Análisis literario de los consejos que da don Quijote a Sancho
antes de ir a gobernar la ínsula Barataria.
Segunda parte del Quijote

Luis Quintana Tejera

Universidad Autónoma del Estado de México
qluis11@hotmail.com
www.luisquintanatejera.com.mx


 

   
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1. Consejos espirituales: Axiología al servicio del desempeño público. Capítulo XLII.

En el momento en que don Quijote da consejos a Sancho actúa como su maestro y guía; pretende orientarlo por el difícil camino de la vida y de la administración pública. Estas recomendaciones están inscriptas en un marco axiológico [1] relevante, porque no se trata de volcar tan sólo las vivencias individuales de quien elabora el discurso, sino también de manifestar una larga experiencia valorada en términos de existencia personal. Muchos de estos consejos han sido heredados de una tradición occidental cristiana y otros han sido aprehendidos en las lecturas que los largos ratos de ocio permitían al hidalgo. Podemos sostener que la gran mayoría están formulados a posteriori [2], es decir, el personaje los ha vivido empíricamente y ahora los recupera a través de su discurso.

El narrador paga tributo además a una tradición grecorromana que le sirve de apoyo y justificación estética. Por eso comienza diciendo:

Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso en que vas a engolfarte, que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones. (pp. 867-868).

Le habla con profundo afecto, al menos con el cariño que su enajenada condición le permite conservar intacto. Le llama mediante el vocativo: “Hijo”, con lo cual se da fundamento a esta relación de dependencia afectiva existente entre señor y escudero; además, don Quijote ya va camino de la “derrota” de su idealismo y al regresar al realismo que lo “recupera” tendrá reflexiones muy semejantes a las del primer Sancho que conocimos en el primer libro; por esto ambos están identificados por un denominador común y ambos parecen evolucionar en sentidos contrarios: don Quijote del idealismo al realismo y Sancho del realismo a cierta forma de pensamiento que en mucho se parece al idealismo.

A su vez, el lenguaje figurado utilizado por el hidalgo recuerda muchos de los requiebros retóricos de los volúmenes de la caballería andante, y no podía faltar la imagen de Catón, el orador romano y sus sentencias, con quien se identifica el hombre de la Mancha para transmitir su mensaje. La metáfora “mar proceloso” para aludir a la vida y sus peligros, es más que un logro retórico un lugar común en la poesía del renacimiento; la cual resulta completada con “ese golfo profundo de confusiones” que son los oficios y grandes cargos. Por todo ello, para poder navegar y evitar el naufragio es imprescindible la guía del adecuado maestro.

Analizaremos los consejos en el orden en que aparecen y procederemos a efectuar una serie de reflexiones críticas en torno a cada uno de ellos.

1. El temor a Dios

Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. (p. 868).

El primer consejo tenía que hacer referencia a Dios, no podía ser de otra manera dado el contexto cristiano y bíblico en que éstos se formulan. El hombre debe tener en cuenta su débil condición individual y por ello fundará sus esperanzas en un teísmo relevante, según el cual acepta la existencia de Dios y lo venera constantemente.

El “temor a Dios” resulta encuadrado en nociones relacionadas con el Antiguo testamento de la Biblia, en donde Jehová aparecía como el dios de la zarza ardiendo y como el dios implacable de Abraham.

El temor conduce a la sabiduría y ésta permite al hombre no equivocarse. Con fundamento en nociones medievales tomistas, el “hijo de Dios” es la sabiduría que se encarnó para enseñarle a la humanidad su mensaje de fe; de aquí puede deducirse el carácter cristiano ya mencionado; si históricamente aprendimos de Jesús la sabiduría que nos aleja del error, individualmente debemos entender también que el máximo conocimiento radica en dejar a un lado el orgullo personal para permitir que la sublime presencia de Dios esté en nosotros. Y no se trata de mojigaterías, ni de milagrosos entronizadores de “santos” escogidos al azar, sino de algo mucho más profundo que le autoriza al hombre a formarse integralmente; y esta integridad de la preparación individual parece no fructificar en el reducido marco del ateísmo. Sólo con Dios -no se alude a ninguna religión en particular- el ser humano podrá alcanzar el equilibrio que le permita desempeñarse con éxito en la función que la sociedad le ha encomendado.

2. Autoconocimiento

Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra. (p. 868).

En segundo lugar, el “conocerse a sí mismo” resulta fundamental en el proceso que abarca la autoformación. Si el temor a Dios llevaba a la sabiduría, el Autoconocimiento conduce a la certeza de saber realmente quiénes somos. Don Quijote aclara que éste es el más difícil conocimiento que podamos imaginarnos. Seremos soberbios, modestos, violentos, tranquilos, benevolentes, implacables, tiernos, pero lo más importante consiste en saberlo previamente para que cuando lleguen los momentos de acción sepamos mantener a raya a nuestra humana naturaleza. Derivado del Autoconocimiento llegará la necesaria modestia. Dice el narrador: “Del conocerte saldrá el no hincharte...” El lenguaje figurado sirve aquí para proporcionar un ejemplo inter textual tomado de la tradición de las fábulas. Quien pretenda crecer más allá de sus posibilidades corre el riesgo de fracasar estrepitosamente: la rana no puede llegar a tener las dimensiones del buey sin lastimar su cuerpo. Esto último no implica de manera imprescindible que el ser humano posea aspiraciones, lo único es que estas búsquedas deben tener en cuenta nuestras capacidades y oportunidades: cada cosa en su momento. Por lo tanto, el tema propuesto es la humildad apoyada no sólo en quienes somos, sino también en quienes hemos sido; para indicar esto último el hidalgo retoma el lenguaje figurado y sostiene: “vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra”. Lo dicho no conlleva un desdén hacia los orígenes humildes, sino que es una advertencia para los soberbios que en el momento de actuar olvidan su pasado.

Es ésta la oportunidad para aludir a la recepción del mensaje por parte de Sancho, quien interviene para decirle a su señor: “-Así es la verdad -respondió Sancho-, pero fue cuando muchacho; pero después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos;”(p. 868). El segundo personaje parece estar distraído del mensaje central y sólo presta atención al ejemplo figurado al que se ha recurrido para fundamentarlo. Con esto se introduce además una nota jocosa, porque tanto da guardar puercos como gansos; el resultado a nivel del símbolo buscado es el mismo. Ahora bien, no nos dejemos llevar por las apariencias, porque en varios momentos de su gobierno Sancho pondrá en ejercicio algunas de las recomendaciones de su señor. Lo veremos después de analizar el tercer consejo.

3. La humildad del linaje

Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. (p. 868).

La tercera recomendación exhorta al humilde Sancho para que se sienta orgulloso de su origen por más insignificante que éste fuera. Así se perfilan y ofrecen nuevos temas que involucran la axiología de la modestia y la sencillez:

A. Humildad del linaje.

B. No importa que provengas de labradores “porque viendo que no te corres ninguno se pondrá a correrte”. Cuánta sabiduría hay en esta precisión, y así lo vemos a diario y hasta en los más mínimos detalles. La naturaleza humana resulta bastante propensa a la crítica y con frecuencia el hombre ve la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio, como dice la Biblia. Ahora bien, si anticipándonos a la censura de los demás somos nosotros los primeros en señalar nuestros errores o defectos, los dejaremos sin argumentos, porque al ver que no nos preocupa ni nos avergüenza lo acontecido, ellos no podrán deleitarse con nuestro mal. Si Cyrano de Bergerac en la obra homónima de Rostand se burla de su larga nariz, no dejará opción a otros de que lo hagan mejor que él.

C. Es preferible ser “humilde virtuoso” que “pecador soberbio”. El contraste entre ambas condiciones humanas es obvio; la predilección por la primera de ellas subraya el alto contenido moral y ético en donde la virtud nos pondrá por encima de nuestra propia humildad.

D. Por último, son muchos los hombres humildes que han llegado a altos cargos y esto da fundamento al individuo para continuar luchando a pesar de las circunstancias adversas de su pasado

Veremos en seguida de qué manera Sancho aplica este consejo en la ínsula Barataria.

En el capítulo XLV, cuando empieza su administración, el escudero quiere saber qué decía un cartel que se hallaba frente a él. Le aclaran que “allí está escrito y notado el día en que vuestra señoría tomó posesión de esta ínsula, y dice el epitafio: “Hoy día [...] tomó posesión de esta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años lo goce”. (p. 888).

El novel gobernador les increpa en seguida: “-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido; Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi abuelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas” (p. 889).

Con el ejemplo queda fundamentado que el escudero “hace gala de su linaje” y para nada se arrepiente de su procedencia humilde. En el primer capítulo del presente volumen hicimos referencia al significado de la expresión don el cual connota para aquel momento un determinado grado de nobleza.

4. La sangre se hereda

Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. (pp. 868-869).

El tema de la virtud continúa presente en esta recomendación, mientras don Quijote arremete contra la aristocracia y su falso orgullo. En el renacimiento hizo crisis en España la situación de la nobleza, la cual vivía duros momentos; la clase nobiliaria se desgastaba cada vez más, pero se negaba a morir.

Para comprenderlo basta mencionar como ejemplo al escudero del Lazarillo de Tormes. Por ello es más valiosa la virtud que se conquista día con día merced al esfuerzo individual que la sangre que llega como una donación en la cual no estuvimos para nada involucrados, al menos en lo que a esfuerzo individual corresponde.

5. Actitud recomendada hacia los parientes

Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada. (p. 869).

Es preciso acoger con orgullo a tus parientes cuando vengan a verte, porque no debemos rechazar con nuestras actitudes aquello que el cielo ha hecho. Observemos un ejemplo clásico de sinécdoque cuando nombra al cielo en lugar de Dios; la sinécdoque es una figura retórica que consiste en designar una cosa con el nombre de otra, que no es más que una parte de ella. [3]

En fin, este respeto a la familia es básico aun cuando los miembros de ella sean muy humildes. Los seres humanos que se avergüenzan de sus padres se niegan a sí mismos.

6. Si trajeres a tu mujer

Si trajeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta. (p. 869).

El caso de la mujer si bien queda circunscripto al dominio familiar, parece representar para el marido mucho mayor responsabilidad; por eso es necesario que el esposo la prepare para la nueva tarea que le aguarda: “enséñala, doctrínala, desbástala de su natural rudeza...”

Dos factores debemos considerar aquí: Por un lado, la desventaja cultural de la mujer de esa época en comparación con el hombre; a lo largo de los siglos la fémina ha tenido que luchar para alcanzar mayor respeto por parte de la sociedad y en particular, por parte del hombre. En segundo término, cierta misoginia [4] del personaje quien considera la opción de un “gobernador discreto” en abierta oposición con una “mujer rústica y tonta”. Cervantes, a través de su personaje parece olvidar que muchas voces femeninas han prevalecido por encima de la imagen de su cónyuge o, por lo menos, no considera que éste sea el caso con la esposa de Sancho.

7. Si acaso enviudares

Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida. (p. 869).

Si asumimos que para la época era mayor la mortandad de la hembra en relación con el macho humano, puede suceder que llegara prematuramente el estado de viudez para el gobernador. Agrega: “Y con el cargo mejorare de consorte”. Otra enorme realidad que observamos a nivel social; muchas veces puede más que el amor el dinero y el poder; por ello se llegaría a “mejorar su consorte”, como lo han hecho y lo seguirán haciendo gobernadores y sustentadores del poder en todas las latitudes.

Nuevamente se yergue otra triste posibilidad para la mujer: “No la tomes tal que te sirva de anzuelo o de caña de pescar”. Estaríamos así ante la fémina objeto que a veces los mandamás usan para conseguir favores de otros. La triple metáfora: anzuelo, caña de pescar y del no quiero de tu capilla [5] lo explica de manera suficiente. Por lo tanto, para ser un “buen anzuelo” en “la caña de pescar” se requiere de un atractivo físico que la nueva mujer presumiblemente sustente, porque de la misma forma que ella se acercará atraída por el poder o el dinero, él -el gobernador- buscará en ella juventud y belleza para satisfacer su nueva necesidad amorosa.

Hay aquí un llamado de atención que involucra la presencia de aquel Dios del primer consejo. En la residencia universal -nueva metáfora- pagará no sólo por él, sino también y mucho más por aquello a lo que hubiera inducido a su cónyuge; es así que existe una corresponsabilidad moral en la relación marido-esposa, en donde uno puede llegar a ser culpable por las acciones compartidas o motivadas en el otro.

Hasta aquí los consejos han hablado del temor divino, del Autoconocimiento, de la humildad, la virtud, la familia, de la antigua y nueva esposa; a partir de este momento el gran tema será la justicia y su administración equitativa y eficiente. Veían con horror al renacimiento porque la tortura era usada para arrancar confesiones y hoy, siglo XXI “avanzado y culto”, no de todos los países se han desterrado estas prácticas y el nivel de justicia de muchos de ellos, continúa en predicamento. De aquí la actualidad del mensaje cervantino, la perenne vigencia de estas recomendaciones que tanto el personaje como el escritor han padecido en carne propia.

8. La ley del encaje

Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre. (p. 869).

Las expresiones “ley del encaje” y “ley del embudo” poseen un carácter sinónimo. Ambas son de uso coloquial según lo señala el DRAE. La primera de ellas resulta definida como “dictamen o juicio que discrecionalmente forma el juez, sin atender a lo que las leyes disponen” [6] y la segunda: “lo que se emplea como desigualdad, aplicándola estrictamente a unos y ampliamente a otros” [7]. Parece ser práctica común en la época cervantina esta aplicación de la ley, que a semejanza con un embudo posee dos opciones contrarias; o el rigor que representa la parte estrecha del instrumento, o la amplitud que simboliza la zona de boca amplia de éste.

La noción de equilibrio prevalece también cuando exhorta a Sancho para que pueda descubrir la verdad “entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre”. A los efectos de conseguir esto, se requiere de un carácter muy fuerte que no se deje atrapar por la ambición de riquezas, ni por el dolor que le puedan llegar a provocar las lágrimas de un desdichado. Aparte de ello, debe ser muy difícil encontrar la verdad en medio de la cortina espesa que estos dos factores representan; de todas formas, ésta es la tarea de un buen juez quien deberá poseer no sólo la inteligencia suficiente para serlo, sino también la intuición acertada que le impida equivocarse.

9. La equidad

Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. (p. 869).

Si debiéramos escoger entre el rigor y la condición compasiva de un juez, nos inclinaríamos -siguiendo la línea conceptual que el personaje plantea- por la segunda opción, dado que “ser compasivo” supera en mucho a las exigencias de quien desea sobresalir por el excesivo rigor. El delincuente o quien presume serlo está en las manos de un juez y de él espera equidad como supuesto básico para enfrentar el futuro que le aguarda. El narrador sabe y en esto transparenta la propia imagen del escritor, que proceder con el equilibrio suficiente para no castigar al inocente y exentar al culpable es difícil. Volvemos a insistir en los métodos de aplicación de justicia que imperaban en el renacimiento y nos sentimos tristemente conmovidos por la suerte de quien cayera en desgracia. Por supuesto que había individuos como los galeotes del capítulo XXII de la primera parte a quienes al verlos nada más no nos quedaba duda alguna de su irredenta condición; pero hay otros que son inocentes y la maquinaria de la “justicia” igual arrasa con ellos al no contar entre sus posibilidades con una buena defensa o con el dinero suficiente -no para comprar al juez- sino para pagar una fianza adecuada, o para instrumentar a su favor todos los recursos legales que fuera posible encontrar. En resumidas cuentas, el hidalgo aconseja en el marco de un equilibrio sustancial que sin duda debe ser una norma de existencia para la actuación social o profesional de cada uno de nosotros.

10. El peso de la misericordia

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. (p. 869).

Quien habla ha insistido mucho en la corrupción y sus problemas, y ahora hace referencia al valor de la misericordia, la cual debe estar muy por encima de la dádiva. La misericordia es además un referente bíblico por excelencia que implica -como su etimología lo expresa-[8] el ser capaz de amar a la condición miserable del otro, de nuestro igual, de nuestro hermano.

11. El enemigo rinde cuentas ante la justicia

Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda. (p. 870).

Ha sido nefasta tradición en algunas culturas el juzgar al enemigo con la parte angosta del embudo; exigirle todo y no concederle nada [9], tan sólo porque es o ha sido nuestro oponente. Don Quijote aconseja mesura, mediante la cual se juzgará tan sólo la verdad del caso y de ninguna manera cualquier otra circunstancia ajena a éste. Muchas veces los esquemas legales son empleados para represalias políticas y esto, en verdad, no se vale. En todas las ocasiones en que un magistrado actúa está en juego su prestigio; por ello es de hacer notar que cuando la sociedad sepa que el juzgado es un enemigo del juez, estará atenta a su proceder y, por esto, no hay que perder ni el equilibrio ni la compostura, porque no será éste el mejor momento para vengarse de alguien que nos ha perjudicado o es nuestro rival.

12. Justicia para una mujer hermosa

Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. (p. 870).

La equidad del juez debe mantenerse siempre, y ante las lágrimas y gemidos de la mujer hermosa citada sólo debe oírse la esencia de lo que pide, sin considerar la apariencia externa engañosa que las lágrimas transparentan.

13. Castigar con obras o palabras

Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. (p. 870).

Si castigas con obras -probable alusión a la tortura- no debes reprender con palabras; con la primera ya es más que suficiente sin necesidad de cargar las tintas en una sofisticada segunda forma en donde el verbo también amoneste.

14. Muéstrate piadoso y clemente

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia. (p. 870).

La última parte de esta cita lo dice todo: “Aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia”. El leit motiv de la misericordia reaparece y de manera curiosa ocupa un mejor lugar que el de la propia justicia.

Parece recomendar el personaje que ante el conocido esquema maniqueo actual: bien-mal, es preciso comprender que existe siempre una tercera posición que sólo a un buen magistrado le corresponde descubrir; aunque se posea la certeza de que quien está frente a nosotros es culpable, igualmente -si hay lugar para la clemencia- debe procederse de acuerdo con ella.

Los consejos concluyen con las palabras del hidalgo quien sostiene:

Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo. (p. 870).

Es clara la línea doctrinal cristiana que ha quedado manifiesta en estos consejos dados por el personaje central a su escudero; pero lo más importante es que son recomendaciones para la vida misma y no tan sólo para el gobierno de la ínsula que ha de emprender el segundo personaje. La axiología manifiesta recupera -lo decíamos al comienzo- no sólo aspectos tomados de la tradición romana, sino también elementos heredados desde la cuna de este hombre de la Mancha. Muchas veces vimos equivocarse a don Quijote en las acciones emprendidas en el marco de sus aventuras; ahora nos asombra el equilibrio y la verdad que se encuentran contenidos en estos consejos. Todos ellos conllevan nociones que involucran las ideas de paz y realización personal hasta llegar a una vejez tranquila y rica en netezuelos amorosos.

Siguen -así lo anuncia el hidalgo- los consejos que adornarán el cuerpo, los cuales se hallan en el capítulo XLIII. De ellos sólo resaltaremos algunos aspectos que puedan resultar complementarios para los analizados hasta ahora.

 

2. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho

1. Limpieza y orden corporal

Lo primero, y por ende muy importante, consiste en ser limpio y cortarse las uñas; este arreglo personal resulta esencial, porque una buena apariencia puede funcionar muchas veces como tarjeta de presentación de un hombre. Para don Quijote este aspecto no deja de tener una marcada relevancia y todos los seres humanos deberían saberlo. Muchos individuos -lamentablemente- fundamentan su machismo en una serie de actitudes que no dejan de ser factores de muy mal gusto y que representan la peor tarjeta de presentación ante sus semejantes.

2. El vestido

No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César.” (p. 871).

Sostiene el discurso cervantino a través de este consejo, que la apariencia puede ser un síntoma que revele aspectos profundos de la personalidad de un ser humano; precisamente por ello, es necesario cuidarla y atender ciertos detalles que no por ser tales dejan de poseer relevancia. Los tiempos y las costumbres pueden borrar la universalidad de esta recomendación, pero no dejamos de observar que el cuidado personal constituye una nota diferenciativa en aquellos hombres que así deciden ejercerlo.

Al pasar tan sólo y quizás como una muestra que puede ir en contra de lo afirmado, surge la imagen inter textual de Julio César, de quien se decía que acostumbraba llevar el cinturón un poco flojo, lo cual le valió la crítica de personalidades del senado romano. De todas formas, nos debe quedar claro que no por llevar la ropa ajustada tan sólo llegaremos a ser grandes hombres; y, lo contrario, tampoco por no llevarla dejaremos de ser individuos ilustres si las circunstancias, los tiempos y el carisma personal así lo han determinado.

3. Dar librea

Si sufriere que des librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para el suelo. (pp. 871-872).

La recomendación es muy clara y concilia lo terrenal con lo divino; la librea es el uniforme que usaban los servidores del señor; por ello es mejor vestir menos pajes y entregar a los pobres una parte semejante a la utilizada en los sirvientes. La conclusión: “Tendrás pajes para el cielo y para el suelo”. El lenguaje figurado transmite la noción de equilibrio que le permitirá a cualquier poderoso actuar en este mundo con los ojos puestos en el otro.

4. El aliento y la villanería

“No comas ni ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería” (p. 872).

Los nobles consideraban inferior este tipo de alimentos que sólo los pobres consumían. Es una tradición de la época que, traída a nuestros tiempos, aludiría al buen aliento, como otra buena carta de presentación ante el otro que nos escucha y huele.

5. Habla con reposo

“Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala.” (p. 872).

Es preciso evitar el atropellamiento de las palabras, porque no sólo crea confusión en quien nos escucha, sino que además nos llegaría a mostrar como algo tímidos y temerosos. Insistentemente el personaje se dedica a observar los extremos y por ello aclara que tampoco es bueno hablar con tal lentitud que “parezca que te escuchas a ti mismo”; nueva regla general social: el hombre debe expresarse con el tiempo exacto en medio de un discurso dirigido a otro o a otros. ¿Cuántas veces vemos y escuchamos a personas que hablan con tal lentitud que parecen regodearse con aquello que están diciendo?

6. El comer, el beber y costumbres en la mesa

Nada más desagradable que compartir la mesa con alguien que no reúne las condiciones sociales mínimas necesarias. Éstas son recordadas por don Quijote a Sancho a través de los siguientes momentos:

1. “Come poco y cena poco”

2. “Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto, ni cumple palabra.” (p. 872).

3. “No mascar a dos carrillos ni eructar delante de nadie.” (p. 872).

Moderación en todo: parece ser ésta la constante advertencia del personaje principal. Buen momento para referirnos a algo ya dicho; quien aconseja en este instante no es el loco exagerado y extremo, sino el hombre cuerdo que alguna vez fue también equilibrado y justo.

Probablemente Sancho no ha de estar muy de acuerdo con eso de “Come poco y cena poco”, pero constituye un buen consejo, porque como muy bien complementa quien maneja el discurso: “la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago” (p. 872) [10]; en los tiempos “civilizados” del siglo XXI uno de los caminos de la medicina tiene que ver precisamente con este tema de la alimentación y tanto se trate de la medicina naturista como de la alópata, ambas insisten con diferente carga conceptual en el tema de una correcta y dosificada alimentación. Quizás debió haber dicho el personaje: “Come bien y cena poco”.

En cuanto al segundo aspecto -la bebida- ésta es una recomendación inevitablemente universal y que pretende controlar uno de los excesos en que el ser humano acostumbra caer. El “vino” como metonimia del borracho, no guarda secretos ni cumple palabra.

El tercer aspecto es más de presentación exterior del individuo en la mesa, en donde no debe masticar permitiendo que se vean los alimentos que están en su boca, y mucho menos eructar. El hombre parece sentirse más hombre cuando escupe en la calle sin consideración alguna para quienes lo ven y también cuando eructa en la mesa. En ambos casos estamos en el marco de un desdeñable mal gusto, y sería el momento para recordarle a ese macho de segunda que las buenas costumbres hacen más hombre al hombre, y los asquerosos excesos lo acercan al animal que -aquí sí- explicablemente desconoce normas de comportamiento social.

7. Los refranes

Este tema está reservado en exclusividad para Sancho por esa costumbre que el narrador le atribuye de usar y abusar de los refranes en sus pláticas; por extensión, se referiría a todo aquel que en sus expresiones acostumbra repetir sin mayor sentido dichos o muletillas que están sobrando en el contexto de un buen decir:

“También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles.” (p. 872).

8. El andar a caballo

“El andar a caballo a unos hace caballeros, a otros caballerizos.” (p. 873).

Al igual que el andar con libros en sus manos a unos hace intelectuales y a otros simplemente libreros. Por esto, las apariencias engañan y cada uno de nosotros debe ponerse a la altura de las circunstancias en que se maneja.

9. El sueño

“Sea moderado tu sueño”. El tema del correcto dormir complementa al asunto de la comida y tiene como finalidad la propuesta de “vivir mejor para vivir más”. Este hidalgo flaco que “frisaba en los cincuenta años” cuando empieza el relato es un ejemplo de hombre longevo para la estadística de mortandad del renacimiento; además su alimentación -ya fuera por escasos recursos o decisión personal- era, en rasgos generales, la adecuada. No olvidemos que cuando deja de dormir para leer novelas de caballería es cuando pierde la razón.

10. Jamás disputes sobre linajes

Éste es el último consejo que el personaje central da a su escudero y así se lo advierte. No es una recomendación que tenga que ver con el arreglo corporal; más bien parece ser un consejo que el narrador olvidó incluir en la primera serie. Dice así:

Jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos comparándolos entre sí, pues por fuerza en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares de ninguna manera premiado. (p. 873).

Hay temas que revisten por su propia condición un carácter polémico; para la época, el que tiene que ver con la nobleza, los linajes, es uno de ellos. Si anteriormente se ha insistido en el tema de la humildad de origen, ahora, cuando enfoca el asunto contrario hace referencia a lo delicado de éste.

En conclusión para estos consejos, hay un emisor que los organiza y propone y un receptor que reconoce al final su escasa recepción de éstos; fundado no sólo en que no sabe ni leer ni escribir, sino también en que tiene poca y mala memoria. Hemos comentado ya que esta verdad es absolutamente relativa. Sancho sabe escuchar e inconscientemente también sabe retener.

 

Notas:

[1] Axiología. (Ingl. Axiology; franc. Axiologie; alem. Axiologie). La “teoría de los valores” fue reconocida, hace algunos decenios, como parte importante de la filosofía; aún más, se la considera como totalidad de la filosofía de nominada “filosofía de los valores” y direcciones conexas. Nicola Abbagnano, Diccionario de Filosofía, trad. de Alfredo Galletti, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 120.

[2] A priori, a posteriori. A partir del siglo XVII, por obra de Locke y del empirismo inglés, los dos términos adquirieron un significado más general, designando el de a priori los conocimientos logrados mediante el ejercicio de la razón pura y el a posteriori, en cambio, los logrados a través de la experiencia. Hume y Leibniz están de acuerdo en oponer, en este sentido, a priori y a posteriori. Dice Hume: “Oso afirmar, como proposición general que no admite excepciones, que el conocimiento de la relación de causa a efecto no es, en ningún caso, lograda razonando a priori, sino que surge por entero de la experiencia, cuando observamos algunos objetos particulares se encuentran constantemente unidos a otros”. Y Leibnitz opone constantemente el “conocer a priori al “conocer por experiencia. Ibidem, pp. 93-94.

[3] María Moliner. Diccionario de uso del español, 2ª. edición, tomo II, Madrid, Gredos, 2002, p. 1093.

[4] Misoginia: “miso”: rechazo, desdén; “ginia”: mujer. Es decir, falta de aceptación y repudio hacia la mujer.

[5] Se refiere al dicho popular: “No quiero, no quiero, pero échamelo en el sombrero.” Es burla contra los hipócritas que, aparentando rehusar lo que se les ofrece, lo desean vehementemente. Luis Junceda. Diccionario de Refranes, Pról. De Gonzalo Torrente Ballester, Madrid, Espasa Calpe, 1998, p. 87.

[6] Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, tomo II, p.1371.

[7] Idem

[8] Miseri: miseria; cordia: corazón, amor.

[9] Es ya famosa la cita atribuida a un gobernante sudamericano del siglo pasado: “A los amigos todo; a los enemigos, ni la justicia”; la cual -verdadera o no- refleja un punto de vista peculiarmente reiterativo en ciertos esquemas de gobierno de algunos países.

[10] Cfr. en relación con el tema de la comida a Pedro Pablo Mansilla, “La alimentación en el Quijote” en Contrastes, Quijote Interdisciplinar, #38, Valencia, 2005, pp. 117-121.

 

© Luis Quintana Tejera 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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