La poesía, ese duro oficio de vivir

Celso Medina

Universidad Pedagógica Experimental Libertador
Instituto Pedagógico de Maturín
medinacelso@cantv.net


 

   
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El paso ético por el mundo

Imaginémonos a Rainer María Rilke, el más grande poeta moderno en lengua alemana, en su jardín, impactado por una rosa , ensimismado en la imagen de una flor abriéndose en la gama de sus rosados. En su aproximación se olvida de su enfermedad, la hemofilia, y en vez de asir los pétalos se pincha con una espina. De inmediato la sangre brota y luego vendría su muerte.

Este patético y casi cursi pasaje no es invención; es la más perversa realidad. Así murió Rilke, sacrificándose ante la belleza, descuidando su salud para arrojarse al éxtasis de una flor. El poeta alemán hizo de su muerte la metáfora más brutal de lo que es el poeta, un oficio duro de vivir, un oficio en el que se crea como quien anda, poniendo en funcionamiento todo el cuerpo, todos los poros, todas las funciones vitales.

Pero esa belleza que llevó a la muerte Rilke no es ésa que se nos vende como mercancía rutinaria. No es la palabra bonita que nos enamora y con la que enamoramos, ni la palabra que exorciza nuestras penas ante un aflijimiento, ni la palabra que embadurnamos con nuestra diletancia para presentarnos ante el prójimo como seres geniales. No. La belleza rilkeana ni es bonita, ni es fea; es, sencillamente, la búsqueda de un equilibrio perdido con la naturaleza.

El joven Stephan Dedalus dice en El Retrato del artista adolescente, de Joyce, que el artista es la manteca del sacrificio. Diríamos que el más sacrificado de esos artistas es el poeta, puesto que a él le fue encomendada la misión de hacer patente el estado de conciencia más lúcido. Un poeta en un ser ebrio de lucidez, que vive peleando con las sombras que sepultan la esencia del ser. Si como dice Heidegger, existir es estar, entonces nadie más real que este hombre que se ensimisma, para ver dentro de sí no al ególatra que llevamos dentro, sino al hombre en su más productiva desnudez. Cuando Rilke se pincha su dedo, está mirando en la flor al ser desnudo, vive en el espacio, no en el tiempo, bebiendo el múltiple ins(z)umo de la realidad.

Por ello, creemos que el oficio del poeta, la poesía, es el duro oficio de vivir. Esa dureza la vemos en el poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre queriendo vivir “entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos”. En ese espacio de lo vacuo nuestro poeta quería abstraerse, para vivir sin el molesto tiempo, que cual “impertinente amada”, molesta con caricias tramposas.

La poesía es enemiga de la temporalidad, puesto que ésta es hija de la lógica, de la teleología y del afán utópico. Escribir poesía es apostar por la subjetividad, pensar en imágenes, concebir la realidad desde un devenir atmosférico. Para la poesía en principio era el caos y desde ese principio jamás se desplazó. Es el aleph que ideó Borges, un punto donde converge el mundo variopinto. Vivir en el caos es vivir en el riesgo, pero también en libertad. Libertad para ver desde escalas y puntos de vista libres.

Por ello la poesía es el más temido de los oficios. Temido por los lectores, que exigen orden y por ello se inclinan por la narrativa, en especial por la novela, que les ofrece un mundo descifrable. Temido por las autoridades culturales desde los tiempos en que Platón lo execró porque propendía a la subjetividad en desmedro de la noción de ciudadanía. Temido por los maestros que no saben cómo explicar unos textos que no narran y que permanentemente intercambian los turnos temáticos. Temido por los alumnos que no saben sacarle ni idea principal ni argumento a un conjunto de ideas que se explayan únicamente por vía de las imágenes.

La modernidad nos sembró fobia contra el caos. A la tradición mítica, levantada en la ciclicidad del tiempo, la trocó en utopía, fijando en el futuro un espacio que llamó desarrollo. Al pasado lo convirtió en espectáculo, borrando de él su contenido conciencial. El cuento, el drama, la novela fueron los géneros que contribuyeron a hacer del pasado un botín sígnico, pleno de símbolos que se adornaron con la estética. Se trataba, en síntesis, de un proyecto que pretendía hacer más discernible el espejismo de que toda acción humana se encamina a un fin y a una utilidad. La línea del mundo tiene su comienzo y su punto de llegada. Pero la poesía es ideológicamente antimoderna; prefiere el caos, se inclina por un incesante trastocamiento del orden, para construir desconstruyendo. Es ésa la razón por la cual la poesía devino elitesca, oficio de hombres que sobrellevan con resignación su duro vivir.

Frente al sucumbimiento ante el vértigo del público, la poesía prefirió el refugio en una casa donde el escándalo estaba abolido. La poesía sobrevivirá sólo si deja de pensar en el lector y se preocupa porque su palabra discurra libre de todo chantaje. Su papel no es preservar la literatura, sino al poeta. Por ello se preocupa por poner el sello de subjetividad a su discurso. Nada de objetividad; la poesía es el grado más puro del compromiso. Que cuando la palabra poética se profiera quede constancia de que “ético es el paso del poeta por el mundo”, como diría nuestro Víctor Valera Mora.

 

La soberbia de existir

Si hoy hablamos de poesía, es sencillamente porque ésta ha logrado sobrevivir gracia a una de sus virtudes: la soberbia. Soberbia que instala en el centro problemático creativo al poeta, soberbia que piensa más en el poema que en el lector, soberbia que cree más en una literatura con poetas que con lectores.

La poesía es el género literario que más ha apostado por conservar la esencia de sus orígenes. Los otros géneros (el drama, la narrativa, etc.) han apostado por otra cosa: por ganarse un público que los alabe y que les granjee el un favoritismo en los lectores. La poesía sigue siendo hoy lo mismo que fue en sus tiempos de orígenes, cuando a través de un sagrado uso de la lengua procuró resguardar el legítimo derecho del creador artístico a defender su subjetividad más allá de los intereses de los lectores o espectadores ocasionales que leían u oían sus creaciones.

Rastreando su origen, encontramos que la poesía es una práctica religiosa, cuya praxis más genuina es el rezo. Porque el poeta es un sacerdote, pero libre del dogma y su rezo no es el desarrollo de una palabra sumisa. Es, contrariamente, una práctica de una escrupulosidad de conciencia, que se compromete sólo con verdades trascendentes. Por ello su mundo ni está en la tierra ni está en el cielo; se ubica, más bien, en el imaginario, espacio donde discurre el vivir; sus plegarias no se dirigen a divinidad alguna, son preguntas cuyas respuestas retornas otra vez como preguntas. Por ello si el lector quiere acompañar al poeta, debe abandonar el afán de las certezas y proseguir el oficio de los enigmas.

El término soberbia que hemos escogido como virtud de la poesía lo utilizamos en su etimología latina vinculada a la “magnimidad”, “noble orgullo”, pues la poesía está exenta de practicar la altanería o la insolencia. Un poeta es un ser humilde, cuya sencillez suena a extravagancia al oído de los hombres acostumbrados a vivir plegados a la veredas, desechando los caminos más simples.

Ese camino sin recodos es difícil de recorrer, no porque los poetas les guste extasiarse en los hermetismos, sino porque jamás el mundo ha estado preparado para albergar en su seno el sagrado oficio de la poesía.

Ese oficio sagrado no es más que el duro oficio de vivir en la soberbia de existir, rezumando la vida sin el patetismo espectacular al que nos ha empujado esta sociedad sofísticadamente semiotizada, para la cual la realidad es un atmósfera de signos, cuyo esplendor reside en su artificiosidad.

 

Salvar la poesía más allá del poema

El poema es la molestosa casa de la poesía. Su configuración en verso o en prosa es una amenaza latente. Quiere domesticar la poesía para entregársela como pócima digerible al lector, para que éste la convierta en artefacto consumible. Leer el poema es cerrar sus puertas, aposentarnos en esa casa, para guarecernos en una cotidianidad castrante. Por ello si queremos salvar la poesía, debemos entrar a esa casa con el único fin de salir de ella, a buscar los enigmas, sin ánimo de resolverlos y con el propósito de multiplicar nuestras dudas sobre el mundo. Un poema no concluye en el último verso; es como un cuadro pictórico, cuyas fronteras más esclarecedoras están en el mundo de sugerencias paralelas que se disparan a sus alrededores. Porque la poesía es una otredad que exploramos sin que la letra tenga necesariamente que intervenir. La poesía fluye como río de múltiples caudales, en cuyas aguas todo hombre puede abrevar. Pero es como un sueño que no podemos reportar, de cuya experiencia conservamos sólo ráfagas de imágenes, son ellas las que portan los enigmas, son ellas las fuentes de nuestras infinitas preguntas. El poema es la opresión de la lógica sobre la poesía. No en vano Mallarmé ideó la poesía sin poema, haciendo de la página en blanco un respiradero por donde el oxígeno de la imaginación fluía incesantemente. Su forma poemática no fue ni el verso ni la prosa, fue un cuadro hecho con palabras que presagiaban una seria crisis para el poema.

 

Ni telos ni utilidad

El poesía es como la libertad, un lío. No seremos felices porque escojamos ser libres. Podemos hasta perder la vida si nos inclinamos por la libertad. La esclavitud es más fácil de llevar, por cuanto no implica ningún riesgo, tan sólo el perder la libertad. Así es la poesía: con ella no garantizamos la felicidad; puede, contrariamente, que seamos bien infelices cuando la creamos o la leamos. Tampoco es la belleza su preocupación. No hay ni fealdad ni belleza en la poesía. Hay tan sólo un sentimiento problematizado del vivir, que puede suscitar placer o angustia. Y lo más importante: está enemistada con la utopía, porque ésta es la posición más reaccionaria que se puede asumir frente al vivir. Como diría Foucault, es preferible el camino de la heterotopía, en la cual la perfección es una enfermedad y las metas tienen un piso bien tembloroso. Por ello el poeta busca lo que procuraba el Calígula de Camus: lo imposible, pero no con la idea de cumplir uno de los requisitos de la verosimilitud en Aristóteles de “hacer posible lo imposible”, sino de desestabilizar constantemente lo que la dominancia ideología ha instaurado como verdad ecuménica. Y en cuando a su utilidad, decimos que la poesía no sirve ni debe servir para nada, porque pudiera ocurrirle lo que le ocurrió a la novela y al drama que al casarse con algunos proyectos teleológicos, perdieron su rumbo, ocupando hoy los espacios para del entretenimiento en la sociedad espectacular moderna.

 

© Celso Medina 2006

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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