Sartre, un siglo

Germán Uribe

Escritor colombiano
guribe@cable.net.co
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Para Margarita Obregón,
destello de luz en mis tinieblas y
apacible y plácida sombra en mi reposo.

 

Cien años después de aquel 21 de junio de 1905 en París, de Jean-Paul Sartre se sigue hablando como si este hombrecito de apenas un metro y cincuenta y cinco centímetros de estatura, y bizco por añadidura, estuviera aún deambulando por los cafés de Montparnasse, exasperando y fustigando, pero también dilucidando sobre lo divino y lo humano a quien lo quisiera oír o leer. El veterano trompadachín intelectual todavía, pues, y como recogiendo sus pasos de boxeador y pianista, repartiendo sin cesar sus mandobles ideológicos y sus múltiples acordes de polemista exigido. Ello, naturalmente, se traduce sin alarde alguno, como que continúa vivo este viejo y sabio roble centenario. De él se ha dicho de todo. Lo bueno y lo malo en oleadas aromatizadas por el sahumerio o por el hedor, sincera o perversamente. Extraordinario como pocos, se ha reiterado que nunca, ni siquiera en el siglo de Voltaire o de Hugo, un escritor había ocupado un lugar tan destacado en la imaginación colectiva de su época, o se ha blandido también la trama de su peligrosidad, de su influencia dañina. Le gritaron víbora lúbrica, hiena dactilógrafa, chacal con bolígrafo, rata viscosa, o como dice uno de sus tantos biógrafos: Le atacaron en nombre de Dios y de la ciencia, de la moral y la decencia, de la juventud, de la vejez, de la derecha, de la izquierda, del conformismo ofendido, del comunismo y el anticomunismo, del honor nacional y la bandera... Pero lo que hasta ahora no se ha dicho, o al menos no lo hemos visto registrado en ninguna parte, incluyendo esa monumental y erudita semblanza que publicara no hace mucho Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre, es que su existencia haya pasado desapercibida, o en tono menor, o hubiese sido un teórico de bajo perfil en el marco de la historia del pensamiento de la humanidad. Y tampoco, que no hubiese sido la expresión más alta y con mayor rigor y fuerza del razonamiento y la inteligencia del siglo XX.

Hijo de burgueses, nacido en París pero muerto en todas partes, este intelectual por excelencia, que le diera lustre y gravitación a tan exigente calificativo, estudió en la École Normale Supérieure, en la Universidad de Friburgo, Suiza, y en el Instituto Francés de Berlín. Desde 1929, con su agregaduría en filosofía entre el bolsillo, se dedicó a la enseñanza en varios liceos de El Havre y París hasta 1945. Durante la II Guerra Mundial fue indiscutible su participación en la resistencia francesa y su nombre comenzó a trascender las fronteras. A partir de ese momento se irrigaron como pólvora por los cinco continentes sus ideas. Y su fama. Su estilo, el suyo personal y el que se desprendía de sus textos y conferencias, configuró incluso una moda. Tamaña envergadura alcanzó esta personita de ojo izquierdo extraviado, fumador y bebedor compulsivo, mujeriego incorregible y abusador ocasional de barbitúricos y anfetaminas que ponía al servicio de su endiablado furor en el trabajo.

En 1946 fundó, junto con Raymond Aron, Maurice Merleau-Ponty y Simone de Beauvoir, la revista política y literaria Les Temps Modernes, una de las publicaciones más prestigiosas de la posguerra, y acentuó su brega exploratoria relacionando la metafísica de Hegel y Heidegger, la fenomenología de Husserl y el socialismo marxista, hasta redondear una formulación filosófica propia en los términos en que se conoce su existencialismo, una manera de penetrar a fondo materias tales como la sicología y la política, la literatura y la vida. Ello, por supuesto, provocó el espectacular interés de las gentes que llegaron a convertirlo en una de las figuras más controvertidas del mundo, rodeado de escándalos, rechazos, legiones apasionadas de admiradores profusos en alabanzas y de enemigos implacables, normalmente todos ellos venidos de la derecha fundamentalista, expertos en vituperios y calumnias.

Exuberante con la pluma y de verbo derrochador, embelesando particularmente a las mujeres con su voz de tenor, metálica y cascada, pocos filósofos contemporáneos fueron tan centrados y concretos en sus ideas. Y tan convincente, que hizo decir a uno de sus más acerbos críticos, que cuando se entra en la ambigüedad, él siempre sale ganando. ¡Y tan consecuente en la praxis! Hay que ver de qué manera, abordando tantas preocupaciones del hombre, este pensador vital, este porfiado activista del siglo XX, estandarte en el pensamiento crítico de la centuria, redujo toda la desesperanza del ser humano a una sola palabra, a una sola causa, a un solo ideal: libertad. No veo otra manera de explicar, simplificando, el conjunto de su pensamiento y la finalidad de su empresa ideológica.

Jean-Paul Sartre, aún hoy, se me antoja como el filósofo más significativo de los últimos tiempos. Fue sin duda la conciencia impugnadora más aguda y más honesta de su época, y en la medida en que su obra filosófica, periodística, novelística, teatral y ensayística diseccionó la condición humana, ayudó a desmitificar al hombre moderno. El existencialismo fue su instrumento intelectual y la libertad su pasión.

Muy joven, en 1964, cuado él en un gesto de tremenda independencia política acababa de rechazar el premio Nobel de Literatura, al igual que lo hizo con la Legión de Honor y el Colegio Francés, viajé a Paris con el pretexto de estudiar en la Sorbona Filosofía y Letras. Mentía entonces a mi familia y a mis amigos: mi única intención era la de seguir su rastro, conocerlo personalmente y especializarme en él. Nunca le he abandonado y le considero vigente en la medida en que supo imprimirle autenticidad, carácter, realismo, honradez y soberanía al pensamiento humano.

Un compendio de su pensamiento filosófico ahondado en su voluminosa y compleja obra El Ser y la Nada, publicada en 1943, se puede dar en estos términos: están por delante, para entender el mundo y al ser humano, el para sí y el en sí. El en sí, afirma y confirma una realidad dada, mientras que el para sí se manifiesta en una toma de conciencia que pasa por el filtro ardiente e infernal de la libre elección y la libertad absoluta que tenemos para decidir. De allí nacen la angustia y el fracaso que lo llevaron a afirmar que el hombre es una pasión inútil, tras haber destacado, también, que el hombre está condenado a ser libre porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, es libre, porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace. Aunque aquí cabría también esta buena síntesis: concebía a los humanos como seres que crean su propio mundo al rebelarse contra la autoridad y aceptar la responsabilidad personal de sus acciones, sin el respaldo ni el auxilio de la sociedad, la moral tradicional o la fe religiosa. Al distinguir entre la existencia humana y el mundo no humano, mantenía que la existencia de los hombres se caracteriza por la nada, es decir, por la capacidad para negar y rebelarse. El existencialismo sartriano, aunque entroncado con el de Heidegger, Jaspers y Husserl, y beneficiario de Kierkegaard, resulta más racionalista y aterrizado que el de aquellos para el conocimiento de nuestra naturaleza por cuanto, yuxtaponiéndose al marxismo y al materialismo dialéctico -y por ello mismo-, no deja de subrayar y enfatizar en la libertad individual. Si de Marx puede decirse que trabajó y luchó por la libertad social del hombre, de Sartre podría afirmarse que se esforzó por hacer del hombre un individuo socialmente libre.

Con el fin de desentrañar la existencia, Sartre, en contra de Hegel, del idealismo y del cientificismo, expone la teoría de que la esencia precede a la existencia ya que la diferenciación entre el objeto y el hombre consiste en que los objetos se crean o elaboran con una finalidad específica, mientras que el hombre antecede a los objetos. Lo que quiere decir que el hombre en sí, en concreto, tiene prioridad en cualquier investigación acerca de su esencia. Entre tanto, el hombre es una libertad que se ratifica en sí misma, se hace él mismo, moldeándose, asumiendo su propia y procesada personalidad.

Sartre fue reclutado por el ejército francés en calidad de meteorólogo de una unidad de artillería durante la segunda guerra mundial, entre el 3 de septiembre de 1939 y finales de marzo de 1941, llegando a estar interno por algunos meses en un campo de prisioneros de guerra, y se dice que durante tal periodo escribió -y lo hacía a mano-, cerca de un millón y medio de palabras. Baste este dato para saber de su asombroso potencial para el trabajo, de su portentoso tranco en la escritura. Y así lo fue con la palabra, con el ajetreo político, con su activismo social, con las mujeres y con los viajes. Y con todo...

Pero es señaladamente notable su animalidad política, producto ella de la reflexión que hiciera en la última de sus obras filosóficas, Crítica de la razón dialéctica (1960), en donde como anota un ensayista, trasladó el énfasis puesto en la libertad existencialista y la subjetividad, por el determinismo social marxista, afirmando ...que la influencia de la sociedad moderna sobre el individuo es tan grande que produce la serialización, lo que él interpreta como pérdida de identidad y que es equiparable a la enajenación marxista. El poder individual y la libertad sólo pueden recobrarse a través de la acción revolucionaria colectiva.

Y, con todo y su casi engranaje en el proyectil marxista, Sartre conservó su autonomía que le permitía, sin afiliarse al Partido Comunista Francés, oponerse férreamente a las intervenciones militares soviéticas en Hungría (1956) y en Checoslovaquia (1968), embestir del lado de los independentistas argelinos, estar siempre presente e inflexible junto al pueblo vietnamita en su lucha contra el imperialismo norteamericano, combatir con su verbo y con su pluma toda clase de opresión social en cualquier parte del mundo, y hasta rechazar un premio Nobel que quería, petrificándolo en un mausoleo, recuperarlo para las causas y privilegios de la derecha ideológica y de las instituciones burguesas. Entre sus numerosos trabajos que iban de la novela al teatro, de la filosofía al ensayo, sin olvidarse del cine o del cuento, deben señalarse, como los más destacados e influyentes, en literatura, La Náusea (1938), El muro (1939), las novelas de la serie que denominó Los caminos de la libertad que las constituyen La edad de la razón (1945), El aplazamiento (1945) y La muerte en el alma (1949); en ensayo, El existencialismo es un humanismo (1946), Reflexiones sobre la cuestión judía (1947), el formidable Baudelaire, también en el 47, ¿Qué es la literatura? (1948), una revolucionaria mirada al compromiso de escribir. Y por qué no, esos colosales trazos biográficos, San Genet, comediante y mártir (1952), su autobiografía, Las palabras (1964), que sirviera de pretexto a la Academia Sueca para coronarlo, y El idiota de la familia (3 volúmenes 1971-1972) sobre la vida y la obra de su obsesivo Gustavo Flaubert; en teatro, Las moscas (1943) -una Orestíada sirviéndole en su versión contemporánea para explicarnos la esencia de la libertad en el marco de su propuesta existencialista-, A puerta cerrada (1944), Muertos sin sepultura (1946), La puta respetuosa (1946), Las manos sucias (1948), El diablo y el buen Dios (1951) y Los secuestradores de Altona (1960); y en cine, La suerte está echada y Les jeux sont faits, de 1947. Ahora bien, como articulista desbordó todos los cálculos tanto en cantidad como en calidad de lo que puede opinar un escritor sobre no importa que tema del pasado o de su tiempo. Qué brillantez y qué solidez y cuánto ardoroso decoro. Para quienes quieran constatarlo, los remito a los 10 tomos de Situaciones (1947-1971) que, por fortuna, él accedió a que Gallimard le publicara, editorial francesa ésta que lo acogió desde siempre en un hecho afortunado publicitaria y económicamente para ambas partes.

Durante sus últimos años, y tras participar impetuosamente en la revuelta estudiantil de mayo del 68, ocupaba su tiempo en el Flaubert y en numerosos reportajes, artículos y conferencias, aunque con énfasis en acciones callejeras de izquierda militante, llegando a ser arrestado por la policía y embutido en una furgoneta con rejas mientras repartía La Cause du Peuple y Libération, dos beligerantes publicaciones de oposición al establecimiento a las que ayudó a fundar, llegó a dirigir y sirvió de mentor. Con ocasión de su arresto, la inmediata reacción del general De Gaulle, presidente de Francia, para ordenar su libertad inmediata, fue su famosa frase de que a Voltaire no se le mete en la cárcel, con todo y que ya Sartre, luego de que en una carta De Gaulle lo llamara maestro, lo había casi ridiculizado por aquella expresión, afirmando: Sólo soy maestro para los camareros que saben que escribo.

Las plagas de la vejez comenzaron a rondarlo desde mediados de los setentas, alejándolo de la lectura y la escritura en medio de una ceguera martirizante para un espíritu de tamaña agitación intelectual como el suyo. No obstante, con el apoyo incondicional de Pierre Victor (Benny Lévi), un joven intelectual por entonces maoísta, y Arlette Elkaïm, una muchacha argelina y judía a la que convirtió en su hija adoptiva, tan sólo dejando el cigarrillo pese a haber recibido diagnósticos médicos alarmantes, continuó bebiendo, encontrándose con sus mujeres de siempre, escuchando las lecturas que le hacían sus próximos y enterándose en detalle de todo el horizonte cultural y social que le preocupaba.

Murió hacia las 9 de la noche del martes 15 de abril de 1980 en el hospital Broussais de París, a causa de un edema pulmonar. Así describe Simone de Beuvoir, su mujer, su amante y su cómplice en todo y de toda una vida, las circunstancias que rodearon aquel final:

El martes 15 de abril por la mañana cuando pregunté, como de costumbre, si Sartre había dormido bien, la enfermera me respondió: 'Si, pero…'; fui enseguida al hospital. Dormía, respirando con bastante dificultad; visiblemente estaba en coma desde la noche anterior. Durante unas horas, me quedé allí mirándolo. Hacia las seis dejé el sitio a Arlette, diciéndole que me llamara si ocurría cualquier cosa. A las nueve sonó el teléfono. ‘Se terminó’. Fui con Sylvie. Se parecía a sí mismo, pero ya no respiraba. Sylvie avisó a Lanzmann, a Bost, a Pouillon, a Horst, que vinieran enseguida. Se nos autorizó a permanecer en la habitación hasta las cinco de la mañana. Rogué a Sylvie que fuera a buscar whisky y estuvimos bebiendo y charlando… En un momento dado, rogué que me dejaran sola con Sartre y quise tenderme a su lado, bajo las sábanas. Una enfermera me detuvo: ‘No, cuidado…la gangrena’. Entonces comprendí la verdadera naturaleza de sus escaras. Me acosté sobre la sábana y dormí un poco. A las cinco entraron unos enfermeros. Cubrieron el cuerpo de Sartre con una sábana y una especie de funda y se lo llevaron.

En medio del acoso de un tema que lo llegó a inflamar durante sus últimos años, el de Mao Tse-Tung, Jean-Paul Sartre, luego de medio siglo de escritos, toma de posiciones políticas que eran toda una lección de carácter y decoro, acudiendo con su lucidez a cuanto suceso histórico preocupase a la humanidad, concluyó su ciclo vital y su parábola alrededor de la existencia humana y su libertad, iniciando allí mismo y a aquella hora, su larga marcha hacia la inmortalidad dentro del pensamiento y la filosofía en la historia de la humanidad, arrastrando consigo lo que alguien llamaba su tragedia, la de haber llegado a ser más famoso que su propia obra.

En fin, pueden transcurrir veinticinco, cien, quinientos años, y a Sartre siempre se le recordará, por su vida y por su obra, como lo que fue: un hombre total.

 

© Germán Uribe 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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