Ontología de la muerte.
Una mirada preliminar desde la Facticidad y la Postontología[1]

Edgar Giovanni Rodríguez Cuberos[2]

Universidad de la Salle y Pontificia Universidad Javeriana
e-rodriguez@javeriana.edu.co


 

   
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“He hallado la definición de lo bello, mi bello. En él hay algo de ardiente y de triste, de cosa un poco vaga, abriendo curso a la conjetura. Voy, por así decir, a aplicar mis ideas a un objeto sensible, al objeto, por ejemplo más interesante de una sociedad, a un rostro de mujer. Una cabeza seductora y bella, una cabeza de mujer, es me parece, una cabeza que hace soñar a la vez -pero de una manera confusa-en la voluptuosidad y en la tristeza; que entraña una idea de melancolía, es decir un ardor, un deseo de vivir, asociado con una amargura refluyente, como que proviniera de privación o desesperanza, el misterio, la añoranza son también característicos de lo bello…”
C. Baudelaire.

 

§ Proemio

Tal como de alguna forma se puede inferir desde Baudelaire, el tema de la muerte merece atención en cualquier época y bajo cualquier contexto por su carácter ardiente y triste; ardiente, pues es persistente que ante lo desconocido los hombres sienten gran admiración y respeto y triste, porque la misma ignorancia generalmente sólo nos permite sentir ante la ocasión de la muerte nada más que una gran tristeza. La mirada del poeta que al caracterizar lo bello nos brinda una visión de complejidad, nos anuncia también bajo nuestros propósitos, la riqueza estética del evento de la muerte.

Sin duda, este ejercicio de escritura sobre la muerte abre el panorama a una investigación que a mi juicio resulta fundamental dentro de una perspectiva ontológica. Muerte sin más, como acontecimiento final de la vida; muerte como única certeza de nuestro paso por el mundo, muerte como aliciente y motor de la existencia, del deseo, del ansía de libertad y felicidad, muerte como múltiples formas de seguir viviendo, muerte como evento que escapa a la razón pues de su ocurrencia no tenemos nosotros conciencia. Podemos hablar siempre de ella pero desde fuera, pues cuando morimos cesamos y no conocemos más. Nos permite hablar de ella sólo mientras estemos vivos.

Cabe, por supuesto, preguntar en este punto por la pertinencia de considerar a la muerte como un problema o tema ontológico, pues podría objetarse por el método que fuera más consecuente con la preocupación, pero para este caso y para evitar discusiones que de plano nieguen la aproximación inicial a esta indagación, me apoyaré en lo que afirma Ramón Rodríguez de cara precisamente a los modos de ejercer el pensamiento ontológico:

“La radicalidad de las cuestiones ontológicas tiene la ventaja de mostrar que el esfuerzo del pensamiento es siempre una pelea con las cosas y no la circulación más o menos cómoda por vías preestablecidas…la unidad en el discurso ontológico de método y tema tiene como consecuencia que la noción misma de ontología carezca de la precisión y la identidad normalmente exigibles al concepto de una disciplina científica. Por eso no hay una ontología, sino cuestiones ontológicas y modos diversos de tratarlas” [3].

Conviene entonces presuponer un doble reto desde el título; si partimos de la base de considerar a la ontología como un pensamiento o proyecto con la pretensión de decir lo que es, de lograr una comprensión de la realidad, sus niveles o estructuras y los implícitos que esto implica; ser, entonces, no puede entenderse como un objeto, como generalmente nos referimos al mundo, sino que requiere que comprendamos su esencia problémica pues precisar su significado dependerá en gran medida de los niveles de experiencia en la que éste se nos aparece. Si es así, la segunda parte del título, la muerte, complejiza aún más el asunto, pues, si la ontología trata del ser, entonces ¿es la muerte algo sobre lo que se pueda tratar ontológicamente?

Lo anterior puede incluso resultar obvio, pero es fundamental precisar que -lo que es-, en cuanto tal, como sí mismo, contempla a -lo que no es-, que difiere esencialmente de lo que no existe. Pero para poder comprender más este asunto, se requiere de una investigación especial que reúna varios elementos los cuáles por ahora son meras aproximaciones. Primero, de ¿cómo implicar a la muerte en la idea de ser (como sentido pleno de la existencia -telos)?, no sólo porque de él se pueda decir de muchas maneras [4], sino porque incluso si la muerte es, ¿qué tipo de niveles posibles habría en ella bajo la misma consideración a su pertenencia a una Ousía? Entonces, sería la muerte un telos porque en ella se revelaría el sentido pleno de las formas? De ser así ¿podríamos identificar en ella accidentes, sustancia, compuestos, materia, cualidades, incluso esencia? ¿Cómo hablar de éstos? ¿Implicaría todo esto suponer de lo que es la muerte en clave atemporal, sin finitud, ya que ¿podría ser ésta el reflejo de una plenitud total autárquica? Ahora que bien diría el Estagirita,

“saber que se sabe, es decir, la correlación entre “ser” y “pensar” es lo que origina toda ontología. Pues ser se impone como un momento de lo que se me presenta en el mundo y de mi propio vivirme como sujeto, en una absoluta ausencia de conciencia no aparece algo así como ser” [5].

Entonces, la muerte puede predicarse de otras cosas igual que el ser (tal cosa está muerta) y hablar de sí misma en sentido existencial (eso no es), pero ¿como resolver que no podamos predicarla incluso sino no somos concientes, si en el momento en que se me aparece como cualquier otra cosa en el mundo yo ya no puedo pensarla, ya no puedo vivirme como sujeto, pues, ya lo soy de la muerte? [6], entonces ¿supone esta paradoja una imposibilidad substancial de la razón?

Como se ve hasta aquí, el campo puede seguirse abriendo y son este tipo de inquietudes las que por el momento conducen a abordar estas cuestiones por lo menos en aproximación, partiendo desde la perspectiva de la facticidad como un posible espacio teórico de interpretación. Primero, intentaré delimitar el problema tratando de establecer la forma que para este escrito será la más adecuada de hablar acerca del asunto y luego, propondré la manera en que la facticidad puede orientar la reflexión y sugerir más elementos claves de análisis para articular la preocupación y llegar a ciertas conclusiones provisionales.

 

1. ¿De qué manera hablar de una ontología de la muerte?

Al tratar de plantear una “ontología de la muerte” es necesario comenzar a superar varias dificultades de sentido, pertinencia y argumento. Es plausible que se tenga un acuerdo al establecer que cualquier ontología define un acceso a la realidad, una forma, un método de la filosofía que nos permite tratar de llegar a lo último de las cosas o de las afirmaciones, esto no implica como se observaba arriba, que exista un solo método ontológico (pues existen aproximaciones válidas desde diferentes visiones, la hermenéutica, la fenomenología, el análisis del lenguaje, la dialéctica etc.) sino que en el proceso de quien realiza preguntas de corte ontológico, se reconozca que es posible hablar de lo real de distintas maneras sin que se elimine su unidad. Sobre esta misma idea afirma Ferrater Mora; que el riesgo tiene que ver más con la cautela para que ciertas expresiones que puedan ser muy propias para describir realidades, no necesariamente lo sean para referirse a ellas [7].

El asunto con la muerte entonces, implica que para poder hablar de ella, tengamos que concebirla primero en sí misma como inapresable, debido a que es posible admitir que hay un modo de ser mortal de acuerdo a diferentes tipos de realidades. Sobre esto, el estudio de Ferrater Mora brinda puntos clave para disgregar esos “modos de ser mortal”. Por ejemplo, se distingue que los diversos grados de mortalidad dependen en gran medida de una escala categorial de complejidad y organización biológica que va de lo molecular a lo organísmico donde lo humano es la mayor expresión de lo mortal, precisamente porque la ontología del ser real se subordina a la ontología de ser mortal [8]. De aquí se deriva que la mortalidad del hombre difiere tanto en naturaleza como en grado (por lo menos en principio) de la mortalidad de un árbol o de un insecto o de una bacteria, debido a que su humanidad se refleja en la carga simbólica del evento, lo que hace de la muerte humana algo exclusivo. Por lo tanto, podemos distinguir que la muerte de lo real es por un lado natural (Cuando hablamos de algo orgánico u inorgánico) y simbólica (Cuando hablamos del evento en la condición humana). A su vez, esto determina que cuando el hombre habla acerca de la muerte le sea más fácil acudir a lo mítico, religioso, numinoso, místico y mágico, ya que es a su dimensión simbólica a la que le “queda” más fácil comprender el evento y resignificarlo en la memoria individual y colectiva [9].

Siguiendo a Ferrater Mora, lo que muere en el hombre es el cuerpo que el hombre es y también la conciencia y la historia y el mundo particular que son el hombre. El hombre entonces, es el vivir humano, SU vivir. Los seres en general están viviendo, el hombre en cambio (o además) está haciendo su vida [10]. La vida humana no es un algo, es un alguien; por lo que no podemos referirnos a ella simplemente como un algo que deviene y que termina en la muerte. Para poder hablar entonces de una “Ontología de la muerte” se debe partir por establecer que el morir de la vida humana cabe dentro de la pura actualidad del existir. Esta actualidad no será otra cosa en últimas, que la conciencia de la identidad (ipse), sujeta a la incertidumbre de la garantía de la actualidad: la muerte. En otras palabras, de la síntesis individual de lo que quedó de una búsqueda contínua de la libertad ante lo cuál e irremediablemente sólo queda aquello sobre lo que no tengo poder de decisión: morir.

Por lo tanto, la primera consideración clara frente a la pregunta que interpela por la posibilidad de hablar de la muerte, se sugiere una respuesta posible: Hablar de ella exige no conocerla (Estar vivo), por lo tanto el hablar necesariamente tendrá que ser un hablar poético, que permita de esta manera asumir su inaprensibilidad y sus matices de realidad.

 

2. Muerte, hermenéutica y facticidad.

Dice Heidegger que “El existir propio es sólo lo que es precisamente y sólo en su aquí -ocasional-. Una determinación de la ocasionalidad es la actualidad, el estar siempre, el demorarse siempre es el presente, siempre el propio. (El existir histórico, su presente, ser en el mundo, ser vivido por el mundo)” [11]. Un aquí ocasional puede ser sin más, el movimiento del nacimiento a la muerte, por eso la actualidad viene a convertirse en la manera en que el “aquí ocasional” se configura como existir. No hacerlo, existir de una manera más que vegetativa es en cierta forma, morir. La muerte desde esta perspectiva, establece que sea la memoria la encargada de mantener - se siempre en el presente.

La actualidad en cuanto modo de la facticidad podrá determinarse en su carácter ontológico, sólo cuando se haya hecho visible de modo explícito el fenómeno fundamental de la facticidad: - La temporalidad- . Por el momento, digamos que el existir tiene su publicidad (lo que de público tiene) y su vista.- el existir se mueve (fenómeno fundamental) en un determinado modo de hablar de sí mismo [12]. Sobre esto se tendrá que decir que es precisamente la facticidad la que abre el horizonte para que cada uno de nosotros podamos “comprender” que el hecho de estar en el mundo supone que nos ocupemos de sí mismos, comprender el sentido del “yo soy” es la tarea más inmediata de la hermenéutica de la existencia. Por ello, el ser para la muerte como una consecuencia de esta claridad sería la síntesis a la que por definición estaría obligado a llegar el análisis hermenéutica de la existencia.

Ontológicamente y desde una perspectiva de la facticidad, la idea de la muerte no sería una idea límite, pues la apertura del propio ser reconsidera el evento de morir como una forma más de darse a conocer y prolongar el autoconocimiento del Dasein. Precisamente porque, “el hecho de vivir es más un acto de ser que de conocer, o más exactamente el conocer está integrado en el ser de tal modo que no es más que la peculiar forma de apertura de la existencia para sí mismo” [13].

Ahora bien, despsicologizar la vida fáctica, que es una exigencia fenomenológica, lleva directamente a la ontología, pues esta sólo significa hacer que comparezca el ser de la facticidad, lo que ella es, sin por eso adoptar el aparato categorial de una ontología determinada [14]. La despsicologización será a partir de esta idea una capacidad para poder asumir la muerte desde un nivel absoluto, y que incluso promueva en el sujeto un verdadero acercamiento a la totalidad de lo real. Entonces, la evidencia de la muerte en el terreno de la facticidad puede asumirse como el terreno, el lugar originario de todo sentido.

 

3. Buscando un aporte interpretativo en la Postontología.

“El instante es aquella ambigüedad donde se tocan el tiempo y la eternidad, y con ello se pone el concepto de temporalidad en todas partes donde el tiempo acorrala constantemente la eternidad y la eternidad penetra constantemente el tiempo”.
S. Kierkegaard.

La frase de Kierkegaard supera de cualquier forma cualquier intención representativa sobre lo que puede significarnos el existir. Supone una gran barrera al entendimiento porque implica un problema para delimitar nuestro devenir ¿qué seria más conveniente para referirnos a nuestra propia vida? ¿Como un instante? O al decir de Bergson ¿Como duración? O simplemente, ¿puede hablarse de ella de una forma más sencilla a través de la muerte?. Pues parece que en la sentencia de Kierkegaard, es la idea de la muerte la que nos permite con mayor facilidad poder pensar en una simbiosis entre lo eterno y el tiempo. Como diría Janke, el tiempo y nuestros días no sólo se deslizan hacia el pasado, sino que también corren indefinidamente hacia lo advenidero. Luego, podría pensarse que frente a este dilema, el estado de la existencia de lo que cesa (la muerte) simplemente se detiene, pero no es así porque durante gran parte de nuestra vida pensamos (y abrigamos la esperanza) que luego de su llegada puede esperarse otra cosa. De forma permanente nuestro certeza de sí, se encuentra entre la mitad del pasado y la mitad de un futuro. De hecho, en este preciso instante, como lectores pensamos ya en un pasado inmediato: leí la frase anterior, pero, surge a su paso la inmediatez de otra oración y sin embargo puedo decir que estoy leyendo o escribiendo, lo cuál es un indicativo de una acción que se prolonga, que se realiza. Es posible que el paso vida-muerte se parezca un poco a ello y simplemente puedan verse como momentos y no como un Alfa & Omega; sino más bien como una circularidad de la experiencia de la cuál no tenemos plena conciencia y conocimiento. Puede ser un estado diferente en el que posiblemente demos cuenta de la totalidad última.

Así, el propósito de esta parte del escrito tratará de establecer para la idea marco que se defiende de “Ontología de la muerte” una posible interpretación desde las ideas generales planteadas por Janke (1988) alrededor de lo que el definió como postontología, de manera que pueda desde esta consideración elemental abrir un horizonte más amplio de reflexiones ulteriores y enriquecer el planteamiento inicial de la facticidad.

 

4. Verse expuesto.

“Es innegable que nuestro ser ahí se encuentra generalmente expuesto al hecho de encontrarse en situaciones. Lo que nosotros llamamos temples de ánimo lo caracterizó hace mucho tiempo la tradición como phatos, pasión, afecto. Esto significa mociones que nos sobrevienen, se apoderan de nosotros, nos arrastran al extremo y nos sacan de nosotros mismos. Continuamente existimos en dos formas de encontrarse fundamentales, temor y esperanza. En su polaridad, ambos temples de ánimo repercuten afinando en sus fundamentos a todos los demás, porque ambos son “antes”. En efecto: ambos se orientan hacia lo advenidero, y nosotros nos sentimos como estando sobre todo a merced de un futuro que, a la vez que se acerca amenazante, nos hace felices porque llega” [15].

Encontrarse en situaciones es sin más un resumen de la vida. Anteriormente se defendía la noción de la muerte como un paso más en la vida misma. La muerte es en sí una situación más que vivimos, es un acontecimiento. Nuestro ser-ahí se nos revela al tener experiencia propia y ajena de la misma y mucho más en lo ajeno, porque deviene más dolor y los temples de ánimo se ponen a prueba (No nos agrada ver morir a quienes queremos). No obstante, en lo cotidiano la presencia de la muerte se hace banal y tiende a volvernos insensibles y es precisamente por considerarla siempre como evento ajeno que nos aleja de su verdadera esencia y que nos convierte en bárbaros, porque olvidamos nuestro vínculo originario y la cualidad máxima de la razón al hacernos partícipes del dolor de los otros y emocionarnos frente a la fragilidad de la vida.

Lamentablemente, la presencia de la muerte ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en una rutina que no nos hace pensar y que no es motivo sino del reemplazo. La globalización de las conciencias nos lleva al autoengaño y la ilusión en donde el recuerdo y los sentimientos frente a otros puedan ser reemplazados y su memoria no alimente nuestro espíritu sino que simplemente se conserve en una loza gélida junto a diez mil más.

El efecto derivado de una racionalidad instrumental e instrumentalizada tiene para Janke el caldo primigenio perfecto para hablar de una postontología. Primero, porque es posible plantear desde tanta deshumanización, un retorno de lo poético-mítico-numinoso como alternativa concreta para rescatar nuestra propia condición. Al decir de Hoyos:

“La postontología establece una crítica de fondo sobre la tendencia actual de aplicar de manera unilateral y unidimensional juicios sobre nuestra realidad siendo estos legítimos por la precisión que nos provee nuestro marco positivo de pensamiento haciendo que nuestra conexión originaria con el mundo mediada en gran parte por lo mítico-numinoso-religioso se termine por olvidar. La postontología entonces debe desarrollar las categorías que permitan comprender esta realidad fundamental del encontrarse el hombre en su cotidianidad. Para ello habría que pensar en cuatro grandes categorías: temor, esperanza, angustía y consolación de forma que el hombre pueda verse expuesto (sentido de verdad)”[16].

Pensar lo cotidiano, creo, no es un llamado a volver la existencia una impostura filosófica sino que debe tender a establecer y demarcar un juego de principios que orienten nuestras acciones. De ahí que pensar la Ontología de la muerte desde una perspectiva postontológica terminará por conducirnos a un campo de lo ético. En este sentido, el “verse expuesto” no será otra cosa que la vivencia de una estructura de categorías que no suponga problemáticas ontológicas aristotélicas sino que promuevan un debate personal sobre categorías existenciales, en pro de reconocer nuestra falibilidad de cara a lo que en lo cotidiano no es más que las diversas formas en que nos reconocemos en otros que se nos muestran y que, propiciamos puedan exponerse contemplativamente junto a nosotros.

Janke propone entonces que el ente en cuanto tal, se nos presenta en el mundo en cuatro categorías: ser finito, ser infinito, ser posible y ser necesario [17]. A continuación someteré sus categorías a un juego (preliminar) dialéctico con la idea de la muerte.

 

5. Ser - finito/infinito - Muerte.

La paradoja se abre sin piedad en este punto, implica el retorno insano sobre aspectos que incluso se nos escapan de la razón, artilugios que debemos construir para pensar el problema tienden a derrumbarse por el peso y la gravedad de lo que se cruza hábilmente con el absurdo. Pensar por demás la relación existente entre el ser y la muerte / Finito e infinito, suponen para cualquiera un reto pues ninguna filosofía alcanza, ninguna ciencia ni ninguna fe. En palabras de Albiac citando a su vez a Shakespeare:

“Tejidos estamos de la misma estofa que los sueños y nuestra ínfima vida se completa en el lapso de un letargo. La fugacidad humana es eso: ver disiparse a cada instante las ficciones que ocuparon nuestro tiempo; lo que es lo mismo: saber que se vive tan sólo de aquello que se muere; vivir es ir muriendo, de algún modo estar muerto. - Lo que ha sido no es ya; tanto como lo que jamás fue. Pero todo cuanto es, al instante siguiente ha sido. De ahí que el presente más insignificante tenga, respecto del pasado más significativo, la ventaja de la realidad; el presente es al pasado como el algo a la nada…a cada evento de nuestra vida pertenece el “es” sólo por un instante, después le pertenecerá el fue ya para siempre” [18].

Por lo menos y aludiendo a la dimensión numinosa a la que llama la postontología, habrá que decir que el primer nivel de la relación - ser/finito - impone la condición necesaria de tener certeza acerca de nuestra finitud, así como de las demás cosas del universo; de nuevo es la variable temporal la que define los espacios concretos en que las cosas mismas duran. El ser/finito, nos habla de sí mismo como condición de realización de lo que por ahora es, debido precisamente a la seguridad de la existencia de un final por lo menos físico, que deja el espacio abierto a la incertidumbre y que como tal permite el movimiento del pensamiento hacia el encuentro de una verdad o por lo menos de una idealización de la misma.

En este orden de ideas, el segundo nivel de la relación - infinito/muerte -, nos abre la perspectiva de que solamente en ella y de acuerdo a lo que derivado de la primera relación fue nuestra existencia, podamos permanecer en el recuerdo de quienes fueron testigos del proceso de “verse expuesto”; es decir, la memoria de quienes aún no terminan su paso, su transito (los vivos en el sentido más elemental del término). Es la garantía de nuestra permanencia infinita. En otras palabras, la sustitución mediada y armónica de la historicidad del sujeto por lo histórico del sujeto.

 

6. Ser - posible/necesario - Muerte.

“La acuidad del pensamiento, el entusiasmo de los sentidos y del espíritu, han debido aparecer, en todos los tiempos, al hombre como el primero de los bienes; de ahí que, no tomando en consideración más que la voluptuosidad inmediata y sin inquietarse por violar las leyes su constitución, ha buscado en la ciencia física, en la farmacéutica, en los más groseros licores, en los perfumes más sutiles, los medios de huir, aun cuando sólo fuere por unas hora, a su habitáculo de fango, y, como dice el autor de Lázaro, -arrebatar el paraíso de un solo golpe-. Ay, que los vicios del hombre, por muy plenos de horror que se los suponga, contienen la prueba (¡aun cuando sólo fuera por su infinita expansión!) de su gusto por el infinito, aun cuando se trate de un gusto que yerra el camino con frecuencia” [19].

Siempre es necesario acudir a Baudelaire, Rimbaud o Verlaine, cuando de la muerte se trata y mucho más cuando las sentencias pueden llegar a ser tan perversas y osadas que nos reflejan nuestra desnudez. De ahí que el fragmento citado del bardo francés, haga gala de la presunción postontológica de reivindicar el carácter poético de un análisis como el que estamos tratando de realizar, pues en últimas sus metáforas y símbolos nos promueven a recorrer tímidamente las fronteras de las categorías expuestas. Ser - posible/necesario -muerte; implica repensar las voluptuosidades (muchas de ellas promovidas por el modelo tecnopositivista hegemónico hedonista) de cara a realizarnos como seres humanos posibles, para sí mismos y para los demás.

Esta condición es por supuesto consecuencia del “exponerse” mencionada arriba y que permite la condición de necesidad que es puramente visible en un nos. De ahí que podamos incluso percibir necesidades vitales como el arraigo, precisamente porque experimentamos que nuestra ausencia es causa de la inquietud de otro que nos aguarda y del cuál somos parte. Sin esta motivación, lo que nos espera es precisamente la proclividad absoluta y desmedida por el vicio que nos autoengaña en supuestos paraísos que contrariamente a una idea de posibilidad/necesidad, tienden a mantenernos en el fango de la soledad, pues sólo ahí pueden ser explorados, es decir, en los límites de la peor de las muertes: el deceso espiritual.

Una vía alterna, permite concebir la relación Ser - posible/necesario -muerte, como un lugar de emancipación, debido a que el encuentro con la libertad de cada sujeto se podría hacer manifiesto de muchas formas en la configuración de una vivencia concreta de la posibilidad de sí mismo y la necesidad de, para y por los demás.

 

§. A manera de conclusión.

Ante las consideraciones realizadas es menester concluir por el momento con la claridad que se establece cuando afirmamos que para el hombre y sus relaciones con el mundo, lo fundamental no es el conocimiento sino el ser y su potencia. Pues en este proceso de ser es que se encuentra el sentido que tiene el conocer para sí. Mientras tanto, el paso por el mundo puede simplemente reducir al hombre a una estructura que acumula experiencia y saber, sin una presunción última de su sentido más pleno (Lo que puede asegurar una vida propicia para la explotación desmedida de cualquier tipo de tiranía). Así, pensar la muerte como parte de esta tarea de reflexión sobre lo que significa ser en el mundo sugiere una herramienta para comprender nuestra existencia porque,

“El hecho de la vida humana envuelve una autocomprensión de sí misma que no se diluye en la multiplicidad de las circunstancias vividas, sino que encierra una cierta idea matriz del ser que somos” [20].

Entonces, como conclusión todavía parcial, se podrá afirmar que es posible lograr desde la perspectiva de la postontología y la facticidad un esquema de flujo entre las categorías y las ideas de ser y no ser (entendido este no ser como un cese) que termina por configurar bajo la conciencia de su presencia, una tipología especial de sujeto que es capaz de reconocer su situación en el mundo, anticipando sus niveles de responsabilidad sobre sus acciones y estableciendo un horizonte de trascendentalidad que de alguna manera le permita una “fijación colectiva ”, un nivel de inmortalidad, cuando sus actos superan el rigor de la muerte.

Parte de la preocupación filosófica sobre el tema impondría una tarea al querer abordar ontológicamente la muerte, definiendo categorías de análisis o funciones de interpretación que siguiendo un procedimiento nos acercara a llegar a la realidad de la muerte en sí misma y en cuanto tal. Pero como se ha podido ver, el asunto a tratar ni siquiera pareciera resolverse asumiendo dicho esfuerzo. Frente a lo cuál es muy probable que si podemos plantear una “OntoThanatología” sea ésta misma y en sí misma un llamado a la poética y partiendo de allí, al reconocimiento de nuestro ser ahí, de ubicar individualmente el sentido de estar en el mundo.

De tal manera, y acudiendo de nuevo a Shakespeare, la única vía para pensar la muerte y suponer en ella un escenario ontológico tendrá que vérselas con el recorrido mismo de la vida, día tras día, pero concientes del tiempo y del efecto de sus instantes en nuestro espíritu…

“El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte…¡Extínguete, fugaz antorcha!... La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más…; un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada”.
Macbeth, Acto V - Escena V.

 

Notas:

[1] La facticidad enunciada ya desde el título, implica según Heidegger “el existir en cada ocasión: ponerlo a la vista del entender para que se puedan distinguir en él mismo los rasgos fundamentales de su ser” Sin duda la muerte es ocasión y una manera, un momento de la existencia. cfr. 48. HEIDEGGER M. Ontología, Hermenéutica de la facticidad. Alianza Editorial. 1999. 154 p.

[2] Profesor Catedrático Dpto. de Ciencias Sociales Universidad Pedagógica Nacional; Universidad de la Salle y Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá -Colombia.

[3] RODRÍGUEZ, R (2002). Introducción a Métodos del pensamiento ontológico. Editorial Síntesis. 319 pág.

[4] ARISTÓTELES. Metafísica. Cap. 1, Libro VII. Pág. 179. Edición de SARPE 1985.

[5] Cfr. RODRÍGUEZ, R (2002). Introducción a Métodos del pensamiento ontológico. Editorial Síntesis. Pág. 17.

[6] La aporía Epicúrea: “la muerte no es nada para nosotros, porque cuando existimos no se da la muerte y cuando existe la muerte no estamos nosotros”.

[7] Cfr. FERRATER MORA, J (1962). El ser y la muerte. Editorial Aguilar. Página 24 de 282.

[8] Cfr. Ibídem pág. 75.

[9] Acerca de este tema se profundizará en la tercera parte de este escrito: Buscando un aporte interpretativo en la Postontología”.

[10] Cfr. Ibídem pág. 168.

[11] Cfr. - 30 - HEIDEGGER M. Ontología, Hermenéutica de la facticidad. Alianza Editorial. 1999. 154 p.

[12] Cfr. - 31 - HEIDEGGER M. Ontología, Hermenéutica de la facticidad. Alianza Editorial. 1999. 154 p

[13] Cfr. RODRÍGUEZ, R (2002). Métodos del pensamiento ontológico: Hermenéutica y ontología. Editorial Síntesis. Pág. 243.

[14] Cfr. Ibídem. Pág. 241.

[15] Cfr. Ibid. Pág. 84.

[16] Cfr. Ibid. Pág. 18.

[17] Cfr. Ibid. Pág. 88.

[18] ALBIAC, Gabriel (1996). La muerte; metáforas, mitologías, símbolos. Paidós. 156 páginas.

[19] BAUDELAIRE, Ch. (1975). Oeuvres complétes. Citado por ALBIAC, Ibídem pág. 127.

[20] Cfr. Ibídem. Pág. 242.

 

© Edgar Giovanni Rodríguez Cuberos 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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