Madrid en las novelas de Javier Marías

Andoni Arroyo

Folkeuniversitet-Friundervisning de Bergen (Noruega)


 

   
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Javier Marías ha publicado once novelas en treinta y tres años. La primera en 1971 y la última en 2004. [1]

No es Javier Marías un escritor en el que en apariencia tenga lo geográfico demasiada importancia, pero es sólo una impresión superficial. Al analizar sus novelas podemos descubrir la importancia de las ciudades en el narrador, y sobre todo la influencia que ejercen sobre su carácter y su actitud.

En este artículo pretendo demostrar la progresiva “madrileñización” en sus novelas, cosa bastante evidente por otra parte. Lo que importa, de todos modos, es analizar cómo se ha ido produciendo ese cambio, o mejor dicho, evolución.

Pero antes de la “madrileñización”, hubo una “españolización”, es decir que la llegada a la ciudad natal por parte del autor no ha sido algo repentino en el progreso de su obra novelística, sino más bien algo gradual.

Para ejemplificar este acercamiento gradual atendamos a que la primera novela de Javier Marías, Los dominios del lobo, está ambientada en los Estados Unidos de los años 20 y la segunda, Travesía del Horizonte, en un barco camino de la Antártida. Según la confesión del autor en el prólogo a la primera de sus novelas, publicada cuando tenía tan solo diecinueve años, estaba influida por el cine americano que vio en una cinemateca de París durante un verano. La segunda está claramente influenciada por la novela inglesa de viajes. En cuanto a su tercera novela, El monarca del tiempo, es una obra miscelánea, que en realidad no tiene lugar en ninguna parte, aunque como confiesa el propio Marías era sin duda un acercamiento a España. Constituye, por decirlo así, una novela puente desde el punto de vista geográfico.

Es, pues, en la cuarta novela, El siglo [2], cuando la novela de Javier Marías se traslada (si vale el término en ese caso) a España. Es una novela en la que se alterna la tercera persona (capítulos pares) y la primera (capítulos impares). El narrador de los capítulos impares es un tal Casaldáliga (un delator de su mejor amigo al término de la guerra), que nació en Barcelona (aunque nunca aparece con su nombre sino con el de ciudad natal), pero vivió algún tiempo en Madrid (a la que se refiere con el nombre de ciudad capital), donde se casó, y también en Sevilla (a la que se llama ciudad meridional y también ciudad milenaria).

El narrador par, es decir, el narrador en tercera persona, califica a Madrid de “ciudad de atmósfera seca y olvidada del mar” (pág. 90), pero sin duda, lo más interesante sobre Madrid en la novela es la descripción sobre su sociedad:

“Aquella ciudad capital se le ofreció (corrían días de desmoronamiento, bastante corruptela y escasa discriminación) como un territorio donde todo exceso personal y casi todo exceso público podían ser cometidos y en el acto obviados o perdonados; sus habitantes como unas gentes bullidoras, hospitalarias, flexibles y disponibles para cualquier contingencia o eventualidad” [3].

También hay una descripción de la burguesía de la capital “muy diferente de la que él conocía, de inferior raigambre y más mixta y práctica” (pág. 93):

“su sociedad dominante (se le ofreció) como una comunidad de aspecto risueño, despreocupado y bromista, presta a acoger de buen grado y sin mayor examen cuanto trajera consigo novedad y distracción y en el fondo recia, codiciosa, exigente, política, un tanto desalmada y de recursos inagotables frente a la adversidad. (…) que suplía su innata negligencia a base de imaginación, entregado de lleno a una especie de totalidad antojadiza e improvisadora que tenía algo de animal” [4]

Se puede observar claramente que en El siglo sí hay una crítica contra la sociedad madrileña, sobre todo contra parte de ella, pero no contra la ciudad en sí, contra el aspecto de sus calles o contra otra de las grandes ciudades (tampoco hay, eso es verdad, ningún elogio). La crítica despiadada llegará, como vamos a ver, en el narrador de su siguiente novela.

En la quinta novela de Javier Marías El hombre sentimental [5] es en la primera en que ya hay sólo narrador en primera persona. El narrador es un cantante de ópera catalán, El León de Venecia, que se trasladó a Madrid (a casa de su padrino, el Casaldáliga de El siglo precisamente) a la muerte de su madre y tiene domicilio en Barcelona, desde donde escribe la novela. Pero la novela se desarrolla en Madrid, es una historia que transcurre cuatro años antes en un impersonal hotel lujoso (del que sólo se nos dice que está en la zona de la Castellana, que es, se dice en la novela, además de una zona de hoteles lujosos, una zona de prostitución) donde se aloja el famoso cantante cuando participa en la representación del Otello (en el papel de Cassio) en el Teatro de la Zarzuela. El narrador llama a Madrid su ciudad, pues después descubriremos que había pasado en la capital parte de su infancia y su adolescencia:

“(…) del mismo modo que esas sensaciones estaban también presentes y me oprimían en la que en un tiempo había sido mi propia ciudad, Madrid, cuando llegué a ella hace cuatro años para interpretar uno de mis papeles destacados hasta entonces, el de Cassio en el Otello de Verdi.” [6]

Pero a pesar de llamarla su ciudad, no tiene hacia Madrid ni una sola palabra amable. De su ciudad adoptiva dice:

“ (..) después de mucho tiempo sin haber pasado por ella, la ciudad me pareció solitaria y triste como he visto pocas veces en mis numerosísimos viajes por el extranjero.” [7]

El narrador llega incluso a decir que es no sólo una de las peores ciudades de Europa sino del mundo:

“Más que las ciudades inglesas que son las peores del globo, las más entecas y las más horribles.”[8]

En opinión del narrador sus calles son “sucias y asfixiadas” (pág.24). La califica de ciudad rústica “sin enigma aparente” (pág.25), “ciudad muy hostil” (pág.50) o también incluso de “lugar detestable” (pág. 92). Al narrador le molesta sobre todo el ruido de la ciudad, de los restaurantes y terrazas, pero no sólo:

“Todo me resultaba extrañamente conocido y ajeno (…) desde el porte pretencioso y ridículo de sus habitantes hasta la cochambre y asfixia de casi todas las calles, desde el tráfico indisciplinado (…) hasta los bares incomprensiblemente atestados a las horas más impropias, desde la vociferación y los modos bruscos hasta las anacrónicas fachadas de los cines con inmensos carteles y los omnipresentes camiones de la basura. Todo abominable y propio” [9]

Las críticas al ruido y la suciedad se asocian en la que es posiblemente (por su insistencia) la mayor obsesión del narrador: los camiones de la basura en Madrid.

“(…) un estrépito horrendo y un olor a u inmundicias que arruinaban cada cierto tiempo las conversaciones y el sabor de lo que se bebía.” [10]

Y también:

“(…) el obsesivo y tiránico servicio de recogidas de la capital y sus ubicuos camiones que lo sofocaban todo.” [11]

Y aún, casi al final de la novela, cuando habla sobre la bala que se utilizó para suicidarse Hierónimo Manur:

“(…) quién sabe si no la manchó y embadurnó a conciencia la noche anterior con la basura de algún cubo junto al que pasara antes de que empezaran a devorar los insaciables camiones de la ciudad de Madrid” [12]

El narrador explica, en parte, su odio a la ciudad porque allí lo pasó mal cuando era un niño, su padrino le hacia vestir ropas “trágicamente bastas” (pág. 93) y lo trataba con desdén. Pero es también la visión del ‘hombre de mundo’ que compara ciudades que ha conocido gracias a su profesión.

Es en la sexta novela de Marías, Todas las almas [13], cuando el narrador, un profesor que ha enseñado dos años en Oxford y del que no sabemos su nombre, es por vez primera madrileño (y lo será ya en el resto de sus novelas) y escribe desde Madrid. Desde esta novela todas las mujeres de los narradores se llamarán Luisa (y estarán casados o separados de una mujer con ese nombre), pero esa es otra historia [14].

Madrid, para el narrador de Todas las almas, es el lugar de la no perturbación, frente a un Oxford que representa la perturbación “aunque articulada y lógica”, como se repite a lo largo de la novela.

También es Madrid la ciudad que se mueve, la ciudad a la que se echa de menos por eso, frente a un Oxford inmóvil:

“Aquí, en Madrid, los días se hacen infinitos, pero la luz va variando y se va matizando continuamente y así da fe de que el tiempo avanza.” [15]

Madrid en la novela es un punto de comparación con la ciudad inglesa, y sobre todo el recuerdo de una infancia en la capital, que será un componente importante en sus novelas posteriores:

“Así me miraba Clare Bayes, como si conociera mi infancia en Madrid y hubiera asistido en mi propia lengua a mis juegos con mis hermanos y mis miedos nocturnos y a mis peleas estipuladas a la salida del colegio” [16]

Y después:

“(…) del mismo modo que en mis ojos se dibujaban quizá imágenes madrileñas de la calle Génova y de Covarrubias y de Miguel Angel, que ella (se refiere a Clare Bayes) nunca había pisado ni visto: puede que la imagen de cuatro niños caminando por esas calles con una criada vieja” [17]

El recuerdo de los cuatro niños caminando con la criada vieja por esas calles aparece en la novela en dos ocasiones más (en las páginas 188 y en la 215). En la novela también aparece un organillo con chotis madrileño que sonaba (extemporáneamente) en la ciudad universitaria inglesa. El del organillo es un detalle repetido en otra novela de Marías, como vamos a comprobar.

Madrid puede ser (en opinión del narrador) un rasgo de carácter:

“(…) justo antes de que dijera lo que yo (madrileño y supersticioso o ya anglificado y estoico) prefería que no dijera” [18]

Y también el lugar donde las miradas no son limpias (cuando habla de la mirada del portero Will):

“Nunca he visto una mirada tan limpia (desde luego no en mi ciudad, Madrid, donde no existen las miradas limpias) como la de aquel hombre de casi noventa años (…)” [19]

Pero para el narrador es sobre todo el origen “descubierto” después de la estancia en la ciudad inglesa:

“(…) como yo sin duda, que era y soy y seré de Madrid (lo sé ahora)” [20]

La séptima novela de Javier Marías es la exitosa Corazón tan blanco [21]. La novela transcurre en La Habana, Nueva York y sobre todo en Madrid. En un Madrid del pasado más o menos lejano (cuando el narrador todavía no había nacido) y en un Madrid más cercano en el tiempo. En Madrid tuvo lugar el suicidio con el que se abre la novela (hay que recordar que es con un suicidio en Madrid como se cierra El hombre sentimental) y que tanta importancia tiene en la historia que se nos cuenta. No se dice expresamente al principio (aunque se puede sospechar), pero sí hacia el final de la novela:

“Mis padres la vieron muerta, y toda tu familia menos tu abuela, que estaba pasando unos días fuera de Madrid, en casa de una hermana suya que vivía en Segovia, o en El Escorial” [22].

Y entre ese Madrid lejano (no conocido por el narrador) y el Madrid más reciente (el de su propia boda y posterior ágape del que sólo tenemos leves referencias para saber que tuvo lugar en Madrid), aparece uno de los temas favoritos de Marías, a saber, la infancia madrileña del narrador:

“(…) colgado del brazo un gran bolso negro, como los que llevaban en Madrid las mujeres durante mi infancia, bolsos grandes colgados del brazo y no echados al hombro como ahora” [23]

Hay una larga reflexión de dos páginas sobre la canción popular en Madrid que relaciona también con su infancia:

“Ese canto indeliberado y flotante debió de ser canturreado en todas las casas del Madrid de mi infancia todas las mañanas a lo largo de muchos años, como un mensaje sin significado que vinculaba a la ciudad entera y la emparentaba y armonizaba” [24].

Otro recuerdo de infancia es el de la música de chotis de un organillo (ya he dicho que el organillo es un elemento común a Corazón tan blanco y Todas las almas, aunque en aquella novela era un organillo madrileño en Oxford; desde luego es un vínculo de unión, aunque tangencial entre ambas novelas), un recuerdo que asocia el narrador, en Corazón tan blanco al recuerdo de su madre:

“(…) el rostro vivo de mi madre se detenía a mirarlos (se refiere a unas fotos de la hermana que se había suicidado), sus ojos melancolizados acaso por la música de un organillo que a todas horas subía desde la calle en Madrid durante mi infancia (…)” [25]

El organillo (pero ya como algo presente, o al menos reciente) se vuelve a mencionar en un par de ocasiones.

Hay en Corazón tan blanco un componente menos frecuente en las novelas de Marías que el de la infancia madrileña del narrador, y es de la adolescencia madrileña del mismo, aunque las localizaciones espaciales sean muy vagas (“cerca de la casa en que yo habité durante mi infancia y adolescencia” dice el narrador en la página 107), como si no se quisiera ser demasiado preciso. En Corazón tan blanco se concreta en el recuerdo de la chica de la papelería (Nieves) a la que el narrador acudía a comprar cuando tenía quince años. Es un largo pasaje (ocupa de las páginas 107 a la página 111 de la novela), y es en realidad una reflexión sobre es posible influir en la vida de los demás, pues el narrador dice, de modo un tanto jactancioso que pudo ‘salvar’ a la chica de la papelería de su vida monótona (pues sigue trabajando en el mismo sitio después de quince años) si hubiera actuado de otra manera cuando estaba secretamente enamorado de la dependienta.

En Corazón tan blanco, el narrador habla incluso de su juventud madrileña, cuando narra su pasado con su amiga Berta, la que le aloja en su domicilio de Nueva York cuando él tiene que acudir allí por motivos de trabajo:

“Entonces, cuando éramos estudiantes, esto es, en Madrid y hace ya casi quince años, nos acostamos dos veces aisladas, o quizá fueron tres o puede que cuatro (no más) (…)” [26]

Madrid aparece también como un lugar recordado desde la distancia, desde Nueva York (cuando el narrador especula sobre lo que estará haciendo su mujer) y también desde La Habana, lugar de destino del viaje de novios de la pareja (lugar, por cierto, en el que nació la abuela materna del narrador, según se nos dice, y desde donde llegó a Madrid), en un acento oído en la habitación contigua de un hotel (que tiene relación con lo que dirá el narrador de su siguiente novela con la dicción de Madrid):

“El hombre, en cambio, tenía mi acento, un castellano de España o más bien de Madrid, neutro, correcto, como el que adoptaban antiguamente los dobladores de las películas o todavía tengo yo mismo” [27].

Hay en la novela, a pesar de la sobriedad descriptiva, un párrafo que anuncia de algún modo el tono con el que será tratada la ciudad en la que será su siguiente novela:

“Caía la lluvia como cae tantas veces en la despejada Madrid, uniforme y cansinamente y sin viento que la sobresalte, como si supiera que va a durar días y no tuviera furia ni prisa” [28].

El narrador de la octava novela, Mañana en la batalla piensa en mí [29]es un escritor que escribe para otros (lo que se conoce como un “negro”) que no solo en madrileño como Todas las almas y Corazón tan blanco, sino que demuestra que conoce muy bien la ciudad (a veces nos puede dar la impresión de que estamos leyendo una guía de viajes sobre la capital) o al menos una parte de ella, cosa que no había sucedido con los otros narradores madrileños, que como he dicho, y sobre todo en el caso de el narrador de Corazón tan blanco, prefiere la vaguedad en sus descripciones de la ciudad. Es, en cierto modo, la más madrileña de sus novelas, con un narrador-protagonista como en Todas las almas y Corazón tan blanco que recorre incansablemente la ciudad. Víctor Francés, se mueve (literalmente hablando) en las calles de dos zonas de la ciudad (no muy alejadas entre sí, dicho sea de paso). Una tiene como epicentro la calle Conde de la Cimera, donde comienza la historia con la muerte repentina de su amante ocasional [30], Marta Téllez, en su propio domicilio - el de ella - cuando su marido está de viaje de negocios en Londres; es esa la excusa para que la capital inglesa sea descrita en varias ocasiones, y así en cierto modo, es el reverso de Todas las almas, es decir, la descripción ahora de Inglaterra desde España. El narrador asegura, y lo demuestra, que conoce muy bien Londres); es la zona que aparece al inicio de la novela, cuando compara la citada calle con otras partes de la ciudad:

“En otros puntos de la ciudad estarían ocurriendo cosas, no muchas, en desorden y en orden: los coches se oían a cierta distancia, aquella calle quedaba un poco apartada de las necesidades del tráfico, Conde de la Cimera su nombre, y lo que sí sabía es que había un hospital muy cerca, de la Luz su nombre (…)” [31]

Sobre esa zona también se dice un poco más adelante:

“(…) y basta con que me imagine la llegada del día para que me vea ya fuera de esta casa (se refiere a la de la calle Conde de la Cimera), tal vez muy pronto estaré ya fuera, aún de noche, cruzando Reina Victoria y caminando un poco por General Rodrigo para desentenderme, antes de coger un taxi.” [32]

Es una zona que el narrador conoce muy bien:

“Me fui alejando de Conde de la Cimera con prisa, tenía que encontrar un taxi, había un poco de niebla, no se veía tráfico apenas, ni siquiera en Reina Victoria que es ancha, tiene bulevar en medio y en el bulevar un quiosco de bebidas y una espantosa escultura con la cabeza tergiversada del gran poeta, pobre Aleixandre, que vivió allí cerca (…) Miré a uno y otro lado del bulevar en medio de la noche amarillenta y rojiza, pasaron dos coches, dudé su esperar o buscar otra calle, adentrarme por General Rodrigo, no invita a caminar la niebla, mi aliento producía vaho (…) Miré a mi alrededor, la noche de invierno iluminada por muchas farolas, el quiosco a oscuras, la nuca del poeta a mi espalda. No pasaban coches ni había nadie. Me sentaba bien el frío.” [33]

La otra zona de la ciudad que predomina en la novela es la zona de la Castellana, que sobre todo se relaciona con la prostitución, aunque sea de hecho, como se dice, una zona cara (y que tiene relación por tanto con El hombre sentimental). Es también la zona que más aparece en general en los narradores madrileños de Marías, pues en esa zona nació el narrador de Todas las almas, como ya vimos. Citaré los pasajes más representativos:

“Volvía hacia mi casa tarde en mi coche cuando vi a una mujer parada en la calle de los Hermanos Bécquer, esa calle corta que hace gran curva y cuesta y desemboca en la Castellana, tan en curva y en cuesta que sus dos breves tramos parecen perpendiculares el uno al otro y a distintos niveles como si el alto fuera un puente inconcluso del bajo, una calle cara en la que a menudo se apuestan (sic) las prostitutas y los travestidos pero más bien de una en una o bien de uno en uno (…) mientras que unas calles más allá en dos direcciones distintas, al otro lado de la Castellana y pasado María de Molina, la proliferación es considerable, las putas están más juntas y se dan compañía y envidia mientras esperan con sus atuendos ligeros que contradicen el invierno y también el otoño”. [34]

“(…) pero esto no lo pensé entonces, sino tres semanas más tarde mientras permanecía parado ante el semáforo de Hermanos Bécquer, al final del tramo más descendente que en realidad es el comienzo de General Oraa según me di cuenta de que dice la placa, pero yo siempre he visto ese tramo como parte de hermanos Bécquer, y también los taxistas y los demás madrileños lo ven así.” [35]

“(…) por la misma calle en que aguardaba ella, ya General Oraa y no Hermanos Bécquer según la placa.” [36]

“Crucé la Castellana detrás de Luisa (…), recorrió cuatro manzanas zigzagueando, y en la quinta entró en un portal al que se dirigía (…). Era el postal más modesto y descuidado de una calle buena, zona cara, no era muy modesto ni descuidado por tanto, sólo un poco envejecido, necesitado de remozamiento”. [37]

El narrador conoce bien conoce la Castellana, e incluso las líneas de autobuses de esa zona de la ciudad:

“Vi que no venía nadie por mi derecha y arrimé el coche a la acera dejando atrás la parada de autobuses bajo la que se cobijarían ella o sus compañeras alternas cuando lloviera - el 16 y el 61 -, doblando ya un poco por el lateral de la Castellana (…)” [38]

No sólo nos dice el narrador con qué nombre conocen los madrileños a sus calles (como en el caso la calle Hermanos Bécquer), sino que incluso nos habla de los cambios de nombre que han tenido a lo largo de los años:

“Luisa siguió avanzando por Velázquez, y al llegar a la esquina de Lista o bien Ortega y Gasset (esta calle cambió de nombre hace mucho, pero aún impera el antiguo y por él se la conoce, mala suerte para el filósofo), entró en un establecimiento Vips (…)” [39]

“Una vez en la calle, Luisa Téllez bajó por Lista en dirección a la Castellana, y antes de llegar a Serrano se metió por una bocacalle y entró en otra tienda de ropa con grandes vidrieras, si quería espiarla quedaba demasiado expuesto.” [40]

“(…) volvió (Luisa) a Ortega y Gasset o Lista y llegó hasta la Castellana, ese paseo que es como el río de la ciudad, larga franja divisoria con arbolados muelles pero demasiado recta, sin meandros ni agua, sólo asfalto, y los andenes o muelles que se elevan.” [41]

En la novela se cita también de pasada la zona del Palacio Real y la Plaza de Oriente, pero no es una zona importante en la novela. Como tampoco lo es la zona del oeste, que se menciona en lo que podríamos llamar ‘Críticas a la ciudad’ por parte del narrador. Que son críticas muy leves comparadas con las críticas inmisericordes del narrador catalán de El hombre sentimental. El narrador, Víctor Francés, critica, por ejemplo, el imperfecto mantenimiento de la ciudad por parte del ayuntamiento:

“Uno de esos árboles había sido derribado por la tormenta (…), la tormenta entrevista desde el restaurante tenía que haber sido en verdad violenta y con vientos huracanados, a menos que el árbol estuviera caído desde hacia algunos días y aún no lo hubieran retirado, en Madrid nadie arregla los desperfectos inmediatamente, las ramas todavía no estaban podadas”. [42]

En la siguiente cita, se mezcla la crítica (insisto, muy ligera), de nuevo sobre el mantenimiento de la ciudad, con los gustos del narrador sobre las zonas de la ciudad:

“La ciudad no está casi nunca vacía, pero ya a aquellas horas de la noche húmeda eran contados los que pasaban, dos o tres individuos que parecían recién salidos de la penitenciaria, los tipos de la manga riega que hablan a voces como si nadie durmiera y malgastan el agua, todo seguía mojado y podía volver a descargar tormenta, según el cielo; alguna anciana andrajosa e itinerante, un grupito de mujeres y hombres alborotados que vendrían de alguna celebración en una sala de fiestas o discoteca, una despedida de soltero, un premio de la lotería, un aniversario. Me alejé bastante, fui hacia el oeste, no me gusta esa zona, en la calle Princesa y luego en Quintana oí unos pasos tras de mí (…)” [43]

También se critica (como en El hombre sentimental, pero en este caso sin darle demasiada importancia) el ruido:

“Dudé, oí no muy lejos ruido de cristales y voces acuciantes y ahogadas, se estaría cometiendo un robo en alguna tienda, a los pocos segundos sonó la alarma, lo cual no impidió que los cristales siguieran cayendo o los ladrones desvalijando, ya se sabe que en Madrid las alarmas se disparan solas y nadie les hace caso, son inútiles, debía de ocurrir a unas cuantas manzanas” [44]

En cualquier caso, a pesar de las críticas, el orgullo del narrador (alguien diría que también cierto “clasismo”) por haber nacido en Madrid queda patente:

“Tenía los dientes largos como el sujeto que había esperado en un Vips a que yo colgara el teléfono dos noches antes, pero no era el mismo, sino sólo del mismo estilo: convencionalmente plebeyo, convencionalmente trajeado y con un léxico voluntariamente plebeyo, en Madrid se cuentan por millares, verdaderas oleadas de medradores provinciales a quienes se deja el campo (sic), una plaga secular, perpetua, ninguno sabe pronunciar la d final de Madrid, una d relajada.” [45]

Es importante, como en otras novelas de Javier Marías, los recuerdos infantiles del narrador en Madrid. Tiene relación, con la zona de Madrid más importante de la novela y que el narrador ha demostrado conocer tan bien (la zona de la Castellana), lugares cercanos a esas calles de las que el narrador nos hablaba en Todas las almas:

“Qué desgracia saber tu nombre, aunque ya no conozca tu rostro mañana, los nombres no cambian y se quedan fijos en la memoria cuando se quedan, sin que nada ni nadie pueda arrancarlos. Mi cabeza está llena de nombres cuyos rostros he olvidado o son sólo una mancha flotando en un paisaje, una calle, una casa, una edad o una pantalla. O son nombres de sitios y de establecimientos que parecían eternos porque estaban allí desde que llegamos o desde que nacimos, una frutería llamada la Flor sevillana, el cine Príncipe Alfonso, el María Cristina, el Voy y el Cinema X, la librería Buchholz cercana a Cibeles o los ultramarinos que conservan el rótulo y dice Viena Capellanes, la pastelería de los Hermanos Liso y el Hotel Atlantic y otro, el Londres y de Inglaterra, Oriel y San Trovaso y le Zattere y Halifax, infinitos nombres de calles y tiendas (…)” [46]

“Se refería a Fortuny y Marqués de Riscal y Monte Esquinza y Jenner y Fernando el Santo, calles retiradas y sin apenas trafico, calles con embajadas de países ricos rodeadas de verjas negras y con jardines particulares de césped uniforme y muy bien cortado, calles muy arboladas y apacibles de noche y también de día, cerca de las cuales transcurrió mi infancia.” [47]

Parece haber incluso un poco de nostalgia cuando se habla de ese Madrid de la infancia (precisamente cuando se habla de la Castellana):

“Conduje en silencio por la Castellana bien conocida, algunos lugares siguen en su sitio, no muchos, el Castellana Hilton ya no se llama así pero para mí es el Hilton, el cartel muy visible de House of Ming, un lugar y un nombre prohibitivos y misteriosos durante la infancia, y luego Chamartín, el estadio del Real Madrid que también trae a la memoria nombres que no se han borrado ni se borrarán ya nunca, alineaciones enteras que aún me sé de corrido (…)” [48]

El recorrido por la ciudad incluye la zona donde estaba el colegio del narrador:

“Pero no regresé todavía a casa, sino que di la vuelta por la primera calle y aparqué en ella, junto al Dresdner Bank con su amplio jardín de césped y su pilón detrás de la verja, para mí el edificio sigue siendo el Colegio Alamán que estaba cerca del mío, ese jardín era el patio de tierra y en él vi jugar a veces a los chicos de mi edad durante su recreo con una mezcla de envidia y alivio por no ser ellos, así es como ven los niño siempre a los otros niños que desconocen.” [49]

Y un poco más adelante (pág. 247) se vuelve a citar al Dresdner Bank (o colegio Alamán de la infancia del narrador).

Hay una relación evidente, como hemos visto arriba, entre las novelas de Javier Marías, y esa relación se concreta de manera especial entre Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana, como veremos un poco más adelante, cuando abordemos la visión de Madrid en la Guerra Civil española en la última de sus novelas.

El bélico (shakesperiano) título de la novela remite a la guerra, y es sin duda un elemento importante en ella (y lo será mucho más después en novelas posteriores como veremos). En concreto a la Guerra Civil española y más en concreto al sitio de Madrid durante la contienda. El fragor de la tormenta es el enlace entre el Madrid de los noventa y el Madrid de la guerra:

“En aquel momento el maître se volvió hacia la ventana justo antes de que sonara un trueno - como si lo hubiera presentido - y empezó a llover ávidamente igual que un mes o más antes, o no igual, esta vez con más furia y prisa, como si la lluvia tuviera que aprovechar su duración tan breve o fuera una incursión aérea combatida por artillería. En el plazo de medio minuto vimos amontonarse gente de la calle a la puerta del restaurante, vimos correr a mujeres y hombres y niños para protegerse de lo que venía del cielo, siempre como los hombres y mujeres y niños de los años treinta en esta misma ciudad entonces sitiada, que corrían buscando refugio para protegerse también de lo que venía del cielo y de los cañonazos que venían de las afueras, del cerro de los Ángeles o del de Garabitas, los llamados obuses que hacían su parábola y caían sobre la Telefónica o en la plaza de al lado cuando fallaba la puntería, llamado por eso ‘plaza del gua’, con inverosímil humor fatídico, o en el enorme café Negresco que quedó destrozado y sembrado de muertos mientras al día siguiente la gente impertérrita y a la vez resignada iba a tomar su malta al café vecino, la Granja del Henar en la calle de Alcalá frente a la desembocadura de la Gran Vía, sabiendo que allí podía suceder lo mismo, las afueras y el cielo como la mayor amenaza de los transeúntes que buscaban las aceras no enfiladas como las buscaban ahora bajo la tormenta, pues esta lluvia era sesgada por causa del viento y las balas de los cañones tenían más probabilidades de alcanzar una u otra acera según el cerro desde el que disparaban los sitiadores, dos años y medio corriendo por estas calles con las manos sobre los sombreros y gorras y boinas y las faldas al vuelo y las medias rotas o simplemente sin medias, en esta ciudad que ya desde entonces no ha sabido desacostumbrarse a vivir y ser como una isla.” [50] [51]

Esta larga cita es muy importante, sobre todo para entender la importancia de la guerra en la novela y también para entender, como ya he dicho, la relación con Tú rostro mañana, ya que incluso un pasaje, donde el narrador dice: “(…) los llamados obuses que hacían su parábola y caían sobre la Telefónica o en la plaza de al lado cuando fallaba la puntería, llamado por eso ‘plaza del gua’, con inverosímil humor fatídico (…)” será copiado literalmente en la primera parte novela posterior.

La Guerra Civil vuelve a aparecer en la novela, esta vez mezclada con el trasiego del narrador por la ciudad y la opinión de sus gustos sobre las zonas de Madrid.

“Continué por el sudoeste, Rosales, Bailén, me gusta más eso, en Rosales estuvo el Cuartel de la Montaña donde se combatió ferozmente el tercer día de nuestra guerra, hace ya tantos años, ahora hay allí un templo egipcio”. [52]

La Guerra Civil en Madrid tiene su espacio al final de la novela (concretamente en la penúltima página) y ello no hace sino confirmar su importancia para el narrador:

“En ese caso los aviones vendrían con él aunque hubieran pertenecido a su padre en la remota infancia, yo nunca tuve tantos, qué envidia, cazas y bombarderos de la Primera y Segunda Guerra Mundial mezclados, alguno de la de Corea y también alguno de nuestra guerra que atacó o defendió Madrid hace ya siglos (sic)” [53]

Con Mañana en la batalla piensa en mí se llega al culmen del madrileñismo en Marías, de forma progresiva; desde el narrador americano, inglés o catalán pasando por el narrador que escribe sobre Madrid en el “exilio universitario” y que sólo después descubre su origen, o ese narrador que viaja tanto por su trabajo como traductor en organismos internacionales como para sentirse en realidad de ninguna parte. En Mañana en la batalla piensa en mí el narrador no puede ser otra cosa que madrileño. Es en cierta manera una novela sobre Madrid [54], es decir, una ciudad que es en realidad la protagonista, más que ese Víctor Francés del que poco sabemos (a lo mejor porque como escritor “negro” su vida tiene que permanecer en una dimensión más o menos oculta, moviéndose incesantemente por la ciudad, sobre todo por la noche).

Negra espalda del tiempo [55], la novena novela de Javier Marías, y a la que el propio autor ha calificado como “falsa novela”, es la novela más autobiográfica de su autor. Según su propia confesión, en la novela trata de explicar cómo la ficción de Todas las almas se llegó a mezclar con su vida. En Negra espalda del tiempo, Madrid aparece por una parte como la ciudad en la que en los años 50, Hugo Olaff de Wet (que tiene importancia sobre todo por su relación con el escritor John Gawsworth; ambos aparecían en Todas las almas, aunque De Wet de manera casi anecdótica) visitó en 1951:

“(…) Hugo Olaff de Wet, quien estuvo en Madrid el año en que nací yo en Madrid y mucho antes había estado a punto de morir aquí fusilado” [56]

Ese antes se refiere, claro, a la Guerra Civil española en Madrid, que en esta novela no tiene tanta importancia como en la anterior (y que en las posteriores, en las sí tendrá mucha importancia).

De Wet aparece como protagonista de las páginas 303-320, en el café Gijon, el hotel Metropol y en una improbable entrevista con Francisco Franco (que es un eco de la entrevista de Corazón tan blanco, que tuvo casi con toda seguridad lugar en Madrid también, aunque no se dijera expresamente).

Se dice de Hugo Olaff de Wet:

“(…) de cuanto me dijera sobre De Wet ya sólo me acuerdo de esto: era un hombre seguro de sí mismo y jovial y llamativo para el Madrid de 1951, pues lucía un pendiente en una oreja y no sé si coleta rubiácea a la manera pirata, sobre un ojo un parche negro o bien monóculo ahumado, adornado el rostro por bigote solo o tal vez bigote y barba, se difuminan los rasgos de las personas en nuestra memoria visual siempre oscilante” [57]

Madrid es la ciudad natal del narrador, como ya hemos dicho en la primera referencia a De Wet, pero es también la ciudad donde ha vivido y enseñado:

“Daba yo por entonces clases de Teoría de la Traducción en la Universidad Complutense de Madrid, algo accidental asimismo y que duró cuatro cursos (…)” [58]

O bien, cuando habla de una charla que tuvo con una persona que había conocido a De Wet en Madrid, Anthony Edkins:

“(…) por fin vino a Madrid y nos vimos un rato en mi casa.”[59]

Y también es la ciudad en la que murieron su madre (págs. 212-216), su amigo Juan Benet (págs. 216-218) y su hermano Julianín (págs. 264-273).

Es, como en Todas las almas y ya desde entonces en todas sus novelas, la ciudad de la infancia:

“Qué sentido tiene ese paso veloz y el proyecto, alguien como yo mismo, nacido del mismo padre y de la misma madre y en la misma casa de la calle Covarrubias en que nacimos los cinco (…)” [60]

Recordemos que Covarrubias es el nombre de la calle por la que paseaba el narrador de Todas las almas con la criada vieja y sus hermanos cuando era un niño.

Y también (como en Mañana en la batalla piensa en mí) es la ciudad del colegio del narrador, cuando el narrador Javier Marías habla de una conversación con Francisco Rico a propósito de la escritura de Corazón tan blanco:

“(…) el profesor del Diestro de Corazón tan blanco pasó a llamarse profesor Villalobos, el apellido de una profesora gruñona de mi colegio, el Estudio de la calle de Miguel Ángel en su número 8, en Madrid y en los años sesenta (…)” [61]

Pero Madrid es sobre todo la ciudad donde vive el narrador en el presente de la narración, con descripciones con cierto tono poético, como cuando describe lo que se ve desde su casa (págs. 143-147), incluso con dos fotografías (una con niebla y otra de un día claro) de lo narrado. Un ejemplo de las páginas que cito:

“Yo las veo (las farolas) desde mi casa, aquí son faroles que cuelgan del edificio noble que tengo enfrente (…) Yo las veo y los veo a ves desde mis balcones en mañanas de insomnio o de despertar traicionero o de arriesgada y vencida farra, faroles decimonónicos enclavados en el muro con sus bombillas ya inútiles, pasan junto a ellos hombres y mujeres con apresurados tacones que dejaron hace rato sus camas (…) y sin embargo son el testimonio respetuoso y benigno de que existió lo que ya ha cesado: hasta que la soñolienta mano de algún funcionario repara en el despilfarro y apaga la luz, y luego la apaga.” [62]

La leve crítica sobre el despilfarro tiene un eco de lo que se dice sobre la manga riega en Mañana en la batalla piensa en mí.

El hecho de que la novela se cierre precisamente con lo que se ve en la calle demuestra su importancia (por cierto con repetición de la leve crítica sobre el despilfarro):

“Aparto la vista un momento de los balcones y para sacudirme la noche larga y también la duda y acaso de ser de nuevo uno solo (…) Miro las incongruentes luces todavía encendidas bajo el sol que avanza haciéndolas insignificantes; y sin embargo son ellas el tiempo respetuoso y benigno que quiere dejar constancia de lo que ya ha cesado: hasta que la soñolienta mano de algún funcionario repara en el despilfarro y apaga la luz, y luego la apaga. Y aún así los pasajeros ahí siguen, y aun así la luz no se ha apagado.” [63]

La última novela de Javier Marías es en realidad, como ya he dicho al principio del artículo, una trilogía, Tu rostro mañana, de la que ya se han publicado las dos primeras partes. La primera parte es la décima novela de Marías, Tu rostro mañana (Fiebre y lanza) [64]. El narrador (Jaime o Jacobo o Jacques Deza) es un madrileño que vive en Londres y que enseñó en el pasado en la Universidad de Oxford.

La mayoría de las referencias a Madrid aparecen en la primera parte de la novela (Fiebre) y tienen relación con la Guerra Civil en la capital.

Madrid es para el narrador de la novela el lugar donde vive su mujer (Luisa) de la que se ha separado recientemente y a donde suele él regresar con frecuencia en vacaciones. Es un lugar al que echa de menos en otro “exilio” inglés, como le sucedía al protagonista de Todas las almas:

“Casi las once en Madrid y qué hago yo aquí tan lejos sin poder volver a dormir a casa” [65]

También hay referencias puntuales a Madrid (o más bien a los madrileños) de otros personajes de la novela. Es destacable que sean más o menos humorísticas. Dice De la Garza (agregado cultural de la embajada española en Londres):

“Oye diles que San Sebastián es una ciudad que la hicimos los madrileños, cojones, que íbamos a veranear allí y se la empaquetamos a los del lugar con lazo y todo, si no de qué iba a ser tan bonita; díselo anda (…)” [66]

No hay que olvidar que De la Garza es madrileño, con lo que se puede pensar en una crítica a un tipo de madrileño (es un personaje muy criticado por sus excesos verbales y su mala educación en general), aunque parece más bien una crítica al funcionario español de alto rango e ignorante. Por su parte, el personaje de Sir Peter Wheeler dice en una de sus conversaciones con el protagonista:

“(…) Descuida, no quiero decir que ahora te vayas a quedar para siempre, estoy seguro de que volverás a Madrid más pronto o más tarde, los españoles no aguantáis alejados de vuestro país demasiado tiempo; aunque seas madrileño, sois los menos añorantes (…)” [7]

El propio Deza (hablando con Tupra) hace un comentario jocoso sobre su propia ciudad:

“En Madrid no verá un ratero, casi no verá ni un mendigo, que no posea un telefonino” [68]

Pero en la novela, aparte de las referencias que acabo de comentar, hay tres historias que tienen lugar en Madrid [69]. Una se refiere a un compañero de colegio del protagonista (de nuevo la infancia en Madrid en cierto modo) y las otras dos son historias familiares.

La historia de Comendador, el compañero de colegio, ocupa desde las páginas 170-182 de la novela. Sabemos que sucede en Madrid por una referencia a la discoteca Joy (Eslava). Este episodio tiene un lejano eco de la muerte de Marta Téllez en Mañana en la batalla piensa en mí, pero también tiene relación con las otras dos historias familiares de la novela, pues son todas ellas historias de delación [70] (y por eso tiene también una relación con El siglo), sobre todo la del padre, ya que se puede ver una clara relación entre el Casaldáliga del El siglo y el Del Real de la primera parte de Tu rostro mañana.

Las dos historias familiares son la del padre del narrador que, fue traicionado durante la guerra por su mejor amigo y la historia materna, que narra como el tío del protagonista fue detenido y ejecutado también durante la guerra (es entonces si se quiere una historia de delación más intuida que conocida). Las dos historias familiares (una tragedia potencial y la otra en acto) se unen en un párrafo, que es además una especie de resumen de lo que se nos va a contar después:

“(…) mi padre estuvo a punto de morir en ella (se refiere a la ciudad) con el uniforme de la República en nuestra ciudad asediada, y había sufrido a su término simulacro de proceso y prisión franquista, y a un tío mío lo habían matado en Madrid a los diecisiete años y a sangre fría los del otro bando (…)” [71]

Hay otras referencias al Madrid de la Guerra Civil (como la propagando antirrepublicana que había circulado por la capital), pero son solo anecdóticas comparadas con las historias familiares.

La historia paterna ocupa desde las páginas 191-204 y también de la 213-221. Hay en esa historia un párrafo muy significativo, pues además de explicar el meollo de la historia, reproduce íntegramente, como ya comenté en su momento, un párrafo de Mañana en la batalla piensa en mí (la negrita es mía), en un curioso ejercicio de autoplagio.

“cuando lo traicionó y delató a los vencedoras autoridades facciosas su mejor amigo de entonces, un tal Del Real con el que había compartido aulas y conversaciones, intereses y tertulias y cines y seguramente algunas juergas a lo largo de años, todos los de la carrera que estudiaron ambos e imagino que también los de la propia Guerra y el asedio de Madrid con los bombardeos facciosos desfiguradotes y los cañonazos rebeldes que venían desde las afueras y los cerros, los llamados obuses que hacían su parábola y caían sobre la Telefónica o en la plaza de al lado cuando fallaba la puntería, llamada por eso ‘plaza del gua’ con inverosímil humor fatídico.” [71]

En la historia paterna se habla también del cambio de nombre de las calles (y por eso podríamos también en ello ver un eco de Mañana en la batalla piensa en mí cuando se habla del cambio de nombre de la calle Lista por el de Ortega y Gasset), cuando se cuenta como el padre del protagonista (Juan Deza) escribió en 1937 contra algunas decisiones del gobierno de la II República durante la guerra:

“’Y es de todo punto lamentable’ decía ‘que imitemos en esto a los rebeldes, porque no hay que imitarlos en nada’. O bien: ‘Al Prado, al Paseo de Recoletos y la Castellana se les ha cambiado su triple nombre por el de Avenida de la Unión Proletaria (…)” [73]

También relacionado con la historia paterna, podemos destacar el siguiente pasaje:

“Del Real se pavoneaba de su gran hazaña por la ciudad con estas o parecidas palabras: ‘Voy a conseguir que a Deza le caigan treinta años de cárcel, si no es que algo peor (…)” [74]

La historia materna ocupa las páginas 205-213. Es de nuevo una historia de la guerra, de cuando la madre del narrador estuvo buscando a su hermano Alfonso (tío del narrador por tanto, como ya hemos dicho), que fue detenido y ejecutado al inicio de la contienda civil. Se mencionan los Tribunales Populares de Madrid (pág. 206) y las comisarías y checas de la capital (y de la checa de la calle Fomento en concreto) y también los monos azules que se convirtieron en el obligado uniforme civil de todo ‘fiero armado madrileño’ (págs. 206-208). Se menciona también un ‘ingenuo poema callejero a Madrid coronado por la bandera de la República’ (se reproduce este poema, que lleva como título ¡Viva Madrid! al reverso de una foto del tío del narrador).

En la segunda parte de Tu rostro mañana [75], que lleva como subtítulo Baile y sueño sigue la historia paterna de la guerra en Madrid, pero ya no sobre la delación, sino sobre la crueldad de la Guerra Civil en Madrid. El padre del narrador habla de la crueldad en general, de la continua amenaza y la dificultad de conciliar el sueño en aquellas condiciones:

“La amenaza era permanente y también lo era la alerta. Mi habitación quedó destruida una tarde, cayó un obús, le dio de lleno, un gran boquete en la pared y el interior arrasado. Yo estaba fuera, había estado allí un rato antes e iba a regresar al poco. Pero podía haberme caído igual en otro sitio, andando por la calle o yendo en tranvía, en un café, en las dependencias, mientras esperaba a vuestra madre en su portal, en la radio o en un cine. Durante los primeros meses de la Guerra uno veía detenciones por doquier, a empellones y a culatazos a veces, o cacerías en las casas, sacaban y se llevaban a las familias enteras (…) y oía de noche las descargas de los fusilamientos en las afueras (…) o si sonaban de madrugada eran tiros a quemarropa en la sien o en la nuca, junto a las cunetas o no siempre allí, a veces hasta los veía uno si tenía muy mala pata, veía saltar los sesos de alguien arrodillado, no es metafórico, o salir masa encefálica. Lo mejor era seguir, no mirar, alejarse rápido, no podía uno hacer nada, después de verlo, y si lo veía sólo de reojo podía darse con un canto en los dientes. Había verdugos que empezaban al anochecer, les daba pereza alejarse si no tenían coche disponible o andaban cortos de combustible, así que se metían en un callejón con escaso tránsito y allí liquidaban, se impacientaban y no eran capaces de esperar a que la ciudad medio durmiese, porque del todo ya nunca volvió a dormir, durante tres largos años de asedio, hambre y frío ni tampoco después, a partir del 39 la policía de Franco irrumpía en plena noche en las casas, en los mismos años en que la Gestapo lo hacía en el resto de Europa, eran primos hermanos.” [76]

Pero después presenta un caso particular, que no vio:

“’A mí me toco ver lo de aquí, lo de Madrid’ continuó mi padre, ‘y aún oí más de lo que vi, mucho más’” [77]

Era el caso de un episodio muy violento:

“Torcíamos desde Alcalá para entrar en Velázquez, y una mujer que iba sentada en la fila de delante señaló con el dedo hacia una casa, un piso alto, y le dijo a la otra con la que viajaba: ‘Mira, ahí vivían unos ricos que nos los llevamos a todos y les dimos el paseo. Y a un crío pequeño que tenían, lo saqué de la cuna, lo agarré por los pies, di unas cuentas vueltas y lo estampé allí mismo contra la pared. Ni uno dejamos, a la mierda la familia entera’. Era una mujer con aspecto algo bruto, pero no más que el de tantas otras mil veces vistas en el mercado, en la iglesia o en un salón (…), en todos los ambientes y clases se dan bestiajes, yo las he visto igual de bestias comulgando en misa de doce en San Fermín de los Navarros, con abrigos de pieles y joyas caras” [78]

Que un poco más adelante vuelve a mencionar:

“Y yo, sin embargo, al cabo de tantísimos años, cada vez que paso por la esquina de Alcalá con Velázquez no puedo evitar mirar hacia arriba, un cuarto piso, hacia aquella casa que la mujer señaló con el dedo una mañana de 1936 desde el tranvía, y acordarme de aquel niño pequeño muerto, aunque para mí no tenga rostro ni nombre y nunca haya sabido de él más que eso, un par de frases siniestras que el azar trajo a mi oído.”[79]

El padre del protagonista también relata otro hecho que tuvo lugar en Madrid una mañana soleada, en lo que antiguamente fue el café Roma, en la calle Serrano. Es la historia de la crueldad extrema durante la Guerra Civil, pero en ese caso sobre un episodio sucedido en el sur del país.

La guerra en Madrid también es mencionada por otro personaje de la novela, Wheeler, cuando une su recuerdo al de la guerra en Londres:

“(…) ni había estado presente cuando Wheeler me había hablado de Lidice y del odio espacial, el odio al lugar que también habían padecido Madrid y Londres durante años de bombardeos y asedio; y el de Madrid aún perdura, la detestan y han detestado todos sus gobernantes sin falta.” [80]

En la última frase que cito hay también una cierta crítica, aunque no a los trabajadores de mantenimiento de la ciudad como en otras ocasiones (recuérdese El hombre sentimental y Mañana en la batalla piensa en mí), sino contra los gobernantes de la ciudad (se supone que se refiere a los alcaldes de Madrid).

Hay en la segunda parte alguna mención (pero meramente anecdótica) a Del Real y al tío Alfonso de la primera parte.

Para el narrador, Madrid sigue siendo, como en la primera parte de la novela, la ciudad que se echa de menos:

“En realidad no me importaba en absoluto, no iba a asomarme a otear la plaza, sólo me importaba un poco quién salía o no de mi casa, es decir de la de Luisa y los niños en el Madrid lejano, o quien entraba o no en ella, y se quedaba; y eso me era imposible verlo, los ojos de la mente no servían, no dan para tanto.” [81]

En la novela hay una pequeña crítica social (aparte de la crítica a De la Garza, como en la primera parte) a las jóvenes ‘de adinerado linaje’, se supone que madrileñas, y a las amigas (estas sí, definitivamente madrileñas) de Luisa que deciden usar “botox” aparentar ser más jóvenes de lo que en realidad son. Una leve crítica que nada tiene que ver con la crítica a la sociedad burguesa (del pasado, de todos modos) de Madrid en El siglo, aunque haya un cierto paralelismo muy interesante.

Madrid es también, por otra parte, el lugar donde está enterrada la madre del narrador, que nos puede evocar la narración de la muerte del narrador de Negra espalda del tiempo, aunque recordemos que en aquella ocasión el narrador se llamaba Javier Marías y en Tu rostro mañana se llama Jaime o Jacobo o Jacques Deza :

“Cabía ahora hacérselas también respecto a él, mi paisano, muerto veintiséis años más tarde de aquella visita o aquel escrito, aunque él no estuviese enterrado en el reducido mundo frondoso de Los Placeres, sino en el cementerio limpio de nuestra ciudad natal, según tenía entendido, llamado de La Almudena, donde también está mi madre desde hace veintiséis años distintos, es decir, suyos, de ella” [82]

Habrá que esperar a la tercera y definitiva parte de Tu rostro mañana para saber qué papel va a jugar Madrid en ella, aunque se supone que seguirá siendo muy importante, con la Guerra Civil como telón de fondo y contrapunto.

 

Conclusiones

Como hemos podido comprobar a lo largo de las páginas anteriores, la ciudad de Madrid tiene una importancia destacada en los narradores de las novelas de Javier Marías. Aunque en las primeras novelas nos encontremos con narradores extranjeros (o al menos que escriben desde el extranjero) que sin duda representan muy a las claras la influencia literaria de Marías en sus comienzos como novelista [83], a partir de la novela El siglo lo geográfico cambia por completo.

Las primeras novelas “españolas” de Marías tienen un narrador catalán que critica despiadadamente Madrid, sobre todo en el caso de El hombre sentimental. Puede leerse, a lo mejor, en clave humorística (una de las características más importantes de la obra de Marías, sobre todo cuando se burla de determinados lugares y arquetipos), pero me inclino a pensar que se trata de la típica reacción de rebeldía contra la ciudad natal (como sucede en parte con la novela El siglo).

En la que podemos llamar su primera etapa geográfica podemos observar a un Marías al que le interesan más los lugares lejanos y desconocidos (por extranjeros) que lo que conoce (o cree conocer). Se mezcla en sus novelas la rebeldía y la arrogancia juvenil a partes iguales y un desprecio inequívoco por la ciudad natal.

Será en Todas las almas y después de su estancia en Oxford, cuando el narrador de sus novelas empieza a ser (y ya lo será de ahí en adelante) madrileño. Como dice la profesora Mercedes Beltrán:

“(…) es en la distancia (y en la nostalgia) cuando Javier Marías reconoce haber descubierto su identidad.” [84]

Es precisamente en la novela Todas las almas, donde Madrid es la ciudad que se echa de menos y también la ciudad de la infancia; los recuerdos infantiles serán una pieza muy importante de las posteriores novelas de Marías. Desde el punto de vista geográfico, como ya hemos apuntado al analizarla, es una novela absolutamente clave; es desde el exterior, parece decirnos el autor, desde donde podemos aprender a apreciar mejor nuestra ciudad y nuestro origen. Es, sin duda, la reconciliación con la ciudad natal, hasta el punto de terminar idealizándola.

La novela Corazón tan blanco es desde el punto de vista geográfico una novela puente. En realidad podría transcurrir en cualquier lugar, aunque es el paso previo imprescindible para llegar a la definitiva “madrileñización” con Mañana en la batalla piensa en mí [85].

Mañana en la batalla piensa en mi es sin duda la más madrileña de sus novelas desde el punto de vista geográfico. Es como si Javier Marías, después de que su narrador “descubriera su origen” se viera en la obligación de rendirle un homenaje. Porque eso es, entre otras muchas cosas, la citada novela: un homenaje explícito a la ciudad, a los nombres de los lugares que han ido desapareciendo con el paso del tiempo y que se evocan con cierta nostalgia, a las calles tantas veces recorridas, y también un aviso de que el asedio que sufrió Madrid durante la Guerra Civil iba a ser la clave en futuras novelas.

En Negra espalda del tiempo, Madrid es la ciudad de los muertos del narrador, un narrador que (conscientemente) se confunde con el del autor. Su amigo, su hermano, su madre, ya fallecidos, son vínculos muy fuertes con esa ciudad, tanto o más que haber nacido en ella o compartido juegos con el resto de sus hermanos en sus calles.

En la última novela de Javier Marías, Tu rostro mañana, vuelve la nostalgia por Madrid (esta vez de nuevo desde una ciudad inglesa, aunque esta vez sea Londres y no Oxford), y la seguridad de que se va a volver al origen, porque la ciudad extranjera es sólo una ciudad de paso, a la que no unen hay vínculos con el pasado ni tampoco familiares. Pero es también, y me atrevo a decir que sobre todo, la ciudad de la Guerra Civil, que tanta importancia tuvo para la ciudad, y que marcó el destino de muchos de sus habitantes. Para ese narrador de múltiples nombres, la Guerra Civil es sin duda una (y no la menos importante) de las muchas metáforas de su ciudad, de Madrid. Y es, probablemente, el único lugar en el que se siente protegido.

Por tanto, las novelas a partir de Corazón tan blanco bien podríamos calificar de novelas de madurez geográfica. El autor, después de conocer lo que hay fuera, ha vuelto para quedarse, no necesariamente desengañado, pero sí convencido de que ese es su terreno, el de su infancia y sus calles, el de su familia y sus amigos. Novelas en que, por supuesto, la idealización ya ha desaparecido para dejar paso a la objetividad, aunque sea teñida en ocasiones de cierto sentimentalismo. En esta última etapa geográfica hay obviamente una gradación bastante lógica; de la ciudad y sus calles en la niñez a la ciudad para sus mayores, a la aceptación de que la Historia de sus padres es también la suya, una Historia que recorre toda la ciudad marcando, de un modo u otro, a todos sus habitantes de un modo inequívoco.

Se ha completado, de alguna manera el círculo. Se ha regresado a la ciudad originaria después de comprobar que el exterior es todavía más inhóspito, pero con la experiencia que hace que ya no se vaya a despreciar lo que está fuera, e incluso que desde el punto de vista literario al menos, sea posible volver a esos lugares (se llamen Londres u Oxford) cuando la ciudad de la que se partió se pueda volver inhóspita o dejar de ser motivo de inspiración.

 

Notas:

[1] La última novela de Marías consta de tres partes de las que han aparecido dos. Para entender las razones de publicar una trilogía, véase Marías, Javier, Como un caballero bueno, El País Semanal, 23-07, 2006.

[2] Marías, Javier, El siglo, Anagrama, Barcelona, 1983.

[3] op. cit., pág. 95.

[4] op. cit., pág. 95.

[5] Marías, Javier, El hombre sentimental, Anagrama, Barcelona, 1986.

[6] op. cit., pág. 36.

[7] op. cit., pág. 24.

[8] op. cit., pág. 24.

[9] op. cit., págs. 36-37.

[10] op. cit., pág. 153.

[11] op. cit., págs. 154-155.

[12] op. cit., pág. 163.

[13] Marías, Javier, Todas las almas, Anagrama, Barcelona, 1989.

[14] Sobre los nombres en Javier Marías véase: Marías, Javier, “Ser y no se quien se es”, agosto 2004 (publicado en un diario alemán, inédito en España)Para la referencia en español, véase

[15] Marías, Javier, Todas las almas, Anagrama, Barcelona, 1989, pág. 131.

[16] op. cit., pág. 66.

[17] op. cit., págs. 66-67.

[18] op. cit., pág. 152.

[19] op. cit., pág. 20.

[20] op. cit., pág. 196.

[21] Marías, Javier, Corazón tan blanco, Anagrama, Barcelona, 1992

[22] op. cit., pág. 247.

[23] op. cit., pág. 22.

[24] op. cit., pág. 52.

[25] op. cit., pág. 99.

[26] op. cit., pág. 160.

[27] op. cit., págs. 41-42.

[28] op. cit., pág. 201.

[29] Marías, Javier, Mañana en la batalla piensa en mí, Anagrama, Barcelona, 1994

[30] Es la novela la historia de una infidelidad en Madrid, como sucede en El hombre sentimental. Todas las almas es, por su parte, la historia de una infidelidad en Oxford.

[31] op. cit., pág. 25.

[32] op. cit., pág. 29.

[33] op. cit., pág. 71.

[34] op. cit., págs. 200-201.

[35] op. cit., pág. 207.

[36] op. cit., pág. 240.

[37] op. cit., pág. 265.

[38] op. cit., pág. 210.

[39] op. cit., pág. 233.

[40] op. cit., pág. 235.

[41] op. cit., pág. 237.

[42] op. cit., pág. 237.

[43] op. cit., pág. 253.

[44] op. cit., pág. 258.

[45] op. cit., pág. 104.

[46] op. cit., pág. 197.

[47] op. cit., pág. 213.

[48] op. cit., págs. 214-215.

[49] op. cit., pág. 239.

[50] op. cit. págs., 174-175.

[51] Para la idea de Madrid como isla, o al menos como lugar aislado, véase el artículo titulado “De las ciudades, de ningún sitio” recopilado en Vida del fantasma, El País Aguilar, Madrid, 1995.

[52] op. cit., pág. 254.

[53] op. cit., pág.366.

[54] Véase (como argumento contrario) el artículo “La ciudad sin realidad”, Vida del fantasma, El País Aguilar, Madrid, 1995.

[55] Marías, Javier, Negra espalda del tiempo, Alfaguara, Madrid, 1998.

[56] op. cit., pág. 15.

[57] op. cit., pág. 308.

[58] op. cit., pág. 31.

[59] op. cit., pág. 307.

[60] op. cit., pág. 271.

[61] op. cit., pág. 73

[62] op. cit., págs. 143-147.

[63] op. cit., pág. 404.

[64] Marías, Javier, Tu rostro mañana (Fiebre y lanza), Alfaguara, Madrid, 2002.

[65] op. cit., pág. 53.

[66] op. cit., pág.79.

[67] op. cit., pág. 310.

[68] op. cit., pág. 351.

[69] Hay otra historia de traición en la novela, la de Andreu Nin, que tiene lugar en Alcalá de Henares.

[70] En realidad es toda ella una novela sobre la delación, pues ese es el trabajo del narrador-protagonista, delatar a otros a partir de los datos que le presentan, predecir lo que van a hacer, es en cierto modo una delación a priori.

[71] op. cit., pág. 90.

[72] op. cit., pág. 193.

[73] op. cit., pág. 192.

[74] op. cit., pág. 195.

[75] Marías, Javier, Tu rostro mañana (Baile y sueño), Alfaguara, Madrid, 2004.

[76] op. cit., págs. 297-298.

[77] op. cit., pág. 299.

[78] op. cit., págs. 300-301.

[79] op. cit., pág. 303.

[80] op. cit., págs. 219-220.

[81] op. cit., pág. 244.

[82] op. cit., pág. 253.

[83] A propósito de Travesía del horizonte, recordemos que Javier Marías tradujo al español El espejo del mar de Joseph Conrad.

[84] Beltrán, Mercedes, “Javier Marías y su experiencia oxoniense”, Vinogrado, Bilbao, 1999., pág. 7.

[85] Hay nostalgia en Corazón tan blanco (aunque desde Nueva York) y también recuerdos de la ciudad, sobre todo adolescentes, lo que hace que en cierto modo sea una novela atípica en la trayectoria novelística de Javier Marías.

 

© Andoni Arroyo 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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