Lenguas, traducción y metáfora:
relatos de la alteridad en tres crónicas de la conquista de México

Valeria Añón

Universidad de Buenos Aires
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
valeriaaf@fibertel.com.ar


 

   
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Resumen: 1519. Cortés y sus hombres avanzan por territorio mexicano. En la costa de Cozumel tiene lugar un hecho que definirá la suerte de la conquista: el encuentro con los lenguas; metonimia de sus principales funciones: traducir y comunicar, tal como señala Margo Glantz [1]. Así, en una primera instancia, la expedición tendrá noticias de dos cautivos españoles: Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar. El primero, que tiene esposa e hijos, decidirá quedarse; Aguilar, en cambio, pedirá ser ‘rescatado’ y oficiará como intérprete para sus coterráneos. Poco más adelante, adquirirán el ‘bien’ más preciado: la Malinche. Ambos lenguas harán posible, por distintas vías, una conquista simbólica y no solo militar. Tiempo después sus protagonistas -Cortés, Bernal Díaz- tanto como el historiador López de Gómara narrarán estas escenas, marcadas por el extrañamiento y la perturbación que produce la mezcla, lo imprevisto, lo “contaminado”. En disímiles contextos, estos cronistas dan cuenta de sus impresiones sobre el otro y de la inquietante presencia del cautivo como figura problemática que interroga la definición del yo.
Palabras clave: Conquista - traducción -alteridad - subjetividades

 

Introducción: Mitos, emblemas, indicios

Escritas en distintos momentos de enunciación y para diversos lectores, las tres crónicas aquí mencionadas refieren con especial énfasis la noticia del encuentro con los cautivos españoles. Cortés lo hace en la Carta de Veracruz; Gómara y Bernal dedican dos capítulos de sus relaciones a narrar in extenso las señales de los cautivos y el encuentro posterior. La experiencia narrada -y la lectura- se constituyen a partir de un indicio que es clave de la existencia de ‘hombres barbudos’; son los indios de la zona quienes dan señas de la presencia de otros españoles, a partir de las características físicas que los distinguen. Estas señas de identidad delinean una primera diferencia en la caracterización de europeos y americanos y muestran los modos en que el natural ve al otro y consigue transmitirle su percepción. A falta de intérprete, será el cuerpo extraño el que marque la diferencia y la distancia; será la lengua de necesidad; en definitiva, doble alteridad que se constituye al mirar y ser mirado. Bernal, sin embargo, apunta una diferencia que, más allá de colocarlo en el primer plano del relato, remite al funcionamiento indicial de la lengua:

Como Cortés en todo ponía gran diligencia, me mandó llamar a mí y a un vizcaíno que se decía Martín Ramos, y nos preguntó qué sentíamos de aquellas palabras que nos hubieron dicho los indios de Campeche cuando vinimos con Francisco Hernández de Córdoba, que decían: Castilan, castilan. [...] Y dijo que ha pensado muchas veces en ello y que por ventura estarían algunos españoles en aquella tierra [2].

Un capitán diligente y reflexivo presta atención al gentilicio, que funciona como índice de la existencia de cautivos o, al menos, de un contacto posible que deberá dilucidarse. En su carta, Cortés apunta este rescate de los cautivos como prioridad; es, en verdad, necesidad y mandato. Se sabe que una de las capitulaciones firmadas en Veracruz lo obligaba a ello pero, sobre todo, que lengua y conquista están estrechamente unidas y no es posible la una sin la otra. Cierto es que ya tenían otros intérpretes, Juanillo y Melchorejo (Bernal los refiere en los capítulos IX y XXII de su Historia verdadera) pero los indios nunca son de fiar; siempre está latente la posibilidad de traición, tanto en la mala traducción como en la huida hacia sus pueblos de origen -sobre todo si consideramos que eran cautivos de los españoles, esclavos tomados en desembarcos sucesivos-. Cortés quiere, entonces, “descubrir y poblar” [3], “comprender”, “calar hondo” [4]; nada de lo cual puede hacerse sin un lengua que debe ser, además, un faraute. Según el Diccionario de la Real Academia Española, el faraute es un intérprete, “encargado de llevar y traer mensajes entre personas distantes y que se fían de él”, “persona principal en la disposición de algo, y más comúnmente la bulliciosa y entremetida que quiere dar a entender que lo dispone todo”. Cortés sabe que necesita un intérprete cultural (no solo lingüístico); alguien en quien recaigan, como canal o instrumento, las posibilidades de comunicar pero también de conocer, comprender, de leer entre líneas las verdaderas intenciones de un otro casi por completo desconocido. Aún más, necesita un intérprete “bullicioso y entremetido” que funcione como espía y que llegue allí donde el capitán no puede hacerlo [5]. No obstante, dado que la Carta de Veracruz está dirigida a los reyes, Cortés se cuida mucho de mostrar obediencia, y esconde los motivos de su búsqueda de un lengua para llevar a cabo una conquista a la que, de todos modos, no estaba autorizado [6]. Para ello, Cortés pone el acento en sus denodados esfuerzos y en la preocupación por encontrar a los cautivos aunque, una vez que consiga lo que efectivamente busca, y escudado en las grandes distancias, justifique el haber dejado a los otros cinco de quienes se tenía noticia.

Y bien traía aviso el dicho Capitán Fernando Cortés cuando partió de la isla Fernandina para saber destos españoles, y como aquí supo nueva dellos y la tierra donde estaban, le pareció que haría mucho servicio a Dios y a Nuestra Majestad en trabajar que saliesen de la prisión y captiverio en que estaban” [7].

Las estrategias retóricas de Cortés le permiten sostener sus decisiones, justificadas en favor de la corona y amparadas en referencias providencialistas que volverán a aparecer en el relato del encuentro, a partir del fuerte temporal que les impide zarpar y le da a Aguilar tiempo para alcanzarlos.

Ahora bien, ¿cuáles son los métodos de la búsqueda; es decir, qué envía Cortés para asegurarse el regreso de los españoles? Varios indígenas, embarcaciones españolas comandadas por Diego de Ordaz -con la directiva de esperar ocho días-, el rescate (cuentas de colores para entregar a caciques y principales) y una carta. La iniciativa muestra, desde el comienzo de la expedición, la pasión cortesiana por la escritura [8]; la certeza de que la comunicación implica no solo la oralidad, el mensajero, sino también la fuerte impronta de la palabra escrita, presente -en su sentido legal y notarial- desde las expediciones de Colón y los primeros requerimientos. El envío de la carta es, en este contexto, mensaje de reconocimiento; es la escritura la que tiene valor en sí misma, más allá de su contenido específico (por eso, quizá, Cortés no transcribe el mensaje): la posibilidad de identificar la palabra escrita (no tanto decodificarla) es la que singulariza a los españoles. Incluso aunque Aguilar y Guerrero no supieran leer -cosa que no ocurre- reconocerían el funcionamiento de la carta y su naturaleza; podrían entenderla como índice -por señalamiento y contigüidad- de la presencia de otros como ellos.

No obstante, esta indicialidad cambia su sentido en Gómara y Bernal, quienes ponen especial interés en reconstruir la carta, es decir, en recuperar la naturaleza simbólica de la palabra escrita. Pero lo más llamativo de esta escena es referido por Gómara, en el capítulo XI:

Escrita ya la carta, hallóse otro inconveniente para que no la llevasen y era que no sabían cómo llevarla encubiertamente para no ser vistos ni barruntados por espías, que los indios temían. Entonces Cortés acordóse que iría bien, envuelta en los cabellos de uno; y así tomó al que parecía más avisado y para más que los otros, y atóle la carta entre los cabellos, que de costumbre los traen largos, a la manera que se los atan ellos en la guerra o fiestas, que es como trenzado en la frente [9].

La astucia de Cortés es evidente: la palabra escrita debe penetrar territorio ajeno sin ser descubierta; lo hace a través del cuerpo del indio, espacio virgen de escritura. Como adelantado, como embajador, el recado debe abrir el camino que Cortés no recorre, en una escena que se configura en los distintos usos del cabello, que marcan una frontera: la barba como índice de los cautivos y como definición del extranjero; el cabello largo como costumbre festiva -y femenil, dirá Gómara más adelante- en cuya espesura puede confundirse la palabra del conquistador. Esta “colonización del cuerpo por el discurso del poder”, en palabras de Michel de Certeau, caracteriza y configura el secreto del avance de Cortés en tierras mexicanas y su principal arma de reclamo, de explicación, de legitimación [10].

 

Aguilar y Guerrero: la frontera como traducción

Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, los náufragos, hicieron vida con la tribu, aprendieron la lengua maya. Gonzalo tuvo mujer, engendró hijos. Aguilar exorcizó todo contacto, rezó el rosario para ahuyentar las tentaciones. Llegó Cortés y supo de los náufragos. Gonzalo renunció a España y peleó como maya entre los mayas. Jerónimo se incorporó a los invasores.
       José Emilio Pacheco, “Doña Marina”.

Jerónimo de Aguilar, cautivo que se convertirá en intérprete, regresa presuroso (luego de algunas peripecias) a encontrarse con sus congéneres. Con distintos grados de minuciosidad y relevancia, los tres cronistas narran este momento. Cortés acentúa sus propios pensamientos y esfuerzos y refiere el acontecimiento en forma indirecta. No describe a Aguilar ni da sus señas: el español importa sólo en tanto ‘lengua’ y, en ese sentido, aquí es donde funciona con más énfasis la sinécdoque que lo define. Recién en escenas posteriores ingresa el discurso referido indirecto para contar a Jerónimo, evangelizando. Puesto que no se dice a quién traduce, la escena configura una idea de evangelización llevada a cabo por la intención expresa del capitán. No obstante, para “descubrir y poblar”, es decir, para conquistar, Cortés necesita datos, información que le permita configurar la cartografía tentativa de un espacio -geográfico y social- desconocido. Aquí es donde Aguilar falla. Es intérprete lingüístico pero no cultural, ni faraute, puesto que no conoce el terreno ni puede dar más que información mínima sobre las poblaciones; por eso sólo es canal, conducto que transmite la palabra legal o religiosa. Así, la necesidad de un “entrometido y bullicioso espía” deberá esperar a que llegue Malinche.

Distinta es la escena según la cuentan Gómara y Bernal, quienes se detienen en jugosas descripciones físicas y refieren directamente la voz de Aguilar al tiempo que hacen ingresar la problemática figura de Gonzalo Guerrero. A diferencia de las cartas de Cortés, las historias de Gómara y Bernal se estructuran en capítulos, titulados, de variable extensión. Ambos dedican dos apartados a narrar el encuentro: el historiador, los capítulos XI y XII (“Que los de Acuzamil dieron nuevas a Cortés de Jerónimo de Aguilar” y “Venida de Jerónimo de Aguilar a Fernando Cortés”); el soldado, el capítulo XXVII y el XXIX (“Cómo Cortés supo de dos españoles que estaban en poder de los indios en la punta de Cotoche y lo que sobre ello se hizo” y “Cómo el español que estaba en poder de indios [que] se llamaba Jerónimo de Aguilar supo cómo habíamos arribado de Cozumel, y vino a nosotros y lo que más pasó”). Escritos a partir de diversos saberes, letrados o populares, que se perciben ya en la brevedad y concisión del primero frente a la proliferación léxica del segundo, ambos coinciden en prestar atención a los detalles físicos que marcan el grado de aculturación de Aguilar.

Para Gómara, éste se describe en el marco de un grupo de cuatro hombres, “desnudos en carnes, sino en sus vergüenzas, los cabellos trenzados y enroscados sobre la frente como mujeres, y muchas flechas y arcos en las manos”; Bernal individualiza a Aguilar, que “de suyo era moreno y trasquilado a manera de indio esclavo, y traía un remo al hombro, una cotara vieja calzada y la otra atada a la cintura, y una manta vieja muy ruin, y un braguero peor, con que cubría sus vergüenzas” [11]. Gómara lee la desnudez -asociada al indio desde los primeros viajes de Colón-, y la particular disposición de los cabellos, que les confiere cierto aire femenil, reforzando la imagen infantilizada del indio, abonada por Gómara [12]. Por su parte, Bernal lee el cuerpo cubierto de objetos ajados, viejos, ruines, que parecieran anclar a Aguilar en el momento del naufragio, del inicio del cautiverio, pero que solo provocan distancia y desagrado en el recuerdo del cronista. En este marco, el cronista también refiere una marca que entiendo fundamental para explicar las actitudes de Aguilar: es esclavo y va trasquilado como tal. El dato, comentado por el cronista soldado al menos treinta años después de la conquista, muestra su conocimiento de una dinámica social puesto que recupera, en la escritura, los signos de la esclavitud marcados en el cuerpo del cautivo, y lo refuerza luego con la inclusión -por medio del discurso referido directo- de la voz de la india esposa de Guerrero.

Gómara avanza y muestra a Aguilar oficiando ya de traductor en su primer encuentro: él es quien calma a los indios que lo acompañan, temerosos de los españoles, al hablarles en su lengua, y quien se comunica con sus congéneres, preguntándoles: “Señores, ¿sois cristianos?” [13]. Antes, el gentilicio; ahora, la caracterización religiosa que articula una fuerte definición identitaria. Sin embargo, la alteridad inscripta en un cuerpo español, un cuerpo que forma parte del nosotros de quienes lo esperaban con ansias y ahora lo miran con asombro, resulta insoportable, y así es narrada: con distancia, con vergüenza, con un dejo de desprecio que hace que Cortés le entregue rápidamente ropas para que se cambie. Entonces, el primer gesto de ‘regreso’, luego de la palabra, será borrar del cuerpo las huellas de la estrecha convivencia con el otro. Bernal, en su ánimo memorialista, apunta un dato más: el español que habla Aguilar es “mal mascado y peor pronunciado” dato que, junto con el “bulto que eran Horas muy viejas” es la marca del tiempo que Aguilar pasó como cautivo y que excede la apariencia física para traslucirse en una ya dudosa capacidad lingüística (que sin embargo no le impide, en la crónica del soldado -puesto que éste le presta su voz- narrar completa su historia) [14].

Poco varían la Historia de la conquista de México y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España en el relato de lo que cuenta Aguilar, a pesar de que Bernal se jacta de estar corrigiendo al estudioso. El historiador, por su parte, trabaja profusamente con el discurso referido directo que le permite representar la voz del personaje con un alto grado de retórica, vinculada al enfoque renacentista de la historia, que también sirve para reforzar la impresión de cercanía para con aquello narrado [15]. Así, Gómara describe las dolorosas peripecias vividas por los náufragos, enfatizando las escenas de sacrificio y canibalismo que, al tiempo que espantan, constituyen una imagen del otro barbarizado. El parlamento se cierra con un significativo comentario del narrador: “Gran temor y admiración puso en los oyentes este cuento de Jerónimo de Aguilar, con decir que allí en aquella tierra comían y sacrificaban hombres [...] y daban gracias a Dios por verle libre de gente tan inhumana y bárbara” (p. 24). De este modo, Gómara articula la dicotomía a través de la cual se mueve Aguilar. Si la historia del cautivo es la historia de una frontera, el narrador las define y las instituye como tales al tiempo que marca el pasaje de Aguilar, aindiado en su aspecto físico pero no en su imaginario ni en sus creencias [16]. El cautivo parece haber podido pasar de una frontera a otra sin mayores cambios, aunque regresa con un saber que será un bien preciado para la expedición: la lengua del otro.

Quien no regresa de esa frontera es Gonzalo Guerrero; figura problemática porque representa el peligro, el atractivo del mundo del otro. Aguilar siempre fue un cautivo, un esclavo; Guerrero ha dejado de serlo y, con ello, ha abrazado esa cultura donde alcanza una posición de poder que no tenía en su sociedad de origen. Lo que se conoce de este “indianizado” es a partir del relato de Aguilar, representado -e interpretado- por Gómara y Bernal. Cortés no lo refiere, quizá porque el propósito de su carta es diferente, quizá porque no puede referirlo: aquí se juega la posibilidad de leer la diferencia más perturbadora, aquella que desplaza la frontera del yo. Empero, es preciso recordar que Cortés, agudo lector de signos e indicios, trabaja minuciosamente la escritura, configura textos controlados donde la elipsis funciona como sustrato. Si esta aculturación de Guerrero implica una traición -tal como lo declara Bernal, ¿porqué habría el capitán de contar el fracaso, el repliegue, el peligro extremo del contacto con esos seres, aparentemente bárbaros en los que, sin embargo, persiste un núcleo irreductible de atractiva inquietud? De hecho, Gómara y Bernal dan distintas explicaciones: la vergüenza, el ‘vicio’ de la mujer, la familia:

“Yo le envié la carta de vuestra merced y a rogar que se viniese, pues había tan buena coyuntura y aparejo. Más él no quiso, creo que de vergüenza, por tener horadadas las narices, picadas las orejas, pintado el rostro y manos a fuer de aquella tierra y gente o por vicio de la mujer y amor de los hijos”, cuenta Aguilar en el relato de Gómara [17].

Bernal difiere en la escena puesto que construye un diálogo entre los dos españoles [18], que incorpora y la respuesta enojada de la mujer india de Guerrero: “Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; idos vos y no cureis de más pláticas” [19]. Múltiple mediación (de la india a Aguilar; de éste a los soldados; del recuerdo al texto de Bernal) que implica también la traducción (de la lengua maya al castellano balbuceante de Aguilar, y de la oralidad a la escritura) donde lo que persiste es el verosímil más que el recuerdo: se trata de pensar aquello que la memoria del soldado rescata o inventa. Esta profusión de referencias directas permiten que Bernal se diferencie de Gómara (solo quien estuvo allí pudo tener acceso directo al relato de estos diálogos y haberlos guardado en su memoria) e incorpore una voz otra en el texto, así como una lógica social extraña: aquella que coloca en el lugar del esclavo al español, o bien lo marca a modo de tatuaje.

Guerrero será entonces el intérprete cultural, pero de signo contrario a lo esperado. La aproximación especular, invertida, debería darse, a decir verdad, con Malinche. Guerrero, pura corporalidad extraña y transformada, es el traductor, el cuerpo intercalado entre el español y el indio cuya nueva función social es la de conocer y prever las tácticas de guerra de sus antiguos congéneres [20]. Quizá la pregunta sea entonces no tanto cómo leer y narrar la alteridad sino, en especial, cómo comprender la alteridad cercana, de qué modo narrar la diferencia en un rostro familiar. Si Aguilar y Guerrero representan dos modos de contacto con el otro, los relatos que de ellos hacen estos tres cronistas anticipan (y explican) la conquista posterior.

 

Notas:

[1] Véase Margo Glantz, “Lengua y conquista”. En Borrones y borradores. México: unam, 1992, p. 32.

[2] Cfr. Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Manuscrito Guatemala), edición crítica de José Antonio Barbón Rodríguez, México, El Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Servicio Alemán de Intercambio Académico, Agencia Española de Cooperación Internacional, 2005, p. 43.

[3] Cfr. la transcripción de la carta de Cortés en el capítulo XI de la Historia de la conquista de México de Francisco López de Gómara.

[4] Cfr. Tzvetan Todorov, “Cortés y los signos”, en La conquista de América. El problema del otro (México: sxxi Editores, 1992) y Margo Glantz, op. cit .

[5] Véase Margo Glantz, “Lengua y conquista”; op. cit., pp. 33.

[6] Recordemos que Cortés sale de Cuba contradiciendo las órdenes de Velázquez, quien le ha ordenado conocer e intercambiar, pero no conquistar, tal como él se lo propone. Como señala Beatriz Pastor en su conocido libro Discurso narrativo de la Conquista de América (La Habana: Casa de las Américas, 1983, pp. 139-140) las cartas de Cortés (especialmente la primera y la segunda) se constituyen en una legitimación de la conquista propia y en el desprestigio de las acciones del verdadero enviado del rey, Diego Velásquez.

[7] Hernán Cortés, Cartas de relación. Edición a cargo de Ángel Delgado Gómez. (Madrid: Castalia, 1986, pp. 122.) Los debates en torno a esta primera carta son variados; la crítica ha llegado a la conclusión de que es de la autoría de Hernán Cortés, aunque posiblemente haya dictado buena parte de ella e incluido fragmentos de su puño y letra. Para una análisis detallado de estos pormenores y de la relación (temática y estilística) entre estas cartas y las cuatro restantes, véase la introducción de Ángel Delgado Gómez a la edición citada de Castalia y la exhaustiva explicación de Víctor Frankl en “Hernán Cortés y la tradición de las siete partidas” (Revista de Historia de América. N° 53-54, 1962, pp. 9-74).

[8] Cfr. Margo Glantz, op. cit., pp. 26: “Como complemento de la actividad notarial, implícita como digo en la estructura de las Cartas de relación, está la manía epistolar de Cortés. Esta manía alcanza proporciones desmesuradas, sobre todo si se tiene en cuenta que el arte epistolar era fundamental en ese tiempo y, junto con los memoriales, ordenanzas y provisiones, era normal acompañarlas de mensajes donde se explicaba su sentido: la mensajería exige la escritura de mensajes”.

[9] Francisco López de Gómara, Historia de la conquista de México. México, Porrúa, 1988, pp. 23.

[10] Véase Michel de Certeau, La escritura de la historia. México, Universidad Iberoamericana, 1985.

[11] Francisco López de Gómara, op. cit., pp. 24 y Bernal Díaz del Castillo, op. cit., pp. 47.

[12] Para un explicación de estas ideas, cfr. Rolena Adorno, “El sujeto colonial y la construcción cultural de la alteridad”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año XIV, N 28, 2do semestre, 55-58.

[13] Bernal apunta las siguientes palabras: “Dios y santa maría y Sevilla”.

[14] Bernal Díaz del Castillo, op.cit., p. 46.

[15] Para relevar la polémica entre Gómara y Bernal, son muy útiles los siguientes artículos: Ramon Iglesia, “Las críticas de Bernal Díaz del Castillo a la Historia de la conquista de México de López de Gómara” en El hombre Colón y otros ensayos, México: fce, 1944 y Lewis, Robert. (1986) “Retórica y verdad: los cargos de Bernal Díaz a López de Gómara”. En Merlin H. Forster y Julio Ortega. De la crónica a la nueva narrativa mexicana. México, Oasis, pp. 37-47. Para la forma en que Bernal Díaz estructura los diálogos y la escenificación de las voces de los distintos actores, véase el artículo de Gloria Chicote, “La lexicalización de la experiencia: el romancero en la prosa historiográfica de Bernal Díaz del Castillo”; en Romance Quarterly. Volumen 50, núm. 4, Fall 2003, 269-279.

[16] Véase Fernando Operé, Historias de la frontera. El cautiverio en la América hispánica. Buenos Aires, fce, 2001.

[17] Francisco López de Gómara, op. cit., pp. 25.

[18] Dice Guerrero: “Hermano Aguilar: yo soy casado y tengo tres hijos; y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; idos con Dios que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir de esa manera! Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que me traéis para ellos y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra”. (Bernal Díaz del Castillo, op. cit., p. 46.)

[19] Bernal Díaz del Castillo, op. cit., p. 46.

[20] Así lo afirma Bernal cuando dice: “... y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fue inventor de que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo”. (p. 47)

 

© Valeria Añón 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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