La distopía de un mundo al revés
en El camino de Santiago de Alejo Carpentier

Javier Domínguez-García

Utah State University


 

   
Localice en este documento

 

Bien es sabido que el significado del vocablo utopía dependerá, muy a menudo, de las diferentes interpelaciones que del texto literario se lleven a cabo, es decir, del punto de vista ideológico del interlocutor y de la participación del lector en la propia diégesis narrativa. Raymond Trousson, en su pionero ensayo Utopie et utopisme, nos recuerda que la literatura utópica del siglo XX está muy distante de la obra de Thomas More, de la metáfora pseudo-geográfica o del género literario de aquella época renacentista (31). Señalemos, pues, que si bien la Republica de Plato tuvo una influencia decisiva en la obra de More -ambos textos giran en torno a la idea utópica de justicia social-, la estructura narrativa de la peregrinatio medieval como viaje utópico cambió a partir de la primera modernidad, en tanto que se aleja de la forma literaria medieval, que, como en el caso de la utopía dantesca De Monarchia (1308?), se inclinaba a subordinar la semántica y la estética del discurso a la exaltación de valores trascendentes al mundo material.

El referente utópico en la literatura, lejos de la Utopía de 1516, se ha convertido en una propuesta ideológica que va más allá del género literario procedente de la categorización del corpus, en tanto que se proyecta como una actitud mental, la cual está frecuentemente marcada por la búsqueda de una realidad social y política determinada. La representación del paisaje utópico se ha transformado en un referente crítico con una fuerte carga ideológica. En la incesante exploración de este imaginario, el utopismo, como acertadamente advierte Trousson, se enfoca a una felicidad material de la aventura humana, trasmitiendo una conciencia sociológica alerta.

Enfocándonos al análisis presentado en este ensayo, cabe advertir que los paradigmas teóricos orientados al género utópico presentan ciertos problemas metodológicos al tomar en cuenta la distopía social que se articula en la narrativa de Alejo Carpentier. El camino de Santiago es, ante todo, un discurso antiutópico cuyo principal objetivo es la creación de una conciencia social que sirva para poner de manifiesto la aciaga esencia del ser humano y del mundo que lo rodea. No existe en este texto ninguna utopía ni posibilidad de cambio social o individual, es, por lo tanto, el retrato de un mundo barroco en donde la realidad ya no puede ocultarse bajo la clásica retórica del engaño a los ojos.

El topos del mundo al revés que Carpentier trabaja en esta obra aparece representado por una peculiar idiosincrasia satírica que se pone de manifiesto en el cambio de tono en la voz narrativa y en el desdoblamiento de casi todos sus personajes. Nuestro protagonista, Juan de Amberes, un peregrino que recorre el camino de Santiago, se convierte mediante el uso de la sátira en un personaje altamente corrupto que Carpentier utiliza para denigrar intencionalmente la inestabilidad, la crisis social y política, y el engaño a los ojos tan característico de la sociedad española del siglo XVII. Mediante el uso de la sátira, implícita en la alocución antiutópica, el significado simbólico de este cuento se focaliza en la deconstrucción de los discursos culturales dominantes, de manera que la metamorfosis individual, presente en el desdoblamiento del protagonista peregrino y de sus compañeros de aventuras, se proyecta en toda la sociedad española como una consecuencia inevitable.

Una vez expuesta brevemente la aproximación al análisis de este cuento, cabe señalar que el objetivo es doble. Por un lado, interpretaremos la dialéctica entre los espacios simbólicos que se representan en la descripción de América y de España para ver en qué manera funcionan dentro del discurso distópico articulando mediante la resemantización de valores a través de la visión subjetiva de Juan de Amberes, quien, después de convertirse en Juan el Romero, acaba por reconvertirse en Juan el Indiano. Por otro lado, procuraremos exponer un estudio alegórico de la representación del camino de Santiago en la obra de Carpentier que nos permita examinar el paso a otro tiempo y espacio para entender el (des)cubrimiento y colonización de América como una extensión de la peregrinación santa jacobea en la que el mundo espiritual queda subordinado al mundo material.

En el corpus decimonónico, la literatura utópica está marcada por la constante del viaje y la peregrinatio. Ahora, si bien el argumento del viaje sirve para definir la estructura originaria del género utópico y para determinar la proyección de los deseos utópicos hacia otra realidad distante, éste no funciona de una manera aclaratoria para entender la malograda búsqueda de valores trascendentes en los peregrino retratados por Carpentier. En esta historia, el protagonista demuestra de una forma meticulosa y repetitiva la esencia, impasiblemente negativa, del ser humano frente a todas las depravaciones del mundo al revés recreado magistralmente por Carpentier. Bien es sabido que el simbolismo del viaje en la literatura también sirve para representar el abandono de viejos valores materiales, seguido por el descubrimiento y adquisición de nuevos valores espirituales. Sin embargo, y como veremos más adelante, el peregrino de El camino de Santiago no hace sino recorrer un itinerario herético y caótico que nos muestra a Juan como un antihéroe sin ninguna posibilidad de redención moral o ética.

La estructura narrativa que Carpentier utiliza en este cuento consiste en percibir el mundo al revés por medio de una intensificación óptica en la visión que Juan nos transmite de la contrarreforma española. Esta utilización de recursos ópticos por parte del narrador en el cuento de Carpentier no es gratuita pues se canaliza por medio de en un personaje alcoholizado, presentando una visión sujetiva y muy fragmentada de su universo. La obra comienza con la promesa que Juan de Amberes hace a Dios de recorrer el camino de Santiago para obtener la redención de sus pecados y así poder enmendar su vida espiritual. Desde el principio de la obra somos conscientes que Juan de Amberes no es sincero ya que el lector es informado que está engañando a Dios para que no lo castigue con la epidemia pestil que circulaba por la ciudad de Ameres: “pues la verdad era que Juan había gimoteado todo aquello del pecho abrasado y de las bubas hinchadas, para que Dios compadecido de quien se creía enfermo, no le mandara cabalmente la enfermedad” (89). Incluso en el mismo momento en que decide iniciar su peregrinación podemos ver que nada ha cambiado en la persona de Juan de Amberes, él sigue siendo tan mal soldado como creyente, su sólo propósito es engañar a Dios y demostrar al duque de Alba que él no es un hereje. Hasta el mismo pescador que vive cerca de Juan piensa que la peste que afectaba a la ciudad de Amberes es castigo de Dios por tanta simonía y negocio de bulas que circulaba entre los católicos. En la misma manera que Juan de Amberes quiere engañar a Dios, también lo intenta con la autoridad político-militar que representa el duque de Alba, exclamando ante el duque que él no es un hereje y, como iluminado por la Divinidad, exclamando "el camino de Santiago" Para caer de rodillas ante la espada del duque que se clava en el suelo dibujando la señal de la cruz.

Si bien la posibilidad de la peregrinación anuncia la posibilidad de cambio a través de la búsqueda interior del personaje, concepto que coincide con la idea de Trousson de la peregrinación como acto de búsqueda y descubrimiento que muestra “la representación literaria de cierta teología” (27), lo único que cambia al principio de la ficticia revelación de Juan de Amberes es su afición por el buen vino que le lleva a transformarse en Juan el Romero. Pero Juan el Romero nunca llega a Santiago, pues en Burgos, persuadido por todos los pecados capitales, decide desviar su camino hacia la utopía del Nuevo Mundo y, abandonando el camino de Santiago, se dirigirse a la ciudad de Sevilla. Juan está convencido de que América le puede ofrecer un mundo de maravillas, libre de corrupción y de autoridad; incluso nos cuenta como en América “el Santo Oficio americano había optado, desde el comienzo, por calentar jícaras de chocolate en sus braseros, sin afanarse en establecer distingos de herejía pertinaz, negativa, diminuta, impenitente, perjura o alumbrada” (103).

El Nuevo Mundo se le presenta a Juan el Romero como una alternativa utópica a la descripción que Carpentier hace de la vieja España (corrupta, degradada, y afectada por la peste). En concreto, es en el espacio físico del mercado de Burgos donde Juan el Romero se enfrenta a la realidad de una vieja España marcada por su crisis barroca. Este viejo espacio castellano se retrata en un cuadro social compartido por una mujer preñada del diablo que parió una manada de lechones en Alhucema, alguien que promete sacar las muelas sin dolor dando un trapo teñido de rojo para que no se vea la sangre, otros personajes que son golpeados en la cabeza, gente pidiendo limosna y ciegos engañando a los transeúntes piadosos. Frente a esta realidad, Juan el Romero, embriagado por el buen vino burgales (recurso óptico que sirve para canalizar el utopismo literario característico del género), sueña que el Nuevo Mundo es el país de las maravillas: “Juan, prevenido como cualquiera contra embustes indianos, piensa ahora que ciertos embustes pasaron a ser verdades […] la tierra de Jauja había sido cabalmente descubierta […] ni el oro de Perú, ni la plata de Potosí eran embustes de indianos, tampoco las herraduras de oro clavadas por Gonzalo Pizarro en los cascos de sus caballos” (99). Juan el Romero empieza a fraguar y construir en su mente todo el imaginario de la utopía americana, donde se describe la fuente de la eterna juventud, las amazonas, el ámbar de la Florida, e incluso llega a imaginarse “una ciudad, hermana de la Jauja, donde todo era de oro, hasta las bacías de los barberos” (100). Las visiones utópicas de Juan el Romero y el efecto del buen vino de Burgos acaban por nublar las intenciones espirituales del peregrino demostrando, una vez más, la esencia inmutable y caótica del ser humano. Juan termina la fiesta acostándose con una prostituta y pensando que “las muchas nubes que se ciernen sobre la ciudad ocultan, esta noche, el camino de Santiago” (101). Esta reflexión subraya el mensaje antiutópico del cuento pues es entonces cuando sabemos que no habrá ninguna alternativa moral para nuestro personaje en América. Juan, castigado por la esencia propia de la naturaleza humana, nunca podrá cambiar como persona. La dialéctica que se presenta entre la utopía y la antiutopía dentro de este cuento se haya tanto en su forma como en su contenido, según Vita Fortunati, “El revés implica el derecho, un mundo ‘otro’ no es otra cosa que el reflejo del habitual, de un mundo que aparece contagiado por la posición de la normalidad” (38).

Una interpretación de estas últimas líneas del capítulo IV de El camino de Santiago, nos lleva a pensar sobre la posible representación alegórica que Carpentier concede al camino de Santiago, así como en la valoración espiritual e ideológica que Juan el Romero hace de sí mismo dentro de un mundo corrupto y degradado. Por un lado, hayamos la invariabilidad del ser humano, y por otro el triunfo de las ideas y los mitos en la historia. En la búsqueda por la libertad absoluta (el Santo Oficio tiene mano blanda y hace la vista gorda) y la vida eterna (fuente de la eterna juventud), Juan el Romero rechaza el mito de Santiago de Compostela por el mito de América. Sin embargo, él todavía no sabe que ambos son parte del mismo mito creado por la necesidad de un escapismo social y político. Santiago de España representa el viaje ideológico a través del cual se refuerzan los valores establecidos; Santiago de Cuba representa la extensión corrupta de la contrarreforma en América, no obstante, y como veremos como al final del cuento, será Santiago Apóstol quien intervendrá en favor del devenir de Juan y de la historia.

El desdoblamiento de los personajes no sólo sucede al nivel del protagonista, sino que también se presenta al nivel simbólico en la figura de Santiago de Compostela que se transforma en Santiago negro de Cuba y finalmente en el Apóstol Santiago hijo de Zebedeo y Salomé. En el cuento de Carpentier también aparecen dos indios, que casualmente se llaman Juan, aunque en realidad no son más que la misma persona; cada indiano tiene a su cargo un negro, aunque en rigor sólo se trata de un negro mutante.

Volvamos ahora a la trama del cuento para poder explicar la distopía que se articula en la visión que nos presenta Juan el Indiano una vez en Cuba. Ya en la Habana, Juan se enfrenta a la una realidad microscópica de todo lo que allí es repugnante para él: “En este infierno de San Cristóbal, entre indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros que huelen a garduña, la vida más perra que arrastrar se pueda en el reino de este mundo. ¡Ah las Indias!” (109). Esta descripción del mundo al revés sólo puede ser entendida dentro del paradigma creado por el género utópico, ya que invierte las ideas o imágenes con las cuales este último trabaja. Carpentier consigue este efecto del mundo al revés a través de una detallada narración, casi microscópica, del mundo corrupto habanero; el desdoblamiento de los personajes y el juego de espejos con el que trabaja en este cuento es más complejo que el elaborado en la narrativa utópica propia de la peregrinatio. Se viaja entre el mundo real y el mundo imaginario, bien sea en el interior espiritual del peregrino o por su sociedad imaginada, pero en la base de este mundo al revés predomina la metáfora visual y explícita.

Dentro de esta distopía, Juan el Indiano, acosado por los efectos del vino cubano y después de “maldecir al hideputa de indiano que le hiciera embarcar para esta tierra roñosa, cuyo escaso oro se ha ido hace años en las uñas de unos pocos” (110), acaba matando a un hombre y tiene que escaparse a las montañas lejos de la autoridad militar que en un principio pensaba (dentro de su castellana utopía) inexistente en las Indias. Cabe señalar la meticulosa descripción que Carpentier hace del “escaso oro que se fue en las uñas de unos pocos” (110). Esta referencia narrativa es otro patrón del elemento óptico que menciona Fortunati en su análisis de la antiutopía. Es obvio que en la descripción prevalece un punto de vista que no coincide con la del ojo natural y que Carpentier quiere destacar a través de descripciones satíricas. El personaje de Juan se convierte, gracias al código teórico de la sátira, en una doble máscara ambigua que nos ayuda a entender la maldad implícita en este mundo al revés. El esfuerzo que Juan de Amberes hizo para ir a América y para escapar del control de la autoridad militar del duque de Alba ha sido un fracaso total. Una vez en las montañas, donde Juan ha ido a esconderse de la justicia, se encuentra con aquellos que serán sus mejores amigos: un calvinista, un marrano y un puñado de indios, todos ellos son seres marginados por la misma sociedad de la cual él está intentando escapar.

Por unos pocos días Juan encuentra la felicidad rodeado de todo tipo de personajes marginados por la sociedad. Esto le permite disfrutar de la libertad absoluta que buscaba en su peregrinaje: “así, con el calvinista y el marrano, ha encontrado Juan amparo contra la justicia del Gobernador, y el calor de los hombres […] así, tiene ahora el tambor Juan de Amberes dos negras para servirle y darle deleite, cuando el cuerpo se lo pide” (115). Sin embargo, Juan es torturado por una melancolía interior que le hace regresar a España, pensando que todavía puede ser buen cristiano y terminar su peregrinación a Santiago de Compostela. En la misma manera en que Juan de Amberes decidió, en el delirio de sus sueños, emprender la peregrinación a América cuando estaba acosado por la peste en Ámsterdam, también decide regresar a España. Pero más tarde, cuando Juan regresa a España, se da cuenta que ha adquirido demasiadas características de sus compañeros y se ve a sí mismo como Juan el Indiano, en la misma manera que empieza a ver a España desde el punto de vista del indio y del negro, ambos esclavizados en la España del siglo XVII. Juan sueña, por segunda vez en la historia, que regresa a España y encuentra las puertas de la catedral de Santiago cerradas, él golpea y nadie le abre, quiere entrar y no puede, llama y no le oyen: “Juan se ve a sí mismo, hecho otro, que él pudiera contemplar desde donde está, acercándose a la santa basílica, sólo, extrañamente sólo […] implorando que le dejen entrar ¡Santiago! Sollozaba ¡Santiago!” (121).

No solamente Juan de Amberes, transformado en Juan el Indiano, sueña con regresar a España, sino que el judío sueña con tener una judería toledana donde pueda vivir apaciblemente, el calvinista sueña con París renegando de todas las tierras ruines de América donde el oro no reluce ni siquiera en una espiga de trigo, y el negro también sueña pero apenas sí se acuerda de su tierra. La voz omnisciente nos cuenta dice que “todos sueñan, malhumorados, entre cangrejos que hacen rodar cocos secos […] y remozan apetencias de vino en las bocas hastiadas de cazabe y chicha de maíz” (120). Juan, que ya se ve a sí mismo como Juan el Indiano, no se diferencia mucho de sus compañeros. Él es igual que el negro que no puede acordarse de su tierra, es, al mismo tiempo, igual que el indio al reconocer su esclavitud al mito de Santiago y su inseguridad dentro de un mundo cristiano que le cierra las puertas por su condición de hereje.

Al regresar a España Juan el Indiano se encuentra con otro personaje que también se llama Juan y que anda vestido de peregrino y al que Juan el Indiano trata de venderle el mito del Nuevo Mundo. Sin embargo, “Juan el Romero, achispado por el vino bebido, dice a Juan el Indiano que tales portentos están ya muy rumiados por la gente que viene de las Indias, hasta el extremo de que nadie cree ya en ellos” (128). Juan el Indiano y Juan el Romero han fracasado por su imposibilidad de cambio en un mundo totalmente al revés, sin embargo, el mito de Santiago es perdurable a través de los tiempos y del espacio geográfico. Cuando los dos Juanes se presentan delante de la Virgen acompañados de sus respectivos esclavos negros, la Virgen los maldice y “frunce el ceño al verlos ante su altar” (132). Carpentier representa una imagen de la Virgen frunciendo el ceño a los peregrinos que, a pesar de la inverosimilitud presente en la figura de la Virgen, se nos hace totalmente creíble pues es superpuesta por otra imagen más inverosímil todavía que es la del Apóstol Santiago intercediendo por los Juanes y diciendo, “Déjalos Señora, pensando en las cien ciudades nuevas que debe a semejantes truhanes, dejadlos, que con ir allá me cumplen” (132). En el cuento de Carpentier, el mito triunfa sobre la condición humana.

 

OBRAS CITADAS:

Carpentier, Alejo. Guerra del tiempo; tres relatos y una novela: El camino de Santiago, Viaje a la semilla, Semejante a la noche, y El acoso. México: Compañía General de Ediciones, 1958.

Fortunati, Vita. “Las formas literarias de la antiutopía.” En Utopías. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 1994, 33-44.

Trousson, Raymond. “Utopie et utopisme.” En Per una definizione dell'utopia: metodologie e discipline a confronto. Ravenna: Longo, 1992, 29-39.

 

© Javier Domínguez-García 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero34/distopia.html