Escribir: ficciones acerca de la imagen del vacío

José Alberto Sánchez Martínez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
UNAM (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
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La experiencia poética es un lleno y un vacío de insuficiencia.
(María Zambrano, Los bienaventurados)

 

Escribir. La imagen siempre es la misma: un hombre frente a la página en blanco. Vale decir también, que la imagen siempre sugiere otra imagen: la de un hombre que se enfrenta al vacío. Mil formas existen para reconstruir esa imagen, de lo que viene y hacía lo que va. De lo que viene, en tanto el hombre, llamémoslo ya escritor, no se postra en ese lugar y en esa posición de manera gratuita, pues se trata de una postura buscada, impulsada por el azar y la pasión de escribir; hacía lo que va, en tanto el escritor postrado quiere que algo venga, quiere que algo haya de venir. Y eso que ha de venir no es otra cosa más que aquello que de alguna forma /provocada/ ya vino pero que no está: la escritura; las palabras que hacen la escritura.

¿Dónde está la escritura que no está pero que ya vino? Quizá habría que pensar en lo que ya está pero no ha venido. Una paradoja fundamental del arte de hacer mundos con las palabras, lo que llamamos escritura. La escritura, entonces, está y no está, ha venido y no ha venido, es vacío.

La idea de que la escritura, lo que se ha de escribir, ya está desde siempre en alguna parte nos pone de frente a una ficción que de alguna manera se resuelve en un hecho real: la acción de escribir.

Recordemos que la ficción por su lugar en el tiempo (tan compleja de ubicar por la fuerte imbricación que existe entre pasado, presente y futuro) alude a un simbolismo entrelazado con aquello que llamamos imaginación. Una ficción señala, es el índice de lo irreal, ahí, aparece en forma de desglose lo que contiene el vacío. Pero lo irreal no puede ser otra cosa que la sombra de lo real, en otras palabras, se trata de su doble. Como doble de lo real, lo irreal representa la parte malvada y, en cierta forma lo monstruoso. A espaldas de la inmensa mayoría de autores que se han preocupado por el tema de la sombra y el doble, casi balanceándose más del lado psicológico, he de señalar que la separación entre realidad e irrealidad (que no es más que otra forma de realidad) se dio más duramente en los albores de la aparición de la ciencia moderna, que curiosamente coincide con la aparición de las formas de vida moderna. La relación de la historia de la escritura (del arte de escribir, sobre todo poesía y prosa) con el vacío, no puede entenderse sin ese parteaguas.

 

Primera ficción

La ficción es la siguiente: alguien se sienta frente a la página en blanco y escribe lo que le correspondía escribir como si sólo estuviera recordando. Aquí nos sirve muy bien un título de Enrique Vila-Matas: Recuerdos inventados. El problema se hace más complejo si pensamos que el que recuerda inventa, y la invención no puede ser otra cosa que el parto de un vacío, el nacimiento de algo que a partir de ahí será monstruoso, un doble de lo real. Un vacío lleno de pequeños sucesos y relaciones entre personajes e imágenes que representan de manera magnánima la teatralidad de la realidad. Si ponemos atención, este es quizá uno de los sucesos más importantes de la historia humana: la separación de aquello que se considera monstruoso. Y quizá también otra cosa: la aparición de un vacío carente de alteridad, algo que algunos han estudiado muy bien [1]. Cuando digo carente de alteridad, entiendo que es un espacio que no permite ningún proceso de confrontación. Desde luego esta forma de vacío se contrapone a otro, uno nutrido de alteridad, un vacío que siempre hay que enfrentar al momento de escribir. Sobre el vacío que deviene de la separación no diremos más, salvo que ha dado una literatura (en el plano más amplio de la palabra) sin suceso, sin ningún abismo para buscarse. El otro, el que permite confrontación es el que nos interesa.

En algunas culturas pasadas, el vacío era una parte integral de sus formas de vida, pues el vacío existía como un espacio de confrontación; era, en términos más concretos, una figura dialéctica en la cual se sumergían para conocerse. De ahí que la sugerencia a sombra sea por demás atinada. Es decir, de alguna manera el vacío hacía alusión a lo virtual, y lo virtual colindaba con lo que hoy conocemos como mito. El mito es una de las formas primeras de la aparición de la creación literaria, aunque en sus orígenes fuera oral, más tarde, gracias a Homero, conocimos la tradición escrita. Un mito es esencialmente un devenir narratológico del espíritu humano que busca la explicación de algo que falta y aqueja (un vacío que está en la correlación del humano con el mundo, en esa imbricación difícil de desmembrar y nombrar). Mito: explicación; explicación: nombrar/alumbrar el vacío. Para que ese alumbrar/nombrar sea propicio, el mito se sirve de lo virtual. Desde Aristóteles lo virtual hace referencia a la potencia, que no es otra cosa que lo posible. Una posibilidad, eso es lo virtual, de ahí su carácter ficcional y hasta creador de realidad [2].

En el vacío se inventa. Como una construcción arquitectónica las palabras van siendo colocadas para organizar el espacio donde cabemos. Hay que meternos dentro de la escritura para vivir en la escritura; otra posibilidad también cabe, hay que meternos en la página en blanco para ser escritura. En la página en blanco andamos por la escritura, por sus pasillos y muros, siendo escritura.

En el vacío se recuerda lo que alguna vez, en un pasado inexistente estuvo escrito. En el acto de escribir, recuerdo e invento son vecinos, se saludan mutuamente desde sus ventanas cada vez que el escritor se aparece frente a la página en blanco. El escritor los ve y los llama para poblar el vacío, cuando hubo llenado ese vacío, ve que lo escrito es una virtualidad, y como tal, casi atónito descubre que la escritura es un vacío, un castillo vacío. Un castillo entre la vecindad del invento y el recuerdo.

Si el que recuerda inventa, se trata al momento de inventar, de transgredir toda la información vivida, de inventar la vida; si el que inventa recuerda, se trata al momento de recordar, de regresar a toda la información no vivida, de recordar lo no vivido. El vacío es una frontera ubicada entre invención y recuerdo: la frontera del vacío es el vacío.

 

Segunda ficción

Como un vaso de agua que se bebe, así el escritor se bebe lo blanco de la página. Lo que queda después de beberse lo blanco es la escritura. Un charco de luz oscura que llamamos palabras.

Como borrando la vida se va escribiendo. Borramos lo blanco con una negra blancura; borramos lo blanco con lo blanco, y lo que queda (en forma de simulacro) es una página arada y sembrada de una blancura disfrazada de tinta: vestimos lo blanco con el frac de la tinta. Y eso es la escritura, una página lista para la fiesta de la lectura.

Como borrando se escribe, lo que se borra es (o por lo menos así debería ser) lo dicho con antelación. ¿Quién ha dicho eso? Otros indudablemente. Esa es la primer respuesta, el lugar común de la respuesta a esa pregunta aquejante desde mucho tiempo atrás, de ahí que leer y escribir siempre aparezcan enfrascados. El vacío sólo se inventa en la búsqueda de la originalidad, sólo a través de un borrascoso sendero de la aventura al momento de escribir. Quiere el vacío la inseguridad para poder ser, pues sólo en lo que no esta asegurado la escritura irrumpe.

Pero cabe otra respuesta a ¿quién ha dicho eso? Una respuesta de otro orden, se trata de la falta de reconocimiento de alguien: nadie lo ha escrito. Si nadie ha escrito eso, entonces la escritura esta por suceder. Y el escritor también esta por suceder [3].

En ambos casos, cuando se escribe diciendo algo que ha sido dicho (desterritorializando el lenguaje y las palabras; y cuando nadie lo ha escrito (extraterritorializando el lenguaje y las palabras), la escritura vive en íntima relación con la borradura.

 

Tercera ficción

Escribir es borrar. Y hay dos clases de borramiento; el de la escritura misma; y el del escritor mismo. En ambos casos hay una búsqueda subterránea de algo que no está. Los filósofos se han preguntado a este respecto a través de la unidad. En ese contexto la unidad es la forma más viva del vacío, casi todas las maneras de buscarla tienden a encontrarla pero siempre a través del reconocimiento de un vacío. Si la unidad representa el vacío, el vacío representa lo imposible. “Lo posible es sólo una provincia de lo imposible” dijo Roberto Juarroz. Y habría que preguntarse todavía si las distintas maneras de buscar la unidad no son sino provincias de lo imposible. Y habría que preguntarse si el lenguaje no es una provincia imposible de lo imposible. En el terreno de las metáforas hay que decir que la provincia como leguaje es menos imposible que la ciudad como lenguaje, pues ésta es menos trascendente, y aún más racional, así como también menos liada con el vacío (por lo menos en esa concepción donde el vacío representa una alteridad).

La unidad también colinda con otro terruño conceptual que resalta la importancia del vacío como imposible. Se trata del ser. Y en este sentido Heráclito es un pormenor. Más o menos Heráclito pensaba que ser sólo es posible en lo contrario. Para ilustrar eso no hace falta sino ver que en la tradición de la creación literaria (institucional) los textos valiosos, esos que colindan con el ser son aquellos que apuntan a lo contrario, esos que han puesto en evidencia el vacío. María Zambrano en el colorido que vengo pintando añade: “La unidad jamás es completa, porque ha de ser continuamente referida a ‘lo otro’. Lo que es, hace alusión constantemente a ‘lo otro’ que él es, y aún a lo que no es, sin más” [4]. El escritor y su escritura tendrán su unidad, hay que decir momentánea, sólo si las palabras hacen referencia a lo otro y, si las palabras señalan la ambigüedad que implica ser y no ser: escribir hace del acto imposible posible.

En ambos casos, entonces, es permisible la vislumbre del borramiento. Al escribir se propone tocar el ser, acercarse, pero en la conjetura de eso que llamamos escritura también debe aparecer la provincia de lo imposible. Podemos entender ahora por qué el escritor, el verdadero, siempre presentirá la falta de ser en lo que ha escrito, lo que al mismo tiempo le conminará a seguir escribiendo.

 

Cuarta ficción

También cabe otra ficción que encierra un acercamiento a lo verdadero. La trama podría parecer una imagen novelesca, sin embargo es parte de la subterránea superficie del acto de escribir, acto que colinda con la inauguración del vacío como espacio de encuentro y sugestión. Se trata de lo siguiente: un hombre se sienta al escritorio y abre su cuaderno de escritura, en él no escribe, sino que borra lo escrito; igualmente cabe la posibilidad de que lo que borre sea el material de cualquier escritor. El resultado es una lectura imposible pues lo que hay por leer está por escribirse. Nuevamente estamos ante los albores de una escritura blanca.

Hay casos memorables de libros en los cuales la blancura resulta ser el eje de relación con escritura y vacío. En la película Orfeo de Jean Cocteau, el personaje principal, un poeta de renombre (en la cinta) escribe un libro en blanco. Elbert Hubbard otro escritor de otra película que nosotros conocemos como la vida, escribió un libro llamado Enssay on silence, el texto en analogía con la visión cinematográfica de Cocteau es un volumen de páginas en blanco. Quizá existan otros títulos que se me escapan aquí, pero estos dos nos sirven para hacer algunos apuntes sobre lo blanco.

Una hoja en blanco representa una trasgresión. Es en sí misma un lugar de frontera, pues colinda con el mundo aún no creado y el mundo creado, también podría concebirse como un espacio de comunicación. Sin embargo, lo que contiene ésta, de comunicación, su primera fuente, es el silencio. El cúmulo de lenguaje, que en su armonía, llegará a constituir lo que se conoce como texto, viene a ser una vestidura de la página. Esa vestidura, que se conoce como mundo imaginario, no es otra cosa que el velo que encubre el silencio. En ese contexto, es posible que el escriba se desvele leyendo lo que ha escrito con el fin de arrancar ese velo de sus propias palabras, con el fin de que su propia escritura sea un silencio desnudo.

Como frontera, la página en blanco, es vinculo entre dos espacios. El del decir y el no decir. Decir es adjuntar un secreto al teatro de la escritura, no decir es reconocer la falta de decir en ese secreto que es la escritura. Los dos procesos van íntimamente ligados al momento de escribir. De ahí que nunca exista el modelo final de una obra, nunca el modelo final de un fin. A veces de ahí viene el sentimiento de querer detenerse y no continuar jamás, de detenerse y quemar la obra, borrarla, hacerla silencio, pues sólo en él es posible lo imposible.

Se sabe eso. Escribir es buscar la más blanca postura del papel, para ahí, como en un abismo, hacerse palabra, fundirse al propio sentido del silencio. Bernard Noêl dijo alguna vez introduciendo a Georges Bataille, “¿Qué es el silencio? Ante todo retirarse dentro de sí mismo…”. Habría que añadir que el silencio también es retirarse de la página en blanco, quien sabe sí a hacía cualquier lado de sus fronteras. Quien sabe si hacía la escritura o hacía el dejar de escribir.

 

Notas

[1] Véase Lipovetzky, La era del vacío; Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire; Virilio, Estética de la desaparición.

[2] George Steiner ha señalado muy bien cómo en el lenguaje anglosajón la palabra Carácter alude a personaje. Señalemos que todo personaje hace de la realidad que toca una teatralidad, ficcionaliza los posibles modos de ser de la vida. El arte de escribir está basado en toda una secuencia de caracteres, es decir, vacíos que son signos de representación.

[3] El poeta Jean Cocteau creía que la pintura abstracta, comparándola con la figurativa, tenía la capacidad de crear naturaleza objetando que no sólo la imitaba. Esta afirmación guarda relación con la concepción del vacío y la originalidad, al mismo tiempo deja ver que existen diferencias en la propuesta comunicativa entre la imitación y la creación.

[4] María Zambrano. Filosofía y poesía. 1939, p, 29.

 

Bibliografía

Barrow, John D. El libro de la nada. Crítica, España, 2001.

Bataille, Georges. Lo arcangélico y otros poemas. Visor, España, 1999.

Juarroz, Roberto. Undécima poesía vertical. Pre-textos, España, 1988.

Steiner, George. Presencias reales. Destino, España, 1998.

Zambrano, María. Filosofía y poesía. FCE, México, 1939.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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