La felicidad vacía

Dr. Joaquín Mª Aguirre Romero

Universidad Complutense de Madrid


 

   
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Probablemente el hecho más evidente por el que estemos aquí preguntándonos por la felicidad [1], aun de los jóvenes, es que nos somos felices. Cuando nos acercamos a las librerías de las grandes superficies -el mejor muestrario de nuestras aparentes necesidades- vemos que los estantes más poblados son aquellos desde los que se promete ayudarnos a alcanzar alguna forma más o menos específica de felicidad.

El eje de esta intervención se basará en un núcleo paralelo a aquel del que partió el profesor de la Universidad de Harvard Orlando Patterson cuando trató de definir el papel que la idea de libertad había tenido en la formación de la cultura occidental. Decía Patterson en el comienzo de su obra: “el argumento básico de este libro es que la libertad se generó a partir de la experiencia de la esclavitud” [2]. En este mismo sentido, nosotros partiremos de la idea de que es precisamente nuestra infelicidad la que nos trae aquí a hablar de la felicidad. Pero, a diferencia del concepto de Libertad, que ha podido traducirse y materializarse en distintas instituciones, leyes, etc. que tienen por obligación velar por ella y por nosotros, la Felicidad no ha tenido esa suerte. O quizá sería mejor decir que no hemos tenido esa suerte con la Felicidad. La Libertad se ha reconvertido en una serie de derechos, mientras que la Felicidad solo ha producido el derecho a ser feliz, probablemente, el más vacío de los derechos.

Desde hace tiempo me divierte una práctica aleatoria. Cada vez que debo trabajar sobre alguna cuestión, en vez de ir directamente a los libros de especialistas, alargo la mano hacia la obra más próxima y compruebo si dice algo sobre el tema que busco. Nada que ver con ningún tipo de mantia oracular; más bien un divertimento intranscendente para comprobar el grado de presencia que el tema en cuestión pueda tener. La obra que tenía más próxima a mí era un regalo reciente de una amiga, una novela corta de Henry James, escrita en 1879, titulada Diario de un hombre de cincuenta años. Como es mi costumbre, me dirigí al último párrafo, que rezaba así:

[…] ¿No habrá sido quizá un error? ¿Me equivoqué? ¿Fue un error? ¿Fui demasiado prudente, demasiado suspicaz, demasiado lógico? ¿Era realmente un protector lo que ella necesitaba, un hombre que la hubiera ayudado? ¿Se habría beneficiado él de haber creído en ella, y fue la única falta de la Condesa el que yo la hubiera abandonado? ¿Fue la pobre mujer muy infeliz? ¡Que Dios me perdone, cómo me invaden las preguntas! Si yo estropeé su felicidad es seguro que tampoco hice la mía. Y podría haberla hecho, ¿eh? ¡Qué descubrimiento tan encantador para un hombre de mi edad! [3]

Como puede apreciarse, el método -por muy disparatado que pueda parecer- a veces funciona. Lo más significativo del párrafo es que no es más que un puñado de preguntas, una acumulación de reproches, el mar de dudas en el que se encuentra una persona al llegar a una edad madura y revisar su vida. Duda de todo lo que ha hecho. Solo tiene una evidencia: no ha sido feliz. Quizá el efecto de la propia vida sea el de acumular dudas, acumular situaciones en las que pensamos que podríamos haber hecho otra cosa. De ser así, la vida no sería más que un camino hacia la infelicidad. En la medida en que el momento que vivimos es el resultado de los momentos anteriores, todas nuestras decisiones se toman con un grado alto de incertidumbre. Incluso, lo que parece acertado a medio plazo, puede ser erróneo a largo plazo.

No hace mucho, me comentaban que la frase que más escuchan los psiquiatras es: “no soy feliz”. A veces: “no sé lo que me pasa, pero no soy feliz”. Es un simple comentario, pero concuerda bastante con cierta percepción general. A diferencia de lo que ocurría con la Libertad, que, aunque tiene un componente psicológico importante, se puede objetivar en unos derechos y ser defendida, la Felicidad -por el contrario- es completamente subjetiva, es decir, es un estado o la percepción de un estado interior. Por lo tanto, decir que la gente no se siente feliz es relevante, aunque sea una percepción no demostrable, como en cambio sí lo puede ser la carencia de libertad. Recuerden nuestro punto de partida, nuestra premisa: la aspiración a la felicidad tiene lugar porque somos infelices.

El personaje de James, aun en su estado, tiene una gran ventaja: sabe por qué es infeliz. Saber la causa de nuestra infelicidad es una gran ventaja que no está al alcance de cualquiera. Requiere unas dosis grandes de claridad y valor. Recuerden lo que señalábamos anteriormente sobre la pregunta a los psicólogos y psiquiatras: “no sé lo que me pasa”.

Hay otro dato importante: el personaje de Henry James tiene cincuenta años. Ha vivido lo suficiente como para cometer errores en la vida y ser consciente, en la distancia, de que no ha sido feliz, de que no aprovechó sus oportunidades y éstas, desaprovechadas, le pasan factura hoy. Podríamos llamar este estado como de infelicidad nostálgica, la conciencia de haber desperdiciado la vida tomando decisiones equivocadas. Es como si nos hubiéramos ido desviando poco a poco del objetivo, una deriva constante, y al mirar hacia atrás descubriéramos que estamos muy lejos de él. Esta forma de infelicidad requiere tiempo para producirse, la conciencia plena de que ya no es recuperable.

Pero está ese otro tipo de infelicidad que no nace de un hecho concreto, sino que refleja un estado general, una tristeza que no nace por no haber hecho algo, sino por la sensación de no poder hacer nada. Es una infelicidad paralizante, algo que va de dentro afuera y no afuera hacia adentro.

Creo que ese estado de infelicidad nace de la creencia que, al igual que ante la libertad, nos encontramos ante un derecho. Me viene a la mente el final de una de las novelas de Iván Turgeniev. La leí hace varias décadas y no recuerdo su argumento, pero sí sus líneas finales: los seres humanos son infelices porque llegan al mundo con la pretensión de que han de ser felices. Los hombres son infelices porque se creen con derecho a ser felices.

Durante las décadas que han pasado desde que leí aquel texto he pensado muchas veces en el sentido e implicaciones de la frase ante algunas situaciones y actitudes. Cuando no nos sentimos felices pensamos que alguien nos ha arrebatado algo, que nos han robado la felicidad, algo a lo que teníamos derecho. La felicidad sería un estado natural que se vería quebrado por alguna acción.

He visto muchas personas infelices por creer que alguien les estaba robando inexplicablemente su porción de felicidad. Buscan a su alrededor desesperadas una felicidad que esperan encontrar a su alcance. Tiene que estar allí.

Históricamente la exigencia de felicidad es mucho reciente de lo que pensamos. La felicidad como derecho nos sitúa ante un escenario terrenal. Ya no es algo que se nos ofrece en otra vida, sino algo que queremos aquí y ahora. Las religiones sensatas nunca han prometido la felicidad, sino la salvación, la vida eterna, etc., es decir, remiten a otro escenario. Han procurado no caer en la trampa de la felicidad. La vida es sufrimiento porque es esfuerzo, porque es un educar constante de la voluntad en la aceptación de nuestras limitaciones, un continuo superarse porque somos imperfectos. Por eso la promesa de la felicidad solo puede ser laica o de creencias poco sensatas. La felicidad como derecho surge cuando surgen los otros derechos, cuando se produce la emancipación del individuo y se le cede la capacidad de controlar su propia vida, es decir, de elegir los caminos que ha de seguir, cuando pasa a ser responsable.

La idea de la felicidad está, por tanto, profundamente unida con la de libertad. La felicidad solo se puede alcanzar si se es libre, ya que una felicidad sin libertad es infantil. Recuerden el caso del príncipe Buda. Uno elige, en su libertad, la manera de ser feliz. La idea es, pues, que cada uno es responsable de su propia felicidad; de definirla y de alcanzarla. Uno la define, pero el mundo se interpone entre su ideal y su realización. De aquí surge ese carácter trágico de la felicidad: somos infelices porque deseamos ser felices y no podemos serlo.

De ser esto así, el tipo de felicidad que seamos capaces de idear es fundamental. El mundo antiguo basaba su ideal en la renuncia, en reducir los elementos para reducir la frustración. La sabiduría consistía en comprender que cuanto mayores sean nuestras aspiraciones, mayores serán nuestras frustraciones, de ahí que la renuncia y la aceptación fueran elementos básicos. La felicidad no es tenerlo todo, pues, sino reducir los deseos a los mínimos alcanzables.

En la Crítica de la Razón pura, Kant explicaba que la felicidad es “la satisfacción de todas nuestras inclinaciones” de una forma duradera. Lo diferenciaba así de otras formas de satisfacción parciales o momentáneas. La felicidad es un estado duradero, mientras que la alegría, el placer, etc. son estados circunstanciales. Esta consideración kantiana de la felicidad no entra en contradicción con la señalábamos antes, ya que está en función de nuestra capacidad de controlar nuestras inclinaciones.

Sin embargo, tal felicidad sí entra en conflicto con el mundo moderno ya que, como hemos señalado, en lugar de reducir las “inclinaciones”, las aumenta, es decir, nuestras probabilidades de ser felices disminuyen con el aumento de nuestros deseos. El antiguo ideal de felicidad estoica se hunde ante la avalancha de necesidades creadas.

Si recordamos el siglo XIX nos encontramos con lo que Stendhal llamó “la caza de la felicidad”: individuos recorriendo su propia vida a la busca de un estado prometido, de esa felicidad que actúa como motor de sus acciones. Los lectores de Stendhal -los que no lo sean deben corregir esto inmediatamente- recordarán que sus personajes van directos no hacia su felicidad, sino hacia su desgracia, la mayor de las cuales es el desengaño. Cuando alcanzan sus objetivos, aquello por lo que han sacrificado todo, su felicidad se les descompone entre las manos. La frase que exclaman entonces esos personajes es la que representa el desengaño: “¿no es más que esto?”, “es solo esto”.

Las grandes novelas del siglo XIX nos muestran ese comienzo frustrante y frustrado de nuestro tiempo. Muchas de ellas y una parte importante de la poesía reflejan algo que se dio en llamar “el mal del siglo”, es el tedio, el ennui baudeleriano y se consideró como una auténtica enfermedad moral. El ennui era algo más que el aburrimiento, algo más que nuestra moderna depresión. El ennui era una sensación de parálisis ante el mundo, es un aburrimiento, sí, pero un aburrimiento que nos engulle sin remedio. No es casual que este mal afectara a las primeras generaciones que tenían ante sí un mundo aparentemente abierto, un mundo que ya prometía la felicidad.

Esta enfermedad afectaba básicamente a los jóvenes. El porqué creo que es ahora más fácil de entender. La mayor ruptura, la mayor escisión se produce cuanto mayor es la distancia entre el deseo y su insatisfacción o, peor, el descubrimiento stendhaliano de que no valía la pena. Lo terrible de todo esto es que no deja salida: si el deseo no se cumple se produce la insatisfacción, y si se cumple, aparece el desengaño.

Nuestra sociedad ha multiplicado sus ofertas de felicidad; de hecho ha superado todas las promesas posibles. No hay nada que deseemos que no nos esté permitido en nuestra carrera hacia la felicidad, en nuestras caza stendhaliana. No hay nada que deseemos que no nos sea ofrecido. Basta con ver una tanda de anuncios televisivos en cualquier pausa publicitaria para ver que no se nos ofrece eficacia, se nos ofrece felicidad.

Quizá como a los personajes de la película de Woody Allen, La rosa púrpura de El Cairo, o de la novela de Bioy Casares, La invención de Morel, solo nos merezca la pena vivir en la pantalla renunciando a nuestra vida real. Para que se llegue a este deseo de preferir los sueños a la realidad, se tiene que llegar a un estado de desengaño, de escepticismo y de desesperación muy intenso. Y lo peor: esos sueños ni siquiera son nuestros.

La frustración juvenil no concluyó con el ennui en el siglo XIX. Hemos tenido a lo largo del XX manifestaciones similares bajo distintas formas: se tradujo en el nihilismo del que nos da cuenta Turgeniev en Padres e hijos a finales del XIX, se planteó como angustia existencial tras los “felices veinte”, como generación Beat, y como rechazo en los distintos movimientos juveniles que han ido surgiendo desde los años cincuenta hasta hoy, de los movimientos contraculturales a los movimientos antisistema. Todos ellos son variantes de una misma actitud: el rechazo de la promesa oficial de felicidad. Porque de alguna manera, se identifican felicidad y sistema, o, para ser más exactos: los sistemas para sobrevivir tienen que prometer la felicidad. La búsqueda de la felicidad es una búsqueda dirigida, tutelada, en la que tú pareces controlar tu vida y su dirección aunque no sea así, en la que todo te promete ayuda, pero nada te ayuda realmente. Te das cuenta entonces de la vaciedad de las promesas, de que realmente esa felicidad prometida es una felicidad vacía.

El hecho de que hoy estemos aquí bajo el lema de “Los jóvenes y la felicidad” y no bajo “Los mayores y la felicidad” es significativo. Quizá, como le sucedía al personaje de Henry James que citamos al inicio de nuestra intervención, al “hombre de cincuenta años”, ya no le quedan fuerzas ni arrestos para lucubrar sobre la felicidad. Para él, no es más que el recordatorio de muchas oportunidades perdidas, de muchas dudas sobre cómo se labró su desgracia, en qué punto se equivocó y, finalmente, la duda de si pudo, en algún momento, ser feliz. La vida, como vemos, se analiza en función del cumplimiento del ideal de felicidad.

Es hacia los jóvenes hacia donde se dirigen las promesas; es lógico, son aquellos que, como solemos decir, tienen toda la vida por delante y esto significa ser blanco natural de las promesas. La promesa es el motor, el elemento que impulsa para alcanzar esa felicidad. El rechazo o la frustración se producen cuando se comprende que la función de la promesa no es garantizar lo prometido sino ponernos en movimiento, aceptar las condiciones de la promesa y, por ende, del sistema que las propone. Hacemos lo que se nos pide con vistas a alcanzar lo prometido y en eso se centran nuestras expectativas.

La reacción contra esto es algo que los psicólogos y sociólogos han detectado en el plano personal y el social: la renuncia a los grandes objetivos en beneficio de lo alcanzable, del día a día, tratar de eliminar la idea de futuro, de duración, de compromiso. Es la liquidez -lo contrario a la solidez, a lo estable-de la que habla Zygmunt Baumann o el efecto del narcisismo social estudiado por Christopher Lasch.

 

Mientras escribo este texto, me llega la música de un rap que mi hijo escucha: “mira a tu alrededor y llora” dice uno de sus versos. Creo que esa sensación de frustración está determinando el comportamiento de las últimas generaciones de jóvenes en Occidente, una frustración que va más allá de la rebeldía generacional, del deseo de afirmarse ante el mundo adulto [4].

¿Las causas…? Muchas, pero probablemente, la más clara sea la incapacidad social que estamos mostrando para producir promesas de felicidad creíbles, de algo que vaya más allá del consumo o del hedonismo. Necesitamos menos promesas y más ejemplos. Cuanto más grandes son nuestras promesas de felicidad, menos creíbles resultan. Cuanto más vacía resulta nuestra felicidad, más vacías nos parecen las promesas y, viceversa, cuanto más vacías resultan nuestras promesas, más vacía nos parece nuestra felicidad.

 

Notas:

[1] El presente texto es el de la intervención realizada el día 18 de diciembre de 2006 durante sesión que bajo el título “Los jóvenes y la felicidad”, organizada por la ONG Cooperación internacional, con la colaboración del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales a través del Programa SERADE, se realizó en la Universidad Complutense de Madrid. En ella intervinieron los sociólogos Javier Elzo (Universidad de Deusto) y José Antonio Ruiz San Román (Universidad Complutense) junto con el autor del texto. Agradezco a Cooperación Internacional la invitación y el posterior debate, muy enriquecedor, entre los ponentes y el público.

[2] Patterson, Orlando (1993): La libertad. La libertad en la construcción de la cultura occidental. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, p. 16.

[3] James, Henry (2004): Diario de un hombre de cincuenta años. Ed. Funambulista, Madrid, pp. 108.

[4] En las últimas décadas se ha producido un fenómeno nuevo al que se ha denominado con el nombre de un personaje literario. El psicólogo Dan Kiley lo formuló en 1983 como el “síndrome de Peter Pan”. Lo podemos ver descrito desde dos puntos de vista. Por un lado, se aplica a aquellas personas inmaduras emocionalmente, que mantienen un comportamiento infantil en la edad adulta; pero el síndrome tiene también otra cara: la de los que no desean crecer. Este es el fenómeno realmente nuevo. A mi modo de ver este fenómeno es uno de los que revelan el efecto de la promesa: es el descubrimiento del futuro como trampa, el futuro como destierro, como expulsión. Aunque algunos lo interpretan como el deseo de quedarse en la comodidad de la infancia, también podemos apreciar el rechazo al mundo adulto. La persona queda atrapada entonces en una zona de nadie, una zona ambigua entre la infancia/juventud y la madurez.

 

© Joaquín Mª Aguirre Romero 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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