Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Ken Dornstein

El chico que cayó del cielo

  

 

Liberando los papeles de la memoria

Alejandro Hermosilla Sánchez
Universidad de Murcia

Sin dudar, El chico que cayó del cielo es un libro que explica la importancia y el porqué de la existencia de la obra literaria. Dornstein intenta recuperar la memoria perdida de su hermano muerto en diciembre de 1988 a causa de una explosión provocada que derrumbó sobre tierras escocesas el avión en el que viajaba y si bien no consigue que el mismo vuelva a la vida sí que supone un verdadero acto de catarsis y de rememoración a través del cual el hermano del autor vuelve a revivir y huir de su trágica muerte en unas páginas que suscitan su recuerdo y lo devuelven a la existencia a través de la memoria fraternal.

En este sentido, todo el libro es una conmemoración y un pacto faústico consentido entre el autor y la literatura para permitir que el pasado y los muertos que ya no están con nosotros, revivan y se hagan presentes de nuevo, tejiendo una sutil línea de fuga entre el pasado y el presente, lo vivido y lo revivido, lo ficcional y lo real a través del cual Dornstein nos entrega un libro que es un auténtico y sincero retrato confesional de fe en el ser humano y sus posibilidades.

Como se entenderá, la implicación emocional de Dornstein en el libro es máxima. Pero lo que permite que el libro de Dornstein sea leído con agilidad y sin falsos sentimentalismos es la distancia correcta que ha sabido escoger el narrador entre los sentimientos que le son propios y la manera en qué ha decidido contar la historia: una mezcla indiscriminada y sin confusión de distintos géneros -documentalismo, autobiografía y ficción narrativa- que le lleva a exponer con claridad una imagen del hermano perdido y, sobre todo, de sí mismo.

Porque El chico que cayó del cielo no es sólo una investigación -en la que recae una mínima parte de la historia- sobre los motivos y los culpables de la explosión que demolió el avión donde viajaba su hermano o un retrato más o menos logrado y entrañable sobre su hermano y las causas y porqués que sugerían que podía ser un escritor de renombre en el futuro sino, sobre todo, un retrato sincero sin paliativos algunos sobre el mismo Dornstein.

Un Dornstein que, necesitado de recuperar a su hermano, para comprobar los límites de su propia identidad y ratificarla, no dudará en bucear tras los pasos de la memoria sentimental de su hermano y, por tanto, entablar relaciones con antiguas novias suyas hasta, finalmente, llegar a vivir un satisfactorio amor con una de ellas a través del que el dolor y la tristeza de la pérdida quedará soliviantada.

En este sentido, Dornstein demuestra unas indudables dosis de técnica depurativa narrativa y sintética para permitirnos introducirnos en las motivaciones que le llevaron a aliarse con las antiguas amantes de su hermano o rastrear en sus apuntes y memorias sin que nos asalte la duda de juzgarlo, para que comprendamos que todo el engranaje vital que le mueve a ello viene respaldado por una necesidad comprensiva de indudables rasgos éticos. Lo que nos lleva de nuevo a plantearnos sobre el sentido de la existencia, la fusión de personalidades, recuerdos, memoria y olvidos como sintagmas que constituyen las personalidades de los sujetos en la posmodernidad y el porqué -a pesar de todos los nuevos medios narrativos que el ser humano dispone en la actualidad- la novela continúa siendo un medio apropiado para aproximarnos a ese lugar tan escurridizo que es el corazón del ser humano y su propia y particular verdad -ajena a toda categorización ulterior que se quiera realizar con él-.

De esta manera, Dornstein hace de lo que podía ser un presumible viaje a los infiernos, un canto a la vida y la esperanza de insondables consecuencias a través del que se muestra cómo el ser humano puede llegar a alcanzar el sentido de la vida incluso en las peores circunstancias y porqué la vida merece ser vivida -a pesar de todo-.

Y por ello, de entre las páginas de su libro nos queda un regusto confiado y esperanzado de fe en el ser humano. Porque tras los pasos de su hermano David, Dornstein no nos otorga el retrato de un ser humano muerto sino, al contrario, el de un hermano vivo que soñó con engalanarse en las costras de las canciones de Yo la Tengo, sellar un pacto de inmortal e inusual convivencia con Auden y que, al fin, nos legó una presencia tan fugaz pero tan eterna e inmortal como son las obras de arte de los artistas citados: dispuestas a desaparecer en cualquier momento sin negarse por ello -y gracias al mismo hecho de su fugacidad- a sonreír, vivir y beber los vientos de una vida que -como testifica con sobriedad Dornstein- su hermano saboreó hasta el último instante como si, ciertamente, la vida no volviera jamás y fuera un regalo que agradecer. Porque Dornstein nos ofrenda un retrato de su hermano vivo a través de sí mismo. Un hermano, David, juguetón, iconoclasta, rebelde, enamoradizo y enfrascado en una vida y aventuras literarias “beat” tras el que perseguía intentar cortar las trizas de papel que separaban al artista-hombre como jugador y al artista-hombre capaz de construir una obra perdurable. Y porque de entre las trizas de esa obra que nunca llegó a levantar su hermano, aparece y parece nacer (desde la melancolía, la tristeza y la imposibilidad de detener los hilos invisibles que configuran la inasible obra de la vida) la novela de Donstein para testificar desde la tragedia que no hay mayor dolor que el de intentar detener o frenar lo irreparable como tampoco hay mayor fracaso para el ser humano que el de negarse a testificar este hecho.

Así lo expresará Dornstein en una hermosa metáfora extraída de una narración inédita y nunca concluida de su hermano al final de su libro: “un hombre ha escrito la historia de su vida, pero alguien entra en su despacho y corta el libro en trozos, frase por frase, desperdigando los fragmentos por toda la ciudad. Algunas frases están en el interior de galletas de la fortuna, otras se escriben como graffitis en las paredes, otras forman parte de libros que están en las estanterías de las bibliotecas. Y el hombre pasa el resto de su vida buscando los trozos que faltan. Si yo tuviera que intentar terminar este cuento, buscaría una forma de hacer que el hombre se dé cuenta de que, sea lo que sea lo que ha perdido, no vale la pena pasar el resto de su vida buscándolo, puesto que eso no sería vivir”.

Exactamente, creo que estas últimas palabras recogidas por el propio Dornstein y en las que su voz se confunde con las del relato de su hermano para invocar un nuevo significado ya latente en la narración, sirven para explicar con suma claridad cuál es el propósito y final mensaje de la obra de Dornstein abierta a cerrarse y mezclarse con la vida de los lectores ávidos de caminar y buscar un sentido dentro de las costas tantas veces tan ariscas de la realidad.

Efectivamente, hubo una vez un chico que cayó del cielo pero también un hombre que consiguió que levantara el vuelo otra vez para arrivar hacia donde el destino quisiera llevarlo ahora: los lectores de este libro asombrados de observar cómo el arte es capaz de conseguir lo que nunca Ícaro pudo soñar.

 

© Alejandro Hermosilla Sánchez 2007

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero34/kdonrste.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2006-2007