La infinidad de lo breve.
Garabatos en torno a la escritura de Antonio Porchia

José Alberto Sánchez Martínez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
UNAM (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
Localice en este documento

 

En el muro de la historia de la escritura hay sombras que se proyectan desde un lugar que parecen no ser provenientes de la escritura, como si la sombra que se refleja no perteneciera al cuerpo que la emite. Pero no es una ilusión, ni siquiera es un simulacro, es una verdad proveniente de otro mundo, una escritura proveniente de otra profundidad del escriba: palabras exiliadas: silencio extranjero. ¿Cómo, por qué, de dónde, por dónde esa escritura, esas palabras se fueron, se separaron? ¿Cómo, por qué, de dónde, por dónde esa escritura, esas palabras retornan de haberse ido, vuelven siendo no ya lo que eran, de quien eran? La escritura es un ir y venir de la palabra, un oleaje.

Las últimas dos preguntas cuestionan por algo que exige una contestación poco aprehensible, pues para escribir de lo que se ha ido a otro mundo y ha venido de otro mundo, requiere que uno haya conocido ese otro mundo, donde las palabras llegaron siendo y se transformaron para volver no siendo. Esas palabras poco tienen que decirnos de quién eran, mejor, nos dicen lo que quieren ser, aunque eso que quieren ser lo son en la medida en que se alejan de serlo.

Dos posibilidades existen para contestarlas; o se escribe una respuesta infinita (la misma escritura de todos los tiempos y de todos los escritores de todos los tiempos sería una aproximación), o se escribe una respuesta breve (ni toda la escritura de todos los tiempos y de todos los escritores de todos los tiempos cabría en ella). Infinito y brevedad. Dos cosas que aparentemente nunca se tocan, y en efecto, casi nunca se tocan cuando se trata de trabarlas en la escritura. Hay excepciones, sin embargo, de escribas que sin la intención anudan los extremos, reúnen los polos.

Antonio Porchia es un ejemplo. Breve e infinita es la voz, las Voces de él; breve e infinita la obra, una sombra que parece no corresponder al cuerpo que la emite. Esas voces intentan la coexistencia de los dos extremos. Sumado a lo dicho sobre el acto de responder, hay una tercera posibilidad, la posibilidad de escribir garabatos, de entender la obra a través del garabato, pues está en el garabato la intención de abrir, de escudriñar lo breve en su infinidad, y viceversa. Ya Octavio Paz había contrapuesto el signo al garabato, dando hincapié a entender que el signo por su estructura formal necesita del garabato para adquirir una mayor dimensión: la del silencio.

Se propone en lo sucesivo algunos garabatos que buscan dilucidar, fundamentados en las Voces de Antonio Porchia, la brevedad y la infinitud, como fenómenos de una misma intención: la de decir y la de ser.

 

Primer garabato

En un extremo de la soga está lo breve (digo extremo para auxiliarme, aunque lo que intentaré mostrar es que la brevedad en escribir es en sí misma la soga, trataré de señalar como lo infinito está contenido/constreñido en esa brevedad). La historia de la escritura guarda en su memoria obras nacidas bajo esa estela, cabe señalar que la brevedad en ellas es el resultado más de una necesidad que de una intención, desde luego ha habido escribas que intencionalmente las han realizado, pero hay deficiencias muy notables en ellas como para decir que pertenecen a ese orden. Guilles Deleuze y Felix Guattari pensaron que una literatura menor (una forma de entender la brevedad) no era lo que se escribe en un idioma menor, sino que se trata de una minoría que escribe en una lengua mayor.

En el arte de escribir, lo que incluye la mayoría de los estilos, la brevedad es una aspiración, y en un sentido metafórico se trata de una respiración. Cualquiera que escribe siente en el fluir de sus palabras, su música y su lenguaje, esa necesidad de salir a respirar. Aunque en esa memoria de la escritura hay corrientes, resulta complejo situar objetivamente la aparición de la brevedad como una característica de determinada época. Desde luego la mayor parte de obras nacidas como tales ocurrieron casi todas a partir del Romanticismo. ¿Tendrá algo que ver el sueño, los abismos de la interioridad, la creencia en la libertad constreñida en el sujeto mismo, como elementos que en cierta forma revelaron lo breve a partir del Romanticismo? Esta aseveración es sólo una manera de ver, creo que la discusión resulta interesante y basta, aún así, se puede entrever que en el siglo XX lo breve se atesoró bajo la figura de las antologías. Se antóloga a los autores con el fin de asir la respiración y en cierta forma de sintetizarlos en su intención, lo cual nos indica ya parámetros distintos de entender lo breve. Desde luego una antología siempre será un sincretismo absurdo. ¿Cómo entender la brevedad si ésta ya no responde al todo en la cual fue hecha? ¿No será que con las antologías hemos pasado de las metáforas (crítica) a las metonimias (síntesis) literarias, y que eso incuestionablemente ha transformado nuestras formas de escribir y de leer? La trastornación de lo breve por tanto no sólo nos remite a problemas con la escritura sino que es también un síntoma social: lo breve como imposible y como moda.

 

Segundo garabato

Pensemos en el aforismo, figura literaria apozada en la reflexión. El aforismo está hecho de silencios que generan un lenguaje. En él hay diferentes estilos, temáticas y profundidades. A eso me refería cuando decía anteriormente que no toda brevedad es lograda. Un suceso indudable en el arte del aforismo fue Lichtenberg. Imposibilitado a toda obra de secuencia, incluso desesperado por tal hecho dejó obras de secuencia interminadas, de él se conocen algunos fragmentos de una novela llamada El príncipe duplicado. De él dijo Kierkegaard, “¡Gracias por esta voz en el desierto!”. Una nota es ilustrativa, Juan Villoro apunta que Lichtenberg se esmeró demasiado en no escribir su obra. Imposible escritura que no quiere ver la luz, pero que a la luz viene como algo posible. Lichtenberg es una figura insuperable en el arte del fragmento, pues en ellos se nota un amasijo de problemas que engloba toda la escritura: anamorfosis de las palabras, juego, visión, libertad. La característica fundamental en esa obra reside en el poco interés de volverse autor a través de ella.

Hay en la misma línea otros ejemplos que caben y vienen al caso. Chateaubriand (el primer recopilador de su trabajo) se refirió a Joubert como el productor de una obra que hasta entonces ninguna había planteado tantas dudas a la inteligencia. Blanchot también ha dicho cosas memorables sobre Joubert. Joubert es un escritor sin obra. Sus fragmentos igual que Lichtenberg surgieron mucho después de su muerte, y es probable que él haya ejercido la influencia necesaria para la obra de Georges Perros. Como en el caso anterior Joubert escribe desde y para sí. En ambos el fragmento es la brevedad que apresa la infinidad.

La lista podría volverse gruesa pero no imposible de reseñar. Los aforismos de Stalislaw Jerzy Lec, son gloriosos por la traba que existe entre lo infinito y la brevedad; Jules Renard por medio de la forma del diario acuñó grandes brevedades de una trascendencia incomparable; Canetti, bajo la tutela de otros dejo mucha obra aforística de facultades muy bien logradas. Porchia está indudablemente en la misma línea. Antonio vino a plantear con una maestría el espacio lúdico y melancólico de las palabras una referencia obligada, les transfiere una ruta circular que deriva en paradoja, lo que dice lo dice tanto para sí mismo que parece que lo dice para todos. En él la forma de lo pequeño carece de categoría literaria, su escritura es tan limpia y censilla que colinda con la claridad de lo infinito. Un camino puro y sin rodeos.

El aforismo es una bala perdida. Lenguaje que se come a sí mismo. De todos los modos de escribir, el aforismo es el único que abandona justo antes de escribirlo. Deja su rastro de perdición como un anuncio gastado en la entrada de algún pueblo: anuncia e indica la desaparición: hasta aquí llega la palabra, el decir continúa. De nadie es ese decir, pues la escritura responde a un llamado alterno, a una circularidad perfecta: abismo que se abre a la eternidad. ¿Qué es esa abertura? La desgarradura del traje del ser. Por eso, sea cual sea la intención en forma de escribir, se busca, se persigue; es un fin en sí mismo de la escritura. Un aforismo posee la vida de flor y mariposa, breve pero eterna cuando se le contempla.

En el aforismo la brevedad es una condición; es ella la que crea el lenguaje a través de la transparencia de las palabras. Lo breve escapa a la legitimación del lenguaje, una frontera que se abre a la plenitud de la distancia, como desde otro lugar viene algo a visitarnos. En la época de la velocidad contemporánea el límite responde a la exterioridad, sobre ella se funda la relación con la distancia: reducimos el espacio como fenómeno exterior; en el aforismo ampliamos el espacio como fenómeno interior, él nos recuerda que la distancia es el fundamento de toda relación, pues es de esa distancia de donde se fundamenta el secreto.

Auque el aforismo es considerado como un estilo literario, su envergadura colinda con problemas de índole filosófica y social. En el tratamiento de dilemas como el placer o la unidad, el aforismo tiende a revelarnos datos aportativos. Desde los presocráticos la unidad aparece dividida, es más, toda la intención de un sector de la filosofía ha consistido en eso, tratar de responder el dilema de la restauración del ser. En literatura el sentido cuasi ideológico del aforismo en los escribas propone o por lo menos tiene esa intención, restaurar la unidad. Una cita insertada en un texto (a veces literal, otras en paráfrasis), por señalar un caso, es siempre el aporte externo que trata de dar coherencia y unidad a los argumentos personales. En el terreno social, el argumento más tratado consiste en la forma como se ha interpretado los momentos de goce y felicidad. Desde luego para entender eso es necesario situar a las sociedades bajo la lupa de los estilos de vida modernos: sujetos desposeídos de comunidades estables, el individualismo, las libertades y obligaciones, entre más. El hombre moderno, aguzado por infinitos espacios a los que pertenece, delega o queda delegado a momentos, instantes refractarios en los que invierte su tiempo. No queda tiempo y el tiempo que queda debe ser utilizado para resarcir la unidad. Existe desde luego en esto una crítica severa y un concepto vacío de brevedad, pues esa brevedad que llena es absolutamente ubicua, no tiene forma ni fondo, es breve en el sentido temporal pero no en el sentido espacial. Dicho de otra forma, lo breve, bajo esta perspectiva no llena nada, mejor, llena el tiempo, pero no llena ningún espacio. Este es uno de los aspectos más destacados en el tratamiento temático que hace Antonio en sus Voces. Preocupado por el todo y la nada restaura la nada en el todo y detenta contra el todo por la nada.

Bajo todos estos ángulos, lo breve, representa lo otro, el lado, la herida, el abismo, el espejo. Es en un sentido mayor, la razón inexorable por la que nos confrontamos y nos encontramos. Frontera, por ende límite. Atendiendo a Eugenio Trias, tenemos que el mundo se ha constituido como límite, testigos de ese cerco, lo respetamos y cultivamos. Pisamos sobre superficies lisas, porque las imperfecciones han sido sometidas a cirugías estéticas. Lo breve es con mucho una imperfección necesaria, pues es ella la que permite la confrontación y el encuentro: el infinito sólo puede ser resarcido a través de la brevedad, aunque lo infinito sólo sea una utopía de la perfección. Cuando vivimos dentro de límites, vivimos sólo dentro de espacios sin puertas, abrir la puerta implica violentar la continuidad, pero para llegar a eso es necesario primero confrontarse en ella, penetrar en ella: el aforismo es una forma de penetración, la práctica erótica a través de la que se seduce lo infinito.

Como figura que se condensa en el aforismo aparece el vértigo. El vértigo ha sido acusado, procesado, encerrado, condenado. Borrando el vértigo se borra el sitio, el lugar, el acceso.

El vértigo tiene la prerrogativa de ‘contemplar’ de forma emotiva esa doble dirección y su mutua dialéctica y liminar solapamiento en lo infinito. El vértigo se produce de modo espontáneo cuando se habita la línea, que es límite del mundo. Contempla a la vez aquello de lo cual parece despedirse - el hogar - y aquello a lo cual es atraído (el abismo). …El vértigo resulta de la doble inclinación hacia fuera (atracción del abismo) y hacia adentro (tendencia a la conservación). [1]

 

Tercer garabato

En la escritura lo infinito debe siempre aparecer oculto, como un secreto, algo parecido a un susurro que se abre a una dimensión mayor. La pregunta obligada es ¿qué es lo infinito? Lo infinito es un cielo cargado de tempestad que no dejará de llover por siempre, pues en cada tiempo y en cada espacio ese cielo se cargará nuevamente de vapores que se condensan y se dejan caer. Lo breve por lo tanto es un goteo permanente, aunque ya sea otras brevedades constreñidas en la brevedad original. Lo breve es un signo cargado de infinitas significaciones. Para Porchia lo infinito es la nada y lo breve el todo, pues éste es el que sugiere el acceso a lo indeterminado. Escribir, bajo esos preceptos, debe consistir en acercarse a lo interminable. Creías que destruir lo que separa era unir. Y has destruido lo que separa. Y has destruido todo. Porque no hay nada sin lo que separa. [2] Lo breve y lo infinito deben permanecer separados, distantes el uno en el otro, porque si se unifican se destruye el todo. La separación es, sin embargo, imperceptible. Lo infinito debe estar lejos, en otro lado, y la brevedad es lo que propone su contacto en un aquí, sólo distanciados pueden conversar, pueden besarse, propiciar la caricia.

Una escritura que no guarda su distancia con lo que quiere señalar termina convirtiéndose en piedra. Y viceversa, una escritura que no se acerca lo suficiente a lo que quiere señalar termina convirtiéndose en vapor. Entre lo sustancial y lo insustancial deber ser la escritura. Entre lo determinado y lo indeterminado debe ocurrir la escritura. Entre cuerpo y sombra debe vivir la escritura. Entre espejo y reflejo debe soñar la escritura. Nunca las palabras deben ser el peso de la piedra que nombra, nunca la levedad del vapor. Imposible debe ser leer el espejo, el cuerpo; posible su reflejo, su sombra. Pues ahí, en su morada transparente, las palabras guardan su decir. Ese es uno de los logros mayores en Antonio Porchia: revelarnos que no existe escritura sin distancia.

 

Cuarto garabato

Nada y todo son límites de la escritura, signos que representan lo breve. Extremos que empiezan y terminan en el mismo lugar. La nada anuda al todo y el todo anuda a la nada, igual que una extrapolación de cuerpo y sombra, de imagen y reflejo, de caricia y golpe. Atados, no son sino puente que permiten el transito de la palabra al decir. Una escritura sin nudos es una escritura sin puentes.

¿Cómo lo breve puede encerrar esas paradojas? ¿Cómo se logra eso en una escritura? Quizá el principio fundamental sea de orden ético con respecto a ella. Reconocer que se escribe porque no existe otra forma de decir eso que aqueja, reconocer que tenemos algo que decir. Desde luego no se trata de cualquier decir. Decir es abrir las palabras, encontrar un cause en el lenguaje, tener voz. Llama la atención que Porchia haya llamado a su obra Voces. Una voz es aquella que desde su autonomía disiente y dialoga con el universo de los demás, no dice lo que tiene que decir, sino que dice lo que no quiere decir: escribir es encontrar. Esta forma de rebeldía es casi fortuita, nunca consiente. En el nivel actual de los estilos literarios el mote de autor conlleva una carga consiente de ser: yo soy el que dice eso. Aunque en la escritura nada de eso sea suyo. La escritura siempre alude al otro en dos sentidos, uno artesanal y el otro referencial. Como artesano el escriba siempre, en el ejercicio de su necesidad de decir deja de ser él, en los diversos caminos (amasijos de piedra) que encuentra, en cada uno él es otro, el yo deja de señalarse a sí mismo. Como referente el escriba siempre, en el ejercicio de entender su necesidad tiene como referencia a los otros, sea de manera concreta o abstracta. En ese embrollo del otro y los otros lo breve y la infinidad cumplen su mejor papel: es lo que escribo para mí a partir de los otros lo que inventa la brevedad; es lo que escribo para los otros a partir de mí lo que inventa lo infinito.

Lo que dicen las palabras no dura. Duran las palabras. Porque las palabras son siempre las mismas y lo que dicen no es nunca lo mismo. [3] Las palabras son acceso, se reconocen como tales. Habría que añadir que esas palabras son las precisas, acomodadas de tal forma para dar paso al decir. Pero lo que está dentro, el decir, aparece rodeado de una fatalidad, existe sujeto al tiempo y al espacio. Como el humano es el objeto de la escritura, el decir no hace sino pasar de tiempo en tiempo y espacio en espacio: la escritura traspasa su contenido a otros (aspecto generacional de la escritura), y a otro espacio y tiempo. Cuando, en el seno de ese traspaso, el contenido sobrevive, se reconoce la pertinencia del nudo entre el todo y la nada. Es casi siempre la brevedad la portadora de eso, pues ella congrega el decir, alrededor de ella se configura lo infinito del decir. Hay obras que pronto pierden su carácter de traspaso, disueltas en un solo tiempo y espacio, nada queda de ellas para el traslado: una casa vacía, eso queda, una ubicuidad en los confines del universo.

Antonio Porchia ha dejado grandes aportes de este estilo. Sus temas, que en el caso de él son múltiples, tanto colectivamente como en sí mismos, revelan con agudeza esa trabazón entre infinito y brevedad. Casi todo lo que encontramos en ellos es aquello que está esperando ser trasladado a otro tiempo y espacio. La escritura de Antonio es todo infinito, valga decir, breve. No descubras que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir [4]. - Escribió Antonio Porchia -. Las palabras siempre serán las mismas, pero el contenido tendrá en todo momento una pertinencia incuestionable. En el ardid histórico hemos visto, y los filósofos, sociólogos, han ya estipulado el problema que enfrenta la humanidad hoy: hemos descubierto casi todo, pero el grueso de ese todo ha servido para casi nada; hoy tenemos autos increíblemente veloces y cómodos, con estructuras estéticamente bien dotadas, pero esa sobreproducción de autos no nos ha servido para resolver problemas fundamentales. Podríamos interpretar eso como una nada que descubrimos, y cierto, cada vez sabemos menos como cubrirla. La voz de Porchia sirve para aplicarla a distintos espacios y tiempos, está el problema de la información (sociedad de la información) que no deja de ser una excelsa forma de producir datos que en nada resuelven problemas fundamentales; desde el punto de vista ontológico, la sentencia tendría otro cause, cada vez sabemos más quienes somos (identidades de papel), pero cada vez menos vivimos en plenitud nuestro ser (¿somos?).

Nada resumiría mejor lo que he dicho aquí, en relación a la escritura y lo breve, que estas palabras de Porchia: Ahora el instante, luego lo eterno. El instante y lo eterno. Y sólo el instante es tiempo, porque lo eterno no es tiempo. Lo eterno es recuerdo del instante. [5] Quizá lo breve sólo sea el recuerdo del instante: su memoria infinita.

 

Notas

[1] Eugenio Trias. Los límites del mundo. 1985, p, 44.

[2] Antonio Porchia. Voces reunidas. 1999, p, 123.

[3] Ibidem. 1999, p, 130.

[4] Ibidem. 1999, p, 128.

[5] Ibidem. 1999, p 127.

 

Bibliografía

Joubert, Joseph. Pensamientos. Editorial Aldus, México, 1996.

Lichtenberg, Georg Christoph. Aforismos. FCE, México, 1989.

Porchia, Antonio. Voces reunidas. UNAM, México, 1999.

Renard, Jules. Diario (1887-1910). Mondadori, Barcelona, 1988.

Trias, Eugenio. Los límites del mundo. Ariel, España, 1985.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero34/lobreve.html