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Francisco Calero

Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes

  

 

Vives revisitado por Francisco Calero Calero. A propósito de Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes

Marco Antonio Coronel Ramos

Universitat de València/Estudi General
marco.coronel@uv.es

 

1. Introducción

Francisco Calero Calero, Profesor Titular de Filología Latina de la UNED, es actualmente uno de los mejores conocedores de la obra de Juan Luis Vives en España. Así lo acreditan sus abundantes y fructíferos trabajos sobre el humanista valenciano y su obra: abundantes por su número y fructíferos por lo valioso de sus conclusiones y la utilidad de sus sugerencias. La obra de Francisco Calero Calero sobre Vives es, ante todo, un manantial que con el correr del tiempo inspirará a otros investigadores la acucia de profundizar en aspectos del valenciano preteridos hasta el día de hoy. Entre estos aspectos destaca los textos castellanos que Calero atribuye a Vives: El Diálogo de Mercurio y Carón, el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, el Diálogo de la Lengua y el Lazarillo de Tormes. Estas asignaciones convierten a Juan Luis Vives en uno de los más importantes autores en lengua castellana de todos los tiempos y, sin duda, del siglo de Oro.

Habrá quien cuestione alguna de las conclusiones de Francisco Calero y habrá incluso quien descalifique e impugne globalmente sus hipótesis. Lo primero podrá ser fruto de la lectura atenta de sus obras y del debate científico; lo segundo será a todas luces producto de prejuicios tales como considerar imposible que Vives escribiera obras en castellano. A los primeros no tengo nada que decir, porque el conocimiento se va construyendo a merced de los acercamientos y alejamientos en las posturas documentadas de los estudiosos; a los segundos tampoco tengo nada que decir, porque probablemente no conocerán a fondo el aluvión de argumentos con que Francisco Calero justifica sus asertos.

Francisco Calero ha llegado a estos resultados tras lecturas concienzudas de la obra de Vives y de la abundantísima literatura secundaria existente sobre el humanista. Estos conocimientos se despliegan en trabajos como “Sobre la teoría de la traducción de Luis Vives”, en J. Sanchis e I. Roca (eds.), Homenaje a J. Esteve Forriol, València, Universitat, 1990, 39-46, “Lluís Vives i Roc Chabàs”, Aguaits 11 (1995) 43-50, “El Poeticon astronomicon de Cayo Julio Higino”, Bibliofilia antigua II, Valencia, Vicent García edit., 1995, 33-72, “Francisco Cervantes de Salazar, autor de la primera biografía de Luis Vives”, Epos 12 (1996) 53-64, “Traiciones a Luis Vives”, Anales del Seminario de Historia de la Filosofía 13 (1996) 237-245, “Traduir a Vives: elogi crític de Lorenzo Riber”, cresol VII 2ª època (1998) 15-28, “Los diálogos de Luis Vives en América”, Acta Conventus Neo-Latini Abulensis, Atti del X Congresso della Societas Internationalis Studiis Neolatinis Provehendis (Ávila, 4-9 de agosto 1997), Tempe, Arizona Center for Medieval and Renaissance Studies, 2000, o “Cómo era Luis Vives”, Debats 84 (2004) 83-96.

Otro terreno en el que Francisco Calero ha destacado es en el de la edición y traducción al castellano de obras de Vives. Es el caso de De Europae disidiis et republica, Valencia, Ajuntament, 1992, Linguae latinae exercitatio, Valencia, Ajuntament, 1994 y De concordia et discordia in humano genere. De pacificatione. Quam misera esset vita christianorum sub Turca, Valencia, Ajuntament 1997 o Juan Luis Vives. Obras políticas y pacifistas, Madrid, Atlas (Biblioteca de autores españoles) 1999. En este último libro F. Calero es autor de la introducción y partícipe en la labor de traducción junco con Mª.J. Echarte, Mª.L. Arribas y P. Usábel. Igualmente, en coedición con Daniel Sala, publicó el libro Bibliografía sobre Luis Vives, Valencia, Ajuntament de València, 2000.

De toda la obra de Francisco Calero es especialmente significativo el libro Europa en el pensamiento de Luis Vives, Valencia, Ajuntament, 1997, por cuanto prefigura el método de trabajo que utilizará en sus libros sobre la autoría de los Diálogos antes mencionados y del Lazarillo de Tormes. Calero parte siempre de la lectura profunda de los textos de Vives y de la bibliografía secundaria que da cuenta de esos textos. A partir de aquí, las obras del Prof. Calero tratan de abarcar todas las perspectivas posibles del tema que debate, y lo hace centrando la cuestión en su contemporaneidad. Ésta es un prevención loable que evita caer en anacronismos.

Así, en este libro en concreto, el Prof. Calero parece haberse planteado como reflexión previa cuáles son los valores que Europa podía representar para un humanista. Su conclusión no puede ser más acertada: la denominación de Europa, Europa como marco geográfico, como unidad genealógica, como ente político, como ámbito religioso y como identidad cultural. Estos seis extremos vertebran el libro dejando sentado con sólo observar el índice que, para un humanista de la primera convulsa mitad del siglo XVI, acercarse a Europa exigía esclarecer la etimología de su nombre, delimitar sus fronteras geográficas y humanas y elaborar una teoría que explicara sus equilibros políticos, religiosos y culturales. La retórica y la dialéctica del momento permiten suponer que un erudito como Vives debía afrontar la cuestión de Europa desde un pre-planteamiento como éste. Y es lo que hace el Prof. Calero para luego indagar en las obras de Vives el pensamiento del valenciano sobre cada uno de estos aspectos.

Esta metodología genealogista, es decir, que traza el origen y evolución de las ideas que trata de ilustrar, no aparta a Vives del presente. Más bien tiene el efecto contrario, porque conocer el significado exacto de las palabras ilumina las res, y esta luz, a su vez, pone ante nosotros, moradores del siglo XXI, la desnudez exacta y paladina de los conceptos que utilizamos. Por eso este libro, enraizado en el discernimiento de la idea de Europa que Vives defiende desde la perspectiva humanística, ayuda a desbrozar nuestra propia idea de una Europa como la actual empeñada en destacar los denominadores comunes de los pueblos diversos que la conforman. Es curioso que esas semejanzas sean, en el fondo, abstracción de Europa justamente como entorno geográfico y antropológico y como lenguaje ideológico. Según Francisco Calero, en Europa lo que siempre ha permanecido es el mismo anhelo de paz y de unidad entre los pueblos que forman el antiguo continente” (Calero Calero, 1997: 11).

Este anhelo sólo será eficaz con una autorreflexión realizada desde las diversas ideas de Europa desarrolladas al menos desde el Renacimiento. Y es así porque en el Renacimiento -y de ello es testimonio Vives- la política y sus consecuencias están contempladas desde una determinada conceptualización del hombre. Esta idea de la política es posible porque existe conciencia del significado exacto -etimológico- del propio vocablo política. La fijación etimológica impide entender la gestión de lo público como un automatismo, sea éste pragmático o sea utópico. La política es una mirada realista al hombre de carne y hueso. Estos son los pensamientos que sostienen la mirada a Europa de Vives, tal y como pone de relieve clarividentemente Francisco Calero.

Con estos planteamientos, centra la cuestión en los dos temas de debate más importantes del momento para la Europa cristiana: la cuestión turca y la reforma luterana. La preocupación de Vives por estos debates perfila un hombre de su tiempo preocupado por dar soluciones a los problemas de su sociedad. La determinación del problema, el análisis de su naturaleza y las soluciones aportadas caracterizan a Vives y pueden dar la clave del autor de los Diálogos que analizará posteriormente el Prof. Calero y del propio Lazarillo de Tormes. Así, en concreto, los planteamientos sobre la guerra de Vives que Calero refleja en este libro son semejantes a los que aparecen en el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma. Lo mismo cabe decir de las proposiciones sobre religión o sobre el bien común al tratar de Europa y que luego aparecerán en las otras obras que Calero identifica como de Vives.

En todas estas cuestiones Vives es un adalid de la paz y del pragmatismo. Vives es lo que cabría denominar un pacifista universal que apoya la existencia de un poder civil justo y un poder papal con atribuciones espirituales. Vives aspira a una Iglesia libre de corrupción y a una Europa de concordia que sólo haga la guerra cuando sea con motivos defensivos. Todas estas cuestiones están presentes de igual manera en los textos que Calero atribuye a la pluma de Vives. Veremos brevemente todos estos textos antes de llegar al libro dedicado a la autoría del Lazarillo de Tormes.

 

2. El Diálogo de Mercurio y Carón

En 2004 apareció en Valencia publicado por el Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de la Ciudad el título Juan Luis Vives, autor del Diálogo de Mercurio y Carón. Es el primero de una serie de libros de Francisco Calero Calero que hasta ahora cuenta con tres volúmenes. Los tres títulos tienen el mismo objetivo: demostrar que es Juan Luis Vives el autor de estos textos clave de la primera mitad del siglo XVI español. Como punto de partida se debe decir que la misma ideología que inspira la visión de Europa de Vives, según se acaba de exponer a raíz del libro de F. Calero Europa en el pensamiento de Luis Vives, está presente en este Diálogo y en los siguientes que ha analizado su autor. En principio esta convergencia podría atribuirse también a una corriente de pensamiento común entre Vives y los posibles autores de estas obras. Por ello Calero trata de afianzar su intuición con argumentos incontrastables de diverso cariz y peso, destacando los lugares paralelos que encuentra entre estos textos y obras incontrastablemente surgidas del ingenio de Vives.

El primer estudio publicado por F. Calero es precisamente éste porque, como él mismo asegura, es el que presenta más claves para la atribución a Vives (Calero Calero, 2004a: 17) y, en este sentido, se transforma en clave para el discernimiento de la autoría de los restantes diálogos. Que sea este Diálogo una pieza clave pudiera ser tomado como argumento para contradecir las tesis de Francisco Calero. En efecto, si la defensa de la autoría de Vives en todas las obras citadas se basara exclusivamente en la atribución previa al valenciano del Diálogo de Mercurio y Carón, sería fácil desmontar las diversas atribuciones cuestionando esta primera. F. Calero, sin embargo, sustenta su teoría preponderantemente en la comparación de estas obras con las obras latinas del humanista.

Con todo, esta crítica sería especialmente relevante para los documentalistas a ultranza que sólo aceptan como cierto lo firmado, sin tener en cuenta que los documentos pueden falsificarse. No seré yo quien niegue valor a los documentos, pero tan importante como ellos es el análisis interno de las obras. En cualquier caso, los documentos deben ser sometidos a revisión crítica como, por situarnos en un autor de tanta influencia en el círculo de Vives, mostró ya L. Valla con la Donación de Constantino. Por ello debo indicar que la metodología de F. Calero en ésta y en las restantes obras es impecable por varias razones:

1. Por su conocimiento profundo de la obra de L. Vives.

2. Por su manejo detallado de la bibliografía sobre L. Vives y sobre las obras que Calero le atribuye.

3. Por someter a examen y pesquisa todos y cada uno de los testimonios y documentos aducidos tradicionalmente para defender una u otra autoría de estos mismos textos.

4. Por la convergencia de argumentos que utiliza de corte tanto externo -análisis ideológico o biográfico- como interno -lugares paralelos o razones lingüísticas-.

Estos argumentos a veces se mezclan de modo heterogéneo, dando lugar a una cierta sensación de repetición y, aunque hubiera sido más claro para el lector ordenarlos y jerarquizarlos, las conclusiones, inferidas sine ira et studio, son brillantes y clarividentes. De todo ello es ejemplo este libro que comienza con el análisis de los argumentos que sostienen cada una de las autorías a las que se han atribuido este Diálogo: Juan de Valdés, Alfonso de Valdés, y el propio Juan Luis Vives.

Las atribuciones a Juan y Alfonso de Valdés se entrecruzan como es habitual en los textos de estos dos hermanos conquenses. La autoría a Alfonso, la más común, proviene de M. Bataillon y se basa en inferencias externas: documentos inquisitoriales y opiniones de eruditos contemporáneos. Pero, como se ha indicado más arriba, el documento no transmite una información unívoca e incontrastable: el documento u opinión deben ser interpretados. Por otro lado, Alfonso de Valdés nunca fue tenido por un gran escritor y, como recuerda Calero, se le tenía por un mediocre latinista (Calero Calero, 2004a: 21). Este diálogo, por otro lado, presenta muchos rasgos, como demuestra Rosa Navarro en su edición, de ser un autorretrato. En este caso, Alfonso de Valdés no se aviene a ese autorretrato (Calero Calero, 2004a: 22-3). Todos estos argumentos externos, justamente analizados, niegan la autoría de Alfonso de Valdés y remiten a Luis Vives, con quien sí que concordaría el autorretrato, según muestra el propio F. Calero.

Sin embargo, estas concomitancias tampoco serían suficientes para afirmar la autoría vivesiana. Por ello recurre F. Calero a argumentos internos partiendo del reputado erudito A. Bonilla y San Martín, que ya estableció la existencia de abundantes paralelismos entre este Diálogo y el Diálogo de los Turcos de Vives. Con todo, esta evidencia no llevó a A. Bonilla ni a otros a rastrear la posible autoría vivesiana y la razón de ellos es muy probable que haya sido tambié la apuntada por Calero: la falta de permeabilidad entre hispanistas y latinistas. Esta separación académica no es operativa en el terreno de la investigación, porque las literaturas vernácula y neolatina caminaban imbricadas, vinculadas por la común reflexión retórica e ideológica que las inspiraba.

Junto a este problema metodológico hay varios prejuicios que han dificultado acercar las obras estudiadas por Calero a Vives. Entre ellos cita Calero, como indicamos más arriba, la renuencia de algunos investigadores a aceptar que Vives utilizara también el castellano como lengua vehicular. A este respecto Calero comenta una carta de Vives a su amigo Juan de Vergara en la que afirma que va a empezar a hispanizar pero manteniéndose detrás del escenario. Para Calero esto es una declaración de su voluntad de escribir anónimamente en castellano (Calero Calero, 2004a: 25). Este anonimato no sólo se puede explicar como miedo a la inquisición, sino como opción consciente de un escritor reconocido en latín y que quería dejar sus incursiones literarias en lengua castellana al margen de su ingente y reconocida obra filológica y literaria en la lengua del Lacio.

Junto a éste, cita Calero el prejuicio que convierte a Vives en un enemigo de las obras de ficción, cuando el propio humanista afirma haber leído muchas obras de ficción incluyendo las de caballería. Por otro lado muchas de las obras de Vives son circunscribibles en el ámbito de la ficción. A ello hay que añadir que algunas de ellas son diálogos en consonancia con la literatura de los primeros humanistas europeos influidos tal vez por la reivindicación de la figura de Luciano que hace Erasmo y, desde luego, por la tradición platónica de tanto auge entre los humanistas de este primer Renacimiento.

Después de esta introducción, F. Calero somete el Diálogo de Mercurio y Carón a un análisis interno y descubre que muchos de sus postulados están presentes en otras obras de Juan Luis Vives, como muchos relacionados con el análisis y las soluciones que se deben dar a la pobreza. También remite a Vives algunos rasgos de estilo y usos de la lengua, tales como el aprecio y el uso de refranes y sentencias. Los paralelos son especialmente notables, como señalara A. Bonilla, en comparación con el Diálogo de los Turcos, pero también, como añade F. Calero, con Sobre la concordia, Sobre la pacificación, Sueño y Vigilia, Ejercicios de la lengua latina, Escolta del alma, Seis declamaciones, Introducción a la sabiduría, Preces y oraciones generales, El socorro de los pobres, La formación de la mujer cristiana, Cuán desgraciada es la vida de los cristianos bajo los turcos, Contra los pseudodialécticos, Los deberes del marido, La verdad maquillada, o en ideas que Vives defiende en algunas cartas.

Los paralelos existentes entre el Diálogo de Mercurio y Carón y alguna de estas obras es sorprendente. Las similitudes son de carácter muy diverso, entre las que podemos destacar las siguientes:

1. De carácter externo: los datos sobre el anuncio de divorcio entre Enrique VIII y Catalina que Vives vivió bien de cerca (Calero Calero, 2004a: 38) o la alusión a Alfonso Manríquez, el inquisidor general modélico que Vives conoció de cerca (Calero Calero, 2004a: 39). También coinciden las lecturas recomendadas (Calero Calero, 2004a: 83-4). También hay muchas notas que se corresponden con la biografía de Vives (Calero Calero, 2004a: 70-9).

2. De carácter ideológico: opiniones de Vives sobre el buen gobierno (Calero Calero, 2004a: 48-50) y el aprecio por los oficios artesanales (Calero Calero, 2004a: 93). Lo mismo puede decirse de las ideas sobre el socorro de los pobres (Calero Calero, 2004a: 99-102) o sobre el matrimonio (Calero Calero, 2004a: 103-4).

3. De carácter filosófico: postulados de Vives sobre la relación entre cuerpo y alma (Calero Calero, 2004a: 57) o la idea de que el estado más dichoso es el gobernado por los filósofos (Calero Calero, 2004a: 99-100).

4. De carácter religioso: críticas a los clérigos que se aprovechan del dinero de los frailes (Calero Calero, 2004a: 61-2) o a los obispos y sacerdontes que se quedan con el dinero de los pobres (Calero Calero, 2004a: 67-8).

5. De carácter teológico: defensa de la idea de que todos los cristianos forman el cuerpo místico de Cristo (Calero Calero, 2004a: 69-70).

6. De carácter lingüístico: convergencias léxicas (Calero Calero, 2004a: 42-3; 70).

 

3. El Diálogo de la Lengua y El Diálogo de las Cosas Acaecidas en Roma

El mismo método, el mismo acumen, el mismo argumentario aplica F. Calero a su segundo eslabón en su objetivo de desvelar la autoría vivesiana de una serie de obras anónimas de la primera mitad del siglo XVI. Tras el Diálogo de Mercurio y Carón aborda ahora la problemática del Diálogo de la lengua y del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma (Calero Calero, 2004b). La única diferencia entre este libro y el anterior, es que ahora F. Calero incluye en el número de textos a comparar el propio diálogo anterior. Por ello habrá quien afirme que esos argumentos defienden una misma autoría para ambas obras, pero no la autoría de Vives. Sin embargo, la claridad de la atribución del Diálogo de Mercurio y Carón y la utilización también en el caso de estos dos títulos de paralelos con obras incontrastablemente de Vives corrobora la tesis medular de F. Calero: que Vives es también el autor de estos dos Diálogos.

El primer Diálogo en ser explicado es El de las cosas acaecidas en Roma. F. Calero comienza analizando todos los argumentos ofrecidos para sostener todas y cada una de las autorías hasta hoy en día defendidas: de nuevo, Juan o Alfonso de Valdés y el propio Juan Luis Vives. Con todo, en este caso como en el anterior, la más recurrente ha sido la de Alfonso de Valdés y, también como en el caso anterior, somete a un minucioso análisis todos los testimonios que la sustentan dem,ostrando cumplidamente que ninguno de ellos permiten inferir dicha conclusión. Frente a ello, de la lectura detenida del Diálogo, se extraen un copioso conjunto de argumentos que relacionan este Diálogo, además de con el citado de Mercurio y Carón, con obras de Vives como Sobre la concordia, Diálogo de los turcos, Escolta del alma, Introducción de la sabiduría, Sobre el socorro de los pobres y de nuevo con algunas de las cartas del humanista valenciano. La concordancia ideológica entre este Diálogo y otras obras de Vives queda, por ende, demostrada.

Igualmente interesante resulta el estudio del Diálogo de la Lengua, en el que F. Calero recoge las siguientes palabras de G. Mayans y Siscar que, al tratar de la autoría de la obra, afirma que una obra como este Diálogo exige de su autor un conocimiento inmejorable de la lengua castellana, amén de conocimientos de griego y desde luego ser un escritor de primer rango (Calero Calero, 2004a: 63). Partiendo de la autoridad de Mayans se pregunta a quién de los personajes a los que se ha atribuido este Diálogo casa mejor el calificativo de escritor de primera y cuál de ellos puede exhibir conocimientos tan profundos en lenguas clásicas y un dominio no menos intenso de la lengua castellana. Entonces aparecen de nuevo los nombres de Alfonso y Juan de Valdés, y, además, el de Juan López de Velasco. F. Calero demuestra entonces que todos los argumentos a favor de uno u otro de estos autores son conjeturas que la tradición -o la reiteración en este caso- han convertido en asertos. Este hecho es válido incluso para Juan de Valdés, al que más usualmente se ha atribuido el Diálogo.

Frente a estos autores, ninguno de los cuales pueden ser calificados de primer rango, Vives tiene acreditado ser un maestro en la literatura dialogística. Además, puede comprobarse en las obras de Vives opiniones semejantes a las defendidas en el Diálogo de la lengua, como la crítica de Nebrija o el alto aprecio por la literatura española representada por obras como la Celestina, el Amadís de Gaula o autores como Juan de Mena. Lo mismo puede decirse de las habilidades coincidentes entre Vives y el autor del Diálogo de la Lengua, entre ellas la de disponer de amplios conocimientos lingüísticos y de poseer un conocimiento aceptable de griego y de los rudimentos de las lenguas hebrea y árabe.

Por tanto, frente a las conjeturas de los que defienden otras autorías, F. Calero, siguiendo su práctica habitual, encuentra 37 argumentos de peso y envergadura diferentes, además de los ya indicados, para defender la autoría de Juan Luis Vives. Todos estos argumentos proceden de la comparación de este Diálogo con obras como Las disciplinas, Ejercicios de la lengua latina, Sobre el socorro de los pobres, Escolta del alma, Diálogo de los turcos, Retórica, Sobre la fe de la verdad cristiana, El alma y la vida, así como de nuevo con algunas de sus cartas y con el Diálogo de Mercurio y Carón. Entre estos argumentos destacan los siguientes:

1. Coincidencias biográficas: como el autor de este Diálogo, Vives tiene amplia experiencia de la vida palaciega en Inglaterra; también como él, Vives ha sido lector de libros de caballería y dispone de los títulos académicos que se atribuye el autor del Diálogo. En este sentido también hay que citar la referencia a juegos y frutas típicas de Valencia, lugar de origen de Vives.

2. Coincidencias ideológicas: de nuevo hay que señalar el tratamiento de la pobreza, la crítica a los nobles y a los frailes, que son tres Leit-Motiven de Vives.

3. Coincidencias lingüísticas: en esta obra como en el Diálogo de Mercurio y Carón aparecen numerosa coincidencias léxicas y, sobre todo, el valencianismo todos tres, que díficilmente hubiera usado un nacido y criado en Cuenca.

 

4. El Lazarillo de Tormes

Se llega así al Lazarillo de Tormes, tal vez la más llamativa y trascendente de las atribuciones a Vives que hace F. Calero. A este tema ha dedicado este investigador tres importantísimos trabajos:

· “Interpretación del Lazarillo de Tormes”, Espéculo 29 (Calero Calero, 2005).

· “Luis Vives fue el autor del Lazarillo de Tormes”, Espéculo 32 (Calero Calero, 2006a).

· Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes, València, Ajuntament, 2006.

Aunque en el tercero de estos trabajos se han aprovechado los materiales de los dos artículos electrónicos primeros no está de más recomendar su lectura por suponer un resumen, sobre todo el publicado en Espéculo 32, amplio y de más fácil lectura que el propio libro. En este artículo los argumentos se presentan mejor ordenados y jerarquizados que en las anteriores obras.

El primero de estos trabajos, “Interpretación del Lazarillo de Tormes” es un acercamiento singular y original a este relato picaresco: singular, porque está hecho desde el protocolo de la Filología Clásica; original, porque sus conclusiones son una bocanada se sugerencias que son ya una perspectiva idónea para entender el sentido de este texto. En este sentido, hace bien, F. Calero en distinguir entre el objetivo del autor del texto y la intepretaciones históricas del texto. Ambas perspectivas son complementarias y, si F. Calero opta por la primera no es por desinterés por la historia y la tradición del texto, sino porque su objetivo es desvelar la autoría que se esconde tras el anonimato. Su acercamiento es, pues, el que le exige su propósito, aunque F. Calero demuestra conocer el Lazarillo enriquecido de la tradición, aquel que engloba el texto que salió de las manos de su autor y los textos que se han ido leyendo a lo largo de la historia.

Para un propósito como el de F. Calero, la historia de la recepción del texto puede llegar incluso a dificultar la resolución del problema, porque se puede atribuir a su posible autor intenciones nacidas de las lecturas que han enriquecido la obra. Es el caso del género de la obra. Se ha discutido mucho si se aviene al Lazarillo la denominación de novela o diálogo u otras. Hoy en día hay cierto consenso en que la novela picaresca como género no empieza hasta Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache. En cierto modo, se podría afirmar que estas denominaciones son válidas para el Lazarillo si una determinada época así lo ha considerado. Este acercamiento plural al texto, sin embargo, emborrona los indicios para determinar su autor. Frente a este problema, F. Calero recurre a Vives que en El alma y la vida alude a un género que él denomina fabella, o historieta en traducción de Calero. Este género sería el adecuado para plantear debates de forma que todos puedan comprender sobre temas delicados como la pobreza, la verdadera religión, el buen gobierno, etc. La fabella, de ahí esta denominación, parece relacionarse con el género dramático por sus diálogos. Cabe preguntarse, pues, qué son sino fabellae obras como La verdad maquillada o el propio Lazarillo. Esta es la conclusión de F. Calero realizada desde la contemporaneidad, desde la primera mitad del siglo XVI. Entrar en debates sobre la novela hubiera sido situar la obra en la segunda mitad de ese siglo y alejarla, por tanto, del marco literario de su posible autor.

El mismo método sigue F. Calero en el estudio del contenido del texto. En este sentido es especialmente singular su apuesta por una lectura literal, que es justamente la que menos ha preocupado a la crítica, más atenta en buscar claves irónicas, paródicas o sarcásticas. Estos acercamientos son lecturas diacrónicas ciertamente deseables y válidas, pero dificultan también el proceso de indagación sobre la autoría de la obra. La lectura literal es, sin duda, otra interpretación, y no seré yo quien cambie el documentalismo a ultranza del que antes hablé por la literalidad a ultranza. La diferencia entre todas estas interpretaciones es que la literalidad se realiza a partir de la letra del texto. De ejemplo puede servir el siguiente pasaje del Lazarillo citado por el propio F. Calero:

Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento, por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa. Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay que medre, sino lo que le tienen.

De este pasaje extrae F. Calero cuatro afirmaciones literales:

1. Dios alumbra a Lázaro para cambiar de vida.

2. Lázaro encuentra el favor de amigos y señores.

3. Lázaro da por bien empleadas las fatigas ante la dicha que se deriva de ellas

4. Lázaro considera que el oficio, el trabajo, es la forma adecuada de medrar en la socidad.

Ninguna de estas afirmaciones requieren una lectura entre líneas y resulta que todas estas ideas están presentes, por ejemplo, en El socorro de los pobres donde Vives, por ejemplo, reclama de los gobernantes mayor preocupación ante los pobres y, de los pobres, el abandono de la ociosidad parasitaria. Lázaro, por tanto, está vivenciando lo que Vives aconseja, que no es otra cosa que el ganarse la vida con un trabajo digno y formar una familia. Para F. Calero este es el contenido de la obra, cosa que transfiere al ámbito de lo anecdótico sin ir más lejos el tan traído y llevado caso del Lazarillo. La moralidad es el tema de la obra: la moralidad del trabajo, la moralidad de la pobreza y la moralidad social. La palabras de F. Calero concuerda con las de González Sobejano o las de V. García de la Concha, como el propio F. Calero recuerda. En palabras de González Sobejano citadas por Calero lo importante en el Lazarillo es el proceso de cómo Lazarillo, con fuerza y maña, venció la fortuna contraria hasta salir a buen puerto. A mi juicio esto es cierto y es lo pertinente resaltar si se busca la autoría de la obra, pero no invalida las otras interpretaciones que son imprescindibles para entender la historia y la tradición de la obra.

Igualmente claro y contundente es el trabajo publicado en Espéculo 32 “Luis Vives fue el autor del Lazarillo de Tormes”. Este es el primer acercamiento que luego completará con el libro que comentaremos seguidamente a esta problemática. F. Calero, siguiendo el método de las otras obras aquí señaladas, estudia en este artículo los argumentos que han sostenido la atribución a Alfonso de Valdés. Su posición contraria a esta atibución le lleva a comentar sobre todo las palabras de R. Navarro, la principal mentora en nuestros días de esta atribución. F. Calero, lo mismo que José María Navarro de Adriaensens reprochan a esta especialista en Valdés su metodología (Navarro de Adriaensens, 2005: 225-6). La principal razón de la crítica de F. Calero a R. Navarro es que ésta, que ha sometido a un estudio ajustado las fuentes del Lazarillo, no puede demostrar que esas fuentes formaran parte del universo literario de Alfonso de Valdés. En cualquier caso, las lecturas que Rosa Navarro atribuye al autor del Lazarillo podrían asignarse a muchos eruditos de su época. Por ello afirma J. M. Navarro de Adriaensens:

La atribución de la autoría del Lazarillo a Alfonso de Valdés es una afirmación apodíctica de la editora Rosa Navarro, sin contar con pruebas fehacientes. No es habitual ni serio estampar en la portada de una edición una autoría no demostrable (Navarro de Adriaensens, 2005: 225).

La atribución a Alfonso de Valdés no responde a un estudio interno de la obra y tampoco parece enriquecer la textualidad del Lazarillo. Un ejemplo de ello citado por F. Calero es la noticia de la crítica que el cardenal García de Loaysa hace de Alfonso de Valdés. Rosa Navarro descalifica esta crítica diciendo que es fruto de la envidia, pero, aunque el cardenal sientiera envidia de Alfonso de Valdés, no se puede inferir necesariamente de ello que su valoración de Alfonso de Valdés sea errónea. La crítica de Valdés puede ser fruto de la envidia o del encono o de la pasión que se quiera, pero el contenido de la crítica puede ser justo o no serlo. Pero no se puede convertir lo segundo en conclusión necesaria de lo primero.

En consecuencia, cuando no hay argumentos externos incontrastables hay que recurrir a los argumentos internos y es esto precisamente lo que hace F. Calero en el resto de este artículo. Encuentra entonces bastantes paralelismos temáticos entre el Lazarillo y numerosas obras de Vives. También analiza si los problemas presentes en el Lazarillo constituían una preocupación de Vives. En definitiva, F. Calero analiza el Lazarillo para detectar rasgos, además de los temáticos, literarios, ideológicos, lingüísticos y estilísticos, que puedan remitir a un autor tan prolífico como Vives y del que tenemos, por tanto, numerosos lugares para comparar. Todos estos argumentos serán reelaborados y publicado en el libro Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes. La ventaja del artículo es la mejor disposición de los argumentos probatorios de esta autoría, sin embargo, en el libro, F. Calero despliega sus postulados dejándolos reposar sobre la autoridad de eximios investigadores. Esta opción permite ubicar a F. Calero en una tradición de investigadores y da la sensación que la autoría de Vives ha estado rondando por los intersticios de las mentes o de los escritos de muchos investigadores, sin que nadie hubiera dado el paso para ponerla encima de la mesa. La valentía de esta opción es grande. No menos grande es el provecho que puede aportar a los estudios sobre El Lazarillo, porque, al menos, permitirá contemplar el Lazarillo a la luz de nuevas interpretaciones y de nuevos objetivos.

El libro Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes, Valencia, Ajuntament de València, 2006 es el objetivo final de esta reseña. Sin embargo, su situación en medio de una serie de trabajos relacionados metodológica y temáticamente ha aconsejado este rodeo para llegar a una obra de gestación prolongada, de conclusiones motivadas y de sugestiones fructíferas. Este libro es, en cierta manera, el resumen de todos los anteriores. Por esto reitera F. Calero una serie de ideas ya planteadas en las obras anteriores, junto a otras simplemente esbozadas:

1. Que Vives escribió también en castellano, habiendo pruebas de que su obra titulada Los deberes del marido conoció antes de la latina una versión castellana.

2. Que Vives es plenamente erasmista y que este erasmismo es el que se respira en todas las fabellae que F. Calero le atribuye.

3. Que Vives no era contrario a la literatura de ficción, sino que era lector asiduo de estos géneros literarios.

4. Que Vives es un autor de gran altura y relevancia literaria. Es, además un maestro del diálogo.

Estos cuatro argumentos se completan con otro de gran interés: F. Calero utiliza como clave para desvelar la autoría de estas obras al propio Vives que en De disciplinis I 59 afirma que son la dicción, la forma de discurso y el desarrollo del pensamiento lo que puede servir para determinar la autoría de una obra. Estas palabras se transforman en manos de F. Calero en unas especie de clave para descifrar la autoría vivesiana de estas obras: con ellas el propio Vives estaría orientando la forma de desvelar el anonimato de textos como el Lazarillo. Todos estos criterios forman parte de lo que F. Calero denomina argumentos internos, es decir, basados en el análisis interno de la obra. Esta es la principal diferencia, como se ha indicado, con Rosa Navarro que, recurriendo a aspectos externos ha determinado recientemente la autoría de Alfonso de Valdés sobre el Lazarillo.

Pero este libro no es una réplica a las tesis de Rosa Navarro, sino que F. Calero hace un repaso por todas las atribuciones del Lazarillo, desde las menos plausibles como Fray Juan Ortega, Diego Hurtado de Mendoza, Sebastián de Horozco, Lope de Rueda, Pedro de Rhúa, Hernán Núñez o Francisco Fernández de Salazar, hasta las más reiteradas, de nuevo, Juan y Alfonso de Valdés. En este caso, la atribución a Juan de Valdés, que proviene de A. Morel-Fatio, reposa en vagos parecidos ideológicos, de manera que la atribución más insistente en nuestros días ha sido la de Alfonso de Valdés.

La atribución a Alfonso de los Valdés data de la edición del Lazarillo que realiza en 1976 J.V. Ricapito. Como explica F. Calero, este autor señala muchos paralelismos entre el Lazarillo y los Diálogos de Mercurio y de las cosas acaecidas en Roma. Estos paralelismos los ha confirmado también F. Calero pero marcando distancias con la hipótesis de Alfonso de Valdés, porque los datos externos ofrecidos no concuerdan y porque es difícil realizar una comparación interna con una obra tan reducida como la de Alfonso de Valdés. Tal vez por esta razón, J.V. Ricapito editara su Lazarillo manteniendo la autoría anónima, consciente de que las notas ideológicas que acerca a Valdés con el contenido del Lazarillo podía acercar también a otros muchos erasmistas del momento. En el presente ha retomado esta hipótesis Rosa Navarro, que ha publicado su edición del Lazarillo incorporando ya como autor a Alfonso de Valdés. Como antes se dijo, y bien lo apunta F. Calero, los argumentos externos que presenta Rosa Navarro demuestran las lecturas que el autor del Lazarillo había realizado, pero no que Alfonso de Valdés las hubiera hecho.

En este sentido es habitual del proceder de F. Calero, aprovechar los datos que los otros estudiosos ofrecen, incluso cuando no está de acuerdo con sus conclusiones finales. Así, sobre este particular, su objetivo no es desmentir a Rosa Navarro en la determinación de las lecturas que hizo el autor del Lazarillo, sino en demostrar que Vives sí conocía todos esos textos porque han dejado vestigios directos en sus obras. Del mismo modo acepta los paralelismos que J.V. Ricapito descubre entre el Lazarillo y los Diálogo de Mercurio y Carón y de las cosas acaecidas en Roma, pero sin dejar de señalar que Alfonso de Valdés era fundamentalmente un político y no un autor ni de primer orden ni de prestigio como estas obras requieren. Por otro lado, F. Calero tiene muy presente aproximaciones al Lazarillo como la de Américo Castro, que habla de un autor de ascendia judía por algunos rasgos internos como la religiosidad que refleja el Lazarillo.

F. Calero, por tanto, no ha desdeñado la abundantísima y casi inabarcable bibliografía sobre el Lazarillo, sino que la ha leído con detenimiento, tratando de corroborar sus conclusiones con las diversas autorías a las que se han atribuido la obra. Ha visto entonces que muchas de esas conclusiones no concuerdan ni con Alfonso de Valdés ni con la de los otros nombres citados y ha observado, además, que las aproximaciones externas a la obra se estancan en un momento determinado con la dificultad de comprobar los datos y la necesidad de conjeturar sobre su significado. A esta forma de proceder le cabe la aplicación del adjetivo honesto, porque honestidad es escribir tras haber profundizado en la bibliografía previa, honestidad es reconocer las deudas con las obras estudiadas, honestidad es afirmar lo que uno cree por haberle dedicado a la cuestión muchas horas de trabajo y honestidad es ofrecer a la comunidad científica unas conclusiones pensando únicamente en contribuir al esclarecimiento de un tema de tanta trascendencia para la historia de la literatura española.

Este proceder honesto de F. Calero con respecto al Lazarillo es el mismo ensayado en las obras anteriores: someter a un análisis concienzudo y detenido esta obra comparándola con las que son de Vives incontrastablemente. Reitera entonces algunos de los principios que ha dejado asentados en esas obras anteriores como la altura intelectual de Vives, su afición a las obras de ficción o la intención que comunica en carta a Don Juan de Vergara de escribir en español (Calero Calero 2006b: 52-8). A todo ello se une una serie de rasgos lingüísticos propios de personas criadas en tierras de habla valenciana detectado por F. Calero en el Lazarillo y en otras obras de Vives (Calero Calero 2006b: 60).

Todas estas notas se unen a lo aportado por muchos estudiosos, cuyas contribuciones encuentran acomodo en la persona de Juan Luis Vives. Calero empieza en concreto citando a A. Castro y y M. Bataillon que defendían el origen judío del autor del Lazarillo. Esta tesis fue apoyada por L. Carreter y S. Zimic. Bataillon en concreto habla de un converso español afincado en Flandes, a lo que se une al hecho de que las tres primeras ediciones de la obra provengan de Amberes y que algunos estudiosos hayan detectado influencias del Till Eulenspiegel. La conclusión de todas estas hipótesis es clara: Vives es el único hijo de converso afincado en Flandes de entre todas las atribuciones del Lazarillo.

De esta misma manera va desgranando F. Calero las conclusiones más importantes de la crítica sobre el Lazarillo. Creo que no está de más recordarlas, porque todas contribuyen a reforzar las tesis del F. Calero. He aquí la mayoría de estas conclusiones ordenadas por temas:

1. F. Rico interpreta el Lazarillo como una carta. F. Calero añade que Vives conocía perfectamente el arte de la epístola.

2. M. Bataillon asegura que el autor del Lazarillo era un maestro en el arte de la escritura con perfecto dominio de la retórica. Semejante es el argumento de V. Núñez Rivera que analiza el Lazarillo desde la retórica. F. Calero pone de manifiesto que no hay que utilizar muchos argumentos para demostrar los conocimientos retóricos de Vives.

3. F. Márquez Villanueva pone de manifiesto los abundantes conocimientos jurídicos del autor del Lazarillo. F. Calero demuestra los grandes conocimientos jurídicos de Vives aduciendo ejemplos de su amplia obra latina.

4. J.M. Caso alude a la existencia de un Ur-Lazarillo con rasgos lucianescos y erasmistas. A su vez, A. Castro explica que fue escrito por un converso que vivía fuera de España y Azorín demuestra que el autor no conoce los lugares que cita, entre ellos Toledo o el camino de Escalona a Torrijos. F. Calero relaciona todos estos datos con Vives que marchó de España a muy temprana edad. A las palabras de F. Calero puede añadirse que la influencia de Luciano en el círculo de Erasmo es más que evidente, sobre todo a partir de la traducción latina que realizó de la obra del dialoguista griego. El origen judío del autor del Lazarillo también queda patentizado con frases como tengo paz en mi casa que L. Carreter identifica como un motivo folclórico judío.

5. V. García de la Concha defiende que el Lazarillo es una obra moral. En este sentido es también destacable el testimonio de G. Sobejano, que relativiza la importancia del caso como tema principal del Lazarillo. Por otro lado, J.M. de Prada indica que la piedad y la compasión ocupan el centro ideológico del Lazarillo. F. Calero apunta que la moralidad y la enseñanza es uno de los núcleos de la preocupación de Vives, al tiempo que, en El alma y la vida y en Preces y oraciones generales, Vives sitúa la piedad y la compasión en el centro de la vida humana.

6. M. Mohlo indicó la relación entre el Lazarillo y El socorro de los pobres de Vives. Por otro lado, M.J. Asensio y C. Minguet aluden al tratamiento dado al a mendicidad y al hambre en el Lazarillo. F. Calero demuestras que estas mismas ideas se presentan en obras de Vives y no sólo en El socorro de los pobres. C. Guillén, por otro lado, indica que el autor del Lazarillo vivió en un mundo hostil. F. Calero pone sobre la mesa la desgraciada vida de Vives.

7. A. Vilanova, como también había indicado M. Bataillon, alude a las influencias en el autor del Lazarillo del Asno de Oro en traducción de López de Cortegana. F. Calero demuestra, indicando el gran aprecio que Vives sentía por Apuleyo, que el influjo de este autor en Vives es evidente en fragmentos de la Verdad maquillada. Lo propio hay que decir de las influencias de Esopo en el Lazarillo atestiguadas por F. Rodríguez Adrados.

8. R. Navarro insiste en el influjo de La Celestina sobre el autor del Lazarillo. F. Calero demuestra que Vives leyó La Celestina e indica el gran aprecio y admiración que sentía por esta obra. F. Calero realiza las mismas demostraciones de las otras obras que R. Navarro demuestra fehacientemente que el autor del Lazarillo había leído. F. Calero atestigua que todas estas obras eran conocidas y admiradas por Vives. A estas lecturas señaladas por R. Navarro, añade F. Calero la demostración del gran conocimiento que Vives tenía de Petrarca, siguiendo la opinión de R.V. Truman. Lo mismo hace con Jorge Manrique que, según F. Rico, es uno de los ascendientes del autor del Lazarillo, y con el Amadís de Gaula, que A. Rumeau vincula estructuralmente con el Lazarillo.

9. En el terreno del estilo, A. Blecua muestra la tendencia del autor del Lazarillo a evitar el hipérbaton, A. Marasso indica su afición por los refranes y J.V. Ricapito y A. Rufinato revela el uso de las fórmulas enfáticas y de reconocimiento. F. Calero descubre estos mismos rasgos en las obras de Vives. Por otro lado, el elemento paródico detectable en el Lazarillo ha sido identificado por J. Ijsewijn como parodia religiosa, hecho que casa bien con la espiritualidad de Vives, descrita y definida por F. Márquez Villanueva.

Junto a la nueva lectura de las conclusiones de los más importantes autores que han tratado el tema de la autoría del Lazarillo, incorpora F. Calero otra serie de notas de mucho peso e importancia. Creo conveniente citar las siguientes:

1. Indicios de que el autor del Lazarillo era originario de Valencia: F. Calero cita las referencias a las frutas típicas de Valencia o los juegos de pelota comunes en las tierras valencianas. Para nosotros citar las frutas de Valencia o a los jeugos no implica ser valenciano, por eso damos más valor probatorio a la indicación de unas serie de vocablos o giros propios del habla de Valencia. Calero cita en diversos lugares de su obra las siguientes: el término dinero en el sentido de moneda menuda propio de Valencia (Calero Calero 2006b: 81-2), la expresión hacer mis saltos o darle salto, y todos cinco que, en caso de no ser tomada como valencianismo sino como galicismo, también casaría perfectamente con un Vives que hablaba francés.

2. Lo mismo cabría decirse de una serie de rasgos lingüísticos que demuestran que el autor del Lazarillo manejaba habitualmente el latín.

3. Apunta F. Calero toda una serie de convergencias léxicas que ya había señalado en el artículo de Espéculo 32 (Calero Calero 2006b: 153-93).

4. Convergencias temáticas entre el Lazarillo y otras obras de Vives: la crítica de la soberbia de los predicadores y de la vaciedad de la nobleza o la alabanza de los que salen a flote con su trabajo son constantes en Escolta del alma, Ejercicios de la lengua latina, Sobre la concordia e Introducción a la sabiduría, además de en el Diálogo de Mercuruio y Carón. Lo mismo hay que decir de un tema tan importante en el Lazarillo como la crítica a los clérigos que roban a los pobres está presente en Sobre el socorro de los pobres.

En conclusión, un hombre es su estilo, su dicción, sus ideas. Siguiendo estas tres líneas temáticas F. Calero ha rastreado el pensamiento de Vives en los Diálogos citados y en el Lazarillo, obras de primer rango de la primera mitad del siglo XVI español. Los trabajos de F. Calero son profundos y rigurosos y, sus conclusiones, provechosas y determinantes. Me confieso admirado por una obra que con tan poco ruido es capaz de sugerir tantas cosas gracias a una metodología seria regida por una curiosidad decimonónica de abarcar todos los puntos de vista que han ido aportando los estudiosos que se han preocupado por el Lazarillo.

La obra de Calero persigue la autoría de las obras citadas siguiendo el método utilizado por M. Bataillon para determinar la de Andrés Laguna sobre el Viaje a Turquía. La única diferencia entre ambos es que F. Calero multiplica los argumentos sometiendo a contraste el estilo, la dicción y las ideas de los Diálogos citados y del Lazarillo entre sí y con las obras latinas del humanista valenciano. El más destacado es el terreno de las ideas. En este ámbito lo sobresaliente no es la originalidad de las ideas, que sin duda Vives compartía con otros muchos erasmistas del momento, sino la coincidencia de esas ideas en las obras latinas de Vives y la frecuencia con que aparecen. Estos hechos transforman esos aspectos ideológicos que Vives comparte con algunos de sus contemporáneos en verdaderos motivos o ideas-fuerza capaces de caracterizar el contenido de las obras del humanista valenciano. Este es el punto fuerte fundamental y determinante de la posición de F. Calero al respecto de la autoría de las obras estudiadas.

Estos argumentos permiten que la figura de Luis Vives se despliegue como un autor de primer rango también en lengua española. Utilizando el concepto de falsabilidad empleado por los filósofos de la ciencia desde K. Popper, puede aseverarse que la atribución de estas obras a Luis Vives debe ser tenida en altísima consideración, porque es capaz de responder a un mayor número de preguntas que todas las otras atribuciones planteadas. Estas preguntas afectan no sólo al contenido de los Diálogos mencionados -Diálogo de Mercurio y Carón, Diálogo de las cosas acaedidas en Roma y Diálogo de la lengua- y del Lazarillo de Tormes, sino también a su trascendencia social, estética y literaria en la primera mitad del siglo XVI.

 

5. Referencias Bibliográficas

Calero Calero, F. (1997): Europa en el pensamiento de Luis Vives, València, Ajuntament.

Calero Calero, F. (2004a): Juan Luis Vives, autor del Diálogo de Mercurio y Carón, València, Ajuntament.

Calero Calero, F. (2004b): Juan Luis Vives, autor del Diálogo de las cosas acaedidas en Roma y del Diálogo de la Lengua, València, Ajuntament.

Calero Calero, F. (2005): “Interpretación del Lazarillo de Tormes”,
en http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/lazarill.html

Calero Calero, F. (2006a): “Luis Vives fue el autor del Lazarillo de Tormes”,
en http://www.ucm.es/info/especulo/numero32/luvives.html.

Calero Calero, F. (2006b): Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes, València, Ajuntament.

Navarro de Adriaensens, J.M. (2005): “Reseña de Navarro Durán, Rosa (ed.), Novela picaresca I. Alfonso de Valdés: La vida de Lazarillo de Tormes. Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache. Madrid, Fundación José Antonio de Castro 2004, 725 páginas”, en Iberoamericana. América Latina - España - Portugal. Ensayos sobre letras, historia y sociedad. Notas. Reseñas iberoamericanas 20 (2005) 225-226.

 

© Marco Antonio Coronel Ramos 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero34/fcalero.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 200