¿Exilio? ¿Esperanza?

Rafael Fauquié


 

   
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“Si estuviéramos en el buen camino, renunciar sería la desesperación sin límite, pero dado que estamos en un camino que no hace sino conducirnos a un segundo y éste a un tercero, y así sucesivamente; dado que el verdadero camino no surgirá antes de mucho tiempo, y quizá nunca, puesto que estamos entregados completamente a la incertidumbre, pero también a una diversidad inconcebiblemente hermosa, la realización de las esperanzas... sigue siendo el milagro siempre esperado, pero en compensación siempre posible".
            Kafka: Carta a Klopstock.

 

Las reglas del juego de la modernidad fueron extraordinariamente simples: valemos en la medida en que producimos, somos en la medida en que valemos y significamos estrictamente lo que tenemos. El motor del tiempo moderno fue el anhelo de los hombres por poseer y ese afán encarnó en la fácil y muy contundente simbología del dinero. El dinero se hizo totalidad, forma y razón de vida, argumento de existencia, destino de todas las existencias. El dinero terminó por arroparse con la simbología de los poderes omnímodos: se convirtió en el más exacto signo del triunfo. Todo pasó a plegarse a él. Su estímulo movió a hombres y naciones en busca de mayores riquezas y más sólidos poderíos. Adam Smith, fundador de la economía política moderna, y John Locke el gran filósofo empirista, describieron la marcha de la historia a partir de la codicia de algunos individuos o de algunas naciones creciendo a expensas de la menor habilidad o mayor pereza o mayor torpeza de casi todos los demás. Hombres y pueblos, decían los teóricos de la Razón volcada sobre el éxito económico, escriben la historia progresista cuando, a partir de un legítimo afán de ganancia, van haciéndose más y más fuertes a expensas de contrarios otros.

La historia de las sociedades modernas fue la hechura de dos esenciales protagonistas: uno, la mayoría que consumía; otro, la minoría que producía. De un lado las masas; del otro, los amos del dinero. Las mayorías consumidoras se acostumbraron a venerar a los todopoderosos amos del dinero. Por su parte, éstos, nuevos príncipes, se convirtieron en los garantes del bienestar y la abundancia de las mayorías. Nuevos señores y nuevos vasallos unidos por el indestructible nexo del beneficio mutuo. Sobre el rostro de los amos del dinero comenzó a proyectarse la muy sencilla imaginería de los animales de presa; sobre el rostro de los nuevos vasallos, la homogénea consistencia de las voluntades adormecidas y cosificables. Exito, voluntad y afán de lucro, en los primeros; consumismo y afán de bienestar, en los segundos.

Por boca de las mayorías fueron pronunciándose las grandes verdades del tiempo moderno. Verdades incuestionables y sacralizadas convertidas en principio legitimador de todo. Verdad, por ejemplo, de la todopoderosa fuerza de la opinión pública, verdad de las estadísticas y de las cuantificaciones; verdad del mercado y del consumo, de la oferta y la demanda, del interés y de los porcentajes, de los créditos y de las utilidades; verdad de la próspera abundancia, de la productividad de las eternamente industriosas fábricas; verdad del ahorro y del esfuerzo para el ahorro gracias a la paciencia y la constancia, a la frugalidad y la previsión; verdad de la individualidad y de los derechos individuales, respeto al individuo y dignidad de lo individual. El éxito de la modernidad pareció apoyarse centralmente sobre sistemas político-económicos que garantizaban una superación personal, y sobre la innegable razón de numerosísimas masas. Hoy sabemos que los sistemas político-económicos eficaces cobraron cuotas muy altas de deshumanización; y, desde luego, sabemos que las mayorías pueden equivocarse; que, de hecho, lo hicieron muchas veces: igual que las minorías, igual que los individuos. Tras el tiempo de las grandes verdades de la modernidad, el hombre ha entrado, ahora, en el tiempo de las semiverdades o de las falsas verdades de la postmodernidad. De la certeza a la incertidumbre; de la convicción a la sospecha; del viejo arraigo al contemporáneo exilio.

Los ideales de la modernidad se consolidaron a la sombra del utilitarismo. "¡El tiempo es oro!" fue lema único, definitivo precepto, mandamiento y norma, implacable ley. Utilitarismo y competencia guiaron los rumbos de las poderosas sociedades modernas. Pero la heredera de esa sociedad utilitaria de ayer es la sociedad frivolizada de hoy, hedonista y espectral, sociedad en la que el ser humano se contempla vivir dentro de cada vez más imprecisas ubicaciones.

Las doctrinas filosóficas son expresiones de las épocas, visiones del mundo con las que los hombres conciben y palpan su entorno. Las doctrinas filosóficas son herederas de sus circunstancias y, a la vez, protagonistas, ellas mismas, de las futuras circunstancias de los hombres. Toda filosofía se nutre del mundo. Toda filosofía es un acompañar el camino humano dentro del tiempo. La acción de la historia corre paralela a la mirada humana que trata de interpretarla dándole un sentido de trascendencia, de código, de sentido. Como la mitología, la filosofía es una forma de metaforizar la historia. Cada edad forja un imaginario sobre el cual asentar sus visiones y sus creencias, sus acciones y sus principios.

La Escolástica fue la filosofía del final del tiempo de la voz sagrada de la historia. Para la Escolástica, Dios dirigía aún la vida de los hombres, pero la existencia divina era postulada por la Razón tanto como por la fe. Al final, la Razón terminaría por desplazar al dogma y por instaurar una racionalidad crítica que abriría para Occidente las puertas del tiempo de la voz profana. Tiempo que comenzó por imponer esa mezcolanza extraordinaria de efectividad y de lógica que fueron el Empirismo inglés y la Ilustración francesa, centrales protagonistas, ambas, de la nueva filosofía del "buen sentido" o del “sentido común”. En medio de la pujante fuerza de la voz profana -pero anunciándose ya el cansancio de los hombres ante de sus peores excesos- nació la filosofía marxista: secuela de la saturación ante un mundo donde lo humano se desvanecía en medio de la mercantilización de todas las relaciones. El marxismo trató de rescatar la dignidad del hombre de entre un universo de números, sumas, porcentajes y beneficios; trató de rescatar la dignidad social de en medio de un desolador panorama de excesos y desigualdades. Tras la terrible experiencia de la Segunda Guerra Mundial fue el turno del Existencialismo sartreano: argumentación de náuseas y negaciones, filosofía del asco como sola respuesta, filosofía del tiempo congelado, sin un antes, sin un después: sólo intrascendentes ahoras viviendo y muriendo en ellos mismos.

Los años finales de la década de los sesenta, los años de la revolución juvenil, fueron los del importantísimo anuncio de una nueva mirada que distinguía en el mundo caduco de la modernidad sólo represión y razón destructiva. En medio de ese bullente entusiasmo henchido de iconoclasia, nació un pensamiento crítico que condenaba no sólo a la irracionalidad moderna, sino también a la Razón culpable de haber producido esa irracionalidad. De muchas maneras, hoy vivimos la significativa herencia de aquel instante. Se mantienen sus proclamadas convicciones de una necesaria filosofía crítica que, por sobre todo, ofrezca respuestas prácticas a las preguntas con las cuales el hombre indaga sobre su incierto destino. Las preguntas de esa filosofía necesaria no pueden resignarse al pesimismo. Son preguntas que, necesariamente, empujan a los hombres hacia una ética de la otredad; o mejor: una ética de la "nostredad".

Los otros son el infierno, los otros son la pesadilla del yo: toda la fuerza de la imagen del drama sartreano A puerta cerrada, se dibuja en la realidad de un mundo convertido en espacio saturado. La única forma de superar el asfixiante agobio es por medio de la comunicación y de la solidaridad. En un lugar sobrepoblado, estrecha superficie de cuerpos apretujados unos contra otros, sólo la comunicación, la comprensión y la solidaridad nos ayudan a no aplastarnos mutuamente. Nos ayudan a sobrevivir. Tolerar a los otros es el primer estadio de la convivencia: el rostro del otro se acerca demasiado al mío y ambos sonreímos. Cruzamos apenas unas correctas palabras. Nos devolvemos saludos rituales. Entender al otro es el siguiente escalón: hablamos con él y tratamos de que comprenda eso que le decimos. Tratamos, también, de entender lo que él nos dice. La solidaridad es la última escala de la convivencia. Significa ayudarnos mutuamente el otro y yo: caminar juntos; superar, ambos, nuestros errores. Comprensión convertida, pues, en comunicación, y solidaridad convertida en ética del nosotros: ética del próximo-prójimo.

Individualmente, la presencia y la cercanía del otro puede sugerir el deseo de aislamiento. Aislado del otro, el yo aprende de sí mismo. En soledad crece la vitalidad de individuales curiosidades. En soledad se propicia el autoencuentro, el autodescubrimiento. Individualmente, la soledad -si hemos aprendido a convivir con ella, si hemos sabido acostumbrarnos a ella- nos conduce al ensimismamiento: punto de partida de toda lucidez, de toda verdadera comprensión. Sin embargo, así como el aislamiento individual puede ser beneficioso para los temperamentos solitarios, el aislamiento colectivo, la soledad del nosotros, es, cada vez más, impensable e imposible. Individualmente, podemos ser islas y fructíferamente aprender de nuestros asombros y crecer con ellos; individualmente, podemos escoger la soledad y enriquecernos con ella; colectivamente, no podemos sino optar por el acercamiento al otro: la soledad grupal es inimaginable, tanto como la incomunicación, tanto como la indiferencia. En nuestros días, la solidaridad entre las naciones es mucho más que una imagen bondadosa o ingenua: es la sola respuesta posible ante un tiempo impredecible. Los amenazantes rumores de los días que corren nos obligan a todos los hombres a contemplar esos rostros que nos acompañan y que respiran junto a nosotros la misma viciada atmósfera y el mismo aire enrarecido.

Las dos respuestas posibles del ser humano ante el otro son el amor o el poder. Uno y otro han coincidido siempre en el hombre. Durante los siglos de la modernidad prevalecieron el poder y la razón represiva. Prevalecieron el egoísmo y la indiferencia, la lucha y la discordia. Los grandes ideales de la Revolución Francesa, la primera revolución de la modernidad, fueron la igualdad, la libertad y la fraternidad. Sólo los dos primeros se convirtieron en metas reales dentro del tiempo de los hombres. El tercero, la fraternidad, fue postergado, primero; olvidado, después. Sin embargo, como ha recordado Octavio Paz, la fraternidad hubiese sido el vínculo natural que podría haber comunicado libertad e igualdad. Igualdad sin fraternidad es deshumanización, multiplicación de alienantes homogeneidades. Libertad sin fraternidad es la ley de la selva, supervivencia de los más fuertes o de los más despiadados, supervivencia en la injusticia, supervivencia en la ausencia de límites; supervivencia en la que, además, no se oculta la terrible precariedad del éxito: tras el ascenso puede sobrevenir, siempre, la caída; tras la gloria acechan, agazapados, los posibles fracasos y la siempre probable derrota.

La ética del amor, la ética de la nostredad significa tolerancia frente al otro: a sus ideas, a sus espacios, a su derecho a vivir, a su derecho a ser. La ética del amor nos hace saber a los hombres que todos somos necesarios; que todas las experiencias y todas las memorias son importantes. La ética de la nostredad rescata esos ideales de fraternidad que, en algún momento, parecieron quedar fuera del tiempo del progreso. De nuevo: no se trata de postular una retórica de lugares comunes sobre el amor al prójimo sino de reconocer que en un mundo cada vez más pequeño y más expuesto a los errores que puedan cometer los hombres, es suicida proseguir el itinerario de una historia convertida en interminable predominio de unos sobre otros. La nostredad es la sola respuesta posible a la urgencia de sobrevivir. Los hombres sobreviviremos sólo si aprendemos a entendernos, si aprendemos a convivir.

La ética del amor podría llevarnos, también, a redescubrir la naturaleza y a reconciliarnos con ella. Durante siglos, el hombre ejerció una despiadada violencia en contra de la naturaleza, violencia que sumó demasiados y muy graves errores y concluyó en terribles secuelas: contaminación de la tierra, del agua y de los cielos; agujero en la capa de ozono; recalentamiento de la atmósfera y efecto invernadero... Trágico balance del egoísmo y la indiferencia humanas hacia un paisaje percibido como "útil" y condenado a convertirse en apenas parte de los intereses humanos: simple y eficaz proveedor de materias primas. En las entrañas de la Tierra, en sus bosques, en sus montañas, el hombre moderno sólo distinguió la madera, el carbón, los metales, el petróleo que proveían los recursos necesarios para sus siempre voraces fábricas. Inmensos poderes tecnológicos hicieron al ser humano capaz de alterar la naturaleza (fuerza terrible y suicida: modificar el mundo significó, esencialmente, lo mismo que arrastrarlo al borde de la destrucción). Anteriormente inmensa y todopoderosa, amenazante y magnífica, la Tierra muestra, hoy, su imagen de espacio frágil, vulnerado y vulnerable. El ansia acumulativa del hombre moderno la devastó irreversiblemente y por doquier escuchamos hoy en ella un "¡hasta aquí!" tenebrosamente amenazador.

Reencontrarnos con la naturaleza sería una forma de terminar con la escisión que se produjo entre ella y nosotros. Escisión que significó la incomunicación entre lo humano y las cosas más sencillas y auténticas. Reencontrarnos con la naturaleza sería lo mismo que reencontrarnos, también, con lo que hay de más natural en nosotros mismos: nuestro propio cuerpo. La ciencia moderna deshumanizó el cuerpo humano. Lo convirtió en maquinaria, mecanismo, instrumento, pieza descomponible y reparable en todas y cada una de sus partes. La ciencia cosificó al cuerpo y a la vida. Al primero lo transformó en objeto y erradicó de él toda noción de espíritu o trascendencia, a la segunda la convirtió en pronosticable balance a partir de precisos datos y experimentos interminables. Cosificación y banalización: la ciencia borró del cuerpo y de la vida la idea de anima, de espiritualidad y de los dos hizo ensayo, mapa, premisa, posibilidad, cosa.

Ha llegado para los hombres el momento de limitarnos. La sabiduría del hombre de nuestros días deberá ser la sabiduría de la mesura, de la humildad. Humildad para acercarnos al mundo en vez de alejarnos de él. Humildad para entendernos con nuestro planeta en vez de tratar de modificarlo. Humildad para vislumbrar que lo humano y lo natural son piezas vivas dentro de un mismo sistema cósmico: expresiones de una sintaxis hecha de balances y armonías; de partes esenciales de una totalidad, a un tiempo, coherente e indescifrable. Por mucho tiempo el ser humano se concibió a sí mismo como construcción final y magnífica de un proceso evolutivo único. Hoy el ser humano comienza a reconocer que su protagonismo dentro del tiempo terrestre es, esencialmente, accidental. No somos los privilegiados destinatarios de la infinitud universal, somos sólo los habitantes temporales de un fatigado planeta: apenas sobrevivientes. Ni hijos de Dios ni extraordinario resultado de una mágica e irrepetible combinación, sólo sobrevivientes... Y desapareceremos algún día, de la misma manera en que un día llegamos.

"El mundo empezó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres y los hábitos son eflorescencias pasajeras de una creación con la cual carecen de sentido, a no ser el de permitirle a la humanidad desempeñar un papel", ha dicho Levi-Strauss en Tristes Tropiques. Efímero humano: nos creímos únicos y nos sabemos, hoy, protagonistas de un tiempo fugacísimo. El papel central del hombre ha sido consecuencia de una serie de circunstancias accidentales, y ese rol protagónico no altera una realidad innegable: todo seguirá existiendo después de que hayamos desaparecido. A partir de esta conciencia efimeral, los seres humanos deberíamos recuperar una humildad perdida. Por siglos, el hombre fue arrogante, demasiado arrogante. Esa arrogancia carece, hoy, de cualquier vestigio de sentido. Es extemporánea y es irracional. La última y necesaria sabiduría del hombre deberá ser la de una humildad que postule, juntas, la sencillez y la imaginación.

Nietzsche habló del "placer maligno que un dios experimenta ante el espectáculo del ser humano admirándose a sí mismo". Por siglos, los hombres se admiraron demasiado. Se creyeron poderosos y autosuficientes. Se dignificaron como privilegiados destinatarios del amor de un dios o como depositarios únicos de una de una razón todopoderosa, y se veneraron por ello. Hoy, de aquella suficiencia no queda sino una más o menos disimulada desesperación. La mirada de los hombres busca, ahora, un sentido que rescate su esperanza y que logre devolverles la ilusión del ahora y del después que es, también, la ilusión del siempre.

En los rostros de los dioses se reflejaron siempre las acciones y las ilusiones de los hombres. Los dioses que presiden las edades del mundo existen gracias a la voluntad de los hombres. "Alrededor de Dios todo se convierte en mundo", dijo Nietzsche. Por sobre todo, los dioses fueron imágenes en las que los hombres necesitaron afirmarse ellos mismos; imágenes que reflejaron sus devociones, sus anhelos, sus sueños y sus pesadillas. Los rostros de los dioses reflejaron, también, las utopías humanas: imaginarios necesarios dentro de esa realidad a la que el mundo condenaba a vivir a los hombres o a la que los hombres se condenaban a vivir dentro del mundo.

Dioses y utopías se han alejado de nuestros días. "Donde mueren los dioses, nacen los fantasmas", dijo Novalis. Hoy, el principal fantasma de Occidente se llama "progreso": dios caduco, dios muerto. Las últimas utopías occidentales se deformaron brutalmente, convertidas en pesadísimas burocracias que se hundieron en las negras y profundas aguas de la ahistoricidad, arrastrando con ellas la inmensa mole del imperio soviético. Sin dioses ni utopías, nuestro mundo se ve hoy cubierto de vacíos: ni memoria ni ilusión, ni pasado ni futuro. La mitología de lo sólo presente, la veneración del instantáneo ahora, borra los recuerdos del pasado y borra, también, la ilusión del futuro. Sin pasado, los hombres pierden la memoria de lo vivido; sin futuro, pierden la conciencia del tiempo y de la imaginación. Los hombres se han quedado solos con su presente: como los animales, se perciben únicamente en tiempo presente. No se trata de revivir el pasado para, incesantemente, repetirlo; tampoco de conocer el futuro para pretender dominarlo; de lo que se trata es de no renunciar a la utopía ni tampoco a la memoria. Renunciar a ésta es perder la historia y deshacernos del valiosísimo recurso de la experiencia. Renunciar a la ilusión del futuro es renunciar al tiempo como camino y como acción. Perder el futuro es desistir de soñar y de vivir. Es dejar de creer en nuestros sueños y en la vivacidad de nuestra vida.

Por la utopía el ser humano deja de ser contemplador de su propia circunstancia y se convierte en hacedor de su destino. Lo utópico es imaginación en libertad, es acción en la imaginación. Por la utopía, los hombres aprendieron a imaginar lo diferente, lo mejor, lo posible. En su libro Fuegos bajo el agua, Isaac Pardo recuerda que "cuando Sócrates se propuso imaginar el Estado ideal tan minuciosamente descrito por Platón en La república, invitó a sus interlocutores a dar libre curso a la divagación, a inventar la nueva organización política, como si se tratase de un cuento, una fábula o un juego". En el pensamiento de la Grecia clásica lo utópico fue concebido como recuperación de algo originalmente dado a los hombres por los dioses. Con el Renacimiento, la visión utópica se hizo cronológicamente distinta: no en el alba de los tiempos sino en su ocaso. Si la antigüedad había hecho de las utopías un reencuentro con algún máximo recuerdo, el Renacimiento las convirtió en futuro abierto a las expectativas de los hombres. La modernidad hizo de la utopía, más que ilusión, razón fundamental del tiempo, irrefutable argumento de la historia.

Hoy, nuestro presente desconfía de la ilusión utópica. El fin del siglo XX vio a las versiones revolucionarias de las utopías (degradadas versiones) deshacerse para siempre en una ineficacia que clausuró el sueño de una sociedad sin clases y dejó a los hombres solitariamente desamparados ante la deificación del mercado y la obsesión del lucro. El imaginario literario occidental del siglo XX convirtió a las utopías en las infernales antiutopías. 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley, transformaron en imagen una avizorada realidad de horrores a los que la técnica y el poder absoluto de los Estados podían arrastrar a los hombres. Desde extremos ideológicos opuestos, las profecías de Huxley y las de Orwell coincidieron: el mundo por venir era la pesadilla del mundo presente. Las formas del presente anunciaban el infierno de las formas futuras. Huxley escribía a partir de las desvanecidas ilusiones del progreso científico. Orwell lo hacía desde el desengañado espacio de las mitologías totalitarias en su versión comunista. Un mundo feliz describe el rostro de un mundo consumidor y hedonista que agoniza en medio de la abundancia y del desarrollo de la técnica. 1984 describe un mundo de terribles y sangrientas burocracias. Ambos universos: el capitalista, sofisticada e inhumanamente tecnológico; el totalitario, igualitario y gris, carente de movimiento, convertían al eterno sueño de la utopía en la definitiva muerte de la vida.

Las antiutopías son reflejos de un mundo sin imaginación ni ética. "La imaginación al poder", vociferaron los jóvenes protagonistas de los sucesos del "Mayo del 68" de París. O lo que es lo mismo: imaginación para alcanzar a construir lo nuevo, lo posible, lo mejorable. Karl Popper dijo que la capacidad humana de acumular conocimientos era lo único que podría permitir a nuestro presente contemplar la historia como superación. No se trata, desde luego, de resucitar las enterradas ilusiones del progreso, sino de aprovechar adecuadamente el creciente poderío tecnológico de que dispone la humanidad. Paradójico poder: el hombre, que jamás había poseído tantos y tan sofisticados saberes, mira su destino convertido en algo cada vez más incierto. Hoy, el hombre, dueño de un instrumental tecnológico y científico que lo hace percibir como posibles todas las ilusiones, luce cada vez más desamparado en su patética carencia de objetivos.

En sus Leyes, Platón habla de una ciudad ideal "poblada por dioses y por hijos de dioses". San Agustín, en La ciudad de Dios, habla de la "paz de una ciudad celestial en la unidad ordenadísima para gozar de Dios". En nuestro mundo empequeñecido no existen ya espacios gobernados por designios divinos. El porvenir de todos deberá ser inventado por todos y construido por todos. El porvenir es cambiante, como cambiante es el hombre que construye el tiempo, como cambiantes son las circunstancias de las que se alimenta el tiempo. Lo utópico y lo por venir no poseen un solo rostro. Utopía no es perfección: es enfrentamiento con la realidad, acción contra la inercia y lo rutinario, fuerza transformadora de lo inmodificable, renovación de lo petrificado. Hay utopías posibles y hay utopías imposibles: las quimeras, ilusiones irreales. En nuestros días, la única utopía posible es la que parte de la solidaridad humana. No más utopías escritas en felicidades lejanas e impuestas, sino utopías que no desvirtúen esa esencia imprevisible y errática, inconsistente y contradictoria, individual e irrepetible que es el hombre, que es cada hombre, que somos todos los hombres.

Hoy, en la superficie del desaparecido imperio soviético, muchos antiguos disidentes postulan la necesidad de regresar a devociones desvanecidas desde hace siglos de la praxis humana. Piden volver a escuchar la voz sagrada de la historia, que es lo mismo que retornar a un fervor que justifique el sentido del tiempo en la siempre justa voluntad de Dios. Un dios antropomorfo: severo y justo, todopoderoso y magnánimo. No otra cosa, y cada cual a su manera, han pedido Alexander Solzenitsyn, Vaclav Hável o Joseph Brodsky. "Recuperar" a Dios es lo mismo que regresar a tiempos más crédulos y menos prepotentes, más tranquilizadores y seguros; y, desde luego, menos inciertos. Esto es: volver a Dios porque es imposible creer y confiar en los hombres. Irrealizable vuelta de los tiempos. De lo que se trataría, más bien, es de recuperar nuevos imaginarios que nos permitan recuperar un otro sentido de lo temporal a partir de humanizadas mitologías.

Los mitos son metáforas que describen el cosmos y que describen, sobre todo, a los hombres que, dentro del cosmos, se esfuerzan por describirlo. Las mitologías son dibujos con que los hombres ilustran el tiempo que están construyendo. En los tiempos remotísimos del comienzo de la voz sagrada, fue la creación de dioses todopoderosos e irascibles, siempre imprevisibles, siempre implacables. Fue, luego, el turno de la aparición de los dioses bondadosos y compasivos, encargados de rescatar a los hombres de sus desesperaciones y de sus miedos. Vendrían, después, los dioses imperturbables y fríos de la Razón; dioses propugnadores de utopías definitivas y de porvenires inequívocos. Hoy, nuestros días necesitan nuevas deidades nacidas de la imaginación y los sentimientos de los hombres, de su equidad y su alegría, de su risa y su caridad, de su imaginación y su osadía, de su pasión y su inteligencia.

El tiempo es tiempo. Pasa. Sucede. Lo poblamos con nuestros hechos y con nuestras ilusiones. Entre todos vamos convirtiéndolo en porvenir posible o en porvenir frustrado, en vitalidad de espacios o en espacio condenado. El tiempo por venir depende de este presente que ahora construimos. Nuestros errores o nuestros aciertos, hoy, tendrán sus secuelas mañana. El exceso o la mesura, la solidaridad o el egoísmo se reflejarán en nuestro futuro. Ernst Junger ha dicho que los titanes serán los protagonistas necesarios del tiempo del mañana. Sin embargo, cualquier referencia a lo titánicamente humano carece de sentido si antes no se relaciona ese titanismo con otros comportamientos más proclives a la fraternidad. Los nuevos hombres necesarios, capaces de hacer realidad la utopía posible, deberán poseer rostros muy semejantes a los de Fausto o de Prometeo: seres creadores de lo nuevo, símbolos inspiradores de la ilusión por lo nuevo. Sin embargo, nada más haber dicho esto me detengo y me corrijo: Fausto fue ya uno de los esenciales protagonistas del tiempo de la modernidad. Fue el homo faber: hacedor apropiado de una técnica y de un saber práctico que culminó en esa devastación que llega hasta nuestros días. Fausto se enseñoreó de los siglos modernos, y por eso quizá no tenga ya nada que enseñar a los hombres. No es ése el caso de Prometeo. Prometeo es voluntad transformadora y es inteligencia para el cambio. Definitivamente Prometeo, rebelde y desafiante hacedor de lo nuevo, voluntarioso innovador, sí sería el llamado a sustituir a los viejos dioses caducos, muertos, indescifrablemente fantasmales.

Prometeo: redentor y hacedor, sacrílego rebelde ante los dioses, a la vez víctima de un saber que lo condena a expiar sufrimientos eternos y abnegado mesías para los hombres; Prometeo, trágico y fecundo propulsor, idealista sacrificado a un sueño de superación colectiva, simboliza el inconformismo humano: su no resignación ante la adversidad ni ante la demoledora monotonía de los destinos impuestos. Prometeo es el arquetipo del héroe rebelde. Su rostro muestra, escrito en él, el signo de la maldición y la condena; pero, también, el de la esperanza. Su afán de inconformismo y de ruptura, simbolizan la necesaria vitalidad, la esencial vivacidad de la voz superviviente de la historia. El mito de Prometeo, ha recordado Nietzsche, es viejísimo. Nació cuando el ser humano primitivo descubrió que podía conquistar el fuego por sí mismo, sin esperar que éste llegase hasta él gracias a la inesperada dádiva de algún dios (a través del rayo que accidentalmente encendía un árbol, por ejemplo). Prometeo nació cuando los hombres descubrieron que, gracias a su ingenio, a su voluntad y a su esfuerzo, podían independizarse del capricho de los dioses.

De muchas maneras, el imaginario de nuestros días dice que se está cerrando un ciclo. Que nos adentramos hacia distintas edades para las cuales los hombres deberemos inventar nuevas respuestas y nuevos comportamientos con los que seguir orientándonos dentro del paisaje del tiempo. El silencio de Dios derivó en la divinización del progreso, esa ilusión perversa a la que Baudelaire, a fines del siglo pasado, llamó "fanal oscuro", "patente sin garantía de la naturaleza o de la Divinidad", "fanal pérfido"... Hoy, definitivamente muerto el dios progreso, el ser humano necesita erigir nuevos mitos relacionados con lo mejor de su condición humana. Mitos que acerquen cada vez más estrechamente ética, imaginación y Razón. Por la Razón, continuaría abierta para los hombres la puerta del siempre necesario sentido común: lógica inapelable de lo que está escrito en cierta incambiable naturaleza de las cosas. Por la imaginación, el hombre aprendería a interpretar la compleja pluralidad de los signos que lo rodean, signos donde conviven lo dispar, lo múltiple, lo real y lo irreal. La imaginación permitiría al hombre detenerse en las abigarradas verdades que lo entornan, detenerse en todas las opciones del asombro y aceptar la inabarcable riqueza de imágenes que el mundo convoca ante él. Por la ética, el hombre se acercaría a los otros hombres: conocería la solidaridad y la tolerancia, la fraternidad y la justicia. Por la ética, el hombre descubriría hondas formas de auténtica espiritualidad dentro del transcurrir de sus días. Imaginación, ética y Razón, permitirían al tiempo humano hacerse vitalidad de momentos que no se desvanecerían en sí mismos, sino que se prolongarían, enriquecedores y vitales, sobre la expectativa de nuevos futuros momentos. Por la imaginación, por la ética y por la Razón, los hombres impregnarían de vida todos sus instantes y cubrirían su tiempo de humanidad y de sentido.

La historia de la humanidad, ha dicho Borges, es la historia de algunas metáforas. Una metaforización posible es la de un designio divino explicando el destino de los hombres; otra, la de un espejismo que proyecta sobre el cosmos fórmulas físicas y cálculos matemáticos; otra, la de un lento movimiento espiral siempre a punto de ser truncado por la devastación apocalíptica. En suma: voz sagrada, voz profana y, ahora, voz superviviente de la historia. La voz superviviente, el signo del tiempo nuevo que por doquier nos rodea, nos lleva a los hombres a presentir lo posible final y a tratar de sobrevivir dentro de lo impredecible. La impredecibilidad multiplica el sentimiento de incertidumbre: ¿que pasará mañana? ¿qué deparará el mañana? De un lado, la amenaza de lo final; del otro, la voluntad humana de sobrevivir; de un lado, la presencia de la muerte -y la seducción por la muerte: el impulso hacia la autodestrucción; del otro, la rebelión, la lucha, la iniciativa; de un lado, el desaliento: ante lo que hemos hecho, ante nuestros pasados errores; del otro, la esperanza ante lo que podemos hacer, esperanza ante la interminable posibilidad de lo humano.

Lo imprevisible genera imágenes de opciones contrapuestas: vivir o morir, crecer o decaer, debilitarnos o fortalecernos, perdurar o desaparecer... El tiempo del apocalipsis es el del presente sin mañana, el de la desesperación circular. El tiempo de la supervivencia es el del equilibrio en medio de lo siempre precario, el de la previsión ante lo inesperado, el tiempo donde no existen ni débiles ni fuertes, porque todos, eventualmente, somos débiles; porque todos, definitivamente, somos vulnerables.

Nuestros días repiten el imaginario de una inmensa Babel donde todas las voces están forzadas a entenderse unas con otras. La libertad de cada ser humano, de cada grupo, de cada cultura, pierde sentido si no se acompaña de una ética que justifique actos, decisiones y principios en función a la supervivencia de todos. Nuestros días necesitan, con urgencia, descubrir nuevos rostros que metaforicen positivamente esta Babel hipercomunicada que nos rodea. Rostros-símbolos que signifiquen, ante la posibilidad del apocalipsis, la victoria de la supervivencia; ante la circularidad amenazante del tiempo muerto, la línea en espiral del tiempo vivo.

Nuestros días se afirman, negativamente, en lo superficialmente mutable, en lo vertiginosamente circular. El tiempo de la voz superviviente de la historia necesita revestirse con imaginarios de perdurabilidad, de avance, de fuerza. Necesita descubrir un ritmo propio que, favoreciendo la variedad, rechace la superficialidad; que rescatando lo heterogéneo, se aparte de lo vagamente promiscuo; que favoreciendo la subversión en la creación, desdeñe la veleidad de lo novedoso convertido en moda. Supervivencia es mucho más que sólo subsistencia, es mucho más que sólo duración. Sobrevivir significa conservarnos en medio de la convulsión y crecer en medio de la decadencia. Decadencia que es pérdida de rumbo, aburrimiento, escepticismo, renuncia. Sólo la dignidad y la lucidez pueden rescatarnos de la decadencia. Sólo la dignidad y la lucidez pueden rescatarnos, también, del exilio.

Colectivamente, el mundo entero, pero sobre todo Occidente, vive, hoy, un exilio que es consecuencia de casi tres siglos de exceso. El exilio es heredero ético del exceso y se traduce en temor al porvenir, en desconfianza hacia todas las ubicaciones y todas las referencias, en escepticismo hacia un presente convertido en circularidad de repetidísimos instantes. El exilio ha arrastrado a los hombres hacia eso que Milán Kundera llamó la "insoportable levedad del ser": levedad proyectada sobre desconcertados y desconcertantes días repletos de espejismos y vacíos; levedad convertida en imposibilidad de actuar, de nombrar, de construir. Es imposible sobrevivir en el exilio. El exilio condena al presente a perder el porvenir. El exilio hace de la historia continuidad irrealizable. El exilio es puerta abierta al sinsentido y al apocalipsis.

Frente al exilio, contra él, se yergue la esperanza. Esperanza que es rescate del tiempo, recuperación de la solidaridad para lograr la convivencia en un mundo cada vez más pequeño y frágil. Exilio y esperanza son metáforas de opuestas opciones humanas. El exilio se emparenta a la devastación y al hartazgo, al egoísmo y a la violencia, a la prepotencia y a la incomunicación. La esperanza se relaciona con el diálogo y la fraternidad en un mundo donde todas las tradiciones y todos los rostros culturales puedan llegar a comunicarse.

Es imposible saber cómo resultarán las cosas. No es fácil distinguir la faz del mañana en medio de tanta confusión como la que ahora nos rodea. Sin embargo, sí es posible conjeturar la historia que queremos hacer, el tiempo que creemos merecer. Personalmente, quise invocar esa historia como una espiral convertida en camino hacia una utopía realizable; y al tiempo, invocarlo como el de la necesaria supervivencia del hombre en medio sociedades más justas y solidarias, menos inhumanas, más felices.

 

© Rafael Fauquié 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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