El epitafio de Sardanápalo

Alejandra Guzmán Almagro

Grupo LITTERA, Universidad de Barcelona
alx_guz@yahoo.es


 

   
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El rey está recostado en un rico lecho, sujetando su cabeza con su mano, y vestido con una blanca túnica. Desde su posición, parece lanzar una mirada tranquila hacia el caos que se genera su alrededor; el caos que forma el cortejo real de concubinas, esclavos, y caballos, en el mismo momento de su irremediable muerte en sacrificio al rey. El monarca observa cómo la voluptuosidad y el poder se esfuman, cómo la habitación y todo lo que la llenaba parece, más que agonizante, el fugaz recuerdo de algo creado y destruido de forma casi simultanea.

La escena, magistralmente interpretada por Eugène Delacroix en 1827, captura el momento antes de una de las muertes más famosas y quizás una de las más románticas -pensemos en la tragedia contemporánea de Lord Byron sobre el mismo argumento-, del Mundo Antiguo. La historia del personaje asirio -más allá, pues no vamos a aquí a dilucidarla, de su dimensión real, donde tal vez lo identificaríamos con Assurbanipal-, ha sido objeto de creaciones y recreaciones. Creaciones, porque desde el momento en que el umbral de lo real y lo ficticio se remonta a la propia Antigüedad, no es fácil determinar quién fue el primer que recogió el motivo. Recreaciones, porque también desde la aparición de la historia no ha dejado de ser un elemento recurrente en el discurso literario, plástico, filosófico, e incluso moral.

Sardanápalo, último rey de Asiria, dedicó su vida al lujo, la opulencia y el placer. Asediado por el enemigo en una guerra sin posibilidad de victoria, manda llevar a las dependencias reales a su harén, sus guardias, sus posesiones más bellas, y ordena su destrucción, antes de que todos y todo, incluido él mismo, ardan consumidos por el fuego. Han querido ver algunos a la ciudad de Sardanápalo como la bíblica Nínive, entregada a la molicie y más tarde destruida por ello. Otros identificaron a su reino con Babilonia, en cuyo recuerdo también está una inclinación desmedida al placer y el castigo de la destrucción.

Los griegos fueron los primeros que determinaron las diferencias entre hombres, y desde la medicina de Hipócrates de Cos hasta el discurso historiográfico de carácter etnográfico de un Heródoto, hubo una identificación de los países cálidos y amables con la propensión al placer, la relajación de las costumbres, y la consiguiente decadencia moral. De algún modo, como después apareció en el discurso político de forma similar, interpretaban así la caída de los grandes imperios asiáticos. En este contexto de pensamiento se forjó la historia del rey Sardanápalo, y su desproporcionada vida, y, de este modo, se dio paso un arquetipo presente en toda la Antigüedad. Algunas de las fuentes griegas, encabezadas por el historiador Dión Casio, nos hablan incluso del afeminamiento de Sardanápalo, quien vestiría con ropas de mujer y se comportaría como tal, muestra inequívoca de su total depravación moral. El pensamiento cristiano rescató algunos de los tópicos grecolatinos, y en Sardanápalo encontró un paradigma de los excesos que, finalmente, se pagan. El monarca asirio se cita como tal en los Padres de la Iglesia, y también del Medioevo en adelante.

En lo que aquí nos detendremos es quizás en el resumen que el propio Sardanápalo hizo de su vida, o, al menos, el resumen que quisieron la leyenda y las diferentes tradiciones atribuir al rey: su epitafio fúnebre. A menudo, las vidas de los llamados “hombres ilustres” de la Historia se condensaban en un texto dispuesto en la sepultura, y su interés era tal que en no pocas ocasiones los epitafios han sido más textos literarios ficticios que monumentos funerarios reales. Sucedió con la mayor parte de personajes célebres, de modo que Virgilio, Séneca, Cleopatra o Lucrecia no quedaron sin epitafio funerario, repetido y transmitido hasta hacerlo real. Estas composiciones eran incluso recopiladas durante la Edad Media, y sobre todo, a partir del Renacimiento, cuando además se creaban nuevos textos de este tipo con inspiración clásica y con finalidad diversa [1] .Las últimas palabras de Sardanápalo no fueron una excepción, y su epitafio se encuentra citado a lo largo de los siglos desde con distintas variantes.

Al remontarnos al posible origen griego del epitafio, podemos comprobar cómo hay diferentes fuentes que hablan de Sardanápalo y mencionan sus despedida sepulcral. Algunos de estos testimonios están recogidos por Ateneo de Náucratis en el siglo III d. C. en su Banquete de los Sabios (Deipnosophistae) [2]. Gracias al saber enciclopédico de este erudito, sabemos que Clearco describió la tumba del opulento rey, en donde figuraba la inscripción de la siguiente manera:

[3]

“Sardanápalo hijo de Anaxindaraxis, que construyó Anchíale y Tarso en un solo día, pero ahora ha muerto”

Este primer epitafio del monarca poco tiene de particular, a no ser la lacónica contraposición entre la grandeza en vida y sin embargo la la muerte inexorable. Clearco describe, además, el sepulcro de Sardanápalo y la estatua que lo preside, en la que se representa al rey chasqueqando los dedos como si la vida no fuera más que eso, un “chasquido de dedos”. El testimonio de Clearco ha creado además una imagen que se insertará fácilmente en la leyenda, y que va a incidir seguramente en las posibles variantes del texto. En efecto, Ateneo cita en segundo lugar un pasaje de Aristóbulo en el que se trata al monarca de modo similar, aunque con un epitafio más completo -y mucho más evocador-:

[4]

“Sardanápalo hijo de Anaxidaraxis, construí Anchíale y Tasos en un solo día. Come, bebe, juega, porque lo demás no vale la pena”. La efigie de Sardanápalo sigue chasqueando los dedos, pero ahora texto e imagen se reconocen y crean un discurso que va más allá de la leyenda del monarca asirio derrochador y voluptuoso. El epitafio adquiere un cambio de sentido para pasar a significar una exhortación a la vida, probablemente tras un fondo de filosofía cínica y epicúrea.

No cabe duda, pues, que una larga tradición se desarrolló a propósito del epitafio de Sardanápalo [5], y que encontró numerosas variantes en su versión latina. El texto no escapó a Cicerón, quien lo expresó de la siguiente manera:

Haec habeo, quae edi quaeque exsaturata libido
hausit; at iacent multa et praeclara relicta
[6].

“Tengo estas cosas: lo que comí y lo que colmó mi deseo; aquí yacen muchos y preclaros restos”

Esta mezcla de “recapitulación” de una vida disfrutada y lo efímero de todo ello al morir pasó pronto al crisol del pensamiento popular, que ya atendía a fórmulas similares, asimilándose inevitablemente al tópico omnipresente del carpe diem, y quedó reflejada en epitafios fúnebres reales, como demuestran textos epigráficos como:

Es, bibe, lude, veni [7]

“Come, bebe, juega, ven”

El texto trasciende de este modo, y dado su carácter gnómico y general, vas más allá del origen legendario que lo relaciona con Sardanápalo el asirio y es adoptado por formas de pensamiento próximo al epicureísmo. Ede, bibe, lude se convertirá, de hecho, en una fórmula omnipresente en la sentencias y adagios, y también en las formas de expresión más coloquiales como las canciones de taberna - recordemos aquí el juego en lengua latina entre bibe (“bebe”) y vive (“vive”) -.

Curiosamente, incluso se originó una tradición paralela que identificó estas líneas con el legítimo epitafio fúnebre del filósofo Epicuro, y como tal aparece en no pocas recopilaciones humanísticas de inscripciones funerarias célebres. En dichas recopilaciones -los denominados epigrammata- había cabida para todo tipo de composiciones, tanto reales como ficticias de época antigua, aunque también para otro tipo de textos en verso tanto antiguos como renacentistas. Por poner un ejemplo notorio, el epitafio de Epicuro aparece en la obra sobre epigramas atribuida a francés Pierre Pithou [8], que alcanzó una gran difusión en su época:

Cum te mortalem noris: praesentibus exple
divitibus animum:post mortem nulla voluptas
.

“Cuando te des cuenta de que eres mortal, disfruta de los bienes presentes, el alma tras la muerte no tiene placer alguno”.

El texto se interpreta y se reinterpreta con numerosas variantes, pero siempre sin perder su mensaje. A veces, su pertencencia a una tumba real, a un personaje real, se reivindicó de tal manera que se dio por supuesto su existencia en un lugar geográfico preciso. Siguiendo el testimonio de los primeros griegos que informan del sepulcro de Sardanápalo, en época renacentista se incorpora la tumba del rey como pieza arqueológica en los tratados anticuarios de moda. Como las recopilaciones de epigrammata a las que nos referíamos, a partir del siglo XV circularon este tipo de obras anticuarias en las que se rescataban los vestigios del pasado, los monumentos e inscripciones esparcidos por el orbe. Quizás una de las obras de este tipo más famosa es la que lleva por título Inscriptiones Sacrosantae Vetustatis del médico austríaco Petrus Apianus [9], donde en el capítulo dedicado a las antigüedades de Asia no falta la tumba de Sardanápalo:

En Anchíale (ciudad que fundó Sardanápalo, como escribe Aristóbulo) hay una estatua lapídea de su fundador, que une los dedos de su mano en un chasquido. La inscripción está escrita en letras asirias [10].

     SARDANAPALVS ANA
        CINDARAXIS FILIVS
        TARSVM ET ANCHIALIM
        VNO DIE CONDIDIT
5       EDE BIBE LVDE ET CVM TE
        MORTALEM NORIS PRAESEN
        TIBVS EXPLE
        DELICIIS ANIMVM POST MOR
        TEM NVLLE VOLVPTAS

“Sardanápalo, hijo de Anaxindaraxis, Tarso y Anquíale fundó en un día. Come, bebe, juega, y cuando te des cuenta de que eres mortal disfruta de las delicias presentes. El alma tras la muerte no tiene ningún placer.”

Es evidente la voluntad del anticuario de identificar estos versos con un texto epigráfico real -escrito en letras asirias-, aunque con incorporaciones textuales fruto de otras lecturas. Para Apianus debía de ser muy tentador el dar por verdadera una inscripción tan antigua y tan lejana, como constatación última de que la leyenda se ratificaba con la piedra.

Otro ejemplo contemporáneo a Apiano, con nuevas incorporaciones textuales, pero manteniendo la atribución a la tumba de Sardanápalo, puede leerse en un manuscrito anónimo de la Universidad de Barcelona (BUB 99, fol. 16 v):

     Ede, bibe, lvde, et cvm
        te mortalem noris presentibvs exple
        deliciis
        animvm post mortem
5      nvllum voluptas haec
        habeo quae edi qvaeq:(que)
        exatvrata
        libido havsit
        namqve egosvm pvlvis qui
10     nvper tanta tenebam

“Come, bebe, juega, y cuando te des cuenta de que eres mortal disfruta de las delicias presentes. El alma, tras la muerte no tiene ningún placer; yo me llevo lo que comí, y aquello con lo que sacié mi deso. Pues soy polvo, yo, quien tuvo tanto en otro tiempo.”

Para resumir la idea fundamental que se desprende de lo expuesto, puede afirmarse que, a partir de la leyenda de Sardanápalo, se proyectan dos vertientes de significación:

- Figura negativa y condenada: La leyenda del monarca asiático entregado al lujo y los placeres - paradigma de la voluptuosidad, que es castigada con la decadencia y la inevitable destrucción.

- Figura positiva: El epitafio funerario, en donde se lanza un mensaje vitalista de exhortación al placer mundano y se recuerda la brevedad de la vida - tópico del carpe diem.

Más allá de la figura histórica y a partir de la leyenda de Sardanápalo se generaron significados de mucho más alcance. Sardanápalo como rey se reviste, a lo largo de los siglos, de atributos negativos que lo hacen un ejemplo útil en el discurso moral. Sin embargo, hay un segundo mensaje que radica en su muerte y que se presenta bajo la forma de epitafio, que es útil en una dimensión filosófica concreta. Tal vez por este motivo, Sardanápalo ha sido también reivindicado. Lo hicieron los románticos, de Delacroix a Byron, y otros. Del rey asirio cantará Lorca en la Oda y burla de Sesostris y Sardanápalo:

Sardanápalo enfermo de esmeralda,
que se quita las venas para entrar en el baño.
Niño triste que monta los caimanes y tiembla
con la rosa nocturna de fugitivo acento.

Compraste en almacenes de Tokio un millòn tres mil una mariposas y les diste a beber sangre en los cuellos de un millón tres mil una doncellas degolladas.

 

Notas

[1] Nos referimos con ello a la recepción de la inscripción antigua en el Renacimiento y al uso que se hace de ella, bien como modelo de imitación, bien como reproducción fiel. En este último caso se encuentra el mero juego erudito del humanista, hasta la falsificación deliberada.

[2] Ateneo, Deipnosophistae (ed. Ch. Burton), Oxford, 1963, pp. 381-395.

[3] Ateneo, Deipnosophistae, XII, 529e, p. 391.

[4] Ateneo, Deipnosophistae, XII, 530, p. 393.

[5] Cf. además el testimonio del mismo epitafio por parte del poeta Cérilo, Fragmenta Graecorum Epicorum (ed. G. Kinkel), Leipzig, 1877, p. 309.

[6] Cicerón, Tusc. Quaest.V.35, 101. Cita otra variante muy similar a ésta en De fin. II, 32, 106.

[7] E. Bücheler, Carmina Latina Epigraphica, vol. II, Leipzig, 1895, n. 1500.

[8] Epigrammata et poematia vetera quorum pleraque nunc primum ex antiquis codicibus et lapidibus alia sparsim antehac errantia, iam undecumque collecta emendatiora eduntur, Lyon. 1956, p. 603. La primera edición es de París, 1590.

[9] Ingolstadt, 1538.

[10] Traducimos del original en latín.

 

© Alejandra Guzmán Almagro 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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