Familia y sociedad en los textos de Rulfo

Yoon Bong Seo

Universidad Nacional de Seúl


 

   
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La familia es una institución social, una de las que tienen mayor importancia, entre otras razones, porque toma al individuo en su seno antes que ninguna otra asociación, y porque juega un papel decisivo en la transmisión de la cultura. Sin embargo, como dice Claude Lévi-Strauss, “el problema de la familia no debe tratarse de modo dogmático. De hecho, es uno de los problemas más difíciles de asir en todo el campo de la organización social”.[1]

Durante la niñez especialmente existe en el individuo una necesidad psicológica de ligarse a los demás, sobre todo a los adultos. La naturaleza de tales lazos es muy general. El niño, por ejemplo, ama a su madre y no a uno de sus actos específicos. El adulto amado se convierte, entonces, en modelo que el niño tratará de imitar en los diferentes papeles que desempeña el adulto. El complejo que constituye la suma de las actividades que el adulto desarrolla se estructura de manera diferente según los individuos. El niño interioriza esos sistemas y sobre ellos cimienta su propia personalidad.

Sin embargo, aunque lo anterior fuera una constante en todos los individuos, las personalidades varían entre sí “debido a las diversas potencialidades heredadas, y a que las experiencias de cada uno en los primeros años de vida no son comunes a todos los miembros de la sociedad”.[2] En este proceso, la familia constituye el nexo entre la comunidad y la formación de la personalidad de cada niño, con el fin de que dicho proceso, aunque sea individual, permanezca dentro del ámbito convenido por la sociedad a la que pertenece.

La formación de la personalidad del individuo se relaciona con los mecanismos que las sociedades tienen para conservar su identidad en el curso del tiempo. Toda sociedad debe tener primero una regla que fije el estatus de los niños con respecto al sus padres. La regla más simple para ese fin y la que se adopta con más frecuencia, según señala Lévi-Strauss, es “la regla llamada generalmente de descendencia unilineal, ya sea que los hijos adquieran el mismo estatus del padre (descendencia patrilineal) o el de la madre (descendencia matrilineal)”.[3]

En este estudio trataremos de revisar de qué manera se presentan esos aspectos en los textos de Rulfo, a través de las relaciones que se establecen a nivel familiar entre los personajes de sus obras, tanto de los cuentos de El Llano en llamas, como de la novela Pedro Páramo.[4]

 

1. Integración y desintegración familiar: el norte y el sur de Jalisco

Podemos notar que ciertos cuentos coinciden en darnos una imagen de la situación de la familia en el momento en que se cierra el relato, algunas veces (las menos) positiva, y otras, negativa:

El Llano en llamas : la familia como oportunidad de una nueva vida

Es que somos muy pobres : la familia ante el peligro de la miseria que desintegra

Paso del Norte : la familia desintegrada por la miseria

Talpa: la familia desintegrada por el incesto

En términos generales, estos cuentos representan en sus últimas líneas la situación que en otros textos se repite dentro de su discurso. Así, tenemos que la familia también se desintegra por la miseria en Luvina, en Anacleto Morones se desintegra por el incesto, y en El hombre la familia desaparece por la violencia.

Podemos afirmar que en los textos de Rulfo la familia está siempre desintegrada por causas que la afectan más allá de sus propios límites: la violencia, el abandono, la miseria, el incesto son problemas que atañen a toda la sociedad y que la desequilibran. La violencia supone un proceso de diferenciación social o moral; el abandono y la orfandad fuerzan a una nueva distribución del trabajo, que también es factor de diferenciación social, y el incesto va en contra del propósito de “asegurar que las familias no se cerrarán y que no constituirán progresivamente otras tantas unidades autosuficientes”.[5]

Si pensamos en todo lo anterior en relación con el El Llano en llamas, parecería que éste es el único cuento que ofrece una opción positiva a la familia:

Y el muchacho se quitó el sombrero. Era igualito a mí y con algo de maldad en la mirada. Algo de eso tenía que haber sacado de su padre.

-También a él le dicen el Pichón -volvió a decir la mujer, aquella que ahora es mi mujer-. Pero él no es ningún bandido ni ningún asesino. Él es gente buena. Yo agaché la cabeza. (El Llano en llamas, p. 100)

En este caso se ponen de relieve las potencialidades heredadas, para usar el término de Musgrave. Sin embargo, la madre se opone a la identificación padre-hijo en cuanto al estatus social y, con ello, cuestiona una sociedad que pretendería conservar o continuar su identidad por la vía paterna, a pesar de que hay una esperanza de un futuro mejor, diferente, según las palabras de la madre, lo que hace de este cuento un relato distinto.

En Paso del Norte se plantea una situación semejante. Cuando el hijo se enfrenta al padre luego que éste se ha negado a hacerse cargo de la nuera y los nietos, el reclamo se basa en la negación del padre para heredar su oficio al hijo:

-No hallo qué decir, padre, hasta lo desconozco. ¿Qué me gané con que usté me criara?, puros trabajos. Nomás me trajo al mundo al averíguatelas como puedas. Ni siquiera me enseñó el oficio de cuetero, como pa que no le fuera a hacer a usté la competencia. [...] Mire usté, éste es el resultado: nos estamos muriendo de hambre. La nuera y los nietos y éste su hijo, como quien dice toda su descendencia, estamos ya por parar las patas y caernos bien muertos. Y el coraje que da es que es de hambre. ¿Y usté cree que eso es legal y justo? (Paso del Norte, p. 132)

Podríamos decir que el modelo de sociedad que aparece en esos textos responde a la necesidad del cuestionamiento de una institución social que no puede seguir manteniéndose con sus mismos estatutos y principios.

Todo ello nos lleva a revisar la relación de Rulfo con los abajeños y los sureños. Juan Rulfo nació en San Gabriel, una ciudad criolla aunque localizada en la región sur de Jalisco. Hugo Gutiérrez Vega plantea la siguiente hipótesis:

Juan Rulfo reúne en su persona y en su palabra a las dos regiones. Nació en los Bajos, pero sus familiares venían de los Altos. Tal vez por esto en su lenguaje se engloban las dos cosmovisiones y su mesurada elocuencia combina la propensión al silencio de los alteños con la riqueza metafórica de los abajeños (estoy pensando en voz alta. Tal vez todo esto no sea más que un conjunto de especulaciones alegres).[6]

La población alteña es una población criolla, pues la colonización del área se realizó con campesinos y ganaderos provenientes de España. Los españoles radicados en los ranchos comienzan a apoderarse de las tierras de los indígenas a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Los conflictos por tierras entre indígenas y criollos continúan hasta mediados del siglo XIX.[7]

La estrategia de la Corona española para la colonización de la región de los Altos, que era una zona de frontera con escasa población indígena estable y que presentaba el problema de controlar a la población chichimeca que se resistía a la colonización, fue poblar la región con campesinos españoles a los que se les otorgó, por mercedes reales, algunas caballerías de tierra.[8] He aquí uno de los motivos para que el alteño conservara a lo largo de los años su acendrado racismo.

El concepto de hidalguía es, históricamente, inseparable al de homo hispanicus como estilo de vida. La hidalguía que tanto defendía el emigrante español era la conciencia de una responsabilidad ética, histórica y social ante Dios y ante los hombres, y que sólo pudo darse en tales términos en el mundo hispánico en cuyo seno nació. Los documentos nos informan que muchos hombres de estirpe hidalga pasaron a sentar sus reales en la región alteña a lo largo de la colonia. La tradición de hidalguía inicial, en lugar de perderse, “continuó robusteciéndose gracias a la endogamia y al rechazo al mestizaje”.[9]

Como el resto de la Nueva España, los Altos de Jalisco también presentan un aumento de población española durante la segunda mitad del siglo XVIII, “debido a una segunda oleada de inmigrantes a la región de campesinos sin tierras, procedentes de las regiones más densamente pobladas de España: Asturias, Galicia, Vizcaya, a quienes se les otorgaron tierras” en diversos lugares de México.[10]

Desde el punto de vista étnico, los Altos representaban la mayor proporción criolla de la Nueva Galicia y de la misma Nueva España. Esta circunstancia favoreció la acendrada afirmación de costumbres, conciencia y mentalidad hispánicas de sus pobladores. Así pues, Jalisco está claramente dividido en dos regiones geográficas, raciales y espirituales: los altos y los bajos. A pesar de compartir pautas culturales similares y parecidos criterios de moral social, los “alteños” y los “abajeños” tienen marcadas diferencias, que parecen haber sido cultivadas con esmero para lograr el propósito de hacer patentes sus irreductibles identidades.

Los alteños se muestran orgullosos de la pureza de su sangre castellana que se manifiesta en la blancura de su piel y en lo rubio de sus cabellos. En esa región apenas si se dio el mestizaje y las familias de los colonizadores se mezclaron entre sí, exterminaron a los chichimecas y trajeron del centro del país grupos de indios más dóciles para que se hicieran cargo de los trabajos serviles.

En cambio, los abajeños muestran los marcados rasgos del mestizaje y la influencia del clima semitropical. Un juego constante de relaciones se da entre las dos zonas y conviene recordar que, a principios del siglo XX y al término de la Guerra cristera, muchos alteños se fueron a las tierras del sur y establecieron nuevos campos de cultivo, comercios y algunos negocios.

No deja de ser significativo el hecho de que Rulfo, si bien conocía plenamente el carácter de ambas regiones, se hubiera inclinado por la región sureña, por los abajeños, que no presenta una identidad tan homogénea como la de la región de los Altos. Rulfo escoge la pluralidad de expresiones de la cultura regional del sur de Jalisco. El narrador de El Llano en llamas parece confirmar nuestra afirmación: “Por ese tiempo casi todos éramos ‘abajeños’, desde Pedro Zamora para abajo.” (p. 93).

Tal vez el primer sorprendido por la semejanza de una región, aparentemente tan específica por su “fácil” ubicación geográfica-social, con tantas otras que comparten sus problemas y características, fuera el mismo Rulfo. Ángel Rama compara constantemente Jalisco con la Minas Gerais de Guimaraes Rosa, y Gustavo Farès, con la Puna boliviana, con la meseta patagónica:

Esa región de la meseta mexicana, seca, ilimitada, que se evoca ya en los cuentos de El Llano en llamas, como Nos han dado la tierra o La Cuesta de las Comadres. Se parece a la Puna boliviana, a la meseta patagónica, al desierto del norte de Chile, a América en general, y no sólo por las características físicas, sino, además, por las condiciones sociales del latifundismo, falta de población, surgimiento de poblados miserables y abandono de los ya existentes, como los pueblos del salitre del desierto antofagastino, como las aldeas coyas del altiplano boliviano, como Comala.[11]

Así pues, la familia en los Altos de Jalisco, en el Occidente de México, se define como “la unidad primaria de organización social, [...] con características de nuclear y neolocal. El patrón fundamental de tenencia de tierra es la pequeña propiedad; la familia como unidad de producción y distribución ha propiciado que los núcleos familiares se vayan formando con cierta independencia unos respecto de otros” [12], mientras que la realidad sureña no guarda esa homogeneidad y los factores que afectan la familia en los textos rulfianos se oponen a esa identificación social y a la posibilidad de autosuficiencia familiar.

 

2. El problema de la paternidad

Si continuamos con la revisión del momento final de los textos, encontraremos que otro grupo finaliza representando una muy singular relación entre padre e hijo:

¡Díles que no me maten! : el hijo lleva a su padre, muerto, sobre un burro

La herencia de Matilde Arcángel : el hijo lleva a su padre, muerto, sobre un caballo

No oyes ladrar los perros : el padre lleva a su hijo, muerto, sobre sus hombros

El día del derrumbe : el padre está ausente mientras el hijo nace

Pedro Páramo : el padre muere a manos de su hijo

En la crítica rulfiana se ha puesto muy de relieve la situación del hijo de Guadalupe Terreros:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó. (¡Díles que no me maten!, p. 109)

Pero nadie ha señalado la semejanza de lo que antes subrayamos con el que citamos a continuación:

Euremio grande tenía un rancho apodado Las Ánimas, venido a menos por muchos trastornos, aunque el mayor de todos fue el descuido. Y es que nunca quiso dejarle esa herencia al hijo que, como ya les dije, era mi ahijado. Se la bebió entera a tragos de “bingarrote”, que conseguía vendiendo pedazo tras pedazo de rancho y con el único fin de que el muchacho no encontrara cuando creciera de dónde agarrarse para vivir. (La herencia de Matilde Arcángel, p. 162)

En los dos cuentos se trata del problema de la orfandad desde dos perspectivas. Una, por la muerte del padre, y otra, más cruel puesto que el padre vive y por voluntad propia ignora al hijo.[13] En el caso de Justino, su padre lo ha abandonado por andar huyendo, y cuando éste requiere de su ayuda, el hijo se niega: “-No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también.” (¡Díles que no me maten!, p. 101). En la frase de Justino que hemos subrayado, se pone de manifiesto la ausencia del padre en los años en que alguien (¿la madre?) ha tenido que decirle que sí tiene un padre, aunque no lo haya tenido cerca. Sin embargo, esta orfandad de Justino, semejante a la de Euremio hijo, queda aparentemente opacada por la orfandad real del hijo de Guadalupe Terreros.

La metáfora de la orfandad en ¡Díles que no me maten! se plantea como la tierra que hace falta para “enraizar”, “agarrarse” a ella y crecer. En La herencia de Matilde Arcángel, la metáfora se invierte. El culpable que acaba con la tierra de donde el hijo podría “agarrarse” para vivir cuando creciera, es el mismo padre. La relación padre-tierra está explícita en ambos casos de orfandad.

Podríamos interpretar la relación que existe en otros cuentos entre la falta de tierra y la imposibilidad de fincarse un futuro, como es el caso de Nos han dado la tierra y Luvina. El final de los dos cuentos pone de relieve a los dos hijos que llevan consigo a su padre, ya sin resentimientos. Justino lleva el cadáver de su padre con su familia para velarlo y enterrarlo. Euremio regresa tocando su flauta, como siempre, y sosteniendo sobre la silla del caballo el cadáver de su padre.

Tal parece que una vez muerto el padre fuera posible el encuentro entre padre e hijo, sólo que esta conclusión no es válida en los términos que plantea la metáfora en el texto. ¿Quién debe morir para reconciliar al hombre con la tierra? ¿Quién debe morir para que el hombre pueda recuperar su tierra?

 

3. La familia Páramo

En los primeros fragmentos de la novela aparece la familia Páramo que comprende, en ese primer momento, tres generaciones: abuelos, hijos, nietos. De la primera generación, sólo se deja oír la voz de la abuela, porque el abuelo ha muerto. La abuela intenta dar al nieto un oficio y lo envía con Rogelio como aprendiz de telegrafista, pero Pedro Páramo se niega a continuar porque no le pagan nada y porque no está dispuesto a tener la paciencia y la humildad que su abuela recomienda para aprender el oficio: “-Que se resignen otros, abuela, yo no estoy para resignaciones” (Pedro Páramo, p. 29).

La generación de los abuelos emigró hacia las tierras de Comala, y el hijo de éstos, Lucas Páramo, pudo hacerse de una hacienda, de la que Fulgor Sedano era administrador. Lucas Páramo se quejaba de su hijo, es “un flojo de marca”, “cuando me muera váyase buscando otro trabajo, Fulgor”. Don Lucas, al ver que su hijo no se interesaba por heredar la dirección de la hacienda, intenta “mandarlo al seminario para ver si al menos eso le da para comer y mantener a su madre cuando yo les falte; pero ni a eso se decide.” (Pedro Páramo, p. 50).

Tanto la abuela como el padre se preocupan porque Pedro Páramo adquiera un estatus que le permita sostener económicamente a la familia. La preocupación de asegurar su futuro está en función de lo económico. Lucas Páramo muere y Pedro Páramo cobra su orfandad a precio de sangre a los posibles culpables de la muerte de su padre. Contrariamente a lo que su padre suponía, Pedro Páramo asume el mando de la hacienda y gracias a sus “habilidades” no sólo resuelve el problema de las deudas, sino que se adueña de toda la tierra de los vecinos.

Una de sus habilidades consiste en contraer matrimonio con la beneficiaria de la deuda mayor de su familia, Dolores Preciado, y de ella tiene a Juan, quien llevará el apellido Preciado y no el de su padre. Dolores Preciado y Juan Preciado constituyen una familia en sentido restringido, en donde nunca cupo Pedro Páramo, porque él mismo se excluyó. Juan Preciado vive en la orfandad, a pesar de que su padre vive, y no es de extrañar que diga “aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre” (Pedro Páramo, p. 7), o “mi padre, un tal Pedro Páramo” (Ídem).

Esa orfandad por abandono es característica común en todos los hijos de Pedro Páramo, como dice Abundio: “el caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo” (Pedro Páramo, p. 11), y agrega este hijo de Pedro Páramo: “lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar” (Ídem).

Miguel Páramo es el único que lleva el apellido del padre y el único también que vive bajo su protección. Sin embargo, Pedro Páramo no ejerce su función paternal cabalmente, ni siquiera con este hijo que se presenta como su reflejo. Cuando lo recibe recién nacido se refiere a él despectivamente: “-¡Damiana! Encárgate de esa cosa. Es mi hijo.” (Pedro Páramo, p. 90), y cuando muere Miguel Páramo, el narrador nos dice que Pedro Páramo “no sintió dolor” (Pedro Páramo, p. 88). Aparte de la reflexión que exige la afirmación del narrador sobre la ausencia de dolor por la muerte del hijo, lo cierto es que la sucesión que Pedro Páramo niega a Juan Preciado, su hijo legítimo, y la muerte temprana de Miguel Páramo -su posible sucesor- cierra la posibilidad de que cualesquiera de los otros pudiera hacerlo.

Claude Lévi-Strauss propone un modelo ideal de familia que tendría por lo menos tres características:

1) Encuentra su origen en el matrimonio;

2) consta de esposo, esposa e hijos nacidos de su unión, aunque puede concebirse que otros parientes puedan encontrar acomodo al lado de ese grupo nuclear; y

3) los miembros de la familia se mantienen unidos por a) lazos legales, b) derechos y obligaciones económicos, religiosos y de otro tipo, c) una red definida de prohibiciones y privilegios sexuales, y una cantidad variable y diversificada de sentimientos psicológicos como amor, afecto, respeto, temor, etc. [14]

Dolores Preciado apela a los lazos de consanguinidad y a los derechos y obligaciones del padre porque tiene confianza en que la relación familiar puede rescatarse a través del hijo: “Estoy segura de que le dará gusto conocerte” (Pedro Páramo, p. 7). Pero, desde la propuesta anterior sobre el concepto de familia, y desde cualquier otra, podemos afirmar que Pedro Páramo nunca llega a formar una familia. Sí contrae matrimonio, tiene un hijo de esa unión, tiene muchos más que nacen fuera del matrimonio, no se responsabiliza por ninguno de sus hijos -a Miguel Páramo lo confía a las manos de la servidumbre para que lo cuiden, en todos los sentidos-, y su único amor, Susana San Juan, que nunca llega a corresponderle y menos a darle un hijo.

Evodio Escalante habla de la disyunción padre-hijo en términos de una fórmula: “Donde el padre es, el hijo no es. Al invertirse, la fórmula queda así: Donde el hijo es, el padre no es”. Y esta fórmula, agrega, se presenta en dos modalidades: “una modalidad primaria o meramente espacial, definida por la ausencia de algunos de los términos, y una modalidad temporal, que consistiría en el antagonismo y la eventual lucha a muerte de los enfrentados.” [15]

Así pues, esposa, amada, hijos, padre, son elementos que se encuentran en estado de disociación permanente. Pedro Páramo no sólo acaba con Comala, acaba consigo mismo y con la familia Páramo.

 

4. Las relaciones madre-hijo

Existe una fuerte afectividad entre madre e hijo; la posición que ocupa el padre se halla menos definida, ya que el papel familiar del padre puede ser desempeñado por un padre “social” en vez del padre biológico, y esto no es privativo de la sociedad mexicana, como pudiera entenderse en El laberinto de la soledad.(16)

La madre asume papeles muy diversos en los textos. En unos, cubre el lugar que el padre deja vacante, como ocurre en El Llano en llamas donde la madre presenta al hijo ya adolescente ante el padre que lo ve por primera vez. En El día del derrumbe, la madre se enfrenta sola al nacimiento de su hijo, el padre dice: “yo no había sido bueno ni para llamar a la comadrona y [...] tuvo que salir del paso a como Dios le dio a entender” (El día del derrumbe, p. 160). En otros, la madre se sacrifica por la vida del hijo. Matilde Arcángel muere por salvar a su hijo: “se hizo arco, dejándole un hueco al hijo como para no aplastarlo”, (La herencia de Matilde Arcángel, p. 167), y el narrador agrega: “parecía haber muerto contenta de no haber apachurrado a su hijo en la caída, ya que se le tralucía la alegría en los ojos” (Ibíd., p. 166).

No oyes ladrar los perros y Acuérdate hablan de una madre que muere en el parto. Sin embargo, en ninguno de los dos casos el hijo que nacería sobrevive. En el primer cuento, el recuerdo de la madre es motivo de respeto y razón por la cual el padre ayuda al hijo ingrato: “-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. [...] Es ella la que me da ánimos, no usted.” (No oyes ladrar los perros, p. 148). Mientras que en el segundo, el narrador se refiere a la mujer por su apodo, la Berenjena, “porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho” (Acuérdate, p. 140).

El caso más perfecto de identificación entre madre e hijo se da en Dolores y Juan Preciado. Juan Preciado recuerda las palabras de su madre y las imágenes de los paisajes a través de los ojos de Dolores. Su recuerdo está grabado en su corazón, en su pensamiento, en su espíritu:

Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver. (Pedro Páramo, p. 8)

Juan Preciado no alcanza a conocer el mundo de su padre por sí mismo: “es curioso, Dorotea, cómo no alcancé a ver ni el cielo”, pero se conforma con la visión que ha heredado de su madre: “al menos, quizá, debe ser el mismo que ella conoció” (Pedro Páramo, p. 85). “Mi madre, -dice un poco antes- que vivió su infancia y sus mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir aquí. Hasta para eso me mandó a mi en su lugar” (Pedro Páramo, p. 84). No es fácil percibir una constante en el papel materno en la obra de Rulfo. Predomina el carácter de sacrificio en favor del hijo, pero no llega a constituir una dominante respecto de la tradición matrilineal.

 

Conclusión

La visión que ofrecen los textos sobre este aspecto de la realidad social es pluridimensional. La crítica que ha querido ver en los conflictos familiares el reflejo de una realidad autobiográfica del autor sólo limita el universo significativo de la obra. Si bien la problemática paterna parece que estuviera marcada por un solo signo, el cuento Es que somos muy pobres rompe con el esquema monolítico del padre desentendido de la familia o en conflicto permanente con el hijo.

Por otra parte, la imagen fratricida del hijo en La herencia de Matilde Arcángel se opone a la ley de la comunidad de Luvina, según la cual, “los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley.” (Luvina, pp. 121-122). Una ley que proviene de una tradición que lleva a pronunciar una de las pocas frases bellas en la obra rulfiana sobre la relación filial: “los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo” (Luvina, p. 122).

 

Notas

[1] Claude Lévi-Strauss, “La familia”, en Hombre, cultura y sociedad, (1a. ed. en inglés, 1956), trad. Mayo Antonio Sánchez, Harry L. Shapiro (comp.), FCE, México, 1980, p. 368.

[2] P. W. Musgrave, Sociología de la educación, trad. Juan Andrés Iglesias, Herder, Barcelona, 1972, p. 40.

[3] Claude Lévi-Strauss, op. cit., p. 384.

[4] Juan Rulfo, El Llano en llamas, 3ª ed. (1980), FCE, México, 1992. Juan Rulfo, Pedro Páramo, 3ª ed. (1981), FCE, México, 1991. Citamos por estas ediciones.

[5] Claude Lévi-Strauss, op. cit., p. 379.

[6 ] Hugo Gutiérrez Vega, “Las palabras, los murmullos y el silencio”, Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 421-423, 1985, p. 77.

[7] Cf. Tomás Martínez Saldaña y Leticia Gándara Mendoza, Política y sociedad en México: el caso de los Altos de Jalisco, INAH, México, 1976, pp. 165-170.

[8] Cf. Ibíd., p. 176.

[9] José Antonio Gutiérrez Gutiérrez, Los Altos de Jalisco, CONACULTA, México, 1991, p. 186.

[10] Ibíd., p. 288.

[11] Gustavo Farès, “Un sentido del espacio en Pedro Páramo y en Rufino Tamayo”, Imprévue, núm. 1, 1988, p. 29.

[12] José Díaz y Román Rodríguez, El movimiento cristero. Sociedad y conflicto en los Altos de Jalisco, Nueva Imagen, México, 1979, p. 164.

[13] Jorge Ruffinelli había notado ya el acento más severo en La herencia de Matilde Arcángel, y dice que “es sin duda el cuento en que el conflicto padre-hijo se presenta del modo más cruel”. Jorge Ruffinelli, “La muerte del padre. Una lectura de la obra de Juan Rulfo”, Studi di lettertura ispano-americana, núm. 20, 1988, p. 21.

[14] Claude Lévi-Strauss, op. cit., pp. 368-369.

[15] Evodio Escalante, “Juan Rulfo o el parricidio como una de las bellas artes”, en La intervención literaria. Crítica sobre Rulfo, Fuentes, Chumacero, Spota, González Rojo, Alebrije-Universidad Autonóma de Sinaloa-Universidad Autónoma de Zacatecas, México, 1988, p. 29.

[16] Véase Yoon Bong Seo, “En torno a El laberinto de la soledad, de Octavio Paz”, Espéculo. Revista de estudios literarios, núm. 21, julio-octubre 2002, disponible desde Internet en:
http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/o_paz.html

 

Bibliografía citada

Díaz, José y Román Rodríguez, El movimiento cristero. Sociedad y conflicto en los Altos de Jalisco. Nueva Imagen, México.

Escalante, Evodio, “Juan Rulfo o el parricidio como una de las bellas artes”, en La intervención literaria. Crítica sobre Rulfo, Fuentes, Chumacero, Spota, González Rojo, Alebrije-Universidad Autonóma de Sinaloa-Universidad Autónoma de Zacatecas, México, 1988.

Farès, Gustavo, “Un sentido del espacio en Pedro Páramo y en Rufino Tamayo”, Imprévue, núm. 1, 1988, pp. 27-50.

Gutiérrez Gutiérrez, José Antonio, Los Altos de Jalisco. CONACULTA, México, 1991.

Gutiérrez Vega, Hugo, “Las palabras, los murmullos y el silencio”, Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 421-423, 1985, pp. 75-82.

Lévi-Strauss, Claude, Hombre, cultura y sociedad, (1a. ed. en inglés, 1956), trad. Mayo Antonio Sánchez, Harry L. Shapiro (comp.). FCE, México, 1980.

Martínez Saldaña, Tomás y Leticia Gándara Mendoza, Política y sociedad en México: el caso de los Altos de Jalisco. INAH, México, 1976.

Musgrave, P. W., Sociología de la educación, trad. Juan Andrés Iglesias. Herder, Barcelona, 1972.

Ruffinelli, Jorge, “La muerte del padre. Una lectura de la obra de Juan Rulfo”, Studi di lettertura ispano-americana, núm. 20, 1988, pp. 17-28.

Rulfo, Juan, El Llano en llamas, 3ª ed. (1980). FCE, México, 1992.

Rulfo, Juan, Pedro Páramo, 3ª ed. (1981). FCE, México, 1991.

Yoon Bong Seo, “En torno a El laberinto de la soledad, de Octavio Paz”, Espéculo. Revista de estudios literarios, núm. 21, julio-octubre 2002. Disponible desde Internet en:
http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/o_paz.html

 

© Yoon Bong Seo 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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