnicas coercitivas que esconden. Se puede apreciar este aspecto de forma sobresaliente en los romances nacionales ya que interpelan a los sujetos a través de los sentimientos, no de la razón. Las técnicas coercitivas, según Foucault y Gramsci, encauzan la aprehensión del sujeto en la nación y, se puede añadir, elaborando hasta el último extremo sus propuestas, que lo fuerzan a odiar, morir y matar en su nombre.

Si bien es cierto que los discursos no son todopoderosos es innegable la fuerza social que tienen. Se puede apreciar una situación dinámica en la aceptación de la nacionalidad, muchas veces dependiente del nivel de subalternidad del grupo o del sujeto. No es difícil encontrar sujetos y grupos disidentes respecto a lo nacional. En tiempos postcoloniales y postmodernos es relativamente frecuente oír hablar de la aldea global y la caída de fronteras mediante tratados políticos o acuerdos de libre comercio. Sin embargo, en contra de argumentos como los de Hardt y Negri en Empire, “the end of the era of nationalism, so long prophesied, is not remotely in sight. Indeed, nation-ness is the most universally legitimate value in the political life of our time” (Anderson 3). Al igual que Frederic Jameson señalaba que la aceptación de la historia como escritura no niega la existencia del referente (Unzueta 1996, 49), la visión de la nación como formación discursiva no excluye su existencia política real. El gran desafío, en este aspecto, es asimilar a los sujetos y grupos disidentes dentro del imaginario nacional.

 

Cuestionamientos a Imagined Communities

La noción constructivista que Anderson plantea no aporta ninguna explicación con respecto a la incorporación al imaginario nacional de grupos marginales. Homi Bhabha en su compilación Nation and Narration incide en la heterogeneidad que el discurso nacional debe asumir. En su ensayo “DissemiNation” señala que las disímiles subjetividades en el entorno nacional configuran la contemporaneidad cultural y social de las naciones, dando de esta forma un nuevo giro al discurso tradicional preexistente y abriendo las puertas a la integración de grupos marginales en un nuevo discurso nacional.

Para apoyar este punto, Bhabha cita a Ernest Renan: “A nation’s existence is a daily plebiscite, just as an individual’s existence is a perpetual affirmation of life (Renan 19). Bhabha comenta la necesidad de los nacionalismos de redefinir sus discursos con el paso del tiempo para dar cabida a nuevas subjetividades, con el fin de alimentar su propia existencia y asegurar su futuro. La nación debe se capaz de articular las prácticas culturales residuales y emergentes con el fin de concretar su propio imaginario. En este sentido, nacionalizar los márgenes y las minorias debe ser uno de los aspectos capitales. El imaginario nacional puede quebrar su coherencia si no se existe una relación entre la contemporaneidad y su pasado.

Bhabha concluye: “colonials, postcolonials, migrants, minorities are themselves the marks of a shifting boundary that alienates the frontier of the modern nation” (Bhabha 315). El gran desafío de los imaginarios nacionales consiste en su constante retroalimentación para no correr el peligro de convertirse en discursos obsoletos, culturas residuales, que evidencien la incoherencia del proyecto nacional y lo aboquen a la desaparición.

 

La problemática de los romances nacionales

Los romances nacionales latinoamericanos en el siglo XIX fueron textos específicamente creados para configurar el imaginario nacional. Pueden leerse como un buen ejemplo de la constante redefinición de la nación. Si, por ejemplo, Soledad (1847) se centraba únicamente en describir a la clase hegemónica, su ideología y sus batallas -con la aparición anecdótica de una sirvienta indígena-, Aves sin nido (1889) otorga especial importancia a la descripción de distintos grupos étnicos que han de conformar el imaginario nacional. Con escasas excepciones -cabe señalar Sab (1841) de Gómez de Avellaneda-, los primeros romances nacionales latinoamericanos no dan cuenta de la diversidad de las naciones que pretendían construir; o bien resuelven el trama incidiendo en cuestiones raciales que a veces se resuelven, como en La hija del judío, y en ocasiones ofrecen un final ambiguo, que plantea una mayor problemática social, como en María.

La ‘Republica de las letras’ que estudia Ramos -tomando el término de Bello y Best Gana- ha de ordenar el caos, la oralidad, la naturaleza, la barbarie en un proyecto de formación nacional. Sarmiento en su Facundo establece de forma muy clara la doble articulación de civilización y barbarie. La Pampa es instituida como espacio de la barbarie. De forma taxonómica habla del gaucho bueno y el gaucho malo, el primero parece vivir en una arcadia, en una concretización del beatus ille, mientras que el segundo es sucio y criminal. Ante la inmigración masiva de italianos y alemanes, Argentina hubo de redefinir su imaginario nacional incluyendo a los gauchos en un momento en el cual ya casi habían desaparecido por completo. El Facundo es un claro ejemplo de rearticulación de la experiencia histórica y reordenamiento de la realidad nacional. El llamamiento hacia el proyecto nacional civilizatorio, en conjunción con el moral, resulta patente en la mayoría de los textos de período de las independencias y construcción nacional. El prólogo de Bartolomé Mitre a Soledad es paradigmático en este sentido:

La América del Sur es la parte del mundo más pobre de novelistas originales. Si tratásemos de investigar las causas de esta pobreza, diríamos que la novela es la más alta expresión de la civilización de un pueblo (...) Cuando la sociedad se completa, la civilización se desarrolla, la esfera intelectual se ensancha entonces (...) Es por esto que quisiéramos que la novela echase profundas raíces en el suelo virgen de América. El pueblo ignora su historia, sus costumbres apenas formadas no han sido filosóficamente estudiadas, y las ideas y sentimientos modificados por el modo de ser político y social no han sido presentadas bajo formas vivas y animadas copiadas de la sociedad en que vivimos. La novela populariza nuestra historia echando mano de los sucesos de la conquista, de la época colonial, y de los recuerdos de la guerra de la independencia (...) Soledad es un debilísimo ensayo que no tiene otro objeto sino estimular a las jóvenes capacidades que exploren el rico venero de la novela americana. Su acción es muy sencilla y sus personajes son copiados de la sociedad americana en general. Apenas podría explicar el autor la idea moral que se ha propuesto, pero si se le concede que en el fondo de su obra hay alguna verdad, es indudable que también habrá moral (Mitre 13-15)

El proyecto civilizatorio que describen los romances nacionales coincide con el período romántico en el cual el discurso historicista era el discurso por antonomasia. Debido a su rango permeaba otras producciones culturales. Así pues, los romances articulan una doble vertiente que permite dos lecturas: la meramente sentimental y la histórica (que incluye el proyecto nacionalista, civilizatorio y educativo). La literatura y la historia se convirtieron, de este modo, en los discursos formadores de la nación al servicio del grupo liberal dominante. Si la historia pretendía ser la compilación de hechos pasados, la literatura tenía la función de ser una rearticulación de la experiencia histórica. Específicamente, los romances nacionales proponen un proyecto que mira hacia el futuro. Muestran mediante dicotomías esquemáticas lo bueno y lo malo para el mejoramiento nacional y la creación de su imaginario. Los aspectos positivos en estos romances se identifican con el proyecto nacional y liberal de las oligarquías en los distintos países, mientras que lo negativo aparece relacionado con la colonia, lo español y actitudes contrarias al grupo hegemónico. Esta idealización se aprecia sobre todo en la configuración de los personajes: los hay buenos y malos, los que ayudan al proyecto nacional y los que resultan perniciosos.

A pesar de que los romances narran las historias sentimentales no son, en absoluto, obras ingenuas políticamente: respaldan una ideología y un proyecto nacional. Para reforzar este punto cabe señalar la incorporación de muchos de estos libros al canon literario nacional y a los programas escolares, lo cual facilitó su proyección al imaginario de la nación. Los romances implican, además, una relectura de la experiencia histórica. Estas novelas sentimentales proponen mediante sus historias la proyección nacional hacia un futuro ideal. Los romances asumen este aspecto, como punto de capital importancia, al redefinir una historia nacional que pueda legitimar la nación emergente. El proyecto de unificación nacional se plantea en estas novelas tanto si su final es positivo (Soledad, Enriquillo, Martín Rivas) como si termina en tragedia (Aves sin nido, Sab, María), de ahí que la dimensión alegórica del amor reproductivo que señala Sommer no sea imprescindible. La problemática social, reconstructiva y utópica del proyecto nacional se establece los romances independientemente de su entramamiento y desenlace cómico o trágico.

La inclusión de obras como Amalia, Sab, María, Martín Rivas, Aves sin nido, Enriquillo indistintamente en catálogos de novelas históricas y romances sentimentales (Sommer 1986, 49) muestra la dificultad de disociar el discurso histórico del literario durante el siglo XIX. El historicismo, como discurso que permeaba otras disciplinas, provoca cierta indivisibilidad entre los discursos ficcionales y estrictamente históricos.

Respecto a la tesis de Anderson sobre las comunidades imaginadas, cabe señalar que los romances nacionales no son, por lo general, un mapeo de todo paisaje social, en cambio, sí se establecen, específicamente, como dispositivos para crear los proyectos políticos que configuran los imaginarios nacionales. Doris Sommer en su libro Foundational Fictions plantea que los romances son las ficciones fundacionales. Sostiene que los romances son alegorías o sinécdoques de la unión entre eros y polis. Son discursos, según su propuesta, que unen el amor y la patria en un discurso fundacional:

The domestic romance is an exhortation to be fruitful and multiply. Exhortation is often all we get though, along with a contagious desire for socially productive love and for the State where love is possible, because these erotico-political affairs can be quite frustrating. And even when they end in satisfying marriage, the end of desire beyond which the narratives refuse to go, happiness reads like a wish-fulfilling projection of national consolidation of growth, a goal rendered visible. (Sommer 1991, 7)

Se pueden apreciar algunas inexactitudes en lo expuesto por Sommer respecto a los romances nacionales. En primer lugar, el amor (re)productivo al que Sommer hace referencia no es patrimonio común de todos los romances. En segundo lugar, sólo algunos romances plantean un desenlace satisfactorio. Por último, y tal vez el punto más importante, los romances no siempre se instituyeron como las ficciones fundacionales en sus respectivas naciones. No es Aves sin nido la ficción fundacional peruana sino Tradiciones peruanas; No es Guatimozín la ficción fundacional de México sino El Periquillo Sarniento; No es Soledad la ficción fundacional de Argentina o Bolivia, sino Martín Fierro y Juan de la Rosa.

Los romances nacionales son rearticulaciones de la imaginación histórica y propuestas de proyectos nacionales. Parece, pues, más acertado referirse a ellos como guías de ficción (Shumway) que plantean una propuesta política y un proyecto social; como tales, las prefiguraciones ideales del proyecto nacional que plantean los textos del siglo XIX no se corresponden con la realidad. La ideología de los imaginarios formulados en los romances nacionales emana del grupo hegemónico y plantean una solución simbólica a su problemática histórica. El romance en Latinoamérica expresa los ideales del liberalismo, de las élites dirigentes de la época y de los intelectuales que formularon el programa liberal para las naciones americanas (Unzueta 1996, 77).

La difusión de tales ideas se realizó a través de la incipiente esfera pública a partir de la formación de asociaciones, tertulias, universidades, institutos, y la efervescente aparición de materiales impresos. Independientemente de que se fijaran como ficciones fundacionales nacionales, muchos de los discursos de esta época tuvieron su primera aparición en folletines: El Periquillo Sarniento, Soledad, Martín Rivas, Juan de la Rosa, Guatimozín, etc. El romance, mediante su difusión en folletines y entregas, participa conjuntamente con otros géneros y con distintos discursos de la cultura, incluyendo el periodismo y la legislación, en la formación de los vínculos imaginados de las comunidades nacionales (Unzueta 1996, 121). Finalmente, la transición del discurso del romance sentimental al de la historia simboliza la unificación de la nación.

 

Conclusiones

La creación de comunidades imaginadas tiene una excepcional evidencia en las producciones culturales latinoamericanas del siglo XIX, donde se construyeron discursos específicamente dirigidos a tal efecto. Los ensayos políticos, los debates en las tertulias, los romances nacionales, en definitiva, la incipiente esfera pública consiguió establecer un imaginario nacional. El discurso, presidido por el magisterio de la historia, se convirtió en pedagógico al concretar un proyecto en la (re)definición de las subjetividades y la (re)creación la identidad nacional.

El romance es una muestra específica de cómo el proyecto nacional tomó forma en la literatura. Sus historias sentimentales apenas esconden la ideología que subyace. Otros textos literarios, como El Periquillo, sin las características de las historias de amor del romance, establecen igualmente el proyecto nacional con base en la construcción de subjetividades para el provecho de la estructura del nuevo estado. Los textos mencionados del siglo XIX latinoamericano siguen la líneas de las guías de ficción al concretar proyectos políticos en imaginarios nacionales. Si bien no todos alcanzaron el estatuto de ficciones fundacionales, también es cierto que apostaron por una relectura de sus naciones en favor de la imaginación histórica.

 

Bibliografía

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© Francisco Villena 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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