Análisis mítico-simbólico de los textos literarios
fundadores de la Argentina

Alejandro Hermosilla Sánchez

adler136@hotmail.com
Universidad de Murcia


 

   
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“Atiende a la plegaria de tu siervo y a su petición, Yahveh Dios mío, que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del que dijiste: “En él estará mi nombre”. Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos, declarando culpable al malo, para hacer recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo para darle según justicia.
      1Reyes 8, 28-29.

“He escuchado la plegaria y la súplica que has dirigido delante de mí. He santificado esta Casa que me has construido para poner en ella mi Nombre para siempre; mis ojos y mi corazón estarán en ella siempre”.
      1Reyes 9, 3.

“Hizo el rey que la plata fuera tan abundante en Jerusalén como las piedras”
     2 Crónicas. 1, 15.

“Por la ira de Jehová de los ejércitos se oscureció la tierra, y será el pueblo como pasto del fuego; el hombre no tendrá piedad de su hermano.
   Cada uno hurtará a la mano derecha, y tendrá hambre, y comerá a la izquierda, y no se saciará; cada cual comerá la carne de su brazo”.
      Isaías 9, 19-20.

 

Una de las asimilaciones a través de las que Occidente reinterpretó la historia del judaísmo para dotar un sentido y un destino a su presencia en América nos ha de referir, si nos situamos en las tierras argentinas, a la metonimia que se pudo establecer entre la región de Tarsis, cercana al Edén que se nos refiere en las tradiciones bíblica y fenicia como el “País de las piedras preciosas”, “el país de los metales” y la zona que bordea al río de la Plata. Era ésta una región no muy lejana a la nueva Jerusalén fundada por Salomón donde la plata no sólo era prolífica sino que su abundancia llegó a devaluar su valor en beneficio del oro y fue allí, como sabemos, donde Jonás decidió huir, quiso partir, olvidando el mandato de Yahvé de predicar contra la procelosa ciudad de Nínive.

Occidente concibió entonces un retorno a aquellos tiempos del mítico reinado de Salomón, una nueva oportunidad de reconstruir la ciudad de Jerusalén y la seguridad con la que la Ciudad de los Césares volvería como la antigua Tarsis a enriquecer a los descendientes del legado judaico que, gracias a la Providencia divina con la que Jesucristo permite el retorno del reino de Dios a la vida del hombre, consiente concebir una nueva Jerusalén bañada y enriquecida en el abundante oro y plata que debía haber en las tierras argentinas.

En este sentido, a pesar de que la zona donde se fundará Buenos Aires estaba muy lejos del Nuevo Perú en donde realmente se libraban las batallas importantes de la conquista y en cual la ciudad de Potosí y sus minas hacían soñar con fortunas, estas sí reales, a sus explotadores, es lógico considerar que habría un cierto barniz de la historia bíblica en el inconsciente del conquistador a la hora de decidir, aunque fuera por motivos estratégicos, realizar las primeras fundaciones de la ciudad.

Es entendible, desde este punto de vista, que cuando España expulse a los árabes y judíos de su territorio, embelesada con el recuerdo de la región de Tarsis, disponga sus nuevos emplazamientos en Argentina ayudada por el brazo pagano de sus armas para refrendar la fundación de una nueva Jerusalén. La alianza del germen cristiano y pagano tiene uno de sus mejores ejemplos en la manera en que se realizarán estas fundaciones, en la invasión que de la considerada nueva tierra hereje va a realizar España que, como si se tratara de las tropas imperiales y cristianizadas de Tito, fundará estas ciudades expulsando a las tribus que viven en estas tierras consideradas como sacrílegas.

Sin embargo estos nuevos emplazamientos están ya constreñidos por un hecho oneroso. Dios mismo rasgó el velo de la antigua Jerusalén al ser su hijo crucificado en la cruz. Cristo lo dejó claro entonces. No hay lugar sagrado más que el del corazón del hombre dispuesto a convivir fraternalmente con los demás hombres. Allá donde un hombre se encuentre en paz con sus semejantes habita Jerusalén, la ciudad prometida y concedida a los hombres por Dios. Las distintas ciudades, Constantinopla, Alejandría o Roma con el mero manejo litúrgico, farisaico, de las doctrinas de Cristo lo ponen aún más de manifiesto. En el corazón del hombre es donde hay que buscar Jerusalén. Pretender construir una nueva Jerusalén a partir de las armas y el legado testamentario, bíblico, que la historia quería conceder al conquistador era volver a repetir los hechos que propiciaron las desgracias de esta ciudad durante siglos.

En su conocido ensayo El nombre secreto Héctor A. Murena, al relatar el fracaso posterior de estas fundaciones y el error fundamental a través del que están construidas estas primeras fortificaciones, nos va a referir la actitud del conquistador poscolombino apartado para siempre de las fuerzas sacras de la religión que lo unían a su tierra y al olvido del tronco espiritual que uniendo la construcción de estas ciudades a uno de los nombres secretos de Dios, les permitían poseer un poder simbólico a través del que fundarse como signos de la sacralidad, capaces por tanto de ser morada y refugio de la ciudadanía por encima de las circunstancias azarosas de la vida.

Para ejemplificar su teoría Murena nos referirá los distintos nombres de Roma como consortes que sostienen, protegen y aseguran la ciudad más allá de las distintas razas de hombres que la gobiernen. La ubicación del nombre secreto va a ser igualmente una cuestión que otorgue su misión de perdurabilidad y trascendencia a Jerusalén.

Sin embargo, ya en la asunción judía de la nueva Jerusalén hay una serie de rasgos espurios que van a condicionar de una manera u otra no sólo su futuro destino que la verá asolada por el pasto de las llamas y que eliminará la presencia de la cultura hebraica en ella, sino también una serie de condicionamientos y de leyes que en la alianza entre los hombres y Dios, éste último les vuelve a recordar para asegurarse su perduración en la ciudad. Entre ellas vuelve a resonar la necesidad de que únicamente le sirvan a él si no quieren verse expatriados y vueltos a la patria que hasta entonces les configuraba que no era otra que el destierro: “si vosotros y vuestros hijos después guardáis los decretos que os he dado, y os vais a servir a otros dioses postrándoos ante ellos, yo arrancaré a Israel de la superficie de la tierra que les he dado; arrojaré de mi presencia esta casa e Israel quedará como proverbio y escarnio de todos los pueblos”. [1]

Es por este celo en su mandato que en ese libro esencial de la teoría gnóstica que es el Libro Sagrado de Juan, a Yahvé se le va a asimilar con Yaldabaot. Este sería un Dios que, ansioso de ser considerado como único señor, deseando ser adorado y desafiando a las fuerzas reales de la creación, Barbelo, construiría un primer Adán a través del que sentirse amo y señor de este mundo. Precisamente se nos comenta en el texto que la fuerza y celo, el empecinamiento con el que Yaldabaot declara a sus súbditos ser el único Dios verdadero negando la existencia de otros posibles dioses, mostraba la existencia de éstos y lo alevoso de su confabulación.

Esencialmente, en la conjura a través de la que la cultura judía se mostrará tan celosa de su Dios como éste de su pueblo, habrá de ser necesaria una operación fundamental a través de la que constituir la promesa de su reinado sobre la tierra que luego la cristiandad en su deseo de mostrarse como elegida para llevar los valores del reino universal de Jesucristo al mundo no podrá evitar, cayendo en los errores del judaísmo, como denunciarían los gnósticos. El hecho consistirá en cómo el judaísmo querrá apropiarse del nombre secreto de Dios al ubicar en las cuatro consonantes impronunciables que aparecían inscritas en el Arca de la Alianza (YHVH) tres vocales procedentes del término Aidonai (“señor”) del cual surgió Jaihovah que es el nombre que se corresponderá con su traducción castellana en Jehová o Yahvé.

Es así que la cultura judía fundará su “conspiración” monoteísta y dará visos a su culto de verdadera religión frente al politeísmo característico de otros cultos que ahora serán llamado paganos, y que nunca llegaron a cometer esa osadía, intentando a través de los distintos nombres divinos que ilustraban sus creencias concretar en variadas figuras la pluralidad de su único nombre jamás revelado y descifrado. Nombre que debía mantenerse oculto para permitir a los hombres fundar una vida múltiple y diversa enraizada en la sacralidad de sus existencias, que podían y debían ser exterminadas en el momento en que se atrevieran a desvelar el nombre imposible, intentando saber aquello que Dios conocía.

Precisamente, cuando Yahvé permite al pueblo judío, gobernado ahora por Salomón, realizar la construcción del Nuevo Templo en Jerusalén y da por cumplida la promesa realizada al rey David, no sólo va a conceder unas leyes y reglas que podrían asegurar la temporalidad a la edificación sino que también decide aposentar su nombre siempre oculto en la misma.

Es el hecho de haber creído descubrir el nombre secreto de Dios o el haber sabido concebir y convencer al resto de culturas que este podría ser Yavhé, anulando, por tanto, la rica polimorfia divina, lo que confiere a la cultura judía, entre otros aspectos, su carácter de raza elegida. Sin duda es también lo que urde su fracaso. Haber querido doblegar el nombre de Dios gracias a la presunción de haber descubierto un nombre secreto, que sus más altos jerarcas nunca llegarán a desvelar, no podrá inevitablemente sino llevarle al destierro.

Es esta presunción de haber averiguado el secreto más celosamente guardado por Dios, que, por tanto, confiere a la cultura hebrea la capacidad de adivinar un rostro que el Dios judío ni siquiera se dignó a mostrar a su hijo predilecto Jacob la que, unida al advenimiento de Jesucristo, habrá de dotar y empujar al cristianismo, una vez unificado el legado judeo-cristiano gracias a la reforma de Constantino, a realizar su misión imperial y episcopal.

De esta manera, el conquistador poscolombino al llegar a las tierras americanas pensaba que simplemente debía nombrar un territorio y clavar la espada de la cruz sobre él para que éste le perteneciera. Si el hombre había sido merecedor de que incluso el hijo de Dios hubiera descendido a la Tierra para redimirlo del pecado, la culpa ya estaba lavada, el pecado de Adán y Eva abolido, y había llegado el tiempo de disfrutar sin vergüenza de los frutos del paraíso terrestre sin que la brutal sombra del trabajo o el deber tuviera que ceñirse sobre los rostros de los nuevos dioses de América.

El conquistador podía, debía ser el nuevo Dios de este nuevo mundo, del paraíso. Y nombrarlo a su antojo como ya antes Yahvé lo hubiera hecho con los distintos seres y cosas que componían el jardín del Edén. Podía volver a vivir la bendición de la vida adánica y que cada una de sus palabras fuera obedecida transformando el nuevo mundo según sus deseos.

Él era un salvador pues, al tiempo que bautizaba a ese mundo perdido y sin conciencia de sí mismo que era América, le concedía un ser y le redimía de uno de sus más temibles pecados: no tener memoria de sí misma, estar la mayor parte de ella, fundada en el más insólito presente, removida en las lejanas olas del olvido que no les permitía concebir la distante caída en el tiempo de la humanidad, recordar el secreto nombre de Dios y la muerte que su hijo había sufrido por redimir del primer pecado adánico a toda la humanidad.

Por tanto, en los actos de fundación de las nuevas ciudades, no era necesario conjurar, como se hiciera antiguamente, un nombre secreto, para fortalecer, para santificar celadamente con este nombre, el idilio y respeto muto entre las fuerzas divinas y terrenas, como sugiriera Murena: “Las ciudades poscolombinas (…) no tuvieron nombre secreto. (…) El nombre secreto, era por entonces algo que el hombre soi-disant cristiano había dejado de considerar y entender”. [2]

Para aquellos que habían asumido aun inconscientemente ese subrepticio engaño a través del que el culto judío se había hecho acreedor a conocer el nombre del Creador, el significante utilizado para erigir la nueva construcción, para nombrar a los componentes de la nueva tribu desconocida era entonces reflejo de la divinidad, raíz a través de la que todas las cosas y hombres del mundo se sometían al dictado de las palabras.

La asunción que de este hecho había realizado la cultura católica en su alianza con la burguesía y los estatutos científico-técnicos que comenzarían a desarrollarse en el Renacimiento, sin embargo, no podría tener consecuencias peores para Occidente y, en este caso, para América, justificando por tanto una sumisión al olvido de las raíces a través de las que los seres se enraízan en el mundo, en el tiempo.

Pues si, como subrayara Murena, el nombre secreto era la dimensión espiritual de la nueva fortificación, “símbolo del renovado matrimonio de la tierra y el cielo gracias a la mediación de los hombres, es el ser del vivir en común, lo que la comunidad posee en común y la comunica. (…) El creador real del fenómeno que constituye la ciudad rectamente habitable y habitada por los hombres”, [3] relegarlo, por el contrario, suponía fundar una ciudad edificada a mayor gloria del olvido. Arriesgarse en un pulso infame con Dios a ser atrapados en el furibundo huracán de la desaparición, pues sin alianza entre lo divino y lo humano no existe freno que pueda separar el yugo despótico de la mano del hombre abrazando la vara de la justicia sin riendas y desatando el poder de las Moiras enfurecidas ente la osadía de no haber seguido un ritual consensuado para abrir la caja de Pandora y encontrar el secreto nombre que respondiese y resguardase a los futuros habitantes de esa ciudad, esa sociedad.

En este sentido, don Pedro de Mendoza y su ejército no van a vacilar en conceder un nombre, que permita adherir esa nueva tierra a los dominios divinos de los reyes de España. Un nombre sacerdotal (siempre concedido en memoria de un santo o de la deidad mayor de la cosmogonía cristiana), que en este caso será Santa María del Buen Ayre, y el nombre público a partir del cual el nombre se asociará al latir de la comunidad y se hará valor de transacción en el tráfico y comercio con las otras ciudades que será Buenos Aires.

Ulrico Schmidel refiere este hecho lejos de toda majestuosidad y con una simplicidad ecuánime con la perdida de la referencia sagrada que del hábito de la existencia, realizará el conquistador renacentista: “construimos una ciudad que se llama Buenos Aires”. [4] Sin dudar y sin cuestionar. Como si se tratara de un páramo perdido de Castilla que aun se encontrase, hasta ahora, sin rescatar del dominio árabe y judío, que yaciese, yermo y sin arar, como un maldito despojo, en algún perdido confín del reino español. Pero, simbólicamente, por fuerza de las circunstancias que los llevarán a guerrear con los aborígenes, esta fundación no podrá pasar apenas del primer paso, que conforme a la costumbre romana, no era sino establecer un castrum, campamento militar y de la ceremonia de la inauguratio, de la que en Buenos Aires apenas tenemos noticias. No. El hambre y la desolación serán los principales componentes de la primera fundación de Buenos Aires, fechada en el año de 1536: “Ninguna otra capital de América tuvo comienzo tan desastroso, tan mísero. (…) De nada le valió (..) el agüero del nombre”, [5] nos señalará Enrique Larreta.

En efecto, el nombre de María, la maternidad anhelada y ansiada por aquellos cristianos que como la compañera de don Pedro de Mendoza, Elvira, dibujada por Larreta, exclamase, estaban condenados a estar “noche y día errando, errando”, [6] poco cobijo podría conceder a estos hombres cuando la impostura nominal a la que se aferraban, les enfrentase con la verdadera realidad: haber transgredido los límites de un territorio extranjero en donde las diosas que fecundan y hacen germinar la tierra eran muy distintas a la casta madre de Cristo. Resguardarse tras el nombre de María, mujer libre de toda culpa, luminosa llama que aleja todo pecado del cuerpo y cierra las compuertas del deseo corporal a los ángeles caídos, suponía denegar la realidad más que afrontarla. Significaba envolver a la realidad en un telúrico sueño de utópica pureza gracias al que el conquistador enfrentaba la ilusión de olvidarse de la nueva tierra donde había caído. Comenzar a exigir al proteico nuevo mundo que le rodeaba que se conformara a sus intereses, denegándole la posibilidad de su propia libertad, de su propio hacerse y configurse libérrimamente ante sus ojos necesitados de encontrar un rincón familiar en el que albergarse, de encomendarse a los iconos y símbolos que lo hubieran protegido en el seno materno de la antigua tierra occidental de la que procedían. Suponía una afrenta al nuevo territorio que se descubría, reconocía por primera vez, en cuanto imponer el modelo mariano, asexuado e incorpóreo a la nueva tierra descubierta llevaba implícito la negación de los miembros del cuerpo, las vías vitales por las que la sangre americana había latido antes de la llegada del conquistador hispánico. En suma, era una retirada más que un avance, una manera de volcarse inconscientemente en el desconocimiento, en la total ceguera hacia el nuevo continente descubierto más que una manera o recurso para profundizar en él. Así lo entendería Germán Arciniegas, resaltando la actitud cegada de los conquistadores de América, su negación del alma americana y la herencia cainita que los mismos recibieran a la hora de entender la construcción de las ciudades en el nuevo territorio más como escondites, madrigueras o refugios en los que protegerse a la vez de la naturaleza americana y del padre hispánico que como entidades comunales destinadas a perdurar: “No es posible considerar como descubridores a quienes (…) se afanaron por esconder, por callar, por velar, por cubrir todo lo que pudiera ser una expresión del hombre americano”. [7]

Es curioso que, como nos relata Ulrico Schmidel, fuera la tribu de los querandíes, una raza errante, nómada, la primera con que la tripulación de Mendoza estableciera contacto, en el momento de la fundación: “Estos querandíes no tienen morada fija, sino que van vagando por el país, como entre nosotros los gitanos”. [8] Como tampoco deja de llamar la atención que los mismos, ante la escasez de agua y alimentos, tuvieran por costumbre beber sangre ante el temor de la muerte provocada por desnutrición, en un hecho que aun horrorizando a los cristianos, pronto repetirán miméticamente.

Buenos Aires se negaba a existir, a levantarse, puede que como signo inconsciente de lo que su fundación poseía de gesto “desacralizador”, de usurpación, quién sabe si mostrando ya el signo indeleble, jamás estable, duradero, conciliador, fijo, que la va a caracterizar: “lo que se levantaba hoy, se derrumbaba mañana”,[9] dirá de ella Ulrico Schmidel. Aunque, en realidad, puede que esta primera imposibilidad de sostenerse en pie no fuera sino una simbólica advertencia que comunicara a todos aquellos hombres herederos del destino inherente a la figura del judío errante de la prohibición de establecerse en tierra alguna a no ser que quisieran convocar las sagradas fuerzas, los flujos de su propia perdición. Que ellos debían, siendo fieles a la herencia comercial judaica, sumirse en los recorridos y las costas del oro pero jamás aposentarse sobre una ciudad recién fundada, pues este insólito hecho les haría ser ahora herederos del signo de Caín: el fundador, según la Biblia, de la primera ciudad, Henoc, nacida de la pena, la tristeza y la errancia de signo negativo que vive Caín tras haber cometido su crimen contra Abel. Y que atreverse a construir una nueva ciudad, nombrar la nueva tierra como si les perteneciera por rango divino a partir de su nueva configuración de hombres adánicos que pretendían negar la caída, era, como lo enseña el gnosticismo, sobrepasar el límite infranqueable entre hombres y dioses y, como el primer hombre, arriesgarse a penetrar en los parajes de la animalidad que fue configurando al país argentino desde sus primero balbuceos.

Era, en definitiva, hacerla partícipe del pecado original con el que el cristianismo la condenaba para siempre a su anónima conciencia de culpa que el nombre mariano intentaba desesperadamente negar y que harían proclamar a Murena siglos más tarde de su fundación, sus famosas palabras: “nacer o vivir en América significa estar gravado por un segundo pecado original” [10] y que, por ejemplo, asimismo, llevarían a exclamar a Larreta:“Ahí estaría la primera manzana, la manzana original. Ciudad, pecado”. [11]

En nombre de la cultura y el humanismo, los valores de la civilización recorrida por el espíritu de la razón, se quería imponer un rostro llagado por las costras del dolor a la naturaleza y el hombre americano. Pero esto ya suponía la falta mayor. E invocaba un futuro destierro de los territorios del espíritu asaltado ahora por la animalidad y bestialidad que dotarán con sus rasgos asalvajados y bárbaros un cariz inequívoco a esta primera fundación.

Justamente, tras una batalla entre los querandíes y las tropas hispanas, cuyo rastro sangriento debilitará las ya escasas fuerzas de los conquistadores, éstos se encontrarán en una insostenible situación, provocada por una escasez absoluta de víveres, de medios de alimentación, que engendrará toda clase de muertes, penurias y áridas escenas.

Sin duda, la más conocida, al parecer acaecida el mismo día del Corpus Christi cristiano, cuyo sello indeleble ha dejado un rastro y una influencia rastreable en la conformación civil de la futura sociedad argentina, inspirando uno de las más intensas narraciones de Múica Laínez, [12] va a ser aquella a través de la que un soldado español, de nombre Baistos, ante el insufrible hambre va a acabar devorando el cuerpo de su hermano muerto. Centenera la describirá así: “estaban dos hermanos,/ de hambre el uno muere y el rabioso/ que vivo está, le saca los livianos/ y bofes y asadura, y muy gozoso/ los cuece en una olla por sus manos/ y cómelos, y cuerpo se comiera,/ si la muerte del muerto se encubriera./”.[13]

La importancia real y simbólica de esta historia fundadora será definitiva, decisiva, en cuanto la misma mezcla en ella ya, los dos pares antitéticos y contradictorios, civilización y barbarie, que conformarán el desarrollo de la historia argentina a lo largo del tiempo. Sugiere ya las luchas fraternales sin piedad que se van a producir en el futuro entre unitarios y federales (dos distintos rasgos del mismo rostro desesperado), herederos de las tropas de compañeros que no vacilarán en cortar la yugular a su mismo hermano, si con ello consiguen asegurarse un alimento que, como a Tántalo, nunca les será suficiente para someter la ambición de sus estómagos. Ambición que se encuentra enraizada en esta penuria inicial, reflejo y producto rapaz del carácter desacralizado con el que se realiza la fundación de la sociedad porteña, que sólo puede conducir según René Girad a “un desencadenamiento fatal”. Pues como indica el teórico francés, en el momento en que “lo sagrado se aleja demasiado se corre el riesgo de descuidar o incluso olvidar las reglas que, en su benevolencia, ha enseñado a los hombres para permitirles protegerse de sí mismos”, [14] permitiendo que el flujo de fuerzas animalescas y la violencia escondida tras los pactos sociales de no agresión entre los individuos, surjan furiosa, irremediablemente, envolviendo a los hombres en el tiempo de la autodestrucción.

Definitivamente, la historia de Baistos y su hermano nos lleva a enfrentar la construcción de la ciudad en torno a una raíz sangrienta y obliga a que la lectura tradicional realizada en torno a la historia de Caín y Abel haya de ser modificada en cuanto la confusión entre los rostros de los dos hermanos y la ausencia de una ley que rija sus actos empareja de tal manera al asesino y al asesinado, a la supuesta víctima y al culpable que va a resultar imposible de sostener la visión maniquea de esta historia de origen occidental.

Si comprendemos que tanto Baistos como su hermano eran dos forasteros en tierra extraña cuya motivación principal era apoderarse de las riquezas del nuevo paisaje visitado, se observará, en primer lugar que, desde el principio, la posibilidad de una ley que ajuste sus actos al ágora social que pensaban fundar, en el que deseaban desenvolverse, estaba abolida desde el momento en que responde más a un codicioso deseo de oro que a una necesidad real de fundar una sociedad igualitaria. Al mismo tiempo, al ser marineros que viven una suerte de exilio en América, los dos son herederos del destino congénito a Caín. Su lucha desesperada por huir del hambre y de las penurias de la expulsión de Occidente nos habla de la necesidad de fundar la ciudad a partir de la noción de destierro y como un escondite del que huir de una falta cometida o a cometer. Porque el destierro lleva implícito una penalidad, el pago de un pecado ulterior cometido en Occidente y a repetir en América que encuentra a los dos hermanos huérfanos del padre hispánico, el portador de la ley, y por tanto, permite un espacio abierto, de trasgresión aun sin ocupar por nadie, en el que las fuerzas que pugnan por aposentarse en el nuevo territorio aparecerán desorbitadas, fuera de sí, sin control alguno que pueda retenerlas, instaurando, por tanto, la violencia o el crimen como referente ineludible a partir del que comenzar a construir, edificar. O mejor aún, a partir del que negarse a ser, a vivir. Pues en la medida en que la construcción de la nueva edificación lleva implícita la noción de pecado, y es observada como ámbito de refugio o destierro más que futuro entorno habitable, el escondido deseo de los ciudadanos, hermanos de culto y religión que la fundan, es huir de su construcción, su levantamiento. Exactamente, el silencio divino, de la naturaleza, el anonimato, el territorio de sombras a través del que aparece esta historia, así lo ratifica: la ciudad que se desea fundar es un caduco refugio del que huir en cuanto su construcción muestra la verdad última de la que se quiere escapar y que no es otra que la realidad del exilio.

A su vez, el gesto de Baistos comiendo el cuerpo de su hermano empalado sobre un poste como un Cristo abatido establece una simbología radical a través de la que el mensaje del Dios de la cristiandad que se pretendía traer a la nueva tierra es negado. El amor entre los hermanos de un mismo culto, el sacrificio por y para el otro es extirpado de raíz desde el momento en que se decide fundar una ciudad sin respetar los códigos del nuevo territorio invadido y son los jirones del cuerpo del hermano muerto introduciéndose en el estómago de Baistos -un ángel caído sometido a los extravíos de la vida terrenal- su mayor constatación.

Y al mismo tiempo, en la medida en que el hermano muerto ya purga la culpa de haber invadido el nuevo territorio sin piedad con su inmisericorde muerte, no hay una motivación última que lo separe en principio de Baistos. Y en este sentido, -al ser los dos invasores desleales por igual de la tierra descubierta- se produce una asimilación entre ambos que sólo podrá separarse por el gesto asesino que llevará a Baistos a la necesidad de comerse, de hacer desaparecer el cuerpo de su hermano para poder sobrevivir. Porque, en última instancia, tanto Baistos como su hermano (como tantos ciudadanos argentinos que les continuarán) se encuentran igualados en el destierro y sólo aquél que sea capaz de devorar el cuerpo del otro, de no dejar ratro de su hermano en el exilio, podrá hacerse con la nueva tierra y sobrevivir en ella.

En este sentido, el ejemplo de Baistos servirá para validar en el país argentino, desde un principio, la ley de la supervivencia, la ley darwinista del más fuerte como necesario recurso para separarse del hambre espritual y real que tantas veces corroerá a los ciudadanos argentinos. Y servirá de modelo inaugural para distintos gobiernos que inconsciente, fatalmente, por una suerte de mimetismo de funestos resultados, deseen alcanzar el poder sin ley de esa tierra de destierro que será Argentina, sin temor a ejecutar, hacer desaparecer el cuerpo de sus hermanos en el destierro. Como, a la vez, y en el momento en que los distintos gobiernos y partidos políticos de la Argentina realicen su particular e interesada versión de esta historia en la que tanto la víctima como el culpable son realmente imposibles de diferenciar, (situándose del lado de la supuesta víctima, hermano de Baistos, Abel, al que hay que vengar para acogerse, paradójicamente, a la actitud rapaz de Baistos, Caín, con el fin de justificar la eliminación del partido opositor o de los elementos alógenos que se desea extirpar de la sociedad) se convalidará necesariamente la violencia civil con la que tras un inconfeso mesianismo se camuflarán prometiendo a la ciudadanía redimirles de esta culpa y falta original que anuncia la historia fundadora.

Del mismo modo, es interesante destacar, siguiendo las directrices que para Alban Bensa permitían que en las antiguas tribus cananeas de la antigüedad, un extranjero llegara a ser jefe, guía de un grupo diferente al suyo, que la historia de Baistos impone a éste como un espectro fortuito que devendrá en símbolo del nuevo territorio de manera sorpresiva precisamente gracias a su acto de canibalismo. Pues como ha señalado este autor, para que un inmigrante, un extranjero, consiguiera imponer su ley sobre el nuevo territorio y tribu invadida, para que su estirpe fuera aceptada en el nuevo territorio y tribu invadida, para que su estirpe fuera aceptada en el nuevo territorio, era necesario que ingiriera el cuerpo de hombres descendientes de su clan de adopción. De esta manera, sólo podía ocupar el puesto del jefe muerto cuyo espectro progresivamente iría apareciendo en cada una de las distintas etapas que configurarían a la comunidad, aquel hombre que, asimismo, estuviera dispuesto a comer el cuerpo de sus hermanos, a devorarlos y que, viniendo de otro lugar no temiera hacerlo para ser, finalmente, rey portador de los destinos del nuevo grupo y territorio al que se integraba.

Por tanto, la historia de Baistos y su hermano apunta a que el nacimiento de la Argentina y gran parte de su futuro se realiza, desde este punto de vista mítico, según la leyes arcaicas, aún no evolucionadas del Antiguo Testamento y nos remite al fracaso de la novedosa y libre construcción trazada por Cristo en el Nuevo Testamento. Esto es, nos refiere a la imposibilidad futura del trazado de una ley firme en el país argentino, la implantación de una noción ética que pueda permitir augurar un mínimo consenso en la jauría de horror inhumano que lo configura desde sus inicios, vincular un mínimo atisbo de cordura en el ámbito de la incesable violencia original. Al mismo tiempo, esta historia fundadora permite preceder el tiempo sin arraigo que fundará el expolio y el robo, como referente cíclico al que volver, cuando se quieren comprender los porqués de los distintos momentos de la nación argentina, las manos que silenciosamente se arrastran entre el suelo y no dudan en abrazar cualquier ardid para la supervivencia, con tal de no repetir la historia inaugural: “comienzan a morir todos rabiando,/ los rostros y los ojos consumidos,/ a los niños que mueren sollozando/ las madres les responden con gemidos,/ el pueblo sin ventura, lamentando,/ a Dios envía suspiros doloridos,/ gritan viejos y mozos, damas bellas/ perturban con clamores las estrellas”,[15] nos refiere Centenera en precisos versos que exponen las angustiosas condiciones de esta fundación.

Y a la vez, acierta a presagiar los contornos de una ciudad que ya nace ciega, sin elegido, sin rostro, sin guía ni héroe al que poder asirse para conformar un destino que no sea el del asesinato o la autodestrucción. Una ciudad, por tanto, sellada por el estigma de Caín. Sin un cónclave que no sea la mentira del oro, a la que dedicará Mujica Laínez unos ejemplares versos, para vincularse a la energía poderosa que asegure su futura trascendencia: “Mi ciudad, que tenías por adorno y decoro/ Un marchito pendón, con un escudo de oro, /Del oro siempre ausente, gran señuelo amarillo”. [16]

Definitivamente, el primer poema que inaugura la narrativa del Río de la Plata, y que recoge lo que los espeluznados ojos de Fray Luis de Miranda contemplaron estremecidos, desde su mismo nombre, Romance elegíaco, refiere la “contradictio in terminis” que se ampara bajo su nacimiento. El primer canto dirigido a Buenos Aires es un réquiem, una elegía. Se erige a partir del llanto. A partir de la constatación de un fracaso. Lejos de ser una salve o una gozosa melodía en honor al nuevo recién nacido remite a un final: un funeral de hombres ancianos, exhaustos, agotados de sí mismos, viejos adanes cansados de burlar a Dios. Comienza a afianzar “el lamento, la queja y la lágrima”, elementos estériles y desterradotes de toda risa u alegría, como “formas de la resignación, maneras de afirmar y afianzar un statu quo” que consigue hacer irreversible e irreparable un imperfecto estado de cosas”, a través del cual visualiza Graciela Scheines al país argentino. [17]

Finalmente, ese sombrío rastro de ciudad que es la primera Buenos Aires perecerá asaltada bajo el pasto de las llamas en un incendio, suerte de símbolo purificador provocado por los querandíes, que acabará con la totalidad de una ciudad jamás levantada, monstruo de pies de barro que se niega a levantarse sobre unas raíces que no le pertenecen. Como si esa Babilonia futura que se predice en ella comenzara con su final. Con su destrucción. En un camino siempre recorrido hacia atrás en el tiempo que la soñará futura Babel de pueblos que, unificados bajo un mismo lenguaje, intentarán vengarse de Dios por el ultraje humillante cometido a su dignidad en la misma, las penurias pasadas para construirla. Más Sodoma y Gomorra que nueva Jerusalén: “Santa María del Buen Aire; ¡tierra puerca!”, [18] dirá, mientras escupe al suelo, un anónimo integrante de la tripulación de Mendoza, Julepe, en la ya mentada obra de Larreta.

Una Jerusalén imposible de resucitar aquí, pues ya el error cometido por el pueblo judío estaba adherido a los hechos que dieron a luz esta primera fundación. El nombre de Yahvé no era un nombre secreto sino un atributo recubierto de santidad a través del que el pueblo judío se ratificaba a sí mismo y se resguardaba para conseguir hacerse con los mandos de la ciudad añorada. El futuro desalojo de los descendientes de Salomón de la misma ya estaba escrito desde el momento de la construcción del templo así como las futuras atrocidades cometidas en ella. No en vano, Yahvé había dicho a Salomón durante la construcción del templo que éste sería derruido y el ejército de Israel sería vencido mientras no se respetase al prójimo, pues atentar contra éste era hacerlo contra las leyes de Dios y de los hombres, y que el desconocimiento del nombre secreto de Dios era el reflejo más evidente de la impureza de su pueblo.

El Misterio de la epifanía, cuya llegada envuelta en el velo blanco de una paloma anunciaba la posibilidad de una paz global que acabase por frenar las continuas revanchas ancestrales, no fue posible entonces. El maná protegido (fruta lozana de la edad de oro) que prometiera Yahvé a su pueblo nunca llegaría mientras la avaricia prendiera en los corazones de los hombres, como dijera Cristo. Las raíces del hambre que asolaría a Buenos Aires no estaban en la naturaleza del suelo sino en los corazones de los hombres que llegaron. Éstos, putrefactos por la llama del odio y un rencor pagano hacia cualquier atisbo de trascendencia, se removían en la más diligente animalidad, conjura de ángeles caídos bajo los cimientos de su propia carnalidad. Alimentaban un culto pagano de héroes irredentos forzados únicamente al triunfo que denegaba cualquier sacrificio y surgían como demonios abrazados a sus espadas de fuego para imponer su propia y única ley, olvidados de que adorar como fuente única de la existencia al oro y levantar sus armas en torno a un Dios cuyo rostro oculto decían conocer había facilitado, permitido el derrumbe, la caída de Jerusalén, de Roma.

Luis de Miranda escribirá atónito los más famosos versos dedicados a esta primera Buenos Aires fundada por y a través del espanto: “Fue el hambre más extraña/ Que se vio;/ (…) Las viandas más usadas/ Eran cardos y raíces/ Y á hallarlos no eran felices/ Todas veces./ El estiércol y las heces/ Que algunos no digerían/ Muchos tristes lo comían/ Que era espantoso;/ Allegó la cosa a tanto/ Que, como en Jerusalén/ La carne de hombre también/ la comieron./ Las cosas que allí se vieron/ no se han visto en escritura,/ Comer la propia asadura/ De su hermano”. [19]

Como nos refiere Ulrico Schmidel, finalmente Pedro de Mendoza morirá en el mar, jinete de dos mundos a los que ha extirpado de su configuración sacra con su gesto, acaso lavando en la inmensidad del océano de agua que permite a los hombres renacer y dormirse en las corrientes del olvido una vez que han sido purificados por su roce, la culpa que ha de configurar a los hombres que no supieron traspasar la frontera, límite de fuego, de su propio lenguaje, impidiéndoles recordar quiénes eran.

Sin embargo, estos hechos no permitirán desfallecer del todo el empuje del Reino Español por trazar en sus terrenos un emplazamiento definitivo. Buenos Aires es ciudad que ha de ser construida y cristianizada a la fuerza, pues representa un cónclave ineludible para el rescate de ese oro nunca hallado que se cree que habita cercana a ella. La expulsión forzada de los cristianos después del incendio que asoló la Roma de Nerón no degenerará más que en futuros y definitivos intentos por arraigarse en ella. Roma debía ser ciudad emblema del imperio de la cristiandad. La hermandad entre el pagano y el cristiano debe forjar los mimbres de una nueva civilización. Y efectivamente, Buenos Aires será fundada por segunda vez. A la región de Tarsis se va desde Jerusalén. La mejor y más sólida manera de controlarla.

Significativamente, antes de su despedida, Mendoza designará gobernador a Juan de Ayalas, quien no dudará, al conocer las noticias de la famosa Sierra de la Plata, en partir en busca de ella, olvidando a Buenos Aires y su decrépita fundación, en pos del verdadero sueño: el oro. Es allí donde el conquistador encuentra su verdadera pasión. Sin dudar. En el vuelo migratorio sin cesar que permite al judío errante contar las distintas monedas que guarda en sus bolsillos. En el movimiento continuo que le libra de construir una ciudad en la que guarecerse de su desgracia y vivir la vida de lamentos que conduce a Caín a maldecir su desventura. El destino de los hombres está escrito en líneas de fuego.

 

Notas.

[1] 1 Reyes, Capítulo 9. vers, 6,7.

[2] Murena, Héctor. A. Visiones de Babel. Fondo de Cultura Económica. México. 2002. pág., 380.

[3] Ibídem.

[4] Schmidel, Ulrico. Relatos de la conquista del Río de la Plata y Paraguay 1534-1554. Alianza Editorial.S.A. Madrid. 1986., pág., 31.

[5] Larreta, Enrique. Tenía que suceder. Las dos fundaciones de Buenos Aires. Espasa Calpe. S.A. Colección Austral. Buenos Aires. Cuarta edición. 1960, pág., 127.

[6] Larreta, Enrique. Santa María del Buen Aire. Tiempos iluminados. Espasa Calpe, S.A. Buenos Aires. 1941, pág., 59.

[7] En Arciniegas, Germán. América, tierra firme. Editorial Losada. Buenos Aires. 1944. págs., 54 y 55.

[8] Schmidel, Ulrico. Relatos de la conquista del Río de la Plata y Paraguay 1534-1554. cit, pág., 31.

[9] Ibíd, pág., 33.

[10] Murena, H.A. El pecado original de América. Editorial Sur. Buenos Aires. 1954, pág., 164.

[11] Larreta, Enrique. Tenía que suceder. Las dos fundaciones de Buenos Aires. op. cit, pág., 129.

[12] Nos referimos, obviamente, a El hambre, la indómita narración a través de la que se inaugura esa ejemplar colección de cuentos que es su Misteriosa Buenos Aires. Editorial Seix Barral, S.A. Barcelona. Segunda edición en Biblioteca de Bolsillo: octubre 1988.

[13] Centenera, Martín del Barco. Argentina y Conquista del Río de la Plata. Emecé Editores.S.A. Buenos Aires. 1998. pág.,105.

[14] Girard, René. La violencia y lo sagrado. Traducción de Joaquín Jordá. Editorial Anagrama.S.A. Barcelona. 1998., pág., 278

[15] Centenera, Martín del Barco. Argentina y Conquista del Río de la Plata. op.cit, pág., 105.

[16] Mújica Lainez, Manuel, Canto a Buenos Aires. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. Tercera edición. 1975, pág., 13.

[17] En Scheines, Graciela. Las metáforas del fracaso. Sudamérica ¿geografía del desencuentro?.op.cit, pág., 192.

[18] Larreta, Enrique. Santa María del Buen Aire. cit, pág., 55.

[19] Citado por Díaz, María Esther en Buenos Aires. Una mirada filosófica. Editorial Biblos. Buenos Aires. 2001. pág., 47.

 

Bibliografía.

Arciniegas, Germán. América, tierra firme. Editorial Losada. Buenos Aires. 1944

Díaz, María Esther en Buenos Aires. Una mirada filosófica. Editorial Biblos. Buenos Aires. 2001.

Girard, René. La violencia y lo sagrado. Traducción de Joaquín Jordá. Editorial Anagrama.S.A. Barcelona. 1998.

Larreta, Enrique. Santa María del Buen Aire. Tiempos iluminados. Espasa Calpe, S.A. Buenos Aires. 1941.

Larreta, Enrique. Tenía que suceder. Las dos fundaciones de Buenos Aires. Espasa Calpe. S.A. Colección Austral. Buenos Aires. Cuarta edición. 1960

Mujica Lainez, Manuel, Canto a Buenos Aires. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. Tercera edición. 1975.

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Murena, Héctor. A. Visiones de Babel. Fondo de Cultura Económica. México. 2002.

Scheines, Graciela. Las metáforas del fracaso. Sudamérica ¿geografía del desencuentro?. Ediciones Casa de las Américas. La Habana. 1991.

Schmidel, Ulrico. Relatos de la conquista del Río de la Plata y Paraguay 1534-1554. Alianza Editorial.S.A. Madrid. 1986.

*Alejandro Hermosilla Sánchez. Doctor en Literatura española, teoría de la literatura y crítica literaria con Mención Europea por la Universidad de Murcia.

 

© Alejandro Hermosilla Sánchez 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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